domingo 13 de septiembre de 2009

ENTREVISTA CON LUIS DEL OLMO

Realizada en el programa "Protagonistas", el pasado día 10 de septiembre de 2009

ENTREVISTA CON LUIS DEL OLMO

miércoles 17 de junio de 2009

SEGUNDA NOVELA DE ZULOAGA

En la pequeña isla de San Gregorio, perdida en un lugar inconcreto del Caribe, todo el mundo se conoce. Lucas Pérez, un venerado y prestigioso profesor de Humanidades, ha visto crecer a todos los que hoy tienen una mínima relevancia en la vida pública de la isla.

Por eso conoce muy bien el talante, y sobre todo las debilidades, del Presidente de esa pequeña república, Armando Gabaldón,político inepto y juguete fácil en las manos de los intereses petrolíferos multinacionales.

Los efectos de la mercadotecnia política hacen de él una suerte de tótem mágico, que el pueblo ve casi como un ser perfecto. Pero la realidad es distinta y John Delaware, asesor personal del mandatario, maneja con habilidad los hilos presidenciales mirando, siempre, los intereses de las petroquímicas que trabajan en las aguas de San Gregorio.

Pocos imaginan que la semilla de la rebeldía está 0germinando y que todo puede ocurrir en las próximas elecciones presidenciales.

”La Isla de los Rebeldes” es una sátira que desentraña, de manera elocuente, las servidumbres de la política, sea cual sea su signo. Javier Zuloaga ha escrito una magnífica fábula sobre los espejismos de la política y las artes mediáticas que viven a su alrededor para llevar a los pueblos hacia la ensoñación.

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LA MAGIA DE ESCRIBIR

Removiendo en busca de las razones que me han llevado hasta el oficio de escritor, no tengo más remedio que acudir a mi memoria infantil y aceptar que una suerte de magia debió colarse por los poros de la piel de mis dedos cuando, en 1957, mi padre me bajó, desde su despacho de director de periódico, al taller de tipografía en el que los crisoles de las linotipias mantenían hirviendo una aleación de metal que, minutos después, convertirían, en líneas de plomo, los pensamientos de quienes, en la redacción, trataban de contar qué pasaba en el mundo.

Ocurrió en Valladolid.

Recuerdo que pidió a un linotipista que tecleara mi nombre. Un par de minutos después, me había convertido en agaoluz reivaj en un trozo de metal que aún mantenía su calor.

Quedé perplejo hasta que mi padre me llevó a aquella gran mesa de metal en la que se armaban las ramas (dos páginas de periódico por cada una) y pidió que pasaran por tinta las letras de mi metal.

-Aprieta- me dijo mientras yo presionaba la pieza contra el papel y descubría, aliviado, que volvía a ser Javier Zuloaga.

Creo que actuó como una suerte de veneno, para el que no he conseguido antídoto en los últimos cincuenta años de mi vida. Escribir, escribir, el oficio de escribir…desde mis primeras redacciones hasta la “La isla de los rebeldes” que hoy llega a sus manos.

Escribir noticias de agencia, crónicas y reportajes de periódico, editoriales, guiones de televisión, notas de prensa…. pero siempre con la mirada puesta en el horizonte de la narrativa, de la novela, de un libro que contara una historia mía, salida de mi propia imaginación y que me sobreviviera en alguna estantería.

Lo conseguí una vez, hace ya cuatro años, pero tenía que saber si se trataba de algo pasajero o si, por el contrario, aquel veneno de Valladolid en 1957 había calado aún más en mi. Y ahora sé que es seguro que no hay antídoto.
Y me alegro inmensamente como lo habría hecho mi padre si aún me pudiera ver.

En “La isla de los rebeldes”, imagino las inquietudes de mis dos personajes principales, un profesor de Humanidades jubilado en contra de sus deseos y un periodista inconformista de vieja escuela que un día decidieron acabar con la careta de las falsas apariencias que les rodeaban.

Todo ocurre en una isla, no muy lejos de las costas de las colonias españolas a las que Simón Bolívar llevó a la independencia de la corona de España.

Como ocurrió en mi primera novela, me he dejado llevar por ese concepto tan inmenso de la independencia personal. La capacidad para decidir, la rebeldía frente a los comportamientos sobrentendidos, aparecen en Lucas Pérez y Julián Rasilla.

La manipulación de los sentimientos colectivos, los caudillismos populistas, las grandes farsas. “¿Son las cosas como las vemos?, ¿sabemos mirar qué es lo que hay detrás de lo que cada día nos ponen delante de nuestros ojos?”, me he preguntado al acabar el último capítulo de una historia, en la que no he eludido la caricatura para marcar aún más las contradicciones de los personajes que pasan por las páginas de la obra que ahora presento.

Quedan ahí, para el lector, el histrión y el muñidor, la ira y el carácter cachazudo, un poco de todo, como en la vida misma. Espero que disfruten

Javier Zuloaga

Nota del editor

La Isla de los rebeldes es la segunda novela del periodista y escritor Javier Zuloaga. Nacido en Bilbao en 1952, pertenece a una familia de larga tradición periodística e intensa actividad en el mundo de la comunicación.

En 2005, debutó en novela con El hombre que pudo ser libre, publicada también dentro de la colección Modernos y Clásicos de El Aleph Editores.

En La isla de los rebeldes, Zuloaga nos sumerge en la vida de San Gregorio, una isla imaginaria situada en un lugar inconcreto del Caribe, rica en petróleo, un nuevo topos literario nuevo que habrá que añadir al archipiélago de lugares ilustres de la literatura.

Entramos en la novela de la mano del periodista Julián Rasilla i de Don Lucas, un personaje singular, viejo profesor por cuya aula han pasado a lo largo de los años los alumnos más distinguidos de la isla, hoy miembros de la élite del país. El narrador nos presenta a Don Lucas en la fiesta de homenaje de su jubilación, y allí, ante un auditorio cautivo, repleto de exalumnos, sorprende a propios y extraños con un discurso subversivo.

Don Lucas ha llegado a aquel punto de sabiduría que le lleva a comprender que todos sus esfuerzos para educar a sus compatriotas no ha dado ningún resultado digno ni palpable, y asume con todas las consecuencias que ya no tiene nada que perder y que puede cantar la verdad, decir sin miedo lo que piensa sobre el establishment de su país.

Javier Zuloaga no cae en la tentación de la política ficción, que suele reducir los personajes a caricaturas al servicio de un esquematismo psicológico o a una farsa argumental.

La isla de los rebeldes es una novela que tiene alma, una novela de personajes masculinos que se resisten a caer en la marginalidad o a ser barridos por el sistema; hombres mayores –pero también maduros-, que luchan con camaradería por defender sus ideales pero también su nostalgia, mientras van consumando (es cierto) el aprendizaje de la decepción.

Pero no crean que La isla de los rebeldes sea una simple sátira de la miseria política. Zuloaga nos seduce con la épica del desencanto, muestra hasta donde nos lleva la tentación del fracaso, pero su mundo no es oscuro, sino un mundo lleno de luz, un mundo rebosante de claridad, la luz tropical, radiante y calurosa.

Zuloaga nos habla de la amistad y la camaradería, valores que siempre estarán por encima del resentimiento.

Es un motivo de satisfacción para los que trabajamos en El Aleph publicar La isla de los rebeldes, una novela que aúna con gran equilibrio anécdota y reflexión, diálogo y descripción, y que por encima de todo rebosa humor y alegría. El antídoto a nuestra gravedad que casi siempre es nuestra salvación.

Bernat Puigtobella Barcelona, junio de 2009

sábado 4 de octubre de 2008

ADIOS

Ni una más, ni una menos. Han sido sesenta y dos semanas y media en las que he ido dejando, en el interminable espacio digital de este cuaderno de bitácora, aquellas cosas que pasaban por mi mente y salían de mi teclado. Un año, y un poco más, de encuentros con las esquinas desapercibidas de la actualidad, solapadas muchas veces por las grandes inercias de las cosas política y económicamente importantes.

He escrito sobre lo que ocurre al otro lado del Atlántico, en esas tierras que hablan en español y portugués y sobre las que hace muy pocos días, Mario Vargas Llosa, en una magistral conferencia que pronunció en Barcelona decía que, a diferencia de las antiguas colonias norteamericanas, que unieron sus fuerzas para ser mejores, cayeron en el enfrentamiento nacionalista, con reyezuelos megalómanos y déspotas al frente, para perder la oportunidad de haber sido auténticamente grandes.

Las "coincidencias" magníficas de la ciencia y el origen divino del hombre –con ocasión del acelerador de partículas de Ginebra- porque ahora ya no es posible imponer, a pelo, la fe sobre el conocimiento. El placer de investigar simplemente por hacerlo, que he tenido la gran oportunidad de conocer en la vida e inquietudes químico-orgánicas del catalán Ballester Boix, al que estoy biografiando en clave divulgativa para que se sepa la grandeza de lo que hizo.

La duda razonable de que el país que hizo y deshizo la legalidad del racismo, el que subastaba al peso a los negros traídos desde las costas africanas, tenga realmente superada, en los últimos rincones de su conciencia social, la absurda superioridad del hombre blanco y elija finalmente presidente a un afroamericano que enseña Derecho Constitucional en Chicago.

Nuestra condición de “hormigas” a la sombra de la geoestrategia internacional. Los JASP, (Jóvenes sobradamente preparados), ahora ignorados por el sistema de oportunidades laborales que podrán -¿querrán?- cambiar las reglas del juego cuando los que estamos un poco más arriba en la pirámide de edades nos echemos a un lado.

Y el humor catalán, que es catalán y además muy fino. Y el resbaladizo y frágil debate de la propiedad de los idiomas, que defiendo pertenecen a los pueblos y no a sus próceres circunstanciales. O la sencillez de la prudencia del ahorro, que aparece como la gran panacea solamente cuando la sofisticación del enriquecimiento facilón se va al garete. O la deslumbrante innovación de los modos de enseñar que la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Rios llevó a cabo en los Institutos Escuela de Madrid y Barcelona hasta que la Guerra Civil nos llevó de nuevo a aquello de “la letra con sangre entra” y las orejas de burro para el más palurdo de las clases del Florido Pensil.

El hambre. Los curas “rojos” de la Teoría de la Liberación que de momento ya han llegado a la presidencia del Paraguay. El sentido del humor y la vida. El agua que separa insolidariamente a los pueblos de las riberas de los ríos en lugar de unirlos. La impopularidad de los pueblos más poderosos del mundo. O los rasgos de esa casta de personas que crecen con el calendario sin tomar decisiones realmente trascendentales en su vida y ponen la zancadilla a quienes corren demasiado.

La corrupción, “no n´hi un pam de net”, como bien dicen los catalanes. Africa y la amnesia de una Europa que aún no ha pagado su deuda con ese continente negro tan bien descrito por Ryszard Kapuscinski y Joseph Conrard. La incomprensible complejidad de las cosas sencillas. El miedo en el País Vasco, mi tierra, que gracias a la magia del cine, acabará siendo aceptado por los incrédulos más resistentes. La grandeza de las reflexiones proféticas de Oriana Fallaci.

Las nuevas tecnologías. La administración electrónica. La insoportable popularidad, en la pasarela del papel rosa y los “prime time” televisivos, de quienes realmente no han dado un palo al agua en toda su vida. Los ladrones de palabras que patentan, en China, remedios naturales milenarios que son patrimonio del pueblo mejicano.

La lista es tan larga que, si realmente tienen ustedes interés, no tienen más que armarse de paciencia y viajar con el ratón de su ordenador hasta la columna de la derecha y mirar los archivos de esta página que hoy cierro por espacio indefinido, seguramente largo, porque he de centrarme en nuevos proyectos profesionales y me falta tiempo.

Recuerdo que un canal de la televisión argentino, emitía un programa de humor en torno a su selección de futbol, con ocasión del Mundial de España de 1982, en el que las marionetas hincaban despiadamente el diente al entrenador y a los jugadores. En un “gag” genial en el que se acercaba el minuto 90 y la selección blanquiazul podía aún empatar, aquellos muñecos gritaban una y otra vez “¡Tiempo, tirano, pará un cacho la mano!”

Pues eso, el tiempo ni se detiene, ni se adelanta, ni se retrasa…. y tampoco se puede estirar. Y por eso este "blog" llega hasta aquí, encantado de haberles conocido. Ayer, cuando le comentaba esta despedida a Mónica Terribas, todo un talento y carácter periodísticos, me decía que el “blog” es duro, esclaviza un poco y que además no sabes quien te está leyendo, salvo que avises a los que te interesa que lo hagan.

Puede que tenga parte de razón, pero en mi caso, esa suerte de esclavitud ha sido consentida y buscada porque, a falta de un rincón en las páginas de los diarios, he encontrado una hoja en blanco en la que podía razonar, pensar y proponer lecturas sobre la vida.

Y además, cuando apagaba mi ordenador y la pantalla se quedaba negra, sabía que en algún lugar, sin amarillear como hace el papel cuando pasan los años, estaban todas esas ideas para volver a leerlas cuando quisiera.

Adiós y muchísimas gracias.

Javier Zuloaga

martes 30 de septiembre de 2008

CORONAS Y TRICORNIOS

¿Soportará la tradición británica la demolición de los muros que Enrique VIII levantó entre Inglaterra y el Vaticano como despecho al no reconocimiento papal de su boda con Ana Bolena?

¿Aguantarán sus cimientos históricos un cambio de esta naturaleza, que haría que ya no fuera imposible un rey o una reina católica y que se acabara con la preferencia masculina en la sucesión al trono inglés?

Cromwell no sobrevuela sobre la vida de los británicos, pero los monárquicos escépticos deben estar en aumento cuando desde la misma sede del gobierno, en Downing Street, se ha impulsado que las reglas lo sean para todos, sean o no miembros de la familia real.

Un diario, “The Guardian” tiene buena culpa de todo esto, ya que durante ocho años y desde su merecido prestigio, ha defendido el acatamiento por parte de la monarquías británica, del acta sobre derechos humanos aprobada por el parlamento de Londres en el año 2000 y que, como sus hermanas de los países libres, excluye cualquier tipo de discriminación entre los ciudadanos.

El asunto tiene bemoles, muchos bemoles porque, si todo prospera después de las próximas elecciones y la Commonwealth lo ratifica, nos hallaríamos ante el primer caso de la historia del mundo en el que las nuevas leyes se han llevado por delante los más imperiales e intangibles símbolos nacionales de un país.

Pero el asunto, seguro que lejano, encaja muy bien en los tiempos de reinvención y descubrimientos que vivimos, tanto en el orden económico, como en el científico y, si me apuran, también el teológico.

Hace dos semanas en este mismo blog, Deslumbrante e inquietante , escribía sobre el acelerador de particulas de Ginebra y de qué manera las colisiones conceptuales entre ciencia y religión sobre el origen del hombre, estaban siendo sorteadas, en lo terminológico, por parte de quienes buscan el “big bang” –hablando del “segundo de Dios"- y en gestos religiosos de acercamiento al laicismo no anticlerical y la rehabilitación de quienes, siglos atrás, defendieron la evolución de las especies o la simple rotación de la tierra.

Pues el acelerador de partículas se ha estropeado y el debate se ha quedado en el “pause” justo cuando ya se sacaban conclusiones en torno al asunto. Stephen Hawking, con el artilugio del tiempo estropeado, ha afirmado que la ciencia no deja mucho espacio para Dios. “La cuestión es ¿el modo en que comenzó el universo fue escogido por Dios por razones que no podemos entender o fue determinado por una ley científica?. Yo estoy con la segunda opción”, ha afirmado el científico en una reciente entrevista, en la que también dice creer que cuando se descifre todo el genoma humano, se podrán modificar aspectos como la inteligencia y habrá seres “mejorados” y seres “no mejorados”.

The New York Times ofrecía una interesante reportaje sobre el dilema de los Estados Unidos en torno al origen del hombre. Según una encuesta de Gallup, casi la mitad de los adultos creen que Dios creo todas las especies, mientras son cada vez más los estados que han modificado sus programas, tras sentencias favorables a explicar la evolución en las escuelas, por considerarla “el principio organizador de las ciencias naturales”. El diario explica muy bien la perplejidad de los alumnos de esos estados que ven cómo en la escuela les explican cosas hostiles a su fe.

Es decir, que a los británicos les descafeínan la corona y, vaya usted a saber, si el asunto puede llegar afectar a la cabeza de la iglesia anglicana, que es la misma en la reposa la corona de los Windsor. Y los americanos andan con el alma dividida entre el avance de la ciencia y el poder de la fe, por el subidón mental que ha provocado el acelerador de particulas entre los grandes pensadores.

Tanta cuestión trascendental está pasando un tanto desapercibida por la crudeza de la crisis financiera norteamericana, su difícil solución y las voces críticas que comienzan a oirse en Europa por el contagio en el mundo global.

El Presidente del Parlamento Europeo, Hans-Gert Poettering, en una entrevista a “El País”, afirmaba tajantemente que no se pueden dar 700.000 millones a los bancos y olvidarse del hambre y se felicitaba, pese a todo, del modelo económico europeo, más intervencionista que el liberal americano.

En mi afán de buscar algo diferente, atosigado por la crisis y lo que había antes del segundo cero del nacimiento del universo, veo que se nos escapan cosas de cierta enjundia. He arrancado dos noticias que merecían la pena.

Una habla de que la Guardia Civil, sin duda también afectada por la globalización, ha optado por encargar sus uniformes y tricornios a empresas de China, lo que preocupa –y mucho- a las 6.000 empresas afiliadas al Consejo Intertextil Español. Han protestado ante Rubalcaba porque de los 528 millones de euros de productos textiles comprados por la Administración, la mitad son uniformes.

El asunto no es banal, como tampoco lo es lo de la corona de los Windsor en las sienes de un católico o –esta es la segunda noticia- que una ciudadana india haya sido condenada a cadena perpetua porque el polígrafo al que se sometió, estableció que no estaba diciendo la verdad.

Javier Zuloaga

miércoles 24 de septiembre de 2008

DOMINGOS DE COLOR SALMON

Cada domingo, día emblemático de la conciliación profesional-familiar, los diarios con mayores posibilidades incluyen sus páginas “salmón”. En tiempos bonanza, esta información añadida eran una suerte de regocijo para los inversores medianos y pequeños y más de uno se llenaba los pulmones de autosatisfacción al ver lo bien que le salía aquello de “jugar” en una bolsa en la que cada día podía encontrar nuevas y variadas opciones para colocar el dinero ocioso de su saldo bancario.

La euforia era tanta, que quien se había apalancado en posiciones más conservadoras, resultaba ser un poco obtuso. Todo eran alegrías, pero ahora que truena, los “salmones” nos sitúan, en un plano opuesto, alguno dice que similar al de octubre de 1929, cuando se desencadenó, en Nueva York la mayor crisis que ha vivido el capitalismo.

Los felices, o tal vez locos, años 20 -cuentan los buscadores de Internet- acababan en 1929 con voces de los economistas más agoreros que veían acercarse los peligros que generaba la especulación bursátil, la fiebre compradora y, sobre todo, las operaciones realizadas sobre créditos del sistema financiero norteamericano.

El Jueves Negro, 24 de octubre de 1929, fueron puestos a la venta 13 millones de títulos que no encontraron comprador y se inició una caída que no finalizó hasta 1932, con un declive del 82% respecto al punto más alto.

En España, desde lo lejos, vivíamos momentos de grandes cambios políticos, la caída de la Monarquía y la llegada de la II República y nuestra economía apenas se resentía por el escaso peso de nuestra industria en la conjunta de una Europa lejana y aún menor en el contexto mundial.

Déjenme que vuelva al domingo de la primera línea de este artículo y preste atención a sus titulares, tan sólo tres días después de la decisión del gobierno norteamericano de retirar del mercado lo que bien podríamos llamar “activos contaminados”, emisiones con un valor teórico que no se corresponden con los fundamentos que debían sostenerlos. Parecía que los mercados se habían tomado un respiro, aunque la desconfianza ante todo lo ocurrido seguía estando ahí, a la vista de todos.

Hoy, las crónicas periodísticas, “El País” en su portada, hablan de que, puesto el parche de la Reserva Federal, el FBI ha decidido comenzar a hurgar en las tripas de Fannie Mae y Freddie Mac, al banco de inversiones Lehman Brothers y a la aseguradora American International Group (AIG), quebradas o salvadas por los dineros públicos. La iniciativa investigadora es tal vez una respuesta a las críticas oídas en el Congreso americano por el origen ciudadano –fiscal- de los dineros empleados en el salvamento.

Subprime es ya una palabra de uso frecuente, como lo fue la OPA en los años 70 o comienza a serlo ahora aquello de la Due Dilligence en los comentarios acerca de las grandes operaciones de adquisición. En economía, el poder del inglés es aún más aplastante porque el dinero necesita su propia lengua además de la universalidad que los números tienen por si mismos.

Los salmones ofrecían de todo. Desde el acuñamiento de titulares en “El País” como “La nueva zona cero del capitalismo financiero” para describir a Wall Street; la afirmación de que “La metástasis financiera se está trasladando a la economía real”; otras mas eufóricas como “Golpe contra la especulación a la baja”; o una tira gráfica en la que se puede ver lo que ha pasado – desde que en 2001 los tipos de interés llegaron a bajar por debajo del 1%- hasta ahora.

Stiglitz, Premiop Nobel, nos explicaba que el asunto estaba en lo del ladrillo y acusaba a quienes producen riesgo en lugar de gestionarlo, al tiempo que se felicitaba, como ciudadano, de que lo de las “subprime” se hubiera extendido por el Globo porque, en caso contrario, Estados Unidos lo estaría pasando aún peor.

Todos coinciden en que, a partir de ahora, las cosas comenzarán a ser distintas y la estampa del joven trabajador de Lheman Brothers cruzando una calle de Manhattan con sus cosas dentro de una caja de cartón, puede entrar en esa galería de imágenes que definen una época, como las de Robert Capa en el París recien liberado o la Guerra Civil española.

El domingo pasado –ya veremos el próximo- alguien dijo que Nueva York ha cedido la capitalidad del mundo a un lugar inconcreto de Oriente y se clamaba periodísticamente por una regulación más fuerte de los mercados en un universo en el que habíamos estudiando que lo “chapeau” era hacer lo que los mercados dictasen según sus propias reglas. “Ahora toca más ley y menos beneficio”.

“El Mundo” abría su suplemento diciendo “Los sabios ven lejos el fin de la crisis” (¿Qué sabios?) y era más grafico aún al titular “Fin del capitalismo salvaje”. Tom Burns escribía sobre “Capitalismo, el miedo y la codicia” y se hacía un gran despliegue sobre quiénes son los héroes y quienes los villanos de esta historia.

Aquel mismo domingo 21 de septiembre, mientras conciliaba mis dos vidas, decidí que ya estaba bien de provocar a la serenidad y seguí pasando páginas en búsqueda de cuestiones menos preocupantes. Y las había.

¿Por qué Brasil está económicamente eufórico?. Su presidente, Lula da Silva, no sólo ha superado el escándalo de la compra de votos de 2005, sino que ha alcanzado cotas de popularidad que para sí quisieran Mcain y Obama. Tiene un liderazgo que nadie discute y ha tapado la boca a aquellos que vieron en su llegada al poder la premonición del desastre.

Mientras que América y Europa estornudaban desde enero, Brasil ha crecido un 6% y las inversiones internacionales un 16,2%. En 2002 había 5,6 millones de indigentes y hoy apenas llega a 2 millones. La pobreza ha descendido del 34,9% al 25,1% y la clase media ha superado el listón del 51%.

Lula, cuenta El Periódico en sus páginas blancas, quiere marcharse por la puerta grande y por eso no se presentará a la reelección, aunque apoyara a su Jefa de la Casa Civil, Dilma Roussef, una suerte de Primera Ministra. Sin embargo se va con cierta amargura porque Brasil ya no tiene el mejor futbol del mundo.

Dice este diario que Lula –a diferencia de su vecino venezolano Chavez – ha tendido puentes entre la riqueza natural de sus yacimientos y la erradicación de la pobreza y su perseverancia en la búsqueda de yacimientos en Iara y Tupí y los más recientes de la plataforma atlántica, generaran un crecimiento sostenido durante los próximos quince años, al tiempo que permitirá la creación de un tejido industrial para las próximas generaciones.

Es la otra cara de la economía, la que no cura, pero algo alivia, el escozor de las heridas del frenazo brusco que, al norte de Brasil, ha hecho que el semblante de la economía sea taciturno, como consecuencia del dinero fácil y la desaparición de los espejismos.

Javier Zuloaga

martes 16 de septiembre de 2008

DESLUMBRANTE E INQUIETANTE

En los medios de comunicación aún colean las noticias acerca del acelerador de partículas que el Centro Europeo para la Investigación Nuclear (CERN), acaba de poner en funcionamiento bajo la frontera entre Suiza y Francia.

Se dice - y seguro que es verdad- que en sus 27 kilómetros de longitud, millones de partículas más pequeñas que un átomo circulan a la velocidad de la luz y que cuando colisionen entre ellas, descubrirán innumerables incógnitas sobre nuestros orígenes.

Como bien señala Newsweek en el amplio informe que dedica a este portento de la tecnología y la física, el llamado LHC es un regalo de la ciencia para los habitantes del siglo XXI y lo compara, con la natural distancia, con el alcance de los descubrimientos del perseguido y castigado Galileo, con la irrupción del telescopio o la extensión del microscopio, respecto a la física anterior, más tradicional, arcaica e intolerante

El LHC ha abierto el apetito periodístico porque no es fácil encontrarse cada mañana con lo que, más que nunca, podríamos llamar “túnel del tiempo”. Y la imaginación y la audacia de quienes escriben sobre lo verosímil, se han disparado tanto, que el ciudadano medio anda confundido entre lo deslumbrante y lo inquietante.

El pasado sábado, “Informe Semanal” dedicaba un amplio reportaje al asunto y –uno detrás de otro- científicos españoles que forman parte del equipo de 10.000 venidos de todo el mundo, comenzaron a hacernos un adelanto de lo que podremos ver.

Se habló de “la partícula de Dios”, en una buena salida científica para conciliar la Creación con el origen del Universo. Se nos dijo que la Tierra es un hijo, aún joven -5.000 millones de años- de un cosmos que supera los 15.000. Nos enteramos que ese momento entre el segundo “cero” y el segundo “uno” tiene nombre de mujer, “Alice” y que gracias a ella, cuando sea sacada de su escondite, nos enteraremos definitivamente de todo.

“El vacío no es la nada”, dijo Álvaro Rújula, que para mayor perplejidad de los ignorantes, añadió algo así como “Siempre queda algo cuando lo has quitado todo”. Quien dice esto es un físico teórico y se me ocurre que este debate tiene también algo de filosófico.

La materia es sólo el 4% del Universo y el Sol tiene sus días contados, por lo que nuestros descendientes tendrán que elegir entre emigrar hacia otro sistema o sucumbir. En un momento dado y también en el terreno de lo físico-filosófico, se afirmó que se podrá ver como se construyeron las cosas más complejas, incluso la misma conciencia humana.

Menos mal, que el CERN no nació en los tiempos de Torquemada, porque el asunto se hubiera resuelto en las hogueras. Qué suerte que vivimos en esta época en la que el gran estado laico, padre de la modernidad, Francia, ha recibido al Papa saltándose al alza el protocolo, en un viaje en el que Benedicto XVI ha discernido brillantemente sobre la compatibilidad entre la laicidad y la fe.

Por pura casualidad, mientras se producía el viaje a Paris del Pontífice, los responsables de la iglesia anglicana pedían perdón públicamente por la persecución y el maltrato dado a la figura de Darwin.

Lo del Papa ha sido un buen toque de atención para quienes no acaban de desprenderse de un papel inadecuado y discutible de conciencia de la sociedad y de gobernantes que hacen gala, como si fuera un pedigrí democrático, de su anticlericalismo.

Ratzinger, guardián durante mucho tiempo de la doctrina y de la fe, ha recordado también en París aquello de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Parece que con el LHC de las partículas enanas y con la valentía papal, que vivimos momentos nuevos –deslumbrantes e inquietantes como decía al comienzo- en los que, sin embargo, no se otean soluciones en el horizonte para el reparto mundial del agua en un mundo donde todavía hay quien puede morir de sed. Según la ONU, 4.000 millones de personas viven balo el llamado “estrés hídrico”.

Tengo un compañero de trabajo que, hace pocos días, me decía que lo de la innovación nos está desbordando y no vemos cómo este alud de cosas modernas y nuevas apunta ya a la yugular a la estructura de la sociedad y sus hábitos más tradicionales y básicos, como –decía- la misma familia.

“Fíjate bien – me decía- nos parecemos mucho más a nuestros padres que a nuestros hijos”. Si quería inquietarme más, lo consiguió.

Javier Zuloaga

miércoles 10 de septiembre de 2008

NO HABLAR EN BLANCO Y NEGRO

¿Podría un gitano de Sacromonte, español con diez generaciones atrás, ser Presidente del Gobierno de España?. Por supuesto que sí, si así lo decidieran los españoles.

Sería además la demostración de que en este país, en donde durante mucho tiempo se ha sobrentendido que los que hablaban caló eran sospechosos de cualquier cosa mala y ser apresados, por ello, por una pareja de la Guardia Civil, se ha vuelto definitivamente multiétnico.

Pero seguro que un cierto espanto se extendería entre los más añejos, aquellos que piensan que las tradiciones y el cambio son inconciliables y que es malo romper con los moldes sobrentendidos.

En España, cuando llegue el año 2010, la población extranjera será un 14% de la total y hay quien vaticina que esa proporción podría ser de un 27% cinco años después. En localidades como Mojacar, el 40% del censo lo componen ciudadanos no nacidos en España y los británicos son mayoría entre ellos.

Ucranianos, rusos, alemanes, latinoamericanos, africanos, asiáticos… todos, entran en esta nueva sociedad que día a día crece, acogiendo e integrando, en diferente medida, no solo a personas venidas de lejos, sino también a los estilos de vida que traen bajo el brazo.

Nos está ocurriendo lo mismo que a los primeros colonizadores del Cono Sur americano cuando vieron llegar, en los años cuarenta, a los grandes aluviones de emigrantes europeos; a los italianos que implantaron los ñoquis en Buenos Aires, a los alemanes con su chucrut, a los gallegos con su lacón con grelos o los turcos con sus mezés.

La multirracialidad viene de antiguo y ha dado lugar a realidades importantes, a buenos ejemplos. Argentina, de la que escribía en el párrafo anterior, ha tenido presidentes con orígenes en la Italia más pobre, e incluso en la imperial Constantinopla…Menem, Alfonsín y mucho antes Pellegrini, Urquiza, Mitre, Sarmiento, Saenz Peña, Uriburu, Alcorta…etc, etc.

Pero se parecían físicamente. Había solo pequeñas diferencias.

Kissinger, judio alemán y Nóbel de la Paz tras una de las guerras más absurdas y lejanas que se recuerdan en Norteamérica; Sarkozy, descendiente de húngaros y ahora primer pregonero de la grandeur francesa; de Valera, padre de Irlanda e hijo de un hispanocubano casado con una celta de aquella isla yerma… la historia está plagada de ejemplos de la generosidad de las tierras para quienes se integran en ellas hasta confundirse con los del lugar y llegar incluso a gobernar.

Pero lo de ahora en Estados Unidos tiene más calado y, por ello, será mucho más trascendental si los americanos deciden, o no, dar la presidencia a Barack Obama.

Con ocasión de la carrera presidencial y la victoria del senador por Illinois sobre Hillary Clinton, han renacido de los archivos fotográficos imágenes retrospectivas del movimiento negro en busca de las libertades, las últimas estampas de Luther King en Memphis y la gran multitud que le rodeó en Washington. Owens ha renacido de sus cenizas de la mano del humillado Hitler. El “black power” de los Juegos Olímpicos de Méjico. Todo lo negro, ahora afroamericano, está en el tapete de los Estados Unidos y, por extensión, del resto del mundo.

Aquí, lo que se juega, es un auténtico órdago de grandes dimensiones, tanto si gana o pierde el candidato, hijo de keniano, que enseña Derecho Constitucional en la Universidad de Chicago.

Los afroamericanos descienden de aquellos africanos que fueron sacados de su tierra por los negreros portugueses, ingleses y españoles, que buscaban mano de obra con la que sustituir a los aborígenes de las nuevas Indias, exterminados o reducidos a un papel folklórico o de atracción turística. Eran los braceros de las plantaciones de Alabama, los barrenderos de San Luis o los estibadores de menor rango de los puertos atlánticos de los Estados Unidos.

Desde el asesinato de Linconl y la Guerra de Secesión, aquellos norteamericanos de segunda fueron subiendo por los peldaños de la dignidad social y se sentaron en las alcaldías, en las cátedras de las universidades, en los estrados de los más altos juzgados y llegaron a las puertas de un protagonismo que ahora, a través de Obama, piden que sea en igualdad de condiciones que los norteamericanos de color blanco.

Colin Powel y Condoleza Rize, al frente de la política exterior de Washington pueden representar ese progreso gigantesco de la población de color y mulata, arrollador frente a un Ku Kus Klan que ni siquiera tiene un peso testimonial, o a núcleos urbanos como los Angeles, en donde el racismo –magníficamente descrito en la galardonada Crash – se resiste a desaparecer en algunos sectores de su policía.

Lo del progreso político de los afroamericanos ha sido tan espectacular en la política, como el papel de los estudiantes indios y los chinos en las aulas y los laboratorios de las universidades californianas y el Este de los Estados Unidos. Por ello, gestos como el del nombramiento de Rachida Dati como Ministra de Justicia en el gobierno de Sarkozy, no alcanza, sin dejar de ser un paso importante, la dimensión de lo ocurrido en Norteamérica.

Pero lo del próximo noviembre es mucho más. Se trata de poner en manos de quienes han luchado contra la discriminación racial hasta reducirla a un nivel testimonial, la representación del poderío de los Estados Unidos ante el mundo. Las elecciones norteamericanas son, por esta razón, un test para saber si la desaparición de las reticencias raciales norteamericanas es real, o sólo aparente, porque están agazapadas en los sentimientos más personales de una parte mayoritaria de su población.

Ahí está el asunto, en que es también una cuestión de sentimientos, difícil de predecir, pero que en cualquier caso no resta mérito a la gran lección, en el ejercicio de las libertades ciudadanas, que están dando todos los norteamericanos.

Queda ya poco tiempo y las piezas de los dos grandes partidos se mueven con sumo cuidado. Los dos candidatos hablan de casi todo, hacen guiños a los votantes de su contrincante pero coinciden en una misma estrategia: no hablar de colores, ni del blanco, ni del negro.

Debe ser porque saben que en un mal uso dialéctico de la negritud, les puede ir la victoria o la derrota.

Javier Zuloaga

martes 2 de septiembre de 2008

HORMIGAS

Una hormiga (con la voz del también siempre neurótico cineasta y actor Woody Allen), trata de romper el sistema totalitario de su sociedad y ganarse el amor de la princesa del hormiguero (voz de Sharon Stone). Frustrado por siempre trabajar "para la comunidad", se rebela tímidamente contra ella, mientras los altos mandos planean ir a la guerra con otros insectos para garantizar su seguridad.

El párrafo anterior aparece en la pantalla de los ordenadores cuando se piden referencias de la palabra Antz en Wikipedia, referidas a aquella realización de Dream Works, compañía fundada por Spielberg, que plantó el primer pulso a Disney, que rodó Bichos, escogiendo una y otra los mismos protagonistas: las hormigas.

Bichos se inspira en la fábula de la cigarra y la hormiga, de Esopo, y parodia a Los siete Samuráis de Kurosawa. Es el relato de lo que una vez ocurrió en una pacífica colonia de hormigas, que era asediada constantemente por un grupo de inadaptados, en este caso, los saltamontes.

Recuerdo que el público se repartió entre las dos ofertas, ocurriendo lo previsible: que los adultos sumaron una película más a su generoso repertorio paternal-cinematográfico al ir a ver lo que ofrecían los creadores del Pato Donald; mientras que millones de niños, con padres menos afortunados en su elección, se removían de sus asientos cuando no acababan de entender que pintaban las guerras imperiales y la geoestrategia en un mundo de apariencia infantil.

No me atrevo a decir si el mundo del comic cinematográfico vio su “El Dorado” en el mercado de los adultos con aquella película, o si para entonces Los Simpson ya arrasaban en audiencias maduras sobre cuestiones más corrosivas y mundanas. Pero lo cierto es que cuando –en la búsqueda de noticias para esta página- he ido viendo cómo se acumulaban conflictos o situaciones tensas en lugares claves del mundo, he acabado pensando que somos hormigas y que, en parecida proporción, nuestros problemas no trascienden más allá de nuestro hormiguero, del patio de vecindad.

Los tengo delante de mi, extendidos sobre una mesa, para ver si soy capaz de averiguar si la tensión que se ha extendido desde Moscú hacia las antiguas repúblicas de la URSS –¿no hablábamos ya con Kruchev de la Gran Rusia?- tendrá algo que ver con el recambio presidencial en los Estados Unidos, en donde, gane quien gane, se producirá un giro de estrategia internacional, porque ya peor no pueden andar.

¿Será real que Bush ha excluido a Corea del Norte de la relación de países demonizados tras el 11-S?, ¿tendrá algo que ver con la dimisión de Musarraf en Pakistán y el rebrote imprevisible del fundamentalismo en un país con futuro cada vez más incierto?.

¿Imaginábamos hace un año a un presidente francés viajando hasta Kabul para consolar a sus divisiones por la sangrienta emboscada de los talibanes, vencidos y resucitados en sólo cinco años?, ¿Es impensable, o posible, que asistamos a una reedición de la salida de los soviéticos de un Afganistán destruido y novelado, en clave propagandista proamericana, por el escritor Ken Follet en El Valle de los Leones?, ¿Aún se acuerdan de la humillante salida norteamericana de Saigón y de las épicas crónicas de Diego Carcedo para TVE?.

Recuerdo haber oído y leído que los países se inmunizan con las grandes tragedias. Que lo del gas mostaza, lo de Hiroshima, los campos de concentración nazi o las matanzas de los Grandes Lagos actuarían como virus protectores para el futuro. Puede que sea cierto y que todo aquello sea irrepetible. Pero también pienso que la imaginación humana y sobre todo la lucha por el dominio y la perversidad por si misma, despiertan la agudeza, tanto en las hormigas de las películas, como entre las personas que se sienten o quieren ser gigantes sin mirar siquiera a los hormigueros que tratan de sobrevivir a sus pies.

Vivimos momentos de cambio que la lógica de la historia hacía imprevisibles, pero que puede que se estén decidiendo en los despachos silenciosos desde los que no se ve, ni se oye, qué es lo que ocurre en la calle. Irán dice que tiene un misil para atacar a Israel y Rusia afirma que puede saltarse el escudo que la OTAN ha puesto en sus fronteras como muestra de buena voluntad.

Cuba saca pecho y recula en su aperturismo porque no tiene mucho que perder. Newsweek nos descubre que los argumentos de Putin para defender a los rusos de Ossetia serían también válidos en Ukrania, Letonia, Ubekistan, Kazakhistan o Bielorrusia y nos explica cómo los modos de la mítica KGB renacen con el uso de las nuevas tecnologías para aislar a un país en Internet antes de darle el zarpazo. Y esto ocurría cuando enterraban al Nobel Alexandr Solzhenitsin, autor de Archipiélago Gulag, que de haber vivido unos años más con lucidez se estaría tentando las ropas de puro miedo. No se pierdan el artículo que sobre él publicó en “El País” Vargas Llosa

Realmente, la asimilación humana de nuevos sucesos choca con un alud de acontecimientos que a veces son sospechosamente coincidentes. Irak, pese a lo que pasa cada día en sus calles, dicen que va mejor y ya hay fecha para la salida occidental, 2011. China, sobreviviente tras los JJ.OO. está en un brete estratégico-comercial.

Y ante todo esto, la Unión Europea en paños económicos menores, con un Berlusconi que vuelve a jugar con las reglas de juego y unos británicos que , ya van tres veces, extravían sospechosamente sus bases de datos. Mientras, de tapadillo, vemos que Barack Obama está de acuerdo con la industria americana del fusil casero – como Kennedy, Reagan, Bush, Clinton y Carter- pero podemos consolarnos con la ligera caída del precio de los alimentos básicos, para respiro circunstancial del Tercer Mundo.

Y muchas cosas más que debería mencionar también para que el lector se formara una opinión más completa, que yo confieso no tener. He arrancado páginas de diarios y las he doblado dos veces hasta reducirlas al tamaño de un palmo, para guardarlas después es una carpeta que he abierto hoy para escribirles en mi bitácora.

Aquí está pasando algo y no nos enteramos. Y no me conformo con las conclusiones proféticas sobre la presidencia de Bush de Gore Vidal , un catedrático rebelde que ha podido ejercer de antiimperialista en un país que siempre ha sido y quiere seguir siendo un imperio, lo que sin embargo no ocurre en otros parajes en donde se dispara, sin escándalo de sus gobernantes, contra una periodista, Anna Politkóvskaya, tan audaz como ilusa al buscar peligrosamente la verdad.

Si me dijeran que escribiera en 90 líneas qué está pasando en el mundo, tiraría la toalla. Pero tengo la impresión, en todo caso, de que todo se está moviendo demasiado deprisa.

Javier Zuloaga

miércoles 27 de agosto de 2008

LOS NUEVOS "JASP"

El diario Público ofrecía hace pocos días a sus lectores dos páginas en torno a la juventud y el trabajo. El motivo era la celebración, el 12 de agosto, del día mundial de quienes aún no han entrado en el tercer estadio de la vida de las personas. ”Los nuevos JASP, (Jóvenes aunque sobradamente preparados) añaden la I de infravalorados” era el título del texto principal en el que se describía la paradoja de que quienes han tenido que competir más para obtener ahora un buen expediente, encuentran menos compensación económica, estabilidad laboral y conciliación con su vida personal, que los de unas generaciones atrás.

El número de contratos laborales eventuales para jóvenes se ha duplicado en España en una década hasta llegar al 42,7%. En sentido contrario, el porcentaje total de contratos indefinidos ha pasado del 80% al 70% entre 1998 y 2005.

El diario ofrecía, como posible explicación a este fenómeno, los resultados de una encuesta de la consultora Proudfoot entre 1.500 ejecutivos, que arroja unos resultados poco esperanzadores, ya que al estar hecho el estudio entre quienes deciden en el mundo empresarial, podría afirmarse que piensan que los jóvenes que llaman a la puerta del mundo laboral, son poco productivos. Vamos, que valen cada día menos, si es que la encuesta no miente.

El director del Observatorio Joven Empleo del Consejo de la Juventud apunta a una posible causa: “Es normal que una persona que se vea obligada a ser autónoma, en lugar de tener un contrato indefinido, se sienta menos identificada con la empresa y por tanto produzca menos”.

“Precariedad, temporalidad y sobrecualificación, son los listones que deben superar los JASPI (Jóvenes aunque sobradamente preparados e infravalorados)”, concluye el artículo.

¿Es un fenómeno pasajero?, ¿un ciclo? o ¿tal vez nos hallamos ante cambios muy profundos en las reglas del juego?, ¿hemos comenzado a dejar que las cosas funcionen definitivamente sin corsés y de acuerdo con lo que el mercado dicte?.

Muy posiblemente el desarrollo de las nuevas tecnologías ha entrado de lleno en los fundamentos del mundo del trabajo, como lo ha hecho también en el ocio y los hábitos de la sociedad. Mírense, si no, lo que circulaba por la Red la semana pasada acerca de un casco que lee los impulsos cerebrales y que, aplicado al ocio electrónico, hará que nuestros hijos, en mi caso mis nietos, no tengan siquiera que mover un dedo para interactuar con el último videojuego.

Martín Carnoy es un brillante profesor de la Universidad de Stanford, California y autor de un estudio que abre los ojos, “El Trabajo en la era de la Información”. Uno de sus capítulos se titula “la Nuevas Tecnologías y los mercados laborales”.

Dice Carnoy que es socialmente simplista y contumazmente equivocado culpar a la tecnología del elevado desempleo, de la descualificación laboral y de la disminución de los salarios de las personas menos formadas. La tecnología, defiende, cambia los modos del trabajo, pero la situación en el empleo ha de ser analizada teniendo en cuenta otras variables, principalmente la política económica y la laboral, o los sistemas de organización.

Dice el autor que el dilema no es el fin del empleo, sino su transformación.

De lo que plantea el profesor norteamericano puede deducirse que el proceso es imparable y que es impensable la reedición del llamado ludismo, un movimiento que en Inglaterra trató de poner puertas al campo de la Revolución Industrial. No pudieron los artesanos del textil contra los grandes telares y no parece lógico que ocurre ahora algo parecido en un mundo en el que sería complejo poner ahora frenos a la globalización.

Carnoy es lapidario ante a los escépticos. Frente a las teorías acerca de la destrucción y la degradación del trabajo originado por las nuevas tecnologías, este profesor de Stanford abre la ventana del futuro e invita a mirar la influencia que éstas tienen en la mejora de la producción, en el consumo, en la demanda de otros bienes en otras industrias y finalmente en el conjunto de la economía, incluida la creación de empleo.

Entiendo que nos dice que no seamos miopes y que graduemos bien nuestra capacidad para mirar un poco más allá..

Desde un punto de vista global y apoyándose en estudios de la OIT, el capítulo nos traslada el convencimiento de que los ordenadores, el software y sobre todo las telecomunicaciones aumentan la productividad y consecuentemente pueden influir también en la competitividad. Compara el dinamismo que las Tic está teniendo en las sociedades más avanzadas, con el cambio social, económico y de hábitos que supuso la extensión mundial de la industria del automóvil.

En el mundo faltan más de 400.000 técnicos informáticos, recuerda el autor entre otras mucha cosas, al tiempo que pone en evidencia, en sus cuadros, las diferencias que existen entre la Vieja Europa, atrapada por sus envidiados corsés del Estado del Bienestar y Estados Unidos, en donde el paro descendió, durante las dos presidencias de Bill Clinton, y a causa de la gran eclosión social y económica de Internet, hasta los mismos niveles de los años 60, un 4,6%.

“Los analistas antitecnológicos - sostiene Carnoy- deberían de examinar de forma realista qué es lo que está pasando y poner su talento al servicio de la creación de mejores y nuevos empleos.”

Entiendo, por intentar simplificar su comprensión, que lo que el de Stanford quiere decirnos es que si se hubieran aplicado parecidos inmovilismos en el pasado, tal vez los barcos seguirían surcando los mares a vela o la industria permanecería en su estado gremial.

Creo que tiene bastante razón y, en cualquier caso, podremos comprobarlo en poco tiempo, aunque seguramente en otros campus universitarios diferentes a Stanford, o incluso allí mismo, alguien estará estudiando de qué manera la nueva realidad tecnológica están abriendo aún más la horquilla que separa la prosperidad y la miseria. Y para solucionar este problemón, hace falta algo más que I+D+I+D+I…. Javier Zuloaga

miércoles 20 de agosto de 2008

UN DIA DE 1945, EN BRETTON WOODS…

A primera hora de la mañana del día 6 de agosto de 1945, el bombardero norteamericano Enola Gay abría las compuertas de su panza y dejaba caer sobre la ciudad japonesa de Hiroshima una bomba mediana de uranio, “Little Boy”, que al estallar a pocos metros del suelo puso fin a la Segunda Guerra Mundial. Un día después, otro artefacto similar caía en Nagasaki.

Acababa de una forma tan fría como rotunda el mayor conflicto bélico de la historia del mundo, desatado por las locuras contagiosas. Pocos meses antes, en New Hampsire, en Bretón Woods, se habían diseñado ya las líneas por las que habría de circular la economía del mundo cuando acabara una pesadilla cuyo final ya estaba escrito, ya en borrador, por los Estados Unidos. Eran las reglas que imponía el vencedor y, seguramente, quienes habían financiado los inmensos costos de acudir en defensa de Europa y frenar la locura de alemanes y nipones.

Sesenta años después, la gente corriente de una buena parte del mundo, se rasca en el fondo del bolsillo buscando como hacer frente a las cornadas de su euribor y se siente cada vez más minúscula, como las hormigas que no mira nunca a lo alto porque está demasiado ocupada en llevar, sobre sus espaldas y hasta su hormiguero, las piezas necesarias para su supervivencia.

“No entiendo nada” está cada vez más presente en los pensamientos del pueblo llano en torno a la economía, algo parecido a la perplejidad de ese toma y daca de los conflictos bélicos que desatan, durante los últimos años, quienes no hace mucho dirigían lo que llamábamos Bloques. Estados Unidos y la URSS –hoy en proceso de renacimiento a través de una Rusia en expansión indisimulada- mueven sus piezas con desproporción, matan hormigas con cañonazos, ignoran a los tribunales internacionales que juzgan los crímenes de guerra, y se acantonan geográficamente tomando posiciones en nuevos y estratégicos enclaves.

Se están repartiendo el mundo.

Lo de Georgia, con trasfondos económicos energéticos, es en menor en escala, pero bastante parecido, a lo de Irak o Afganistán y destilan, tanto en uno como otro caso, poderío y lucha por el control. Lo de Georgia es una muestra más de la guerra global, que ya no tiene porque ser mundial a la vieja usanza. Son las piezas del puzzle que van encajando, con escaso ruido, mientras los líderes del Mundo asisten a la inauguración de los JJ.OO. y sonríen

Da la impresión de que, al tiempo que se mueven las piezas en la mesa de operaciones estratégicas, la rebotica de la globalidad ha dado carpetazo a un ciclo económico y que se ha abierto otro nuevo para corregir excesos, enfriar euforias y aclarar los espejismos del dinero fácil, de la Plata dulce, como decía el título de aquella película que reflejaba una Argentina hundida en su enésima depresión económica en 1981.

En cierta medida y respetando las grandes diferencias, lo que ahora nos ocurre recuerda algo a lo que les pasó a aquellos ciudadanos del Río de la Plata que creyeron a ojos ciegos los postulados de la Escuela de Chicago, y pensaron que el dinero por si mismo, la guita, podía ser un agente social que relegara a un papel intrascendente al trabajo, o a la prudencia en el ahorro y el gasto.

A modo de reflexión y destacando su postura rebelde, socialista y crítica con el actual reparto económico del mundo, he desenterrado lo que el economista William I. Robinson, catedrático de sociología de la Universidad de Santa Bárbara, (California) explica en sus ensayos –que he tenido que estudiar no hace mucho- para entender, desde la perspectiva del tiempo, lo que resulta difícil ver desde la barrera del momento real.

Sitúa los orígenes de Bretón Woods, que para él son la semilla de la globalización y el Estado Transnacional, en un contexto puramente imperialista, sin conceder la importancia que se merecía el escenario bélico por si mismo. Hablaba de “la panoplia del imperialismo político-militar de los EE.UU”. Robinson escribe de acuerdo con su ideología, como debe ser.

Estados Unidos, nos descubre Robinson, diseminó sus dólares por el mundo convirtiendo su billete verde en la unidad de cuenta del comercio internacional y estableció unos tipos de cambios fijos que fueron un gran fracaso. Como consecuencia de ello se liberalizó la circulación de capitales. Había comenzado la transnacionalidad, la “evaporación” de la supremacía USA y se sembraban las primeras semillas de la globalización.

En un viaje atractivo para leer, William I. Robinson explica cómo los gobiernos perdieron el control de sus divisas y de qué manera surge una nueva clase dirigente, de corredores de divisas, inversionistas de carteras y de banqueros transnacionales, que diversificaron sus riesgos en diferentes puntos del planeta. El cultivo estaba ya germinando.

La economía mundial tembló en los años 70 en una crisis que Robinson no considera como tal, ya que fue la ocasión para dar entrada a un engranaje diferente en el que el estado y la democracia misma no fueran escollos en el camino. El desarrollismo, el bienestar keynesiano y sobre todo el poder real económico comenzó a organizarse en los 80. La Comisión Trilateral; el Grupo de los 7 y el rol creciente del FMI y el BM como autoridades centrales del nuevo orden, pusieron a punto la maquinaria del neoliberalismo que, destaca el autor, pasaron a controlar la economía –y por elevación- también la política de buena parte de los estados del mundo.

El FMI y el BM, hijas de los acuerdos de Bretón Woods, prestaban a los países endeudados con bancas privadas, el dinero necesario para refinanciarse. Nada era gratuito, las famosas “recetas”, en muchos casos justificadas por los despilfarros y la corrupción, comenzaron a pesar cada vez más en las soberanías.

Lo que hoy pasa en el mundo tiene su origen, en buena parte, en la llamada Ronda Uruguaya, en la que los grandes del mundo consagran la libertad de inversión y movimiento de capitales, la liberalización de los servicios incluida la banca, el derecho de propiedad intelectual y, sobre todo, el libre movimiento de las mercancías. Nace la OMC, árbitro discutido y no reconocido por los grandes movimientos antisistema y los países más hundidos en la pobreza.

El libre comercio, dice el profesor americano, es la gran quimera, ya que al no ser de doble sentido entre los países del Tercer Mundo y los desarrollados, se convierte, con el endeudamiento y la propuesta de “recetas”, en un veneno letal para el futuro de esos países.

Frente a esta situación, el autor sitúa a una clase capitalista transnacional que adquiere una progresiva hegemonía, desnacionalizada, con conciencia de clase, controlada por una élite gerencial, pero no unificada, aunque aquí Robinson cita a Marx y Engels- como no- y afirma: “Las mismas condiciones, las mismas contradicciones, los mismos intereses producen costumbres similares en todas las partes”

Javier Zuloaga

miércoles 13 de agosto de 2008

EL HUMOR CATALÁN

El desconocimiento sobre cómo son realmente las personas, la tentación o la comodidad de caer en la generalización facilona y, en no pocas ocasiones, la malicia, suelen formar un buen abono para que aparezcan tópicos erróneos acerca de los grandes colectivos.

Hay, sin embargo, rasgos que unen a los habitantes de un mismo círculo. Ocurre en la escuela, en la que el estilo y los valores que en ella se imparten, acaban marcando la personalidad –que no el carácter- de los estudiantes que han pasado por sus aulas. Hace poco hablaba con una antigua alumna del Institut Escola de Barcelona, (Barcelona 1932), nacida a la sombra de la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos y se veía en ella un estilo distinto, más pleno de tolerancia y curiosidad por la vida, muy diferente al de sus coetáneos de otros centros educativos de la época, aquellos que nacieron en torno a los años veinte y que tuvieron que vivir la Guerra Civil.

Ocurre también ahora en las universidades y no creo que sea ningún disparate decir que existen las improntas de Deusto, Navarra, Harvard, Stanford, Humbold o el MIT. Los valores que fundamentaron su nacimiento y las hicieron seguir vivas pasados los años, acaban entrando, quieran o no, por los poros intelectuales de quienes han tenido el privilegio de escuchar a sus profesores.

Y podría decirse otro tanto de la coincidencia de las personas en determinados acontecimientos de la historia del mundo. Pienso en las grandes revoluciones, que marcan el perfil de quienes las vivieron y que pasan después a las siguientes generaciones, casi siempre magnificadas por esa humana tendencia a idealizar las gestas que los padres cuentan a sus hijos cuando aún son pequeños.

Pero en este último caso, los lazos comunes que unen a los individuos perduran poco en el tiempo y acaban siendo simplemente un símbolo o nada más que unas páginas de historia. La culpa no es de otro que del paso del tiempo o el mal hacer de los relevistas de la antorcha revolucionaria. Pienso en las evidentes diferencias de franceses y rusos, en la grandeur medio mágica que impregna todavía a los primeros, inventores del Estado Moderno y en la salida silenciosa, por la puerta de atrás, de los sucesores de Lenin y Stalin. ¿Se acuerdan de la película "¡Good bye Lenin!?

Lo cierto es que poniendo a salvo aquellos casos en los que determinados escenarios o acontecimientos han sellado con tinta imborrable la memoria de quienes los vivieron, las restantes adjudicaciones de perfiles a personas de un mismo lugar, suelen carecer de fundamento, aunque su repetición haya acabado por convertirlos en válidos.

Los vascos, yo lo soy, no somos tan primitivos como podría deducirse de nuestras irracionales tradiciones, que se han mantenido vivas –como una suerte de souvenir- la competición por levantar enormes piedras, demostrar quien corta más rápido la leña o quien es capaz de convertir en versos, a la sombra de una botella de tinto, las cuestiones más corrientes de la vida.

Ni los andaluces son tan relajados, como a veces se les quiere presentar, filosofando sobre la trascendencia de una copa de manzanilla o una taza de gazpacho ¡Que gran cosa es el gazpacho!. Ni los madrileños tan extrovertidos como inconcretos “Bueno, ¡a ver si nos vemos!”, ni la francachela de los porteños de Buenos Aires tiene nada que ver con el significado textual de algunas de sus expresiones “¡Ché boludo, mirad que sos maricón!”. He viajado en bastantes ocasiones a Andalucia, he vivido dos años en Argentina, más de veinte en Madrid y, en octubre de 2009 hará otros tanto que llegué a Barcelona.

Las gentes no son generalmente como se las cataloga, aunque estén unidas por las tradiciones y los sentimientos que estas producen. Por ejemplo, se cree, más allá al este de Huesca y más al sur de Zaragoza, que los catalanes se prodigan en la tacañería –¿será porque la palabra peseta proviene del catalán?- y que miran con recelo al que viene de fuera.

Quienes llevamos un tiempo aquí, sabemos que no es así –no más que en cualquier otro paraje de España- y que basta rascar un poco para comprobar que tras un comportamiento que es ciertamente reservado y discreto, se esconden enormes dosis de solidaridad, civismo y tolerancia, tantas como de inquietud cultural y curiosidad por las cosas que les rodean. Puede que en todo ello tenga algo que ver su situación en el mapa y la riqueza y el trasiego por su suelo de pueblos muy distintos, de romanos, árabes y fenicios.

Estoy hablando de los catalanes, del pueblo llano, de sus gentes, entre las que, como también ocurre en otros parajes, hay también algún que otro villano, en la peor acepción de la palabra.

Pero hay algo que no cuadra con la rotulación que se hace de ellos. Me refiero a su gran sentido del humor, impropio de la gente malvada y perversa, del que ya escribí en este mismo blog en El Séptimo Sentido


Hace pocos días, con ocasión de los Juegos Olímpicos de Pekín, un diario ofrecía la foto de la llegada de la Marathon de Tricicle, en el acto de clausura de los celebrados en Barcelona en 1992. No creo que exista un solo español – ni ningún ciudadano de mundo que les viera- que no se quedara pasmado de admiración y vencido por la risa, con las imágenes de la llegada a la meta de Joan Gracia, Paco Mir y Carles Sans, tres catalanes universales

Si alguien tiene unos minutos, que pinche en : Clausura de los JJ.OO. Barcelona 92 y rememorará, también con algo de nostalgia, aquellas delicias de humor…catalán.

Porque hay y ha habido más. Rosa María Sardá, polifacética, gran actora dramática, pero genial en su desgarrado humor televisivo; o el desaparecido Eugenio o, ya más recientemente, Polonia, un espacio al que sólo sus miembros ponen límites a lo que ha de salir y en el que se trata por igual a todos los hombres públicos, estén o no en el gobierno, lleven mitra o corona.

Tal vez unas de las claves del éxito sea que su director, Toni Soler, ha sido articulista de la sección de política en diarios como Avui y El Observador y haya concluido en que lo mejor que se puede hacer con la vida pública es vestirla de chirigota, al menos, un día a la semana.

¿Existe algo parecido en otros parajes de este país?. Creo que no y sin embargo lo que cala en quienes miran a Cataluña desde fuera, además de todo aquello que ocurra en el Nou Camp, es lo de las balanzas fiscales, el asunto de la tercera hora de castellano o los exabruptos de un Rubianes al que un día se le cruzaron los cables.

Pues no, no estoy de acuerdo y como estamos en agosto, pinchen en algunos retales de humor clásico catalán, pequeñas piezas de museo de la sonrisa, que he seleccionado para mis lectores:

1 Polonia: La dimisión de Maleni
2 Eugenio: La Estepa
3 Rosa María Sarda: La Cajera

Que ustedes lo pasen bien

Javier Zuloaga

miércoles 6 de agosto de 2008

COLGAR LA CORBATA

El tiempo lo cura todo. Es uno de los dichos más socorridos para quienes se encuentran, en un momento dado de su vida, en un callejón sin salida. El tiempo tiene un poder balsámico sin hacer nada, ni pretenderlo. Basta con dejar que las agujas del reloj convencional, o los dígitos del digital, o las hojas de un calendario carrinclón, o los registros de una agenda “Outlook”, vayan avanzando, para que todo quede atrás, cada vez más lejos.

Es uno de los topicazos de nuestra rutina. El paso del tiempo es la esperanza o la solución para buena parte de aquellas cosas que se han convertido en un desquiciante problema en nuestras vidas. Es también el pause esperado para dar respiro a esa presión que no deja respirar a millones de almas en pena que no encuentran una salida a sus dilemas.

El tiempo, el reloj, ¿son algo más que eso las vacaciones?, adquiere un efecto especial cuando colgamos la corbata en el armario, con cierto aire indiferente, diciéndole adiós hasta final de mes, o sacamos del zapatero las alpargatas y metemos en su lugar los mocasines. Son sólo algunos gestos de ese paréntesis que, con o sin operación salida, llega a la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas que tienen un trabajo fijo.

El tiempo aclara las cosas… el tiempo acaba colocando las cosas en su lugar…cada cosa a su tiempo… al mal tiempo buena cara…para verdades, el tiempo, para justicia, Dios…más vale tarde que nunca, lo cierto es que la sabiduría popular está plena de citas que han trascendido de generación a generación como herencia memorizada, pero sin la conciencia real de que en torno al tiempo gira todo, absolutamente todo.

Hace unos cuantos años que pasé de los cincuenta y me parece que fue ayer cuando miraba a mi padre como un señor añejo y con fecha de caducidad . Ni por asomo se me ocurría pensar que yo le tomaría el relevo en esa efeméride – en diciembre él cumplirá 88- ni ahora me resulta fácil pensar que mi hijo Javier, que anteayer llegó a los treinta, me habrá sustituido en el evento del medio siglo cuando cumpla los 76, si llego, dentro de veinte años.

El tiempo es lo más importante que tenemos, sea para bien o para mal, y lo cierto es que pasa ante nosotros sin vuelta atrás, como lo hace el agua entre nuestros dedos. El tiempo estremece cuando estudias un poco de historia y te acabas sintiendo minúsculo por la intrascendencia de la nuestra propia y el grano de arena que, cuando acabe el Universo, si es que acaba, supondrá nuestra existencia entre la de miles de millones de vidas que empezaron y acabaron tiempo atrás o lo harán dentro de mil años.

Cuando recabas en aquello de lo inexorable del paso de los días y los años, tomas también conciencia de lo relativo de la inmundicia y la miseria que a veces nos toca vivir y te regocijas por la efímera pero auténtica inmensidad de las alegrías y la felicidad, si es que has tenido la fortuna de hallarlas. Cuando ya no tienes tiempo, o presientes que se acaba, te miras en el espejo y ves la importancia que tiene haber podido, o sabido, mirar hacia el horizonte intentando evitar las derivas del rencor corrosivo, de haber sido, al margen de tus propios errores, generoso en tu postura ante la vida.

El tiempo detiene, en estas fechas, el curso de la rutina, esa suerte de presión que impide que millones de humanos puedan ver el bosque porque están demasiado cerca de los árboles. En vacaciones, la maquina de la vida suelta vapor y aminora su marcha porque tiene menos vagones de los que tirar, porque sus pasajeros se han apeado para digerir, de forma distinta, esa parada reglamentaria en la que unos recuperan el resuello y otros se reencuentran con una vida que apenas recordaban, o creían distinta.

Hoy pienso que la sociedad está cada día más preparada para que la maquina de la producción funcione, aunque sea de forma maltrecha como en los últimos meses, pero que las vacaciones acaban siendo una suerte de apertura de rediles, una estampida para la que –por su carácter de paréntesis- no se prepara a la gente. Todos a una, embutidos sobre cuatro ruedas, rebozados en arena de playa, descubriendo lo deslumbrante de una boñiga en un camino rural, perdiendo las maletas en un aeropuerto, consumiendo de forma feroz.

Tal vez por ello me quedo en casa, para vivir de verdad, para ver que hay alrededor de mi, para mirarme con mi mujer y decir lo que pensamos, para practicar la amistad con los amigos que lo son auténticamente, para poner la bicicleta a punto, charlar un poco con el quiosquero, ir al mercado sin prisas, leer unas cuantas páginas o disfrutar de una buena cabezada. Para vivir más conscientemente de todo lo que, en septiembre, volverá a ser –no puede ser de otra manera- otra vez distinto.

Cada uno tiene su botica. Hoy, ésta es la mía

Javier Zuloaga

miércoles 30 de julio de 2008

AHORRAR

En algunas ocasiones, cuando no se puede - o no se sabe- llegar a las raíces de un problema se suele concluir diciendo que “la culpa es del sistema”. Es una forma de dar carpetazo a algo que va a seguir siendo así y que para cambiarlo hace falta algo más que parches.

Este razonamiento podríamos aplicarlo a la mayoría de los problemas crónicos de las sociedades: a la hambruna africana, que no acabará mientras el sistema sólo permita la vía de la solidaridad internacional y mantenga cerradas al mismo tiempo las puertas del progreso a los más pobres.

O al lastre del narcotráfico colombiano, que se columpia entre una represión en el origen de la cocaína muy superior a la que se lleva a cabo entre los intermediarios del gran mercado del consumo norteamericano.

O - por acudir sólo a tres ejemplos de ese universo de problemas insolubles- a una violencia de género a la que se responde con el castigo y la creación de apoyos a las maltratadas, pero no se aborda con el mismo entusiasmo el reto de una educación, en la escuela y en casa, que inculque a los menores - teóricos verdugos y víctimas- un sentimiento real de igualdad.

Cada lector podría enumerar muchos más, por haberlos vivido de cerca, pero yo hoy me he detenido en una suerte de círculo que confunde al ciudadano y que se ha convertido en una especie de concepto fósil para los más jóvenes. Me refiero al ahorro.

Vivimos, como ha ocurrido en otras ocasiones, momentos de inestabilidad económica, en buena medida originados por el descontrol del precio de la energía. Pero, a diferencia de la que Occidente sufrió en 1973 tras la decisión de los países árabes de castigar a quienes apoyaron a Israel en la guerra del Yom Kippur, la actual responde a movimientos en la demanda tras los que no pocos ven una simple especulación, impulsada por la desconfianza y el miedo.

En este mismo cuaderno de bitácora reflejaba lo que el Rey de Arabia Saudita decía, hace pocas semanas, en la Cumbre de la Energía celebrada en Yedda. Denunciaba sin ambages el monarca que poco podrá arreglar un aumento de la producción –su país comenzó a extraer 500.000 barriles mensuales más- si no se pone freno a los especuladores, al consumo feroz de las economías emergentes y a los impuestos adicionales con que los países de Occidente aumentan sus ingresos fiscales gracias a la crisis que tanto les afecta.

Lo dicho por el Rey Abdullah se escuchaba además en un escenario donde aún resonaban las profecías de Davos del pasado mes de enero en torno al futuro de la economía del mundo y que "El País" cubrió con una excelente crónica en la que se reproducía lo dicho, literalmente, por John Snow, ex secretario del Tesoro de los Estados Unidos "Oyendo los debates en Davos te dan ganas de buscar un edificio para tirarte desde lo alto".

En ese marco, que nos viene grande a casi todos, encontramos algunas contradicciones. Desde el Ministerio de Economía se nos ha recordado lo importante que es ahorrar energía ”El Hábito perdido”-El País 26 de julio. Nunca es tarde.

Si, como suena. El ahorro renace, pero porque nuestra balanza de pagos anda maltrecha –gracias a Venezuela ahora un poco menos- descubrimos que una familia de tres personas no debe comprar un frigorífico de última generación capaz de enfriar para ocho, mientras –cuentan los cronistas- los británicos se han deslumbrado a si mismos al ver que es más barato y saludable no consumir, para desplazarse, mayor energía que la que quema nuestro cuerpo para moverse. Genial, gracias al precio del petróleo al otro lado del Canal de la Mancha han abierto los ojos y han descubierto que el movimiento acompasado y alternativo de las piernas hace posible y barato los desplazamientos de los individuos y las individuas.

Algunos ecologistas –creo que con razón- han apuntado a que solo preocupa el ahorro energético cuando la economía truena y otros prefieren apuntar a que no es más que un sarcasmo predicar estos mensajes en una sociedad que, hasta casi ayer, estaba plena de nuevos ricos.

Todo este contrasentido me lleva a recordar el ahorro entendido en su significado más tradicional, el de guardar por si vienen mal dadas, o para cuando la pensión sustituya al salario. Al ahorro de nuestros padres y nuestros abuelos, aquel que, piano piano, nos mantenía aún lejos de la opulencia pero más cercanos a la seguridad personal. ¿Existe una cultura del ahorro?, ¿se explica la importancia que tiene guardar para quien lo hace y para el conjunto de un país?.

La primera respuesta que me doy es semántica, porque pienso que el ahorro y la inversión se confunden, seguramente como consecuencia de los anglicismos y de la competencia financiera por ganarse la confianza de los clientes. Y la segunda es que políticamente no interesa premiar aquella vieja práctica de la prudencia.

El ahorro directo no desgrava como lo hacen otras vías de inversión, las pensiones y la primera vivienda, necesarias también para asegurar aún más un buen retiro y tener un techo bajo el que dormir y que, por razones culturales, los españoles queremos en propiedad. Pero el ahorro, la hucha que se regalaba a los que venían al mundo es cada vez más historia.

Hay mucho experto en la materia, que tal vez se podría calcular en qué medida cambiarían las cosas si la maquina del consumo loco –en gran parte de productos venidos de muy lejos- cediera un poco de su espacio en la tarta de la economía, a un ahorro reconocido y compensado. Y me pregunto también qué presión podría ejercer el hecho de guardar unos buenos dineretes de forma regular sobre esa especulación del ladrillo que hacía parecer gilis a quienes no practicaban aquello de firmar, sobre plano, un contrato de compraventa de un piso a 200.000 euros y –sin llegar a contratar la luz- venderlo por 400.000.

Puede que lo de ahorro tenga más enjundia que la que pensamos y que, como ocurre en el sector farmacéutico, acabemos llegando a la conclusión que hay que volver a los viejos remedios del estudio y buen uso de las plantas medicinales. Parece que la cosa va en serio y, si no, ahí está el premio L'Oréal-Unesco for Women in Science 2007, concedido a la investigadora de Isla Mauricio, Ameenah Gurib-Fakim. Pinche usted en el link anterior, que merece la pena.

Ya lo sé. Hablamos de cosas muy distintas, pero ahí queda el ejemplo.


Javier Zuloaga

miércoles 23 de julio de 2008

LA JUVENTUD DE AMERICA

Tuve la oportunidad de ejercer el periodismo en América Latina durante dos años. Fue en Argentina, desde diciembre de 1980 hasta agosto de 1982, una de las épocas más ricas en acontecimientos controvertidos de las que se recuerdan en el país ribereño del Rio de la Plata.

Como a casi todos corresponsales recién aterrizados, los rasgos de aquel país, el parecido de sus paisanos y de su paisaje urbano con el que se podía encontrar en las capitales europeas, me hicieron asumir criterios erróneos a la hora de encontrar una buena explicación a lo que estaba descubriendo.

Creo que a todos nos pasaba algo parecido y en los conciliábulos que un grupo de periodistas europeos creamos de forma espontánea para sacudir las ideas y espabilarnos a la hora de acceder mancomunadamente a buenas fuentes de información en una dictadura que ya comenzaba a languidecer, íbamos viendo como Argentina no se podía dividir entre peronistas y radicales, que las ideologías tenían barreras aún más inconcretas que en Europa y, sobre todo, que aquella tierra era un lugar en el que los sentimientos y la nostalgia jugaban un papel importante.

Con esos hilvanes, comenzamos a comprenderlo todo un poco mejor y a situarnos, con más facilidad, en la piel de los argentinos. Creo que nos ayudó el gran sentido del humor y el buen nivel cultural medio de las personas que íbamos conociendo y que –han pasado ya más de 25 años de mi marcha de Buenos Aires- encontraba un buen ejempolo en aquel chiste que ellos mismos contaban sobre la creación del mundo.

“Dios puso todo lo bueno aquí: la tierra, los pastos, los minerales, el petróleo, los bancos de pesca, pero para compensar, Dios puso a los argentinos” . Evidentemente aquel era un chiste inconveniente si el que lo contaba era un forastero, pero ponía en evidencia algo que la distancia y el paso del tiempo me ha traído a la cabeza como válido no sólo para Argentina, sino también para casi todos los países de América Latina. Hablo de su juventud.

Es fácil llegar a conclusiones fatalistas cuando uno lee que los agricultores de la Pampa pueden acabar cualquier día con la presidencia de Cristina Kirchner, como hicieron los sindicatos no hace muchos años con el último presidente del Partido Radical, Fernando “Chupete” de la Rúa.

He oído alguna vez –y puede que yo mismo lo haya escrito dejándome llevar por la superficialidad- que la explicación de estos procesos se encuentra en la inmadurez de aquellas gentes y de esa manera hemos pensado también sobre otros parajes americanos, cuando la actualidad nos traía a las portadas a los líderes bolivarianos de Ecuador y Venezuela o alarmaba nuestras inversiones por el virus indigenista de Bolivia.

Creo que no se ha salvado nadie, ni siquiera Brasil, sobre el que los europeos se la han envainado al comprobar que, con el temido Lula, se ha convertido en uno de los países con mayor recorrido en el futuro; ni tampoco Chile, la nación trasandina que ha sabido sobrevivir, gracias a la madurez general de sus gentes, a su radicalización comunista y a la posterior dictadura pinochetista.

Durante el fin de semana, he elegido dos noticias de esa América que, tras haberla conocido, no puedo dejar de mirarla de una manera diferente, más próxima y abierta. En Ecuador han cerrado la redacción de su nueva carta magna y el presidente Correa ha dado por válida una decisión que –de estoy si que estoy seguro- le pasará factura dentro y fuera de su país. Los padres de la patria, los parlamentarios, han aprobado retirar del texto que será sometido a referendum la cooficialidad del quechua, la lengua de las tribus indígenas que vieron llegar a los españoles y que los descendientes de Bolivar, en un alarde de insensibilidad, han bajado de categoría.

La segunda información, argentina, es la retirada del proyecto de ley dirigido a gravar las exportaciones de la soja, casi la mitad de los cultivos del país. La decisión, así como la difundida dimisión de la mujer del ex presidente Néstor Kichner, venía precedida por las movilizaciones populares.

La calle, una vez más, había impuesto su criterio, como lo hizo para derribar a de la Rúa, aupar de nuevo a un senil Juan Domingo Perón que descansaba en su exilio de Madrid o para aclamar al general Galtieri cuando anunció el desembarco en Malvinas en abril de 1982 y hacerle salir, sólo cuatro meses después, por la puerta de atrás de la Casa Rosada cuando vio que se había jugado con los sentimientos de los argentinos.

Los europeos nos espantamos de estas políticas que juegan con las reacciones del corazón y la epidérmis, cuando nuestras propias historias, si las hubiéramos estudiado desde la curiosidad y algo más de entusiasmo, tienen capítulos equivalentes a los que ahora viven los países que comenzaron a serlo hace menos de doscientos años. Argentina los cumplirá en 2016 y Cuba celebró su centenario hace tan sólo diez.

La historia cuando crece, se convierte en el corazón de una nación, porque crea identidad. Y los europeos, aunque discutamos internamente las identidades de algunos de nuestros territorios, estamos unidos por historias que componen una riquísima red de experiencias, de errores y de disparates –dos guerras mundiales en los últimos cien años- que los pueblos de América Latina afortunadamente no han cometido.

Debemos prestar atención a lo que allí ocurre y observar desde la distancia física e histórica. Creo que es la mejor manera de ayudarles.

Yo, si fuera argentino, quechua, venezolano, colombiano, chileno o mejicano, pediría a Europa que se mirara en el espejo de su propia historia y me ayudara después a recorrer la mía con menos tropiezos.

Javier Zuloaga

miércoles 16 de julio de 2008

SABER UN OFICIO

Estoy trabajando en la biografía de un eminente catalán desaparecido hace ya tres años. Fue un hombre de ciencia, gran investigador y por ello un curioso incorregible. Encajaba en aquel viejo modelo de la sabiduría que no encasillaba a los estudiosos en las letras y las ciencias, sino que entendía el conocimiento como un campo sin barreras, de tal manera que su especialización no distrajo el apetito cultural por la literatura, la historia, o la filosofía, por acudir sólo a algunos ejemplos de las materias que contenían aquellos libros de su despacho en el Ensanche de Barcelona .

Pude conocerle y hablar tranquilamente con él, aunque mucho menos de lo que me hubiera gustado y comprobar hasta qué punto su cultura sobre todas las materias, la universal, llegaba a conocimientos como la mitología, cuyo dominio nos costaría ahora encontrar en quienes se dedican a descifrar los elementos primarios de la materia, desde la experimentación, sobre una poyata de un laboratorio.

Me enseñó un libro impreso en Barcelona en 1928, titulado “Figuras y Leyendas mitológicas”, del que fue autor Emilio Genest, en el que el curioso puede descubrir el mundo imaginado de los mitos, aquel que inmortalizaron, en otros, Homero y Ovidio.

Zeus, Urano, Cibeles, Saturno, Júpiter, el Cuerno de la Abundancia, Afrodita, Apolo, Cupido, Neptuno, Hermes, tienen su página en un libro con el que su propietario quiso incorporar la cultura clásica a su saber sobre los asuntos más intrincados de la ciencia.

“Este hombre- me dije- es también un sabio”.

Desde entonces he pensado frecuentemente en qué medida el avance de las tecnologías o la especialización de casi todas las profesiones, han ido arrinconando a la cultura en su sentido más amplio, pero hace días comprobé que aquella amplitud del saber, que tanto admiraba, se estaba quedando corta respecto a la real de la vida. Me explico

Fue al leer el folleto de presentación del Institut Escola de Barcelona, nacido a la sombra del espíritu liberal, laico, pero sobre todo independiente, que caracterizaron a los centros creados a la sombra de la Institución Libre de Enseñanza, fundada en 1876 por Giner de los Ríos y otras mentes inquietas, como respuesta a la exclusión académica llevada a cabo por el gobierno de Cánovas, que sacó de sus cátedras a no pocos profesores que confiaban más en el saber y en el descubrimiento que en los dogmas.

Aquel hombre de ciencias e investigación había estudiado la Secundaria en el Institut Escola, en aquel edificio del parque de la Ciutadella que dirigió el químico Josep Estalella Graells, venido desde Madrid tras haber impulsado en la capital española el primer centro de aquella idea quimérica de la formación de los futuros ciudadanos que hoy sigue pareciendo futurista.

El folleto, editado en 1932, explica, entre otras muchas cosas, que aquellos bachilleres debían aprender, inexcusablemente, un oficio manual. Carpintería, electricidad, impresión, alfarería, eran algunas de las opciones que los futuros universitarios debían añadir a sus obligaciones y que aquella manera avanzada de entender la formación, reconocía como necesarias para incorporarse definitivamente a la sociedad.

El desarrollo de las nuevas tecnologías, la aparición de artilugios que provocan largas colas en las tiendas de electrónica o telefonía; la última versión de la consola japonesa o norteamericana; el teléfono que nos dice que ha llegado un correo electrónico y en el que podremos guardar también las fotos y las canciones que más nos gustan y que siempre mantiene las imágenes en su posición correcta aunque tu te empeñes en colocarlas boca abajo, han acabado de aplastar el viejo modelo de enseñanza liberal que unía lo artesano con la filosofía y las entrañas de la física y la química.

No es una regla general, porque los estudiosos pueden hacer un buen uso de las TIC,s (así se conoce a las nuevas tecnologías) sin menoscabo de su afán por saber cada día más. Pero lo cierto es que vivimos en un mundo en el que la velocidad y la pericia de los dedos de la mano sobre una consola de juegos, es más importante que cualquier otra cosa para millones de bachilleres, los descendientes de aquellos que leían sobre la mitología y que cepillaban la madera o daban forma al barro en los talleres del Institut Escola de Barcelona.

El libro digital está a la vuelta de la esquina y de nuevo japoneses y americanos preparan sus artillerías tecnológicas para dar la gran batalla. El asunto mantiene ocupados y algo preocupados a editores y agencias literarias. Recientemente –pinchar en el link de la primera línea de este párrafo- se ha hablado de ello en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander.

Se ha coincidido en que no se puede dar la espalda a los nuevos canales y se ha recordado que hay que adelantarse a los efectos que la obtención gratuita de música en Internet tuvo cuando las iniciativas de software libre comenzaron a conectar a quienes querían intercambiar melodías o conciertos.

En la capital cántabra se habló, por ello, de la necesidad de que los editores adopten un formato único, como ocurrió finalmente con el MP3 de la música. Se ha propuesto tomar la iniciativa y observar, al formato digital, más como un aliado que como a un enemigo de los libros de papel - que con toda seguridad seguirán existiendo- y quitarle gravedad a una piratería que volverá a aparecer, inevitablemente, al tiempo que este mercado ofrezca posibilidades de negocio.

En la Red y en las nuevas tecnologías, ha ido creciendo un nuevo mundo, el digital, cuyas posibilidades parecen inagotables y que está cambiando los hábitos de las personas y la economía de los mercados. Hoy, se puede vivir sin salir de casa y sólo se aíslan del mundo los que decididamente no quieren saber nada de él.

El pasado jueves, ”El País”, publicaba una información inquietante sobre un fallo masivo de seguridad de Internet, que dejó a disposición de los piratas digitales, los datos más sensibles de los servidores y los usuarios. Los detalles de lo ocurrido, cuenta el diario, no se conocerán hasta que haya pasado un mes, aunque el lunes este mismo diario informaba de que el descubrimiento del agujero negro de la Red se debió a la casualidad.

Seguro que si Josep Estalella Graells hubiera nacido ochenta o cien años más tarde, habría añadido, a sus talleres de oficios, una asignatura más: la asimilación de todo lo que tecnológicamente nos está cayendo encima.

Estoy totalmente seguro.

Javier Zuloaga

miércoles 9 de julio de 2008

CRISTO Y EUROPA

Cuando viví en Argentina, al comienzo de los ochenta, me costó entender ese trágico sentido de la existencia, que destilaban el bandoneón y las voces quebradas de los maestros del único género criollo que he conocido, el tango. Era el canto desgarrado de quienes ya no podían ver, sino sólo imaginar, qué había a sus espaldas y se aferraban a la generosidad de la tierra que les había recibido. Italianos, judíos de todos los orígenes, nazis y alemanes equivocados, turcos y algún que otro francés –Gardel lo era- pusieron la simiente de un país que, todavía hoy, no tiene bien definidas sus señas de identidad, aunque sin duda son cada día mayores.

Cuando reflexiono así no entiendo el derrotismo que ha surgido tras el “no” irlandés, esas plumas que se refugian en lo peor para explicar la complejidad de las cosas con enjundia. Creo que el “no” de los seguidores de Michael Collins habría que encuadrarlo en los mismos sentimientos que llevaron a franceses y holandeses, hace tan sólo dos años, a mantener cerrada su voluntad ante una Gran Europa. El entonces primer ministro holandés, Jan Peter Balkenende, atribuyó el resultado de la consulta a los recelos que producía entre los ciudadanos de su país la ampliación de la UE hacia el Este, a la contribución excesiva de La Haya al presupuesto comunitario y al temor de pérdida de soberanía, de dilución de su personalidad.

En el caso francés, con una participación alta de casi el 70%, el “no” arrastró la voluntad de casi el 55% de los votantes y se convirtió, para muchos, en el epitafio del Chiraquismo y el inicio de una nueva época política en la que los franceses querían que se les hablase claro, sin circunloquios y un poco menos de grandeur. Fue la gran oportunidad de Sarkozy.

Pero Europa, además, ha pasado y superado momentos difíciles. Dos ejemplos.

La negativa de los ingleses a asumir la misma moneda y mantener a la libra esterlina, a la Reina y la Union Jack como símbolos de un imperio que comparte, en paralelo, un marchamo común con los norteamericanos, que no quiere deshacer la madeja de sus intereses en la Commonwealth, pero que, al mismo tiempo, no pasa por alto estar ausente en las grandes decisiones de la UE.

Y el incumplimiento de los acuerdos de Maastricht por parte de Alemania como consecuencia de los costos de su reunificación, superados ahora brillantemente cuando el resto de la economía Europa paga su falta de competitividad y reacción ante el mundo global.


Es fácil caer en el derrotismo y decirse a uno mismo que esto de la Europa unida es imposible. Incluso mirarse en espejos distorsionados por el gran aparato mediático norteamericano y concluir en que el Viejo Continente nunca desfilará al mismo paso por la ausencia de una espiritualidad común, o por no tener interiorizado aquello de Dios salve a los Estados Unidos de América.

Tal vez por todo lo anterior no entiendo, por tratarse de un ciudadano de la generación que ha visto como Europa sorteaba una y otra vez las barreras que le han salido en el camino, lo que José Manuel de Prada publicaba hace un par de semanas en ABC bajo el título apocalíptico de “El fin de Europa”.

“Si el señor no construye la casa, en vano trabajan los albañiles” invocaba el novelista recurriendo a un salmo para concluir que los acuerdos europeístas serán meros aspavientos y afirmar que es demente intentar construir paraísos en la Tierra mediante la acción política. “La Unión Europea- escribe el articulista- correrá el mismo destino que en su día corrió la Torre de Babel” .

Pero lo que ha hecho chirriar mis neuronas y ponerme al teclado, ha sido la invocación al cristianismo como panacea y la afirmación de que sólo la religión puede transponer fronteras “y actuar de amalgama entre los pueblos”.

Que me perdone de Prada, pero lo que dice suena a talibán, a jihadista, a cruzados y a Ricardo Corazón de León. La religión, sea la que sea - para quienes la vemos desde una distancia prudencial pero respetuosa- ni debe intervenir en los proyectos nacionales ni en los transnacionales. Que recen, se acerquen más a los débiles y remuevan conciencias, que no es poco.

Las ideas electrizantes –por la fuerza de la fe o de la superioridad sobre otros- son todo un peligro cuando son malvendidas o arteramente difundidas. Echen ustedes un vistazo si no al apunte de Francisco de Goya “Por descubrir el mobimiento (sic) de la tierra” ,dedicado a un Galileo encadenado a un enorme asiento de piedra, inmóvil, en el que el pintor aragonés denunciaba el enjuiciamiento del sabio, por los inquisidores, por haberse atrevido a discutir el modelo geocéntrico del Universo. O léanse ustedes “Historia de un Alemán” de Sebastián Haffner o “El Hereje” de Delibes, ya que representan buenos ejemplos de historias que suelen acabar envenenándolo todo y dejan además secuelas de amargura y siglos de rencor.

Por eso es bueno que los franceses dijeran hace dos años que no a la Constitución europea y fuera necesario bajar el listón de la unanimidad, de la misma manera que ahora se articularán vías de entendimiento para que españoles y polacos, portugueses y griegos, británicos y alemanes o italianos y holandeses, tengan más cosas en común que diferencias.

De momento, salvo la excepción imperial de la libra y el chelín, compartimos el mismo monedero, lo cual, no nos engañemos, une más que los credos de cualquiera de las religiones.

Incluso para dar limosnas.

Javier ZULOAGA

miércoles 2 de julio de 2008

LAS PUERTAS DEL CAMPO

¿De quién son las lenguas?, se pregunta el ex director del Instituto Cervantes, Fernando R. Lafuente y actualmente responsable de ABC de las Artes y las Letras, “Las lenguas pertecen a los hablantes, no a los gobiernos”, se responde a si mismo, antes de afirmar que el petróleo de la sociedad que habla español es precisamente la lengua.

Pues si quien así habla tuviera razón, el español o castellano andarían por las nubes, como el barril de petróleo Brent y los inversores en cultura hispánica estarían celebrando un éxito que, por lo que se refiere a España, es claramente inexistente.

La opinión de Lafuente, como las del Marqués de Tamarón y Jon Juaristi, anteriormente al frente también del Instituto Cervantes, todas ellas recogidas en el “link” de la primera línea, forma parte de la resaca por el Manifiesto por la Lengua Común que el pasado 23 de junio firmaron una veintena de intelectuales en el Ateneo de Madrid, pidiendo una tregua y árnica constitucional para el castellano o español, idioma de quienes hablan la segunda lengua internacional de Occidente, tras la inglesa.

Creo que ni los seguidores más fieles, ni los más críticos con los insurgentes firmantes de este manifiesto, pueden discrepar en un aspecto: en las crecientes razones para preocuparse por la situación institucional de la lengua castellana. Unos tal vez lo celebren y otros- yo entre ellos- fruncimos el ceño por el mal aspecto que está tomando el asunto.

Lo del matiz institucional es intencionado y lo dice todo sobre a quiénes apuntan los dedos de Fernando Savater, Carlos Martínez Gorriarán, Carmen Iglesias, Alvaro Pombo, entre otros, asistentes al acto de Madrid, a los que se han ido sumando mentes y plumas inquietas como la del peruano Vargas Llosa o ese catalán rebelde llamado Albert Boadella.

Contra esa laxitud silbante o beligerancia indisimulada de algunas instituciones públicas en contra del castellano, los firmantes piden a nuestros legisladores que abunden aún más en lo que la Constitución ya dice de la lengua española. Su artículo tercero está cada día más arrinconado, empolvado por la acumulación de vulneraciones constantes, por el descrédito provocado por la inhibición de nuestros políticos y, en no pocas ocasiones, por la ofensiva rechifla de quienes hicieron, tiempo atrás, de su lengua vernácula una bandera de casi todas sus libertades.

Insisto en lo de institucional de nuevo, porque otra cosa es lo que ocurre en la calle, en donde, por lo general, la gente corriente se complica poco la vida intentando torcer el curso natural de las cosas.

“El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla”, dice nuestra Primera Ley, con una claridad que hace innecesarias reformas constitucionales, ya que si no es suficiente con esa frase, tampoco lo será con otra más pulida.

En todo caso y desde mi poco conocimiento del mundo de las leyes –mejor que opinen los Abogados del Estado que para eso les pagamos- podría bastar una Ley Orgánica en las Cortes que marcase el camino, a las autonomías bilingües, para aplicar ese derecho y ese deber que todos los españoles tenemos.

Pero, desde una visión mucho más sencilla, yo creo que lo que falta en este problema es voluntad y sobran frivolidad y malicia políticas.

España es España, en buena medida, por la potencia de su lengua -como lo han sido el inglés y el francés del imperio británico o la Francia imperial- y por ello no debe extrañarnos que la búsqueda de su debilidad haya sido constante entre quienes quieren alejarse, cuando no segregarse, del Estado al que pertenecen.

Lo han hecho discretamente al poco de renacer nuestra democracia y descarada y groseramente veinticinco años más tarde. Son los quintacolumnistas de la cultura, los que quieren hacer prevalecer y no compartir, sus señas de identidad lingüística, aplastando para ello a la que frente a su gran fuerza, no caben más armas que la coacción, la disuasión o directamente la exclusión.

En poco menos de un mes se han abiertos dos nuevos frentes lingüísticos: el vasco, que hará pasar por el cedazo del euskera como lengua vehicular a todos los chavales y chavalas en edad escolar, lo quieran o no sus padres, y la decisión del Consejo Interuniversitario de Cataluña, al que pertenece la Conselleria de Innovación y Universidades, para que los profesores que ejerzan la docencia en las Facultades y Escuelas Universitarias de Cataluña, tengan acreditado el nivel C de catalán, el más alto.

La UAB, (Universidad Autónoma de Barcelona) ha discrepado públicamente y merece la pena leer despacio lo que su vicerrectora, María Dolors Riba, ha dicho en torno a la medida. “Las universidades deben elegir a los profesores en función de su talento y si exigimos el catalán como requisito para concursar a una plaza, estamos reduciendo el universo de profesores con talento que estarán dispuestos a venir”. Que la UAB, emblemática por su histórica defensa del catalán, haya reaccionado de esta manera, es un soplo optimista de sentido común y de dignidad. La tormenta desatada se ha convertido finalmente en algo reconfortante, aunque sea de forma pasajera.

Se quiere descastellanizar a los niños y catalanizar el saber de los profesores universitarios de Cataluña, aunque para ello haya que bajar el listón de la competencia. Con esta fórmula magistral realizada en la rebotica de la política, no puede haber más resultado que la pobreza cultural y el empequeñecimiento intelectual. "¡Qué bien, cada día somos más pequeños!"

No me valen, por ser un simple sucedáneo sin base cultural e histórica, las alusiones a que más vale un buen inglés como gran alternativa, de quienes quieren desdibujar la importancia que deben tener el catalán y el euskera para los castellanoparlantes que conviven en un mundo bilingüe , ni tampoco para descontextualizar, a la baja, la gravedad de la discriminación creciente que padece, precisamente en España, el castellano.

El mundo del saber no debe tener barreras ni puertas, ya que es un campo de horizontes generosos. La curiosidad de los investigadores, la audacia de los grandes arquitectos y la imaginación desbordante de los grandes pensadores y novelistas, no tiene ningún idioma en concreto. Cada uno debe expresarse en sus líneas, en sus obras de arte o en la formulación de nuevos elementos, en el idioma que elija libremente.

No en el que impongan burócratas que quieren crecer recortando la estatura de los demás.

Javier Zuloaga

miércoles 25 de junio de 2008

EL MUNDO Y LOS TIRANOS

Si existiera una estadística para medir el peso histórico de las tiranías en el mundo, nos sorprenderíamos del poco espacio que han ocupado las democracias. Los países de la tierra se han regido más a golpe de discrecionalidades personales, de crueldades impunes y de atmósferas de amenaza, que no por la toma de decisiones que se sustentaran en la voluntad de los ciudadanos.

Vivimos en un mundo que sabe muy bien lo que es la obediencia ciega y en donde el concepto de Estado Moderno, ese regalo que nos hicieron los franceses, se ha ido extendiendo en diferente medida: más en los países prósperos y con mayor índice cultural y menos en aquellos con desarrollos sociales menores.

Y sólo así se explica uno lo que está ocurriendo en lugares como Zimbabwe
o en la antigua colonia española de Guinea Ecuatorial, cuyos tiranos y sus fechorías aparecen fugazmente en las planas de los diarios, pero desaparecen rápidamente desplazadas por problemas más trascendentales en el acertadamente llamado Escenario Internacional. Es decir, esa pasarela en la quienes realmente toman decisiones en el mundo deciden quien ha de desfilar cada día y quien ha de de dejar de hacerlo.

Es curioso acercarse a Wikipedia y mirar qué es lo que se dice de estos parajes. En Zimbabwe se cultiva un tercio de tierra para la producción de tabaco en relación a la dedicada hace 8 años, la mitad en el caso de la soja y un 50% menos en el del maiz. Un dólar americano equivale a 30 millones de dólares zimbabwenses y la inflación ya ha superado el 100.000% anual. Es un país mal emancipado de Inglaterra y así les ha lucido el pelo, especialmente desde que la expulsión del hombre blanco se convirtió en una bandera de negritud y paralelamente en un estandarte de la penuria y el hambre.

Al frente de su país y desde 1980, se encuentra Robert Mugabe, un jefe de Estado que se pasea por cuantas cumbres internacionales le dejan pasar para poder así legitimarse fuera de las fronteras de su país, porque dentro de ellas ya se encarga él mismo de hacerlo por la vía expeditiva de la violencia y su hermano menor el miedo.

Ha perdido en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de su país frente al opositor Morgan Tsvangirai y todo hace suponer que no habrá más candidatos que Mugabe tras la sabia decisión de su contrincante de salvar el pellejo. Tsvangirai está refugiado en la embajada holandesa en Harare y cabe suponer que encontrará finalmente acomodo en alguno de los países en los que, de una u otra manera, se piensa que no es grave que en Zimbabwe hayan muerto 86 personas durante la segunda campaña, 10.000 hayan resultado heridas y 200.000 desplazadas de sus hogares para que lo de votar resulte algo más difícil.

¿Tendrá esta pachorra del mundo libre algo que ver con el hecho de que Zimbabwe es el segundo productor del mundo de cromo, un 11% del total mundial?

El cromo, es un metal utilizado en las llamadas "superaleaciones", para la fabricación de componentes de los motores de combustión interna, con alta resistencia a la corrosión. Es decir, es una perla que la industria occidental del motor mira con mayor interés que a los problemas sociales, a la falta de libertades y las impunidades que su tirano comete sin que se le presione como se hizo con los serbios o en la diminuta Haití.

Podría ocurrir incluso que, como en Chad, Occidente, en este caso Francia, acabe enviando tropas para proteger a Idriss Déby, que gobierna, decide y firma concesiones sobre las grandes bolsas de petróleo de su subsuelo.

Las riquezas naturales de los países africanos, esas mismas que sobre el papel hacen que los pueblos sean más afortunados, han acabado convirtiéndose en la carta de garantía de los tiranos y sus más fieles, sin que a ninguno de ellos les tiemble el pulso para mantener a su pueblo en la pobreza y el sometimiento. Pero sobre todo sin que se interrumpan los canales de exportación de unas materias primas que Occidente ve llegar sin interesarse éticamente por su origen.

En España tampoco nos libramos. Ahí tenemos Guinea Ecuatorial, bajo el bastón presidencial de Teodoro Obiang Ngema . Es una de las primeras reservas petrolíferas del mundo en términos relativos –exporta más barriles ”per capita” que Kuwait- y las multinacionales pelean por estar cuanto más cerca del dictador.

España, como ocurrió en el Sahara, tiene una mancha en su papel como metrópoli y en el caso de Guinea, no se ha actuado bajo los principios de democracia y solidaridad con que nos llenamos los pulmones cuando hablamos en abstracto o nos referimos únicamente al mundo civilizado.
Por el petróleo, la renta “per cápita” guineana ha aumentado espectacularmente, aunque no su reparto, que va a parar a las compañías mineras, principalmente norteamericanas y francesas y a la familia Ngema. La mayoría de los ciudadanos de Guinea Ecuatorial viven bajo umbrales de miseria y la asistencia médica es insuficiente y en no pocos parajes del país inexistente.

El presidente se pasea por donde quiere, viaja hasta Madrid y duerme en el Palacio en el que vivía Franco y además mejoramos nuestras relaciones con él poniendo trabas a los opositores que malviven en España esperando volver algún día a su país.

¿No será que el mundo más avanzado lo ha hecho tanto, que tiene más de todo, incluso una moral con dos caras?, ¿No será el dinero la explicación a la perversidad que duerme bajo eso que llamamos la complejidad africana?.

Aunque parezca un contraste, el asunto puede guardar relación con lo que dijo el pasado domingo el Rey Abdullah de Arabia Saudita en torno al aumento desbocado del precio del petróleo. El monarca recordaba a en la cumbre de la Energía celebrada en Yedda que su país ha aumentado su producción mensual en 500.000 barriles mensuales para atemperar a los mercados y denunciaba, sin ambages, que los culpables de lo que nos pasa con la gasolina son los especuladores, el consumo feroz de las economías emergentes y los impuestos adicionales con que los países de Occidente aumentan sus ingresos fiscales gracias a la crisis que tanto les afecta.

¿Quiénes son los tiranos?

Javier Zuloaga

miércoles 18 de junio de 2008

¿ESTÁ NACIENDO UNA NUEVA SOCIEDAD?

La periodista catalana Ariadna Trillas explicaba el pasado viernes en “El País”, la gran perplejidad que está produciendo en el Viejo Continente –ese que fue escenario de las grandes conquistas sociales de la clase trabajadora, que cambiaron sistemas políticos y echaron abajo a más de un gobierno- como consecuencia de las contradicciones sobre la dedicación laboral.

En concreto, las múltiples proclamas sobre la necesidad de que el profesional pueda encontrar el equilibrio para ser también persona, la manida conciliación familia-trabajo, casi al tiempo de conocerse la muy posible ruptura de los moldes horarios de las 40 horas semanales como consecuencia de la competencia global. Este último asunto ronda por el Parlamento Europeo y aunque con matices, apunta a que mucho están cambiando, o van a cambiar, las cosas.

Hace 90 años, recuerda ahora la periodista, la OIT (Organización Internacional de Trabajo) estableció las 48 horas semanales como frontera digna para el trabajador y esa misma organización ha venido poniendo el dedo en la llaga de las secuelas del estrés y el deterioro general de la salud por un trabajo desproporcionado.

El reportaje coincidía en el tiempo con el sabotaje –creo que es más correcto llamarlo así- de los transportistas españolas con una huelga que aplastaba, una vez más, la libertad de quienes no querían secundarla.

Al hilo del desabastecimiento de mercados y fábricas, han llegado después los recortes parciales de plantillas y el desbocamiento de los precios por la escasez y la muy hispana especulación. Todo ello en un marco, eso sí, de grandes libertades y no menores desamparos de los ciudadanos corrientes.

¿Qué está pasando?, me he preguntado al ver que, como si de un guión se tratara, se ha metido presión simultánea a la inmigración y hasta la misma España, reacia ante la contundencia expeditiva de franceses e italianos, ha comenzado a hablar con la boca más pequeña.

Celestino Corbacho, tal vez el ministro políticamente menos correcto pero más claro al hablar, anunciaba el viernes hasta donde va a abrir España sus puertas a los que vienen a quedarse. A saber: los inmigrantes no tendrán el derecho a traer a sus padres, los menores entre 16 y 18 años deberán tener una oferta previa de trabajo y se establecerán unas fechas concretas para la llegada de menores en edad escolar.

Se estrecha el cerco y el paro amenaza más a los trabajadores menos cualificados, buena parte de ellos inmigrantes que llegaron con el aluvión que vino para poner un ladrillo encima de otro y ahora, según hemos leído y oído estos días, comienzan a padecer El Mal de Ulises que es, en jerga abreviada y simbólica, como se denomina a lo que médicamente es el Síndrome del Emigrante con Estrés Crónico. Soledad, separación forzada de los seres queridos, fracaso del proyecto migratorio, lucha por la supervivencia y el miedo físico y psíquico a la detención o expulsión, están en el origen de esta enfermedad mental que sólo la sanidad catalana calcula en más de 200.000 casos pero que, con toda seguridad, serán muchos más.

Lo habitual ante los problemas suele ser buscar culpables, pero parece más justo y sobre todo más útil retroceder a los orígenes y luego mirar al horizonte del futuro. He acabado hace unos días el Master de la Sociedad de la Información y el Conocimiento en la Universidad Abierta de Cataluña, UOC, y una de las materias del segundo semestre ha sido precisamente “El Trabajo y las TIC,s” (Nuevas Tecnologías).

Como libro principal hemos tenido “El Trabajo Flexible” del profesor de la Universidad de Stanford, Martin Carnoy. Sostiene el autor que el mundo se está reconceptualizando y que la búsqueda general del mundo empresarial para reducir costes y ganar en productividad, se basa en la flexibilidad del trabajo y en la interconexión del trabajo en red, entre compañías o entre individuos/as.

Es decir, que la mano de obra oscilará en función de la demanda de bienes y servicios y el individuo o los emprendedores mejor preparados, lo que podríamos llamar materia gris de los procesos, ofrecerán o aceptará ofrecer sus servicios desde su pequeña empresa o desde su misma casa y en pijama.

Bastará a que esperen a que llamen a su puerta, aunque cuando lo hagan, deberá responder claramente porque, si no, pulsarán el timbre de la casa contigua. Es decir, que te dirán que vengas o que te vayas, porque el mercado es el mercado y te comprarán –pongamos un ejemplo- cien horas de tu tiempo y de tu conocimiento. Si esto va a ser así y lo de Carnoy y otros eruditos se cumple, el asunto va a traer mucha más cola de la que podemos imaginar.

¿No acabaremos buscando la forma de desconciliar la vida familiar y la profesional porque su coincidencia entre cuatro paredes se convertirá en algo pernicioso para la concordia de las familias?.

La sociedad está cambiando con pasos de gigante y me parece que no nos damos cuenta de ello. Casi mejor.

Javier Zuloaga

miércoles 11 de junio de 2008

LOS CAINITAS

Se ha dicho muchas veces que la política norteamericana tiene buenas dosis de espectáculo, que hay mucha puesta en escena, algo de show. Y esa forma de convertir en mucho más atractivas las cosas de los candidatos se ha trasladado a los europeos, especialmente a los españoles, que en sus campañas han demostrado que pueden superar la magia electrizante que nos llegó del otro lado del Atlántico, en la que se confabulan la música, la iluminación, los escenarios y las lluvias de confeti que buscan envolver los corazones de los votantes incondicionales, pero sobre todo llegar a millones de personas a través de las pantallas de los televisores.

La mercadotecnia política no existiría si la televisión no hubiera sido inventada, ni años más tarde las páginas web ofrecieran en directo el seguimiento de los mítines. El atrezzo, lo menos importante en una propuesta electoral, es muchas veces lo que más se cuida.

Pero como en Broadway, en los teatros de la Gran Vía de Madrid o en los del Paralelo y la calle Caspe en Barcelona, el telón acaba bajando y la vida vuelve a su estado normal, sin careta, trampa, ni cartón, o al menos eso pensaba yo. Los personajes se relajan y aparecen de nuevo las virtudes y las miserias que ya tenían antes de que se izara el telón electoral.

El pasado sábado el Partido Demócrata escenificó el encaje de la derrota de Hillary Clinton y de la llamada a la unión para que Barack Obama llegue a la Casa Blanca. La que fue primera dama proclamó el slogan del profesor de derecho por Illinois “¡Sí, podemos!” sin condiciones previas. La senadora por Nueva York ponía las cartas sobre la mesa de forma limpia, al margen de lo que su corazón sentía y de lo que las quinielas políticas han venido diciendo sobre un posible ticket, con ella como candidata a la vicepresidencia, que cuesta imaginar por las propuestas tan distintas de los dos personajes en los aspectos más importantes de la política y la falta de química personal que hay entre ellos.

Pero la escena se ha acabado y ahora el partido demócrata mira hacia adelante con tranquilidad, sin deterioros, cuidando su historia y su dignidad, ya que al fin y al cabo forman el activo más importante de las democracias más auténticas. Porque lo maduro es entender que los partidos ni siquiera pertenecen a sus militantes, sino que son patrimonio del Estado.

¿Nos parecemos en algo –me refiero a los españoles- a los demócratas británicos, norteamericanos y si me apuran a los alemanes de la postguerra?. ¿Cómo es el día después de un revés político en España?.

Hace un mes el Partido Laborista perdió la alcaldía de Londres. Boris Johnson, conservador, arrebató el bastión de la primera ciudad inglesa a Ken Linvingstone, con quien hizo un relevo de esplendorosa normalidad democrática, mientras los analistas comenzaban a extrapolar lo ocurrido a las próximas elecciones al Parlamento británico que enfrentarán a Gordon Brown con el conservador David Cameron.

Todo es normal, no pasa nada. No como aquí.

Asistimos ahora al penoso espectáculo de la resaca electoral en el Partido Popular, a una demostración de cainismo al mas puro estilo celtibérico que, nos guste o no, existe desde que nacimos, anteayer, como demócratas. Se tira a la yugular y desde la oscuridad, para derribar de la presidencia del partido a Mariano Rajoy, a quien todas las caras conocidas del PP rendían apoyo incondicional el día 12 de marzo, tras el triunfo de Rodríguez Zapatero. Era un prietaslasfilas en el que se agazaparon, como siempre, los oportunistas, los que no dan la cara.

Los Tomahawk llenos de vitriolo han volado hasta la calle Genova de Madrid sin remitente, con el único objetivo de acabar con el gallego. No hay una cara alternativa, otro a quien mirar, sólo pequeños amagos sin posibilidades. Pero sin embargo el ruido ha sido de estampida, tanto que uno no sabe si lo leído y escuchado en los medios era consecuencia de lo que está ocurriendo en el PP, o si lo que ocurre en el PP es en buena medida la expresión política de lo que se articula en los medios.

Van a por Rajoy , es algo en lo que, por sentido común, coinciden casi todos. Primero que se vaya y luego ya veremos es la intención que ronda en la cabeza de quienes rumian como arrasarlo todo para empezar de nuevo con el listón más bajo y dar así una talla que no tienen. Son los los indecisos.

Creo que los votantes del Partido Popular no se merecen tanto despropósito, ni el juego sucio de quienes no dan la cara, ni la falta de planificación, goteo de decisiones y desgaste con que Rajoy ha ido desgranando, agónicamente, la renovación de caras que el PP necesita. Una vez más, la derecha española –lo de derecha lo digo sin segundas intenciones, como concepto equidistante de la izquierda- se está autodestruyendo.

Pero no crea el lector que mi pesimismo es monocolor, aunque sí afecta en más ocasiones a la derecha, tal vez por su talante protagonista y porque entre sus dirigentes hay bastantes figurines que se quedaron en el penúltimo escalón.

Aún está en nuestra memoria el desgaste del candidato Josep Borrell, que antes de que tirara la toalla en la carrera para ser candidato socialista a La Moncloa, padecía el desgaste del primer grupo mediático español que le rebautizó, en su guiñol, con el nombre de jodio niño. Todo aquello, junto con sus malas amistades fiscales, le llevaron al olvido del Parlamento Europeo.

Y en los arhivos debe andar el hueco para la foto que nunca se hizo de Felipe Gonzalez recibiendo a Aznar en la puerta de la Moncloa, o la de este último haciendo otro tanto dando una bienvenida digna a su sucesor Rodríguez Zapatero.

Me consuela que toda esta cicatería ocurra casi siempre en la política y que en la vida normal, en el futbol por ejemplo –donde veinte individuos persiguen a un balón para echarlo todavía más lejos cuando consiguen alcanzarlo- aún se siga haciendo el pasillo al campeón. Menos es nada.

Javier Zuloaga

martes 3 de junio de 2008

¿SABES EN QUÉ MUNDO VIVES?

Como pregunta o como reproche, la frase que encabeza el artículo la hemos escuchado todos cuando nos íbamos haciendo gente madura, en esa adolescencia en la que llegas a la conclusión que tus mayores son unos simplones. Pero,¿ es que no se dan cuenta de nada? ha pasado por nuestras mentes cuando descubríamos lo que era la libertad, concepto que creíamos desconocido para quienes nos precedían y que vuelve inexorablemente a nuestros pensamientos cuando, pasado el tiempo y desde abajo, nos han ido empujando hacia la primera línea generacional por el paso de los años.

No, realmente no sabemos en que mundo vivimos. Ni en nuestra adolescencia ni en ese meridiano de la vida en el que dejamos de ser maduros y empezamos, a regañadientes, a ser un poco mayores. Ese es el momento en que mejor comprendemos lo que nos decían cuando descubríamos, exultantes, lo que era en realidad el mundo.

Situado ya en este lado del meridiano, he empezado a detenerme en cuestiones que antes despertaban mi atención escasamente . Hoy, sin ir más lejos, he leído el grito de auxilio del Secretario General de la ONU, en la cumbre de la FAO, sobre la crisis alimentaria que arrasa el mundo. Las cifras, pese a ser frías por si mismas, resultan sobrecogedoras. Ha dicho Ban Ki-moon que alrededor de 100 millones de personas están entrando en los umbrales de la hambruna, en los que les esperan 850 millones de humanos más que, desde hace tiempo, no tienen un acceso suficiente a los alimentos.

Cien millones de personas, un doce por ciento más de muertos de hambre sobre el censo global de desarrapados y apenas un 1,5% de la población mundial. Minucia porcentual, vergüenza del mundo avanzado. "No hay nada más degradante que el hambre, especialmente cuando es obra del hombre, puesto que alimenta el odio, la desintegración social, provoca mala salud y un retroceso económico”, ha sentenciado el Secretario General de la ONU, en un mundo que vive abrumado por muchas otras cosas, algunas importantes y otras bastante banales, frívolas e incluso insultantes para la sensibilidad de las personas que aún la mantienen.

El diario “El País” ha ido convirtiendo su segunda y tercera página en una suerte de espejo en el que seguramente no se detienen demasiados lectores, algunos porque han adquirido ese extraño hábito de comenzar a leer por la última página y otros porque los asuntos que en esas planas se exponen les quedan lejos. Ayer ofrecía una interesante información “La ONU reclama el fin del proteccionismo”, en la que el lector puede concluir en que a los hambrientos les han cerrado el paso para sobrevivir y que, a modo de ejemplo, un agricultor de Tanzania paga 55 tipos de impuestos para poder vender sus cosechas.

No hace mucho, la OMS hacía público en Ginebra que 2.700 millones de personas viven con menos de dos dólares diarios. Esas personas no tienen ni para comer, ni para comprar una medicina con la que elevar su esperanza de vida

Cuando, hace casi un año, comencé este “blog”, acababa de leer “El Corazón de las Tinieblas” de Josep Conrard, en cuyo prólogo, el peruano Vargas Llosa sitúa al lector en las monstruosidades de los belgas cuando hicieron del Congo una finca privada del Rey Leopoldo II “una indecencia humana” según el maestro peruano, que no dudaba en situar a aquel monarca en los niveles de inhumanidad de los grandes dictadores europeos, pese a que la sociedad de su tiempo le catapultó y condecoró como gran benefactor de los negros, mientras eran exterminados entre cinco y ocho millones de nativos.

Desde que en la Conferencia de Berlín, en 1884, los belgas, franceses, ingleses, alemanes,daneses, italianos y portugueses, entre otros, trazaron las líneas del reparto loco de África, Occidente no ha dado una puntada con hilo en la tela de aquellas tierras que ahora destacan principalmente por la hambruna. Por ello, hoy pasa lo que pasa, porque el Viejo Continente nunca estuvo en Africa con ánimos colonizadores sino para esquilmar, con óptica rapaz y casi zoológica, todo lo que se encontraba a su paso.

Y de todo esto nos acordamos cuando truena, o en el día del Domund, en el que la solidaridad de pasarela social aligeraba los monederos de las clases medias en España allá por los años sesenta. Pero ahora ya ni siquiera eso.

Tiene más relevancia e impacto la muerte de Yves Saint Laurent, que es importante sin duda alguna; o las trifulcas que enfrentan a Santi Santa María y Ferrán Adriá y que más de un medio ha llegado a decir que hace un daño irreparable al prestigio de la gastronomía. Nos ocupa más la polémica de si es, o no, comestible la metilcelulosa con la que el cocinero del Bulli envuelve sus misteriosos guisos y calienta hasta hacerlas arder las tarjetas de crédito de unos clientes que se pegan por pagar más y padecer listas de espera más largas que las de la Seguridad Social.


Javier Zuloaga

miércoles 28 de mayo de 2008

EL BOTIJO

Las disputas por los lindes de las propiedades y los desacuerdos en el reparto de los caudales de las aguas han sido origen de litigios desde que existe la justicia y causa de no pocos crímenes que han ocupado espacios de relieve en las crónicas periodísticas, aunque mucho menor que otros en los que se cruzaban la pasión y el dinero, dos de los grandes detonantes de la criminología española y de otros parajes.

La posesión de la tierra daba poder; los terratenientes eran los que mandaban y el gobierno de las aguas que bajaban por los cauces, inclinaba el fiel que marcaba el valor de los campos. Hoy viene a ser lo mismo, aunque los terratenientes no han de tener necesariamente cara y ojos y la propiedad de las cosas tenga titulares jurídicos mucho más sofisticados, una sociedad anónima o un fondo soberano, no sabiéndose al final quien es quien en la tela de araña de la posesión de los bienes.

Cuando era un chaval, entraba a los bares de un pueblo de la sierra de Segovia a pedir un vaso de agua, que el tabernero siempre me daba después de dejarla correr un poco y a cambio del cual sólo recibía mi agradecimiento. Aquello, tan insignificante, me viene al cabo de los años a la cabeza como la demostración de que el agua, que nace en un manantial y acaba en el mar, no tiene, o no debe, tener dueños. Ocurría lo mismo cuando ibas a las eras a ver trillar el trigo y el labriego te dejaba echar un trago del botijo y no había hombre o mujer de campo que te torcieran el gesto el verte llenar la cantimplora en el reguero de agua que pasaba por su propiedad.

No hace muchas semanas, al escribir El hambre multinacional, contaba de que manera las materias primas han ganado en rango, se han hecho mayores, convertido en fuente de riqueza y por ello en objeto de deseo de quienes viven para crear riqueza, cosa distinta a distribuirla. Así, la harina con la que los italianos y los gallegos han cocinado durante siglos sus pizzas y sus empanadas para llenar el estómago por pocas monedas, ha disparado la inflación del mundo entero porque lo que se cultiva en el campo tiene un poder energético que mueve motores de la misma manera que lo hace la gasolina.

Los biocombustibles, la prosperidad y el avance tecnológico, se están quedando con el sustento de los más pobres, que acabarán buscando entre las piedras y los rastrojos, como las cabras que sobreviven entre los peñascos.

Crecí convencido de que el agua era de todos y que había que meter la mano en el bolsillo para pagar refrescos, una cerveza, un vaso de vino y una botella de agua de Vichy porque la de las fuentes no salía con burbujas ni estaba bicarbonatada. Los años me enseñaron que el agua de Solares comenzaba a venderse fuera de las farmacias y mi condición de consumidor en supermercados me iba diciendo que aquello del agua daba dinero.

Pero la verdad es que no pensaba que era para tanto hasta que leí en “El País” un interesante reportaje titulado Agua Mineral al precio de la gasolina. El agua, escribe el periodista Carlos Gómez, es la segunda o tercera mercancía que más dinero mueve en el mundo, junto con el petróleo o el café; los mejores restaurantes del Planeta tiene carta de aguas, se pagan precios de oro por botellas traídas de la Patagonia o el monte Fuji y el esnobismo ha puesto en bandeja la aparición de una nueva profesión, la de catador de aguas, le somelier de l´eau.

Y como ahí había dinero, resulta difícil encontrar hoy a empresas familiares que embotellan aguas realmente minerales, ya que las multinacionales y gigantes que fabrican yogures, colas, leche y chocolate, se han convertido en los aguadores del siglo XXI, émulos de esos que en Marraquech cobran un dirham por dejarse fotografiar con turistas deslumbrados por los viejos modos de vestir que han sobrevivido al paso del tiempo.

Pero la codicia, o simplemente la jeta, pasan a veces factura. Y si no que se lo digan a Coca-Cola, que acabó reconociendo a las autoridades británicas, hace cuatro años, que sus botellas de agua mineral no eran más que agua de la cañería, la misma que podían beber los ciudadanos abriendo el grifo. Lo grave es que el asunto seguiría pasando inadvertido de no haber ocurrido que las botellas de la multinacional contenían exactamente los mismos excesos de bromatos que circulaban por la red pública..

El reportaje, les recomiendo que lo lean, no tiene desperdicio y seguro que se detienen, como lo he hecho yo, en el hecho de que un vaso de agua embotellada estándar vale mil veces más que el que puede llenar en el grifo de su cocina.

Y hasta aquí quería llegar yo, a nuestra agua, que siembra en la vida política tantas discordias como beneficios genera en la actividad mercantil.

En Cataluña no para de llover desde hace un par de semanas y la iglesia emergida del embalse de Sau ha dejado de ser el símbolo –ya cubierta por las aguas- de la maldición que pesaba sobre quienes vivimos aquí y veíamos como amarilleaban los céspedes y languidecían las plantas urbanas, al tiempo que el agua enfrentaba a provincias de la propia Cataluña y levantaba ampollas en otras comunidades autónomas de la cuenca del Ebro.

El transvase , el minitransvase, la conducción que por decreto de emergencia se aprobó para garantizar el agua de los barceloneses, parece que quedará pronto en un recuerdo y los más optimistas apuestan para que se construya la tubería –expropiaciones, construcción y mantenimiento- por si fuera necesaria en un futuro, ya sea de Tarragona a Barcelona o viceversa. Aunque, eso si, pagada de los bolsillos de la propia Generalitat, es decir, de quienes pagamos aquí nuestros impuestos.

Es un parche que no cierra el problema más importante que tiene España desde la pertinaz sequía a la que en tiempos de Franco se le atribuían buena parte de los males que nos afectaban, tuvieran que ver, o no, con el agua.

Dicen los gurús del management que los buenos directivos son aquellos que saben convertir un problema en una gran oportunidad y si esto es cierto, no tiene el Gobierno de Rodríguez Zapatero mejor oportunidad para abordar el problema del agua en su globalidad.

Si el PP de Mariano Rajoy de hoy, en el que los principios comparten espacio con el pragmatismo, está dispuesto a trabajar, codo con codo, con el socialismo en cuestiones hasta ahora tan imposibles como el terrorismo Etarra, ¿no podría hacerse otro tanto con el agua?.

Los dos partidos ocupan la práctica totalidad de los escaños en el Congreso y tienen la fuerza necesaria para legislar, a favor de todos, con imaginación para hacer llegar el agua a todos los rincones e imponer un uso racional y moderno de nuestros recursos hídricos. Tienen cuatro años para zanjar un asunto que se nos ha podrido en las manos y aprobar una buena Ley del Agua.

Javier Zuloaga

miércoles 21 de mayo de 2008

UN PAÍS IMPOPULAR

Estados Unidos tiene en la vida real, como en el cine, una presencia avasalladora. Creo que en esto coinciden los defensores y los detractores de Norteamérica, un país al que, nos guste o no, los europeos le debemos la libertad, imposible sin su participación en el gran desembarco de Normandía en 1944, clave para el final del nazismo.

Puede que aquellas gestas grandiosas que los de la generación del 50 escuchábamos y la visita a Madrid del general y después presidente Einsenhower para acordar con Franco las bases de Morón, Torrejón y Zaragoza, hicieron que naciera una suerte de admiración general hacia lo que ocurría al otro lado del Atlántico, desde Nuevo Méjico a Massachussets. América era popular y caía bien. Por agradecimiento y porque fueron apareciendo personajes que se rodeaban de halos casi míticos y sobre todo exportables al Viejo ContineNte.

USA daba para todos los gustos, Bob Dylan, Joan Baéz, Gary Cooper, Elvis Presley, Marilyn Monroe son algunos nombres que aún alimentan a los nostálgicos y John Kennedy y Ronald Reagan auparon sentimientos patrióticos aunque con matices bien distintos. Son sólo algunos ejemplos, porque la lista podría ser mucho más larga y con tantas variantes como lectores, incluyendo la marcha de Charles Chaplin a Inglaterra, perseguido por los seguidores del senador McCarthy, que le consideraban un "rojo".

Los politólogos recurren a los índices de popularidad a pesar de su vulnerabilidad en la proyección electoral, ya que los votantes lo que buscan en ocasiones es al candidato más bronco, con menos manías a la hora de atajar los grandes problemas con medidas efectivas aunque sean impopulares. Cuentan que en el caso francés fue precisamente con el índice de popularidad más alto que se recuerda, el de Valery Giscard d´Estaign, cuando el socialismo llegó al palacio del Eliseo de la mano de Francois Mitterrand.

Pero en Estados Unidos ahora todo es más complejo y deliberadamente misterioso, dando la impresión al pagano en estas cuestiones de que una cosa es lo que circula por la superficie y otra lo que cuece en las bodegas del poder real, ese que no tiene cara.

Hace pocos días George Bush, en su último viaje a Israel con motivo de su 60 aniversario como estado, no tuvo empacho de entrar en la campaña de las presidenciales que le harán pasar a la reserva de la historia en el capítulo que le corresponda. Dijo lisa y llanamente, en su calidad de Presidente y ante su par hebreo, que Barack Obama tiene una actitud ingenua frente al terrorismo y que por ello ofrece poca fiabilidad para la seguridad de Israel.El mensaje era a los politicos que allí estaban y a los lobbyes judios que imponen su orden en no pocas cuestiones trascendentales de la vida norteamericana.

No habían pasado dos días cuando podíamos leer a Mario Vargas Llosa en “El País”, en un artículo en el que el peruano no podía ocultar su inquietud ante el trauma sociológico que el ascenso del candidato de color y profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Illinois, Barack Obama, está suponiendo para el conjunto de la sociedad norteamericana. "Obama en los infiernos", así se titula el artículo, recordaba cómo Hillary Clinton invocó su condición de “blanca” para atraer a los electores de Virginia Occidental, de mayoría blanca, en donde la candidata arrolló a pesar de las críticas del New York Times hacia la candidata por su sutil y destructivo racismo.

¿Conseguirá Obama enfrentar exitosamente las guerras sucias lanzadas contra él?, se preguntaba Vargas Llosa, que cerraba su magnífico artículo con más deseo que convicción al escribir que espera que “Por una vez, que el idealismo y los principios derroten a las maniobras de los políticos” . Realmente, el índice de popularidad, tal vez sea mejor hablar de confianza en el conjunto de un país, los Estados Unidos, no está pasando por sus mejores momentos.

Hace un par de semanas fui al cine a ver la película "Expediente Anwar", en la que se describe con crudeza como funcionan las cloacas de la seguridad norteamericana. Con un papel de notable y gélida crueldad de Meryl Streep, al argumento presenta el drama de Anwar El-Ibrahimi, un ingeniero químico egipcio-americano cuya familia emigró a Estados Unidos cuando él era un niño y que sospechoso de participar en un atentado, es torturado hasta hacerle confesar quienes eran los compinches –da los nombres de varios futbolistas para librarse del dolor- en una trama en la que nunca había participado.

Si, es cine, pero tanto como podrían ser las dos noticias que publicaba el New York Times los pasados 13 y 14 de mayo y que ilustran bien de qué manera la realidad iguala o supera a la ficción sin necesidad de pasar por la taquilla. Domenico Salerno, un joven italiano perdidamente enamorado de la americana Caitlin Cooper, a la que conoció en un supermercado de Roma, despertó las sospechas de los aduaneros del aeropuerto de Washington por sus numerosos viajes y le rechazaron la entrada… y la salida cuando dijo que lo que quería a volver a su casa. Resultados: diez días, sin cargos, en la prisión de Virginia.

Casi el tiempo aparecían publicadas las pesadillas de estudiantes del MIT
(Massachussets Institute of Technologies) de Boston, que tras gestionar la renovación de su carta de identidad, habían recibido una lacónica carta en la que se decía "I have determined that you pose a security threat” (He descubierto que usted plantea una amenaza para la seguridad).

Hubo excusas públicas, pero como bien indicaba una de las afectadas, esas dos palabras amenazantes “security threat”, están ahora en los poderosos sistemas de seguridad informática de los Estados Unidos.

Aunque yo no he llegado a esos niveles, lo cierto es que acabo de tener una experiencia que no tiene desperdicio. El milagro de Google, por el que siempre sentiré un agradecimiento infinito, me llevó a saber que la policía nacional de Colombia anda tras un tal Francisco Javier Zuluaga, alias "Gordo Lindo", cuya extradición ha sido solicitada por el gobierno de los Estados Unidos.

“Gordo Lindo”, que casi se llama como yo (Soy Francisco Javier Zuloaga y no Francisco Javier Zuluaga) está acusado de ser el organizador de envíos de alijos de cocaína desde Colombia hacia México junto con unos tales Rebellón, Villafane y Alejandro Bernal Madrigal, los tres narcotraficantes confesos.

El asunto no tendría mayor relevancia a no ser porque tenía proyectado acompañar a mi mujer a Boston el próximo septiembre. Hablé con gente que entiende de asuntos policiales, fui atendido excelentemente en el Consulado de EE.UU. en Barcelona y en la embajada en Madrid me dieron la larga lista de documentos para obtener un visado que, sin embargo, no haría imposible la humana confusión de un aduanero que no leyera toda y cada una de las letras de mi primer apellido y viera que yo no soy “Gordo Lindo”.

No viajaré porque el miedo es libre, pero mi historia, la película de Meryl Streep y los recortes del New York Times me ha llevado a preguntarme por el índice de impopularidad de un país en su conjunto –que desde luego no se lo merece- por una política que asusta al mundo libre.

Que se lo hagan mirar, pero me da la impresión de que no les preocupa demasiado.

Javier Zuloaga

miércoles 14 de mayo de 2008

LOS INDECISOS

No se equivocan porque no deciden casi nunca, pero son capaces de trepar silenciosamente por la vida hasta llegar a la relevancia personal, profesional o política. Tienen las cervicales cascadas de tanto asentir a todo lo que viene del jefe, ya sea acertado o una simple insignificancia. Son diestros en el manejo del silencio circunstancial, en girar la cabeza hacia otro lado para no ver lo que ocurre. No se mojan para que la raya de su pantalón profesional esté siempre bien planchada y actúan al unísono, porque suelen ir por la vida agrupados, para ser siempre mayoría sobre los emprendedores, especie más escasa.

No me refiero a quienes, en un momento dado, no saben por que opción inclinarse. Si por la papeleta de la derecha o por la de la izquierda, o si en una partida de mus envidar de farol, o darle el pase a una mala mano.

Hablo de esa especie que ha ido creciendo a la sombra del conformismo, eludiendo el miedo ante el error y que, a fuerza de convertirse en habitual, amenazan el nivel de competencia profesional, e incluso el de la dignidad personal. Hablo de aquellos que han convertido aquel dolce far niente que los italianos inventaron para descansar de verdad, en una forma simplona , pero segura, de actuar en la vida. Me refiero a los indecisos que se apalancan y que cierran el paso a quienes tienen la osadía de tener ideas, asomar la cabeza o levantar el dedo.

No, no se trata de generalizar sino de poner el dedo en la llaga de una de las amenazas que más planea sobre el ingenio y la personalidad, la de la vulgaridad intrusa vestida de marca de distinción social, la que sólo está al alcance de unos pocos, esa que cuando se rasca un poco deja al descubierto grandes desnudeces.

Hay mucho cuento aparente y poca profundidad en las actitudes. Cuentan que Martin Luther King dijo “Da el primer paso. No necesitas ver toda la escalera, sólo da el primer paso”, poco antes de caer asesinado en la tierra de Elvis Presley, casi al tiempo que los estudiantes franceses se lanzaran a la calle porque sabían que el poder de De Gaulle languidecía en su propia soberbia.

La reflexión del pastor norteamericano me ha llevado a pensar que la vida está llena de peldaños, que hemos de subir o desistir de hacerlo y que, en ocasiones, algunos cobran tanta altura que producen vértigo. Son esos pasos que hay que dar en decisiones que dejan huella en la vida.

El asunto tiene su riesgo, porque de la ausencia o de la toma de decisiones puede depender el éxito o el fracaso personal, o no poder olvidar aquel momento en que pudiste dar un buen golpe de timón a tu propia vida, lo cual no sé si en el fondo es aún peor.

El pasado domingo, el dominical de “El País” dedicaba uno de sus reportajes al complejo mundo de la indecisión. “Cómo cambiar sin sentir vértigo”, de cuya lectura yo saqué en limpio que debe ser natural ese respeto por las grandes alturas, pero que tal vez sea peor desear un cambio y no disponer de los medios, o del arrojo, para lograrlo.

Pero volviendo a nuestra vida más rutinaria, al día a día de la profesión, siento que a los indecisos se les está acabando la bicoca, que podrá perdurar más en las pequeñas empresas, pero que es ya impensable en las grandes organizaciones. Recuerdo, no han pasado muchos años, cuando en la gestión empresarial comenzó a hablarse de la estructura horizontal, una idea que explica que sólo desde una delegación auténtica de responsabilidades, dando por derribada la pirámide de la vieja jerarquía, se consigue que una gran empresa funcione.

No habíamos digerido aquella nueva manera de ver las cosas –hubo quienes nunca pudieron superar la caída de la pirámide- cuando vimos que los imprescindibles lo eran cada vez menos y que lo que un departamento clave venía haciendo desde tiempos inmemoriales, tenía una alternativa en una empresa externa, a costo menor y que no era mala idea despedirse de la silla de trabajo al marchar de vacaciones, no fuera a ser que aquel día fuera el final de una larga amistad.

El outsourcing y las consultorías externas pusieron en cuestión –y acertaron- que las cosas funcionan en gran medida por si solas y que las empresas más añejas necesitan sacudir sus alfombras en el balcón de la modernidad. Y cuando así lo hacen, los ácaros arrastran en su camino a quienes funcionan de acuerdo con otras frases de “El País” del domingo que decía “Quien hace siempre lo mismo difícilmente obtendrá un resultado diferente” o “Y llegó el día en el que el riesgo que corría por permanecer dentro del capullo era más doloroso que el que corría por florecer” .

Son pensamientos que valen para la vida en su conjunto, la personal y la profesional y que admiten ajustes según quien reflexione sobre ellos. Cambiar o quedarse quieto es, en todo caso, el denominador común.

Cuentan de fumadores de más de ochenta años que han sacado un habano del cajón cuando sabían que pocas maldades les podía producir ya la nicotina y riojanos que han hecho traer una botella de su mejor cosecha de vino cuando tenían el hígado más que amortizado. Al escuchar estas anécdotas he pensado que tal vez eran alegatos casi póstumos, aunque absurdos, de decisiones nunca tomadas.

Pero al margen de los casos extremos y anecdóticos, puede que sea peor una vida sin peldaños, que subir por los de esa escalera con la que Martin Luther King proponía seguir adelante en la vida...aunque imagino que recomendaba hacerlo bien agarrado a la barandilla.

Javier Zuloaga

miércoles 7 de mayo de 2008

EL TRIGO LIMPIO

Aquí no hay trigo limpio, o como los catalanes dicen, no n´hi ha un pam de net. Son frases que expresan el desencanto y la desconfianza que, en bastantes ocasiones, provocan algunas cosas de la vida, especialmente la política. Suelen ser la antesala del pasotismo ciudadano, del desentendimiento respecto a una clase en la que no se acaba de confiar y que en no pocos países ha acabado abonando la tierra para el descrédito final de la democracia y la aparición de peligrosos mesías que irradian la fe ciega entre las multitudes. Quede tranquilo el lector porque no es este nuestro caso.

Si. Hablo de la corrupción y sus hermanas mayores y menores. De la tiniebla de los grandes intereses que se esconden tras las iniciativas políticas, de los Padrinos de carne y hueso, que nada tienen que ver con Brando y de Niro, y que no tienen signos distintivos porque su fuerza radica, precisamente, en confundirse con la gente corriente.

Pero no descubro nada porque la intriga ya corría a sus anchas entre los clásicos griegos, romanos, en la Edad Media y en los conciliábulos palaciegos y vaticanos de los Borgia. Puede que todos aquellos escenarios, aunque más novelescos, sean el origen de la corrupción, del trigo que no es limpio, del no n´hi un pam de net y bien podrían considerarse como semilla de la corrupción moderna.

Hay noticias que hacen pensar, como la que está a pie de este párrafo. Apareció en la prensa del martes. “El País” publicaba: Los donativos a Unió cayeron un 95% tras perder CiU la Generalitat.

Los castizos suelen decir, para ilustrar la dimensión de algo sorprendente, que “El asunto tiene bemoles” y lo cierto es que lo de la caída vertiginosa de las donaciones a Unió los tiene. Y no tanto por la formación política y sus mecanismos internos de financiación, que ya han hecho correr muchas líneas periodísticas, sino por los paganos, los que han ido poniendo en el cepillo de los democristianos catalanes sus voluntarias donaciones y cuando ha llegado un cordobés socialista a la Generalitat se les han pasado súbitamente los arrebatos de generosidad hacia el partido que fundó Carrasco y Formiguera y que mantiene vivo el batallador Duran i Lleida.

¿Se lo habrán guardado para pagar algún agujero o habrán tomado otra dirección ideológica ahora más conveniente por el cambio de escenario político en Cataluña?.

Recuerdo que cuando el Duque de Suárez y los cuatro o cinco incondicionales que aún seguían creyendo en que el CDS era una opción de futuro y tuvo que liquidar como pudo el invento que se sacó de la manga, comenzó a hablarse de la necesidad de regular legalmente la financiación de los partidos políticos.

Hasta hoy…casi treinta años y la asignatura sigue en las telarañas de la vida parlamentaria. En la oposición o en el Gobierno, lo cierto es que nadie quiere meterle mano al asunto y sus razones de peso deben de tener todos para justificar esa llana quietud.

Pero esos males crónicos también sirven para hacer un buen reportaje o para abrir un informativo un día de sequía informativa. Anoche, Iñaki Gabilondo se rasgaba trágicamente las vestiduras ante las cámaras de la Cuatro para dar color a la noticia de que el Consejo General del Poder Judicial calculaba en 280.000 las sentencias penales pendientes de ejecutar.

Como si fuera algo nuevo, o como si nadie estuviera enterado de que la Justicia es el gran tema pendiente de una administración que será electrónica por ley –por bemoles- ya que las pasadas Cortes así lo decidieron en votación solemne, al tiempo que los legajos crecían y crecían en los pasillos de los juzgados españoles, esperando que llegara la Sociedad de la Información para solucionar su desespero.

Recuerdo un artículo de este mismo blog: "La modernidad" en el que me preguntaba por el mantenimiento de las viejas maneras de la justicia en los tiempos modernos.

Gabilondo dijo, sin embargo, algo potente. Se ciscó en Suárez, en González, en Aznar y en Zapatero –Calvo Sotelo aún estaba reciente- y se preguntó sobre la vergüenza de todos ellos en esta escandalosa situación.

Pero hay más aquí y afuera. Las Haciendas Locales, nuestros ayuntamientos, son con frecuencia noticia escandalosa. Alcaldes esposados, responsables de urbanismo en la prensa rosa, cientos de apartamentos que, de la noche a la mañana, escandalizan a un país entero diciendo que hay que acabar con todo esto pero que tres días más tarde tienen la memoria “ram” demasiado cargada de emociones como para hacer un repaso a los temas pendientes.

Ahí está la madre de todas las batallas. Tenemos una Agencia Tributaria cuyo aliento sentimos en nuestro cuello y no hay fecha para un equivalente en la justicia y en el urbanismo gobernado bien en general pero en el que, a través de las urnas, se cuelan los chorizos.

Pero para consolarnos tenemos a Europa, en donde también cuecen habas y que, como bien explica ese gran periodista catalán, Andreu Missé, el lobbismo , me refiero a esos despachos de presión a los políticos del Parlamento y las comisarías europeas, puede tener unas fronteras cada vez más estrictas. Se verá esta semana si la transparencia, si no española, puede ser al menos europea.

Reportaje de Missé: "Que se sepa quien mueve los hilos"

Hay mucha falta de responsabilidad, mucha inocencia y mucha picaresca en la vida política. Es igual quien mande, siempre están ahí, se cuelan. Missé lo explica gráficamente y dice que el primer objetivo del lobbysta es la anticipación, actuar siempre antes de que la Comisión Europea, a quien corresponde legislar, haya tomado alguna decisión.

Aquí, en España, somos menos sofisticados, vamos más al grano o simplemente nos desentendemos.

Javier Zuloaga

martes 29 de abril de 2008

EL HAMBRE MULTINACIONAL


El Boston Tea Party, la revuelta popular en la que los habitantes de Nueva Inglaterra decidieron acabar con los aranceles que la metrópoli británica aplicaba a la entrada de productos de gran consumo, principalmente el té, es considerada por los historiadores como la chispa que acabó desencadenando la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. Ocurría en 1773.


Hace dos semanas, Jacques Edouard Alexis, primer ministro de Haití, era destituido por no haber sabido salir al paso de la galopada de los precios de productos básicos. Fue la consecuencia política de las sucesivas revueltas que habían dejado las tiendas saqueadas y una decena de muertos, entre ellos un soldado de la fuerza multinacional de la ONU.


El problema es más peliagudo que lo ocurrido en Haití, mucho más si cabe, que una dramática hambruna consecuencia de la pertinaz sequía. "En las revueltas del hambre, lo peor, por desgracia, está quizás por delante de nosotros", ha dicho Strauss-Kahn, Director del FMI y sucesor del español Rodrigo Rato, para el que cientos de miles de personas están afectadas por la escasez de sus alimentos más esenciales. “El planeta debe afrontarlo - ha dicho Strauss-Kahn- ya que la actual crisis puede desembocar en guerras". En parecidos términos se han manifestado altos responsables de Naciones Unidas y el Banco Mundial que han identificado ya cuarenta países cuya estabilidad está amenazada por el hambre. La crónica de El País del pasado lunes no tiene desperdicio


En Bangladesh el precio del arroz creció hasta un 30% en los últimos tres meses; en Afganistán el del trigo más de un 60%, el año pasado y, el de las tortitas mejicanas un 60% en el mismo periodo. Aquí, en España, la leche, el queso, el pan y los huevos están echando por tierras el idílico panorama económico que sólo existe en la cabeza del presidente Rodríguez Zapatero y sus más incondicionales y que ya quisieran como aceptable el IPC de marzo, que arroja un aumento del 6,9% en los alimentos básicos y bebidas no alcohólicas durante los doce últimos meses.

Aquí está pasando algo que podría acabar en los anales con tintes mucho menos épicos que el Boston Tea Party y que será despachado por los estudiosos dentro de ese gran apartado de la historia dedicado a las cuestiones menos importantes, el de la vida anónima de los más arrastrados, los parias, esos seres que despiertan las conciencias del mundo avanzado únicamente en los grandilocuentes discursos y en las asambleas de la OMS, la FAO o UNICEF, en donde nunca faltarán botellas de agua mineral y comidas de clausura, antes de decir adiós hasta la siguiente e inquietante reunión.


Me pregunto cómo es posible que el trigo de los afganos valga un 60% más y que la baguette se nos haya disparado a los europeos al tiempo que nos quieran convencer de que es así porque la producción de los biocombustibles ha disparado los precios. Es decir, que si hasta ahora el petróleo era una de las líneas que separaban la frontera entre la opulencia y la miseria, ahora va a resultar que lo van a ser también el trigo y el maíz sólo por el hecho de haberse convertido en vía alternativa para mover motores de explosión. ¿Quiénes mueven los hilos?, ¿Cómo es posible que la necesidad y el hambre se hayan convertido en inductores indirectos de milagrosos aumentos en las cotizaciones de las multinacionales de los cereales?


No hace mucho escribí en este cuaderno de bitácora El oro verde en el que me maravillaba de las soluciones que nos iba a ofrecer el desarrollo de los biocombustibles. Pensaba, ¡qué candor! , en los inacabables horizontes de tierras cultivables en Africa que, gracias al nuevo orden energético, darían de comer dignamente a los pueblos más miserables. Poco después comencé a despertar de de mi inocencia y publiqué Ladrones de palabras en cuyas líneas me sorprendía de la audacia de que los chinos hubieran patentado el nopal, un cactus emblemático para los mejicanos, casi un símbolo nacional.


Hoy he evolucionado más y me aproximo al derrotismo, a ese escepticismo que te asalta cuando presencias el boyante negocio de esa ralea de humanos que pisan desconsideradamente a los que producen y a los que consumen. Se ha dicho en más de una ocasión que entre el 85 y el 95% del precio de un producto de consumo popular se lo lleva la cadena de distribución y sólo lo restante queda en manos de quien cultiva o manufactura lo que se vende en los hipermercados o tiendas de la esquina. El precio de un kilo de uvas puede haberse multiplicado por treinta al llegar a la mesa.


Los chinos quieren comer filete, decía hace poco un diario español, adjudicando al desarrollo del gigante oriental, junto a India, otras de las explicaciones oficiales a la mayor cotización de productos de primera necesidad. Y ese es también otro de los discursos de quienes desde una sesuda posición de expertos, analizan un problema que hace aguas a través de otra de las grandes contradicciones del mundo civilizado, la de la limitación en la producción de los alimentos.


En España se han dejado de sembrar cientos de miles de hectáreas de secano, arrancado importantes extensiones de cepas, se ha intentado hacer otro tanto con los olivares y se han cerrado incontables vaquerías –todo ello previo pago de “generosas” subvenciones comunitarias- al tiempo que entraban por nuestras fronteras marcas de leche francesas que acaban engulléndose a los competidores hispanos que aún sobrevivían. Muchos pueblos han languidecido hasta desaparecer.


Los grandes intereses de las multinacionales de la alimentación han presionado con eficacia para que no se levantaran los aranceles a los países con capacidad para producir alimentos con precios y calidad competitivos en los mercados de los países avanzados; se ha ahogado esa cultura de gran valor que es la tradición de sacar provecho de la naturaleza; se ha convertido el azadón en una pieza de museo y las cosechadoras robotizadas recogen productos transgénicos que acabarán con la agricultura de siempre.


Y –por si fuera poco – todo mucho más caro

Javier Zuloaga

miércoles 23 de abril de 2008

LOS CURAS ROJOS

Nunca Paraguay había despertado tanta atención como desde el pasado domingo, cuando supimos que Fernando Lugo, al frente de una coalición de nueve partidos, Alianza Patriótica para el Cambio, había obtenido la mayoría en las elecciones presidenciales frente al oligarca Partido Colorado, en el poder durante 61 años.

Lugo pone a Paraguay en el mapa titulaba el pasado lunes El País, que posiblemente por primera vez en su existencia, abría sus páginas de internacional con dos planas dedicadas a este país arrinconado entre Argentina, Brasil y Uruguay

http://www.elpais.com/articulo/internacional/Lugo/pone/Paraguay/mapa/elpepiint/20080422elpepiint_1/Tes


Más de un experto ha fruncido el ceño al ver como en América Latina se puede estar encendiendo una segunda mecha de cambios políticos explosivos. Con cincuenta y seis años, Fernando Lugo, el nuevo inquilino del Muburuvicha Róga (El palacio presidencial en lengua guarani), tiene una biografía personal ligada, casi al completo, con la religión católica. Sacerdote a los 25 años, fue ungido obispo en 1994 por Juan Pablo II, el mismo Papa que once años después le retiró la mitra, una vez vio que el joven prelado había asumido el liderazgo de las protestas contra el presidente Duarte.

Benedicto XVI le suspendió a divinis hace un año, justo cuando inició su carrera hacia la presidencia paraguaya. Pero pese a haber perdido la confianza de Roma, el nuevo presidente acepta seguir siendo llamado Monseñor y recibe a los periodistas en su hasta ahora pequeño despacho bajo dos cuadros, uno de San Pedro, primer Papa y otro de él mismo, en un encendido mitin de la campaña.

Es considerado como defensor de la opción pastoral de los pobres y se define a si mismo como un obispo rebelde. Para los periodistas que han viajado hasta Asunción para cubrir las elecciones presidenciales, Fernando Lugo tiene hilo directo con la Teología de la Liberación, uno de cuyos representantes más conocido, Fray Beto, ya ha situado al nuevo presidente en la línea populista de Chávez o Evo Morales.

La Teología de la Liberación nació al comienzo de los años setenta por iniciativa de sacerdotes socialmente inquietos y cercanos a los partidos de izquierda y revolucionarios. Sus precursores fueron el peruano Gustavo Gutiérrez Merino y el brasileño Leonardo Boff. Y entre quienes preguntaron al mundo ¿Cómo conseguir que nuestra fe no sea alienante sino liberadora? ,destacan sobre todo dos religiosos, el obispo salvadoreño Oscar Romero, asesinado por las camadas negras de su país y el español Ignacio Ellacuría, jesuita, que predicaba una teología que hacía una lectura más rotunda de los postulados evangélicos respecto a los pobres que la institucional del Vaticano.También fue asesinado.

¿Fueron unos martires? , me he preguntado en alguna ocasión y ahora lo hago de nuevo.

Por díscolos, rebeldes, inconformistas y –tal vez- por poco pragmaticos, los defensores de la Teología de la Liberación fueron castigados duramente desde Roma a través de documentos elaborados desde la Congregación de la Doctrina de la Fe, que desde 1981 y hasta su elección como Papa, presidió el cardenal Joseph Ratzinger.

Pere Casaldáliga, Jon Sobrino, Ernesto Cardenal o Helder Cámara, son algunos de los nombres de una forma de pensar que para unos era la auténtica y más próxima a los orígenes del cristianismo, mientras que para otros despertaba sospechas por su inclinación e implicación con las revoluciones latinoamericanas. Al lector con memoria le remito a aquella imagen en la que el ministro sandinista y sacerdote suspendido, Ernesto Cardenal, hincaba la rodilla ante un Juan Pablo II cuyos reproches al nicaragüense nunca llegaron a trascender.

No voy a seguir por los complejos y difíciles caminos de lo teológico simplemente porque no estoy preparado para ello, pero sí que me parece legítimo preguntarme qué hay en el fondo de lo que está pasando en América Latina desde hace cinco o seis años. Da la impresión de que se han quemado etapas y de que se inventan nuevas fórmulas, una suerte de alquimia que despierta la ilusión de los pueblos desencantados por los fiascos de sus gobernantes electos.

Los venezolanos se han echado en los brazos de un golpista cuyo pedigree retrataba El Mundo el pasado domingo en un valioso reportaje que explicaba de qué manera Hugo Chávez ha colocado a su padre, a su madre y a todos sus hermanos en apetitosos puestos de su administración.

http://www.elmundo.es/suplementos/cronica/2008/653/1208642401.html

Los bolivianos han hecho renacer el indigenismo con un presidente que juró ante sus dioses desde las cumbres más altas de Altiplano antes que en el Parlamento. Evo Morales tiene hoy algo más que dividido a su país. Lo tiene enfrentado, geográfica y socialmente, con un horizonte económicamente incierto al haber roto las reglas del Derecho Internacional.

Y Correa, en Ecuador, cerrando el círculo amenazante sobre la democrática y castigada Colombia que sobrevive por el apoyo internacional con que todavía cuenta el Presidente Uribe en Europa y los Estados Unidos.

Y ahora la Iglesia de la Liberación se apalanca en Paraguay, despertando sentimientos mixtos de patriotismo y justicia social. Si señor, un obispo se ha colado de rondón en la política del Cono Sur y no creo que exagere si afirmo que lo del pasado domingo va a ser un revulsivo o un buen argumento para quienes quieren movilizar a los socialmente menos afortunados.

¿Se alineará Fernando Lugo con Chávez, Morales, Correa y Ortega? ¿Intentará mirar a Argentina y Chile, y Uruguay? ¿Se acercará al pragmatismo de Lula?...

O tal vez asistamos a un nuevo estilo de mezclar avemarías y proclamas políticas, de hacer de la tribuna parlamentaria un púlpito o al contrario, que es casi peor. Creo que la religión, entendida en clave liberadora, se ha marcado un órdago en Paraguay.

Si al padre Llanos, confesor de los pecados de Franco y defensor de los desarrapados del Pozo del Tío Raimundo de Madrid o al Cura Paco, diputado comunista Francisco García Salve, les hubieran dibujado en el horizonte de la historia lo que ahora ha ocurrido en Paraguay, seguro que no se lo hubieran creído, posiblemente porque no imaginaban que la miseria puede generar también mucho poder.

Javier Zuloaga

jueves 17 de abril de 2008

LOS NUEVOS

Es una tradición muy arraigada entre los hispanos, cuando se reúnen en rebaño, la de recibir al recién llegado con embestidas que divierten al grupo y que generalmente hacen sufrir al novato que debe, además, poner al mal tiempo buena cara si no quiere quedar marcado como débil o mariquita y sufrir las consecuencias de la crueldad diaria de los compañeros, hasta que llegue otro que le tome el relevo.

La historia del cine español recoge numerosas escenas de patio de recreo en la que un escolar acababa escaldado y llorando sólo en una esquina. Eran los tiempos de El Pequeño Ruiseñor, Marcelino, Pan y Vino, Del Rosa al Amarillo… que hacían una buena radiografía de aquellos años y que nos obsequiaba con el retrato de una infancia que debía ser tan sufrida como sus mayores, inmortalizados en Raza, dicen que escrita por el mismísimo Franco, El Verdugo, Bienvenido Mister Marshall, Muerte de un Ciclista o El Último Cuplé.

Estaba sobrentendido que los chavales de entonces debíamos heredar la dureza que nuestros padres habían mostrado en el bando vencedor de la Guerra Civil – los perdedores eran simplemente los rojos y no se les suponía el valor del soldadito español- y que nosotros debíamos emularles cuando sonaba la campana que nos sacaba en manada al patio del colegio.

Fue un estilo entre los chavales y supongo que con versión femenina sutil y tal vez más cruel, aunque siempre menos violenta. El último en llegar, daba igual llevara coletas o pantalón corto y chutara al balón, tenía que superar de la mejor manera posible su Calvario de integración.

Aquellas formas salvajes de entender la vida se extendían al servicio militar, en el que lo mejor era pasar inadvertido para que el sargento no te cogiera ojeriza o demasiado cariño. Había que hacer equilibrios entre la furia de un chusquero que no llegó a teniente porque apenas sabía escribir y una tropa que no perdonaba a los pelotas. Lo cierto es que yo me libré de aquella reválida tan especial, pese a lo cual me hice un hombre.

¿Qué fue de todo aquello?, ¿Siguen haciendo en los colegios mayores universitarios las mismas barrabasadas y humillaciones en la que se compite –entre los más antiguos- para ver quien es el más bravucón ante el aplauso gregario de quienes aceptan el asunto como una tradición?.

La verdad es que en este aspecto la sociedad ha tomado conciencia y son cada vez más numerosas las denuncias por acoso escolar, el llamado bullying, porque la sofisticación de la crueldad, también en su variante infantil, ha alcanzado niveles impensables. Hoy se elige a la víctima, se la amedrenta y se vuelca sobre ella la violencia, mientras uno del grupo inmortaliza la escena con la cámara de un teléfono móvil y la cuelga finalmente en una página web de la generación 2.0, que es como llaman los entendidos a los espacios virtuales interactivos.

No hace mucho leí que, según el Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, más de 12.000 escolares sufren en la provincia acoso de sus compañeros de colegio y en aquel informe no se contabilizaban las presiones y amenazas de alumnos a profesores, de padres a maestros y de alumnos a padres de escolares acosados que, en más de una ocasión, han optado por suicidarse, porque se habían quedado solos y llegado a la conclusión de que en su mundo –el colegio es en buena medida el mundo de un menor fuera de su casa- no había sitio para ellos.

¿Por qué los humanos actuamos como una manada ante el recién llegado sólo porque alguien, muy chulo o muy líder, dijo un día que aquel tío era un gilipollas?, ¿De dónde nos vienen esos instintos tan irracionales?. Mis dudas me llevan al mundo de los adultos y veo que hay actitudes que se le parecen.

No hace muchos días la política hervía de nombramientos. De ministros, secretarios de Estado y portavoces de grupos parlamentarios, todos ellos consecuencia de los resultados de las pasadas elecciones generales. Y aparecían caras y funciones nuevas que, como es natural, han llenado las páginas y espacios radio-televisivos de información política.

Hace dos domingos “El País” abría uno de sus encartes con una gran fotografía de Soraya Sáenz de Santamaría y un inquietante titular ¿AGUANTARA? . Reflejaba el diario las dudas que, a su juicio, existen de que la joven portavoz popular pueda aguantar la presión interna de la vieja guardia del principal partido conservador. La crónica y el titular no eran gratuitos, ya que quienes escuchan la radio y leen más de un diario han podido comprobar de qué manera –como ocurre en los colegios con el compañeros declarado cenizo- se ha colocado al recién llegado en el rincón de los que son lapidados por quienes resisten al cambio.

¿Tendrán ambos fenómenos algo que ver?, ¿será lo de la vallisoletana abogada del Estado de ojos saltones un Political Inside Bullying?. Yo creo que si, que lo del asunto del acoso y derribo al nuevo –en este caso la nueva- lo llevamos los latinos en lo más profundo de nuestras reacciones innatas.

Y hay más casos, como el de la ministra de la Igualdad –cuyo insólito ministerio me hace pensar que pronto habrá en España carteras de Bondad, Caridad, Urbanidad, Solidaridad, o vete a saber si incluso si de Castidad- que ya está siendo puesta en solfa cuando apenas ha abierto la boca.

O lo de la Chacón -que vitorea de tapadillo, casi con veguenza y entre dientes a España y a su Rey- a la que se le niegan los cien días de rigor, o se le ponen inconvenientes por su inminente alumbramiento. Para los resistentes al cambio, al margen de que finalmente los hechos demuestren que Chacón era o no era la ministra de Defensa adecuada, se han roto demasiados moldes al situar en esa varonil y guerrera función a una mujer, embarazada de siete meses y social-nacionalista catalana, mientras olvidan que un político de las mismas filas del PSC, Narcis Serra, ocupó la misma función con pocos años más, aunque, eso si, no se recuerda que estuviera embarazado.

El que llega "recibe", salvo excepciones, como le ocurrió a Adolfo Suárez, al que la historia ha hecho justicia cuando ya no puede oir los aplausos y ha dejado en el olvido las descalificaciones y acusaciones de incompetencia que se le hacían tanto quienes se resistían al cambio, como la entonces oposición socialista. A Calvo Sotelo, el distinto y distante que comparó con estas palabras Gibraltar con las Malvinas, a Hernández Mancha, que no había comenzado a moverse cuando le segaban la hierba sus propios compañeros…. Y muchos más.

Los hispanos no perdonamos, vamos a degüello siempre que surge la oportunidad. Con los propios y los ajenos y hay alguno que lo hace desde la impunidad pero, eso si, con mucha gracia. “¿Berlusconi?, ¿pero no era un delincuente?”, dijo ayer Alfonso Guerra cuando fue encuestado sobre la victoria del futuro Primer Ministro de Italia. Pero a él, por su chispa, se le perdona casi todo. Y si no, recuerden dos máximas suyas: aquella en que llamó a Suárez “Tahúr del Mississippi”, o cuando afirmó que, con el gobierno en el que él participaba, “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”.

La pena es que el buen humor de nuestros políticos, ese Séptimo Sentido del que hablaba la pasada semana y del que andan llenos los diarios de sesiones de nuestras Cortes, sea cada día más escaso.

Javier Zuloaga

miércoles 9 de abril de 2008

EL SEPTIMO SENTIDO

En más de una ocasión, cuando me he reencontrado con gente de mi quinta, hemos comentado que pertenecemos a una generación maldita , aunque resulta justo decir que cuando así hablábamos nos habíamos echado en brazos del victimismo que asalta a quienes comprueban que les queda, en la vida, menos por delante que por detrás y que han sido siervos de sus mayores, pero no señores sus menores.

Luego, menos trascendentales, hemos reconocido que bien vale aquello de que nos quiten lo bailado, porque la verdad es que nacimos y maduramos después, en unos tiempos en los que el buen humor, el sentido del humor, era un bien apreciado.

Dicen quienes viven del negocio del tratamiento de los problemas de las mentes ajenas, que los niños nacen riendo y que el estrés y las responsabilidades se encargan de convertir en recuerdos aquellas carcajadas tan recomendables para la producción de las endorfinas, esas sustancias hormonales que generan bienestar y satisfacción.

Otros piensan que la culpa de la pérdida del sentido del humor radica en el imperio de lo serio, en esa suerte de escala de valores triste, según la cual las personas son más fiables en virtud de la solemnidad que trasciende de su actitud. ¿Por qué no es posible cerrar un acuerdo empresarial entre carcajadas, lagrimones incontenibles de pura felicidad y esas palmotadas que los vascos se arrean sin piedad en la espalda, cuando quieren hacer patente su enorme alegría por el encuentro con un buen amigo?.

Es complicado, casi diría que un asunto intrincado, saber donde acaba, o se pierde, el buen humor, de la misma manera que es tan admirable como misterioso saber cuando las endorfinas se inhiben arrastradas por la madurez de la vida o por los elementos nefastos que hacen que el rencor y el miedo venzan a esa tendencia a la espontaneidad de una buena carcajada,o aplastan a quien rompe los moldes de seriedad que se suponen en la madurez de los adultos.

Me he encontrado en la vida casos en que se confunde al personaje con buen humor, al cachazudo calculador de sus irónicas palabras, con el borracho, o con quien ha tomado una copa de más, lo cual a veces tiene algo que ver, porque a ver quien niega el poder desinhibidor de unos buenos vasos de vino. Y casi siempre que eso ha ocurrido, el que ríe a mandíbula batiente encuentra, al otro lado de su imaginario espejo, el reflejo del cenizo que anda vacío de los valores del buen humor.

Cuando era pequeño y comencé a ver cosas que no entendía, di por válidos argumentos que ahora ya sólo discuto conmigo mismo, pero que veo que no tenían apenas valor. “Calla – me decía mi madre- porque tu padre tiene muchas preocupaciones y no hay que molestarle”. Y yo me callaba, como mis hermanos.

En esa relación de anécdotas que, a fuerza de reiteración, acaban por soldarse con tu memoria, recuerdo que mi padre nos contaba que Pedro Muñoz Seca, amigo de mi abuelo y Ramiro de Maeztu, pronunció una frase lapidaria antes de ser pasado por las armas republicanas por ser cristiano y derechón “Me podéis quitar todo menos el miedo” dicen que dijo el dramaturgo, aunque ninguno de los integrantes del pelotón anarquista, ni tampoco el fusilado, hayan confirmado que así fuera.

¿Y si fue verdad?

Puede que el autor de La Venganza de don Mendo hiciera un ejercicio –entre lo real y lo póstumo- para reducir su muerte a lo absurdo, para hacer una audaz frivolidad ante su fusilamiento, un escudo para llevarse al otro mundo, intacta, su libertad personal.

Son anécdotas y puede que incluso no sean ciertas, pero animan a huir de los efectos del perfeccionismo tristón, del que generan el estrés y la tensión, de esa tendencia perversa a revolcarse una y otra vez en el fango de los errores, los conflictos y las dificultades, de no entender que no hay mejor combinación, cóctel mejor, que el del amor y el buen humor.

El serious business es uno de los culpables. Directamente y por el efecto de arrastre que ejerce desde la cúpula hasta los niveles más bajos de una organización. Como en Mary Poppins y la escena final del banco de la City londinense en la que no caben alegrías mundanas: ¡Seamos serios!, como invocación a cerrar un asunto, ha acabado confundiendo lo recto con lo aburrido, imponiendo el ceño fruncido sobre la espontaneidad de la sonrisa.

He vivido y sido protagonista de aquellas teorías del cero defectos con los que algunos gurús norteamericanos se han llenado los bolsillos deslumbrando a los europeos con trascendentes maneras de gestionar las cosas. Pero yo no me las creía porque siempre he dado prioridad a lo natural y espontáneo frente al corsé del cuento chino, aunque sea americano. Porque no creo en los perfeccionistas, en los que dedican más tiempo a corregir que a crear y en los que miran de manera inquietante a los que actúan sin complejos ante las cosas que les rodean

Porque, la sonrisa o la risa, ¿son una consecuencia o un motor?. Y no me refiero al sarcasmo ofensivo o la ridiculización de los defectos ajenos –un respeto, por favor- sino a ese talante de saber ver las cosas de otra manera, de hablar con uno mismo y no esperar a que otro te diga de qué pie cojeas.

Y acabo con una anécdota que he encontrado en Google, ese gran gigante frente al que hay que tentarse las ropas antes de escribir, porque te puede llegar a poner en un aprieto. Cuentan que cuando Juan XXIII, el Papa Roncali, fue elegido Papa, recibió a un cardenal norteamericano, Fulton Sheen, y le dijo “Mire, Dios nuestro Señor supo muy bien desde hace setenta y siete años que yo había de ser Papa. ¿No pudo haberme hecho más fotogénico?

Pues si la anécdota es cierta puede que el del humor sea el séptimo sentido, ya que de él no se han librado ni los infalibles pontífices, que también eran personas. Como usted y como yo.

Javier Zuloaga

jueves 3 de abril de 2008

LOS PUEBLOS DE LA TIERRA

Garantizar la convivencia democrática dentro de la Constitución y de las leyes conforme a un orden económico y social justo; consolidar un Estado de Derecho que asegure el imperio de la ley como expresión de la voluntad popular; proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones; promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida; establecer una sociedad democrática avanzada, y colaborar en el fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la Tierra. (Preámbulo de la Constitución española)

No creo que los ponentes, los “padres” de nuestra Constitución, se molesten porque un ciudadano como yo cometa la audacia de subrayar lo que considera más trascendente de nuestra Carta Magna: su preámbulo, que al fin y al cabo es la intención de todo lo que viene después. Es decir, la declaración de nuestros legisladores cuando dieron luz verde a la primera ley española en 1978 para que fuera rechazada o aceptada por todos los españoles. Como así fue.

Gabriel Cisneros, Manuel Fraga, Miguel Herrero de Miñón, Gregorio Peces Barba, José Pérez Llorca y Miquel Roca se reunieron, en Gredos, 25 años después para decir que seguían creyendo en ella y proclamaron que solamente desde un espíritu generoso, como el que la gestó, se deberían cambiar aquellas reglas de juego que nos dimos los españoles. Doy por descartado que en aquella afirmación estaba incluído el preámbulo con el que hoy he iniciado este artículo.

Que el lector no se inquiete ya que no es mi intención repasar una historia que, en mayor o menor medida, los españoles ya saben de qué ha ido, desde que Suárez nos llevara de la mano y nos convenciera de que podíamos votar a quien quisiéramos y de que los comunistas no tenían cuernos ni rabo, hasta que Zapatero nos prometió 400 euros que todos los contribuyentes tenemos mentalmente ya gastados y esperamos como el primer aguinaldo democrático que se recuerda en la historia de la audacia política.

Hoy he tirado de la Carta Magna cuando he repasado los recortes de prensa que ha generado el asunto del agua, esa que casi no nos llega a los habitantes de Barcelona. Se trata de una de esas sencillas pero complejas cuestiones a las que me refería en mi artículo de la pasada semana y que el lector puede aún leer si maneja adecuadamente su ratón cuando haya acabado éste.

Veo también que el alboroto político ha crecido -Montilla invocaba hace días en la portada de El País que Cataluña necesita agua porque es España- de la misma manera que no amaina la tormenta que paraliza nuestra justicia desde febrero, desde que los sueldos, como los ríos, van más llenos en unos territorios autonómicos que en otros y la huelga presagia en convertirse en un ejemplo para otros colectivos que no quitan ojo a los agravios comparativos.

El asunto se puede complicar, lo mismo que si los tribunales se prodigan en sentencias que liberan del estudio escolar de materias controvertidas o tienen que aumentar su lista de temas pendientes con peticiones de amparo de quienes rotulan en su propia lengua, a no ser que sean chinos o ingleses que abran restaurantes, un "pub" o un "outlet".

Al repasar nuestro preámbulo me he sentido orgulloso de pertenecer a una generación de españoles que ha hecho posible que sus compromisos se hayan cumplido en líneas generales, sobre todo al recordar el escenario en el que se escribieron, cuarenta y dos años después del inicio de una Guerra Civil y tres después del final de una dictadura. Creo que España es un gran país y los españoles unos paisanos bastante presentables, dándole a lo de “bastante” al valor de su significado en el diccionario, sin dobleces.

He leído en ocasiones la Constitución, menos de las debidas desde que fue aprobada, pero sí especialmente mientras esta “joven” de 30 años sobre la que juran desde el Rey al último soldado, nacía entre las líneas de mis compañeros que escribían crónicas parlamentarias. Pero nunca me había detenido en aquello de “colaborar en el fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la Tierra”.

Fruto de aquel voluntarismo muy poco concreto es la presencia de España, puertas afuera, cuando así lo requiere la ocasión o las alianzas o las simpatías de quien gobierne en cada momento. Estamos en Kosovo, Líbano, Afganistán, hemos estado en Irak y siempre tenemos a una brigadilla de la Guardia Civil dispuesta para poner un poco de orden, aunque sea sin tricornio ni capa.

Y aquí, ¿qué?

¿Pertenecen los aragoneses, los madrileños, los catalanes, los andaluces, los gallegos, asturianos, cántabros, manchegos, castellanos, riojanos, murcianos, canarios, baleares, valencianos, extremeños, ceutíes y melillenses a esa universalidad de todos los pueblos de la Tierra?

¿Si?

Pues déjenme que vuelva al preámbulo de nuestra Constitución para dar rienda suelta a mi escepticismo. “Promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida”. Pienso que, como ocurre en la vida más sencilla pero compleja, lo que decía el preámbulo de la Constitución duerme en nuestra historia como muchas otras obligaciones que nuestros legisladores aprobaron creyendo que habían dado, por fin, con la piedra filosofal de la convivencia.

Me asalta un pensamiento: o somos una manada de ilusos o somos unos irresponsables. Yo no sé con que opción quedarme cuando escucho -o leo- lo que nuestros hombres prometen, denuncian, se enfrentan o diseñan, ante la frágil memoria de los ciudadanos, actitudes, proclamas o futuros de relumbrón.¡Todo es igual!, ¡Nada es mejor!, decía no hace mucho evocando el desgarrador tango Cambalache .

El preámbulo de la Constitución da paso a los derechos y deberes de los españoles y define, también, la estructura de España, un lugar que está ahí y en donde hay que “Proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones.”

Propongo –como hacemos el Día del Libro, efeméride del nacimiento de Cervantes- que todos leamos un párrafo de la Constitución en el puente de la Inmaculada, una fecha sin la que, a lo mejor, la celebración de la aprobación de nuestra Carta Magna no tendría mayor relieve que la de Santo Tomás de Aquino, patrón de los estudiantes.

Está ahí, aburrida y muy posiblemente rendida ante las múltiples contradicciones que se podrían resolver si las filias y las fobias de este país la tuvieran un poco más en cuenta y aplicáramos, entre nosotros, una solidaridad parecida a la que proyectamos –y muy bien por cierto- hacia países lejanos.

Demasiado sencillo. Demasiado complejo.

Javier Zuloaga

jueves 27 de marzo de 2008

LA COMPLEJIDAD DE LAS COSAS SENCILLAS

Hace muy pocos días, mi mujer y yo visitamos a unos buenos amigos en Santa Coloma de Farners, la capital de La Selva, en Girona. Como ya ocurre en toda la geografía del Principado, de una casa pairal que fue bombardeada durante la Guerra Civil ha renacido ahora una masía en la que conviven el ladrillo centenario de sus bovedillas, muros de más de un metro y todas las comodidades que, muchos años atrás, eran exclusivas de los pisos del Ensanche barcelonés.

Como son de allí, dedican una buena parte de su terreno a la huerta y el corral, en donde los abuelos pasan muchas horas trabajando. Pero lo hacen no como se enseña en los coleccionables editados para hacer de un urbanita un hortelano de fin de semana que quiere descubrir la grandiosidad de una cebolla o de un rábano, sino como les enseñaron sus antepasados.

Y miran al agua como lo que realmente es: lo más valioso para casi todas las modalidades de agricultura y por ello han construido un aljibe de aguas pluviales y guardan en otros situados en la cota más alta del lugar, el agua que, gota a gota, hará que la zanahoria sea igual que si se hubiera tragado cientos de litros en el riego por inundación.

¡Pero mira que es sencillo! me dije al volver a casa y pensar si lo de nuestra pertinaz sequía no pasaría a mejor vida si lo visto en Santa Coloma fuera común a la agricultura de toda España. Si a la lógica de las cosas simples se le pudiera aplicar aquello de la masa crítica o de la economía de escala y lo del huerto y el hortelano valiera para los grandes prohombres y mujeres que llegan a ser ministros de Agricultura, Fomento o Medio Ambiente.

Si así fuera –si los gobernantes bajaran a la evidencia de las cosas más pequeñas- el Tribunal de las Aguas de Valencia, caso de no desaparecer, dirimiría únicamente la picaresca del hortelano que habría sustraído al vecino 200 gotas más de lo que le correspondería en ese reparto racional de un bien escaso y en algunos lugares inexistente.

Tal vez esta forma de hacer las cosas serviría para paliar la gran chapuza que hace poco publicaba la prensa catalana, que explicaba como cada día se pierden 11 millones de litros de agua en al acueducto de Cardedeu, al norte de Barelona. En total, 4.000 millones de litros al año. Esa pérdida, junto con otras menos espectaculares, equivalen al consumo que realizan, como media, 2.000 habitantes de la zona

http://www.lavanguardia.es/lv24h/20080228/53440643054.html

El recuerdo de la crónica anterior me ha llevado a pensar que asistimos a una mezcla de inoperancia, impericia y falta de profesionalidad de nuestros administradores públicos. Y no me refiero sólo a los del caso de Cardedeu, sino en general a todos quienes han tenido la oportunidad de llevar a cabo –y no lo han hecho- una política hídrica consistente y con miras al largo plazo.

Se dice al ciudadano que consuma menos y se le regala, con el dominical del diario que lee, un filtro para que el chorro del agua de su cocina o de su lavabo arroje la mitad de agua que la habitual y se llega a aconsejar que no se vacíe la cisterna del inodoro más que una vez cada noche si su uso es únicamente para atender a necesidades menores. Se mentaliza al contribuyente o, dicho de otra manera, se le traslada una responsabilidad que no es suya precisamente porque es el pagano de los impuestos que alimentan la gran maquinaria administrativa de la que ya debían haber salido soluciones a la escasez o el despilfarro del agua porque se nos pierde por el camino.

Se apaga el fuego dirigiendo la manguera a la llamas y no a su raiz. ¿Por qué lo sencillo es tan complejo?, me preguntaba cuando, regresando a Barcelona, pasaba bajo uno de los puentes por los que circulará el Ave cuando comunique a la capital catalana con la frontera francesa. “Zuloaga, mira que maravilla de la ingeniería, ¡que progreso!” pensaba sin quitarme de la cabeza que lo técnicamente más complejo, la alta velocidad, la banca “on line”, la administración electrónica, el ocio de las consolas electrónicas, hacen que lo que apenas tiene meses haya sido superado por nuevos avances… en casi todo, pero no en lo del agua, cuyo aprovechamiento ha dado solo tímidos pasos desde que la noria comenzara a girar o los árabes nos dejaran sus maravillosas acequias, muchas de ellas en mejor estado de conservación que las de los tiempos recientes.

No me atrevo a entrar en disyuntivas de transvases que no valen para el Ebro y sí para el Segre o si hay más soberanía que pragmatismo en comprar el agua del Ródano a los franceses. Me quedo con la evidencia de que no se ha hecho nada y de que, cuando no llueve, la incompetencia pública queda al descubierto, como la emergida parroquia de Sau.

Y mientras, las preguntas parlamentarias sacan a flote “goteos” de subvenciones a actividades cuya existencia no pongo en duda, aunque sí su necesidad y urgencia real. Cuando vivía en Mallorca, el Consell Insular era conocido como “la repartidora” por prodigarse en la generosidad a iniciativas particulares, tirando para ello de los cuartos de los presupuestos que llegaban de los dineros ciudadanos.

http://www.abc.es/20080327/nacional-nacional/tripartito-encargo-informes-personas_200803270256.html

Nos escandalizamos de lo que leemos y oímos, con razón, sobre la discrecionalidad del gobernante que no sabe distinguir el límite de lo razonable. De cómo se convocan concursos de agencias de imagen para mejorar la percepción pública de una institución o un departamento concreto, de la chirriante coincidencia de una edil de un ayuntamiento a la que se le encarga un informe sobre el patrimonio del municipio o de un candidato de una lista que recibe dineros para un proyecto, que si es realmente bueno, debería contar con una buena financiación bancaria, como hacen la mayoría de las personas emprendedoras de este país.

¿Se gastan bien los dineros públicos?. Pues yo creo que no, pero seguramente el asunto, por ser tan evidentemente sencillo, es complejo.

Javier Zuloaga

miércoles 19 de marzo de 2008

LA CURIOSIDAD Y LOS CONFLICTOS

Nos lo decían nuestras abuelas, que nunca es tarde para aprender. Me refiero, con este recuerdo, al descubrimiento de cosas nuevas, a alimentar la curiosidad personal a través de lectura o el estudio de asuntos desconocidos que están esperando en las estanterías de las bibliotecas o en los lugares de Internet en los que se acumulan incontables historias, brillantes ensayos o lecciones magistrales de profesores.

Hace un año di unas charlas a bisoños estudiantes de periodismo y les hablaba de la importancia de abrirse a todas las materias del conocimiento que estén al alcance de la formación básica de cada uno y les insistía machaconamente en la importancia de ejercer la curiosidad. Todos los grandes hombres de la ciencia, los historiadores, los buenos políticos, los grandes viajeros y por supuesto los buenos periodistas han sido siempre curiosos. Y si no lo han sido, pues carecían de esa condición profesional o aventurera que tuvieron Marco Polo, Colón, Menéndez Pidal, Kennedy o Woodward y Bernstein, los reporteros que tumbaron al presidente Nixon, por hablar solo de unos pocos casos ejemplares.

Me miraban perplejos, posiblemente porque en su programa académico no figuraba ninguna asignatura con ese nombre, Curiosidad y si abundantes y aburridas materias sobre el camino que recorre de forma intangible el mensaje periodístico desde el emisor hasta quien lo recibe, lo que yo me he atrevido a llamar metafísica periodística. En los planes de estudio no se incluye la lectura diaria de periódicos y dudo que muchos de los profesores que acuden a las facultades de periodismo hayan comprobado en los diarios qué ocurre por el mundo, antes de empezar sus clases.

La curiosidad –discúlpenme la audacia- es una parte muy importante de la conciencia humana. ¿Se puede ser un buen padre sin sentir curiosa preocupación por saber lo que hacen los hijos?; ¿Es un buen ejecutivo aquel que no toma el pulso a las inquietudes de sus empleados?; ¿Qué no conoce de que pie cojea su organización?; ¿No hay desamor cuando, en una pareja, una de las partes, o las dos, dejan de sentir curiosidad por lo que piensa o siente la otra sobre las cosas más corrientes o las más trascendentales?.

Si me apuran y tuviéramos que elegir sólo entre extremos, creo que es mejor ser cotilla que pasota, porque al fin y al cabo los primeros meten sus narices en algún sitio, aunque nadie les haya llamado a hacerlo, mientras que los segundos son las amebas de nuestra sociedad, los del yo paso, tronco o a mi eso me la suda, no pasan de ser parte de inventario o del paisaje, como el mobiliario urbano al que muchas veces agraden con sus sprays porque las farolas y los bancos de la calle no se pueden defender.

Lo dicho, hay que ser curioso, porque si no es así será como si nos estuviéramos alejando cada vez más de la vida real.

Y si no que se lo digan a Nicolás Sarkozy, aún con resaca por la derrota en las municipales francesas, debido, según sentir general de los especialistas en cuestiones galas, a su errático e impopular protagonismo personal, que ha decidido bajar del pedestal de la grandeur al Presidente de Francia para llevarlo a las revistas de las salas de espera de las peluquerías y los dentistas.

http://www.abc.es/20080318/internacional-europa/sarkozy-ficha-ciberespia_200803182246.html


Sarkozy, buscando culpables, ha decidido contratar a un experto para que busque en Internet todo aquello que se refiera a él, especialmente si tiene tintes críticos. Dice la crónica de ABC que el detonante, la raiz de la incursión presidencial en la Red, está en la difusión que Youtube hizo de aquel “pobre idiota” que el Presidente dedicó a un ciudadano que no quiso corresponder a su saludo.

Y como la curiosidad también abunda en Francia, la iniciativa presidencial está dando de comer a los amigos de la información con cierto picante, la que sin duda gusta más a los lectores hartos de escuchar cada mañana y cada noche las mismas noticias en todos los medios. “Le Figaro”, nada sospechoso por su orientación derechista, no puede ser más irónico al afirmar que Nicolás Sarkozy puede acabar en millones de blogs y que su iniciativa, más que ser bálsamo de su impopularidad, puede convertirle en estrella de la Red.

Lo ocurrido me permite traer a este espacio algunos comentarios que me he hecho tras “descubrir” que existían materias de estudio que desconocía. Estudiante tardío o reciclado, el hecho es que tengo entre mis manos el libro “Conflictología” de Eduard Vinyamata, del que soy alumno en el master Sociedad de la Información y el Conocimiento de la UOC (Universitat Oberta de Catalunya). Son poco más 200 páginas que les recomiendo y que pueden encontrar en las librerías. Editorial Ariel.

Vinyamata señala que las sociedades dedican tanto tiempo a producir y crear riqueza como a encontrar respuestas a los conflictos, aunque éstas no sean siempre las más adecuadas e incluso, contraproducentes. Resolver un conflicto –dice- es encontrar soluciones a las causas que lo motivaron, no la represión, el camuflaje o el retraso en su aparición.

Y se lamenta el autor sobre la paradoja de que la política se haya convertido en un lugar de discordia y no de concordia, que los ejércitos no evitan las guerras sino que las provocan, que la justicia puede acabar imponiendo la injusticia social “El conflicto en su sentido más amplio –dice-es aquel que engloba guerras, disputas, y crisis” y considera una “falacia y un engaño” la aplicación tanto de que el fin justifica los medios, como la de que éstos justifican los fines.

Es brillante todo lo que dice en torno a la violencia. No siempre se ejerce violencia a través de la fuerza. La denegación de auxilio a un accidentado; el protagonismo, discreto pero efectivo, de la mujer -¡Ay Sarkozy!- en la historia de las guerras;la mentira, el engaño, la falacia y la tergiversación, que pueden llegar a destruir a una persona tanto física como psicológicamente; los enfrentamientos familiares o entre compañeros de trabajo; el estrés continuado como generador de violencia final…etc.

“Las pequeñas pero crueles guerras cotidianas entre familiares, compañeros de trabajo o de ideología…..no son tan diferentes de las guerras nacionales”, sentencia Vinyamata que evoca a Darwin cuando en "El origen de las especies" justificó la violencia como parte de la lucha para la supervivencia.

El miedo, en un sentido amplio, es un protagonista de primera línea para el autor. Miedo a los otros en la lucha para sobrevivir, a no cubrir las necesidades, a perder lo que tenemos, tanto física como emocionalmente. “El miedo a perder el poder –dice- contribuye a desarrollar una agresividad sin límites. Veamos, si no, los comportamientos tremendamente violentos que se ejercen desde las cimas del poder. Las guerras las hacen los estados poderosos, no los débiles”

El estrés está en el centro del problema de los conflictos personales, por las formas de vida que la sociedad ha impuesto, por los valores que rigen los comportamientos, por la exigencia profesional y por las dificultades para adaptarse al cambio permanente, entre otras razones. El estrés, si no se controla –dice Vinyamata- lleva a la destrucción. Tanto es así que tres premios Nóbel, Guillemin, Krebs y Pauling, fueron premiados por sus esfuerzos en el estudio de este gran problema..

El profesor catalán define la verdad como la suma de todas las percepciones que intervienen en un determinado momento y adjudica, al miedo a ser dominados por otros, buena parte de las controversias y conflictos y disiente acerca de ese sobrentendido de que en todo conflicto siempre hay alguien que tiene que perder. “Los problemas pueden resolverse mejor compartiendo que repartiendo”.

Los conflictos, dice, duermen en la naturaleza de las personas. A nivel individual cuando nos enfrentamos al infortunio o la enfermedad; en pareja en los largos periodos de sufrimiento durante procesos de divorcio, que al autor apunta que se deben, entre otras razones, a conflictos pasados que han sido mal resueltos y que transforman los lazos afectivos en odio.

Resolución de conflictos, nos cuenta Vinyamata, es ya una asignatura en las escuelas norteamericanas y su razonamiento en la misma vida escolar, facilita la comprensión de los conflictos con que estos estudiantes se encontrarán al integrarse en la sociedad adulta. “Aprender como la tolerancia no es un concepto teórico, sino que se basa en la apreciación de la diferencia como algo positivo y enriquecedor”.

Decía Einstein que un problema sin solución es un problema mal planteado. Aplica el autor este axioma proponiendo un cambio en el ángulo de percepción y “consultar con la almohada” , sin duda uno de los mejores ejemplos de la lengua castellana para ilustrar y animar a recapacitar a quienes dudan sobre algo. “Después de unas horas de sueño reparador –dice Vinyamata- los problemas continuarán exactamente donde los hemos dejado, sin embargo nuestra manera de observarlos, de comprenderlos y de imaginar soluciones puede ser totalmente distinta y decididamente positiva e imaginativa.”. Lástima que no se edite esta obra en francés. Yo se la enviaría a Sarkozy.

Buenas vacaciones

Javier Zuloaga

miércoles 12 de marzo de 2008

KIKI´S CORNER

En plena resaca política hay noticias que son como un soplo de aire fresco. Es como si la vida volviera a las cosas comunes y los diarios se quitaran el corsé de hablar de la campaña todos los días, de buscar la frase contradictoria o aquella foto en la que el líder apenas sujeta los ojos en sus órbitas y parece más un pájaro, un búho, que una persona.

Es cuando las cosas vuelven a su ser, cuando toma relevancia que el gasoil cueste más que la gasolina, los informativos se rinden ante la altura de las olas que destrozan la barandas del paseo marítimo de la Concha, en San Sebastián o seguimos empeñados en no querer ver que si el aeropuerto de Barcelona tiene cada vez menos vuelos internacionales es sobre todo porque las cuentas no salen en quienes pagan los derechos de aterrizaje, estancia y un combustible que vale ya más que le leche pasteurizada.

Y además la actualidad nos sorprende con noticias sabrosas para el comentario, como la que ayer publicaba “El País” sobre la decisión del ayuntamiento de Amsterdam de permitir las relaciones sexuales en sus jardines más populares cuando la noche se echa encima.

Noticia:
http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Sexo/libre/parque/elpepisoc/20080312elpepisoc_8/Tes

Los holandeses fueron pioneros en legalizar los porros, en sacar a las prostitutas de las esquinas para meterlas dentro de los escaparates y ahora se proponen –la iniciativa es de un edil de un partido ecologista- convertir los recovecos del parque Vondel en lugares de retoce y esparcimiento sexual nocturno de vecinos y visitantes. Lo quieren todo dentro de un orden, en lugares alejados del mobiliario infantil, con aseo y con el aviso de que a los más ruidosos se les podrá echar. “No se trata sólo de sexo –dice el consitorio-las normas afectarán a todos los usuarios del Vondel. Los que dejen al perro suelto molestando a los ciclistas o a los niños, tendrán que atenerse a las sanciones pertinentes”.

Así que yo lo saben los dueños de perros y aquellas parejas, sea cual sea su condición o modalidad: de ruidos nada.

La capital quiere regularizar los kikis on the grass, los mismos que, de acuerdo con las ordenanzas de las mayoría de los municipios españoles, puede acarrear multas a los desfogados infractores si son pillados in fraganti por un agente del orden.

Será como fumar -¿se puede fumar en los parques holandeses?- como pasear al perro o ir al tobogán con tu hijo para agarrarle del brazo antes de que se estampe contra el suelo. En el parque, menos agredir y robar, se podrá hacer casi todo, aunque en franjas horarias limitadas dentro de un auténtico alarde de optimización de los espacios públicos por parte de los inventores del queso de bola.

De lo que sí que estoy seguro es de que la experiencia ultraliberal de Holanda, el país en el que combatieron los españoles, el de la rendición de Breda inmortalizada por Velázquez, generará mimetismos en otros lugares, de la misma manera que ocurrió con el cannabis , que en algunas ocasiones se nos ha presentado como gran remedio para algunas enfermedades.

No creo que la excusa valga para el caso que hoy nos ocupa, pero lo de Holanda es una buena bandera para elevar aún más el nivel de ostentación pública que, por lo que a sexo se refiere, vivimos en los últimos años en cualquiera de las calles de nuestras ciudades.

Hace una treintena de años se oía en las emisoras musicales aquella canción que decía lo de “Qué bonito es hacer el amor en un Simca 1000” y algunas marcas de coches anunciaban un nuevo modelo poniendo a prueba los amortiguadores con movimientos rítmicos que hacían imaginar los contoneos pélvicos de sus ocupantes. Todo aquello, folklórico o sutil, resultaba impropio para los padres de los que nacimos en los años 50 y que ahora, simplemente, no acabarían de creerse que en los parques holandeses, como en los españoles ocurre con los espacios pipi-can , se acotarían, allá por el año 2008, los kiki corners.

¿Quién dijo que ya lo habíamos visto todo?

Javier Zuloaga

jueves 6 de marzo de 2008

CAMBALACHE

Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor!...
¡Ignorante, sabio o chorro,
generoso o estafador!
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
¡Lo mismo un burro
que un gran profesor!
No hay aplazaos
ni escalafón,
los inmorales
nos han igualao.
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
¡da lo mismo que sea cura,
colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón!...


Es muy posible que la visión desgarrada de la vida, sea uno de los mayores atractivos del tango, ese tesoro que los argentinos supieron crear mirando lo que ocurría alrededor y que, sumando letras de intención y buen manejo de bandoneón, metía vía venosa emociones de nostalgia y drama.

Tal es el caso de Cambalache, todo un emblema porque, además, fue prohibido por todas las dictaduras militares que hubo en Argentina desde los años cuarenta hasta la que acabó en 1982, tras la Guerra de las Malvinas y la elección de Ricardo Alfonsín como presidente. El mítico tango describía un escenario de corruptelas del Partido Radical, pero la universalidad de su letra levantó muchas ampollas durante más de setenta años, incluso después de la muerte de su autor, Enrique Santos Discépolo, en 1951.

Puede que Cambalache haya sido el poema o la canción –Discépolo fue siempre venerado por Camilo José Cela y Ernesto Sábato- que peores conciencias haya despertado en la historia argentina. De ahí, posiblemente, su persecución.

Pero, ¿por qué hablo hoy de Cambalache?

Estamos en vísperas de la llamada jornada de reflexión, previa a las elecciones del próximo domingo y he de reconocer que me siento preso de un desencanto que no me hará desistir, sin embargo, de ejercer mi derecho al voto.

Todo es igual/Nada es mejor , esas dos líneas de la letra de Santos Discépolo, se han quedado clavadas en mis pensamientos cuando asisto, con perplejidad galopante, a los últimos coletazos de este gran espectáculo de la campaña electoral. ¿Todo esto es cierto?, ¿Es así el mundo real, el que interesa a los ciudadanos?, ¿Están las respuestas a las inquietudes ciudadanas en esos grandes cartones de barras estadísticas que los grandes líderes usan en los debates para escupir al contrario?...

¿Tanto cuesta decir –los votantes siempre acaban premiando la verdad- que aquello de Irak, decidido por un político que ya no podía perder porque había anunciado que se marchaba, fue una pifia garrafal?, ¿Y reconocer que se ha mentido –con candor irresponsable-pero mentido al fin y al cabo, cuando decía que ya no negociaba con quienes querían réditos políticos a cambio de no matar?.

¿Hemos visto unos debates o –como decía anteanoche la quijotesca Rosa Diez en una entrevista en CNN+- podíamos habernos ahorrado 200 millones de euros de atrezzo enviando las intervenciones enlatadas desde las sedes de los partidos?. ¿No sería mejor hablar de pelea de gallos?, ¿O tal vez basta hablar de muñecos teledirigidos con mercadotecnia desde los mandos de la play-station política?

¿Es todo esto auténtico?, ¿Y libre?

¿Cómo se pueden suspender gubernativamente actos de campaña invocando razones de seguridad para un político que sólo quiere explicar su programa?, ¿Cómo los partidos y los gobernantes guardan silencio cómplice cuando se arremete contra políticos estigmatizados, acorralados y privados de su pedigree de pertenencia a la tierra en la que nacieron?, ¿A cuántos extremistas se ha detenido y al menos multado por interrumpir o intentar agredir a candidatos durante la campaña?, ¿Por qué llama la atención escuchar que alguien haga alarde de sinceridad y diga que se siente español sin complejos?

Creo, como decimos aquí en Cataluña, que después de las elecciones nos lo tendríamos que hacer mirar, reflexionar no sobre nuestro voto, sino acerca de nuestro nivel de tolerancia, de responsabilidad y del grado de ciudadanía de este país. Porque la rivalidad política, sana, no debería eclipsar la responsabilidad que todos tenemos de dejar a nuestros hijos un país mejor que el que recibimos y que no pertenece a quien gobierna sino a los gobernados.

Porque eso de que aquí vale todo con tal de ganar, el anuncio irritante, el escarnio fácil del histrión vulgar sin mayores recursos, o la dialéctica del degüello, acaban formando un caldo de cultivo que sólo sirve para deshacer la convivencia de vecinos, compañeros, amigos y si me apuran de familiares.

Hasta hace poco, América nos llegaba a los españoles a través del cine pero hoy la tenemos en directo a diario gracias al satélite o a Internet. No hace muchos días pudimos ver a Obama y Hillary Clinton en Austin, Tejas, frente a cuatro pesos pesados del periodismo que sin cronómetros ni tanto ceremonial, preguntaban lo que creían interesante a los dos precandidatos demócratas, que estaban sentados codo con codo, con sonrisas y sin interrumpirse ni embestirse.

Más o menos lo mismo que aquí, en donde falta naturalidad, todo se ensaya, no hay cosas nuevas que ilusionen. Nuestra política es aburrida y bastante desesperante y debe ser cosa de ciclos históricos y puede que el paso del tiempo haga cambiar las cosas, una vez surjan nuevas caras y el vitriolo se guarde con un buen cerrojo.


¡Siglo veinte, cambalache
problemático y febril!...
El que no llora no mama
y el que no afana es un gil!
¡Dale nomás!
¡Dale que va!
¡Que allá en el horno
nos vamo a encontrar!
¡No pienses más,
sentate a un lao,
que a nadie importa
si naciste honrao!
Es lo mismo el que labura
noche y día como un buey,
que el que vive de los otros,
que el que mata, que el que cura
o está fuera de la ley...

Así acaba Cambalache cuya letra puede el lector encontrar en la línea inferior y con un enlace para poder escuchar, si quiere, aquel inolvidable tango.

Que ustedes reflexionen bien

http://www.todotango.com/spanish/biblioteca/letras/letra.asp?idletra=154



Javier Zuloaga

miércoles 27 de febrero de 2008

CASTRO Y LOS ESPAÑOLES

Alguna vez he pensado que, para los españoles, Cuba es más un sentimiento que propiamente un país. Sólo así he conseguido acercarme a la comprensión de las actitudes tan especiales que siempre nos han unido con la tierra y las gentes de aquella isla en la que abandonamos, definitivamente, nuestra condición de colonizadores de América, iniciada cuatro siglos antes.

Cuba obtuvo su legítima independencia en París en 1898, en un tratado en el que los Estados Unidos se quedaron con los retales que nos quedaban: Filipinas y Puerto Rico. El entonces presidente Theodore Roosevelt fue una pieza clave en aquella emancipación y actuó como gran muñidor del levantamiento cubano, para el que no regateó acusaciones a los españoles de ataques a sus barcos anclados en el puerto de la Habana, que fueron aireados de forma entusiasta por la propaganda desplegada por William Randolph Hearst, “Ciudadano Kane”, cruel pero merecidamente inmortalizado por Orson Welles.

Cuba tenía que ser algo más que un país cuando su pérdida llevó a Miguel de Unamuno, Valle-Inclán, Pío Baroja, Azorín y Antonio Machado, junto con otros, a formar una generación inquieta que creó un imperio literario para llenar un gran vacío político en el que ya no había más que recuerdos nostálgicos. Cuba es en gran medida la suma de emigrantes de toda nuestra geografía, muchos de ellos catalanes, que volvieron contando las bondades de aquella tierra y Cuba está en las habaneras que nunca morirán y que cada año, en la Costa Brava, reúne a quienes quieren soñar con aquel ultramar, que les llegó por tradición oral, oyendo las letras de Allá en la Habana, El meu avi, Lola la Tabernera o Mi madre fue una mulata.


Y es que la independencia de Cuba, aunque nos parezca algo lejana en el tiempo, ocurrió hace 110 años, casi nada, sólo tres o cuatro generaciones atrás.

Estos días Cuba ha compartido espacio con los debates electorales de los líderes de los principales partidos y las plumas de los articulistas de postín han andado ocupadas con lo político, tal vez demasiado como para preguntarse por qué desde Franco hasta Zapatero, con el paréntesis de la crisis desatada durante la presidencia de Aznar, a Castro siempre se le ha tratado, dentro de la dureza que merece un dictador, con condescendencia y, si me apuran, hasta con cierto calor.

No recuerdo haber sentido, ni en mi infancia ni en mi juventud, un clima de hostilidad hacia la Cuba de Castro. Y me crié en una familia de periodistas, en la que lo que dirían la mañana siguiente el diario o las portadas de las revistas que dirigía mi padre, un viejo carlistón, formaba parte del menú que mi madre preparaba.

Castro, el de los misiles, el de la bahía de Cochinos, el que peleó para que Elían González, El Niño Balsero, volviera con su padre revolucionario, el de los compañeros que fueron a hacer la guerra Angola y que no podían regresar por nuevas y desconocidas enfermedades, el exportador de conocimiento universitario y la revolución a los países hispanoparlantes de Suramérica, superó al mismísimo Franco en permanencia en el poder. Porque la salud le ha acompañado hasta ahora y “por bemoles”


Y tal vez por ello, porque en eso se parecían, hoy pueden encontrarse con los buscadores de Internet declaraciones del octogenario líder en las que, al tiempo que bautizaba a José María Aznar como “fürhercito del bigotito” elogiaba al Caudillo –Castro era originario de la lucense Láncara y Franco de Ferrol- diciendo que, aunque fascista, el anterior jefe del Estado era “un asombroso nivel de tenacidad en las relaciones con Cuba. Era un fascista que tenía sentido nacional, sentido de la dignidad y talento”.


Parece claro que, aunque distantes, en algo debían coincidir y, tal vez por ello, algunos prohombres de nuestra vida democrática, no han dejado –después de 1975- de hacerse guiños de complicidad con el revolucionario detenido en el Cuartel de Montcada y victorioso tras la revolución de Sierra Maestra.

En 1978, el mismo Compañero Fidel esperó aplaudiendo, al pie de la escalerilla del avión que llevó hasta la Habana, a Adolfo Suárez, segundo Presidente del Gobierno tras Arias Navarro después de la muerte de Franco y abrió las puertas del Tropicana a Felipe González, aunque después le retirara casi el saludo cuando el líder socialista afirmara que Fidel no era ya un peligro. ¡Imprudente el español! . Lo de Aznar en sus postrimerías hay que encajarlo en los planos, salvando las distancias que existen entre quienes representan a países con democracia o sin ella, de los rasgos de la personalidad de cada uno.

Cuando se tensaba la cuerda hispano-cubana con los gobiernos del PP, no habían pasado muchos años de las pescas submarinas de Manuel Fraga y Fidel Castro y de los estériles consejos que el de Perbes le daba a su anfitrión en Cuba para que hiciera una transición a la española y no a la nicaragüense. No hay que desdeñar la ideas de que el galleguismo militante del fundador del PP rompiera las barreras ideológicas entre la derecha española y los “soviets” caribeños, tal vez lo mismo que ocurriría si se vieran ahora las caras Castro y el pontevedrés Rajoy, o no.

Y deambulo por estas ideas porque creo que lo de los emigrantes funciona. Lo he visto en mis años en Argentina, cuando comprobaba con que facilidad se desempolvan las emocines, los sentimientos y los recuerdos oídos a los padres. o a los abuelos, cuando se juntaban en torno a una mesa cuarenta o cincuenta venidos desde la Costa da Morte.

Hace muy pocos días que Raúl Castro ha sido nombrado sucesor de su hermano, en una decisión colegiada que tiene poco de relevo generacional. Los politólogos, ¿existen los cubanólogos? tendrán opiniones bien autorizadas por su conocimiento de este país -que yo aún no he visitado- y de sus líderes, pero creo que esa cierta desilusión que se ha producido al ver que no se optaba por alternativas más jóvenes es un tanto epidérmica y puede que bastante provisional. Me explico.

En España, la primera propuesta que el Rey hizo al Consejo del Reino para nombrar a un presidente del Gobierno fue la de Carlos Arias Navarro, un hombre que aguantó los primeros envites de quienes llamaban a la puerta de la normalización política. Pocos meses después Don Juan Carlos aceptaba una renuncia que, para los entendidos de la época, estaba ya sobrentendida desde su nombramiento.

Luego vino todo lo demás, lo que todos recordamos porque es nuestra historia reciente. Las cosas se hicieron así, a la española, en conciliábulos de amiguetes o bienavenidos hechos sobre la marcha y se condujo a toda nuestra sociedad hacia lo que era normal en los sistemas democráticos. ¿Será de esta manera en Cuba?

Si es así, ¿cómo se llama el sucesor de Raul Castro?.

Cuando escribo estas líneas, el hermano del mítico revolucionario, el que supo aguantar cincuenta años de presión norteamericana, el dictador y represor, el orador infatigable, el admirador de Franco, de Fraga, el que aplaudió a Suárez y rodeó a González de sabrosonas mulatas en el Tropicana, recibe en la Habana al brazo derecho del Papa.

Muchas casualidades.

Javier Zuloaga

jueves 21 de febrero de 2008

¿ES DIFERENTE KOSOVO?

La semana que acaba, plena de noticias de precampaña, ha dejado buenos espacios a uno de los capítulos más controvertidos de los últimos tiempos en el escenario internacional: la proclamación de independencia del enclave de Kosovo. Es un territorio ubicado en los Balcanes, con una superficie algo mayor a los 10.000 km² y habitado por cerca de 2,2 millones de personas, de los que un 90% son de origen albanés.

Para muchos historiadores, Kosovo es el “corazón” de la Gran Serbia, tanto históricamente como por los símbolos cristiano-ortodoxos que siguen en pie en aquel territorio y sitúan en el siglo X el comienzo de una inmigración albanesa que, por el efecto generoso del crecimiento demográfico, hizo que, por lo que a sus habitantes se refiere, lo serbio acabara siendo minoritario

Lo del puente de Mitrovica, ciudad kosovar que divide a las comunidades serbia y albanesa, es el relato de la incertidumbre que planea ahora sobre una comunidad minoritaria –hay 100.000 serbios en Kosovo- en que ahora teme la llegada del frío plato de la venganza albano-kosovar.

Crónica sobre Mitrovica:

http://www.elpais.com/articulo/internacional/puente/divide/mundos/elpepiint/20080217elpepiint_3/Tes

La independencia de Kosovo guarda una relación directa con el genocidio que el gobierno de Slobodan Milosevic llevó a cabo para corregir la minoría demográfica serbia por la vía del asesinato indiscriminado y que desembocó con la intervención de la OTAN en 1999 para frenar los enfrentamientos y desmanes entre serbios y guerrilleros separatistas. Desde entonces, tropas internacionales, entre ellas las españolas, se mantienen atentas ante posibles estallidos de violencia.

Se ha escrito mucho estos días sobre el futuro de Kosovo, tanto en lo que se refiere a su viabilidad sin el apoyo serbio, de la que depende económicamente, como del reconocimiento internacional del nuevo estado.

España, paradójicamente, se ha visto colocada en el mismo bando que Moscú y frente a los principales países de de la Unión Europea, aunque las razones de Rusia sean bien distintas a las esgrimidas en Madrid, ya que mientras en el Kremlin se intenta evitar que los norteamericanos - ¡vitoreados! en Kosovo el día de la proclamación- acaben instalando una nueva base militar en el histórico radio geoestratégico soviético, en España preocupa el asunto por las distintas lecturas que de lo de Kosovo puedan hacer los diferentes nacionalismos ibéricos.

Y –como ocurre en botica- ha habido de todo. El Gobierno, en esta ocasión con el apoyo del Partido Popular, sostiene que España no pueda reconocer una declaración unilateral de independencia que no sea el resultado de un acuerdo entre dos partes y que no tenga el soporte de una resolución de las Naciones Unidas. Moratinos, en una de sus intervenciones menos criticadas, ha colocado la decisión española en el tejado de Naciones Unidas, en donde el veto ruso, bien lo saben todos, haría inviable una resolución que abriera las puertas de la independencia de Kosovo.

Y aquí, en España, hemos asistido a declaraciones de todo tono. Desde las peculiares conclusiones de la ejecutiva de ERC, que ha aplaudido festivamente lo ocurrido en Pristina, capital de Kosovo y ha lamentado que España no se haya alineado con los principales países del mundo ¡ERC aplaudiendo a los Estados Unidos de Bush! y la acusa de haber hecho alarde de un espíritu jacobino, imagino que refiriéndose a la concepción centralista de la democracia que tenía aquella sociedad que presidió y decidió sobre las cosas más importantes de la Francia revolucionaria, hasta que murió su principal presidente, Maximilien Robespierre.

Carod y su plana mayor se apuntan a un bombardeo, da igual que sea en Flandes, Escocia, Québec y ahora Kosovo. No se puede desperdiciar ningún tipo de carnaza, cuando se circula por la vida como si ésta fuera un pasillo y sólo se quiere ver el final del camino.

Artur Mas, presidente de CiU, marcó diferencias entre lo catalán y lo kosovar y dijo que lo ocurrido en el país de los Balcanes no es exportable a España, pero sembró la semilla de la discordia al tildar de poco democrático y sintomático de “mieditis” que Rodríguez Zapatero haya desperdiciado una ocasión para reconocer el “derecho a decidir”.

Pero yo me he quedado con las declaraciones tensas, con su ¡Por Dios! como expresión tensa, que pronunció Ramón Jáuregui, cabeza de lista del los socialistas vascos por Alava.

“Euskadi –dijo- nunca será como Kosovo, los vascos nunca querremos ser como Kosovo porque nunca querremos ser una nación étnica”. El histórico, que no viejo, socialista vasco lo decía con vehemencia, invocando a Dios, en unas palabras que eran respuesta a la declaración de la portavoz del Gobierno vasco, Miren Azkarate, que afirmó antes que lo de Kosovo supone una "lección sobre el modo de resolver de manera pacífica y democrática conflictos de identidad y pertenencia".

Ramón Jáuregui tiene un blog en el que el lector curioso puede empaparse de sus potentes argumentos y convicciones personales, que yo comparto en buena parte.

http://elblogdejauregui.blogspot.es/i2008-02/

Dedica dos artículos a Kosovo, pero han llamado mi atención las dudas, ¿no serán temores?, que Jáuregui expresa en el titulado “Kosovo y Nosotros”

¿Qué pasará con la minoría serbia en Kosovo, cuando se declare la independencia? Recuérdese que son 350.000 personas aproximadamente y que casi doscientas mil han abandonado sus hogares y no parecen dispuestos a volver. ¿Qué harán los cien mil serbios que todavía viven allí?

¿Es que hay que hacer un estado en cada una de las comunidades étnicas o lingüísticas del mundo? ¿Es que no podemos convivir los diferentes en estructuras políticas más amplias?

El político vasco conoce bien su tierra, ha sido Vicelehendakari con José Antonio Ardanza y llegó a tener la mayor representación en el parlamento de Vitoria aunque no pudo formar mayoría y presidir el Gobierno. Próximo a los 60 años, pocos más que yo, es uno de los vascos más respetados por su dedicación íntegra a la política y conoce bien, por ello, el carácter étnico del nacionalismo de Sabino Arana. Por ello, pienso, su horror ante la comparación con Kosovo le delata.

Seguro que ha leído el libro de su paisano donostiarra Fernando Aramburu “Los peces de la amargura” sobre el que pude escribir, en septiembre en este mismo blog, algunos comentarios encadenándolos con las reflexiones que me produjo la lectura de “Historia de un alemán”, de Sebastián Haffner.

http://javierzuloaga.blogspot.com/2007/09/los-camaradas-del-miedo.htmlç

Es cierto que por historia y evolución, Kosovo es diferente al País Vasco o Cataluña, pero no lo es menos que el miedo, el amedrentamiento general, la indiferencia insolidaria y la tolerancia frente a lo inaceptable hacen que, como bien explicaba Haffner y fantásticamente lo narra Aramburu en sus historias, quienes mantienen su dignidad frente a los violentos, acaben cada día más solos y arrinconados, precisamente, por sus propios compañeros de viaje, cansados ya de luchas estériles por defender sus principios.

Por eso, cuando he leído lo que pasaba en Kosovo y lo que ha dicho Jáuregui, no he podido evitar reflexionar sobre nosotros mismos, en esas ciudades y pueblos vascos en los que sólo hay una manera de pensar políticamente y no se puede hablar libremente; en esas universidades de Madrid o Barcelona en donde la intolerancia extremista impide que las aulas mantengan su espíritu de espacio abierto a las ideas de todas las tendencias; en esas ciudades en las que las turbas deciden si una reunión o conferencia es o no posible; o en esos acuerdos políticos cuya principal sustancia es que los abajo firmantes se comprometen a no pactar jamás con un determinado partido.

De acuerdo Jáuregui, lo de Kosovo es diferente, pero todo tiene su germen.


Javier Zuloaga

viernes 15 de febrero de 2008

EL "BLACK POWER"

Todos los que recordamos, como si fuera hoy mismo, la convulsión que causó en el mundo la muerte del presidente Kennedy, en 1963, tenemos también fresco en la memoria aquel racismo que no escandalizaba más que a algunos en aquella América que hacía poco había liberado a Europa de la tortura nazi y que iniciaba, sin miramientos, el bloqueo económico a Cuba, que finalmente pasará a la historia más por la resistencia del comunismo castrista, que por la genialidad y eficacia de las medidas decididas en Washington e impuestas incluso al resto del mundo, como aquella Ley Helms-Burton, que sancionaba a los países que invirtieran en bienes confiscados por el régimen de Castro.

La América mágica de Kennedy era la ilusión que camuflaba a otra, mucho más dura, la racista, comparable en algunos estados, especialmente en los sureños que perdieron la Guerra Civil, al régimen surafricano. En Montgomery, Alabama, la negativa de una dama negra frente a las ordenanzas locales que obligaban a los negros a ceder los asientos a los blancos en los autobuses, había encendido, poco antes del magnicidio de Dallas, la inquietud de los negros, hoy llamados afroamericanos para tapar la mala conciencia y la tolerancia, de no pocos, ante el racismo.

Casi al tiempo que Oswald atravesaba con una bala la cabeza de John Kennedy, el pastor Martin Luther King pronunciaba, ante 200.000 personas que le escuchaban en Washington, su frase ya mitológica "Sueño con el día en que esta nación se levante para vivir de acuerdo con su creencia en la verdad evidente de que todos los hombres son creados iguales (...) Sueño con el día en que mis cuatro hijos vivan en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por la integridad de su carácter".

Cinco años después, un disparo se lo llevó por el mismo camino de Kennedy y desaparecía así un líder que removía las entrañas y la rebeldía de los nietos de quienes habían sido cazados en tierras africanas por sus espaldas anchas y buenos brazos, como si fueran ganado para acarrear agua haciendo girar una noria, cortar y acarrear caña o clavar bien el arado en los campos de las plantaciones.

Aunque es sólo un vestigio, el Ku Klus Klan sigue existiendo y Alabama trajo al mundo a un político que quería ser presidente de los Estados Unidos, George Wallace, proponiendo el segregacionismo puro y duro, pero que se quedó a mitad de camino cuando un hombre blanco le dejó paralítico, también de un disparo. El pistolero, Arthur Bremen, salió el pasado noviembre de la cárcel de Maryland, diez años después de que Wallace falleciera en la cama, no sin antes perdonar públicamente a quien arruinó su vida.

Lo negro, los negros, tienen su propia historia dentro de la de los Estados Unidos, con momentos de cierta épica y con próximos capítulos que se presentan apasionantes.

Cuentan que Adolf Hitler se retiró de la tribuna del Estadio Olímpico de Berlín en 1936, cuando vió como un negro, Jesse Owens cruzaba la meta de los cien metros lisos, por delante de sus arios teutones. Si el Fürher hubiera mirado por el túnel del tiempo, habría muerto de sobresalto emocional.

El mundo ha cambiado, especialmente en los Estados Unidos y en esa apertura han tenido algo que ver los gestos públicos. Antes de que Tiger Woods se enfundara la chaqueta verde del Open de golf de Atlanta, Michael Jordan se había convertido en el deportista mejor pagado del mundo y los juegos olímpicos habían impuesto en el atletismo, en el que el hombre lucha contra su propio límite, la superioridad negra.

En los archivos periodísticos son auténticos tesoros aquellas fotografías de Smith, Carlos y Evans, ocupando el podio de los 100 metros en Méjico y levantando un puño enfundado en un guante negro. Nacía el “black power”. Era la primera gran respuesta a una discriminación que se mantenía todavía en los Estados Unidos y que hacía que el ídolo del rugby, Jackie Robinson, tuviera que comer separado de sus compañeros de equipo del Brooklyn Dodgers o que los primeros encestadores de color de la NBA, Chuck Cooper, Earl Llyd y Nat Clifton, fueran escupidos por espectadores racistas cuando saltaban a la cancha.

No puedo evitar pensar en Pau Gasol, la peca blanca española en el vestuario de los Angeles Lakers, ante el que el público, blanco, negro o amarillo, se ha rendido incondicionalmente por su genialidad.

Y es que todo ha cambiado y puede hacerlo aún más si el profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Chicago y senador por Illinois, Barack Obama, consigue la nominación demócrata para las elecciones presidenciales del próximo noviembre.

Será de momento sólo eso, la nominación, pero sin duda un hito en la historia de un país que durante mucho tiempo encadenó a los negros, los arrinconó en barrios alejados y sobre todo, que hasta hace poco no les ofrecían las mismas oportunidades que al resto de los ciudadanos, lo que, en plena modernidad, viene a ser una sutil segregación.

A Obama le quedará la gran prueba, su enfrentamiento contra MCain, que hereda una deteriorada administración de George Bush, pero que en cualquier caso representa al sector más conservador de la sociedad norteamericana, la misma que aupó a Reagan y al actual presidente y que encaja difícilmente imaginar a un negro en la Casa Blanca.

Dicen quienes siguen al senador de Illinois que Obama ha roto los corsés étnicos y que el gran cambio es posible, tanto por los vientos de ilusión y novedad que provoca su candidatura, como por el desgaste y decepción que ha padecido la primera potencia del mundo como consecuencia de los errores geoestratégicos de la actual administración, parecidos a los que los norteamericanos sintieron cuando vieron, humillados, cómo sus tropas salían de Saigón en 1975, dejándose en el camino la vida de 52.000 soldados.

¿Y si Obama ganara a MCain?, ¿Cuál sería su reflejo en la vida de los norteamericanos?. ¿Cómo se mirarán al cruzarse en la calle los ejecutivos blancos con los barrenderos venidos de madrugada desde Harlem?

La respuesta es de nota. Para sociólogos y autores de ficción. Puede que valga decir que ya nada será igual... o que no pasará nada... lo cual en el fondo es aún mejor y que los propios americanos irán adaptando su vida personal y eliminando esas aristas rancias en sus relaciones con el vecino de color, porque eso es también lo que habrán decidido los votantes.

Javier Zuloaga

viernes 8 de febrero de 2008

LA BOTELLA DE COCA-COLA

Hace tiempo vi una película que, pese a su apariencia cómica, tenía su miga. “Los dioses se han vuelto locos” gira en torno a una botella de Coca Cola que cae desde un avión en la selva africana y que, como si fuera un tótem llegado del cielo, deslumbra a un nativo honrado, que decide correr en la misma dirección de aquel avión que perdió, en su trayecto, aquella piedra preciosa jamás vista.

En este mismo blog hice hace unos meses una incursión en el complejo mundo de la migración. Citaba unas reflexiones de Carlos Solchaga, que se manifestaba sobre las políticas de apoyo de Occidente al Tercer Mundo y la escasa influencia que hasta ahora han tenido en el freno de los aludes migratorios.

Venía a decir este navarro que el problema no está en el origen, sino en el destino y que la popularización de las telecomunicaciones había roto las barreras de la ignorancia, al sur de Europa, sobre lo que se podía encontrar más allá de aquella misma costa de la que los antepasados de esos desesperados aventureros de ahora, salían encadenados, hace tres siglos, rumbo a América.

La aparición en las pantallas de sus televisores del bienestar ajeno y evidencia de la propia escasez, han actuado como gran detonante en las decisiones de miles de emigrantes, de los que una buena parte circulan por las ciudades españolas y trabajan como mano de obra barata sin cualificar, o hacen de eslabón en negocios ilegales. No me tomen por frívolo, pero me parece que la señal de televisión vía satélite ha acabado siendo como aquella botella de Coca-Cola, seguida en este caso de forma incontrolada por millones de personas y generando el que, con toda seguridad, es el principal problema social de la historia de Europa.

Una buena parte de ellos han acabado legalizando su situación en los procesos de regularización y se han apiñado en guetos sociales que han convertido a no pocos barrios históricos y antiguos de las ciudades españolas, en lugares por los que los nacidos en ellas prefieren ya no pasar.

Ocurre en Madrid y Barcelona, de la misma manera que en Marsella, en los banlieu de Paris y en las principales ciudades de la Unión Europea. Son los otros emigrantes, los que no se han integrado y que dan mayor rango a lo que sus propias normas dicen sobre derechos cuya vulneración está penada en los países democráticos europeos. En ese círculo cerrado, dentro de su endogamia religiosa, las mujeres se ven abocadas a asentir y defender, temerosas de Alá y de sus hombres, la bondad de no ser, vestir y vivir como las mujeres naturales de los países que les han acogido.

En mayo se cumplirá un año de la elección de Nicolás Sarkozy como presidente de Francia. Decían entonces los cronistas que el deseo de cambio había pesado en la contundente victoria con más de un 53% de los votos emitidos y que la claridad respecto al problema migratorio había sido, junto con la decisión del nuevo mandatario de acabar con privilegios gremiales ofensivos, la clave de un apoyo popular, ahora en parte enturbiado por la ventilación mediática de su vida sentimental.

El arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, primado de la Iglesia Anglicana en el Reino Unido –recordemos que la reina de Inglaterra es su jefa espiritual- se ha visto en los últimos días en un pequeño callejón sin salida, tras decir que "parece inevitable" la introducción, en el marco legal británico, de algunos aspectos de la "sharia", leyes coránicas, para favorecer la cohesión social. El primer ministro Brown, tardó sólo unas horas en recordar al presbítero que «las leyes británicas tienen que basarse en valores británicos» y que la Sharía nunca puede usarse como justificación para vulnerar la ley del país, ni siquiera en casos de derecho civil.

Y en España el toro migratorio ha salido al ruedo del debate político cuando tenía que salir, antes de que los votantes decidan la opción que prefieren para los próximos cuatro años. La iniciativa ha partido de Mariano Rajoy, que en la misma línea de las limitaciones y mayor exigencia aplicadas en Francia y Alemania y el rigor británico, ha anunciado que si gobierna aplicará normas para exigir la integración, la aceptación de nuestras leyes y el respeto de igualdad entre hombre y mujer, nada clara en los códigos de conducta de una parte de los que han venido para quedarse.

Al anunciar sus medidas era obvio que denunciaba “agujeros negros” que el Gobierno, ¿qué otra cosa podía hacer?, ha dicho que no existen invocando cantos a la libertad de los pueblos y llamando rancios, excluyentes y xenófobos a los populares. Rodríguez Zapatero, ha hecho un paréntesis en su generosa campaña política, para pedir perdón a los emigrantes “en nombre de todos los españoles”, incluido en el mío y algunos cuantos más que, a lo mejor en estas cuestiones, coincidimos con lo que dice el político de Pontevedra que quiere llevar al PP a La Moncloa.

¿Se imaginan a Segolene Royal pidiendo perdón a los emigrantes por las medidas de mayor control propuestas por el candidato Sarkozy?. ¿Haría otro tanto David Cameron, candidato conservador británico sumándose al patinazo de Arzobispo de Canterbury?.

Estoy seguro de que no. Que en esas democracias maduras de la Vieja Europa, los partidos, aunque sean de diferente signo ideológico, comparten y apartan del debate un activo que cuesta mucho tiempo construir, pero que puede desaparecer muy rápidamente si no se cuida. Me refiero a un profundo sentido de estado

¿Y aquí, qué?. Pues aquí creo que el sentido de Estado pertenece cada día más a la teoría política y menos a la praxis del ejercicio del poder y la oposición. Y tal vez por eso los españoles somos diferentes, como ya se decía en los carteles turísticos de los años setenta y confundimos ese envidiable orgullo de pertenencia de galos, teutones, ingleses y vikingos, con la lucha obsesiva por el poder.

Javier Zuloaga

jueves 31 de enero de 2008

LA MAGIA DE LOS MERCADOS

El mundo de la comunicación periodística funciona, en buena medida, a golpe de campana. Lo saben bien los jefes de redacción de los medios, escritos y audiovisuales, que se ven abrumados por una agenda en la que, en bastantes ocasiones, ellos no han hecho más que anotar convocatorias. No trato, al decir esto, más que decir que es así y que la las iniciativas de lo que podríamos llamar “agentes de la actualidad” (políticos, empresarios, faranduleros, futbolistas, gurús de la ciencia y la cultura..etc) apenas dejan espacio a la ocurrencia o la libre curiosidad de los profesionales del periodismo.

Lo he vivido por activa y por pasiva, desde el papel de informador y director de diarios y desde el de comunicador empresarial. La presión de las agendas abona la cultura del conformismo y, como si del principio de Pavlov se tratara, hacen que los periodistas acudan en tropel a las citas informativas, en donde, al entrar, reciben una nota informativa de la que finalmente salen no pocas de las preguntas que se plantean a los protagonistas.

Siempre ha sido así, de la misma manera que he de decir que en el periodismo español existen grandes profesionales que pueden dirigir sus pasos hacia donde creen que deben hacerlo para escribir finalmente una gran crónica.

Por esta razón admiro a quienes hacen del ingenio una obligación y saben apartarse, incluso en las grandes citas de las agendas, de la mansedumbre y el conformismo oficialistas. Lo he comprobado en la lectura de las crónicas sobre la reciente reunión de Davos, esa cumbre en la que los poderosos se ponen delante del escaparate económico del mundo. He guardado varios recortes, uno con especial cariño, de un periodista con el que coincidí hace unos años en Barcelona. Me refiero a Walter Oppenheimer, corresponsal de “El País” en Londres, que viajó hasta una ciudad que es hoy más famosa por los postulados que en ella se sientan que por las pistas de esquí que la rodean.

George Soros, opulento por mérito y oportunidad y filántropo como consecuencia de lo anterior, explicaba- según Oppenheimer- que la actual crisis es el big-bang de 60 años de magia de los mercados, que el multimillonario prefiere llamar fundamentalismo, en el que la sofisticación de los productos que salían de forma continuada a los mercados desbordaron a quienes, desde las administraciones y las agencias de calificación de solvencia, habían sido hasta entonces capaces de calcular los riesgos, pero que decidieron echarse finalmente en los brazos de los modernos métodos de gestión.
Soros, con los bolsillos bien llenos, habló en Davos de dejación de responsabilidades. Muy duro.

De aquella crónica del enviado especial de “El País” no he podido resistirme a recoger las palabras del Vicepresidente de la Asamblea Popular de China, Cheng Siwei sobre la economía de su país “Hay cuatro etapas: primero exportamos bienes, luego manufacturas, luego capital y finalmente conocimiento” para luego pronunciar una frase que deslumbra por su sencillez y profundidad “Los chinos ahorran hoy el gasto de mañana y los americanos gastan hoy los ahorros del mañana”

Crónica completa:

http://www.elpais.com/articulo/economia/Crisis/recesion/cambio/cetro/elpepieco/20080127elpepieco_3/Tes

Lo de la reunión de Davos ha generado ríos de tinta, en crónicas y artículos, que no podían dejar escapar la oportunidad. El economista, profesor y articulista británico Timothy Garton, se preguntaba por qué el G-8 no se multiplica por 1,7 y se convierte en el G-14, para aplicar, en la práctica, la globalización de la economía.

No entiende el autor que este tipo de conciliábulos tengan sitio para Italia y no para China y apostaba por la presencia en el encuentro, como protagonistas, de países como –además de China- India, Brasil, México, Surafrica e Indonesia. “No tiene ningún sentido abordar un asunto como el cambio climático sin que estén en la mesa los dos mayores emisores de carbono”, decía el estudioso, que se mostraba sin embargo escéptico sobre si alguno de los ocho miembros del sanedrín del poder económico correrá su poltrona hacia un lado para dejar espacio a las de los nuevos.

Artículo completo de T. Garton:

http://www.elpais.com/articulo/panorama/Convertir/G-8/G-14/elpepusocdgm/20080127elpdmgpan_2/Tes

Pero en Davos se cocían, intramuros, cuestiones más peliagudas. Los Fondos Soberanos, esas ingentes cantidades de dinero líquido propiedad de los gobiernos de países ricos, un 2% se los activos que circulan por el mundo según The Economist, que son invertidos en empresas, principalmente bancos, de países que atraviesan momentos de crisis. En la cita suiza hubo quien acusó a esos inversores estatales, de ser poco transparentes, aunque la respuesta defensiva fue que resultaba ilógico pedir a países que acuden a tapar los agujeros de la coyuntura, o la mala gestión, más controles que a los fondos privados y los bancos de inversión.

Gordon Brown, Premier británico pedía que el Fondo Monetario Internacional supervise los grandes flujos financieros que se producen, cada día, en el mundo. Los controladores nacionales, explicaba el sucesor de Blair, no son suficientes y es necesario saber qué pasa con el dinero que se mueve vertiginosamente con la pulsación de una sola tecla. Para el británico, el FMI debería desarrollar un sistema de alerta temprana capaz de enfrentarse a las crisis. ¿Se refería a poner filtros a la globalización?

Hay miedo, temor o impotencia ante lo que excede a las soberanías de los estados y a la interrelación de todo con todo. Lo mismo da que hablemos de revoluciones igualitarias, delincuencia virtual o, como en este caso, a esas corrientes inversoras y desinversoras que se dan cada segundo en los mercados.

La posible candidata demócrata a la presidencia de los EE.UU. Hillay Clinton decía el pasado 15 de enero “Necesitamos tener mucho más control sobre lo que los fondos soberanos hacen y como lo hacen”. Sus palabras eran el renglón seguido de las inversiones para recapitalizar las pérdidas, entre otros, de City Group y Merry Linch, en crisis por la sobrevaloración de las tasaciones hipotecarias norteamericanas, que fueron la raíz de que los gobiernos de Singapur, Kuwait y Corea del Sur, inyectaran 21 billones de dólares.

“¿Salvarán los pobres la economía mundial?”, era el titular de una crónica periodística sobre esta suerte de reversión del curso natural del dinero, de Occidente hacia el Este antes y ahora crecientemente en sentido contrario. El periodista, Moisés Naim, trataba de encontrar, en el dinamismo interno de las economías emergentes y sus beneficios, el chaleco salvavidas para que Estados Unidos y todos los que recibimos sus estornudos, no acabemos hundidos en la temida recesión.

http://www.elpais.com/articulo/internacional/Salvaran/pobres/economia/mundial/elpepiint/20080120elpepiint_8/Tes

Como soy de Humanidades, no puedo evitar que mi imaginación vuele y pensar en dos personajes de nuestra historia que vivieron en tiempos y lugares muy distintos, pero que guardan relación con todo lo que he escrito.

¿Se espantaría Marco Polo si le hubieran dicho en el siglo XIII, cuando iba y venía por la Ruta de la Seda, que aquellos mercaderes de Oriente convertirían sus tesoros en títulos de propiedad de los símbolos del poder económico de los países de Occidente?

¿Cabría en la cabeza de Thomas Edgard Lawrence, Lawrence de Arabia, tal vez el europeo que mejor entendió la complejidad de mundo árabe, que aquellas tribus que se repartían entre dunas, oasis y bosques de torres metálicas, acabarían siendo la salvación de los portaviones financieros de los Estados Unidos?

Javier Zuloaga

martes 22 de enero de 2008

EL RESPALDO DE LA SILLA

"Los africanos perciben el tiempo bien diferente. Para ellos, es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye en la horma del tiempo y sobre su ritmo y su transcurso…El tiempo es algo que el hombre puede crear pues se manifiesta a través de los acontecimientos y el hecho de que un acontecimiento se produzca o no, no depende sino del hombre. Si dos ejércitos no libran batalla, esta batalla no habrá tenido lugar."

Quien escribía así era Ryszard Kapuciski, aquel polaco maestro de reporteros, muerto el pasado año, que describía esas primeras impresiones que cuajan en la retina del periodista cuando, en sus viajes, queda deslumbrado por las cosas más sencillas que ve al llegar a un nuevo paraje. Lo explicaba en las páginas de su libro Ébano, cuya lectura deja ver, con más claridad, la complejidad del Continente Negro.

Kapuscinski hacía aquella descripción de Ghana, en 1957, para explicar lo que llamaba la “inerte espera”, ese estado en que los nativos de las tribus ashanti se situaban, quietos en un lugar, tumbados o en cuclillas, enmudecidos, con la silueta de su cuerpo lacia, el cuello rígido y su cabeza inmóvil, sin mirar a ninguna cosa en concreto, hasta sumirse en una especie de sueño y sin tener necesidad de comer, beber u orinar. Como si la vida entrara en un paréntesis y el tiempo se parara.

El periodista polaco no supo, sin embargo, responderse a si mismo sobre lo que ocurría en las cabezas de aquellos hombres y mujeres que entraban en trance: si pensaban en algo, soñaban o se aletargaban del todo. O si, a lo mejor, estaban temporalmente en el más allá.

Cuando leí estas líneas imaginé que lo que le pasó al autor de Ébano fue una suerte de contagio del virus de “grandeza de lo sencillo”. Pensé hasta qué punto podemos hoy encontrar descubrimientos tan deslumbrantes como el que él describía y así observar que es posible descontar el tiempo inútil, en el que no hacemos nada y contabilizar sólo esos minutos, horas, días, meses, años, en los que realmente hemos vivido conscientes de haberlo hecho.

Aquello que vio el periodista polaco encuentra sus raíces en las tradiciones atávicas de los países que visitó y que sucumben, sin apenas defensas racionales, con la evidencia del ciclo biológico, con la demostrada rotación de la tierra sobre su eje y con el evidente envejecimiento de nuestras células con el paso de los años. Pero como planteamiento reflexivo me parece llamativo y con cierto fundamento, que muchas generaciones de africanos actuaran de acuerdo con esos principios y que , aunque residualmente, esas maneras de entender la vida sigan existiendo todavía hoy.

¿Imaginan una África que hubiera seguido su curso natural al margen de los modos y los intereses de los países colonizadores?.

Todo esto me lleva a centrar mis pensamientos en el reparto que hacemos de nuestro tiempo y de qué manera, en la sociedad de la competitividad en la que vivimos, nos hemos situado en el polo opuesto al de aquellos nativos tan trascendentales. Frente a su peculiar cultura de la “vida neta” , los habitantes del mundo moderno nos hemos dejado arrastrar por la de la ocupación imparable, por el “mira mi agenda, no tengo tiempo para nada” como signo de distinción social y vía de promoción en la lucha por llegar el primero.

Me contaba hace poco un vecino, que ha trabajado unos años en Nueva York que, en su empresa, las mujeres de la limpieza apagaban no pocas lámparas de mesa de despachos que habían permanecido encendidas hasta bien entrada la noche y que, en los respaldos de las sillas estaban estratégicamente colgadas –para que fueran vistas por quienes pasaran frente a la puerta abierta- las americanas de unos ejecutivos que en realidad hacía horas que habían cruzado en un “ferry” el río Hudson para reunirse con sus familias en sus coquetas casas de Nueva Jersey.

Son dos formas, las de aquellos nativos de 1957 y la del aguerrido ejecutivo de Manhattan, que nada tienen que ver entre si. Sobre todo por una razón, porque los nativos ashanti eran dueños de su tiempo, mientras que los reyes del stress y las victimas de la blackberry, viven bajo el yugo de unas agujas que se mueven amenazantes en la esfera de sus relojes.

Me decía también que, en más de una ocasión, le ha asaltado la sensación de que ha desperdiciado una buena parte de su vida. Vamos, como nos pasa a todos.

Me hablaba del "conformismo modorro", dar por sentado que lo que siempre ha sido de una manera, ya no puede cambiar ni ser cuestionado. "Nos pasamos la vida -decía- renunciando a la rebeldía personal, con la guardia baja".

Por ejemplo, en el trabajo, en donde hay que obedecer, seguir la hoja de ruta y no salirse del guión, o bien ser audaz y dar rienda suelta a la iniciativa. Los riesgos de esta ultima opción son altos ya que puedes dejar al descubierto alguna que otra incompetencia ajena, aunque, si la cosa marcha bien, el reconocimiento puede ser gratificante si has ido a parar a una empresa que cree de verdad -y predica sólo lo necesario-en ese abstracto concepto del capital humano.

Lo triste- me decía mi vecino- es que en ambos casos hay que dedicar un buen tiempo, otra vez el tiempo, a mirar y analizar la fauna profesional que te rodea, a estar alerta.

Y arremetió después contra el esnobismo social, eso de dejarse llevar por corrientes que, más que modas, parecen tomaduras de pelo. Es el consumo de élite diseñado por empresas, o listillos especializados en explotar la estupidez de los grandes rebaño humanos . Cuanto mas adinerados mucho mejor.

Cuando mi amigo acabo su ácida visión de la vida, le solté, confiado, lo de los nativos ashanti y su peculiar manera de separar, en el tiempo, el grano de la paja.

-Mira-me dijo- eso ocurrirá en la sabana africana, pero forma parte de las curiosidades que te muestran los guías turísticos para que saques un par de fotos digitales y luego incubes un brote de sarampión trascendental como el que ahora te afecta a ti.

Y yo prácticamente no había abierto la boca.

Callé mientras él me daba una cariñosa colleja y seguimos caminando hasta el green del ultimo hoyo mientras saludamos, agitando el brazo, a nuestras entrañables familias, que nos miraban desde la terraza del club de golf.

-Esto es lo que hay, colega- dijo el yuppie rebelde, antes hacer rodar la bola y ganarme la partida

Javier Zuloaga

jueves 17 de enero de 2008

DELANTE O DETRÁS DE LOS CURAS

A Dios rogando y con el mazo dando…
Al que Dios se lo dio, San Pedro se lo bendiga…
Al que madruga Dios le ayuda…
Dios aprieta pero no ahoga…
Dios los crea y el diablo los junta…
No es lo mismo predicar que dar trigo…
Palo dado, ni Dios lo quita…
Cuando Dios no quiere, el médico no puede.

La historia del mundo está plagada de dichos en los que Dios es protagonista, ya sea en boca de creyentes, ateos e incluso de agnósticos, tal vez porque para estos últimos, aunque la existencia divina no pueda ser probada ni negada, eso no quiere decir que esté reñida con la prudencia frente a lo desconocido de lo que hay al otro lado de la línea en la que se acaba la vida. Por si las moscas.

El costumbrismo español, como sus tradiciones, sus fiestas más ancestrales, sus juergas multitudinarias, el deporte, las relaciones coloquiales y al final casi todo, están impregnadas de menciones a Dios, como expresión refleja, maldición o explosión de júbilo. Cuentan y algunos se lo adjudican al costumbrista navarro José María Iribarren, anécdotas ocurridas en su natal Tudela en las que se ve al arraigo, un tanto bronco, que Dios ha tenido siempre entre los hispanos.

Dicen que en un partido entre el Tudelano y el Calahorra, a falta de un minuto, un delantero del equipo de la Ribera tenía en su pie la victoria. Bastaba para ello que chutara de forma correcta un penalti que, finalmente, se perdió en el cielo del estadio. “Me cago en los zapaticos del Niño Jesús” cuentan que dijo, rabioso y hundido en una gran impotencia, aquel tudelano que privó a su ciudad de un triunfo tan importante.

Si aquello fue cierto, o no, debe ser parecido a lo que cabría preguntarse sobre aquel hortelano de la Mejana navarra que, dicen, se subió al tejado de su casa en pleno pedrisco para decirle a Dios que si tenía lo que debía tener un hombre, pues que bajara a vérselas con él, dispuesto por supuesto a ajustar cuentas por haber permitido, desde su designio divino, la ruina de su cosecha de verduras sin la que, aquel invierno, no andaría sobrado.

Hay muchísimas anécdotas, casi una enciclopedia, de quienes han dedicado su vida a perpetuar el recuerdo de todas esas pequeñas cosas que, en relación a Dios y otras cuestiones menos trascendentales, han inundado la vida de las personas, ya fueran cristianas o paganas.

Tal vez por ello uno no puede menos que mesarse los cabellos cuando ve como Dios se está convirtiendo en un problema por el mal uso que se hace de él. Basta con mirar lo que publicaban los diarios hace poco más de una semana en la que, como consecuencia de un acto en Madrid en defensa de la familia,se ha armado una gran marimorena.

Como ciudadano me he preguntado acerca de las razones que impulsaron a fijar, en fechas tan inconvenientes como las preelectorales, un acto que, perfectamente legítimo, habría sido menos controvertido en otro momento. De igual manera me dije si era necesaria la visión tan apocalíptica que un prelado hizo sobre los derechos humanos o la existencia misma de la democracia española, apuntando directamente a la yugular del gobierno actual, situando a los líderes socialistas en una suerte de tierra de paganos, sarracenos y además déspotas.

No tuve tiempo, cuando recordaba que soy cristiano al menos de educación, para mayores reflexiones, ya que al mejor estilo celtibérico, un destacado socialista español, con formas toscas, pedía explicaciones a Benedicto XVI para que le dijera, a él, a José Blanco, qué era lo que el Papa entendía por familia.

Fue entonces cuando entendí aquello que mi padre me decía sobre la frágil cuestión de la relación del clero hispano con el mundo de sus laicos, casi todos bautizados, lo cual sólo quiere decir eso, bautizados. Decía que los españoles o bien hemos huido temerosos delante de los curas, porque ellos nos perseguían con el misal y el hisopo, o nosotros detrás de ellos, para dar suelta a un anticlericalismo, a veces criminal, que siempre ha vivido soterrado en una parte de la sociedad española.

España es un país laico, porque lo dice su Constitución, mal le pese a quien le pese, pero tiene profundas raíces y tradiciones católicas y por ello no deberían las sotanas convertirse en símbolo de nadie, aunque se lo pida el cuerpo a quienes ven en ella el eje de su vida personal y quieren hacerla extensiva a todos los que les rodean.

De la misma manera no deben los políticos lenguaraces, con la calentura electoral, tratar de dirimir con el mismísimo Papa, como si fuera un tertulianpo de debate televisivo, al tiempo que se tiende públicamente la mano a civilizaciones que se fundamentan, casualmente, en la interpretación rigurosa e intransigente de una religión, a la que muchos creyentes, los que viven en sus países o los que emigraron a Europa, conceden más valor que a las mismas leyes.

Aquellas escandalosas reacciones de los puristas de la libertad cuando Oriana Fallaci advirtió, en su última obra antes de morir, “La Fuerza de la Razón”, sobre la ceguera europea ante la presencia creciente del Islam en el Viejo Continente, contrastan hoy con estos movimientos de pasarela de bondad y talantes extremos –en Madrid acabó uno hace pocos días- que deben ser seguidos con curiosidad no precisamente inocente por quienes extienden su implantación en el Magreb y registran como suyas mezquitas y madrasas en las principales capitales de la Unión Europea.

Aquella periodista irrepetible por su audacia se reconocía atea-cristiana y tal vez por ello padecía desvelos por la cultura religiosa en la que había decidido no creer. En su obra hay una frase que ilustra la contradicción de sus convicciones más personales. “Soy cristiana porque me gusta el discurso que está en la base del cristianismo. Me convence. Me seduce hasta tal punto de que no le encuentro contraste alguno con mi ateísmo y con mi laicismo. Hablo, obviamente, del discurso de Jesús de Nazaret, no de aquel elaborado o traicionado por la Iglesia católica e incluso por las iglesias protestantes”

Cuando leía el programa electoral del candidato Sarkozy - en el que tal vez algo tuvo que ver lo que pensaba y escribía la italiana- poniendo límites a la imparable balsa de aceite migratoria en la que se agazapa y confunde el fundamentalismo en Europa, pensé que a la genial periodista se le habrá dibujado una sonrisa de satisfacción allá donde esté y que, aunque atea confesa, puede que su alma no ande demasiado lejos de Dios.


Javier Zuloaga

viernes 11 de enero de 2008

VIVIR A LA CARTA

Un 60,8% de los españoles leen al menos un libro al año, según el balance que anualmente hace el Ministerio de Cultura a través de su Plan de Fomento de la Lectura. En términos más abstractos nos dicen que un 55,5% de los españoles son considerados población lectora, de un libro o parte de él, porcentaje que es superior entre las mujeres, un 59,6%, frente al 51,4% de los hombres.

Estas mismas fuentes reparten el abanico de quienes leen, entre un 28% que dicen haberlo hecho entre uno y cuatro libros al año y un 21,7% entre 5 y 12. Para mayor consuelo, se afirma que uno de cada dos españoles compra al menos un libro por temporada, lo cual no quiere decir, evidentemente, que todos lo hayan leído.

Entre tanta maraña de indicadores, las cifras que ofrece la Federación de Gremios de Editores de España hace descender hasta 41,1% el porcentaje de españoles que pueden ser considerados lectores frecuentes, un 16% ocasionales y un 42,9% no lectores, con cálculos referidos a 2005.

Los catálogos editoriales mantenían vivos 325.000 títulos distintos en 2005, casi 16.000 más que un año antes y las librerías y demás puntos de venta, hipermercados, gasolineras, quioscos, tiendas “on line”… etc, recibieron una buena parte de los 321 millones de ejemplares editados, de los que fueron vendidos 230 millones. El valor de las ventas de libros en España rozó los 3.000 millones de euros, mientras que las exportaciones superaron, en poco, los 450 millones de euros.

Ante todas estas cifras, me he sentido parte diminuta de lo que ocurrió en el mundo del libro en 2005, cuando publiqué mi primera novela y me pregunto cuántas otras historias nacidas de mentes más brillantes y mejores plumas que la mía han quedado en el camino de la otra literatura, la que nunca ocupó un espacio, aunque fuera pequeño, en los estantes de una librería.

No puedo evitar pensar que una buena parte de estas ventas son libros de los llamados de “autoestima”, salud, viajes y otras ediciones muy dignas, aunque de rasgos bien diferentes a los literarios, cuyas tiradas superan en muchas ocasiones a las de la narrativa, simplemente porque a la gente le atrae más un buen consejo para sobrellevar mejor sus problemas en casa o en el trabajo, o el culto al ocio del turismo exótico, que sumergirse en historias que sólo han existido en la mente de personajes que dedican su vida a imaginar y escribir.

Que no se espante el lector, porque no seguiré por los fatigosos caminos del mundo del porcentaje y los ratios sobre libros, ya que el mercado editorial es una excusa para entrar a navegar en el también incierto mundo de la lectura menuda, la del artículo y la crónica periodística, sensible, tal vez más que ninguna otra industria cultural, a las nuevas tecnologías.

Los diarios hace tiempo que dejaron de entender sus ediciones “on line” simplemente como un clon de lo que cada mañana se ponía a la venta en los quioscos. La ilimitada extensión del espacio virtual alberga ahora contenidos de todo tipo que ni el lector más ávido llega a acabarse y lo virtual compite con el papel en el mercado publicitario, que además ofrece a los anunciantes la ventaja de identificar el camino que ha seguido el lector que finalmente llega a su dirección electrónica, gracias a huella que dejan, en los servidores informáticos, los “clic” de los botones del ratón del ordenador.

¿Alguien podía imaginar, hace diez años, el alcance que tendría Internet?. No preveía nadie el impulso de las inquietudes de los investigadores del nuevo conocimiento global y virtual, rompiendo de un plumazo fronteras y desarbolando los proyectos futuristas de los gobiernos más audaces pero modorros.

¿Qué nuevas herramientas y desarrollos telemáticos están ahora desarrollando los pupilos de Steve Jobs, Bill Gates y las mentes más brillantes del software libre?

Todo es cada día más distinto, velozmente cambiante, a veces parece efímero y “pronto” el papel digital, por hablar de nuevo de libros, irá compartiendo espacios culturales con la oferta de las estanterías de las librerías.

Julio Verne, cuyos libros nunca han sido ni serán descatalogados, fue capaz de imaginar cómo serían los grandes sumergibles que mucho después navegarían bajo los cascos polares y el alunizaje del hombre en nuestro satélite, pero no llegó a soñar que llegaría un día en que las páginas de un libro, o de un periódico, se podrían leer sin necesidad de cortar un solo árbol.

Tengo un amigo que entienden sobre esta materia y que cree que finalmente la cultura acabará colándose por los resquicios que la electrónica ha dejado libres tras inundar nuestras vidas de interactividad vertiginosa, con videoconsolas que reproducen, a capricho de los dedos y los reflejos, historias de muñecos diabólicos que matan a cuanto se encuentran en el camino y que repostan maldad en puntos estratégicos, sin necesidad de que el paisano se exprima el cerebro pensando.

Si mi amigo Ramón tienen razón, resultará que Poe, Chejov, Wilde o Saint Exupery llegarán finalmente a manos de los niños de hoy y hombres y mujeres de mañana, que entienden sobradamente de nuevas tecnologías, gracias al papel digital, sistema con el que Amazón ya ha abierto fuego y al que seguirán competidores japoneses y europeos, que harán descender vertiginosamente los precios del artilugio para hacerse rápidamente con una buena cuota del mercado del interés virtual por leer, o de leer en virtual, tanto monta, ya sea libros, cuentos, o diarios de los lugares más remotos del planeta.

La nuevas tecnologías, que aplastan casi siempre la imaginación de los más audaces, ya ofrece en los usuarios de los grandes buscadores de Internet, la posibilidad de crearse el mosaico de informaciones que quieren ver cuando se conectan a la Red. El tiempo, un reloj, los diarios favoritos, el buscador de imágenes, mercados de valores…etc. Google

Ofrecen un amplio abanico de lo que se quiere y por ello la posibilidad también de descartar lo que no se quiere. Me explico. Imagínense levantándose una mañana, seguramente no lejana, y abren su ordenador, que le presenta la página de su diario preferido tal y como usted lo predefinió, días atrás, de acuerdo con sus gustos e inquietudes. Allí está el partido del Barça con el Sevilla, los últimos chafardeos sobre las creencias o inclinaciones personales de Tom Cruise, el sudoku del día y la selección de programas deportivos que usted podrá ver desde la butaca de su salón apretando el mando a distancia.

Usted, no se lo tome a mal porque me refiero a usted sólo a modo de ejemplo, habrá decidido que ya tiene bastante Bush después de siete largos años de presidencia y que no quiere saber nada de su viaje a Palestina, que lo de los hombres bomba de Pakistán, Irak y otros vecinos es más de lo mismo, o que a saber si las imágenes de los cayucos son siempre las mismas, o si lo de África únicamente es cosa de los documentales. En definitiva, que usted acabará decidiendo lo que es noticia o no.

Esta fantasía me inquieta por la posibilidad de que acabemos viviendo en un mundo en el que las personas se alejen de lo que pasa a su alrededor, porque les baste con lo más cercano, encerradas en un paranoico círculo de cosas vacías, sin sustancia ni trascendencia, porque lo frívolo molesta menos y el morbo despierta audiencia fácil entre una buena parte de la población.

Aunque pienso que ese trasiego de compraventa de un diario o un libro, entre un quiosquero y un librero y un viandante curioso, seguirá existiendo siempre, aunque con un tamiz cada vez más tradicional, un poco pintoresco para los habitantes del siglo XXI, como si fuera una estampa de época.

Javier Zuloaga

viernes 4 de enero de 2008

UN MUNDO DE CINE

“El hombre más rico es el que tiene los amigos más poderosos”. La frase, cinematográfica, la pronunciaba Michael Corleone (Al Pacino) y la escuchaba su sobrino Vincent Manzini-Corleone (Andy García). Era en “El Padrino III”, película en la que, como ocurre en la vida, el poder acaba siendo más apetecible que el dinero.

He vuelto a ver esta película y gracias a hacerlo en mi casa, he podido apuntar algunas frases que, escritas en un pedazo de papel, han roto esa tendencia natural al conformismo modorro que produce la butaca de una multisala.

“Necesito el poder para preservar a la familia” se te anuda en la garganta como ejemplo de esa sumisión indecente de lo individual a lo gregario. Ha pasado menos inadvertida para mi esa lapidaria expresión de Corleone “Cuanto más alto subo, más podrido está el ambiente” o aquello tan relativo a la somatización de los males espirituales cuando el jefe de la familia mafiosa afirma aquello de “La mente sufre y el cuerpo pide ayuda”.

Pero menos mal que todo esto es una película, porque, si no, la vida sería realmente dura.¿O tal vez no lo es?

Lo del cine en casa, con lapiz y papel en mano, te permite lo que la oscuridad de las salas de proyección deja expuesto a fragilidad de la memoria. Comienzas entonces a pensar en aquel corte cinematográfico y llegas a plantearte que la realidad supera en no pocas ocasiones a la ficción. Basta con leer los diarios.

Es cuando piensas que, de la misma manera que los escritores deslizan momentos de su propia vida en argumentos que, sin embargo, nacen y mueren en su imaginación, en el guión cinematográfico seguro que ocurre otro tanto… pero que a veces, tanto en la novela como en largometraje, ocurre también lo contrario y las personas llegan a convencerse que son Rambo, Indiana Jones o Jennifer López.

¿Cuál es la película de de hoy?

Tal vez Oliver Stone, otro de los nombres míticos del celuloide, tenga una definición acertada tras haber compartido unas horas con el presidente de Venezuela, Hugo Chavez, en la fracasada liberación de tres rehenes de las FARC colombianas, Consuelo González, Clara Rojas y su pequeño hijo Emmanuel. Stone se encontraba por aquellos parajes cuando el controvertido y locuaz mandatario del petróleo caribeño lo llevó consigo para inmortalizar ante sus ojos y sus objetivos, lo que la varita mágica bolivariana, apoyada en la inmensidad del petróleo, iba a llevar a cabo ante la dignísima impotencia del presidente Uribe, el jefe de estado de ese país que, desde hace muchísimos años, viene padeciendo el chantaje, la amenaza y el miedo.

Cuando leía las crónicas sobre las artimañas propagandistas de un presidente que se vistió de campaña, dando así rango militar indirecto a los guerrilleros de las FARC, pensé que no había sido baldío haber leído “Noticia de un secuestro” una gran novela del Nobel García Márquez, amigo de Fidel Castro y por ello sin manías antirrevolucionarias, en la que el lector no puede más que estremecerse ante la crueldad de quienes en Colombia manipulan a su antojo y sin escrúpulos la libertad de los demás.

Toda aquella historia acabó mal, para sufrimiento de quienes esperaban reencontrarse con sus familiares tras cuatro, cinco, seis años…. de revoluciones en uno de los países con mayor vocación democrática de Latinoamérica, que elige a sus propios mandatarios de forma puntual, a pesar de esa confusa y amenazante mezcla de revoluciones y tráfico de droga.

Estaban allí Oliver Stone, y Nestor Kichner, estómago agradecido por la ayuda venezolana para diluir el peso de la deuda externa de su presidencia argentina, embajadores, representantes de la Cruz Roja, el comisionado de la paz de Colombia, Luiz Carlos Restrepo y por supuesto cámaras de televisión de medio mundo que creaban un clima de “inminencia” con la imagen, siempre, del presidente venezolano como obsesivo telón de fondo.

Su vecino, Alvaro Uribe, esperaba silenciosamente atrapado entre los dramas familiares de los secuestrados y algo tan intangible pero cierto que llaman dignidad nacional.

No salió bien y el mundo civilizado asistió, todavía sorprendido pese a tantas genialidades, a la audacia del personaje que se ha propuesto salir cada día en las pantallas de televisión de su país, los domingos en Aló Presidente y ahora con incontinencia verbal bajo cualquier pretexto, desde que alguien le dijo en Santiago de Chile que se callara.

Chávez acusó al Jefe del Estado de Colombia de haber reventado la liberación. Directamente, vomitando demagogia populista y sin conseguir una respuesta equivalente de su par de Bogotá, un político que mantiene una gran sensatez, pese a sumar, a los problemas de Colombia, los que le llegan con presión desde los populismos de diferente grado que le rodean, principalmente el venezolano.

¿Se imaginan a un político argentino haciendo de su intermediación fracasada en un problema de Chile un arma arrojadiza contra el jede del estado de este país?

¿Se imaginan a Sarkozy con traje de campaña en Sant Jean Pie de Port, dirigiendo, acompañado por Spielberg, las negociaciones con un comando terrorista vasco que tiene secuestrados a varios empresarios españoles y después atacar a Zapatero si las cosas le salen mal?.

Es cierto, la realidad supera en ocasiones a la ficción. El problema es que, como todo lo que vemos y leemos sobre estas historias es una verdad cruda, tal vez debamos comenzar a soñar que un día, como ocurre en las pesadillas, despertemos y todo vuelva a ser un poco más normal.

Javier Zuloaga

viernes 28 de diciembre de 2007

ESPEJISMOS POLITICOS

A mi me parece bastante aceptable decir que el mundo de la política vive bastantes veces lejano de la vida real y que, por ello, en los meses o semanas preelectorales esa lejanía se convierte en algo parecido a un espejismo. Es cuando la imaginación portentosa de quienes quieren llegar al poder decide romper barreras y cabalga desbocada.

Pero parece que todo esto del surrealismo de los hombres públicos es cosa vieja y ya sabida. De hecho, buscando en Internet, he encontrado que se adjudica a Santiago Carrillo lo que mi padre me contó, en más de una ocasión, refiriéndose a un candidato de la CEDA a las elecciones de 1936, las últimas de la II República española.

Cuentan que, uno u otro, que más da, agotaban su gira por los pueblos rascando votos, más o menos como ahora hacen los candidatos pactando veinte segundos en los últimos telediarios de la campaña y repitiendo la misma frase una y otra vez - aunque los asistentes al mitin lleguen a pensar que su líder comienza a padecer repetición senil- para que los millones de telespectadores reciban ese y no otro mensaje.

Dicen que el de la CEDA, o Santiago Carrillo, prometieron en un pueblo de Castilla, en el éxtasis de su arenga, la construcción de un puente y que, tras unos segundos de silencio, un paisano preguntó ¿Para qué queremos un puente si no tenemos un río?, a lo que el orador, sin dudarlo, sentenció ¡Pues también os traeremos un río!.

El tiempo ha pasado y las herramientas de la propaganda son distintas, pero pienso que el trasfondo del espejismo político sigue siendo sustancialmente el mismo. He llegado a esta conclusión con ocasión de tener que estudiar algo de Derecho, en un master que estoy cursando en la UOC (Universitat Oberta de Catalunya), sobre la Sociedad de la Información. Hace pocos días acabé mi trabajo sobre la Ley 11/2007 de Acceso Electrónico de los Ciudadanos a los Servicios Públicos

De acuerdo con los legisladores, en este caso Gobierno y Oposición estuvieron de acuerdo en el texto final aprobado el pasado mes de junio, esta ley no obliga al ciudadano, sino al Estado, a las Comunidades Autónomas y a las Administraciones Locales. Es decir, que la nueva norma no se basa, como bastantes otras, en obligaciones de los individuos, sino en sus derechos, entre los que se incluye el de usar, o no, los servicios públicos electrónicos. Auténticamente innovador, ya que hablamos de una ley de compromisos públicos según la cual, a partir del 31 de diciembre 2009, los ciudadanos podrían comenzar a pedir que se les atendiera telemáticamente.

No hay maldad en el uso del condicional anterior ni en lo que voy a escribir, pero al seguir leyendo el texto del BOE he visto que para tan noble objetivo la ley guarda prudentemente las espaldas administrativas al decir que el Consejo de Ministros deberá aprobar un calendario de “adaptación gradual” y que, en el caso de las administraciones autonómicas y locales, se hace la salvedad de condicionar el arranque a que exista disponibilidad presupuestaria, lo que en principio aleja el proyecto de los concejos con menor poder recaudatorio, los de la España más pobre.

Recurro al buscador virtual y comparo los triunfalismos del ministro Jordi Sevilla de hace seis meses con la letra del Diario Oficial y no puedo evitar pensar que todo esto, cargado hoy de buenas intenciones, no rebasa de momento la línea del espejismo con que en tantas ocasiones los hombres públicos intentan dibujarnos su horizonte político. Da igual de lo que se trate, el mandatario, cuando quiere serlo y lo llega a ser, puede caer en el alejamiento de la realidad en su discurso y empezar a desdibujar las cosas para que dejen de parecer lo que realmente son.

“El Mundo” publicaba ayer jueves una entrevista con un Sarkozy rendido a los encantos femeninos casi adolescentes a orillas del Nilo, en la que afirmaba que la clave de su victoria electoral se había debido a que los franceses agradecieron que les hubiera hablado en el lenguaje de la verdad.

Pero no nos deslumbremos con tanto éxito y volvamos de nuevo al espejismo. Existe una Ley. Ya es algo más que un proyecto o un anuncio electrizante como aquel de nuestra Ministra de Fomento de que tendremos la mejor red de trenes rápidos del mundo, pronunciado días antes de que comenzaran a funcionar, sin pruebas previas y con fallos vergonzosos, dos nuevas líneas del Ave de las discordias hispanas.

A partir de diciembre de 2009 arrancará, esperemos que con pruebas previas, una administración on line. Y los que no quieran rendirse a las tecnologías, podrán seguir tomando su número, como en la pescadería, y esperar a que les atienda alguien que, entonces si, sentirá en su cuello el aliento de la competencia de las máquinas millonarias en bytes y con 20 megas de banda ancha y se prodigará, a lo mejor, en amabilidades, tal vez lo único que la pantalla será incapaz de hacer.

Internet, teléfono móvil, TDT, o bis a bis, sin número de copias de instancias, ya que el texto legal dice que el ciudadano podrá invocar en el Ministerio de Sanidad que la partida de nacimiento que le piden ya la entregó –y está digitalizada- en el Ministerio de Interior.

Tras leer el texto de la nueva ley, accedí al de la recomendación que la Comisión Europea ha hecho, sobre la extensión de la administración electrónica, al Consejo de Europa, al Parlamento Europeo, al Comité Económico y Social y al Comité de las Regiones de la UE, para que no se entienda erróneamente que de lo que no se trata es de hacer lo mismo que ahora, pero a través de las nuevas tecnologías, sino que se ha de combinar con drásticos cambios organizativos.

Aquí está el trasfondo de este espejismo. Si seremos capaces de formar y transformar a la inmensa familia funcionarial y hacerla cambiar hacia nuevos hábitos que hasta ahora –y salvo excepciones - han parecido casi exclusivos del sector privado. La ley establece, además, que las administraciones deberán cooperar mediante la interconexión de sus sistemas de información, lo que convierte el objetivo en algo todavía más retador y difícil, aunque no imposible.

Nace la sede electrónica y por ello una página web será jurídicamente lo mismo que una oficina física. Se extiende el uso del e-DNI, sin duda una oportunidad de gran valor ya que todos los ciudadanos, en renovaciones y solicitudes, tendrán un contacto directo con la Administración, que podrá sacar provecho de ese contacto personal para convertirlo en una vía de información y convencimiento al ciudadano acerca de las oportunidades que los nuevos servicios le brindan.

Y para que esos derechos de nuevo cuño sean cumplidos, nace también la figura del Defensor del Usuario de la Administración Electrónica y se da elección al software que cada individuo quiera, ya sea de marca o del llamado libre.

Me hago dos preguntas, ya que este texto, al haber sido aprobado por PSOE Y PP, obliga por igual a los dos principales partidos y uno de los dos habrá de gobernar tras el 9 de marzo.

¿Será necesario crear en la Administración una red de mandos profesionalizada en la gestión moderna de las cosas?

¿Se imaginan –dada la tendencia hispana a la escandalera- las reacciones ante unos primeros años con un alto grado de incidencias y anomalías?. Los del Ave será un recuerdo lejano e intrascendente.

Para acabar. Mi desencanto personal ante los triunfalismos oficiales ha aumentado cuando ayer, a rebufo del anuncio en la televisión pública de que los españoles ya podíamos pedir el DNI electrónico, he acudido a la oficina principal de la Policía para estas cuestiones, en la calle Balmes de Barcelona, para renovar el mío. Tras esperar mi turno no demasiado tiempo - estamos en Navidad- el funcionario me ha dicho que no, que en principio los primeros DNI electrónicos comenzarán a emitirse en Barcelona a partir de febrero, sin saberme decir que significa más en concreto “a partir”.

Feliz año nuevo

Javier Zuloaga

jueves 20 de diciembre de 2007

EL SHOW DE TRUMAN

Cuando, poco antes de las noticias del mediodía, conecto el televisor y miro a la pantalla para tratar de saber de qué va el asunto que se emite en ese momento, me asalta una sensación extraña. En las últimas ocasiones en que he llegado a este punto de desconcierto, he acabado recordando aquella película magistral en la que Jim Carrey interpreta El Show de Truman.

Truman Burbank , actor de un gran reality show televisivo que lleva su nombre, vive en una ciudad artificial Seaheaven (Paraiso del Mar). Él no es consciente de que es protagonista principal de una historia creada para entretenimiento de millones de personas que le observan desde el exterior. Todo está envuelto en marketing publicitario por la audiencia que su vida privada provoca entre los espectadores y todos, menos él, incluso los artistas figurantes que le acompañan en el reparto, saben que nada de lo que ven es real.


Pero Truman comienza a sospechar y decide escapar de los ojos de las cámaras y se lanza a navegar en un mar que no es tal, pero en el que los productores del Show deciden desatar una gran tormenta para evitar que el protagonista se salga de su vida, que ya tiene un guión escrito.

Aquella película obtuvo tres nominaciones a los Oscars en 1998 y fue un precedente digno de los indignos Grandes Hermanos de las televisiones europeas, ejemplos casi insuperables de telebasura, pero todos ellos de gran rentabilidad comercial, tanto, que han acabado consolidándose en las parrillas de audiencias, como algunos otros modelos de estilo parecido.


Esa pasarela de personajes hispanos sin oficio ni beneficio, por ejemplo, tras los que los cámaras de los canales del televisión corren alocadamente cuando salen de la peluquería o del fitness -¿Quién fue el soplón que dijo que el hijo de la Pantoja estaba allí poniendo a punto sus músculos o Belén Esteban tapándose sus primeras canas?. Para que toda aquella escenificación parezca cierta, aceleran el paso ante los objetivos y quede así claro de que ni ellos, ni sus intermediarios, tienen nada que ver con aquella coincidencia callejera.


Para hacer una relación de quienes son los primeros en este ranking de vulgaridad de famosos, he tenido que acudir al Google, porque mi peluquero, poco dado al chafardeo superficial, sólo tiene revistas que se refieren a la sostenibilidad, además de “La Vanguardia” y el “Avui”. En la pantalla han aparecido Antonio David, Alessandro Lecquio, Ricardo Bofill, Rociíto, Yolanda Berrocal, Chabeli, Mar Flores, la Mazagatos y Feliciano López (es el novio reconciliado de la modelo Maria José Suarez, a la que tengo el gusto de haber conocido virtualmente hace un momento). Son algunos de los nombres que han ido apareciendo en mi pantalla buscando entre las publicaciones más populares y que me han permitido saber también que los que fotografiaron a Buenafuente con el trasero al aire deberán pagar 100.000 euros, o que una revista se ha permitido crear una sección llamada ”Marichaladas” para torturar más todavía al Duque de Lugo y regocijar a quienes no saben vivir sin saber que hacen toda esta retahíla de insustanciales personajes del papel rosa.


Es algo parecido a lo del Show de Truman pero sin guión, ni imaginación, con tipejos y tipejas que no saben que han hecho en la vida además de ser hijo de un notable arquitecto, de una reconocida tonadillera o haberse pegado unos cuantos revolcones con una modelo que no sonríe demasiado, no vaya a ser que el botox le haga una mala jugada.


Es una de las otras historias, las que nos alejan aún más de los temas importantes, una burbuja que nos atrapa en la peluquería y en esos diez minutos que preceden al informativo del mediodía, en el que los locutores no andan a la zaga en altura personal y hablan de forma rara, gangosa, como si tuvieran las fosas nasales plenas de mocos y relataran sus historias sin respetar la lógica fonética que se deriva de una lectura correcta de un texto con buena sintaxis.


Creo, sinceramente, que debería existir la posibilidad de darle cambios al diccionario de la lengua y adjudicar a todo este circo de apariencias y oquedad de ideas y pensamientos, el uso exclusivo de la palabra “hortera”. Creo que lo son mucho más que los que visten estridentemente contraviniendo las normas del buen gusto o circulan por las calles en coches con altavoces más grandes que sus ruedas y que, como decía aquella canción de Mocedades, tienen dos escapes y más luces que un belén.

Escribo todo esto porque pienso que es lo único que podemos hacer frente a un fenómeno imparable, que llena bolsillos editoriales y seguramente los de los propios protagonistas, porque, si no, la cosa no marcha y se rompe el círculo virtuoso del negocio de la fama de artificio.

Ahora se estarán muñendo los contenidos de lo que esas revistas de tiradas millonarias publicarán dentro de una semana, se estarán concertando las coincidencias con las cámaras de los “paparazzi” y preparando los maquillajes para que la foto sea impecable. Todos, hasta el nuevo novio de Sara Montiel, deben estar en el ajo del correveydile periodístico navideño.

A todo ello, añadan ustedes esas impudorosas exhibiciónes de historias personales de problemas de pareja, que nunca debieran salir de la privacidad de sus protagonistas y cercanías sociales y que desembocan, en ocasiones, en homicidios que finalmente alimentan, como no, a quienes comenzaron a contar la historia.

Lo encontraremos todo en los quioscos, junto a las revistas de viajes, de decoración y de montañas de periódicos que regalan películas y libros de las grandes plumas de la literatura universal, que acaban olvidados en cualquier esquina, porque ese tipo de cosas, tan serias, la gente –siempre hay excepciones aunque son las menos- no las quieren ni regaladas.

Feliz Navidad



Javier Zuloaga

sábado 15 de diciembre de 2007

¿EXISTE AFRICA?

"La historia de África fue perturbada por los cazadores de esclavos, tanto árabes como europeos, que destruyeron cuanto había. Luego vinieron los imperios extranjeros a explotar nuestras riquezas y, cuando se fueron, se sucedieron los conflictos que provocaron para seguir conservando su dominio".

"Por cada cayuco que llega a Europa con 100 africanos que arriesgan su vida por buscar una vida mejor, debería salir otra embarcación en sentido contrario que llevara europeos emprendedores a África. No tienen que mandarnos a sus criminales, sino a aventureros que busquen nuevas oportunidades. Les aseguro que si se instalan en Lagos, ya no querrán salir de allí".

Las dos frases pertenecen a una entrevista publicada en El País con el Premio Nobel de Literatura 1986, el nigeriano Wole Soyinka, autor de teatro que ha vivido como alma errante en su Lagos natal , Estados Unidos e Inglaterra. Soyinka volvió a su país en plena guerra civil y acabó en la cárcel. Hace pocas semanas estuvo en España y ofreció esa lectura de Africa que muy pocos se atreven a hacer.

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Soyinka/Enviemos/cayucos/Africa/europeos/emprendedores/elpepicul/20070930elpepicul_8/Tes

Hay una observación de este Nobel africano que hace pensar: “La situación de las mujeres es distinta en el norte que en el sur. La cultura de las viudas de Kenia es diferente que en otros países. En Liberia han elegido a una presidenta y hay zonas donde las mujeres tienen que seguir cubriéndose con un velo.”

Este es el continente africano visto por alguien que tiene autoridad, origen y reconocimiento internacional. Es de allí y no tiene que esforzarse demasiado para describir la miseria de la que pocos países de ese continente se salvan. Su propio esfuerzo personal le aupó a la cumbre de la literatura desde un lugar en el que narrativa, el teatro o la poesía son cosas sin importancia general, o casi exóticas, para la gente corriente. Todo un contraste en un continente en el que el exotismo es precisamente el foco de atracción de millones de visitantes europeos que nunca llegan a conocer la realidad que se esconde tras las imágenes fotográficas que toman cuando viajan de la mano de las grandes agencias de viajes que retornan a Occidente buenos beneficios de los espejismos de lo primitivo y lo salvaje.

Hablamos de un continente en el que también los españoles, tuvimos algo que ver, aunque menos incluso que los norteamericanos que, aún adolescentes como país emancipado, tuvieron ya la visión económica, tal vez mejor llamarlo audacia, de poner un pie en el país del que procedían sus esclavos y enviar a uno de ellos, Lott Carry - una vez reciclado- a una Liberia, “Tierra de Libertades”, para que aplicara sobre los nativos que allí seguían, las mismas distancias y crueldades que ellos padecieron en las plantaciones de Alabama.

Hace apenas una semana que, tras ocho años de diferencias aún insalvables entre el Reino Unido y Zimbabwe (Rodesia), se celebró una “cumbre” euroafricana en Lisboa (27 países europeos y 53 africanos) en la que se dilucidaba, finalmente, la asunción, por parte de África, de una propuesta europea liberalizadora de sus relaciones comerciales con el Continente Negro.
Los países africanos asistentes, entre los que tristemente han destacado, por su desmedido protagonismo mediático, los líderes más déspotas y tiranos, han dicho que no, que no quieren bajar sus barreras y que tienen alternativas de intercambio, las chinas, sin tantas condiciones ni preámbulos.

La cumbre, si así se la pudiera llamar, acabó con la espadas en alto y con el anuncio de que la UE negociará unilateralmente con cada protagonista, es decir, con mayor presión europea y mayor debilidad africana. Incluso alguno de los jefes de estado asistentes, Gadafi, ya ha puesto el listón de los 1.000 millones de euros para poner orden en sus pateras hacia Malta e Italia.
Africa ha comenzado a sacar las uñas. Esa es la impresión que se deduce de las crónicas de los enviados especiales y corresponsales y como buen ejemplo valga la descripción que el presidente de Senegal hacía al decir que por el precio de un coche europeo se consiguen dos chinos, que los de Pekín ya compran un tercio de su petróleo en África y –esto ya es más grave- que cuando Europa anuncia que está dispuesta a construir cinco kilómetros de carretera, “Nos pasamos un año hablando, otro estudiándolo, otro viendo cómo pagarlo…y cuando se lo pedimos a los chinos está hecho en dos o tres días”.

Frente a esas denuncias no faltaron voces de la UE, con cierto aire amenazante, que apuntaban a que, en el caso de que los países africanos no acepten el proceso liberalizador propuesto (EPA), las fronteras arancelarias europeas le costarán a Costa de Marfil –por poner un ejemplo cruel- un país pobre entre los pobres, más de 700 millones de euros en aranceles para poder vender en la Unión Europea.

Lo de Lisboa son números, euros, dólares de difícil digestión para esos países africanos que no tienen con que comprar bienestar o armas para mantener su estatus. Lo de Mugabe en Zimbabwe y Omar al Baschir en Sudan, el genocida de Darfur, son perlas cultivadas sobre los derechos humanos que malesconden el drama de mayor calado de un continente que aunque crece en su PIB entre el 5 y el 6% cada año, ve como el descontrol demográfico se come ese incremento y dispara sus diferencias de bienestar respecto a otros parajes del mundo.

Con ocasión del Foro Social de Nairobi, celebrado en la capital de Kenia en enero pasado, salieron esas paradojas numéricas que despiertan –sólo temporalmente- las conciencias del mundo desarrollado. África tiene el 10,3% de la población mundial y sólo el 2,2% de la renta de toda la Tierra.

El diario La Vanguardia reproducía las declaraciones de Aminata Traeré, escritora y exministra en Mali “Arrebatar la riqueza a la gente –decía- y después fingir que le quieren ayudar. Nos roban por un lado, nos devuelven unas migajas y lo llaman cooperación”. La activista africana recordaba los planes que Toni Blair proclamó para solucionar los grandes problemas africanos al comenzar la cumbre del G-8 en 2005. En aquella ocasión, el grupo de los países más industrializados se comprometieron inicialmente a aportar 100 millardos de dólares en los siguientes diez años, cantidad que se redujo a la mitad al acabar el encuentro y se aplazó en cinco años –hasta 2010- el inicio de su pago.

El economista norteamericano y profesor en Harvard, Jeffrey Sachs, autor de El fin de la Pobreza, (*) explica que un tercio de la ayuda que su país dedica al Tercer Mundo lo es en forma de alimentos ya cultivados o elaborados, lo que supone un freno para las agriculturas locales y que la mitad del valor de esas ayudas alimenticias se lo come el transporte de las mismas. Un tercio de la generosidad total norteamericana, señala Sachs, se dedica a los sueldos de los asesores norteamericanos que administran toda esta solidaridad. Deslumbrante e incoherente, tanto como evidentes y escandalosas las denuncias de los ministros de economía de los países africanos que en 2007 se reunieron en Addis Abeba en presencia del director de la Organización Mundial de Comercio.

Tal vez como preludio de lo que ahora ha ocurrido en Lisboa, los ministros reunidos en la capital etiope pidieron entonces la renegociación de los acuerdos comerciales con la Unión Europea y Estados Unidos y apuntaron algo que no debe pasar inadvertido, que los agricultores de la UE y EE.UU. reciben subvenciones, lo que les convierte en competidores todavía más gigantes e insalvable para las diminutas agriculturas africanas, a las que además se penaliza en las aduanas del mundo más desarrollado.

Por ello, hoy no podemos más que mirar con escepticismo lo que nos han contado desde Lisboa, de la misma manera que no debe sorprendernos ese talante silencioso, de los seguidores de Confucio y Mao Tse Tung, que avanzan silenciosamente mientras Europa da largas a su propia conciencia africana, si es que alguna vez la tuvo de verdad.

(*) El Fin de la pobreza:
http://www.cincodias.com/articulo/opinion/fin/pobreza/cdsopiE00/20051217cdscdiopi_2/Tes/

Javier Zuloaga

domingo 9 de diciembre de 2007

EL GATILLO

"No creo que sea bueno diluir en la confusión del terrorismo-negociación-paz-diálogo....etc, el hecho de que hoy alguien ha apretado el gatillo.Igual que en los años 70, cuando muchas personas buscaban la oportunidad para mirar qué había a sus espaldas, o si el aliento de la muerte estaba más cerca de lo que imaginaban.El pasado día 1 de diciembre fueron dos chavales del Servicio de Información de la Guardia Civil, que vigilaban en Francia los pasos de los pistoleros de ETA. Les han esperado a la salida de un café y les han descerrajado unas balas con el dedo índice.Tienen, por lo menos, 90 pistolas y sobre todo han perdido los complejos que les habían llevado al zoco en el que, sin éxito hasta ahora, se intenta cambiar vidas por claudicaciones.Veremos que pasa."

De aquellas líneas, publicadas en esta misma página, escritas horas después de conocer lo ocurrido en la Landas francesas, han pasado ya ocho días de reacciones que ponían difícil la serenidad necesaria para reflexionar. Ha habido una conmoción unánime entre el pueblo sensible y decente, silencios cómplices y oportunistas ya esperados y nada más, porque es difícil aceptar la indiferencia de alguien tras lo ocurrido en Capbreton.

Lo de la semana pasada tiene, sin embargo, aspectos calculadamente siniestros, minucias demoledoras por su crueldad.

No es igual matar dejando un temporizador conectado a una bomba, llamar a un diario y anunciar el momento de la explosión, que caminar tras el objetivo, meter la mano en el bolsillo, poner el cañón en la cabeza del objetivo y apretar mientras la víctima cae como un saco al suelo con el cráneo reventado. Esta forma de terror, la más antigua desde que la pistola se unió a la navaja, es la más sencilla de las existentes. No exige mayor preparación que la de dar rienda suelta al fanatismo acumulado desde que, por el resquicio de las ideas de un radical, se coló un odio que ellos ven como un acto heroico.

Por eso es difícil escuchar en la Audiencia Nacional palabras de arrepentimiento cuando etarras confesos se sientan en el banquillo. No son pocas las ocasiones en que estos mismos gudaris amenazan de muerte a quienes los juzgan o ríen entre ellos tras la pecera que les separa de la gente de paz.

Matar con pistola puede tener el mismo resultado que hacerlo con un bombazo pero no tiene más intermediario que la cabeza y el dedo de uno mismo, sin la impersonalidad de la electrónica que actúa mientras los que matan se acuartelan y esperan escuchar las primeras declaraciones políticas de condena.

Pero en terrorismo no hay puntada sin hilo, nada es casual. Hace un año, un día después de que el Presidente del Gobierno dijera en clave política la frase cursi de algunos enamorados el día de San Valentín, “ Estamos mejor que hace un año y dentro de un año estaremos mejor que ahora”, ETA dio un toque de aviso en Barajas, con el explosivo más potente que tuvo a su alcance.

Fue el primer “accidente” del proceso de paz de la primera legislatura del socialismo. Atras quedan los dos gobiernos de Aznar, sin duda los años en los que la violencia callejera, el radicalismo y el terrorismo mismo han estado más arrinconados, tras haber intentado en Ginebra, como hiciera también Felipe González en Argel, llegar a un acuerdo para la entrega de las armas a cambio de la generosidad futura de una sociedad que ha visto morir asesinados a casi mil de sus ciudadanos a lo largo de 40 años.

Tras lo de Barajas hubo reacciones contundentes, pero la retórica de la paz como valor supremo fue llevándonos, en labios presidenciales, a la incertidumbre y a la desconfianza. “Paz con diálogo” tardó poco en instalarse en el escenario que tuvo tras la declaración de la última tregua de ETA, con rango superior a la libertad que siguen si alcanzar los que viven en las cercanías del radicalismo y en buena medida todos los españoles.

Ha habido muchas banderas en las calles, tal vez demasiadas, frente a la tibieza de las palabras y los bandazos gubernamentales de una política que divide a España en la cuestión terrorista y territorial más que en ninguna otra época anterior.

Por eso cabe preguntarse por donde irán las cosas cuando el dolor, la indignación y el “no pasarán” de estos dos últimos asesinatos, pasen al último lugar de la larga fila de muertos por ETA y comiencen a caer en el olvido de lo menos reciente. Me pregunto si los disparos que acabaron con los agentes de la Guardia Civil serán un ¡basta ya!, o se convertirán en un calcetín vuelto al revés. Es decir, si algún día escucharemos que todo vale, incluso sentarse y condescender, para buscar la paz y que casos como el de Raúl Centeno y Fernando Trapero no se vuelvan a repetir. Lo sabremos después de las elecciones.

Javier Zuloaga

viernes 30 de noviembre de 2007

¿LADRONES DE PALABRAS?

No se trata de un interrogante esnob, ni mucho menos. La duda me ha asaltado cuando he visto el rifirrafe que se traen entre manos los chinos y los mejicanos a cuenta del nopal, un cactus emblemático para los segundos, casi un símbolo nacional mejicano, que los primeros tratan de registrar como marca china en las altísimas instancias internacionales que regulan la propiedad intelectual.

Comenté el asunto en una clase del master de comunicación de EAE en Barcelona, en el que estoy colaborando y en la que, entre quienes me escuchaban, existe una nutrida representación de graduados mejicanos. Vi que el asunto no es una cuestión menor, que irrita profundamente y comprobé, al navegar por Internet horas después, que en Méjico la cosa está que arde.

Resulta que chinos y japoneses, pero especialmente los primeros, han decidido competir en el mercado de los productos derivados del nopal (textiles, alimenticios y medicinales) y que tienen ya más de 5.000 hectáreas en producción dirigida a la posterior exportación al mismo Méjico y el vecino Estados Unidos.

El asunto no tendría mayor trascendencia –no olvidemos que cultivos tan universales como la patata o el maíz tienen su origen en América- a no ser por la decisión de los empresarios chinos de registrar, en la oficina de patentes y marcas de la Unión Europea, la marca “Nopal” como de propiedad y derecho chinos. Dicho de otra manera, es como si algún espabilado hispano, cuando los barcos españoles trajeron a Europa el tubérculo de la patata o la mazorca de maíz, se hubiera hecho propios los nombres con que, en las lenguas indígenas americanas y en las diferentes acepciones hispanas, se conoce a esta materia prima alimenticia tan universal.

Por ello parece razonable que los mejicanos, con lo del nopal, sientan que el zorro se les ha colado en el corral y se ha ido llevando las gallinas delante de sus mismas narices. Tal vez por ello arrecian las críticas contra el gobierno de Felipe Calderón y en los comentarios que los lectores envían a las ediciones “on line” de los diarios, se le acusa de pasividad y no haber evitado que los audaces empresarios chinos se hayan llevado a su país incluso la tierra necesaria para que el nopal arraigue sin problemas en el lejano Oriente.

En esas líneas de espontaneidad de los lectores se leen cosas que, si son ciertas producen algo de espanto, como por ejemplo que la imagen de la Virgen de Guadalupe está patentada por un chino, aunque no faltan tampoco desparpajo y humor en otros lectores que proponen contraatacar y patentar, como productos mejicanos, los palillos chinos o el ginseng.

Hace días leí en “El País” un interesante artículo sobre este tipo de conflictos de propiedad intelectual, que lamentablemente no son nuevos. El Neem es un arbol originario de Birmania y la India que, entre otras virtudes, tiene la de actuar como insecticida biológico. Pues bien, la Oficina Europea de Patentes, (EPO) concedió en 1994 la exclusividad de un derivado del Neem al Departamento de Agricultura de los Estados Unidos y a la multinacional WR Grace, decisión que tuvo que se anulada siete años más tarde por las presiones de organizaciones sociales, que consiguieron poner fin a uno de los casos más emblemáticos de lo que bien podríamos llamar “biopiratería”.

Hay más casos. El Hoodia es una planta utilizada como adelgazante porque inhibe el apetito. Su uso es centenario entre el pueblo San, que habita en el desierto del Kalahari. Fue tratado por los laboratorios del Consejo Surafricano para la Investigación Científica y los derechos vendidos posteriormente en Pfizzer. La presión internacional obligó al Consejo Surafricano a ceder parte de los beneficios de la venta de la patente al pueblo San, pero El País estima que sólo el 0,003% ha retornado a los descendientes de quienes, mucho tiempo atrás, descubrieron las propiedades del Hoodia.

La información dice que estos casos son la parte visible del iceberg de un negocio basado en el desarrollo de fármacos desde plantas originarias de una parte concreta de la tierra y que los investigadores occidentales han desarrollado desde la constancia de unos poderes curativos tan reales, como de antigua y demostrada tradición.

Información de “El País”:
http://www.comfia.info/noticias/38192.html

El aprovechamiento de las riquezas naturales propias de zonas concretas del mundo ha ido despertado las conciencias aunque al parecer con escaso éxito. Así, en 1992, un total de 187 países firmaron el Convenio sobre la Biodiversidad Biológica, que no es más, para organizaciones como Greenpeace, que una pantalla de la falta de interés de las multinacionales para actuar con justicia y equidad. Pura galería.

Pero hay quienes andan más despiertos. Brasil ha publicado y enviado a la WIPO (Organización Mundial de la Propiedad Intelectual) una lista de 5000 términos generales referidos a plantas con posibles efectos y aprovechamiento medicinales. Se intenta evitar lo que ahora puede afectar a México, conocido en la jerga de las patentes como “lingo-privacy”, el aprovechamiento y uso como marca de las palabras usadas popularmente para referirse a plantas o remedios.

La cuestión, pese a parecer formal, no logra esconder un problema de mucho mayor calado, el de la compensación a los países subdesarrollados o menos desarrollados, por los beneficios que sus materias primas vegetales y sus tradiciones generan, una vez son procesadas por las empresas de los países avanzados.

En 1971, el economista James Tobin, premio Nobel de Economía en 1981, propuso una suerte de tasa o impuesto, que lleva su nombre y que proponía que pesara sobre el flujo de capitales en el mundo a favor de la reducción de la pobreza. Muchos movimientos antisistema hicieron suya la idea y -tal vez por ello- no prosperó entre quienes regulan y deciden en el mundo las cosas importantes.

Al leer lo de Nopal mejicano he pensado, tal vez con simpleza, que sería una buena vía para reducir las distancias económicas en el mundo aplicar algo parecido, una suerte de royalty por el origen de las cosas que acaban generando grandes beneficios.

Dejaría así de ser tan chocante que en países tan paupérrimos como Sierra Leona no haya que rascar mucho en el suelo para que aparezcan diamantes o que el Congo de Joseph Conrad, el 90% de los beneficios del petróleo, las piedras preciosas, el cobre, el estaño, el zinc o el coltán (materia básica en la aeronaútica, la telefonía móvil y la física nuclear) se vaya a otros continentes sin dejar apenas rasgo fiscal, mientras el 60% de la población está mal alimentada, vive con menos de un dólar al día y con una esperanza de vida de apenas 43 años.

El relato sería tan interminable como decepcionantes las expectativas de solución, tal y como escribí en este mismo blog al hablar de los biocombustibles y la oportunidad que su desarrollo suponía para paliar la miseria mundial. Para el que quiera recordar, basta con pinchar en la siguiente línea.

http://javierzuloaga.blogspot.com/2007/09/el-oro-verde.html

Javier Zuloaga

viernes 23 de noviembre de 2007

LAS LEYENDAS PELIGROSAS

Muchas veces he pensado que la tabla de multiplicar la inventaron, de forma compinche, la imaginación y el calendario. Sólo así se explica que, en la madurez de la vida, se descubra, al encontrar una foto olvidada, que aquella bella niña que imaginabas flotando entre gasas y tules era, realmente, una fondoncilla quinceañera asediada por el acné. Los recuerdos, especialmente los gratos, crecen a lo largo del tiempo, mientras que los malos tragos van difuminándose o quedan cada día más agazapados, según el talante de la persona, en los rincones de la memoria

A mi me ha ocurrido , en mis incursiones en escenarios del pasado, que no coincidían las dimensiones de la plaza de aquel pueblo del verano; o que los caudales de agua en los que creía haber visto cascadas, apenas había un arroyo cantarín; o que aquel colega monaguillo de mi infancia, que repicaba las campanas con gran destreza, dejó, hace ya muchos años, de convocar a los creyentes para que adoraran a Dios, y decidió buscarse una válvula de escape, hacia una paz imposible, con una jeringa con heroína pinchada en el antebrazo.

Los pensamientos no tienen registro digital y la memoria “ram” o los “gigas” nunca podrán con esa gran corriente de ideas que fluye entre las personas, cada minuto, en los lugares más comunes y lejanos del planeta. Todo eso se escapa del Gran Hermano de las nuevas tecnologías, de los grandes buscadores de Internet y seguirá vivo mientras el conjunto de la humanidad no saque una bandera blanca de rendición. Mientras haya tres o cuatro individuos o individuas que decidan contarse las cosas, como en “El Planeta de los Simios”, las “Tic” (Nuevas Tecnologías), no podrán con las cosas que mi abuelo le decía a mi padre y que mi padre nos contó a sus cinco hijos.

Era frecuente que le pidiéramos que nos volviera a relatar la historia del desembarco de Carlos V en España. Nos decía mi padre –y yo lo he repetido en múltiples ocasiones a lo largo de cuarenta años- que cuando Carlos V fue llamado a gobernar España tras la muerte de su abuela Isabel la Católica y su padre, Felipe el Hermoso, la nave en la que el nuevo monarca venía desde Flandes, intentó desembarcar en la guipuzcoana Zarauz y que unos hombres medio vestidos, o tal vez medio desnudos, bajaban emitiendo gritos desde las montañas cercanas, “¡era el euskera hijos, era el euskera!”, nos decía nuestro padre, que ilustraba la escena con detalles del espanto que aquellos lugareños causaron en quienes se acercaban a la playa en las barcazas, hasta el punto de que decidieron volver a la nave y poner rumbo a Santander, hoy Cantabria.

La anécdota causaba jolgorio cuando mi padre, vasco de nacimiento, tradición y apariencia inconfundible, lo contaba de forma desgarrada e irónica. Pero parece que no fue así y que lo que pasó en realidad fue que una galerna cantábrica hizo que el barco se desviara desde Laredo, punto de destino previsto y no Zarauz, a la asturiana de Tazones, cerca de Villaviciosa.

Google me ha llevado a las fuentes de estas puntualizaciones más rigurosas acerca de la llegada del único emperador que ha tenido España.

El asunto me ha llevado a preguntarme donde está la frontera entre el mito –incluso de la leyenda- y la intencionada manipulación de la historia. Y parece que hay motivos para preocuparse, especialmente con el auge de los nacionalismos, que idealizan los perfiles de sus personajes, cuando no los inventan directamente, como hizo Sabino Arana, fundador del PNV, al crear a su propia Juana de Arco, la mítica Libe.

No estoy muy seguro, pero no creo que lo de Carlos V de mi padre y mi abuelo, que se lo contó a él, venga de la misma cosecha creativa y nacionalista, sino que es simplemente una cuestión de exceso de imaginación, o lo que ahora los sicólogos llaman “orgullo de pertenencia”, en el caso que me ocupa de carácter tribal.

El suplemento El Cultural de “El Mundo” publicó en marzo pasado una entrevista con el historiador británico Eric Hobsbawm. Miembro de la British Academy y la American Academy of Arts and Sciences, enseñó en el Birkbeck College de la Universidad de Londres y desde su jubilación dicta clases en la New School for Social Research en Nueva York. Vivió en Viena tras la I Guerra Mundial, en el Berlín prehitleriano y su juventud en Londres y Cambridge.

“Vivimos –afirmaba Hobsbawn en la entrevista- en una época dorada de creación de mitos históricos, diseñada para reforzar identidades de grupo de toda índole, en especial en una gran cantidad de nuevas naciones y movimientos regionales y étnicos”

http://www.elcultural.es/historico_articulo.asp?c=19995

En la misma línea y refiriédose al nacionalismo vasco, Fernando García Cortazar decía, al presentar su libro “Los mitos de la Historia” (Planeta), que la capacidad de persuasión de un mito es muy fuerte, sobre todo en las gentes más ingenuas y poco críticas y que muchas naciones “penden” de ficciones históricas creadas principalmente en el siglo XIX y que basan su aceptación en la felicidad que estos mitos producen en las gentes.

No puedo evitar la oportunidad de mirarme en el espejo que Sabino Arana, el caudillo del nacionalismo de los vizcainos, creó para que nos miráramos en él los que allí habíamos nacido. Yo lo hice en Bilbao en 1952 y no me reconozco, aunque lo cierto es que, desde los autocomplacientes enunciados de Arana hasta ahora, ha pasado ya un siglo.

Por fisonomía –postulaba Arana- los vascos somos inteligentes, nobles, apuestos, varoniles, sabemos andar mejor que los españoles, emprendedores, no valemos para servir sino para ser servidos, somos capaces de morir antes que pedir limosna, bailamos mejor que los maketos (españoles), éramos, ¿somos?, más aseados porque nos cambiábamos de muda una vez a la semana, mientras que el maketos lo hacían una vez al año; no éramos adúlteros y solo cinco de cada cien crímenes que se tenían lugar en la Vizcaya de Arana, los cometían vascos descarriados. El restante 95% eran obra, evidentemente, de los maketos.

Son anécdotas, algo más que chascarrillos, pero en todo caso menores en importancia que la animadversión hacia España que aquel político, hijo de carlistas, consideraba necesaria, por encima de cualquier otra cuestión, en un buen vizcaino. Puede que esa sea la raíz del carácter introspectivo que ha acompañado al nacionalismo vasco desde su creación, lo que le hace muy diferente al talante abierto de otros, como el catalán, cuyos seguidores defienden sus ideas sobre la identidad buscada mirando hacia fuera sin manías. Hablo en términos generales.

Sé que el PNV de hoy no tiene nada que ver con estas cosas que decía el fundador del partido y que entre sus filas tiene, aunque agazapado y añorado sobre todo por los no nacionalistas, a personajes de gran talla humana y política, como Josu Jon Imaz. Pero los orígenes están ahí escritos, no se ha hecho una revisión pública de los errores del fundador del PNV, que es intocable y lo cierto es que sus ideas germinaron entre las clases rurales y capas sociales menos y más adineradas, aunque sus descendientes, afortunadamente, no deben pensar así, porque sería horroroso que más que piezas de historia, esos planteamientos estuvieran simplemente aletargados.

Les recomiendo que lean el siguiente artículo de Antonio Elorza, Catedrático de Historia del Pensamiento Político, de la Facultad de Ciencias Políticas de Madrid, “Sabino Arana: Cien Años de Euzkadi”, “El País”, 23/11/2003
http://www.elpais.com/articulo/reportajes/Sabino/Arana/cien/anos/Euzkadi/elpepusocdmg/20031123elpdmgrep_5/Tes


Javier Zuloaga

viernes 16 de noviembre de 2007

SARKOZY Y EL ESPEJO DE LA THATCHER

De Francia nos llegaba casi todo en 1968, aunque aquel año ocurrieron multitud de cosas más. Los estudiantes parisinos pusieron en jaque a la V República y el héroe nacional De Gaulle quedaba tocado y dimitía tras un rechazo en las urnas, que un año más tarde le llevó a la tumba. Aquel año los tanques rusos aplastaron la libertad de los checos de Dubcek; los norteamericanos bombardearon por primera vez Hanoi; un blanco mató a tiros a Martin Luther King; España echó el cerrojo a la verja de Gibraltar; el Vaticano condenaba el uso de anticonceptivos en la encíclica Humanae Vital; nació el Príncipe Felipe; Serrat hizo una butifarra al Festival Eurovisión que luego ganó Massiel; el Real Madrid ganó la Liga; el Barça la Copa del Generalísmo y muchas minucias más, entre ellas la llegada a Mallorca del turista 19 millones.

Pero los jóvenes de entonces, que hoy tenemos dificultades para reconocernos en la calle, mirábamos sobre todo a Francia y a Praga, aunque la fuerza parisina y el auge contestatario de las izquierdas, dejaron a los de la capital checa en un segundo plano. Tal vez, pienso casi cuarenta años después, la aceptación casi obligada de que más allá de Berlín Este la libertad se podía interpretar de otra manera, hizo que la contundencia con la que los estudiantes del Barrio Latino de París derrumbaron la “grandeur” de uno de los grandes símbolos de la Francia de la postguerra mundial pareciera mayor. Y posiblemente también porque a Europa Occidental no pudieron llegar, desde una Praga amordazada y silenciosa, los mismos ecos gráficos y crónicas que se generaban en una París, a cuyo carácter nunca nadie le ha podido tapar la boca, salvo los alemanes del III Reich.

Y puede que también pesara esa evidencia de que París es París, la cuna del Estado Moderno, la nación en la que una burguesía cada día más poderosa plantó cara a la aristocracia y el totalitarismo, dándole el poder al pueblo y aupando al rango de emperador a un general corso que quiso crear una gran Europa por la vía de las grandes decisiones militares. Francia es uno de los países del mundo con una historia más rica y sobre todo más trascendente.

Que no se inquiete el lector porque no iremos recorriendo los grandes capítulos de nuestros vecinos del norte y seguro que acierta si piensa que todo este preámbulo viene a cuento de Nicolás Sarkozy, ese hijo de emigrantes que llegó al Elíseo a pesar de su mentor Chirac, tras anunciar las líneas de un programa que rompía con los sobrentendidos estilos de hacer política de los Presidentes de V República, fundada por De Gaulle tras la independencia de Argelia.

Acabar con el desencanto y los malos presagios de los galos que no quisieron votar, o que dijeron que “no” a la constitución europea, e inyectar un nuevo estilo basado en la ausencia de complejos, podrían valer –aunque su programa es mucho más extenso- para definir rápidamente la forma de hacer política del Presidente Sarkozy. Para ello, propuso medidas liberales desde el punto de vista económico –flexibilidad laboral, menores impuestos y regulación del derecho a la huelga- un control estrecho de la migración por la vía del ADN para el reagrupamiento y rechazo a las regularizaciones de ilegales; penalización de la reincidencia delictiva; imposición de un documento “Light” que sustituya a la fracasada constitución de la UE; creación de un estatuto de la Oposición y sobre todo recortes en el lastre de los gastos públicos de un país que dedica el 40% de su presupuesto a dar de comer a los trabajadores públicos y mantener “status” especiales en determinados colectivos.

Nicolás Sarkozy ha dicho estos días que está llevando la política que anunció en su campaña, lo que es cierto, pero mirando la historia reciente de su país vemos que antes hubo otros que creyeron hacer lo mismo y que los conflictos del ferrocarril y el de los estudiantes universitarios, son el primer “test” de resistencia que se le presenta para medir su audacia política. De momento ha conseguido que los sindicatos del rail se sienten a hablar con empresas y el Estado para hablar de los cortes de las pensiones propuestos, en lo que, a la vista de lo que ocurrió en 1995 cuando Chirac tuvo que cesar a Juppé, puede entenderse como cierta debilidad de los poderosos sindicatos franceses.

Y en las universidades los estudiantes levantiscos se miden con los otros, los que piden que se vote en secreto la adhesión, o no, a la huelga contra la ley que aumenta la autonomía de las universidades y que se acabe con el movimiento asambleario, que hoy ya se puede denostar sin miedo a que a uno le tilden de retrógrado o fascista.

Recuerdo, de mis tiempos de estudiante debutante, que coincidieron con el primer consejo de guerra de Burgos, cómo la asamblea de Periodismo que decidió finalmente nuestro paro académico estaba presidida por unos señores de verbo fácil, buena parte de los cuales no volví a ver durante el resto de la carrera.

Éstos son los dos primeros pulsos que mantiene el presidente francés y al menos de momento, ofrecen mejor aspecto que los que se llevaron por delante a de De Gaulle y en menor medida a Jacques Chirac.

Cuando Margaret Thatcher llegó al gobierno británico y se encaró con los poderosos sindicatos mineros, no faltaron cronistas que dijeron que la primera ministra había “roto el espinazo” de los “trade unions”. Aquella victoria social y la manera con que se impuso poco después a los argentinos en las islas Malvinas en 1982, la convirtieron, con Winston Churchill, en la pareja de ases más inolvidable de la historia reciente del Reino Unido.

Me parece que Sarkozy se está mirando en el espejo la Dama de Hierro y respondiendo políticamente a lo que la mayoría de los franceses venían reclamando desde mucho tiempo atrás, todo ello sin abandonar nunca esa necesaria y envidiable dosis de orgullo nacional que los franceses, sea cual sea su tendencia ideológica, llevarán siempre e su corazón.

Tal vez la sociedad, como la vida misma, no para de cambiar y es muy posible que el marketing político sea hoy uno de los ejes para triunfar en el ejercicio del poder. Dicho de otra manera, ya no corren aquellos aires paternalistas que envolvían a los líderes carismáticos como si fueran una suerte de regalo con que Dios nos obsequiaba a los ciudadanos, sino que éstos últimos esperan a que alguien solucione sus problemas con algo más que palabras, largas y buenas intenciones.

Creo que Sarkozy ha llegado a la Presidencia de Francia en tiempos de hartazgo pesimista, el mejor campo abonado para el pragmatismo y las ideas claras. Pero esperemos y veamos. Todo es cuestión de una o dos semanas que podrán indicarnos que es lo que va a pasar en Francia, y en el fondo en toda la Unión Europea, en los próximos años.

Javier Zuloaga

viernes 9 de noviembre de 2007

¡SI CERDÁ LEVANTARA LA CABEZA!

Cuando la audacia de quien escribe decide hacer una incursión en el pasado para encontrar soluciones a problemas de hoy, se corre el peligro de herir susceptibilidades, levantar ampollas emocionales y caer en la desfachatez. Pero de la misma manera que pienso lo arriba escrito, tengo la convicción de que la historia no tiene dueños ni puertas, que cierren o abran el paso según quien llame y que debe ser, por ello, un lugar de libre tránsito con la condición de que quienes circulen por ella la traten con cariño, cosa que yo me cuidaré mucho de hacer.

¡Caray!, pues si que mi artículo de hoy tiene un comienzo trascendental.

Viene esta reflexión a cuento de una comida que ayer compartí con un colega inconformista, en un sabroso restaurante familiar de la calle Cerdeña de Barcelona. En el encuentro, además de buenos guisos y caldos acordes, salió la salsa de lo que pasa en el mundo oficial, ese que ocupa tantos espacios mediáticos como rangos inferiores entre la gente corriente, más ocupada en la solución de sus problemas más inmediatos.

Pero pese a las lecturas más generosas de lo que ocurre en la cosa pública, no quita que sea cada vez más preocupante el descontrol dialéctico de nuestros dirigentes, cosa que si para los estrategas de la política es algo lógico en el engranaje del tiempo prelectoral, a los más paganos en marketing político nos acaba sobrecogiendo porque la brida y la fusta, si se usan al tiempo, acaban descabalgando al jinete y desbocando al caballo. Me refiero a la convivencia.

A mi, lo del “alejamiento irreversible” o el “adeu a España” en boca del Presidente de la Generalitat me produjo desasosiego. Es más, creo que va a traer mal fario. Mi compañero de mesa me decía que soy alarmista y que la cosa iba de órdago para conseguir meter presión a la olla del Gobierno, que todo esto de las declaraciones forma parte del juego y que de aquí a pocas semanas sólo se acodarán los estudiosos.

Puede que mi amigo tenga razón y tendré que aceptar, además de su buena capacidad de análisis, que el significado de lo que se dice públicamente es una cuestión menor y que está en muchas ocasiones supeditada a las triquiñuelas de la lucha por ganar o mantener el poder.

De vuelta a casa pensé que todo esto viene abonado por los desastres infraestructurales que se dan, desde el pasado verano, en la ciudad de Barcelona, especialmente los últimos de las comunicaciones ferroviarias de cercanías. También me dije que tal vez los políticos no estén comportándose a la altura de los ciudadanos que van y vienen de mala manera a Barcelona y que están dando un ejemplo de civismo tal vez inimaginable en otros parajes y paisanajes. En un informativo de televisión catalán, un conductor de autobús, venido desde Andalucía a la Ciudad Condal cuando los de Fomento tocaron a rebato, explicaba hace pocos días cómo sus pasajeros se volcaron en su trato amable y ayuda cuando andaba perdido en la jungla urbana Barcelona.

Y fue entonces cuando pensé en IldefonsoCerdá, el padre del Ensanche, aquel ingeniero de caminos que diseñó la extensión de una ciudad más allá de sus murallas y que todavía hoy, cuando casi se han cumplido doscientos años de su nacimiento, es objeto de exposiciones, ensayos y conferencias. ¿Qué hubiera hecho él?.

Pensé entonces que si Cerdá hubiera vivido dos siglos se habría echado las manos a la cabeza al ver que su ciudad se ahoga cada día más entre el mar y la montaña y que de la misma manera que Gracia y Sarriá acabaron integrándose en la capital catalana, este prohombre habría propuesto, tal vez, comunicarla con el Vallés por algo más que un embudo de pago a tocateja y descentralizar de verdad la vida administrativa de Barcelona.

Aquel urbanista que murió de viejo en Santander y cuyo proyecto fue una imposición de Gobierno de Madrid al ayuntamiento de Barcelona, que había elegido la opción del arquitecto Rovira y Trías–así lo cuenta la página “web” municipal- hubiera mirado a cincuenta, cien o más años vista, como cuando pensó en el paseo de Gracia, en tiempos en los que sólo circulaban, por las calles de la ciudad, algunos carros de tiro.

Lo de 1992 y los JJ.OO. fue un golpe de aire fresco que se ha quedado ahí, como muestra de lo que fue y no siguió y en la Cataluña de después del hito olímpico tenemos, como inaudito, haber inaugurado, en los tiempos de las autopistas de seis carriles, el único un eje viario a la vieja usanza, de dos direcciones, para que adelantar a un camión haya vuelto a ser una operación sesuda y emocionante.

¿Hay alguien que esté pensando en la Barcelona de 2100?, ¿tenemos soñadores que se rijan por espacios de tiempo superiores a los cuatrienios electorales?. Si los hay y no son escuchados deben sentir una gran frustración al ver de qué manera y con qué cerrilidad caminamos hacia lo más difícil todavía.

Y si no los hay, pues tenemos tiempo más que sobrado para preguntarnos cada mañana sobre nuestra propia identidad, para mirarnos en el espejo de un centralismo buscando culpables a quienes apuntar nuestras desgracias, para fijar fechas quiméricas y para pensar, cada vez menos, en los rincones más olvidados de Cataluña.

Javier Zuloaga

viernes 2 de noviembre de 2007

NUESTROS VECINOS DEL SUR

Cuando he leído, a lo largo de la semana que ahora acaba, las informaciones acerca de Marruecos que interesan a España, he buscado en mis propios recuerdos de corresponsal de Efe en Rabat, 1982-84. Llegué al Magreb desde Buenos Aires, en un auténtico choque cultural dentro de mí y de alguna manera alarde de vocación de diversidad que para si mismo quisiera nuestro Presidente del Gobierno.

Creo, lo digo hoy sinceramente, que además de la curiosidad de periodista, no llevaba mayor bagaje para un cargo como aquel, del que tuve que documentarme urgentemente en los archivos de mi empresa en Madrid para poder empezar a escribir, como un entendido, acerca de lo que me encontraría a mi llegada a Rabat. Y como casi todos los corresponsales, me integré en “el otro Marruecos”, ese mundo en francés, desde el que conseguía saber muy poco acerca de lo que ocurría en la vida del reino y absolutamente nada de las inquietudes que se vivían, en lengua árabe, en las medinas y en los barrios populares.

La actualidad hispano-marroquí de los últimos días me ha parecido una reencarnación de lo mismo que viví aquellos dos años cortos. Creo que los editoriales, los titulares y las encendidas tertulias de hace 25 años sería prácticamente válidas para todo lo que envuelve a la estelar acción judicial de Baltasar Garzón para investigar desaparecidos en aquel Sahara que los españoles nos quitamos de encima con uno de los mayores alardes de irresponsabilidad que se recuerdan en la historia colonial y el próximo viaje de los Reyes de España a Ceuta y Melilla, esas ciudades de las que exministra Ana Palacio dijo que son tan españolas como Huesca, pocos días después de que lo hicieran a Marraquech los Principes de Asturias.

Puede que el viaje real a “las plazas españolas en el norte de Africa” tense más de lo ya tradicional la frágil cuerda política que une geográficamente a España y Marruecos y que la iniciativa del magistrado de la Audiencia Nacional irrite a un gobierno de Rabat que no acaba de entender que un juez pueda andar hurgando en los trapos sucios ocurridos en unos territorios, los del Sahara, sobre los que recientemente Zapatero se manifestó - con consecuencias económicas negativas en las relaciones de España con Argelia- a favor de las tesis autonomistas de Rabat y en contra del derecho de autodeterminación de los Saharauis, que la ONU marcó para 1992 y que fue aceptado sin fisuras desde Adolfo Suárez hasta el mismo Aznar, el defensor de la españolidad de la isla Perejil.

Lo fácil, es dejarse llevar por el gen patriótico y soberanista que suele llevar a la confrontación. Lo inteligente, mantener la cabeza fría y dar un paso atrás para mirar qué es lo que se cuece al otro lado del Estrecho y, sobre todo, preguntarse si la tensión que puede generar el viaje de los Reyes es tan aparente en las calles y electrizante en boca de los nacionalistas del Partido Istiqlal, el que “gobierna” en la actualidad, como inexistente en los pasillos del Palacio Real, que es donde se decide todo en Marruecos.

Marruecos obtuvo su independencia en 1956 de la mano de Mohamed V, miembro de la dinastía alaui y por ello descendiente del Profeta. Hablamos, por lo tanto, de una monarquía tocada por el dedo de Dios, que genera devociones y temor – ¿no nos decían también a los cristianos que había que ser temerosos de Dios? – y que ha articulado un sistema político fuertemente autoritario, pese a que algunos en Marruecos, con bastante audacia, lo comparen con la monarquía parlamentaria española.

Este reino y los tres reyes que ha tenido, nunca ha reconocido como héroe propio a Abdel Krim, al látigo de la batalla de Anual, humillante para España y que murió en el olvido y en el desagradecimiento de los suyos en el Cairo en 1963.

Nuestro Rey se parece a Mohamed VI lo que el “premier” Abbas el Fasi a José Luis Rodríguez Zapatero. Es decir, en nada. Y así es evidente que nuestro primer ministro lleva sobre sus espaldas unas responsabilidades que en Marruecos recaen en el monarca, que disuelve el parlamento y convoca elecciones, que nombra al jefe de gobierno que no tiene que ser necesariamente el líder del partido más votado, que elige a todos los ministros y que, por supuesto, dirige personalmente la política exterior y manda operativamente en el ejército.

Y los marroquíes lo aceptan y juegan la partida electoral sin distinciones, desde los nacionalistas hasta los comunistas. Nadie discute ni cuestiona a un rey que, como ya hacía su padre Hassan II proclama públicamente que Juan Carlos de Borbón es su hermano y que castiga con una añeja indiferencia y algo de desprecio a la clase política española cuando, en los viajes oficiales, la recepción en el despacho real es incógnita hasta el último momento.

Recuerdo que, en 1983, Marruecos se sacó de la manga una resolución de una unión interparlamentaria árabe que pedía que nos fuéramos de Ceuta y Melilla. Se armó el alboroto, en los periódicos nacionalistas marroquíes, en Al Alam, L´Opinion y en el oficialista Le Matin, al tiempo que al norte de Gibraltar la sangre hervía en las venas de los patriotas españoles y los periódicos y las ondas lanzaban vitriolo contra el rey moro.

¿Qué pasó?. Pues absolutamente nada, porque al cabo de unas semanas habían ocurrido cosas más importantes y en Marruecos andaban con ocupaciones menos trascendentales. Cuando esto pasaba era cuando los periodistas que allí estábamos, no muchos, veíamos que desde el Palacio Real se decidía el tempo del irredentismo con una óptica propagandística que rozaba la dieta “goebelsiana”.

Y en estas artes, desde que Hassan II invadió y ocupó el Sahara Occidental cuando Franco agonizaba, los dirigentes marroquíes son unos auténticos maestros. Cuando tocan la corneta desde cualquiera de los palacios reales, el pueblo se pone emocionalmente en marcha. Pasó con lo de Perejil y pasará durante unas semanas con el viaje de los Reyes a Ceuta y Melilla.

Pero toda esta perpleja manera de gobernar un país, que a veces parece detenida en tiempos rancios europeos, es la que hay. Y es además la que más conviene a los intereses del mundo libre. Sí, como suena. Por eso en París se libran mucho de desairar al Rey de Marruecos, aunque en la ciudad del Sena den cobijo a disidentes –lo cual en el fondo es más un favor que un agravio- en Washington respaldan económica y militarmente al régimen de Rabat y en España nuestros gobernantes, lo primero que hacen tras ser elegidos, es viajar a Rabat para brindar, con té verde, por las tradicionales relaciones de hermandad que existen entre los dos reinos.

Esto lo saben ellos y lo sabemos nosotros, ya que la alternativa sería mucho peor y para imaginarla basta con mirar a los regímenes teocráticos que quitan el sueño a Occidente.

Javier Zuloaga

sábado 27 de octubre de 2007

LA MODERNIDAD

Disponer de tiempo para uno mismo puede que sea una de las mayores fortunas que una persona puede llegar a alcanzar. ¿Qué haré mañana? resulta un privilegio, de la misma manera que lo es mirar a la mesa de trabajo, en tu casa y ver que han ido cayendo, una detrás de otra, esas lecturas que te habías propuesto hacer. Y de ellas, en mi caso, las de los diarios son siempre las primeras y más importantes, ya que consigo, con perspectiva y sin la presión de otros tiempos, ver algunos rasgos de cosas inquietantes que ocurren a nuestro alrededor.

Cuando comencé a escribir este artículo, ayer viernes, la justicia seguía siendo titular común de los periódicos. Dos noticias: la puesta en libertad, con restricciones mediante control policial, del joven catalán agresor de una ecuatoriana y el pulso que libran el partido del Gobierno y el del principal partido de la oposición por conservar o conseguir mayorías en una justicia que nos enseñaron que debía ser independiente de los poderes ejecutivo y legislativo, ocupaban lugares destacados. Como complemento, la rebelión de los jueces decanos que defienden una justicia profesional regulada desde el CGPJ y los ecos de la propuesta del Ministro de Justicia para que la judicatura se nutra de los licenciados en derecho con mejor nota.

Me parece que es difícil encontrar, en los tiempos recientes, momentos en los que la justicia haya ocupado, por si misma y como institución, espacios de tanto relumbrón en los medios de comunicación.

Todo este alboroto me ha llevado a buscar, en Internet, un artículo que escribió el magistrado mallorquín Guillem Vidal, encuadrado en lo que se dio por llamar ala progresista de los jueces. Su título es “Jueces sobradamente preparados” y fue publicado en El País, 16 de enero de 2006, un año antes de que el autor muriera. Para el lector interesado, en las líneas siguientes transcribo las direcciones digitales del artículo y de la información que “La Vanguardia” publicó con motivo de la desaparición de Vidal.
http://www.elpais.com/articulo/cataluna/Jueces/sobradamente/preparados/elpepuespcat/20060116elpcat_8/Tes

http://www.lavanguardia.es/lv24h/20070323/51315868750.html

Vidal situaba al lector en los diferentes sistemas de acceso a la judicatura en Europa: el británico, condicionado al ejercicio previo de 25 años de la abogacía; el francés, en donde ni siquiera es necesario ser abogado para opositar al acceso a la Escuela Nacional de la Magistratura; el holandés, que prima el estudio sicológico y nivel intelectual del candidato; o el italiano, del mismo corte que el español.

En estos dos últimos, el opositor “lucha contra el coaspirante y contra si mismo”, escribía Guillem Vidal, que en su artículo citaba también a un compañero suyo y antiguo director de la Escuela Judicial de Barcelona, Carlos Gómez: “Los aspirantes acceden a la carrera judicial con un déficit del conocimiento de la realidad, derivado de su juventud y de la intensa dedicación a la preparación judicial”.

He rescatado estas frases del artículo del mallorquín, al que conocí en 1987 cuando presidía la Audiencia Provincial de Baleares, cuando leí el pasado martes que el Ministro de Justicia proyecta paliar el creciente desinterés para ejercer en la judicatura, reclutando en las facultades de Derecho a los licenciados académicamente más brillantes. Lo cierto es que torcí el gesto y no pude evitar pensar que Guillem Vidal, progresista pero hombre de leyes potente, seguramente se hubiera echado las manos a la cabeza imaginando a “sus señorías” aún más jóvenes y por ello menos rodados en la vida que los que hoy salen de la Escuela Judicial y sin el importante bagaje, además, que supone haber dedicado tres o cuatro años al estudio minucioso de las leyes.

Para interesados: noticia sobre la iniciativa de Fernández Bermejo:
http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idnoticia_PK=452376&idseccio_PK=1021


Mis reflexiones, como ciudadano, que no abogado, sobre la polémica iniciativa de Fernández Bermejo y mis artículos rescatados, me han sugerido bajar a la tierra de los contribuyentes de a pie y hacerme, una vez más, alguna preguntas simples.

¿Tenemos una justicia moderna?, ¿Es verdad que vivimos en la Sociedad de la Información?, ¿No es cierto que el Ministerio de Hacienda ya nos dice cuanto hemos ganado el año anterior antes de hacer la declaración del IRPF?, ¿No hay miles de ayuntamientos que han sido capaces de sacudirse la modorra de la burocracia mediante la ventanilla virtual?, ¿Cuántos equipos de investigadores trabajan en red en el mundo?...

Hay muchas más, que el lector puede añadir. Lo que yo me pregunto es si, con criterios de mayor modernidad, habría tenido solución el calvario que pasó un buen amigo mío que presentó, cuando comenzaba el curso escolar, una demanda ejecutiva por incumplimiento de régimen de visitas, que finalmente ganó, pero cuando ya era demasiado tarde porque la compleja mecánica del exhorto y el cumplimiento pulcro de lo que está reglamentado desde tiempos inmemoriales, zanjó el asunto cuando el curso había acabado y su hijo comenzaba ya a verle como un ser cada vez más lejano.

En tiempos en los que se perfeccionan los sistemas de encriptación para el envió de documentos por Internet, cuando la firma digital ya funciona, o con herramientas de gestión que se aplican con éxito en el mundo de la empresa, ¿no deberíamos modernizar la organización de nuestra justicia para salvarla de sus problemas crónicos?. Y con ello, no sugiero cambiar sus cimientos, esas leyes que nos hemos dado a nosotros mismos y que son una garantía para todos frente a todos, sino de mirar si su maquinaria necesita una puesta a punto, por lo menos.

Javier Zuloaga

sábado 20 de octubre de 2007

PAYASOS PELIGROSOS

Las crónicas de los corresponsales periodísticos que llegan a publicarse son sólo una pequeña parte de las cosas realmente interesantes que ocurren en el mundo que les rodea. Trabajé como periodista unos años fuera de España y resultaba desalentador, a menudo, ver la escasa o diminuta relevancia que tenía lo que habías escrito el día anterior y de qué manera mis líneas se habían diluido en esa inmensidad de informaciones radiadas, televisadas o escritas, que iban y venían desde -y -a todas las esquinas del mundo.

Sin embargo pienso que los corresponsales de hoy, o tal vez el mundo en el que viven, se han espabilado mucho más que aquellos que trabajábamos lejos de España hace 25 o 30 años. Y debe ser así porque la competencia es hoy mayor y la menudencia informativa interesa mucho más que el gran evento a un lector que puede llegar a la información casi al tiempo en que ésta se produce. La curiosidad ha ganado así terreno, aunque a veces esconda, como comentaré más adelante, buena sustancia para reflexionar.

Antes, ¡yo que sé cuanto tiempo ha pasado!, los peatones reconocían al quiosquero como uno de los personajes de su entorno más inmediatos, junto con el farmacéutico, el panadero, el practicante o el fontanero que también hacía las veces de electricista. El diario era su producto estrella, deportivo o no, y los que leían periódicos tenían parada obligada antes de enfilar a la entrada del metro o la parada del autobús. Hoy, en ese bárbaro adelanto de los tiempos que vivimos, los “Smint” o las “chuches” –y hasta hace poco el tabaco- han superado con mucho a los cromos y acaban dejando ganancias nada despreciables a estos personajes tan emblemátios de la vida urbana española.

¿Lo compro o no lo compro?, piensan no pocos urbanitas cuando pasan por el quiosco viendo que, unos metros más adelante, hay un/a chval/a que, con atuendos de McDonalds que te regalan píldoras de actualidad local, nacional, internacional…incluso de deportes, en apenas 24 o 32 páginas, gracias a las cuales ya no tienes que poner cara de póker si no has tenido tiempo para escuchar a los predicadores radiofónicos al despertar.

Pero este artículo viene a cuento de las menudencias informativas que nos han llegado de Italia acerca de Beppe Grillo, (Pepito Grillo), un personaje de biografía peculiar, cuya historia ha circulado con vértigo por los “blogs” desde que, lo que era ya sabido en Italia, se ha convertido en universal.

B.P. llamémosle así sin que se ofenda Bristish Petroleum, acaba de vender su Ferrari y su yate para desprenderse de las últimas señas de identidad que le vinculaban con el mundo del que ha sido cómplice toda su vida. Pidió el voto para Berlusconi en 1994, pero ha articulado un slogan político que todos entienden y que le ha llevado a los tabloides de medio mundo, “Vaffanculo day” (El día de a tomar por el culo), que ofrece un mensaje elocuente a quienes dicen estar desencantados con todo o casi todo, porque nada merece la pena, o que simplemente esconden su ignorancia en el escepticismo drástico.

B.P. convocó un mitin en Bolonia al que acudieron 50.000 personas y otras 300.000 plasmaron su firma en un documento de apoyo a sus iniciativas, con las que propone limitar los mandatos de los legisladores, imponer las listas abiertas y la inhabilitación de imputados en causas judiciales. Cada día 100.000 cibernautas pasan por su “blog”, infinitamente más que el que usted está leyendo en este momento, para compartir con Beppe Grillo su simpleza de que todo es una mierda.

En el currículum del personaje figuran hitos hilarantes pero peligrosos, tales como haber sacado los colores a Mássimo D,Alema, ministro italiano de Asuntos Exteriores, en una fiesta del diario L´Unita, organo periodístico del Partido Comunista, ante 9.000 conmilitones que acabaron riendo las gracias en las que BP ponía en ridículo al anfitrión; o la de haber contado un chiste en la RAI, tiempo atrás, en el que él mismo encarnaba a un ministro de Bettino Craxi que le preguntaba, al desaparecido jefe de gobierno de PSI, que si en China todos eran socialistas, ¿a quiénes podrían robar?.

Beppe Grillo es conocido en la plaza italiana pero parece que ahora, con el poderío de las nuevas tecnologías y el desgaste del sistema político, sube como la espuma. Y esto es preocupante por la tendencia al mimetismo y porque hay que aceptar que es de humanos ir al derrotismo y refugiarse en la reducción al absurdo, cuando aparecen problemas de difícil solución. Pero hacerlo dejándose llevar por las habilidades del oportunista es algo muy distinto y a veces peligroso y de ello hay precedentes dramáticos , no muy lejanos, en la historia del mundo.

Yo, cuando era chico, decidí no volver al circo cuando mi madre me llevó al Price de Madrid, porque me parecía contradictorio que hubiera personas que tuvieran que pintarse la cara con trazos de maquillaje tristes y deshumanizarse para hacer sonreír a la gente. Hoy, que ya podría ser abuelo y tras haber vivido, leído y estudiado algo, estos otros histriones que reúnen a multitudes para decirles que el sistema no vale un euro, no me hacen la menor gracia y me producen cierto escalofrío, porque no sé que es lo que esconden tras esa apariencia tan divertida.

Javier Zuloaga

viernes 12 de octubre de 2007

LOS BACHES DE LA MEMORIA

El calendario está pleno de celebraciones y los diarios tienen, en la evocación de lo que ya no volverá a ocurrir ni de quienes se fueron para siempre, una rica fuente de inspiración, más potente, si cabe, que lo que ocurrió en la víspera.

El pasado miércoles, John Lennon, si no le hubiera matado un admirador, habría celebrado su 67 aniversario, más o menos los mismos que tendrían los fundadores de la banda terrorista alemana Baader-Meinhof si, treinta años atrás, no hubieran decidido quitarse la vida tras ser juzgados y condenados por “ajusticiar”, con tres tiros en la nuca, al presidente de la patronal alemana, Hanns-Martin Schleier. Fue poco días después de que un grupo de terroristas de la OLP de Yasser Arafat –hoy ala moderada de la política palestina- secuestraran un avión de Lufthansa entre Palma de Mallorca y Munich, para pedir la liberación de sus compañeros revolucionarios germanos.

También por estas fechas, pero hace cuarenta años, el Che Guevara se lanzó a los montes del Altiplano boliviano para repetir sus hazañas, sin la mística revolucionaria del asalto al Cuartel de Moncada y la guerrilla de Sierra Maestra. Se fue a pelo, alejándose de la ortodoxia comunista soviética que su compañero Fidel implantó en Cuba tras entrar en la Habana con un rosario colgado del cuello. Cuba le venía pequeña y quería que el mundo fuera tan revolucionario como él. Murió fusilado en Bolivia y la propaganda comunista hizo de él un mito.

Son aniversarios deteriorados, no pocas veces, por el paso del tiempo y de las idealizaciones intencionadas, que sacan buen partido de la vulnerabilidad de la memoria, esa que permite que los perfiles de los recordados se desdibujen y así el villano acabe siendo un hombre ejemplar, o este último un malvado. Ocurre, principalmente, cuando el rigor de los historiadores no ha podido entrar a trabajar porque la historia del protagonista recordado, tiene compañeros de reparto que aún andan coleando por el mundo y no tienen interés en que las cosas se cuenten tal cual fueron, porque el hechizo del mito vende más.

No pongamos ejemplos cercanos ni recientes, que no vienen al caso en este artículo, con el que simplemente quiero viajar al otro lado del Atlántico, en donde el populismo ha recibido, con los brazos abiertos, el 40 aniversario de la muerte de aquel argentino de Rosario que un día decidió hacer la revolución.

Creo que el Che Guevara, se merece un respeto y con ello no quiero decir que haya que rendirle un homenaje, ni situarle en la orla de las personas que hicieron cambiar el mundo con gestas, porque personalmente pienso que no le corresponde. Simplemente digo que será bueno ver qué dice la historia de él, cuando desaparezca todo el “merchandising” que gira desde hace cuarenta años en torno a su figura y que ha dado de comer a fabricantes de carteles y camisetas impresas, producidas en ocasiones por mercahifles que poco saben de lo que hizo el personaje, o nada de las libertades que, desde el triunfo de la Revolución de Castro y el Che, no han disfrutado quienes le han homenajeado estos días en el monumento erigido en su memoria por la dictadura cubana.

El Che cuelga entre cuatro chinchetas sobre millones de camas y tapa incontables dorsos de revolucionarios de salón, como crucifijo alternativo y contestatario, de la misma manera que lo hizo la cara de Mao, líder comunista con el que ideológicamente sintonizaba mejor el guerrillero argentino que llegó a ministro en la Habana.

Hay versiones para todos los gustos, con puro o sin puro, con estrella de comandante o con boina pelada, con diferentes opciones de cabello y barba al viento, con más o menos carisma y vida en sus pupilas gracias a la pericia de los retocadores de fotografía o a la magia del Photoshop de Windows. Se puede comprar, bien enrollado y plastificado, en la planta de discos de El Corte Inglés, en donde hay que buscarlo entre los posters de una lata de sopa Campbell, un retrato de Mandela saludando a la libertad, o de Marlon Brando sentado a horcajadas sobre una Harley.

Pero, marketing aparte, lo del Che ha despertado tics entre esos caudillos que están reinventando la América postcolonial. Evo Morales, Rafael Correa y sobre todo Hugo Chavez han sentido la alegría en su cuerpo revolucionario y se han sumado a la efemérides. Les viene al pelo, cuando los tres se han armado de audacia política y han decidido cambiar las reglas del juego político de sus países por sus bemoles.

“Lo tomas o lo dejas” se ha convertido en una sutil imposición en buena parte de la américa bolivariana, la socialmente menos desarrollada, la más sensible a las emociones epidérmicas y a la idolatría popular. Los nuevos caudillos han unido el manejo de los sentimientos a la fuerza de la aritmética y les han dicho a los menos afortunados que ellos son más numerosos que los de las clases profesionales y dirigentes, las que les han dirigido durante decenios, sin sacarles de la pobreza crónica. Y han arrasado.

“El poder reside en el pueblo” ha tenido, así, un uso perverso, especialmente en Venezuela, en donde se tapa la boca a la libertad de expresión; se somete a un tormento bufón a los ciudadanos con el presidente ocupando las pantallas más tiempo del que Castro hablaba - cuando aún estaba en condiciones- en las grandes fechas revolucionarias; se prepara el aislamiento internacional del país con su salida del Fondo Monetario Internacional; o se anuncia - al menos el zambo (*) Chavez tiene algún arrebato divertido- que la hora venezolana se retrasará treinta minutos. Más o menos el mismo disparate que cometería el alcalde de Bilbao si, en una pérdida súbita de papeles, decidiera que junto al Nervión el día se acaba a las 11,30 de la noche.

Los petrodólares del lago Maracaibo han ido extendiendo poco a poco la mancha populista de la que, al menos de momento, se ha salvado Colombia y parece improbable que llegue a afectar al Brasil de Lula, un país que tiene ideas propias y un talante democrático que ha digerido sin dificultades el acceso al poder del Partido de los Trabajadores.

“En Europa hay alguna simpatías por movimientos como las FARC. Se tiene una visión romántica del guerrillero que no tiene nada que ver con la realidad. En Colombia, donde sufrimos sus acciones, se ve de otra manera. El asesinato de 11 diputados demuestra que son unos desalmados”. Son palabras de Fernando Araujo, ministro de asuntos exteriores de Colombia, que ha estado secuestrado seis años por la guerrilla colombiana, con la que ahora se propone negociar el presidente Hugo Chávez, extendiendo su influencia más allá de las fronteras venezolanas y queriendo emular épicamente a Bolívar, con cuyo nombre ha bautizado la revolución con la que quiere pasar a la historia.

Por ello y por responder literariamente a la demagogia, no me he resistido a sacar de mi biblioteca la magistral novela de Gabriel García Márquez, “El General en su Laberinto”, en la que describe, con crudo realismo y sin los espejismos del mito, los últimos meses de vida de Simón Bolivar, un hombre que murió, en la amargura, al ver la ruina de sus sueños.

“Había hecho todas sus guerras en la línea de peligro-escribía el Nóbel colombiano- sin sufrir un rasguño y se movía en medio del fuego contrario con una serenidad tan insensata que hasta sus oficiales se conformaron con la explicación fácil de que se creía invulnerable. Había salido ileso de cuantos atentados se urdieron contra él, y en varios salvó la vida porque no estaba durmiendo en su cama. Andaba sin escolta y comía y bebía sin ningún cuidado de lo que le ofrecían donde fuera. Sólo Manuela sabía que su desinterés no era ni inconciencia ni fatalismo, sino la certidumbre melancólica de que había de morir en su cama, pobre y desnudo y sin el consuelo de la gratitud pública”.

(*).-Mestizaje de aborigen y negro

Javier Zuloaga

sábado 6 de octubre de 2007

HABLAR EN "SUCEDÁNEO"

Seguramente todos guardamos, en la recámara de nuestra memoria, recuerdos de palabras descubiertas que deslumbraron nuestra ignorancia acerca de alguna cuestión. He de reconocer mi vulgaridad, pero lo cierto es que nunca he podido olvidar cuando, recién comenzados los años sesenta, mis padres recibían a unos invitados a cenar y la empleada doméstica, una segoviana que casi me vio nacer, me dijo que aquellos canapés cuadrados, con bolitas negras deslumbrantes y un pequeño ornamento de pulpa de limón encima, no era caviar ruso, las famosas huevas de esturión.

-No Javi, no. Esto es sólo un sucedáneo.

-¡Ah!- respondí con aplomo propio de señorito de la casa, al tiempo que me iba hasta las estanterías del pasillo, en donde mi padre había situado lo más granado de lo que había leído en su vida, con la segura intención de que, al ser de paso obligado, aquel lugar se convirtiera en recordatorio permanente a sus hijos de la gran importancia de la lectura.

Junto al teléfono estaban los diccionarios y, en el Larousse, encontré la definición de sucedáneo “ Dícese de una sustancia que puede reemplazar o sustituir a otra y que generalmente es de menor calidad”.

A raiz de aquel descubrimiento pasé una buena temporada buscando, en torno a mí, productos que fueran- pero que no fueran- lo que nos decían en las letras grandes de las etiquetas. Un día, Adela, que así se llamaba aquella segoviana, amplió mis conocimientos en la materia mostrándome una bolsa al tiempo que decía “Javi, esto es achicoria, no café” y mi madre, ante mi creciente curiosidad por el asunto, me dijo que el Pelargón de mi hermana la menor era también un sucedáneo de la leche de la madre, aunque, en aquel caso, se recomendaba su uso cuando la original no alcanzaba la calidad nutritiva necesaria, lo que no me extrañó ya que se trataba de la quinta y última en nacer.

Vienen al caso mis descubrimientos de la vida compleja que me rodeaba, porque creo que los sucedáneos de lo material pueden ser también extensibles a lo inmaterial e, incluso más, a las actitudes de las personas y sobre todo a sus palabras y sus silencios. Me refiero a lo fácil que resulta no decir nada comprometedor mediante el uso de palabras calculadamente escogidas y así “no mojarse” en temas en los que, precisamente, todos deberíamos hacerlo.

Y no es por presión, ni porque nadie nos persiga para que seamos ambiguos, sino porque se ha instalado entre nosotros, de forma desbocada, la cultura de lo políticamente correcto y no resulta fácil saber hasta qué punto hay que serlo, o cuando hemos de cerrar bajo llave esos modos cortesanos de hablar y comenzar a llamar a las cosas por su nombre. Y por ello, para darme ejemplo a mi mismo, voy a dejar de serlo en alguna cuestión frágil, aunque lo haré con cuidado.

Los ataques a la figura del Jefe del Estado, el Rey, a través de la quema de imágenes suyas, han generado reacciones preocupantemente ambiguas, auténticos sucedáneos. Se ha dicho que lo mejor ante estas situaciones, es entenderlas como casos aislados, lo cual podemos aceptar por pura obviedad y porque las turbas, a Dios gracias, todavía no van por las calles catalanas quemando millones de estampitas reales.

Pero creo que resulta tanto o más preocupante que la quema misma – al fin y al cabo los informativos de televisión nos ofrecen frecuentemente imágenes de muñecos en llamas en manifestaciones de fanáticos fundamentalistas- la tibieza y la ausencia de concreción en las reacciones políticas. En el Parlamento de Cataluña, el Presidente Montilla invocó la conveniencia de que se actúe con respeto a las ”instituciones”. Al referirse al tema, no se habló en detalle de lo ocurrido, sino de forma etérea, impersonal, para no ofender. Y desde los restantes partidos de coalición gubernamental catalana se le quitó hierro al asunto situándolo en una interpretación excelsa de lo que es la libertad de expresión. De igual manera, algún destacado dirigente socialista, para arreglarlo, ha llegado diluir al Rey en la gloria compartida de “los hombres que hicieron posible la transición democrática en España”. Así, sin matices ni galones.

¿Es esto lo que esperaban oir los ciudadanos? o simplemente no se podía hablar de otra manera porque el confuso diccionario de lo políticamente correcto no lo permite. La verdad es que sé lo que yo esperaba, pero no me atrevo a hacérselo extensivo a nadie.

Hablar en “sucedáneo”, escuchar a los que se refugian en esta manera de comunicarse, resulta desalentador, tanto en el caso de las fotos reales, como en la antagónica costumbre, desde algunos sectores de la derecha mesetaria, de situar a todos los nacionalistas en una misma bolsa de “basura política”, sin distingos . Llevo en Barcelona 18 años, he conocido a sus gentes y he seguido, como ciudadano, el comportamiento de aquellos para los que ser de aquí, sentirse catalán, es lo más importante de sus vidas y además lo defienden sin hostilidad hacia nadie. Están en su derecho.

Tengo la impresión –o tal vez sea consecuencia de la humana idealización del pasado- de que las cosas van a peor en este terreno político y para ello y porque son buenos ejemplos, remito al lector a dos excelentes artículos publicados en Barcelona.

El primero es de Juan José López Burniol, “Rectificación de Manuel Azaña” en El Periódico del martes 2 de octubre, http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idnoticia_PK=446464&idseccio_PK=1006

El segundo, “Agáchate hijo, que viene la patria” del periodista Lluis Foix. http://foixblog.blogspot.com/


Javier Zuloaga

sábado 29 de septiembre de 2007

LOS CAMARADAS DEL MIEDO

“Para que las verdaderas ideas se conviertan en fuerzas históricas capaces de influir a las masas en general, se han de simplificar primero hasta el punto de que las pueda comprender un niño”. Subrayé esta frase poco después de comenzar la lectura de “Historia de un Alemán”, tal vez la obra más conocida de Sebastián Haffner, publicada en 1999, sesenta años después de ser escrita por aquel abogado y periodista berlinés que huyó a tiempo de la locura nazi y que, ya en Londres, fue biógrafo de Churchill y autor de la obra “De Bismarck a Hitler”.

Un hombre de leyes y articulista periodístico bien reconocido, me recomendó, hace poco en Barcelona, a este autor y este libro en particular, cuando hablábamos de las cosas que pasan en política y nos detuvimos en la pérdida de libertades. Pienso que sugirió su lectura cuando no le oculté mis temores por lo que, esta cuestión, ocurre en mi tierra, el País Vasco.

Cuando acabé de leer “Historia de un alemán” había subrayado algunas ideas más de Haffner en las que explica qué era lo que estaba pasando en Alemania cuando Hitler se aproximaba y tomaba finalmente el poder. La narración es muy viva; no en balde su autor escribió su propia historia nada más salir de Alemania, aunque parece que decidió dejarla para siempre en un cajón, seguramente porque ya tenía suficiente con no poder olvidar el horror de aquellos años.

“La gente comenzó a participar, primero sólo por miedo. Si embargo, tras haber tomado parte una primera vez, ya no quisieron hacerlo por miedo, así que acabaron incorporando el convencimiento político necesario. Este es el mecanismo emocional básico del triunfo de la revolución nacionalsocialsta (….) bastaba un pequeño pacto con el diablo para dejar de pertenecer al equipo de prisioneros y perseguidos y pasar a formar parte del grupo de los vencedores y perseguidores (….) más adelante se puso de manifiesto que gran parte de ellos había subestimado el precio de su alma y no estaba a la altura de lo que suponía ser un verdadero nazi. Hoy son miles los que pululan por Alemania, los nazis con mala conciencia”

Recomiendo al lector de mi artículo que compre el libro y lo lea de principio a fin, ya que es estremecedor por muchos más detalles y por la fuerza y finura descriptiva que puede llegar a provocar el horror sobre la pluma de una persona como Haffner, que en su obra sentenció –esta es la penúltima cita- que “el gran señuelo, el gran cebo de los nazis fue atragantar a los alemanes con el alcohol de la camaradería.”

El asunto es delicado, frágil. Pero yo me pregunto de qué manera se dan, no lejos de nosotros, situaciones parecidas que, casi seguro, no nos llevarán nunca a la locura colectiva de los nazis y alemanes en los años 40. Y no me refiero a las bárbaras masacres de Centroáfrica o Etiopía, a las luchas interétnicas, o al crónico fanatismo religioso.

Hablo de lo más cercano, de una sociedad equivalente a aquella Alemania industrial, hablo de la Vieja Europa y, claro está, de España. Me refiero a las personas y al miedo que, como ocurrió en 1934 en la Alemania de Haffner, padecen los individuos y las individuas que guardan silencio para sobrevivir en un entorno en el que pensar de forma distinta es sencillamente peligroso e incluso letal. Aquellos que están cada día más solos, porque la claudicación de los que antes eran como ellos, o incluso amigos, se ha ido extendiendo hasta creer que los que se mantienen firmes a los principios con los que crecieron, lo que tiene que hacer es callar o marcharse. Y para que así sea, siempre están, silenciosos pero atentos, los guardianes de la intolerancia violenta, nazi o de cualquier otro signo.

Y estos pensamientos me han llevado a otro libro, “Los peces de la amargura”, del donostiarra Fernando Aramburu, profesor de español en la universidad de Lippstadt, Alemania. Es un conjunto de relatos que encojen el corazón de quienes los leen y tienen un concepto sano de lo que es la libertad de las personas. Todas sus historias se refieren a familias vascas que se han visto acorraladas por la intolerancia y cuyos dramas son desconocidos, porque no son gente de relumbrón, sino personas corrientes y sus historias muy parecidas a las que, desde hace ya treinta o cuarenta años se repiten especial y silenciosamente en las localidades de dimensión mediana del País Vasco.

Vale cualquiera de ellas, pero me he detenido en una titulada “Madres”, en la que Aramburu cuenta la lucha de Toñi, la mujer de un policía municipal, vasco él y gallega ella, al que mataron de un disparo en la nuca en un pueblo inconcreto de la costa vasca.

Hacía pocos días había muerto un radical en un forcejeo con la Guardia Civil y el ayuntamiento había decidido que ninguna bandera ondeara en los mástiles de la casa consistorial durante las fiestas locales, decisión que aquel policía local cumplió al retirar la solitaria ikurriña frente a la algarabía, los insultos y las pedradas de buena parte de los vecinos, a muchos de los cuales conocía y servía desde siempre. Aquella ola de ira acabó sobrecogiendo al agente cuando, de vuelta a casa, un compañero de trabajo , policía como él, se le encaró de forma inquietante.

Toñi, la mujer del protagonista de esta historia, le propuso que pidiera la excedencia para irse a vivir a Galicia, cuando su nombre apareció en la lista de un comando de ETA. Accedió, pero ya era demasiado tarde, porque el mismo día, cuando volvía hacia su casa, descerrajaron una bala en su cabeza.

Lo que Aramburu relata a continuación es, en cierta manera, más estremecedor, terrorífico y socialmente repulsivo. El Ayuntamiento no declaró ningún tipo de duelo por la muerte de su agente, los de las pedradas y los humanos ladridos debieron “mojar” con unos buenos vinos la muerte de aquel “españolista” y los más cercanos a la viuda se excusaron de no organizar ningún tipo de manifestación porque aquel pueblo era demasiado pequeño y quedarían marcados. Una mesa, un tapete negro y un libro de firmas en el portal, fue la única expresión solidaria, aunque alguien, aún no contento con el drama, escribió en una de sus páginas de pésame: “Un enemigo menos de Euskal Herria ke se joda”.

El aislamiento posterior fue matando día a día a aquella mujer, hasta que decidió ir a Corcubión con sus padres, no sin antes sufrir los reproches de su hijo de once años, que ya estaba dentro del sistema y que le dijo que él no se iba y reprochó a su madre que no le quería porque era de allí, porque era un vasco.

Es real como la vida misma y forma parte de la rutina de la vida de muchas familias de pequeños y no tan pequeños pueblos vascos, que se cruzan con el terror cada día en la calle. En las ciudades más grandes todo se diluye un poco, aunque la extorsión sustituye a la amenaza verbal, pero no siempre y uno contempla cómo en las tabernas de los cascos antiguos se habla de futbol y poco más.

En una de las reflexiones de “Historia de un alemán”, Haffner interpretaba los pensamientos de los alemanes de los años 30 que eran incapaces de reaccionar frente a lo que estaba pasando. “Pero, ¿cómo evitar el odio y el sufrimiento si un día tras otro nos acosa constantemente una fuente de odio y sufrimiento?. La única solución es ignorarla, desviar la mirada, taparse los oídos y aislarse”.

No he querido hablar ni de nacionalismos, ni de separatismos ni de españolismos, porque las ideologías –sentimientos al fin y al cabo- no son ni buenas ni malas por si mismas, al margen de las excepciones que aparecen en estas historias que pasaron en Alemania y aún pasan en el País Vasco. Los patriotas de estas últimas no dejarán pasar por alto la oportunidad de “legitimación” institucional que les ha brindado, hace sólo dos días, la peligrosa “hoja de ruta” del lehendakari Ibarretxe.

A partir de ahora, la soledad será aún mayor.


Javier Zuloaga

domingo 23 de septiembre de 2007

EL LABERINTO INQUIETANTE

He rescatado un artículo de Carlos Solchaga, publicado hace poco más de un año en el diario “Cinco Días”, acerca de las migraciones. Decía el político navarro que ese principio de la Teoría del Comercio Internacional que sienta que los intercambios de un país rico y uno pobre llevan obligadamente a la convergencia económica de ambos con el transcurso de los años, tiene ya poco fundamento en los tiempos que corren.

Sin negar que así haya sido entre países poco distantes en su nivel de vida, el autor decía, líneas abajo, que la paciencia no suele acompañar, ni a las personas ni a los pueblos, cuando se demuestra que la teórica convergencia económica no es más que una utopía por los frenos reales al intercambio comercial, a través del proteccionismo arancelario de los más fuertes frente a los más débiles.

La vieja teoría, recordaba Solchaga, yace por lo tanto oculta bajo la evidencia de que han sido los movimientos migratorios los que finalmente han mejorado el nivel de vida, tanto en los países de destino, por la mejora de su economía, como en los de origen, por el retorno del ahorro en forma de divisa.

La transmisión oral de los esplendores de “Eldorado”, que llevó a tantos españoles de los siglos XV y XVI a hacer las Américas, ha sido sustituido hoy por la difusión mágica del progreso y mayor calidad de vida que las parabólicas llevan desde los estudios de la CNN en Atlanta a la vecina y hambrienta Méjico, o desde Madrid a Tánger y Dakar. Abierta la puerta de la comunicación y elevadas cada día más las diferencias sociales entre el Tercer Mundo y los países más avanzados, no ha hecho falta que nadie empuje a millones de personas a intentarlo, sabiendo que, en algunos casos como el español, el Estado del Bienestar (educación, asistencia sanitaria, subsidio de desempleo) les hará sentirse más personas casi el mismo día de su llegada.

En torno a esta realidad han corrido muchas líneas de información y opinión, algunas de ellas especialmente espinosas, me refiero a la desaparecida Oriana Fallaci, que en sus escritos antes de su muerte radicalizó aún más su discurso ante lo que consideraba sordera y la ceguera de Occidente frente a la extensión desbocada, por la vía de la inmigración, de la balsa de aceite fundamentalista y teocrática.

El aire apocalíptico de la italiana - en algún artículo se la llegó a comparar con Bertol Brecht y sus prédicas en el desierto de las conciencias alemanas al comienzo de los años 30- provocó más desacuerdos que adhesiones, no tanto por la evidencia de que Europa no es capaz de distinguir cómo piensan y qué intenciones traen los que entran por sus puertas traseras, sino por la peligrosa generalización de la sospecha.

Con las cartas de la inmigración sobre la mesa, he dedicado los últimos días a leer informaciones que, directa o tangencialmente, tienen que ver con el asunto y he llegado a la conclusión de que una suerte de laberinto inquietante, no sólo social y económico, sino también político, rodea al problema, incluso he pensado que casi todo lo que ocurre o pueda ocurrir en el futuro se proyectará con gravedad en la cuestión migratoria.

Europa estornuda económicamente por el gripazo hipotecario-inmobiliario de los Estados Unidos, debido a que hoy el mundo está globalizado, tanto para lo bueno como para lo malo y si son ciertos los presagios, la clase pasiva y subsidiada de la economía europea, la española especialmente, se verá incrementada en la misma medida que se destruya empleo, tanto en la construcción misma como en las industrias que de ella dependen.

Desaparecerán entonces las alegrías del gasto y el consumo se volverá prudente. Todo ello ocurrirá, casualmente, en un escenario en el que el mundo occidental examina, en el espejo de las economías del Este asiático, su propia competitividad. Hay que ser mejores en calidad y reducir gastos para poder estar en el mercado.

Las crónicas de los corresponsales comunitarios han informado de un reciente estudio de la Unión Europea sobre la necesidad de una inmigración cualificada. La población de la Unión de hoy, de 490 millones de ciudadanos –de ellos 18 millones inmigrantes-comenzará a descender a partir del año 2025. Hoy, uno de de cada cinco europeos tiene más de sesenta años y en el año 2050, uno de cada tres, Es decir, cada día más viejos y fuera del circuito laboral productivo.

La economía alemana buscaba el año pasado a más de 23.000 ingenieros para situarlos en su motor económico y el conjunto de la UE necesita hoy a más de 300.000 expertos en nuevas tecnologías. Por ello se trabaja en Bruselas en la creación de una suerte de inmigración de primera división, hablan de una “tarjeta azul”, para atraer a trabajadores especializados que disfrutarían de un tratamiento exclusivo en relación a los demás. Objetivo: 20 millones de inmigrantes “vip” durante los próximos 20 años, un millón por año..

Pero las proyecciones a largo plazo son simples remaches en los engranajes de la maquinaria del mundo, de sus países y de sus gobiernos. La Asamblea Francesa aprobó la semana pasada la iniciativa de Sarkozy de exigir pruebas de ADN para el reagrupamiento familiar de los inmigrantes en situación legal. “Fui elegido para encontrar soluciones a los problemas de Francia, no para comentarlos”, ha dicho el político en una frase que, seguramente, pasará al glosario de la transparencia política por su sencillez y elocuencia.

En Francia, además de lo del código genético, se apretará a quienes quieran trabajar y vivir allí, para que el inmigrante hable suficientemente el francés y demuestre que cuenta con medios suficientes para mantener a la familia que espera tras el estrecho de Gibraltar o en la lejana China, si no es que ya está, ilegalmente, en las “banlieu” de las viejas Galias. Sarkozy se propone, además, establecer unos topes anuales según profesión y zona de origen, adaptando así a los inmigrantes a las necesidades de Francia y no al contrario.

La vecina Inglaterra, con un primer ministro nuevo, ha enseñado ya las uñas y anunciado que tendrán prioridad en el empleo los parados que sean ciudadanos del Reino Unido, aunque los sindicatos ingleses no han tardado en decir que la burbuja del desempleo nativo, de carácter crónico, se debe fundamentalmente a la falta de una buena formación profesional.

Da la impresión de que ya es políticamente correcto, o no es incorrecto, decir aquello de “primero nosotros” y que en Europa son cada vez menos aquellos a quienes se les caen los anillos al ver los mayores niveles de exigencia que Estados Unidos impone a quienes quieren vivir allí. Justo ahora arranca el complejo sistema electoral norteamericano y, cuentan los cronistas, que las propuestas de Hillary Clinton, Barak Obama y John Edwards sobre la inmigración ilegal, tendrán un peso importante en los resultados de los Caucus de Iowa, el primer test del Partido Demócrata para buscar un candidato que intente ser el sucesor/a de George Bush. El próximo presidente deberá decidir sobre ese muro de 1.500 kilometros que la administración y el congreso norteamericano han decidido construir en su frontera con México, medida sobre la que los tribunales internacionales deberán pronunciarse, con inciertas garantías cumplimiento si el veredicto es contrario a Washington.

Pero este laberinto tiene rincones oscuros, hablo de hace uno, dos o tres días, que sobrecogen y que, mucho me temo, tendrán su resonancia en la cuestión de la inmigración. Suiza, que no es miembro de la UE pero sí el corazón de Europa, elegirá a los miembros de su cámara baja el próximo 21 de octubre y el Partido Popular de Suiza, liderado por Christoph Blocher, un magnate de Zürich, aparece como favorito en unas encuestas que parecen no reflejar el previsible rechazo de los suizos a una campaña basada en una historia en la que unas ovejas blancas, echan a patadas de su territorio –marcado con la cruz blanca de la bandera suiza- a una oveja negra que personaliza, así lo reconocen sus líderes, a los “delincuentes extranjeros”.

El caso estremece por los recuerdos que nos ofrece la historia reciente de Europa, de la misma manera que ocurrirá si damos carta de crédito a la última intervención pública del número dos de Bin Laden, Ayman Al Zawahiri, en el que se llama a sus seguidores a “limpiar el Magreb islámico de los hijos de España y Francia”.

¿Sabremos salir del laberinto?

domingo 16 de septiembre de 2007

INVESTIGAR POR PLACER

“Yo soy de letras”, me decía cuando, al acabar cuarto de bachillerato y su reválida, me daba una y otra vez de bruces con los senos y los cosenos, los principios físicos de Gay Lussac y Boyle Mariot y era incapaz de explicarme el porqué del teorema de matemático suizo Euler, que demostraba que, en un poliedro, sus caras y sus vértices suman lo mismo que sus aristas más dos. Aquel teorema fue una de las pocas cosas que las ciencias colegiales dejaron en mi talego cultural y he de reconocer que, pese a no haber olvidado aquella equivalencia, acababa con el pulso acelerado y una gran desesperación cuando intentaba ver si aquello era cierto o sólo un farol y contaba los vértices y los planos de un dodecaedro. Definitivamente, yo era de letras.

Pero la vida da muchas vueltas y la mía me ha llevado, en mi madurez cincuentona, a verme rodeado de gentes de ciencias. Mi mujer, química, mis cuñados, médicos, telecos e informáticos, si bien, como ocurre estadísticamente en casi todas las familias españolas, tengo también un hermano político que decidió ejercer la abogacía.

Pero todos ellos, unos más que otros, llevan el marchamo del ejemplo de su padre, un gran hombre de ciencia, un investigador infatigable, que fue nominado repetidas veces al Nobel y que recibió, en 1982, el Premio Príncipe de Asturias a la Investigación Científica y Técnica. Hablo de Manel Ballester Boix, aquel maestro de la investigación química que descubrió los radicales libres inertes, de gran trascendencia posterior en la industria química y farmacéutica. Tuve el privilegio de conocerle y escucharle, aunque mucho menos de lo que hubiera deseado.

Ballester, que murió hace ya dos años, era además un sabio en el sentido más amplio y extenso de la palabra y su afán por el conocimiento no distinguía, como nos ocurría a las personas más vulgares, entre ciencias y letras y era, fuera del laboratorio y las tesis que dirigía, un conversador sólido sobre la mitología griega o las indefinidas fronteras que sepan las matemáticas de la filosofía pura, por acudir sólo a dos cuestiones lejanas a su especialidad.

Vienen estas líneas al caso cuando aún son recientes las declaraciones del Presidente del Gobierno español acerca de nuestra situación económica, lo de la “champions” y la cascada de informaciones que han provocado apuntando casi todas a que la competitividad económica, especialmente la derivada de la innovación, está en nuestro país muy lejos de ser notable, tanto, que ninguna de nuestras universidades, públicas o privadas, se encuentran entre las 200 mejores del mundo, aunque, eso sí, nos situamos por encima de Polonia, Chequia, Grecia y Hungria.

Los datos pertenecen a un estudio de la Unión Europea, basado en un ranking elaborado por la Universidad de Sanghai, en el que se evaluaba a las universidades del mundo en función de las citas de cada una de ellas en las principales revistas científico-académicas y del número de premios Nobel obtenidos por miembros de sus claustros.

Los autores del trabajo de la UE destacan un hecho importante, que la Europa de los 25 destina un 1,3% -es la media- de su PIB a la investigación y enseñanza superior; en EE.UU. un 3% y que la media del gasto por estudiante es, en la primera, de 8.700 euros anuales, mientras en Norteamérica la “inversión” en talento universitario llega a los 36.500 euros. Pero, bajando a lo casero, a lo español, los diarios han recordado también lo que ocurre con nuestro país, en los llamados objetivos de la Agenda de Lisboa, que marcaron, como meta para el año 2010, la de que los estados de la Unión llegaran a invertir en Investigación y Desarrollo (I+D) el 3% de su PIB .

Hace pocos días la Ministra de Educación, Mercedes Cabrera, presentaba, en Santander, el nuevo plan gubernamental en esta materia tan trascendental cuyo nombre ha crecido (I+D+i) –la “i” pequeña significa innovación- que se propone pasar del 1,2% actual al 2,2% en el año 2011. De cumplirse lo anunciado, supondría duplicar en cuatro años la inversión en innovación y el número de investigadores por habitante, por citar sólo dos de sus difíciles metas, saltos que, muy posiblemente, no se dieron con tanto impulso en el famoso “Milagro alemán”.

Al reflexionar sobre todas esta jerga de modernos conceptos y porcentajes, me he preguntando donde puede estar el fondo del problema y si realmente lo que está en debate es una cuestión de inversión a corto plazo, una suerte de toreo de salón y si la clave está más bien en una endémica falta de cultura investigadora en nuestro país, con el mayor respeto a las grandes excepciones. No se puede crear investigadores por decreto, eso es de cajón, pero sí inculcar en los bachilleres primero y después a los universitarios, la importancia de crear cosas nuevas a través de un conocimiento más profundo de lo que tienen delante. Y con ello me refiero tanto a un filólogo como a químico orgánico.

Cuando lees acerca del fenómeno de Silicon Valley, en donde en torno a la universidad californiana de Stanford, un profesor llamado Terman puso, hace más de cincuenta años, las condiciones para crear una auténtica Meca de la investigación, no puedes evitar mirar a lo más cercano y ver como realmente nos separan muchos años –pese a planes cuatrienales triunfalistas- para ser más investigadores e innovadores y, por ello, más competitivos.

En los colegios, en donde ahora se podrá pasar de curso con cuatro suspensos, no se estudia historia de la investigación, ni en las facultades la forma de gestionarla profesionalmente. No creo que me equivoque si digo que, ni en los primeros, ni en las segundas, se provoca la materia prima de la curiosidad . Todo eso hay que aprenderlo fuera de las aulas, cerca de un sabio, si es que alguno de ellos te deja oir, mirar y poco a poco participar en el disfrute del apetito del conocimiento profundo de las cosas.

Manel Ballester Boix dijo en más de una ocasión que investigar es un placer y para ello citaba lo que escribió Henri Moissan, descubridor del Fluor a finales del siglo XIX. “Lo que no puedo transmitir a ustedes es el placer extremo que he experimentado en la búsqueda del descubrimiento. Arar un campo nuevo,tener libertad plena de seguir nuestras propias inclinaciones; ver por doquier nuevos objetos de estudio abriéndose ante mi…despierta una verdadera alegría, que sólo quienes prueban las delicias de la investigación pueden experimentar”.

A renglón seguido, el químico catalán afirmaba que “la finalidad de nuestra existencia es no sólo disfrutar contemplando el verdor brillante y perfumado de los prados, la frondosidad sobrecogedora de los bosques, la claridad de las aguas cantarinas, el vuelo y el trino de los pájaros, o nuestro humano ombligo, sino luchar por nuestro propio progreso, por superar nuestras limitaciones, por corregir nuestros errores y nuestras desviaciones, poniendo en juego dones tan singulares y misteriosos como son los poderes de nuestro intelecto”.

¿Estaba hablando de I+D+i ?

domingo 9 de septiembre de 2007

EL ORO VERDE

Ha pasado poco más de un siglo desde que los beduinos de Arabia, los kurdos de la actual Irak y los indígenas que habitaban en torno al Orinoco vieron como su vida se veía definitivamente alterada con la aparición de bosques de torres metálicas, chimeneas de inmensas plantas de refino y la aparición de agentes comerciales multinacionales que convertían todo lo que salía de las entrañas de sus tierras, el oro negro, en oro auténtico, en petrodólares.

Aquello fue el lanzamiento definitivo de la revolución industrial, el salvavidas del carbón y el nacimiento de una sociedad que, en muchos más aspectos de aquellos que podemos imaginar, gira en torno al petróleo. No fue necesario que pasaran muchos años para que esta materia prima dejara atrás a otras alternativas y el mundo quedó dividido por la simple pero evidente condición de ser, o no, país productor de petróleo.

El lector estará, con toda seguridad, bien documentado sobre la historia de esta sustancia orgánica que durmió millones de años bajo la corteza terrestre, que ha provocado guerras y cuyo control está entre los objetivos de magnates, emperadores de diminutos reinos en el desierto, populistas poco inquietos por las libertades y, finalmente, de los países más poderosos del mundo.

Pero el petróleo es una materia prima cada vez más escasa y tiene, como ha ocurrido con el carbón, fecha de caducidad, aunque ninguno de nosotros lleguemos a vivir ese momento.

En 1994, la Academia Sueca concedió el Premio Nóbel de Química al húngaro, nacionalizado norteamericano, George A. Olah, por su contribución al descubrimiento de vías alternativas a la energía proveniente del petróleo. Este profesor de la Universidad del Sur de California, ha dirigido recientemente la publicación de un estudio titulado “Más allá de la gasolina y el gas: La economía del metanol”, en el que concreta y avanza sobre los estudios que le valieron su galardón.

El ritmo de consumo y la mayor demanda de las economías del Este, China y la India, sitúan el horizonte del agotamiento del petróleo, según el investigador, no más allá del año 2080 y otro tanto ocurrirá con el gas cuando esté arrancando el siglo XXII.El uso de energías alternativas de todo orden, solar, eólica, la proveniente de las olas y las mareas, actuarán como dilatador de la agonía petrolífera y por ello el Nóbel defiende y propone, como solución a largo plazo, el desarrollo de la economía del metanol.

Olah apunta sus bondades, partiendo de los cultivos, si se aplica una economía de escala, pero pone encima de la mesa una gran dificultad. Para producir 1,5 millones de toneladas de metanol al año, sería necesario recolectar, cada día 2.500 toneladas de biomasa, a cuyos costos de producción habría que añadir los de su transporte hasta las plantas transformadoras.

Aquellas inquietudes de hace ya 13 años se han visto hoy superadas positivamente por la vía de los hechos y vemos como los biocombustibles han dejado de ser una materia exclusiva de sesudos estudiosos, para convertirse en objeto de debate, en inductores de inflación por el aumento del precio de los cereales para el consumo por su desvío a la industria energética e, incluso, en herramienta de contrincantes políticos en la geoestrategia internacional.

En México, uno de los países, junto con Brasil, con mayor esfuerzo en el desarrollo de alternativas al petróleo, el precio del maíz ha subido un 70% en dos años y en Europa la barra de pan, la del bocata, va ganando dignidad económica a pasos agigantados, para desgracia de los bolsillos e indicadores económicos.

No han pasado muchos meses desde que Lula da Silva y Chávez competían en giras simultáneas por Centroamérica y Suramérica, ofreciendo a los gobiernos de la zona acuerdos bioenergéticos, en el caso del primero, o , en el del totalitario venezolano, petróleo a precios de derribo. Tan lejos se ha llegado en este pulso entre el oro negro y el oro verde, que Lula - cuya elección como presidente de Brasil hizo saltar las alarmas del mundo capitalista y estremeció a las bolsas occidentales- cuenta hoy con el apoyo y la amistad coyuntural de Estados Unidos y Rusia, con cuya petrolera Galp, ha firmado recientemente un acuerdo para la producción de 600.000 toneladas de biocombustible al año.

La paradoja política de esta carrera puede ilustrarse con la compra y renovación de deuda externa argentina por parte de Chávez, ¿qué pensarán los venezolanos menos adinerados y más endeudados? y la firma de un acuerdo de Caracas, con el ayuntamiento de Londres para la compra de gasolinas un 20% por debajo de los precios del mercado, ¿acción social bolivariana en el “paupérrimo “ Imperio Británico?.

Pero en este panorama, ya hay quien ha puesto sobre la mesa la cuestión social. Si realmente estamos ante el desarrollo futuro de una industria energética basada en la biomasa vegetal, ¿no nos encontraremos ante la oportunidad histórica para corregir los grandes desequilibrios económicos mundiales?

Jacques Diouf, Director General de Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación (FAO), publicaba hace unos días en “El País” que los biocombustibles, si se planifican de forma adecuada, permitirían acelerar el crecimiento de muchos de los países más pobres del mundo, posibilitar el renacimiento de la agricultura y suministrar energía moderna a un tercio de la población mundial . Para ello propone que una parte importante de la bioenergía mundial, sea generada por los trabajadores agrícolas del mundo en desarrollo, que representan el 70% de los pobres del planeta.

Pide que se levanten las barreras aduaneras de los países de la OCDE a las importaciones de etanol y se enseñe a los campesinos del Tercer Mundo no solo a producir adecuadamente biomasa, sino también a organizarse en cooperativas. Diouf defiende su propuesta en una evidencia indiscutibles: la de que los ecosistemas más adecuados y las grandes reservas de tierra se encuentran en los países en desarrollo y no en las naciones industrializadas.

El debate parece haber comenzado, el que leeremos en los diarios y el que, sin trascender, se estará produciendo ya en esos despachos en donde lo primero y lo último que se mira es la cuenta de resultados y el logro o el mantenimiento, simple pero deslumbrante, del poder.

domingo 2 de septiembre de 2007

¿SOY ANTIAMERICANO?

Las piscinas, además de punto de encuentro de padres incrédulos al comprobar que dos hijos más dos hijos son cuatro y lo largo que puede llegar a ser el tiempo en vacaciones, suelen sorprender, a los atentos, con anécdotas jugosas. No hace mucho una paisana vasca me comentaba, sorprendida, cómo su hijo mayor, cinco años, había reaccionado de forma sorpresiva ante el ataque verbal de un chaval de su generación.

-Cochino, marrano, cerdo americano- le dijo
-¡Americano no!- respondió el pequeño Pablo.

No pude evitarlo y al amparo de una sombrilla, me pregunté sobre el sentido que puede tener una defensa tan numantina frente al americanismo en quien, por no saber, no sabe siquiera los nombres de los ríos que le son más cercanos y te responde son un rictus de “tú ¿de que vas?” si le preguntas qué hay al otro lado del Atlántico, e incluso no tiene conciencia clara de quienes son esos enemigos que su nobleza infantil tiene inconcretamente identificados.

¿Qué ha pasado entre aquellos antiamericanismos que recuerdo de mi juventud y el que ahora expresa este pequeño que casi podría ser mi nieto?-me dije.

Recuerdo cuando comencé a oir hablar de la Guerra Fría, de la bota de Nikita Kuchev en Naciones Unidas y de aquellos alemanes orientales que se dejaban la vida entre el alambre de espinos del muro que separaba las dos alemanias. Estaba claro entonces que uno no podía ser pro-ruso y que los americanos, en cualquier caso, no ponían barreras, aunque poco difundía el aparato mediático occidental, acerca de las maldades sociales de quienes mataron a Lincoln y Kennedy. El celuloide, Rintintin, Bonanza y los Intocables nos remataban un horizonte que concluía en la similitud de lo perfecto con aquello de ”Hacer las américas”. No había vuelta de hoja.

Tal vez por ello lo de Nixon y el Vietnam, aunque sangriento y socialmente catastrófico, acabó archivándose en aquel dilema capital-comunista que nos impusieron a todos, al margen de que también existieran los africanos, la islas Fidji y la Polinesia. El mundo se jugaba su futuro mirando qué pasaba entre aquellos dos colosos de Washington y Moscú.

Lo de Ronald Reagan, que en “Regreso al Futuro” hizo saltar de su asiento al doctor Emmet Brown cuando Marty McFly le dijo que aquel “cow boy” sería, en el futuro, presidente de los Estados Unidos, desencadenó lo que me parece fue primer brote de antiamericanismo visceral, un tanto epidérmico, entre los europeos.

Recuerdo la visita de Reagan a España, en 1983, poco después de que Felipe González llegara al poder y antes de que los socialistas dieran una lección, de lo que era saber envainársela, en el referéndum que nos integró en la OTAN. Yo vivía en Mallorca y por aquella isla pasó el vicepresidente Alfonso Guerra que, a los periodistas que allí trabajábamos, nos dijo que no se había quedado en Madrid para saludar al mandatario estadounidense porque tenía un compromiso previo para visitar a su amigo Nicolai Causecu.

Poco después cayó el Muro de Berlín, se desmoronó el puzzle comunista de la mano de la Perestroika y la Glasnot de Gorbachov y Causescu fue fusilado por tirano. Reagan arrasaba en el 84 tras humillar a los radicales iraníes desocupando, de un gorrazo y sin moverse del despacho, la embajada americana en Teherán –lo que Carter no supo como encarar- y abrió los caminos a un nuevo orden mundial que, todavía hoy, está aún por definirse.

Norteamérica –que me perdonen los canadienses por incluirles en el tópico- necesita siempre un enemigo y, por ello, no podía quedar huérfana de su principal razón de ser internacional. De esa manera fue haciéndose presente en diferentes frentes, con una decreciente comprensión de quienes nos conformábamos con aquello de los bloques y que no acabábamos de entender qué criterios se seguían a la hora de decidir desembarcar en Panamá en lugar de hacerlo en Sierra Leona o de decidir no formar parte de las fuerzas de intervención en Oriente Medio y sí hacerlo en Kuwait.

Sin ser experto, creo que fue en aquellos años cuando muchos ciudadanos occidentales comenzaron a preguntarse si lo que se decide en el Despacho Oval era realmente incuestionable o los mandatarios de la Unión estaban comenzando a perder los papeles en tiempos en los que la palabra libertad cobraba mayor valor en los países occidentales, más incluso que los Estados Unidos.

Del 11 de septiembre, Afganistán y del Irak de las inexistentes o desaparecidas armas de destrucción masiva, todo tan reciente, el lector tiene formadas sus propias opiniones. Yo, en este artículo, tras haber viajado hacia el pasado de mis recuerdos, me pregunto:

Y los americanos, ¿qué?

Hace pocos días leí las diferentes maneras con que Barack Obama y Hillary Clinton enfocaban las cuestiones internacionales del país que aspiran a presidir como candidatos del Partido Demócrata. La mujer de Bill Clinton, tal vez el más “humano” de los jefes de estado norteamericanos, se parecía más a Bush que a su marido, mientras el candidato de color, no hacía ascos a entrevistarse con Castro, o su hermano, tanto monta, ofreciendo una cara amable, tal vez demasiado cándida para los poderes reales de los Estados Unidos.

¿A quien elegiran los americanos?, ¿Se repetirán los apoyos masivos de los votantes a quien, como ocurrió con Reagan en 1984 y Bush en 2005, les dijo que América, por encima de cualquier otra consideración no será nunca débil?.

domingo 26 de agosto de 2007

CAMBIAR LA HISTORIA

Este verano he dedicado mi tiempo de lectura a la narrativa. Quería empaparme en la buena escritura y me dejé llevar hasta las estanterías de los libros de bolsillo de Fnac, para ir llenando esos vacíos que aún mantengo desde los tiempos en los que no tenía tanto tiempo para leer.

Pese a la angustia que destilan sus páginas, acabé “Islas a la Deriva” de Hemingway, disfrute de la sobriedad de Ignacio Aldecoa en “Gran Sol” y de su viuda, Josefina, en “Mujeres de Negro”; avancé un poco más en esas cimas magistrales de lectura compleja y argumentos casi imposibles de García Márquez en “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada” y gocé, como barceloní de adopción y consorte que soy, en “El Amante bilingüe” y “Ultimas tardes con Teresa”, del nervio literario de Juan Marsé.

Mi hambruna literaria me llevó también a dos títulos que, cuando decidí comprarlos, no imaginaba que iban a dejar tanta huella ni provocar tanta inquietud en mí. Cayeron en mis manos “El corazón de las tinieblas”de Joseph Conrard e “Inés del Alma Mía” de Isabel Allende.

En el primero, el prólogo de Mario Vargas Llosa sitúa en lector en las monstruosidades de los belgas cuando hicieron del Congo una finca privada del Rey Leopoldo II “una indecencia humana” según el maestro peruano, que no duda en situar a aquel monarca en los niveles de inhumanidad de Stalin y Hitler, pese a que la vida oficial de su tiempo le catapultó y condecoró como gran benefactor de los negros, al tiempo que eran exterminados entre cinco y ocho millones de nativos. Cuando uno lee el prólogo de Vargas entiende las dificultades que Conrard hubo de sortear para que su libro viera la luz y que su lectura, a pelo, no sitúa el lector en la auténtica dimensión de una tragedia que aún no ha acabado en aquella antigua colonia, por el conjunto de sátrapas que la han gobernado desde su independencia.

Cuando acabé de leer la última página sentí una gran desazón mientras pensaba que toda aquella tragedia no figura en los anales de la crueldad humana y me pregunté cuantas otras parecidas se habrán perdido en le memoria de los tiempos por la confabulación económica de la depredación occidental de África y porque nadie se propuso escribirlo como lo hizo este polaco, que acabó siendo inglés universal.

No tuve tiempo para recuperarme cuando ya corría por la historia de la conquista de Chile a través de las páginas de “Inés del alma mía”, de Isabel Allende, que, con las licencias literarias necesarias, lleva al lector a volandas hasta los orígenes de ese gran país transandino como parte del Reino de España. Las crueldades cometidas bajo la solapa de una política de mestizaje obligado -porque los varones nativos desaparecían de forma cruel – y el fariseísmo de justificar todo aquello en la extensión de la fe cristiana hasta los confines de la tierra, producen una cierta desazón por pertenecer a ese país que en la enseñanza de su historia sólo ha asumido, con la boca pequeña, algunos excesos de la colonización.

Entendí mejor, al cerrar las tapas del libro, la petición de perdón público de algunos presidentes suramericanos con ocasión del reciente viaje de Benedicto XVI y el reconocimiento final del Vaticano de que lo que pasó en aquellas tierras no pertenece, precisamente, a lo más granado de la historia de la Iglesia Católica.

¿Por qué no se habla claro?, ¿por qué no se ponen encima de la mesa las vesanias y miserias de los países del Viejo Continente en su extensión colonial?. No, no se trata sólo de reconocer que se nos fue la mano al mirar sólo cuanta caoba, marfil, oro o piedras preciosas podían llegar hasta las metrópoli utilizando como alforjas a los habitantes del lugar. Se trata de reescribir la historia hasta donde se pueda, ya que también es cierta la dificultad de documentar las monstruosidades.

Si así fuera entenderíamos un poco mejor el último capítulo del desastre africano, en el que no parece existir urgencia en la búsqueda de soluciones definitivas, tal vez porque aquellos depredadores belgas que Conrard describió, tienen hoy importantes sucesores en la sombra. Y también se aplacarían y volverían al sentido común, esos movimientos indigenistas americanos que están llevando a algunos países de tradición democrática al miedo y la pérdida de libertad de los ciudadanos por la fuerza aplastante del populismo.

lunes 13 de agosto de 2007

A pesar de nosotros

No debe ser casualidad que sea en verano cuando se producen las reacciones ciudadanas por el mal funcionamiento de los servicios. Durante el resto del año, abstraídos en la rutina del trabajo y el fin de semana, en la búsqueda de las soluciones a los problemas diarios, el nivel de indignación y reacción es menor, a veces inapreciable, o bien se camufla. Pero en vacaciones, cuando todo el tiempo es nuestro, la epidermis del ciudadano- hablemos mejor del contribuyente- se vuelve más sensible.

“Vamos a ver como funciona este país al que contribuyo con mi retención salarial, ¡uno de cada tres días de mi trabajo se lo lleva Hacienda!”. Seguro que este pensamiento ha pasado por más de una cabeza también este año.

Y cuando España entera se echa a las calle, se pone al volante y sueña con llegar a ese apartamento en el que algún día pasará la mitad del año, aparecen los problemas que levantan las ampollas ciudadanas. Las de los que se van y también las de los que se quedan, que comienzan a rumiar y después a proclamar que éste es un país chapucero.

Barcelona se queda sin luz, las autopistas de la costa mediterránea acaban convirtiéndose en ratonera y las obras de infraestructuras desbaratan el encanto de esos días soñados. El drama de la realidad ahoga la ilusión, la adrenalina desborda la paciencia de los ciudadanos y el desastre ciudadano acaba alimentando portadas de diarios y sumarios de radio y televisión. Nace entonces el país auténtico, aquel que no hemos podido percibir por la vida vertiginosa y oficial del otoño, el verano y la primavera.

Pero es sólo por unos instantes, porque no hay sueño que se resista a la pesadilla y no podemos escapar del avasallamiento de nuestros padres políticos. Vuelven urgente y efímeramente de sus playas y acuñan una frase o venden una foto para que quede claro que están ahí, a pie de cañón. “Esta es una demostración más de la forma de gestionar que ya es tradicional del partido del Gobierno”, o “ Estos retrasos son la consecuencia de aquellos ocho años de falta de inversiones de aquel gobierno” aparecen obligadamente en los medios, cuando no una todavía más lapidaria alusión al sabotaje.

Y es en esos momentos, al menos a mí, cuando me asalta la alegría por la existencia de la comparación y la grandeza de poder viajar, cuando comparo mi país con esos en los que parece que las cosas van a su aire, siguen su camino, porque precisamente los políticos no pasan de pensar en las líneas maestras y dejan que una Administración profesional garantice que el país funciones…pese a los políticos.

Aquí, en España, todo vale para ganar o destruir votos del contrario, para convertir nuestros ciclos vitales en cuatrienios electorales y para que nos veamos obligados a soportar, cada cuatro años, al anuncio oficial de que se ha descubierto un nuevo bachillerato, un nuevo calendario para el desarrollo de las comunicaciones o las maravillas fiscales que le separan a un catalán de un madrileño si, a la hora de donar a su hijo, hubiera nacido en Alpedrete en lugar de Manresa.

¿Somos un estado de verdad?. Pues, yo al menos, no entiendo como aún no hemos llegado a ese punto en el que las cuestiones más necesarias de la vida de los ciudadanos no se apartan, con responsabilidad, del debate de los partidos, ni se dejan de usar como falsa demostración de que todos somos iguales, como dice la Constitución, o para desunir y crear agravios de bolsillos y, finalmente, de corazón.

Y esas diferencias se solapan, y aquí acabo, con cuestiones lingüísticas sobredimensionadas y el fomento de sentimientos sobrentendidos que fomentan la desconfianza entre vecinos. Yo, que no soy de donde escribo, Barcelona, ni vivo en donde nací, Bilbao, me pregunto cada vez más a menudo por qué no nos miramos en el espejo de nuestros vecinos europeos, con más historia en democracia y dejamos, como ellos hacen, que una administración profesional haga que todo funcione mínimamente bien, a pesar de nosotros mismos.

Javier Zuloaga

Escritor y periodista

viernes 3 de agosto de 2007

Mi móvil suena menos BLOG 03/08/2007

Puede que no sea demasiado original escribir que la modernidad ha ido aislando a las personas y que ese vacío ha sido un campo abonado para que el ingenio y la inventiva hayan ido creando interlocutores electrónicos frente a los que los humanos miran y callan, o diferentes artilugios interactivos en cuyas pantallas competimos con nuestro nivel de incapacidad. A esos compañeros de viaje electrónicos, de los que ya pocos se escapan, se ha unido la extensión del uso de aquel aparato con el que Graham Bell convirtió, cuando acababa el siglo XIX, los impulsos eléctricos en sonidos.

Sí. El teléfono, sin postes de madera, aislantes de porcelana ni hilo de cobre, ocupa un espacio en millones de bolsillos en el mundo más o menos civilizado y no es una fantasía imaginar ese día en el que desde los lugares más recónditos todos puedan hablar con todos marcando solamente unas teclas. Lo del móvil, lo observo cada vez con mayor interés, nos tiene enganchados a casi todos, hasta el punto de que su pérdida o extravío llega a producir una nueva sensación de orfandad, de desconexión con el mundo de los demás.

“He perdido el móvil” es hoy un drama y, en cierta medida que deje de sonar o que lo haga menos que un tiempo atrás, es para algunos la señal de algo no va bien o que ya no cuentan contigo, cuando lo que ocurre es que estás volviendo a vivir la vida más libremente.

Que nadie se enfade conmigo, porque yo no estoy en contra de las telecomunicaciones, sino que simplemente apunto a que hay “tics” que sorprenden en torno a ellas. Resulta así curioso, por ejemplo, ver como hay quien hace del móvil una suerte de pregón público de su condición profesional relevante en la una sala “vip” de un aeropuerto, o cómo algunos individuos o individuas le sueltan al pariente o a la parienta un verdadero chorreo que pueden oir y ver los viandantes con los que se cruzan por la calle.

Quienes nos educamos en los tiempos de El Florido Pensil llegamos a dominar con mayor o menor destreza los mandos de un futbolín, algunos nos deslumbraban pegándole a la bola de billar deslizando el taco entre los dedos tras sus espaldas, en auténtica contorsión lumbar y las maquinas flipper, manejadas por quienes se habían dejado atrás muchísimas monedas, hacían que la bola no bajara nunca hasta la tronera y rebotara de forma alocada en los muelles con luces que sumaban puntos y puntos para intentar llegar al horizonte del record que un día alguien consiguió en aquella maquina fabricada en los Estados Unidos.

Jugábamos a las canicas en la modalidad gua ; a las chapas –en Bilbao las llamaban iturris- bailábamos la peonza o trompo y saltábamos como felinos sobre los lomos del equipo contrario en el Churro media manga mangotero . Cambiábamos cromos, mientras nuestras hermanas y nuestras amigas hacían bailar el diábolo sobre un hilo fino, saltaban a la comba y competían en la goma que estiraban cada vez a mayor altura.
Todos juntos corríamos en el tula y reñíamos en el balón prisionero.

No van estas líneas de canto nostálgico a los juegos de antaño, sino de su derivada de convivencia. Toda aquella inventiva de ocio para la chiquillería tenía en común que reunía a vecinos de barrio, compañeros de colegio o amigos de los veraneos de toda la vida. Cuando tocaba el gua todos miraban quien iba por delante y se armaba la marimorena cuando alguien hacía trampa; en el Churro mediamanga mangotero mancomunábamos nuestra perversidad para sumar más kilos a la hora de formar los equipos y vencer por una cuestión de peso y las niñas hacían cola al saltar la comba mientras cantaban juntas canciones que a los chicos nos parecían una cursilada.

Todo aquello, pienso ahora, comenzó a matarlo la televisión de Rintintín y Bonanza. Los parques públicos, los patios de manzana e incluso los de los colegios, en donde al menos aún sobrevive la patada al balón, dejaron en el recuerdo todo aquel jolgorio que tantas horas nos mantuvo ocupados en aquellos