miércoles, 14 de mayo de 2008

LOS INDECISOS

No se equivocan porque no deciden casi nunca, pero son capaces de trepar silenciosamente por la vida hasta llegar a la relevancia personal, profesional o política. Tienen las cervicales cascadas de tanto asentir a todo lo que viene del jefe, ya sea acertado o una simple insignificancia. Son diestros en el manejo del silencio circunstancial, en girar la cabeza hacia otro lado para no ver lo que ocurre. No se mojan para que la raya de su pantalón profesional esté siempre bien planchada y actúan al unísono, porque suelen ir por la vida agrupados, para ser siempre mayoría sobre los emprendedores, especie más escasa.

No me refiero a quienes, en un momento dado, no saben por que opción inclinarse. Si por la papeleta de la derecha o por la de la izquierda, o si en una partida de mus envidar de farol, o darle el pase a una mala mano.

Hablo de esa especie que ha ido creciendo a la sombra del conformismo, eludiendo el miedo ante el error y que, a fuerza de convertirse en habitual, amenazan el nivel de competencia profesional, e incluso el de la dignidad personal. Hablo de aquellos que han convertido aquel dolce far niente que los italianos inventaron para descansar de verdad, en una forma simplona , pero segura, de actuar en la vida. Me refiero a los indecisos que se apalancan y que cierran el paso a quienes tienen la osadía de tener ideas, asomar la cabeza o levantar el dedo.

No, no se trata de generalizar sino de poner el dedo en la llaga de una de las amenazas que más planea sobre el ingenio y la personalidad, la de la vulgaridad intrusa vestida de marca de distinción social, la que sólo está al alcance de unos pocos, esa que cuando se rasca un poco deja al descubierto grandes desnudeces.

Hay mucho cuento aparente y poca profundidad en las actitudes. Cuentan que Martin Luther King dijo “Da el primer paso. No necesitas ver toda la escalera, sólo da el primer paso”, poco antes de caer asesinado en la tierra de Elvis Presley, casi al tiempo que los estudiantes franceses se lanzaran a la calle porque sabían que el poder de De Gaulle languidecía en su propia soberbia.

La reflexión del pastor norteamericano me ha llevado a pensar que la vida está llena de peldaños, que hemos de subir o desistir de hacerlo y que, en ocasiones, algunos cobran tanta altura que producen vértigo. Son esos pasos que hay que dar en decisiones que dejan huella en la vida.

El asunto tiene su riesgo, porque de la ausencia o de la toma de decisiones puede depender el éxito o el fracaso personal, o no poder olvidar aquel momento en que pudiste dar un buen golpe de timón a tu propia vida, lo cual no sé si en el fondo es aún peor.

El pasado domingo, el dominical de “El País” dedicaba uno de sus reportajes al complejo mundo de la indecisión. “Cómo cambiar sin sentir vértigo”, de cuya lectura yo saqué en limpio que debe ser natural ese respeto por las grandes alturas, pero que tal vez sea peor desear un cambio y no disponer de los medios, o del arrojo, para lograrlo.

Pero volviendo a nuestra vida más rutinaria, al día a día de la profesión, siento que a los indecisos se les está acabando la bicoca, que podrá perdurar más en las pequeñas empresas, pero que es ya impensable en las grandes organizaciones. Recuerdo, no han pasado muchos años, cuando en la gestión empresarial comenzó a hablarse de la estructura horizontal, una idea que explica que sólo desde una delegación auténtica de responsabilidades, dando por derribada la pirámide de la vieja jerarquía, se consigue que una gran empresa funcione.

No habíamos digerido aquella nueva manera de ver las cosas –hubo quienes nunca pudieron superar la caída de la pirámide- cuando vimos que los imprescindibles lo eran cada vez menos y que lo que un departamento clave venía haciendo desde tiempos inmemoriales, tenía una alternativa en una empresa externa, a costo menor y que no era mala idea despedirse de la silla de trabajo al marchar de vacaciones, no fuera a ser que aquel día fuera el final de una larga amistad.

El outsourcing y las consultorías externas pusieron en cuestión –y acertaron- que las cosas funcionan en gran medida por si solas y que las empresas más añejas necesitan sacudir sus alfombras en el balcón de la modernidad. Y cuando así lo hacen, los ácaros arrastran en su camino a quienes funcionan de acuerdo con otras frases de “El País” del domingo que decía “Quien hace siempre lo mismo difícilmente obtendrá un resultado diferente” o “Y llegó el día en el que el riesgo que corría por permanecer dentro del capullo era más doloroso que el que corría por florecer” .

Son pensamientos que valen para la vida en su conjunto, la personal y la profesional y que admiten ajustes según quien reflexione sobre ellos. Cambiar o quedarse quieto es, en todo caso, el denominador común.

Cuentan de fumadores de más de ochenta años que han sacado un habano del cajón cuando sabían que pocas maldades les podía producir ya la nicotina y riojanos que han hecho traer una botella de su mejor cosecha de vino cuando tenían el hígado más que amortizado. Al escuchar estas anécdotas he pensado que tal vez eran alegatos casi póstumos, aunque absurdos, de decisiones nunca tomadas.

Pero al margen de los casos extremos y anecdóticos, puede que sea peor una vida sin peldaños, que subir por los de esa escalera con la que Martin Luther King proponía seguir adelante en la vida...aunque imagino que recomendaba hacerlo bien agarrado a la barandilla.

Javier Zuloaga

2 comentarios:

Josep Mª Reniu dijo...

Javier, felicidades porque no podría estar más de acuerdo contigo. Si me lo permites añadiría que además de esa parálisis voluntaria lo que nos está destruyendo como colectivo es que cada vez son (o somos) menos los que pretendemos asumir con naturalidad una de las claves de la vida en sociedad: la responsabilidad por los propios actos.
Gracias por tus reflexiones.

Luis Pomar dijo...

Querido profesor,
Una vez más me aventuro a comentar tus escritos. Al igual que Josep, estoy totalmente de acuerdo contigo y con la reflexión que hace Josep al referirse a lo mucho que nos cuesta asumir responsabilidades por nuestros propios actos.
Pero yo me pido si este es un problema nuevo, una "moda" emergente o es, realmente, un problema que ahora ve la luz debido al tipo de sociedad, más abierta y dinámica, en la que vivimos.
En cuanto a "subir los peldaños de la escalera aforrándonos a la barandilla" no creo que sea lo más adecuado. La duda es razonable, al igual que el miedo. Pero debemos afrontar nuestras decisiones con garra. Es como tirarse de cabeza a la piscina. Si vacilas, titubeas o te lo piensas demasiado, terminas por no tirarte o cayendo de barriga. Aunque cierto es que nunca viene mal una salida o una colchoneta que frene o amortigüe el golpe en caso de caída.