sábado, 15 de diciembre de 2007

¿EXISTE AFRICA?

"La historia de África fue perturbada por los cazadores de esclavos, tanto árabes como europeos, que destruyeron cuanto había. Luego vinieron los imperios extranjeros a explotar nuestras riquezas y, cuando se fueron, se sucedieron los conflictos que provocaron para seguir conservando su dominio".

"Por cada cayuco que llega a Europa con 100 africanos que arriesgan su vida por buscar una vida mejor, debería salir otra embarcación en sentido contrario que llevara europeos emprendedores a África. No tienen que mandarnos a sus criminales, sino a aventureros que busquen nuevas oportunidades. Les aseguro que si se instalan en Lagos, ya no querrán salir de allí".

Las dos frases pertenecen a una entrevista publicada en El País con el Premio Nobel de Literatura 1986, el nigeriano Wole Soyinka, autor de teatro que ha vivido como alma errante en su Lagos natal , Estados Unidos e Inglaterra. Soyinka volvió a su país en plena guerra civil y acabó en la cárcel. Hace pocas semanas estuvo en España y ofreció esa lectura de Africa que muy pocos se atreven a hacer.

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Soyinka/Enviemos/cayucos/Africa/europeos/emprendedores/elpepicul/20070930elpepicul_8/Tes

Hay una observación de este Nobel africano que hace pensar: “La situación de las mujeres es distinta en el norte que en el sur. La cultura de las viudas de Kenia es diferente que en otros países. En Liberia han elegido a una presidenta y hay zonas donde las mujeres tienen que seguir cubriéndose con un velo.”

Este es el continente africano visto por alguien que tiene autoridad, origen y reconocimiento internacional. Es de allí y no tiene que esforzarse demasiado para describir la miseria de la que pocos países de ese continente se salvan. Su propio esfuerzo personal le aupó a la cumbre de la literatura desde un lugar en el que narrativa, el teatro o la poesía son cosas sin importancia general, o casi exóticas, para la gente corriente. Todo un contraste en un continente en el que el exotismo es precisamente el foco de atracción de millones de visitantes europeos que nunca llegan a conocer la realidad que se esconde tras las imágenes fotográficas que toman cuando viajan de la mano de las grandes agencias de viajes que retornan a Occidente buenos beneficios de los espejismos de lo primitivo y lo salvaje.

Hablamos de un continente en el que también los españoles, tuvimos algo que ver, aunque menos incluso que los norteamericanos que, aún adolescentes como país emancipado, tuvieron ya la visión económica, tal vez mejor llamarlo audacia, de poner un pie en el país del que procedían sus esclavos y enviar a uno de ellos, Lott Carry - una vez reciclado- a una Liberia, “Tierra de Libertades”, para que aplicara sobre los nativos que allí seguían, las mismas distancias y crueldades que ellos padecieron en las plantaciones de Alabama.

Hace apenas una semana que, tras ocho años de diferencias aún insalvables entre el Reino Unido y Zimbabwe (Rodesia), se celebró una “cumbre” euroafricana en Lisboa (27 países europeos y 53 africanos) en la que se dilucidaba, finalmente, la asunción, por parte de África, de una propuesta europea liberalizadora de sus relaciones comerciales con el Continente Negro.
Los países africanos asistentes, entre los que tristemente han destacado, por su desmedido protagonismo mediático, los líderes más déspotas y tiranos, han dicho que no, que no quieren bajar sus barreras y que tienen alternativas de intercambio, las chinas, sin tantas condiciones ni preámbulos.

La cumbre, si así se la pudiera llamar, acabó con la espadas en alto y con el anuncio de que la UE negociará unilateralmente con cada protagonista, es decir, con mayor presión europea y mayor debilidad africana. Incluso alguno de los jefes de estado asistentes, Gadafi, ya ha puesto el listón de los 1.000 millones de euros para poner orden en sus pateras hacia Malta e Italia.
Africa ha comenzado a sacar las uñas. Esa es la impresión que se deduce de las crónicas de los enviados especiales y corresponsales y como buen ejemplo valga la descripción que el presidente de Senegal hacía al decir que por el precio de un coche europeo se consiguen dos chinos, que los de Pekín ya compran un tercio de su petróleo en África y –esto ya es más grave- que cuando Europa anuncia que está dispuesta a construir cinco kilómetros de carretera, “Nos pasamos un año hablando, otro estudiándolo, otro viendo cómo pagarlo…y cuando se lo pedimos a los chinos está hecho en dos o tres días”.

Frente a esas denuncias no faltaron voces de la UE, con cierto aire amenazante, que apuntaban a que, en el caso de que los países africanos no acepten el proceso liberalizador propuesto (EPA), las fronteras arancelarias europeas le costarán a Costa de Marfil –por poner un ejemplo cruel- un país pobre entre los pobres, más de 700 millones de euros en aranceles para poder vender en la Unión Europea.

Lo de Lisboa son números, euros, dólares de difícil digestión para esos países africanos que no tienen con que comprar bienestar o armas para mantener su estatus. Lo de Mugabe en Zimbabwe y Omar al Baschir en Sudan, el genocida de Darfur, son perlas cultivadas sobre los derechos humanos que malesconden el drama de mayor calado de un continente que aunque crece en su PIB entre el 5 y el 6% cada año, ve como el descontrol demográfico se come ese incremento y dispara sus diferencias de bienestar respecto a otros parajes del mundo.

Con ocasión del Foro Social de Nairobi, celebrado en la capital de Kenia en enero pasado, salieron esas paradojas numéricas que despiertan –sólo temporalmente- las conciencias del mundo desarrollado. África tiene el 10,3% de la población mundial y sólo el 2,2% de la renta de toda la Tierra.

El diario La Vanguardia reproducía las declaraciones de Aminata Traeré, escritora y exministra en Mali “Arrebatar la riqueza a la gente –decía- y después fingir que le quieren ayudar. Nos roban por un lado, nos devuelven unas migajas y lo llaman cooperación”. La activista africana recordaba los planes que Toni Blair proclamó para solucionar los grandes problemas africanos al comenzar la cumbre del G-8 en 2005. En aquella ocasión, el grupo de los países más industrializados se comprometieron inicialmente a aportar 100 millardos de dólares en los siguientes diez años, cantidad que se redujo a la mitad al acabar el encuentro y se aplazó en cinco años –hasta 2010- el inicio de su pago.

El economista norteamericano y profesor en Harvard, Jeffrey Sachs, autor de El fin de la Pobreza, (*) explica que un tercio de la ayuda que su país dedica al Tercer Mundo lo es en forma de alimentos ya cultivados o elaborados, lo que supone un freno para las agriculturas locales y que la mitad del valor de esas ayudas alimenticias se lo come el transporte de las mismas. Un tercio de la generosidad total norteamericana, señala Sachs, se dedica a los sueldos de los asesores norteamericanos que administran toda esta solidaridad. Deslumbrante e incoherente, tanto como evidentes y escandalosas las denuncias de los ministros de economía de los países africanos que en 2007 se reunieron en Addis Abeba en presencia del director de la Organización Mundial de Comercio.

Tal vez como preludio de lo que ahora ha ocurrido en Lisboa, los ministros reunidos en la capital etiope pidieron entonces la renegociación de los acuerdos comerciales con la Unión Europea y Estados Unidos y apuntaron algo que no debe pasar inadvertido, que los agricultores de la UE y EE.UU. reciben subvenciones, lo que les convierte en competidores todavía más gigantes e insalvable para las diminutas agriculturas africanas, a las que además se penaliza en las aduanas del mundo más desarrollado.

Por ello, hoy no podemos más que mirar con escepticismo lo que nos han contado desde Lisboa, de la misma manera que no debe sorprendernos ese talante silencioso, de los seguidores de Confucio y Mao Tse Tung, que avanzan silenciosamente mientras Europa da largas a su propia conciencia africana, si es que alguna vez la tuvo de verdad.

(*) El Fin de la pobreza:
http://www.cincodias.com/articulo/opinion/fin/pobreza/cdsopiE00/20051217cdscdiopi_2/Tes/

Javier Zuloaga

2 comentarios:

B.Alvarez dijo...

Apreciado Javier,

Tengo consciencia de la situación de África desde que tendría unos 6/7 años. Por aquel entonces estudiaba en un colegio religioso en París y las "soeurs" organizaron una charla con sus correspondientes diapositivas sobre la realidad de los niños en África. Si lo recuerdo debe ser porque me impactó. Pero lo importante de esta anécdota no es el hecho en sí, sino el que hayan pasado 30 años desde entonces y la situación en África sigue siendo la misma.

Hará 4 años y en uno de los temas más gratificantes de mi carrera profesional, conocí a un niñito africano que había sido adoptado. Me miró con esos ojazos, se sentó en mis piernas y ahí me conquistó. Había tenido la suerte de dejar atrás un Hospicio y ahora se le abría la posibilidad de tener una vida normal. Muchos otros niños no han tenido ni tendrán su misma suerte.

El resumen es que nos hemos pasado años (yo tengo consciencia de al menos 30) enviándoles "limosna" con la única finalidad de limpiar nuestras conciencias. Sin ofrecer soluciones. Por ello me parece magistral la frase de Wole Soyinka.

Y mientras tanto, ofrecemos todas las posibilidades de comercio a los chinos, sin poner freno a sus importaciones, aunque ello suponga que muchas empresas del país se vean en la necesidad de cerrar sus puertas con sus correspondientes despidos.

clic dijo...

Javier, es demasiado complejo el problema, pero Africa no tiene solución, esa es la única realidad. Todos sabemos que las personas preparadas,las que podrían sacar sus países adelante o emigran o son asesinadas. Los que se quedan o son heroes o son corruptos. Cuando la esperanza de vida es de 40 años, no hay esperanza y por eso subirse a un cayuco arriesgando su vida no es algo descabellado, porque no hay nada que perder. Pero lo mas triste es que Europa ya no necesita esa mano de obra barata pero no especializada. Las máquinas lo hacen mejor, mas barato y sin seguros sociales ni reivindicaciones laborales. Para producir barato ya está China. Es la realidad. Claro que siempre nos queda la indignación de café. Saludos y feliz navidad