domingo, 16 de septiembre de 2007

INVESTIGAR POR PLACER

“Yo soy de letras”, me decía cuando, al acabar cuarto de bachillerato y su reválida, me daba una y otra vez de bruces con los senos y los cosenos, los principios físicos de Gay Lussac y Boyle Mariot y era incapaz de explicarme el porqué del teorema de matemático suizo Euler, que demostraba que, en un poliedro, sus caras y sus vértices suman lo mismo que sus aristas más dos. Aquel teorema fue una de las pocas cosas que las ciencias colegiales dejaron en mi talego cultural y he de reconocer que, pese a no haber olvidado aquella equivalencia, acababa con el pulso acelerado y una gran desesperación cuando intentaba ver si aquello era cierto o sólo un farol y contaba los vértices y los planos de un dodecaedro. Definitivamente, yo era de letras.

Pero la vida da muchas vueltas y la mía me ha llevado, en mi madurez cincuentona, a verme rodeado de gentes de ciencias. Mi mujer, química, mis cuñados, médicos, telecos e informáticos, si bien, como ocurre estadísticamente en casi todas las familias españolas, tengo también un hermano político que decidió ejercer la abogacía.

Pero todos ellos, unos más que otros, llevan el marchamo del ejemplo de su padre, un gran hombre de ciencia, un investigador infatigable, que fue nominado repetidas veces al Nobel y que recibió, en 1982, el Premio Príncipe de Asturias a la Investigación Científica y Técnica. Hablo de Manel Ballester Boix, aquel maestro de la investigación química que descubrió los radicales libres inertes, de gran trascendencia posterior en la industria química y farmacéutica. Tuve el privilegio de conocerle y escucharle, aunque mucho menos de lo que hubiera deseado.

Ballester, que murió hace ya dos años, era además un sabio en el sentido más amplio y extenso de la palabra y su afán por el conocimiento no distinguía, como nos ocurría a las personas más vulgares, entre ciencias y letras y era, fuera del laboratorio y las tesis que dirigía, un conversador sólido sobre la mitología griega o las indefinidas fronteras que sepan las matemáticas de la filosofía pura, por acudir sólo a dos cuestiones lejanas a su especialidad.

Vienen estas líneas al caso cuando aún son recientes las declaraciones del Presidente del Gobierno español acerca de nuestra situación económica, lo de la “champions” y la cascada de informaciones que han provocado apuntando casi todas a que la competitividad económica, especialmente la derivada de la innovación, está en nuestro país muy lejos de ser notable, tanto, que ninguna de nuestras universidades, públicas o privadas, se encuentran entre las 200 mejores del mundo, aunque, eso sí, nos situamos por encima de Polonia, Chequia, Grecia y Hungria.

Los datos pertenecen a un estudio de la Unión Europea, basado en un ranking elaborado por la Universidad de Sanghai, en el que se evaluaba a las universidades del mundo en función de las citas de cada una de ellas en las principales revistas científico-académicas y del número de premios Nobel obtenidos por miembros de sus claustros.

Los autores del trabajo de la UE destacan un hecho importante, que la Europa de los 25 destina un 1,3% -es la media- de su PIB a la investigación y enseñanza superior; en EE.UU. un 3% y que la media del gasto por estudiante es, en la primera, de 8.700 euros anuales, mientras en Norteamérica la “inversión” en talento universitario llega a los 36.500 euros. Pero, bajando a lo casero, a lo español, los diarios han recordado también lo que ocurre con nuestro país, en los llamados objetivos de la Agenda de Lisboa, que marcaron, como meta para el año 2010, la de que los estados de la Unión llegaran a invertir en Investigación y Desarrollo (I+D) el 3% de su PIB .

Hace pocos días la Ministra de Educación, Mercedes Cabrera, presentaba, en Santander, el nuevo plan gubernamental en esta materia tan trascendental cuyo nombre ha crecido (I+D+i) –la “i” pequeña significa innovación- que se propone pasar del 1,2% actual al 2,2% en el año 2011. De cumplirse lo anunciado, supondría duplicar en cuatro años la inversión en innovación y el número de investigadores por habitante, por citar sólo dos de sus difíciles metas, saltos que, muy posiblemente, no se dieron con tanto impulso en el famoso “Milagro alemán”.

Al reflexionar sobre todas esta jerga de modernos conceptos y porcentajes, me he preguntando donde puede estar el fondo del problema y si realmente lo que está en debate es una cuestión de inversión a corto plazo, una suerte de toreo de salón y si la clave está más bien en una endémica falta de cultura investigadora en nuestro país, con el mayor respeto a las grandes excepciones. No se puede crear investigadores por decreto, eso es de cajón, pero sí inculcar en los bachilleres primero y después a los universitarios, la importancia de crear cosas nuevas a través de un conocimiento más profundo de lo que tienen delante. Y con ello me refiero tanto a un filólogo como a químico orgánico.

Cuando lees acerca del fenómeno de Silicon Valley, en donde en torno a la universidad californiana de Stanford, un profesor llamado Terman puso, hace más de cincuenta años, las condiciones para crear una auténtica Meca de la investigación, no puedes evitar mirar a lo más cercano y ver como realmente nos separan muchos años –pese a planes cuatrienales triunfalistas- para ser más investigadores e innovadores y, por ello, más competitivos.

En los colegios, en donde ahora se podrá pasar de curso con cuatro suspensos, no se estudia historia de la investigación, ni en las facultades la forma de gestionarla profesionalmente. No creo que me equivoque si digo que, ni en los primeros, ni en las segundas, se provoca la materia prima de la curiosidad . Todo eso hay que aprenderlo fuera de las aulas, cerca de un sabio, si es que alguno de ellos te deja oir, mirar y poco a poco participar en el disfrute del apetito del conocimiento profundo de las cosas.

Manel Ballester Boix dijo en más de una ocasión que investigar es un placer y para ello citaba lo que escribió Henri Moissan, descubridor del Fluor a finales del siglo XIX. “Lo que no puedo transmitir a ustedes es el placer extremo que he experimentado en la búsqueda del descubrimiento. Arar un campo nuevo,tener libertad plena de seguir nuestras propias inclinaciones; ver por doquier nuevos objetos de estudio abriéndose ante mi…despierta una verdadera alegría, que sólo quienes prueban las delicias de la investigación pueden experimentar”.

A renglón seguido, el químico catalán afirmaba que “la finalidad de nuestra existencia es no sólo disfrutar contemplando el verdor brillante y perfumado de los prados, la frondosidad sobrecogedora de los bosques, la claridad de las aguas cantarinas, el vuelo y el trino de los pájaros, o nuestro humano ombligo, sino luchar por nuestro propio progreso, por superar nuestras limitaciones, por corregir nuestros errores y nuestras desviaciones, poniendo en juego dones tan singulares y misteriosos como son los poderes de nuestro intelecto”.

¿Estaba hablando de I+D+i ?

domingo, 9 de septiembre de 2007

EL ORO VERDE

Ha pasado poco más de un siglo desde que los beduinos de Arabia, los kurdos de la actual Irak y los indígenas que habitaban en torno al Orinoco vieron como su vida se veía definitivamente alterada con la aparición de bosques de torres metálicas, chimeneas de inmensas plantas de refino y la aparición de agentes comerciales multinacionales que convertían todo lo que salía de las entrañas de sus tierras, el oro negro, en oro auténtico, en petrodólares.

Aquello fue el lanzamiento definitivo de la revolución industrial, el salvavidas del carbón y el nacimiento de una sociedad que, en muchos más aspectos de aquellos que podemos imaginar, gira en torno al petróleo. No fue necesario que pasaran muchos años para que esta materia prima dejara atrás a otras alternativas y el mundo quedó dividido por la simple pero evidente condición de ser, o no, país productor de petróleo.

El lector estará, con toda seguridad, bien documentado sobre la historia de esta sustancia orgánica que durmió millones de años bajo la corteza terrestre, que ha provocado guerras y cuyo control está entre los objetivos de magnates, emperadores de diminutos reinos en el desierto, populistas poco inquietos por las libertades y, finalmente, de los países más poderosos del mundo.

Pero el petróleo es una materia prima cada vez más escasa y tiene, como ha ocurrido con el carbón, fecha de caducidad, aunque ninguno de nosotros lleguemos a vivir ese momento.

En 1994, la Academia Sueca concedió el Premio Nóbel de Química al húngaro, nacionalizado norteamericano, George A. Olah, por su contribución al descubrimiento de vías alternativas a la energía proveniente del petróleo. Este profesor de la Universidad del Sur de California, ha dirigido recientemente la publicación de un estudio titulado “Más allá de la gasolina y el gas: La economía del metanol”, en el que concreta y avanza sobre los estudios que le valieron su galardón.

El ritmo de consumo y la mayor demanda de las economías del Este, China y la India, sitúan el horizonte del agotamiento del petróleo, según el investigador, no más allá del año 2080 y otro tanto ocurrirá con el gas cuando esté arrancando el siglo XXII.El uso de energías alternativas de todo orden, solar, eólica, la proveniente de las olas y las mareas, actuarán como dilatador de la agonía petrolífera y por ello el Nóbel defiende y propone, como solución a largo plazo, el desarrollo de la economía del metanol.

Olah apunta sus bondades, partiendo de los cultivos, si se aplica una economía de escala, pero pone encima de la mesa una gran dificultad. Para producir 1,5 millones de toneladas de metanol al año, sería necesario recolectar, cada día 2.500 toneladas de biomasa, a cuyos costos de producción habría que añadir los de su transporte hasta las plantas transformadoras.

Aquellas inquietudes de hace ya 13 años se han visto hoy superadas positivamente por la vía de los hechos y vemos como los biocombustibles han dejado de ser una materia exclusiva de sesudos estudiosos, para convertirse en objeto de debate, en inductores de inflación por el aumento del precio de los cereales para el consumo por su desvío a la industria energética e, incluso, en herramienta de contrincantes políticos en la geoestrategia internacional.

En México, uno de los países, junto con Brasil, con mayor esfuerzo en el desarrollo de alternativas al petróleo, el precio del maíz ha subido un 70% en dos años y en Europa la barra de pan, la del bocata, va ganando dignidad económica a pasos agigantados, para desgracia de los bolsillos e indicadores económicos.

No han pasado muchos meses desde que Lula da Silva y Chávez competían en giras simultáneas por Centroamérica y Suramérica, ofreciendo a los gobiernos de la zona acuerdos bioenergéticos, en el caso del primero, o , en el del totalitario venezolano, petróleo a precios de derribo. Tan lejos se ha llegado en este pulso entre el oro negro y el oro verde, que Lula - cuya elección como presidente de Brasil hizo saltar las alarmas del mundo capitalista y estremeció a las bolsas occidentales- cuenta hoy con el apoyo y la amistad coyuntural de Estados Unidos y Rusia, con cuya petrolera Galp, ha firmado recientemente un acuerdo para la producción de 600.000 toneladas de biocombustible al año.

La paradoja política de esta carrera puede ilustrarse con la compra y renovación de deuda externa argentina por parte de Chávez, ¿qué pensarán los venezolanos menos adinerados y más endeudados? y la firma de un acuerdo de Caracas, con el ayuntamiento de Londres para la compra de gasolinas un 20% por debajo de los precios del mercado, ¿acción social bolivariana en el “paupérrimo “ Imperio Británico?.

Pero en este panorama, ya hay quien ha puesto sobre la mesa la cuestión social. Si realmente estamos ante el desarrollo futuro de una industria energética basada en la biomasa vegetal, ¿no nos encontraremos ante la oportunidad histórica para corregir los grandes desequilibrios económicos mundiales?

Jacques Diouf, Director General de Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación (FAO), publicaba hace unos días en “El País” que los biocombustibles, si se planifican de forma adecuada, permitirían acelerar el crecimiento de muchos de los países más pobres del mundo, posibilitar el renacimiento de la agricultura y suministrar energía moderna a un tercio de la población mundial . Para ello propone que una parte importante de la bioenergía mundial, sea generada por los trabajadores agrícolas del mundo en desarrollo, que representan el 70% de los pobres del planeta.

Pide que se levanten las barreras aduaneras de los países de la OCDE a las importaciones de etanol y se enseñe a los campesinos del Tercer Mundo no solo a producir adecuadamente biomasa, sino también a organizarse en cooperativas. Diouf defiende su propuesta en una evidencia indiscutibles: la de que los ecosistemas más adecuados y las grandes reservas de tierra se encuentran en los países en desarrollo y no en las naciones industrializadas.

El debate parece haber comenzado, el que leeremos en los diarios y el que, sin trascender, se estará produciendo ya en esos despachos en donde lo primero y lo último que se mira es la cuenta de resultados y el logro o el mantenimiento, simple pero deslumbrante, del poder.

domingo, 2 de septiembre de 2007

¿SOY ANTIAMERICANO?

Las piscinas, además de punto de encuentro de padres incrédulos al comprobar que dos hijos más dos hijos son cuatro y lo largo que puede llegar a ser el tiempo en vacaciones, suelen sorprender, a los atentos, con anécdotas jugosas. No hace mucho una paisana vasca me comentaba, sorprendida, cómo su hijo mayor, cinco años, había reaccionado de forma sorpresiva ante el ataque verbal de un chaval de su generación.

-Cochino, marrano, cerdo americano- le dijo
-¡Americano no!- respondió el pequeño Pablo.

No pude evitarlo y al amparo de una sombrilla, me pregunté sobre el sentido que puede tener una defensa tan numantina frente al americanismo en quien, por no saber, no sabe siquiera los nombres de los ríos que le son más cercanos y te responde son un rictus de “tú ¿de que vas?” si le preguntas qué hay al otro lado del Atlántico, e incluso no tiene conciencia clara de quienes son esos enemigos que su nobleza infantil tiene inconcretamente identificados.

¿Qué ha pasado entre aquellos antiamericanismos que recuerdo de mi juventud y el que ahora expresa este pequeño que casi podría ser mi nieto?-me dije.

Recuerdo cuando comencé a oir hablar de la Guerra Fría, de la bota de Nikita Kuchev en Naciones Unidas y de aquellos alemanes orientales que se dejaban la vida entre el alambre de espinos del muro que separaba las dos alemanias. Estaba claro entonces que uno no podía ser pro-ruso y que los americanos, en cualquier caso, no ponían barreras, aunque poco difundía el aparato mediático occidental, acerca de las maldades sociales de quienes mataron a Lincoln y Kennedy. El celuloide, Rintintin, Bonanza y los Intocables nos remataban un horizonte que concluía en la similitud de lo perfecto con aquello de ”Hacer las américas”. No había vuelta de hoja.

Tal vez por ello lo de Nixon y el Vietnam, aunque sangriento y socialmente catastrófico, acabó archivándose en aquel dilema capital-comunista que nos impusieron a todos, al margen de que también existieran los africanos, la islas Fidji y la Polinesia. El mundo se jugaba su futuro mirando qué pasaba entre aquellos dos colosos de Washington y Moscú.

Lo de Ronald Reagan, que en “Regreso al Futuro” hizo saltar de su asiento al doctor Emmet Brown cuando Marty McFly le dijo que aquel “cow boy” sería, en el futuro, presidente de los Estados Unidos, desencadenó lo que me parece fue primer brote de antiamericanismo visceral, un tanto epidérmico, entre los europeos.

Recuerdo la visita de Reagan a España, en 1983, poco después de que Felipe González llegara al poder y antes de que los socialistas dieran una lección, de lo que era saber envainársela, en el referéndum que nos integró en la OTAN. Yo vivía en Mallorca y por aquella isla pasó el vicepresidente Alfonso Guerra que, a los periodistas que allí trabajábamos, nos dijo que no se había quedado en Madrid para saludar al mandatario estadounidense porque tenía un compromiso previo para visitar a su amigo Nicolai Causecu.

Poco después cayó el Muro de Berlín, se desmoronó el puzzle comunista de la mano de la Perestroika y la Glasnot de Gorbachov y Causescu fue fusilado por tirano. Reagan arrasaba en el 84 tras humillar a los radicales iraníes desocupando, de un gorrazo y sin moverse del despacho, la embajada americana en Teherán –lo que Carter no supo como encarar- y abrió los caminos a un nuevo orden mundial que, todavía hoy, está aún por definirse.

Norteamérica –que me perdonen los canadienses por incluirles en el tópico- necesita siempre un enemigo y, por ello, no podía quedar huérfana de su principal razón de ser internacional. De esa manera fue haciéndose presente en diferentes frentes, con una decreciente comprensión de quienes nos conformábamos con aquello de los bloques y que no acabábamos de entender qué criterios se seguían a la hora de decidir desembarcar en Panamá en lugar de hacerlo en Sierra Leona o de decidir no formar parte de las fuerzas de intervención en Oriente Medio y sí hacerlo en Kuwait.

Sin ser experto, creo que fue en aquellos años cuando muchos ciudadanos occidentales comenzaron a preguntarse si lo que se decide en el Despacho Oval era realmente incuestionable o los mandatarios de la Unión estaban comenzando a perder los papeles en tiempos en los que la palabra libertad cobraba mayor valor en los países occidentales, más incluso que los Estados Unidos.

Del 11 de septiembre, Afganistán y del Irak de las inexistentes o desaparecidas armas de destrucción masiva, todo tan reciente, el lector tiene formadas sus propias opiniones. Yo, en este artículo, tras haber viajado hacia el pasado de mis recuerdos, me pregunto:

Y los americanos, ¿qué?

Hace pocos días leí las diferentes maneras con que Barack Obama y Hillary Clinton enfocaban las cuestiones internacionales del país que aspiran a presidir como candidatos del Partido Demócrata. La mujer de Bill Clinton, tal vez el más “humano” de los jefes de estado norteamericanos, se parecía más a Bush que a su marido, mientras el candidato de color, no hacía ascos a entrevistarse con Castro, o su hermano, tanto monta, ofreciendo una cara amable, tal vez demasiado cándida para los poderes reales de los Estados Unidos.

¿A quien elegiran los americanos?, ¿Se repetirán los apoyos masivos de los votantes a quien, como ocurrió con Reagan en 1984 y Bush en 2005, les dijo que América, por encima de cualquier otra consideración no será nunca débil?.

domingo, 26 de agosto de 2007

CAMBIAR LA HISTORIA

Este verano he dedicado mi tiempo de lectura a la narrativa. Quería empaparme en la buena escritura y me dejé llevar hasta las estanterías de los libros de bolsillo de Fnac, para ir llenando esos vacíos que aún mantengo desde los tiempos en los que no tenía tanto tiempo para leer.

Pese a la angustia que destilan sus páginas, acabé “Islas a la Deriva” de Hemingway, disfrute de la sobriedad de Ignacio Aldecoa en “Gran Sol” y de su viuda, Josefina, en “Mujeres de Negro”; avancé un poco más en esas cimas magistrales de lectura compleja y argumentos casi imposibles de García Márquez en “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada” y gocé, como barceloní de adopción y consorte que soy, en “El Amante bilingüe” y “Ultimas tardes con Teresa”, del nervio literario de Juan Marsé.

Mi hambruna literaria me llevó también a dos títulos que, cuando decidí comprarlos, no imaginaba que iban a dejar tanta huella ni provocar tanta inquietud en mí. Cayeron en mis manos “El corazón de las tinieblas”de Joseph Conrard e “Inés del Alma Mía” de Isabel Allende.

En el primero, el prólogo de Mario Vargas Llosa sitúa en lector en las monstruosidades de los belgas cuando hicieron del Congo una finca privada del Rey Leopoldo II “una indecencia humana” según el maestro peruano, que no duda en situar a aquel monarca en los niveles de inhumanidad de Stalin y Hitler, pese a que la vida oficial de su tiempo le catapultó y condecoró como gran benefactor de los negros, al tiempo que eran exterminados entre cinco y ocho millones de nativos. Cuando uno lee el prólogo de Vargas entiende las dificultades que Conrard hubo de sortear para que su libro viera la luz y que su lectura, a pelo, no sitúa el lector en la auténtica dimensión de una tragedia que aún no ha acabado en aquella antigua colonia, por el conjunto de sátrapas que la han gobernado desde su independencia.

Cuando acabé de leer la última página sentí una gran desazón mientras pensaba que toda aquella tragedia no figura en los anales de la crueldad humana y me pregunté cuantas otras parecidas se habrán perdido en le memoria de los tiempos por la confabulación económica de la depredación occidental de África y porque nadie se propuso escribirlo como lo hizo este polaco, que acabó siendo inglés universal.

No tuve tiempo para recuperarme cuando ya corría por la historia de la conquista de Chile a través de las páginas de “Inés del alma mía”, de Isabel Allende, que, con las licencias literarias necesarias, lleva al lector a volandas hasta los orígenes de ese gran país transandino como parte del Reino de España. Las crueldades cometidas bajo la solapa de una política de mestizaje obligado -porque los varones nativos desaparecían de forma cruel – y el fariseísmo de justificar todo aquello en la extensión de la fe cristiana hasta los confines de la tierra, producen una cierta desazón por pertenecer a ese país que en la enseñanza de su historia sólo ha asumido, con la boca pequeña, algunos excesos de la colonización.

Entendí mejor, al cerrar las tapas del libro, la petición de perdón público de algunos presidentes suramericanos con ocasión del reciente viaje de Benedicto XVI y el reconocimiento final del Vaticano de que lo que pasó en aquellas tierras no pertenece, precisamente, a lo más granado de la historia de la Iglesia Católica.

¿Por qué no se habla claro?, ¿por qué no se ponen encima de la mesa las vesanias y miserias de los países del Viejo Continente en su extensión colonial?. No, no se trata sólo de reconocer que se nos fue la mano al mirar sólo cuanta caoba, marfil, oro o piedras preciosas podían llegar hasta las metrópoli utilizando como alforjas a los habitantes del lugar. Se trata de reescribir la historia hasta donde se pueda, ya que también es cierta la dificultad de documentar las monstruosidades.

Si así fuera entenderíamos un poco mejor el último capítulo del desastre africano, en el que no parece existir urgencia en la búsqueda de soluciones definitivas, tal vez porque aquellos depredadores belgas que Conrard describió, tienen hoy importantes sucesores en la sombra. Y también se aplacarían y volverían al sentido común, esos movimientos indigenistas americanos que están llevando a algunos países de tradición democrática al miedo y la pérdida de libertad de los ciudadanos por la fuerza aplastante del populismo.

lunes, 13 de agosto de 2007

A pesar de nosotros

No debe ser casualidad que sea en verano cuando se producen las reacciones ciudadanas por el mal funcionamiento de los servicios. Durante el resto del año, abstraídos en la rutina del trabajo y el fin de semana, en la búsqueda de las soluciones a los problemas diarios, el nivel de indignación y reacción es menor, a veces inapreciable, o bien se camufla. Pero en vacaciones, cuando todo el tiempo es nuestro, la epidermis del ciudadano- hablemos mejor del contribuyente- se vuelve más sensible.

“Vamos a ver como funciona este país al que contribuyo con mi retención salarial, ¡uno de cada tres días de mi trabajo se lo lleva Hacienda!”. Seguro que este pensamiento ha pasado por más de una cabeza también este año.

Y cuando España entera se echa a las calle, se pone al volante y sueña con llegar a ese apartamento en el que algún día pasará la mitad del año, aparecen los problemas que levantan las ampollas ciudadanas. Las de los que se van y también las de los que se quedan, que comienzan a rumiar y después a proclamar que éste es un país chapucero.

Barcelona se queda sin luz, las autopistas de la costa mediterránea acaban convirtiéndose en ratonera y las obras de infraestructuras desbaratan el encanto de esos días soñados. El drama de la realidad ahoga la ilusión, la adrenalina desborda la paciencia de los ciudadanos y el desastre ciudadano acaba alimentando portadas de diarios y sumarios de radio y televisión. Nace entonces el país auténtico, aquel que no hemos podido percibir por la vida vertiginosa y oficial del otoño, el verano y la primavera.

Pero es sólo por unos instantes, porque no hay sueño que se resista a la pesadilla y no podemos escapar del avasallamiento de nuestros padres políticos. Vuelven urgente y efímeramente de sus playas y acuñan una frase o venden una foto para que quede claro que están ahí, a pie de cañón. “Esta es una demostración más de la forma de gestionar que ya es tradicional del partido del Gobierno”, o “ Estos retrasos son la consecuencia de aquellos ocho años de falta de inversiones de aquel gobierno” aparecen obligadamente en los medios, cuando no una todavía más lapidaria alusión al sabotaje.

Y es en esos momentos, al menos a mí, cuando me asalta la alegría por la existencia de la comparación y la grandeza de poder viajar, cuando comparo mi país con esos en los que parece que las cosas van a su aire, siguen su camino, porque precisamente los políticos no pasan de pensar en las líneas maestras y dejan que una Administración profesional garantice que el país funciones…pese a los políticos.

Aquí, en España, todo vale para ganar o destruir votos del contrario, para convertir nuestros ciclos vitales en cuatrienios electorales y para que nos veamos obligados a soportar, cada cuatro años, al anuncio oficial de que se ha descubierto un nuevo bachillerato, un nuevo calendario para el desarrollo de las comunicaciones o las maravillas fiscales que le separan a un catalán de un madrileño si, a la hora de donar a su hijo, hubiera nacido en Alpedrete en lugar de Manresa.

¿Somos un estado de verdad?. Pues, yo al menos, no entiendo como aún no hemos llegado a ese punto en el que las cuestiones más necesarias de la vida de los ciudadanos no se apartan, con responsabilidad, del debate de los partidos, ni se dejan de usar como falsa demostración de que todos somos iguales, como dice la Constitución, o para desunir y crear agravios de bolsillos y, finalmente, de corazón.

Y esas diferencias se solapan, y aquí acabo, con cuestiones lingüísticas sobredimensionadas y el fomento de sentimientos sobrentendidos que fomentan la desconfianza entre vecinos. Yo, que no soy de donde escribo, Barcelona, ni vivo en donde nací, Bilbao, me pregunto cada vez más a menudo por qué no nos miramos en el espejo de nuestros vecinos europeos, con más historia en democracia y dejamos, como ellos hacen, que una administración profesional haga que todo funcione mínimamente bien, a pesar de nosotros mismos.

Javier Zuloaga

Escritor y periodista

viernes, 3 de agosto de 2007

Mi móvil suena menos BLOG 03/08/2007

Puede que no sea demasiado original escribir que la modernidad ha ido aislando a las personas y que ese vacío ha sido un campo abonado para que el ingenio y la inventiva hayan ido creando interlocutores electrónicos frente a los que los humanos miran y callan, o diferentes artilugios interactivos en cuyas pantallas competimos con nuestro nivel de incapacidad. A esos compañeros de viaje electrónicos, de los que ya pocos se escapan, se ha unido la extensión del uso de aquel aparato con el que Graham Bell convirtió, cuando acababa el siglo XIX, los impulsos eléctricos en sonidos.

Sí. El teléfono, sin postes de madera, aislantes de porcelana ni hilo de cobre, ocupa un espacio en millones de bolsillos en el mundo más o menos civilizado y no es una fantasía imaginar ese día en el que desde los lugares más recónditos todos puedan hablar con todos marcando solamente unas teclas. Lo del móvil, lo observo cada vez con mayor interés, nos tiene enganchados a casi todos, hasta el punto de que su pérdida o extravío llega a producir una nueva sensación de orfandad, de desconexión con el mundo de los demás.

“He perdido el móvil” es hoy un drama y, en cierta medida que deje de sonar o que lo haga menos que un tiempo atrás, es para algunos la señal de algo no va bien o que ya no cuentan contigo, cuando lo que ocurre es que estás volviendo a vivir la vida más libremente.

Que nadie se enfade conmigo, porque yo no estoy en contra de las telecomunicaciones, sino que simplemente apunto a que hay “tics” que sorprenden en torno a ellas. Resulta así curioso, por ejemplo, ver como hay quien hace del móvil una suerte de pregón público de su condición profesional relevante en la una sala “vip” de un aeropuerto, o cómo algunos individuos o individuas le sueltan al pariente o a la parienta un verdadero chorreo que pueden oir y ver los viandantes con los que se cruzan por la calle.

Quienes nos educamos en los tiempos de El Florido Pensil llegamos a dominar con mayor o menor destreza los mandos de un futbolín, algunos nos deslumbraban pegándole a la bola de billar deslizando el taco entre los dedos tras sus espaldas, en auténtica contorsión lumbar y las maquinas flipper, manejadas por quienes se habían dejado atrás muchísimas monedas, hacían que la bola no bajara nunca hasta la tronera y rebotara de forma alocada en los muelles con luces que sumaban puntos y puntos para intentar llegar al horizonte del record que un día alguien consiguió en aquella maquina fabricada en los Estados Unidos.

Jugábamos a las canicas en la modalidad gua ; a las chapas –en Bilbao las llamaban iturris- bailábamos la peonza o trompo y saltábamos como felinos sobre los lomos del equipo contrario en el Churro media manga mangotero . Cambiábamos cromos, mientras nuestras hermanas y nuestras amigas hacían bailar el diábolo sobre un hilo fino, saltaban a la comba y competían en la goma que estiraban cada vez a mayor altura.
Todos juntos corríamos en el tula y reñíamos en el balón prisionero.

No van estas líneas de canto nostálgico a los juegos de antaño, sino de su derivada de convivencia. Toda aquella inventiva de ocio para la chiquillería tenía en común que reunía a vecinos de barrio, compañeros de colegio o amigos de los veraneos de toda la vida. Cuando tocaba el gua todos miraban quien iba por delante y se armaba la marimorena cuando alguien hacía trampa; en el Churro mediamanga mangotero mancomunábamos nuestra perversidad para sumar más kilos a la hora de formar los equipos y vencer por una cuestión de peso y las niñas hacían cola al saltar la comba mientras cantaban juntas canciones que a los chicos nos parecían una cursilada.

Todo aquello, pienso ahora, comenzó a matarlo la televisión de Rintintín y Bonanza. Los parques públicos, los patios de manzana e incluso los de los colegios, en donde al menos aún sobrevive la patada al balón, dejaron en el recuerdo todo aquel jolgorio que tantas horas nos mantuvo ocupados en aquellos años en los que, en las excursiones con el colegio, nunca perdonábamos los cantos del Carrascal y Ahora que vamos despacio.

No, todo esto no es, repito, un arrebato de nostalgia, sino la reflexión de que con aquellas maneras de jugar, la chiquillada se reunía y compartía su tiempo. Casi lo contrario de lo que ocurre ahora, en que buena parte de los niños y adolescentes juegan solos con las cada día más sofisticadas maquinas electrónicas, incluidos los teléfonos, que también enganchan en sus menús de navegación con opciones de juegos.

Pueden pasar muchas horas, tal vez días, en los que un chico no aparta su mirada de la pantalla mientras sus dedos responden a las órdenes de su cabeza y avanzan, poco a poco, por las secuencias de un CD dentro de una consola de videojuegos en la que, para llegar a la victoria final, hay que degollar a bastantes enemigos que acechan en las esquinas, o atropellar a cuantos más peatones mejor. Y lo hacen de miedo y se lo pasan pipa, porque se les nota en la satisfacción de sus caras. El tiempo es lo de menos ya que lo único importante son ellos dos, mi maquina y yo .

Y el móvil es el hermano mayor del que casi nadie se va a escapar si los gurús de la modernidad electrónica siguen inventando aparatos como el ipod una suerte de totem que además de permitir hablar desde la distancia, cosa ya casi vulgar, te deja entrar en Internet, recibir publicidad,ver la televisión o comprar lo último en música en una tienda virtual, además de hacer fotos o grabar imágenes. Todo eso y seguramente más cosas en un futuro, lo podremos hacer solos frente a la maquina, una suerte de amigo electrónico que conocerá nuestros secretos más íntimos, mucho más que las personas que están más cerca de nosotros.


La gente va a donde el móvil le lleva. Nos ha invadido del todo, puede que tal vez más que las consolas de videojuegos de la infancia y la juventud de nuestros hijos. El móvil manda. Yo mismo, a veces, lo saco del bolsillo y lo observo, no para mirar la hora, sino para ver si está bien, si no le pasa nada y aún respira, porque si no fuera así, no podría vivir sin él, aunque siga sin saber como se llama el vecino que desde hace veinte años aparca su coche en el parking junto al mío y que cuando se cruza conmigo me saluda guturalmente y haciendo un gesto mudo con su cabeza porque, como yo, está hablando por el móvil.

Javier Zuloaga

Periodista y escritor

Cortársela a quien asome, BLOG 3/08/2007

A lo largo de mi vida profesional, salvo pequeños paréntesis en los que fui corresponsal, he tenido la suerte de trabajar en equipo, en compañía de muy buenos profesionales con los que he compartido ilusiones, diseñado proyectos más o menos acertados y repartido protagonismos. Como director de modestos diarios locales, en delegaciones de la agencia Efe en el extranjero y en “la Caixa” como responsable de su comunicación, he valorado el valor de la iniciativa personal, la audacia prudente y la profesionalidad. Por eso, casi siempre me he sentido acompañado de personas que, pensaba, podían ocupar mi lugar sin problemas cuando se cumpliera mi tiempo en esa etapa.

Cuando estudié en IESE, ratifiqué, en los casos que se tratan en esa gran escuela de negocios, la importancia que tiene crear esa estructura de buen nivel que hace posible finalmente eso que llaman la alta dirección, el ya universal management.

La observación de la vida pública desde la distancia, me lleva, estos días, a la conclusión de que los españoles tenemos una tendencia, puede que atávica, al caudillismo. Tal vez sea herencia de esa suerte de pastoreo que, en grandes dosis, ha regido nuestra forma de entender la vida. La historia está plagada de ejemplos en los que la inteligencia y el talento humanos se rinden ante los símbolos, aunque sean perversos y la incondicionalidad obtiene buena recompensa, al tiempo que las ideas propias son interpretadas en clave de traición.

No es exclusivo de España, pero sí que se da aquí marcadamente, como también ocurre en algunos países hispanoamericanos. Cuando el líder consigue serlo se produce un abismo entre él y quienes la secundan y, esto ya es peor, son estos últimos quienes no dudan en cortar la cabeza a quien, con su brillo personal, resta algo de monopolio al fulgor del jefe.

En la vida pública, en la política, se premia la paciencia silenciosa y se penaliza el talento, especialmente si además es buen parlanchín. No siempre, claro está, pero sí frecuentemente.

Hace pocas semanas hemos visto como en Francia afloraba un nuevo presidente, Sarkozy, que es público que no contaba con todas las simpatías del Jacques Chirac, Jefe de Estado saliente, que solo en última instancia y con la boca pequeña, pidió el voto para quien su partido había elegido como candidato. El caso del nuevo presidente francés es un ejemplo de excepción y de éxito, que evidencia más crudamente el mayor uso que tiene la tendencia al pastoreo al que al comienzo de este artículo de me refería.

La empatía del jefe con sus colaboradores sustituye en ocasiones a la objetividad y el realismo político. El premio no siempre resulta ser el reconocimiento a la preparación, sino la compensación al silencio.

Cuando el mundo de la empresa funciona así, los resultados no salen, esto también lo estudiamos en los casos del IESE y por ello los errores acaban pasando la factura cuando llegan los auditores o los mercados castigan el valor, ante el conocimiento público de gestiones poco consistentes.

Pero en política no se audita, y la única cotización posible es la de la propia historia al cabo de los años. Es entonces cuando se ven claros los errores garrafales de la retirada de la primera línea de esos talentos políticos, que tenían ideas propias y que hablaban sin amordazar su propia personalidad, hasta que un día dijeron basta y decidieron vivir la vida fuera del escenario público.

De este despilfarro no se ha librado casi nadie, porque sobrevuela sobre todas las tendencias políticas y es casi visto como moneda corriente por una sociedad que, ahí están las abstenciones, quieren saber cada vez menos de los protagonistas de la vida pública.

Miremos a la Francia de Sarkozy o de qué manera se producen los relevos en los partidos británicos. Luego, hagamos otro tanto frente al espejo español y veamos como funcionan aquí las cosas.

Si, señor lector, es lo que supone. Estoy pensando en los sangrantes casos de Alberto Ruiz Gallardón o Josep Piqué.

Javier Zuloaga

Escritor y periodista