martes, 9 de mayo de 2017

¿QUIERO SER FRANCÉS?

Recuerdo que, a medida fui creciendo y entrando en razón, eran bastantes las ocasiones en las que pensaba que estaría muy bien poder ser francés. No estoy seguro de que, al mismo tiempo, estuviera renegando interiormente de mi condición de español, pero tampoco me atrevo a decir que no.

Nací al comienzo de los cincuenta y cuando comencé a estudiar la carrera de Periodismo, pude descubrir París. Fue a través de un intercambio de estancias estivales que mi padre acordó con un periodista francés que editaba una revista de hípica. Mi hermano mayor y yo pudimos, de aquella manera descubrir que los parajes del Loire entre Tours y Angers  eran aún más atractivos que en las postales y comprobamos la enorme grandeza de París.

Casi cincuenta años después he acabado entendiendo lo que sentí en aquella escapada a las Galias, ya que no alcancé a percibir, cuando volví a la casa de mi familia en Madrid, el fondo de aquella nube de complejos carpetovetónicos que ciertamente me inquietaron.

Sí, es cierto que pertenezco a una de aquellas generaciones españolas a las que nos vendieron la grandeza de nuestro carácter frente a la arrogancia francesa, la de aquellos gabachos que nos invadieron insolentemente para extender el imperio de un mariscal bajito que llegó a ser emperador y que los franceses han recordado siempre y respetado en su tumba de les Invalides.

Están en la historia –escrita desde nuestra propia óptica- el levantamiento del pueblo de Madrid o la derrota napoleónica en Despeñaperros, pero lucía mucho más discretamente, demasiado, que Fernando VII, El deseado y El Rey Felón, se pasó por el forro la Constitución y cuantas libertades proclamaron las Cortes de Cádiz bajo la amenaza francesa.

Sí, este monarca de la dinastía Borbón aplastó las emociones de libertad que los españoles habían expresado con profundidad durante el asedio francés: Fue poco antes que los franceses, los inventores del Estado Moderno, pasaron página a los excesos de Bonaparte y lo instalaron en unos de los baluartes emblemáticos de aquel París que él mismo dibujó pensando que la anchura de los Campos Elíseos podía dar de si lo suficiente hasta el siglo XXI.

¡Qué distintos somos!, pienso en muchas ocasiones, sin caer en el derrotismo y dejar de pensar que no serán pocos los rasgos hispanos que son admirados por los franceses.

Y ahora, en las últimas semanas, desde la noche del domingo en que emergió en el escenario Macrón, el nuevo Presidente de la República de Francia, observo con admiración y sana envidia qué es lo que ellos, los franceses, tienen y qué es de lo que nosotros carecemos. No, no va de comportamientos ni caracteres. Va de sentido de estado y de mucha generosidad.

Sí. Porque me parece que para pensar que tu país está por encima de los problemas más enrevesados, de las rivalidades y de los agravios provincianos, de los rencores y las envidias, hay que ser generosos. Y creo que esa generosidad compartida es la que hace posible que quienes hasta ayer eran antagónicos, hoy descubran que están de acuerdo en una cosa. Sí, en una sola cosa: en Francia.

Es una quimera querer ser igual que el país vecino, ya que cada palo aguanta la vela de su historia, de su cultura y de la educación que ha impartido a sus propios ciudadanos, con sus aciertos y sus errores.

Pero lo que llega a través de los medios de comunicación, lo que lees, ves y valoras, te ayuda a situarte en tus propias carencias. Y nosotros tenemos, muchas… y también no pocas virtudes.


Javier ZULOAGA                

jueves, 23 de marzo de 2017

CATALUÑA, UN ASUNTO DELICADO

Bajo esta etiqueta pueden colgar muchas situaciones, bien distintas unas de otras, pero que se sostienen sobre el denominador común de que lo que se detalla a continuación exige prudencia y tacto y que no puede tratarse de cualquier manera o…si me apuran, que lo mejor es darle un par de pensadas al asunto, no ir demasiado deprisa o incluso dejarlo estar, no tocarlo, porque se nos puede ir de las manos o incluso detonar.

 Si, lo mismo vale para un roto que para un descosido, un asunto delicado es que Hacienda destape ese pufo que llevaba años agazapado en lo más recóndito de tu vida privada o que tú descubras que, para tu pareja, tú ya no eres el hombre de su vida, sino que lo es un señor con mucha mejor pinta  que tú, con el que ella salía de un hotel cuando la vieron unos amigos que pasaban por la acera de enfrente.

Es muy delicado no llegar a final de mes para pagar la cascada de cargos bancarios del día uno, o que te digan que estás afectado por un expediente de regulación de empleo cuando ya tienes más canas que pelo negro, o que un exceso verbal en una tertulia de amigos te lleva a arrepentirte de lo que has dicho casi al tiempo de pronunciar la última sílaba.

Imaginen o recuerden ustedes esos momentos que han vivido y que podrían meter en su propia saca de asuntos delicados. Seguro que la lista sería muy extensa.

A mí, hoy, me ha venido a la cabeza que  quedarse sin argumentos aceptables es un asunto delicado, mucho, tanto si nos afecta individual como colectivamente. Cuando ocurre esto último, que como grupo nos quedamos sin argumentos, me digo que el asunto, además de delicado, puede convertirse en peliagudo, es decir, que es difícil de resolver y también de entender.

Y esta deriva intelectual me ha llevado al escenario en el que vivo desde hace ya veintiocho años. Cataluña, si amigos lectores, un asunto muy peliagudo que encaja al milímetro en los moldes de las cosas que cuesta entender o resolver. Y lo peor es que a medida pasa el tiempo, este asunto tiene cada vez peor aspecto.

Nací en Bilbao, crecí en Madrid, me moví por España y tres continentes y llegué a Barcelona en 1989. Cuando hablaba con amigos y colegas acerca de mi nuevo destino, muchos me decían que los catalanes eran especiales y muy suyos, e incluso alguno ponía un gesto pesimista y escéptico  como diciendo “Que no te pase nada Javier”.

Y la verdad es que no me ha pasado nada…bueno, me han pasado muchas cosas, como a cualquiera con una  vida mínimamente interesante, pero he conseguido sobrevivir a los catalanes y ser muy feliz entre ellos, porque aunque son catalanes, han resultado ser personas fáciles de tratar y comprender,  porque tienen historia y cultura propia y porque están muy viajados. A su manera, pero parecido a mis paisanos vascos, a los gallegos o a los mallorquines y valencianos que, como Cataluña, fueron creciendo en la corona de Aragón.

Pero ya ven como está el “asunto” catalán, más delicado cada día y sin visos de que los ánimos se serenen porque nadie quiere colgar  un tiempo–no olvidar- sus principios inamovibles en el perchero y sentarse a hablar para saber qué es lo que nos está pasando, yendo a la raíz y no quedándose en las ramas.

Los grandes acuerdos, no me refiero sólo a los históricos, sino a los de la vida en general, se  han sostenido sobre el sabor agridulce de la renuncia de una parte de aquello que soñábamos y de la placidez y el sosiego de saber que, al día siguiente, recordarás ese gran problema que durante mucho tiempo te ha quitado el sueño como una pesadilla pasada.

Si, es muy simple pero muy difícil, se trata de la generosidad, cualidad que me parece que no figura en los decálogos patrióticos ni en los códigos que marcan el camino  de los políticos a los que se les eriza la piel de emociones que a poco que se descuidan, les llevan a la rabia, al rencor y al odio.

Si. Un asunto delicado.




Javier ZULOAGA

domingo, 5 de marzo de 2017

SÁNCHEZ ALBORNOZ Y CATALUÑA


Hoy he escuchado en televisión que se cumplen 90 años de la botadura, en Cádiz, del buque-escuela Juan Sebastián Elcano, cuyo nombre homenajea al ilustre vasco de Guetaria que –navegando a vela- demostró que la Tierra era redonda. Creo que los de mi generación, los anteriores y también no pocos posteriores, memorizamos el nombre de Elcano en un segundo nivel al de Cristóbal Colón. Este último, seguramente sin proponérselo, demostró a quienes les financiaron que las Indias estaban más allá de los territorios americanos que descubrió, mientras que el primero puso sobre el tapete que no había muchas explicaciones posibles para entender que  si tú comienzas a navegar desde Cádiz hacia el Oeste, sólo puedes regresar al mismo puerto desde el Este si la tierra es redonda. De cajón ahora, no tan sencillo entonces, sobre todo de explicar.

Cuando he oído y leído lo del 90 aniversario del buque escuela, he rescatado de mis recuerdos la visita que hice al buque-escuela, en Buenos Aires, en 1982. Trabajaba entonces en la Agencia Efe y, desde que llegué a Argentina, acudía, cada mes, a recoger el artículo que don Claudio Sánchez Albornoz, historiador, ministro de La República y exiliado, me entregaba en mano en su casa-despacho-biblioteca de la calle Anchorena, junto a la Avenida de Santa Fe. Lo hacía cada mes para que pudiéramos ofrecerlo a los cuatro vientos de la cultura hispanohablante. Eran los grandes años de Luis María Ansón como Presidente de Efe.

Me llamó por teléfono y me propuso que pasara a buscarle  por su casa y acudir juntos a la recepción que la Embajada de España en Argentina –de acuerdo con el capitán del barco/escuela-  ofrecía  en el puerto a última hora de la tarde. Allí estuve, como un clavo.

Cuando bajamos del coche y vio aquel barco que fue botado antes de la Segunda República de la que él mismo fue ministro, don Claudio, 89 años, se quitó el sombrero de ala ancha europea –no caribeña- y dejó caer unas lágrimas. Yo, treintañero entonces, trataba de no olvidar nada de lo que estaba viendo porque era irrepetible.

Aquel personaje, humanista y político, me sacaba más de cincuenta años, pero parecía que la repetición de nuestros encuentros, la confianza y el buen rollo como ahora decimos, habían limado algo las diferencias de tiempos vividos. Pero no, estaba acompañando a un personaje que no era cualquier cosa. Y así fue, porque cuando llegamos al arranque de la pasarela del barco, don Claudio se echó la mano al bolsillo y sacó un generoso pañuelo para repasarse la nariz y de paso las lágrimas que no conseguía disimular. Después agarró su sombrero, se lo colocó sobre el corazón e hizo una muy discreta reverencia a aquella bandera de la         que, desde su condición de republicano, había sido enemigo ideológico a raíz de la Guerra Civil.

Sánchez Albornoz, hasta su marcha al exilio, fue un defensor de la Republica desde posturas propias de los hombres ilustrados, sin estridencias que no le hacían falta porque había dedicado su vida a la historia, lo cual se  le notaba.

El último recuerdo que tengo de él, ya que poco después regresó a España y se instaló en Ávila, fue una carta manuscrita, que tengo por algún lugar, en la que comentándome mi inquietud por el interminable infierno del terrorismo de mi tierra, me decía que tal vez habría que pensar que los vascos, en el fondo, éramos “bárbaros sin romanizar”. Seguro que me lo decía desde su larga visión de lo que había vivido y protagonizado… puede que tuviera razón, lo cual implicaba que el asunto no tenía más remedio que dejar pasar el tiempo, como así ha sido al menos para dejar de vivir en el sobresalto y sobre todo porque hablaba una persona que había dedicado su vida a la historia, ejercido como catedrático en Barcelona, Valladolid y Madrid, antes de  meterse en el fregado de la política que le llevó, muchos años después, a ejercer la Presidencia de la República en el exilio, desde Argentina, entre 1962 y 1970.

Hoy tendría 124 años y no sé cómo andaría para ocuparse de los problemas domésticos de aquella España que tanto quería, dos siglos después de su nacimiento en Ávila, como Santa Teresa, aunque sus biografías fueran bien distintas aunque tal vez no su gran cabeza.

¿Qué hubiera pensado sobre lo que ocurre ahora en Cataluña?, me he preguntado, en ocasiones, en los últimos años. ¿Cuál es nuestro problema?

Puede el lector buscar a través de Google y ver de qué manera don Claudio ponía en valor el papel histórico y cultural de Cataluña en el global de España. No quiero seleccionar yo porque las epidermis están muy sensibles, pero en cualquier caso el asunto no va de bárbaros, porque por estas tierras han pasado muchos siglos y muchas gentes, no sólo las que ahora hacen más ruido.


Javier ZULOAGA

lunes, 23 de enero de 2017

CUANTO MAS PEQUEÑOS… MEJOR


Creo que aquello de la grandeza de los pueblos, entendido como algo épico y expansivo, se está convirtiendo en un topicazo a pasos agigantados, al tiempo que se está abriendo paso a una nueva horma que se sostiene sobre el regreso a los valores de los orígenes. Si, ser grandes aunque seamos cada vez más pequeños. Voy a tratar de explicármelo a mí mismo y puede que también lo entiendan ustedes.

Los de mi generación, yo por lo menos si, sentíamos cierta emoción al leer como Vasco Núñez de Balboa descubrió que el Pacífico y el Caribe- y por extensión el Atlántico- eran vecinos muy próximos, casi de rellano, en Centroamérica. Imagino que algo parecido les podía pasar a los venecianos al evocar La Ruta de la seda y a Marco Polo, o a los noruegos por la llegada de sus vikingos a Islandia.

Ir un poco más allá, no conformarse con lo que decían los geógrafos fue la base del mundo tal y como lo hemos estudiado, de la misma manera que la historia, en versiones siempre más discutibles, nos situó, más o menos, en lo que iba pasando en el mundo a medida se descubrían nuevas tierras y eran colonizadas para, tres o cuatro siglos después, pasar a formar parte del mosaico de las naciones de la Tierra.

Hubo de todo en aquellas emancipaciones, malas digestiones que trascendieron al talante de los habitantes de las metrópolis y otras más brillantes, que levaron las anclas de sus barcos para partir de vuelta a casa, pero sabiendo dejar a buen recaudo los intereses que tenían más valor. No entraré en detalles porque estaría haciendo incursión en una materia que no es la mía.

Pero la suma de aquellos siglos arrojaba casi siempre sentimientos de orgullo colectivo, como si se tratara de un gran patrimonio que no era de nadie porque pertenecía a todos. No, no me refiero al patriotismo perversamente entendido o manipulado, al patrioterismo, sino a unas señas de identidad históricas interiorizadas de forma serena.

Si, decía al comienzo lo de ser grandes siendo cada día más pequeños y le doy vueltas a esta idea desde que leí las crónicas sobre la toma de posesión del nuevo presidente de los Estados Unidos, en la que la invocación a América le llevó a Trump a decir que no se estaba transfiriendo la presidencia desde el partido demócrata al republicano, sino devolviendo el poder de Washington al pueblo. Estaba asaltando la Bastilla e inaugurando una nueva era.

América primero, duro con Méjico y sin cuartel para los casi cincuenta millones de hispanoparlantes que, aunque entienden el inglés, no podrán ya documentarse  en castellano cuando se conecten a la página web de la Casa Blanca.

Lo importante está aquí adentro y desde aquí volveremos a ser grandes. Con esta idea, letra más o letra menos, Donald Trump le daba la espalda al resto del mundo, no se acordó de las penurias del Tercer Mundo y demostró que es un artista en una demagogia que, sin embargo, sí que gusta a una parte de la población norteamericana que piensa como él, o se ha dejado llevar emocionalmente por estas arengas intelectualmente tan fáciles como vacías.

No es la primera vez en la historia que se invoca un horizonte perfecto o la reparación de una gran injusticia para conseguir adhesiones incondicionales. Lo saben bien los Europeos cuando leen sobre las consecuencias de un tratado de Versalles, (1919), que acalló las armas pero llevó a Alemania a ser un semillero de miseria y terreno abonado para salvadores. Léanse Hermanos de Sangre de Ernst Haffner con unas descripciones terribles sobre lo que allí ocurría al comienzo de los años treinta.

Ser grandes en un escenario pequeño es muy tentador, por el halago al ego, por la reivindicación colectiva frente a lo que se cree injusto o por un identitarismo que sitúa por encima de cualquier otro valor.

Y puede ocurrir en cualquier lugar.

No sé si me he explicado


Javier ZULOAGA  

jueves, 8 de diciembre de 2016

¡MÓJATE JAVIER!


He pasado el año 2016 escribiendo, en este blog, acerca de situaciones que me han hecho reflexionar.

En varias ocasiones, sobre las consecuencias más pedestres de un mundo digital del que ya nadie se escapa; también acerca de la intolerancia religiosa con ocasión del gran sentido común del Papa Francisco; de lo malo que es vivir en el rencor;  acerca del hartazgo que provoca en los ciudadanos la inacción política; de la gran supervivencia de la espontaneidad y chispa humana a través de pintadas con espray…e incluso he pedido a quienes entran en este blog que escuchen y  compren el disco “By Fire”, del grupo CommonPlace, que lidera mi hijo Jorge.

Y les insisto, no dejen de hacerlo porque merece la pena. https://www.youtube.com/watch?v=w65Bg7Q_c1I&feature=youtu.be

Mis escritos no han generado respuestas hostiles, ni siquiera disidencias notables y he pensado hoy que ésto puede deberse sólo a dos razones: a que mi audiencia es discreta y sobre todo a que no me mojo. Es verdad, no lo hago y he aprendido a caminar intelectualmente de puntillas, seguramente por prudencia en tiempos es los que lo que vende es justamente la agresividad. Crispación, demagogia, linchamiento ideológico, manipulación de las emociones colectivas…no pueden ser buenas para la salud física e intelectual, me he dicho en muchas ocasiones. Y por ello me he vuelto discreto…tal vez un poco comodón.

-Zuloaga –me he dicho esta mañana- pero un poco más sí que deberías mojarte, ¿no?.

Y me he respondido de nuevo que no. Porque no quiero mojarme y decir que el pasado verano, cuando leí en un semanario, Regió 7, las declaraciones del  Abad de Montserrat en las que mostraba su preocupación por la división que se ha instalado en la sociedad catalana, esperaba que alguien se diera por aludido, de un lado y también del otro. No, no he querido mojarme en este silencioso asunto.

Y tampoco quiero mojarme al ver de qué manera una actitud más abierta, pero firme en lo más importante, de la jefa de la oposición parlamentaria catalana, Inés Arrimadas, ha sido tomada por algunos de sus compañeros de Ciudadanos como una suerte de traición… ni me mojaré sobre las reacciones del gallinero político y mediático tras las  reuniones de Soraya Sáez de Santamaría en la Delegación del Gobierno en Cataluña, sobre las que algunos piensan que deberían haberse iniciado por el vértice jerárquico de la Generalitat y no desde un nivel menor. ¿Por qué?.

No, no quiero mojarme y caer en el error de escribir que el inmovilismo y la inflexibilidad política son el mejor regalo que se puede hacer a los visionarios y a los excluyentes – a los de un lado y a los del otro- porque de esa manera se mantiene vivo al enemigo, fundamental en todos los conflictos y guerras. No, no quiero caer en ese error.

Ni tampoco decir que no puedo tomarme en serio a quienes piensan que las personas somos la gente. No me mojo ni lo diré porque quienes han decidido llamarnos así, “la gente”, puede que escondan intenciones reales de pastorearnos como a un rebaño. Sí, que gran palabra, ciudadano,  aquella que nació con las revoluciones que de verdad nos hicieron libres.

Seguro que usted, amigo lector, comprenderá mi discreción al escribir.

Javier ZULOAGA             




lunes, 28 de noviembre de 2016

LEER “PATRIA”, DE FERNANDO ARAMBURU


Pertenezco a una generación que, por lo general, veía que el término “Patria” era una especie de monopolio de los vencedores de la Guerra Civil española, además de la leyenda de las puertas de entrada de los  cuarteles de la Guardia Civil, “Todo por la patria”. Lo del patriotismo, el otro,  tenía más que ver con capítulos ejemplares de nuestra historia, como los sitios de Zaragoza, Gerona o el asedio de San Sebastián y era también la proclama general en los procesos de emancipación de las colonias respecto a las metrópolis, ¡Viva la patria!.

El uso del término patria entre aquellos jóvenes de los años setenta resultaba sospechoso y  por ello estigmatizaba. Eso era al menos lo que hemos vivido en España, en la que la patria española, la bandera y su himno crean todavía más conflictos que soluciones. Y no creo que esto cambie, ni tampoco me parece que sea tan dramático.

Pero lo de la Patria está reapareciendo tímidamente con nuevos bríos, esos que surgen como alternativa a los sistemas políticos que fracasan o atraviesan momentos de debilidad.

Aún no hemos acabado de digerir la victoria de Donald Trump, construida  sobre la nostalgia de una Norteamérica en blanco y negro que ha llenado los pulmones patrióticos de sus  votantes  mientras culpabilizaba de casi todo a la globalización y el liberalismo económico, cuando vemos que Pablo Iglesias, el nuestro, defiende que para él la patria es “su gente”.

Sí, la patria al otro lado del Atlántico, en el país de David Crockett, puede estar en un futuro por encima de pactos y alianzas que parecían intocables. Y también aquí, para definir a movimientos  de personas desamparadas, provocando emociones electrizantes que podrían recordar a las que se aprecian en los oprimidos de Los Miserables. Y muchos ejemplos más que, dicen, irán llegando pronto.


Pero cuando acabas de leer “Patria” de Fernando Aramburu, las emociones patrióticas no son ni en blanco y negro, ni se sustentan en nostalgias de conveniencia, ni describen pastoreos emocionales. Lo de esta gran novela es real, duro y lleva al lector, sin contemplaciones, al drama del terrorismo vasco en sus últimos capilares. No, no va de héroes y la ficción te traslada a dos familias unidas y separadas por ETA.

Aramburu, como ya hizo en “Los peces de la amargura” y “Los años lentos”, te lleva a las últimas consecuencias del problema terrorista vasco, a lo que ocurre  en las casas de Bittori y Miren, en las que han vivido la víctima y el terrorista y en las que sabe describir con una gran pluma y enorme sensibilidad, hasta dónde llegan el odio, el rencor, el miedo y la mala conciencia.

Y todo arranca cuando la banda terrorista anuncia que deja las armas y los asesinatos por la espalda, la bomba o los excesos en la lucha antiterrorista, han acabado ya. Empieza el día después de la batalla, con unas heridas que ya no sangran pero que resultará difícil cicatrizar. Hoy el problema es ese, el que se deriva de una sociedad que va a tardar en olvidar, especialmente en los escenarios no urbanos, en esos lugares en los que todos se conocen.

Al acabar “Patria”, me he preguntado si algún día los colegios, vascos y no vascos, enseñarán a los escolares lo que fueron más de cuarenta años de terror. Y me he dicho que no, que será imposible, no ya por la dificultad que tendrán los historiadores para coincidir en el relato, sino por la imposibilidad de medir en un libro de texto la trascendencia humana de aquel drama. Por ello la obra que ha escrito Aramburu - que sólo puede ofender a los fanáticos- es una gran aportación.

Muchas gracias

Javier ZULOAGA             



viernes, 18 de noviembre de 2016

DECIR ADIOS EN EL MUNDO REAL


Escribía en mi anterior artículo acerca de  la calle virtual, un espacio cuyas dimensiones no me atrevo a calcular porque caeré seguramente en el error, ya sea por minimizarla o porque no es equivalente cualitativamente, a lo que conocemos por “la calle”. Sí, esa por la que pasean las personas, extienden su brazo los indigentes, te pegan un tirón los descuideros, te puedes tomar un café o una caña gracias a la ley antitabaco, te hacen una encuesta, pasean bombones, chicas normales y feas o…como me pasó a mi hace unos días, te sorprendes al comprobar que aún existe un mundo en el que las emociones tienen un gran peso.

Pues iba caminando por la calle Sabadell en Sant Cugat del Vallés, una vía casi peatonal que lleva al viejo y restaurado Mercat Vell , una buena joya, junto con El Celler, que el modernismo catalán dejó detrás de las montañas de la Collserola, las que sirven tanto para resguardar a la capital catalana de los vientos de poniente como para salvar,  a los que estamos a este lado, del barullo de una Barcelona cada día más invadida por las hordas turísticas.

Sí. No había dado ni media docena de pasos y vi que un restaurante al que hacía tiempo no había acudido- y del que guardo muy buenos recuerdos por ese trato amable y próximo que no figura en la carta pero que suele arraigar en la memoria del comensal con más fuerza que un buen vino- había cerrado. Ocurre a menudo, me dije, pero no suele ser corriente que quien echa el cierre tenga fuerzas para poner todo el corazón en una hoja de papel para que sea leida dentro de la pequeña vitrina que durante muchos años ha resguardado  los menús. los platos de la carta y los precios, de la intemperie.

Sí, lean lo que sale en la foto. Gracias, dice, muchas gracias por la compañía, por apreciarnos, por haber convivido, por la comprensión…y buenos deseos para el futuro.

¿Qué raro, no?, ¿Vulgar?, ¿Blandiblú?, ¿Demodé?, ¿Noño?...seguro que es un abuelete de lágrima fácil.. o soy yo que me estoy volviendo cada día más tierno. Añadan ustedes las apreciaciones facilonas que les vengan a la cabeza porque todas pueden resultar posibles, aunque  nos quedaremos con ganas de saber qué pasaba por el ánimo de quien escribió esas líneas de despedida.

Las dudas serían menores, sin embargo, si nos moviéramos en la calle digital a la que me refería al comienzo, porque en ella todo se mueve  en la inmediatez y con presunta claridad. No hay un político, que se precie de su condición, que no anteceda o suceda alguna aparición pública suya con 140 caracteres de Twitter para decir algo que sus equipos de comunicación entiendan que conviene decir. O para responder a lo que otros han dicho…o para sumarse a algo que estratégicamente conviene…o para negar la mayor pese a que sea evidente. Y también para decir verdades. Lo hacen presidentes y hasta el mismo Papa Francisco.

En esa calle digital nuestro amigo del restaurante Casablanca de Sant Cugat, habrían diluido su mensaje de despedida en una corriente vertiginosa, una suerte de Amazonas compulsivo y casi efímero que les habría llevado en pocos segundos casi a la inexistencia y ni la alcaldesa de la ciudad, ni el vecino de la casa contigua, ni tampoco los paseantes, hubieran sabido que  estaba tan agradecido a quienes durante más de treinta años habían entrado a comer o cenar.

El papel -¿quién ha dicho que está en crisis?- sigue ahí, aunque los diarios  tengan cada vez menos páginas y algunos quioscos desaparezcan  o vendan de casi todo para sobrevivir. Si de lo que se trata es de que algo quede escrito o impreso, no hay otra salida. Aunque sea sólo un folio para decir adiós.

Javier ZULOAGA

lunes, 17 de octubre de 2016

CommonPlace, (Jorge Zuloaga) debuta con su disco "By Fire"


vía


https://open.spotify.com/user/javierzuloaga/playlist/60pRrjbFRy42LiJfHiqYC3






Barcelona, 14 oct (EFE).- El cantante y compositor Jorge Zuloaga jamás había pensado en dedicarse a la música, una idea que consideraba "loca y arriesgada" hasta que decidió abandonar la carrera de Derecho para instalarse en México, sitio donde empezó a componer las canciones que ahora presenta con el grupo CommonPlace.

En la capital mexicana el músico comenzó a colaborar con artistas de Argentina y Venezuela, durante una época "que me sirvió para curtirme", ha indicado en una entrevista con Efe, y a componer las canciones que serían la semilla del EP homónimo que hoy mismo estrena con su banda.

A los pocos meses en México DF, Zuloaga se puso bajo las órdenes de Rodrigo Vallado en la productora Westwood Entertainment (una división de Sony Music), donde "componíamos todo tipo de géneros para artistas muy diversos y realizábamos todo tipo de labores para sumergirnos a fondo en la música".

Tras su experiencia mexicana, Zuloaga decidió empezar a cerrar su propio proyecto de folk con la intención de regresar a España, donde se sometió a una "larga formación", volviendo a su Barcelona natal para estudiar piano en la escuela Coco Comín y dar clases de canto con Raquel Soto y de guitarra con Paco Cinta y Jorge Cavadas en Madrid, ciudad donde creció y donde ahora reside.

Sergio Delgado a la guitarra y los teclados, Gonzalo Bosque a la batería y Manu Portero al bajo completan el proyecto de CommonPlace bajo el liderazgo de Zuloaga.

"Suelo llevar las canciones muy desarrolladas y luego ponemos pequeñas cosas en común, pero me ayudan mucho porque tienen mucho talento", ha dicho el artista al respecto de su banda.

El EP que hoy estrenan se financiará mediante una campaña de Verkami para recuperar los fondos invertidos, ya que "preparar un disco es un agujero sin fondo si no tienes un buen soporte económico", ha lamentado el artista.

Todas las piezas del trabajo son originales del grupo, aunque "en directo y en nuestro canal de Youtube hay muchas versiones de artistas que me guían mucho y a los que queremos parecernos".

Entre sus influencias se encuentran los grupos Mumford and Sons, The Lumineers, James Bay o Ed Sheeran, y "entre los artistas españoles que me gustan mucho está Ramon Mirabet" -como el catalán, Zuloaga compone y canta siempre en inglés-.

"Desde pequeño toda la música que he escuchado ha sido en inglés, por lo que inconscientemente me sale componer en este idioma", explica el artista.

"Una vez intenté empezar un proyecto en español, pero no me gustaba cómo quedaba mi voz, aunque no descarto probar otra vez en el futuro", añade.

En el EP CommonPlace hace gala de un folk muy dispar, con canciones reposadas y otras más guitarreras. "Nos movemos en un espectro muy amplio, ya que todavía estamos buscando nuestro sonido y nuestro posicionamiento creativo. Hemos hecho canciones que se pueden escuchar en la playa con una cerveza y otras que son baladas más intensas, con líneas más oscuras y que tienen más profundidad", ha explicado el músico.

En cuanto al nombre del grupo, Zuloaga explica que salió "poniendo en común algunas ideas". "Mi hermano siempre escuchaba 'Common People' de Pulp, que me gustaba muchísimo, y me inspiré en la canción".

A los pocos meses se le ocurrió buscar el significado de la palabra 'commonplace' en inglés, que tiene una acepción que significa 'vulgar', pero ya no quiso cambiarlo. "Uno tiene que pasar por muchas cosas, pero siempre dejando claro lo que eres", ha afirmado el cantante. EFE
ar/rq




lunes, 10 de octubre de 2016

UN BURRO, CONECTADO A INTERNET, SIGUE SIENDO UN BURRO


Sí, amarré a mi memoria la frase que acaban de leer cuando viajaba ayer, al volante, desde Bilbao a Barcelona, después de haber pasado dos días en Ochagavía, en el valle navarro de Salazar y haberme acercado a la Selva de Irati. Mi coche devoraba kilómetros, quemaba litros de gasolina y se iba acercando, poco a poco, al peaje de la autopista.

Escuchaba "No es un día cualquiera", el programa de Pepa Fernández en RNE, en el que hacían tertulia sobre “aprender y desaprender”. Oí a Andres Aberasturi, compañero en mis estudios de periodismo, que ironizaba sobre la inutilidad de los conocimientos que adquirimos a lo largo de nuestra  vida, “Yo, cuando me tiro a la piscina no razono sobre el principio de Arquímedes, ni calculo sobre lo larga que debe ser la hipotenusa de un terreno triangular que me he comprado”, decía más o menos este periodista vasco.

José Antonio Marina, profesor de filosofía, pensador potente, se ponía sin embargo mucho más serio y decía a los oyentes que si sólo aprendiéramos las cosas útiles, correríamos el riesgo de caer en el analfabetismo y defendía que una persona culta es una persona más preparada para la vida. Y fue cuando lanzó su frase de órdago “Un burro conectado a internet sigue siendo un burro”. 
Suscribo lo dicho por Marina –lo digo sin ánimo de ofender a nadie- porque la frase me ha animado a reflexionar conmigo mismo sobre algunas cosas complejas que rodean al mundo del conocimiento y la cultura.

Vivimos en un mundo global y digital. Seguramente estos conceptos marcan el inicio de una nueva era y el fin de la Edad Contemporánea, en la que más rápida y drásticamente están cambiando las cosas en todos los órdenes de nuestra vida. Han caído las fronteras en las comunicaciones y un nuevo orden, principalmente económico, está creciendo como la espuma desde los ratones de los ordenadores y las Apps de tabletas y móviles para hacer de todo en Internet. Comprar y vender, hacer banca, comprar diarios digitalizados  por unos pocos céntimos el ejemplar, ir a la zapatería y devolver los zapatos porque no te quedan bien, comprarlo todo, comida en una tienda digital que comenzó vendiendo libros, ropa… Alquilar todas las canciones que quieras escuchar por 9,99 euros al mes…Piratear películas… Conocer a una chavala impresionante…¡Inacabable!.

Y también vivir la vida en las redes sociales. Ahí es nada. Es la calle virtual en la que la gente vive para dar a conocer lo que escribe, lo que piensa, lo que le entusiasma o el rechazo que siente hacia algo o alguien…con buenas o malas formas. Elegantemente, con educación, o de cualquier manera, groseramente y con hostilidad sin corsés.

Y además todo se mide en esa calle, de tal manera que  las redes sociales pueden hacer saltar por los aires la imagen de un ciudadano o ciudadana que tiempo después será, o no, culpable de lo que unos cientos o miles de twitteros han afirmado. O tergiversar las razones por las que un excelente futbolista decidió cortarse las mangas de la camiseta para jugar más cómodo, hasta el punto de hacerle tirar la toalla y anunciar que no vuelve a la Selección Española.

No, el problema no son ellos, sino que la coincidencia de actuaciones en esas redes sociales se ha convertido en una vara de medir -las redes van llenas se dice con preocupación- como si fuera un termómetro. Es decir, como si por la calle en la que vive el jugador que se cortó las mangas de la camiseta se llenara de manifestantes…virtuales.

Y como compañeros de viaje de esa algarabía estamos todos. Políticos, periodistas, empresarios, buenos opinadores, pensadores, cantantes, revolucionarios, y conservadores. Todos juntos en ese nuevo universo.

Y los burros que siguen siendo burros, a los que se refería José Antonio Marina, también.

Javier ZULOAGA



jueves, 25 de agosto de 2016

EN EL NOMBRE DE DIOS

Al regresar hace pocas semanas de su viaje a Cracovia, el Papa Francisco lanzaba a quienes le siguen con interés por la claridad de sus palabras –cada día más- un mensaje que contenía, así lo vi yo, cierta desesperación. Decía en el vuelo de vuelta a Roma, que no es justo identificar al Islam con la violencia, recordaba a los periodistas que le escuchaban su último encuentro con el gran imán de la universidad islámica de El Cairo, al Azhar Ahmed al Tayeb, con el que compartió idénticas aspiraciones de paz, e ilustró con su elocuencia argentina que las religiones son una suerte de “macedonia”, porque en ellas hay de todo.

Leanse el enlace del comienzo de este artículo, porque merece la pena en un verano en el que hemos podido seguir de cerca de qué manera se desataba una polémica importante por el uso o prohibición  de los atuendos de uso generalizado entre los seguidores del Islam. Sí, el burkini, ese bañador cuya promoción comercial  estamos regalando a más de un fabricante de ropa y que posiblemente no sea ni musulmán ni católico… a lo mejor camboyano…o chino.

Sí, las palabras de Francisco parecen una voz en un desierto en el que todos nos movemos sin  mucho sentido común y demasiadas emociones.

La masacre de Niza, como los atentados de París y Bruselas han encendido las alarmas del mundo libre y despertado, al mismo tiempo, sentimientos de rabia. A mí por lo menos bastante y reconozco que  me he dicho ¡Basta! mientras me situaba del lado de quienes piensan que aquí se ha acabado lo que se daba, que ni chilabas ni burkas y que fuera de las iglesias o las mezquitas todos debemos ir vestidos de ciudadanos o ciudadanas y que, en las escuelas, más de lo mismo.

He tenido tiempo para leer a quienes rascan en la historia desde su propia óptica, en “El Confidencial, a  Ilya Topper:De Algeciras a Estambul, titulado "El burkini, la traición" , una pieza que te sitúa bien en los orígenes del problema de los atuendos musulmanes. Échenle una ojeada, porque es la opinión de muchos y porque, al mencionar a la defensa de los velos en mujeres occidentales convertidas al Islam, el autor describe el  feminismo islámico como una postura que da a la mujer plena libertad de someterse a la doctrina religiosa elaborada por teólogos para proteger al varón contra la perniciosa influencia de la fémina.

Hay ríos de opiniones sobre este asunto y multitud de opinadores más expertos que yo, simple observador del asunto.

Vuelvo a lo que dijo el Papa Francisco en su vuelo desde Cracovia porque me parece finalmente lo más realista. Somos muchos millones de personas de rasgos y convicciones muy diversas. La evolución del mundo, sus guerras y sus miserias ha acabado por globalizarlo todo…como si de una macedonia se tratara y cuyas diferentes frutas, además, ya no se pueden separar. Aquí estamos todos, bien juntos y bien revueltos… nos guste más o nos guste menos.

Pienso que no es bueno trazar líneas en el suelo, ni hacer de la intolerancia el mejor regalo a quienes se han colado por la puerta de atrás de las creencias religiosas. Hay que hacer un esfuerzo.

Por eso me ha llamado la atención lo que la Obra Social de “la Caixa” editó, hace ya dos años y que ahora he venido a parar a mis manos, dentro de su programa de atención a enfermos terminales, que lleva a cabo desde 2008. Atención religiosa al final de la vida, es un canto y un homenaje a la diversidad de las religiones. Una guía para quien quiera saber cuáles son las creencias de quienes están dejando esta vida, ya se trate de un católico, un sunita, un chiita, un hindú o un ateo.

Nunca es tarde, ¿verdad?.

Javier ZULOAGA

  

domingo, 7 de agosto de 2016

ME ESTOY HACIENDO MAYOR


Sí, ya lo sé… como todos los demás... me estoy haciendo mayor.

Dicen, o he leído en algún lugar, que la evidencia de lo que acabo de escribir reside en el mismo hecho de hacerlo y que todos constatamos que así es en sucesivas ocasiones, aunque la  tolerancia o generosidad con nosotros mismos nos inclina a mirar hacia otro lado hasta que la contundencia de los hechos nos lleva finalmente a rendirnos.

A mí me ha venido ocurriendo en los últimos tiempos y desde no hace muchos días siento que no tengo mayores argumentos para rebatir que he vivido casi 65 años. No, no es aritmética, sino evidencias.

La primera es que vienen a mi cabeza los recuerdos  de mi adolescencia, cuando en casa celebrábamos que mi padre, que nació en 1920 –los de la quinta del biberón de la postguerra española- había cumplido cincuenta años. Mi hermano y yo nos mirábamos de reojo y sabíamos, cómplices, qué era lo que estábamos pensando los dos, “¡Qué mayor se está haciendo el Aita!”.

No rascábamos, sin embargo, en otros pensamientos y comportamientos en los que, al menos yo, he recabado al llegar al umbral que recibe al que se aproxima a los sesenta y cinco años.

Sí, lo de las canas en avance insolente, lo doy por descartado, pero hay comportamientos  que me llevan a relativizar problemas endiablados que tiempo atrás me acorralaban contra mi mismo y otros que me dicen que no, que a mí no me las dan con queso, porque dos y dos, incluso en tiempos convulsos, siguen siendo cuatro. Vamos, que las cosas son como son y no como nos las pintan.

¿Por dónde va Zuloaga?

Pues miren: la pachorra veraniega, la indiferencia  y el relativismo que te asalta cuando no tienes nada que te acucie, las buenas compañías, o ver algo tan deslumbrante como el nacimiento –muy cerca de mí- de un nuevo contribuyente español, están consiguiendo que queden a un lado las obsesiones que nos acucian durante el curso. Y los problemas seguro que siguen siendo los mismos aunque no haya tertulianos vociferantes que cobren según su capacidad para imponerse insolentemente  a los demás.

La vida c.ontnúa aunque en el zapping del mando a distancia no encuentres nada electrizante que te meta en la albarda de la crispación general.

Pero los problemas siguen y nos volverán a arrinconar, tanto porque es así, porque no han sido resueltos, como porque son el alimento de un sistema que vive más de las apariencias que del fundamento de las cosas.

Sí, el mundo, cuando se acabe la tregua de agosto, volverá a caminar más de puntillas; a ver de qué manera se vive más sobre los malos recuerdos o los tópicos que sobre la realidad; o cómo la irritación tiene más empuje  que el sentido común.

Sí, el sentido común, el “seny” de los catalanes, la nobleza  de los vascos, la sobriedad magnífica de los castellanos, la chispa genial de los andaluces, o la cintura calculadamente equilibrada de los gallegos, por recorrer tan sólo algunos territorios.

Ya lo verán…hasta entonces, si pueden, sigan con su pachorra.


Javier ZULOAGA

sábado, 2 de julio de 2016

VIVIR EN EL RENCOR


Cuando era niño y llegaba a las manos con mi hermano el mayor, mi madre nos agarraba a los dos del brazo y nos decía contundentemente mientras nos apretaba con sus manos: “Pediros perdón, ¡ahora mismo!”. Y los dos, aunque fuera rumiando palabras casi ininteligibles, nos pedíamos perdón y volvíamos a andar juntos por la vida…hasta la siguiente agarrada.

Muchos años después, cuando le quedaba poco tiempo de vida, mi madre, una bilbaína de pocas palabras, aunque muchas veces elocuentes, me dijo que el rencor era peor que el cáncer. Aquella convicción vino a cuento de las historias complicadas  con que se cruzan las personas a lo largo de su vida y que, como ella bien pensaba, tienen o no tienen solución dependiendo de que arrastren o no arrastren rencor.

Me quedé con la copla, hice su frase mía y la incorporé a mis convicciones personales más arraigadas. Y además pienso que ella tenía razón no sólo por lo que se refiere a las relaciones personales, sino en no pocas situaciones que podemos presenciar cuando nos asomamos a la ventana de la vida que nos rodea.

Sí, ya sé que el rencor no suele ser más que la resaca del dolor que, por profundo, no se puede dejar a un lado y que son muchas veces las que no tiene remedio para pasar al olvido. Hasta ahí no descubro nada, como tampoco lo hizo mi madre cuando diagnóstico el problema dándole una pátina oncológica.

Pero, mirando por esa ventana de la vida a la que antes me refería, he llegado a pensar que existe un rencor colectivo cuya mayor o menor virulencia y descontrol hacen que las relaciones de los grupos y de los territorios acaben mal, peor, o fatal. Es cuando lees en un diario o escuchas en un informativo que las decisiones  acaban estando supeditadas a que desaparezca de escena un determinado personaje de la vida pública, o que con aquellos que tienen ideas y proyectos propios no hay nada de lo que hablar hasta que dejen de pensar y aspirar como lo hacen. O que, como respuesta a lo que acabo de escribir, estos últimos deciden demonizar a todo lo que venga de quienes no les escuchan.

Sí, más o menos como si mi hermano y yo, cuando éramos niños, hubiéramos decidido no hacer caso de lo que mi madre nos pedía y hubiéramos crecido cargando, una vez tras otra, las alforjas  de los agravios. Hubiera sido un mal asunto.

Pues desde todos estos simplismos, huyendo de la complejidad y sesudez de los problemas tan serios que nos ocupan a los españoles, me pregunto si no seremos una sociedad profundamente rencorosa, además de otros rasgos perversos que no quiero enumerar para no abundar en la caída de mi autoestima.

Cuando hace pocos días el Brexit hizo sonar las alertas colectivas de medio mundo, nadie dudaba de que el asunto no tenía buena pinta. Y no la tiene. Sin embargo, pasados  la resaca y el sofocón, veo que los británicos no son, a la vista de las actitudes y comportamientos generales que nos llegan a través de los medios, personas excesivamente rencorosas…o que si lo son, saben guardar las apariencias magistralmente.

 ¿Se imaginan ustedes cómo habría sido esa historia en nuestro país? Sí, ya sé que no somos ingleses y que tal vez por ello el rencor se nos ve en ocasiones desde muy lejos.

Javier ZULOAGA



sábado, 7 de mayo de 2016

¡Y NO HA PASADO NADA!, ALCALDE MUSULMÁN EN LONDRES


Acabo de ver las noticias sobre la toma de posesión del ciudadano británico de origen paquistaní –y de profesión religiosa musulmana- Sadiq Khan, como nuevo alcalde de Londres. 

Una vez más, pienso, los británicos caminan muy por delante de nosotros. Y cuando digo nosotros no sólo me refiero a los españoles, que también, sino a quienes formamos parte de la UE y también – y esto no es menos importante – de la mismísima gran colonia de la corona inglesa, EE.UU.

¿Se imaginan a un equivalente de Sadiq Khan asumiendo la alcaldía de Nueva York?, ¿O a un musulmán francés, hijo de magrebíes, al frente del municipio de París?, ¿O de Madrid?, ¿O de Berlín?.

Hace unos meses leí que algo equivalente ocurría en Francia tras una presidenciales, en la novela de Michel Houllebecq, “Sumisión”, en la que el lector se sorprendía –o atemorizaba- ante la llegada de un francés de religión musulmana a la presidencia  francesa. La misma Francia de las revueltas sociales y los atentados radicales.

Pero en Londres los ingleses, nos dicen que no pasa nada, que Sadiq Khan puede ser alcalde de la capital del Imperio Británico y coincidir con la nonagenaria reina Isabel cualquier día de estos. No pasa nada…claro que no, porque en su toma de posesión en la catedral cristiana de Southpark, el nuevo inquilino de la City Hall, ha dicho “Estoy orgulloso de que Londres haya elegido la esperanza antes que el miedo, la unidad antes que la división”.

Tras él, junto al altar, estaban el representante de la comunidad judía, con su kipá y una mujer musulmana con el hiyab…y a su derecha el obispo titular de la catedral anglicana con su faja roja bien a la vista. ¡Y no ha pasado nada!.

Cuando he viajado a Londres, un par de veces, me ha llamado la atención la normalidad con que los habitantes de aquella capital aplican a su convivencia con los indios, paquistaníes, árabes o maorís, entre otros, que han echado sus raíces allí y mantienen sus señas de identidad –y sus religiones- tres generaciones después.

Son admirables, aunque también es cierto que lo de ellos ha sido menos compulsivo, poco a poco, al tiempo que se independizaban sus colonias, al tiempo que mantenían, casi siempre, sus intereses económicos en aquellos territorios que un día pertenecieron a la Commonwealth.

Puede que algo tenga que ver su insularidad, la que la mantuvo más a resguardo de las beligerancias imperialistas, salvo de la de los vikingos que llegaban de los países nórdicos.

Javier ZULOAGA

martes, 3 de mayo de 2016

LOS UNOS Y LOS OTROS …Y ALMUDENA GRANDES


A veces ocurre que, tras leer un buen libro, se te refresca la memoria y vuelven, a la antesala de tus recuerdos, esas sensaciones que un tiempo atrás removieron lo mejor de ti como persona y que habían quedado diluidas  en la sobreabundancia de las cosas nuevas. Creo que nos ocurre a todos y que si hurgáramos un poco más en  en el gran caldero de las cosas vividas, nuestra sensibilidad mejoraría bastante.

Dicho de otra manera, que rebuscar en nuestro pasado y pinzar aquellos momentos que aún nos emocionan, nos devuelve parte del calor humano que perdemos cada día… aunque sea volviendo a historias pasadas, a caballo de la nostalgia.

Por eso es bueno leer buenos libros, porque los grandes escritores, en este caso escritora, hacen de su ficción una gran copia de seguridad de lo que, casi sin darnos cuenta, hemos acabado olvidando y…ahí es nada, nos abren los ojos para que veamos que lo que está ocurriendo a nuestro alrededor tiene tantos y tan dramáticos rasgos como aquellas historias que nos erizaban el vello años atrás y aún hoy nos emocionan.

Sí, he leído Los besos en el pan, de Almudena Grandes, sobre la que más adelante escribiré para compartir con ustedes qué emociones ha resucitado en mi cuando he pasado la última página.

La música clásica, la gran música, me fue indiferente hasta el comienzo de los ochenta. Yo había sido educado en una familia en la que únicamente mi madre se encargaba, con sus discos de La Verbena de la Paloma, Los Gavilanes y El Caserío, de recordarnos lo que era una gran orquesta. Pero los ojos –además de los oídos- se me comenzaron a abrír cuando fui al cine a ver Los Unos y los Otros, una emotiva película en la que varias familias viajaban a lo largo del tiempo, desde los momentos de mayor crudeza de la Segunda Guerra Mundial hasta la resaca de toda la barbarie que produjo en cada una de ellas. Sí, como lo de la trilogía Century  de Ken Follett, pero treinta años antes de que el maestro galés nos hiciera su gran regalo.

En Los Unos y los Otros de Claude Lelouch, que también dirigio Un hombre y una mujer, aparece la vida de cuatro familias, la de una bailarina rusa, un pianista alemán, otro judío que se enamora de una violonista francesa y el líder de una banda da jazz. Nos hizo viajar por el drama de sus vidas y nos llevó, veinte años de celuloide después, a un espectáculo de música y danza en el que quienes estábamos sentados en la butaca del cine, sentíamos que los pelos de la emoción se nos ponían de punta al escuchar El Bolero de Maurice Ravel.

 No sé a otros, pero a mí se me abrió el apetito por algo que –lo digo sin complejos- no me había ocupado ni preocupado. Lo de lo apoteosis final de aquella película, así lo veo hoy, treinta y cinco años después, despertó el interés de muchos millones de palurdos musicales como yo, que no habíamos tenido ocasión de cruzarnos, ni de detener nuestra atención en la mejor música, en la que varias decenas de instrumentos acaban uniendo sus notas de forma maravillosa.

Y ayer, como decía líneas arriba, acabé de leer Los besos en el Pan y sentí algo parecido pero con matices. Había leído, no hace mucho, Las tres bodas de Manolita, un relato descarnado y auténtico de lo que pasó entre los perdedores de la Guerra Civil española cuando el franquismo echó a andar. No fue un descubrimiento como el de la música en el cine, porque a nadie que naciera en los años cincuenta y fuera mínimamente ilustrado y curioso se le podía escapar el drama de aquella postguerra.

Pero Almudena Grandes te pone delante de los ojos un relato que engancha por su gran calidad narrativa y la crudeza de todo lo que vas leyendo. Al acabar, lo reconozco, resoplé mientras me decía que los españoles somos unos bárbaros y que puede que no tengamos remedio.

Y ahora, tras leer Los besos en el pan pienso que además, vivimos al margen de lo que ocurre a nuestro alrededor, o que simplemente no queremos abrir los ojos para que las cosas duras no nos corten la digestión. Almudena Grandes, como me ocurrió con la apoteosis musical final de Los unos y los otros, me ha ofrecido una antología del drama social que se vive en las calles por las que esta mañana he paseado.

El libro es la suma de muchas historias tiernas y duras, algunas durísimas, que se pueden dar en un bar de una calle de nuestra ciudad, o en un centro de salud de un barrio que va a cerrar para optimizar, alejándola, la atención médica a los ciudadanos, o la soledad de quien decide quitarse de en medio porque no ha encontrado mejor compañero que una botella… o unas historias de solidaridad entre ciudadanos auténticos, o  de amor de dos jóvenes revolucionarios.

No destriparé más el contenido porque sería un mal agradecimiento a un libro al que le debo algo importante y que merece la pena ser leído. Se lo recomiendo.


Javier ZULOAGA 

sábado, 19 de marzo de 2016

Y A USTED…¿PARA QUÉ LE PAGAN?


“Mientras millones de ciudadanos miran incrédulos, perplejos, escépticos, a remolque de su escasa autoestima…preguntándose qué carajo han hecho para merecer tanta tozudez, tan poca claridad de ideas y una ausencia tan clamorosa de madurez política, los padres y madres de la patria, ¿servidores públicos? siguen sin ventilar sus inamovibles principios ideológicos al tiempo que remachan sus líneas rojas del “por aquí no pasarán.”

No busquen en su memoria, ni remuevan en la antología inacabable de frases para la posteridad, porque las líneas de arriba son mías, de la misma manera que podrían haber nacido en la cabeza de cualquiera que anoche o anteanoche apagara el televisor tras ver que la desorientación ha acabado instalándose también en la cabeza de buena parte de los brillantes opinadores que sentencian, para todos los gustos, sobre lo que está ocurriendo en España.

Esta mañana he decidido descomprimir mi desazón, mirar a nuestra tropa política y sin hacer demasiadas distinciones decir: “Y a ustedes…¿para qué les pagan?”, recuperando así aquella pregunta que, en el lenguaje más coloquial, se les hacía a los que de forma descarada no daban un palo al agua y el jefe les llamaba la atención.

No se espanten porque no quiero adjudicar de forma general a nuestros políticos la condición de vagos, aunque de todo habrá, sino simplemente tratar de ordenar mis propias ideas y, creo que también la de muchos ciudadanos, que no alcanzan a entender por qué aquí no son válidas las grandes verdades de la teoría política ni resultan extrapolables los buenos ejemplos de responsabilidad que se dan más allá de nuestras fronteras.

Cameron en 2010 uniendo a sus conservadores con los liberal demócratas y Merckel en 2005 haciendo otro tanto entre sus democristianos y los socialdemócratas alemanes, son las estampas más socorridas para invocar al sentido de estado. “Mira, así de fácil, con los tuyos y los míos salimos adelante” se dice reduciéndolo todo  a una cuestión aritmética, al tiempo que se pone en la picota al que no quiere sumar sus votos, o su abstención para que todo sea fácil.

Pues lo cierto es que a nuestros tribunos no les eligen simplemente para que sumen, que también, sino para que conjuntamente y de acuerdo con el reparto que hayan realizado el conjunto de los ciudadanos que han votado, las cosas sigan funcionando y si es posible mejorando. Les eligen para esto y por ello les pagan un sueldo digno. Y no les eligen para que devuelvan la pelota a los votantes diciéndonos, más o menos, que nos hemos equivocado y volvamos a poner la papeleta a la urna con un poco más de cabeza.

Nos lo dicen ellos, los padres de la patria, los servidores públicos, aunque sería injusto meter en el mismo saco a todos, si los juzgamos por sus actitudes públicas.

Porque si esos salarios pudieran fragmentarse y el plus más importante fuera el de la capacidad  y  la disposición para el acuerdo, posiblemente nuestra clase política comenzaría a parecerse un poco más a la de los británicos o los alemanes. Ellos, individual y colectivamente, han vivido y crecido en la cultura del entendimiento, seguramente porque les han explicado que su tierra y su país no son patrimonio de nadie en particular y por ello quien gana unas elecciones  no pueden hacer y deshacer a su antojo ideológico, echar abajo o levantar nuevos modelos de estado. Pienso que ellos lo tienen muy interiorizado y por ello los resultados electorales, cuando no arrojan mayorías, no son un obstáculo para que el país siga adelante.

Pero aquí seguimos sin llegar al fondo de nuestras carencias, no renunciamos a nuestros principios más electrizantes o nos llenamos los pulmones de furia revolucionaria tratando de convencer a todo el personal que lo importante es el cambio…y punto


Javier ZULOAGA   

sábado, 27 de febrero de 2016

UNA VIDA DE PELÍCULA……Y TELEVISADA


Los de mi generación y otras próximas a los años cincuenta, escuchábamos que algo era o había salido “de película” cuando se rozaba la perfección. Valía lo mismo para expresar que la chavala a la que habías conocido no tenía defectos –era guapa, iba sobrada de talento, era muy lista y además no se le notaba porque era discreta- o cuando en aquel proyecto de viaje que habías organizados con unos buenos amigos se habían confabulado el buen tiempo, la gastronomía y la noche de copas con gente del lugar.

Vivir de película valía también para explicar que no te faltaba nada en el orden material, o para describir que flotabas de felicidad con la persona a la que habías rendido tu corazón. Y como no eran películas, aquellos momentos mágicos se iban desdibujando porque las cosas comenzaban a complicarse o también porque la prolongación de tu éxtasis en el tiempo desinflaba el encanto del arranque, del relumbrón y del descubrimiento.

En alguna ocasión me he preguntado de donde venía aquello de adjudicar la categoría “de película” a una persona, cosa o proyecto perfecto, cuando la historias que se podían ver en los cines tras pasar por taquilla no siempre tenían un final feliz, sus personajes eran en ocasiones  perversos y la película resultaba alguna vez insufrible.

De mis años adolescentes y juveniles vienen a mi cabeza “El Golpe”, “Papillón”, “Kramer contra Kramer”, “El último tango en París”, “Cabaret”, “Sérpico”, “Annie Hall”, “Los hombres del Presidente”…y pienso entonces que lo de colgar la etiqueta “de película” a algo perfecto viene de la magia del séptimo arte, de todo aquello que envolvía  a los buenos guiones, a los artistas iconos, a aquella música que te removía en la butaca y de un bien estudiado final que no te dejara indiferente al salir del cine.

Aquello nos llevaba a idealizar nuestras historias felices y a compartirlas con las personas que teníamos más cerca, como si de una película se tratara.

Pero ya no es igual porque el cine, aunque está ahí y goza de buena salud, ha sido arrinconado por las audiencias televisivas que, sin pagar en taquilla, te ponen en el mando a distancia del televisor una oferta muy variada en la que también está el cine, pero que ha dejado que se cuelen de rondón malvado e interesado, contenidos de muy distinta especie, con mayor éxito y audiencia para aquellos que nos dicen que todo es un desastre, que no hay nada decente en lo que nos rodea y que usan los planteamientos destructivos y los tonos corrosivos para contar algo que, en aquel periodismo clásico, más pausado y constructivo, se trataba de una manera más tranquila…o así lo he idealizado yo, como si se tratara de una película.

Arrinconar a un hombre público presentándolo como un histrión mediante el uso de lenguajes zafios y enervar la salud y el equilibrio emocional de quienes miran la pantalla es muchas veces el arranque, sólo el arranque, de un frenesí en el que los contenidos se miden por los trending topics, las tertulias desbocadas y los presentadores con ademanes de pistoleros que apuntan con su dedo índice a la cámara diciendo a los espectadores –con rictus malvado- que se preparen, porque lo que van a saber en pocos segundos va a ser muy muy escandaloso. Sí, el escándalo vende y además no hay que pasar por taquilla para saborearlo. Existe, claro está, pero ya no es sólo una materia informativa que habría que tratar con especial cuidado, sino que es más provechoso ventilarla con intención para ganar audiencia y que la publicidad arrope después la cuenta de resultados.

Sí, la vida ha cambiado una barbaridad y si yo fuera un náufrago que hubiera vivido aislado quince o veinte años, tendrían que reciclarme antes de andar solo por la calle. Ir en contra de lo que está pasando, además de absurdo, es poco inteligente. Vivimos abrumados por una suerte de ciclón que no tiene vuelta atrás, aunque tal vez algún día se imponga, poco a poco una forma más plácida de informar.

Mientras tanto y para sumergirme en aquella magia del cine, he comprado, en la televisión de pago, “Truman”, porque ya ha sido retirada de las pantallas de cine de Sant Cugat, donde yo vivo.


Javier ZULOAGA   

martes, 12 de enero de 2016

¡ME MUERO POR TUS HUESOS!

No se asusten, no me estoy muriendo, ni piensen tampoco que me están asaltando instintos devoradores peligrosos. El titular de este artículo es un piropo que, hace ya muchos años, escuche o leí en Madrid. Un diario había convocado entre sus lectores un concurso para recopilar buenos ejemplos de ese género de dichos populares en los que el hombre se rinde, a pecho descubierto, ante la belleza y la clase de una mujer con la que se cruza en la calle.

Y ha sido ese el que ha venido a mi memoria cuando hace unos días pasaba, al volante de mi coche, por una de las rotondas cercanas a Sant Cugat, donde vivo. En un rápido reojo, para no hacer dejadez de mi responsabilidad como conductor, pude ver la pintada que ilustra lo que ahora les estoy contando.

“Algún día te escribiré un mensaje de amor en esta pared… para que mi pequeña recuerde siempre que sin ella no puedo vivir…”

Di tres o cuatro giros más para verlo mejor y el día siguiente le pedí a mi mujer, que no conducía, que con la cámara de su teléfono sacara una buena imagen de aquel ¿piropo?, o tal vez apasionada y anónima declaración de amor. “Zuloaga –me dije- ¿te das cuenta lo que has visto?”, dejándome llevar a continuación por las reflexiones que ahora comparto con ustedes.

Aquella misma mañana me había dado un paseo digital por esa imparable resaca que las cosas que están pasando proyectan a través de las redes sociales. Pensé también en esos curiosos reportajes que hemos visto tras las últimas elecciones generales, en las que nos explicaban cómo los community managers van pisando los talones de sus líderes multiplicando sus mensajes entre sus seguidores. Sí… y también pensé en los trending topics, esa suerte de medalla que la autocomplacencia de algunos comunicadores se cuelga para decir que son los más oídos o vistos del mundo mundial.

“Que sepa usted que yo estoy en Twitter desde el año de la Chelito y que, para su información, tengo….miles de followers”, le decía hace unos días un político a otro durante un debate trascendental.

Que en los tiempos de esta nueva pero imparable jerga de la comunicación digital, haya alguien que con decisión y sobre todo por pasión, se compre un buen spray de tinta negra y se vaya a la curva por donde cada día pasa, al volante de su coche, la mujer a la que quiere con toda su alma y escriba ese mensaje en el que no aparecen ni el nombre de ella, ni tampoco el suyo propio es emocionante. Bueno, o lo es, o yo me estoy volviendo mayor.

Es una historia secreta, que no sé desde cuando está en esa pared, pero que, fíjense ustedes bien, los graffiteros han respetado pese a que sus trazos y su mensaje no tienen nada que ver con los que ellos rellenan los pocos espacios que quedan libres  en las vallas de las carreteras o en las paredes que se pueden ver cuando viajas al centro de Barcelona desde el Vallés Occidental.

Me pregunto si este artículo no será contraproducente y despertará el arraigado sentido del deber de los funcionarios municipales de Sant Cugat o de los responsables de carreteras de la Generalitat y cualquier día veremos que lo han borrado todo sin piedad, con la excusa de que los conductores no se distraigan con cosas tan inusuales.

Yo…y ustedes también, tenemos por lo menos la foto.


Javier ZULOAGA

viernes, 11 de diciembre de 2015

LEER...ESCUCHAR

Hace un par de semanas repetí una comida con un buen amigo de Valldoreix. Fue en un restaurante bien llevado por una pareja joven que se multiplica a si misma por dos o por tres para que les salga la cuenta de resultados. Evocamos capítulos inolvidables –los dos hemos andado ya un buen camino- y nos detuvimos en las contradicciones que nos salen al paso en la vida. Al acabar quedamos en repetir para darle higiene al cerebro.

Salimos a la calle Mayor de Sant Cugat y bajamos hacia la Plaza del Monasterio y nos fijamos en una librería de  segunda mano, no hablo de una librería “de viejo”, en donde puedes vender ese libro que no sabes ya donde colocar, o comprar una novela por tres o cuatro euros. “No está mal –pensé- es una forma de evitar que los libros mueran despedazados en un Punt Verd o pasto de la llamas ante alguien que tenga frío o no soporte la cultura…que seguro que alguno queda”.

Nos despedimos y le di un par de vueltas al asunto. Se lee poco, me dije y si no que se lo digan a los editores o a los escritores de batalla cuando nos asaltan las lágrimas de la emoción al encontrarnos con alguien que, sin conocerte, te dice que ha leído una de tus novelas. ¡Que alegría tan inmensa!.

Se lee poco y tampoco escuchamos leer, una práctica que ha caído en desuso y que, aunque parezca carrinclona, tendría un valor inmenso para despertar el apetito por las historias escritas. Recuerdo que cuando era bachiller y mediopensionista en un colegio de Madrid, cada día, mientras comíamos, uno de los que allí estábamos, elegido al azar o por el dedo perverso del profesor que nos vigilaba, teníamos que leer un fragmento de algún clásico, de Quevedo, o Cervantes, de Pio Baroja, Larra y otros más. Aún recuerdo cómo sufría hasta ver que yo no era el elegido pero hoy, cincuenta años después, pienso que aquella fue una buena cosa.

Ahora tenemos demasiadas tentaciones a nuestro alrededor para buscar en una biblioteca –o en internet- alguno de aquellos textos de mi bachillerato. La Sociedad de la Información, las redes sociales, las herramientas de intercomunicación instantánea, los mandos de la consola de video juegos…ufff, ¡muy difícil!

Pero casi todos tenemos oídos y tal vez a alguien se le pueda ocurrir producir y poner a la venta CD,s o listas  de Spotify con cuentos o novelas bien leídas. Así podríamos  escuchar las buenas descripciones de Eduardo Mendoza sobre las andanzas de Onofre Bouvila en La Ciudad de los Prodigios mientras hacemos spinning, o la deriva de Pijoaparte en Últimas Tardes con Teresa, cuando recogemos los platos del comedor o nos damos un revolcón con nuestra chica…o mientras viajamos en el metro o esperamos en un aeropuerto a que salga nuestro avión…sí, con los auriculares puestos pero escuchando, vía wifi,  historias bien escritas, no música ni noticias. ¿Se imaginan?.

Sí, ya sé que estoy un tanto socarrón pero no es una mala idea. Piénsenlo. Basta con que alguna escuela de negocios lo incluya como ejemplo de business plan y ya verán como al emprendedor que lo haga le dan un premio.

Y además, ¡que caray! También valdría para despertar el ánimo de la gente que apenas habla,  o de serenar el de los que hablan demasiado, o el de los que pontifican por lo que creen que saben y apenas conocen. Si escucharan las historias que se esconden en los libros, los salvapatrias, los de todos lados, verían que el mundo es más grande que su ombligo y que en la vida se puede ser uno mismo sin ser de los tuyos o de los míos.

No propongo que abjuremos de nuestras identidades, sino de que cuidemos un poco más nuestra condición de ciudadanos del mundo, mamíferos, bípedos y además racionales. Y para conseguirlo, una historia, leída o escuchada, puede tener efectos milagrosos. Estoy seguro.


Javier ZULOAGA

jueves, 3 de diciembre de 2015

LOS CORSÉS DEL PERIODISMO

Han pasado tan sólo unos días del primer gran debate político en la edición digital de un gran diario, “El País”, en el que los candidatos a relevar al Partido Popular en el gobierno de España, mostraron sus ideas. Fue un gran éxito. Y no sólo por su repercusión, sino también por lo que aquellas dos horas tuvieron de saludable ruptura de los corsés que han marcado las líneas del mundo del periodismo. No ha sido la primera vez, ya lo sé, pero su oportunidad lo ha convertido en el comienzo de algo importante. Al tiempo.

Sí, aquello de las fronteras entre  los periódicos, las radios y las Tv,s está comenzando a saltar a pedazos, de la misma manera que las emisiones codificadas de televisión ya no tienen casi que ver con las antenas parabólicas.

Sí, la Sociedad de la Información se los ha comido a todos casi de un bocado y aunque puedan seguir llegando a sus lectores/oyentes/televidentes a través de los canales tradicionales, el futuro va a ser muy distinto. Todo llega ya a todos a través de los artilugios con los que podemos conectarnos a internet. No hay vuelta de hoja y aunque no se trata de un tsunami, si se parece a una duna que, muy poco a poco, está enterrando al actual modelo de la información en el penúltimo capítulo de la historia del periodismo.

Hace casi diez años me matriculé en un master de la Universitat Oberta de Catalunya, UOC, sobre la Sociedad de la Información, que no llegué a acabar por falta de tiempo, pero en el que  pude percibir la que se nos venía encima. Todo aquello parecía tan futurista como  teórico, pero lo cierto es que me abrió los ojos por dos razones principales: porque ya existía y porque lo único que faltaba era su extensión a los hábitos de las personas. Y a eso, ya hemos llegado.

Poco después me hice cargo de elaborar un plan de comunicación para una gran institución. Eran momentos de cambios tecnológicos y de una dura crisis económica que acogotaba los presupuestos de los medios, principalmente los audiovisuales. Había mucha crisis y muy poco dinero para enviar a un cámara a cubrir un evento. Se trataba, pensamos, de echarles una mano y conseguir al mismo tiempo que contaran nuestras historias bien ilustradas.

Cuando diseñé con mi equipo las líneas de lo que nos proponíamos hacer y me preparaba para explicárselo a la alta dirección, la profesional que sabía más que todos los demás de qué iba aquello de las TIC,s  – una canaria de curiosidad inacabable- me sugirió que no me entretuviera demasiado en explicar a mis jefes los detalles de lo que era un “streaming”, ya que la única diferencia entre esa maravilla y el directo-directo eran tan sólo unos cuantos segundos. Le hice caso a medias, ya que quería cubrirme las espaldas en un asunto tan peliagudo no fuera a ser que alguien nos descubriera al ver que no coincidían las señales al televisar un concierto en Navidad: la nuestra en “streaming” y la directa-directa de un canal de televisión que decidiera ofrecer a sus espectadores el concierto íntegro o un corte de él. Ocurría hace siete años.

Sin ceremonias y bis a bis, fui explicando a aquellos directivos de que iba aquella novedosa manera de retransmitir las cosas, “es ahora, pero fue hace unos instantes”, “ocurrió hace unos segundos pero es como si fuera ahora”. Recuerdo que alguno me miraba extrañado y me decía que no me preocupara tanto en explicar algo que había salido tan bien. Y le hice caso.

Hoy ya no es novedoso, sino auténticamente real y  habitual. Y para muestra, el botón trascendental de “El País” el pasado 30 de noviembre. Aquella noche tuve la impresión de que los moldes ya se han roto y de que el papel impreso parece cada día más mustio y que el poderío político que supone conceder frecuencias de radio y  televisión será menor en un futuro. Y me alegré mucho.

Y como ya tengo algunos años, mi memoria ha volado a los problemones que teníamos en mi periódico en Burgos cuando perdíamos el correo de Miranda de Ebro a las cuatro de la madrugada. Y a las perforadoras de la cinta del teletipo. Y a aquellas ampliadoras Durst con las que mejorábamos el encuadre de las fotografías y a la irrupción del offset tras la muerte sin piedad de la tipografía y al entierro de las moviolas de 16 milímetros con las que trabajé en TVE.

Todo ha cambiado en un suspiro, sin que nos demos cuenta. Y tenemos la suerte de haberlo visto.

Javier ZULOAGA             


jueves, 13 de agosto de 2015

¡TIERRA, TRÁGAME!


Creo que fue el 4 de agosto, cuando extendía mi silla sobre la arena de la playa de Estartit. Lo llevaba todo, el protector solar, las gafas de sol, mi libro y sobre todo esa sensación de confort que te invade al echarle una ojeada a la línea del horizonte del mar y mirar el reloj para pensar que ese momento y los que vendrán después son realmente tuyos.

 Me siento, respiro una bocanada de tranquilidad y miro a mi alrededor para ver si hay algo que se salga de la rutina, pero veo que no, que los hombres son más iguales cuando están en bañador… aunque algunos tienen más barriga cervecera que otros y seguramente los que lucen un tatuaje, un “tatu”, no deben ser consejeros delegados, ni directores generales…aunque tampoco pondría la mano en el fuego porque las cosas están cambiando una barbaridad.

Como muchos otros días, hay señoras que pasean en pareja, como si fueran de la Guardia Civil y que tras sus gafas de sol  pasan revista a los que nos curtimos al sol mientras se confiesan sus grandes problemas, que lo de su marido siempre en el chiringuito pegándole tragos a la birra y repasos a los culos de esas nenas que bien podrían ser sus hijas ella ya no lo aguanta más…”…que no Churri, que no, que yo le pido la separación cuando vuelva a Barcelona” .

O que va a pedir al traslado de departamento cuando vuelva a trabajar  porque al americano que fichó la compañía para que todos fueran más eficientes, lo va a aguantar su tía la de Illinois, porque ella ya no está para cambiar pañales.

Todo era, más o menos, como un año atrás, pero ese día, ese 4 de agosto, me sorprende la estampa que ilustra este artículo. Sí, fíjense bien y verán que no tiene desperdicio. No, no es un niño que ha escarbado en la arena para construir un castillo o ver cómo se filtra el agua de mar; es un chaval de unos diez años que ha hundido el culo en una suerte de butaca a la medida para refugiarse a leer su libro, “Donald Duck”. Sí, un comic como aquellos que nosotros suplicábamos a nuestros padres cuando les acompañábamos al quiosco al comprar el periódico del domingo.

Los padres son british  y están acomodados en dos butacas impecables, colocadas en simetría perfecta cara al mar, bajo dos sombrillas de última generación, de esas que te permiten subir o bajar a placer el parasol, como si se tratara de un periscopio. Él leía un libro digital y  ella ojeaba una revista de modas. Junto con el niño al que medio se había tragado la tierra, formaban una estampa de postal.

Pasé un buen rato comparándolos con los grupos que se van creando en las playas a medida se acerca el mediodía y vi que no, que no había diarios. Palas, cubos, rastrillos, raquetas playeras, incluso libros -sobre todo en manos de mujeres- y pensé que la ausencia de diarios en manos de los y las bañistas podría significar que existen personas que pueden dar vacaciones a las  pesadillas que, en buena medida, nos ofrecen los medios de comunicación. Ojo, esto no va por mis colegas periodistas, hablo del escenario público, ese de “cuanto peor, mejor”.

Y al volver a casa desde la playa rescaté mi último artículo en Diari de Sant Cugat, el periódico del pueblo en el que vivo, Un verano inquietante. Y pensé que ójala yo no tuviera razón, aunque al conectar los informativos de la televisión me digo que sí, que lo de la playa es sólo una postal. Aquí les dejo unos párrafos, por si les interesa.

“Sí, nunca podré olvidar este verano porque va a ser muy muy inquietante. Cuando escribo este artículo y leo las noticias, se me enarcan aún más mis cejas: cada día el enconamiento es mayor, las grandilocuencias innecesarias más frecuentes y la sensación de estar próximos a algo malo para todos, más arraigada.

La sensibilidad se entiende ahora de forma especialmente agresiva, para ver de qué manera se puede tocar la fibra de quien no está de acuerdo con lo que cada uno defiende y ya es prácticamente imposible pensar que aquello del diálogo es la vía adecuada, aunque en teoría lo sea.

Si, el examen es el 27 de septiembre y sus vísperas van a ser convulsas, de crispación creciente, de disparates, de tensiones que no llevan a ninguna parte y que únicamente crean barreras en las relaciones de las personas.

Sí, pónganle ustedes los nombres que quieran, aunque yo, soy vasco, tengo evidentemente los míos y lo cierto es que no veo en el horizonte catalán la reedición del Abrazo de Vergara, el que el general Espartero y el carlista Maroto, se dieron tras el acuerdo firmado en Oñate para acabar con la Primera Guerra Carlista en 1839. Y aquí, aunque no hay batallas en las calles, la tensión es tan espesa, que se puede cortar”.

Javier ZULOAGA