En más de una ocasión, cuando me he reencontrado con gente de mi quinta, hemos comentado que pertenecemos a una generación maldita , aunque resulta justo decir que cuando así hablábamos nos habíamos echado en brazos del victimismo que asalta a quienes comprueban que les queda, en la vida, menos por delante que por detrás y que han sido siervos de sus mayores, pero no señores sus menores.
Luego, menos trascendentales, hemos reconocido que bien vale aquello de que nos quiten lo bailado, porque la verdad es que nacimos y maduramos después, en unos tiempos en los que el buen humor, el sentido del humor, era un bien apreciado.
Dicen quienes viven del negocio del tratamiento de los problemas de las mentes ajenas, que los niños nacen riendo y que el estrés y las responsabilidades se encargan de convertir en recuerdos aquellas carcajadas tan recomendables para la producción de las endorfinas, esas sustancias hormonales que generan bienestar y satisfacción.
Otros piensan que la culpa de la pérdida del sentido del humor radica en el imperio de lo serio, en esa suerte de escala de valores triste, según la cual las personas son más fiables en virtud de la solemnidad que trasciende de su actitud. ¿Por qué no es posible cerrar un acuerdo empresarial entre carcajadas, lagrimones incontenibles de pura felicidad y esas palmotadas que los vascos se arrean sin piedad en la espalda, cuando quieren hacer patente su enorme alegría por el encuentro con un buen amigo?.
Es complicado, casi diría que un asunto intrincado, saber donde acaba, o se pierde, el buen humor, de la misma manera que es tan admirable como misterioso saber cuando las endorfinas se inhiben arrastradas por la madurez de la vida o por los elementos nefastos que hacen que el rencor y el miedo venzan a esa tendencia a la espontaneidad de una buena carcajada,o aplastan a quien rompe los moldes de seriedad que se suponen en la madurez de los adultos.
Me he encontrado en la vida casos en que se confunde al personaje con buen humor, al cachazudo calculador de sus irónicas palabras, con el borracho, o con quien ha tomado una copa de más, lo cual a veces tiene algo que ver, porque a ver quien niega el poder desinhibidor de unos buenos vasos de vino. Y casi siempre que eso ha ocurrido, el que ríe a mandíbula batiente encuentra, al otro lado de su imaginario espejo, el reflejo del cenizo que anda vacío de los valores del buen humor.
Cuando era pequeño y comencé a ver cosas que no entendía, di por válidos argumentos que ahora ya sólo discuto conmigo mismo, pero que veo que no tenían apenas valor. “Calla – me decía mi madre- porque tu padre tiene muchas preocupaciones y no hay que molestarle”. Y yo me callaba, como mis hermanos.
En esa relación de anécdotas que, a fuerza de reiteración, acaban por soldarse con tu memoria, recuerdo que mi padre nos contaba que Pedro Muñoz Seca, amigo de mi abuelo y Ramiro de Maeztu, pronunció una frase lapidaria antes de ser pasado por las armas republicanas por ser cristiano y derechón “Me podéis quitar todo menos el miedo” dicen que dijo el dramaturgo, aunque ninguno de los integrantes del pelotón anarquista, ni tampoco el fusilado, hayan confirmado que así fuera.
¿Y si fue verdad?
Puede que el autor de La Venganza de don Mendo hiciera un ejercicio –entre lo real y lo póstumo- para reducir su muerte a lo absurdo, para hacer una audaz frivolidad ante su fusilamiento, un escudo para llevarse al otro mundo, intacta, su libertad personal.
Son anécdotas y puede que incluso no sean ciertas, pero animan a huir de los efectos del perfeccionismo tristón, del que generan el estrés y la tensión, de esa tendencia perversa a revolcarse una y otra vez en el fango de los errores, los conflictos y las dificultades, de no entender que no hay mejor combinación, cóctel mejor, que el del amor y el buen humor.
El serious business es uno de los culpables. Directamente y por el efecto de arrastre que ejerce desde la cúpula hasta los niveles más bajos de una organización. Como en Mary Poppins y la escena final del banco de la City londinense en la que no caben alegrías mundanas: ¡Seamos serios!, como invocación a cerrar un asunto, ha acabado confundiendo lo recto con lo aburrido, imponiendo el ceño fruncido sobre la espontaneidad de la sonrisa.
He vivido y sido protagonista de aquellas teorías del cero defectos con los que algunos gurús norteamericanos se han llenado los bolsillos deslumbrando a los europeos con trascendentes maneras de gestionar las cosas. Pero yo no me las creía porque siempre he dado prioridad a lo natural y espontáneo frente al corsé del cuento chino, aunque sea americano. Porque no creo en los perfeccionistas, en los que dedican más tiempo a corregir que a crear y en los que miran de manera inquietante a los que actúan sin complejos ante las cosas que les rodean
Porque, la sonrisa o la risa, ¿son una consecuencia o un motor?. Y no me refiero al sarcasmo ofensivo o la ridiculización de los defectos ajenos –un respeto, por favor- sino a ese talante de saber ver las cosas de otra manera, de hablar con uno mismo y no esperar a que otro te diga de qué pie cojeas.
Y acabo con una anécdota que he encontrado en Google, ese gran gigante frente al que hay que tentarse las ropas antes de escribir, porque te puede llegar a poner en un aprieto. Cuentan que cuando Juan XXIII, el Papa Roncali, fue elegido Papa, recibió a un cardenal norteamericano, Fulton Sheen, y le dijo “Mire, Dios nuestro Señor supo muy bien desde hace setenta y siete años que yo había de ser Papa. ¿No pudo haberme hecho más fotogénico?
Pues si la anécdota es cierta puede que el del humor sea el séptimo sentido, ya que de él no se han librado ni los infalibles pontífices, que también eran personas. Como usted y como yo.
Javier Zuloaga
miércoles, 9 de abril de 2008
jueves, 3 de abril de 2008
LOS PUEBLOS DE LA TIERRA
Garantizar la convivencia democrática dentro de la Constitución y de las leyes conforme a un orden económico y social justo; consolidar un Estado de Derecho que asegure el imperio de la ley como expresión de la voluntad popular; proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones; promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida; establecer una sociedad democrática avanzada, y colaborar en el fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la Tierra. (Preámbulo de la Constitución española)
No creo que los ponentes, los “padres” de nuestra Constitución, se molesten porque un ciudadano como yo cometa la audacia de subrayar lo que considera más trascendente de nuestra Carta Magna: su preámbulo, que al fin y al cabo es la intención de todo lo que viene después. Es decir, la declaración de nuestros legisladores cuando dieron luz verde a la primera ley española en 1978 para que fuera rechazada o aceptada por todos los españoles. Como así fue.
Gabriel Cisneros, Manuel Fraga, Miguel Herrero de Miñón, Gregorio Peces Barba, José Pérez Llorca y Miquel Roca se reunieron, en Gredos, 25 años después para decir que seguían creyendo en ella y proclamaron que solamente desde un espíritu generoso, como el que la gestó, se deberían cambiar aquellas reglas de juego que nos dimos los españoles. Doy por descartado que en aquella afirmación estaba incluído el preámbulo con el que hoy he iniciado este artículo.
Que el lector no se inquiete ya que no es mi intención repasar una historia que, en mayor o menor medida, los españoles ya saben de qué ha ido, desde que Suárez nos llevara de la mano y nos convenciera de que podíamos votar a quien quisiéramos y de que los comunistas no tenían cuernos ni rabo, hasta que Zapatero nos prometió 400 euros que todos los contribuyentes tenemos mentalmente ya gastados y esperamos como el primer aguinaldo democrático que se recuerda en la historia de la audacia política.
Hoy he tirado de la Carta Magna cuando he repasado los recortes de prensa que ha generado el asunto del agua, esa que casi no nos llega a los habitantes de Barcelona. Se trata de una de esas sencillas pero complejas cuestiones a las que me refería en mi artículo de la pasada semana y que el lector puede aún leer si maneja adecuadamente su ratón cuando haya acabado éste.
Veo también que el alboroto político ha crecido -Montilla invocaba hace días en la portada de El País que Cataluña necesita agua porque es España- de la misma manera que no amaina la tormenta que paraliza nuestra justicia desde febrero, desde que los sueldos, como los ríos, van más llenos en unos territorios autonómicos que en otros y la huelga presagia en convertirse en un ejemplo para otros colectivos que no quitan ojo a los agravios comparativos.
El asunto se puede complicar, lo mismo que si los tribunales se prodigan en sentencias que liberan del estudio escolar de materias controvertidas o tienen que aumentar su lista de temas pendientes con peticiones de amparo de quienes rotulan en su propia lengua, a no ser que sean chinos o ingleses que abran restaurantes, un "pub" o un "outlet".
Al repasar nuestro preámbulo me he sentido orgulloso de pertenecer a una generación de españoles que ha hecho posible que sus compromisos se hayan cumplido en líneas generales, sobre todo al recordar el escenario en el que se escribieron, cuarenta y dos años después del inicio de una Guerra Civil y tres después del final de una dictadura. Creo que España es un gran país y los españoles unos paisanos bastante presentables, dándole a lo de “bastante” al valor de su significado en el diccionario, sin dobleces.
He leído en ocasiones la Constitución, menos de las debidas desde que fue aprobada, pero sí especialmente mientras esta “joven” de 30 años sobre la que juran desde el Rey al último soldado, nacía entre las líneas de mis compañeros que escribían crónicas parlamentarias. Pero nunca me había detenido en aquello de “colaborar en el fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la Tierra”.
Fruto de aquel voluntarismo muy poco concreto es la presencia de España, puertas afuera, cuando así lo requiere la ocasión o las alianzas o las simpatías de quien gobierne en cada momento. Estamos en Kosovo, Líbano, Afganistán, hemos estado en Irak y siempre tenemos a una brigadilla de la Guardia Civil dispuesta para poner un poco de orden, aunque sea sin tricornio ni capa.
Y aquí, ¿qué?
¿Pertenecen los aragoneses, los madrileños, los catalanes, los andaluces, los gallegos, asturianos, cántabros, manchegos, castellanos, riojanos, murcianos, canarios, baleares, valencianos, extremeños, ceutíes y melillenses a esa universalidad de todos los pueblos de la Tierra?
¿Si?
Pues déjenme que vuelva al preámbulo de nuestra Constitución para dar rienda suelta a mi escepticismo. “Promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida”. Pienso que, como ocurre en la vida más sencilla pero compleja, lo que decía el preámbulo de la Constitución duerme en nuestra historia como muchas otras obligaciones que nuestros legisladores aprobaron creyendo que habían dado, por fin, con la piedra filosofal de la convivencia.
Me asalta un pensamiento: o somos una manada de ilusos o somos unos irresponsables. Yo no sé con que opción quedarme cuando escucho -o leo- lo que nuestros hombres prometen, denuncian, se enfrentan o diseñan, ante la frágil memoria de los ciudadanos, actitudes, proclamas o futuros de relumbrón.¡Todo es igual!, ¡Nada es mejor!, decía no hace mucho evocando el desgarrador tango Cambalache .
El preámbulo de la Constitución da paso a los derechos y deberes de los españoles y define, también, la estructura de España, un lugar que está ahí y en donde hay que “Proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones.”
Propongo –como hacemos el Día del Libro, efeméride del nacimiento de Cervantes- que todos leamos un párrafo de la Constitución en el puente de la Inmaculada, una fecha sin la que, a lo mejor, la celebración de la aprobación de nuestra Carta Magna no tendría mayor relieve que la de Santo Tomás de Aquino, patrón de los estudiantes.
Está ahí, aburrida y muy posiblemente rendida ante las múltiples contradicciones que se podrían resolver si las filias y las fobias de este país la tuvieran un poco más en cuenta y aplicáramos, entre nosotros, una solidaridad parecida a la que proyectamos –y muy bien por cierto- hacia países lejanos.
Demasiado sencillo. Demasiado complejo.
Javier Zuloaga
No creo que los ponentes, los “padres” de nuestra Constitución, se molesten porque un ciudadano como yo cometa la audacia de subrayar lo que considera más trascendente de nuestra Carta Magna: su preámbulo, que al fin y al cabo es la intención de todo lo que viene después. Es decir, la declaración de nuestros legisladores cuando dieron luz verde a la primera ley española en 1978 para que fuera rechazada o aceptada por todos los españoles. Como así fue.
Gabriel Cisneros, Manuel Fraga, Miguel Herrero de Miñón, Gregorio Peces Barba, José Pérez Llorca y Miquel Roca se reunieron, en Gredos, 25 años después para decir que seguían creyendo en ella y proclamaron que solamente desde un espíritu generoso, como el que la gestó, se deberían cambiar aquellas reglas de juego que nos dimos los españoles. Doy por descartado que en aquella afirmación estaba incluído el preámbulo con el que hoy he iniciado este artículo.
Que el lector no se inquiete ya que no es mi intención repasar una historia que, en mayor o menor medida, los españoles ya saben de qué ha ido, desde que Suárez nos llevara de la mano y nos convenciera de que podíamos votar a quien quisiéramos y de que los comunistas no tenían cuernos ni rabo, hasta que Zapatero nos prometió 400 euros que todos los contribuyentes tenemos mentalmente ya gastados y esperamos como el primer aguinaldo democrático que se recuerda en la historia de la audacia política.
Hoy he tirado de la Carta Magna cuando he repasado los recortes de prensa que ha generado el asunto del agua, esa que casi no nos llega a los habitantes de Barcelona. Se trata de una de esas sencillas pero complejas cuestiones a las que me refería en mi artículo de la pasada semana y que el lector puede aún leer si maneja adecuadamente su ratón cuando haya acabado éste.
Veo también que el alboroto político ha crecido -Montilla invocaba hace días en la portada de El País que Cataluña necesita agua porque es España- de la misma manera que no amaina la tormenta que paraliza nuestra justicia desde febrero, desde que los sueldos, como los ríos, van más llenos en unos territorios autonómicos que en otros y la huelga presagia en convertirse en un ejemplo para otros colectivos que no quitan ojo a los agravios comparativos.
El asunto se puede complicar, lo mismo que si los tribunales se prodigan en sentencias que liberan del estudio escolar de materias controvertidas o tienen que aumentar su lista de temas pendientes con peticiones de amparo de quienes rotulan en su propia lengua, a no ser que sean chinos o ingleses que abran restaurantes, un "pub" o un "outlet".
Al repasar nuestro preámbulo me he sentido orgulloso de pertenecer a una generación de españoles que ha hecho posible que sus compromisos se hayan cumplido en líneas generales, sobre todo al recordar el escenario en el que se escribieron, cuarenta y dos años después del inicio de una Guerra Civil y tres después del final de una dictadura. Creo que España es un gran país y los españoles unos paisanos bastante presentables, dándole a lo de “bastante” al valor de su significado en el diccionario, sin dobleces.
He leído en ocasiones la Constitución, menos de las debidas desde que fue aprobada, pero sí especialmente mientras esta “joven” de 30 años sobre la que juran desde el Rey al último soldado, nacía entre las líneas de mis compañeros que escribían crónicas parlamentarias. Pero nunca me había detenido en aquello de “colaborar en el fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la Tierra”.
Fruto de aquel voluntarismo muy poco concreto es la presencia de España, puertas afuera, cuando así lo requiere la ocasión o las alianzas o las simpatías de quien gobierne en cada momento. Estamos en Kosovo, Líbano, Afganistán, hemos estado en Irak y siempre tenemos a una brigadilla de la Guardia Civil dispuesta para poner un poco de orden, aunque sea sin tricornio ni capa.
Y aquí, ¿qué?
¿Pertenecen los aragoneses, los madrileños, los catalanes, los andaluces, los gallegos, asturianos, cántabros, manchegos, castellanos, riojanos, murcianos, canarios, baleares, valencianos, extremeños, ceutíes y melillenses a esa universalidad de todos los pueblos de la Tierra?
¿Si?
Pues déjenme que vuelva al preámbulo de nuestra Constitución para dar rienda suelta a mi escepticismo. “Promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida”. Pienso que, como ocurre en la vida más sencilla pero compleja, lo que decía el preámbulo de la Constitución duerme en nuestra historia como muchas otras obligaciones que nuestros legisladores aprobaron creyendo que habían dado, por fin, con la piedra filosofal de la convivencia.
Me asalta un pensamiento: o somos una manada de ilusos o somos unos irresponsables. Yo no sé con que opción quedarme cuando escucho -o leo- lo que nuestros hombres prometen, denuncian, se enfrentan o diseñan, ante la frágil memoria de los ciudadanos, actitudes, proclamas o futuros de relumbrón.¡Todo es igual!, ¡Nada es mejor!, decía no hace mucho evocando el desgarrador tango Cambalache .
El preámbulo de la Constitución da paso a los derechos y deberes de los españoles y define, también, la estructura de España, un lugar que está ahí y en donde hay que “Proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones.”
Propongo –como hacemos el Día del Libro, efeméride del nacimiento de Cervantes- que todos leamos un párrafo de la Constitución en el puente de la Inmaculada, una fecha sin la que, a lo mejor, la celebración de la aprobación de nuestra Carta Magna no tendría mayor relieve que la de Santo Tomás de Aquino, patrón de los estudiantes.
Está ahí, aburrida y muy posiblemente rendida ante las múltiples contradicciones que se podrían resolver si las filias y las fobias de este país la tuvieran un poco más en cuenta y aplicáramos, entre nosotros, una solidaridad parecida a la que proyectamos –y muy bien por cierto- hacia países lejanos.
Demasiado sencillo. Demasiado complejo.
Javier Zuloaga
jueves, 27 de marzo de 2008
LA COMPLEJIDAD DE LAS COSAS SENCILLAS
Hace muy pocos días, mi mujer y yo visitamos a unos buenos amigos en Santa Coloma de Farners, la capital de La Selva, en Girona. Como ya ocurre en toda la geografía del Principado, de una casa pairal que fue bombardeada durante la Guerra Civil ha renacido ahora una masía en la que conviven el ladrillo centenario de sus bovedillas, muros de más de un metro y todas las comodidades que, muchos años atrás, eran exclusivas de los pisos del Ensanche barcelonés.
Como son de allí, dedican una buena parte de su terreno a la huerta y el corral, en donde los abuelos pasan muchas horas trabajando. Pero lo hacen no como se enseña en los coleccionables editados para hacer de un urbanita un hortelano de fin de semana que quiere descubrir la grandiosidad de una cebolla o de un rábano, sino como les enseñaron sus antepasados.
Y miran al agua como lo que realmente es: lo más valioso para casi todas las modalidades de agricultura y por ello han construido un aljibe de aguas pluviales y guardan en otros situados en la cota más alta del lugar, el agua que, gota a gota, hará que la zanahoria sea igual que si se hubiera tragado cientos de litros en el riego por inundación.
¡Pero mira que es sencillo! me dije al volver a casa y pensar si lo de nuestra pertinaz sequía no pasaría a mejor vida si lo visto en Santa Coloma fuera común a la agricultura de toda España. Si a la lógica de las cosas simples se le pudiera aplicar aquello de la masa crítica o de la economía de escala y lo del huerto y el hortelano valiera para los grandes prohombres y mujeres que llegan a ser ministros de Agricultura, Fomento o Medio Ambiente.
Si así fuera –si los gobernantes bajaran a la evidencia de las cosas más pequeñas- el Tribunal de las Aguas de Valencia, caso de no desaparecer, dirimiría únicamente la picaresca del hortelano que habría sustraído al vecino 200 gotas más de lo que le correspondería en ese reparto racional de un bien escaso y en algunos lugares inexistente.
Tal vez esta forma de hacer las cosas serviría para paliar la gran chapuza que hace poco publicaba la prensa catalana, que explicaba como cada día se pierden 11 millones de litros de agua en al acueducto de Cardedeu, al norte de Barelona. En total, 4.000 millones de litros al año. Esa pérdida, junto con otras menos espectaculares, equivalen al consumo que realizan, como media, 2.000 habitantes de la zona
http://www.lavanguardia.es/lv24h/20080228/53440643054.html
El recuerdo de la crónica anterior me ha llevado a pensar que asistimos a una mezcla de inoperancia, impericia y falta de profesionalidad de nuestros administradores públicos. Y no me refiero sólo a los del caso de Cardedeu, sino en general a todos quienes han tenido la oportunidad de llevar a cabo –y no lo han hecho- una política hídrica consistente y con miras al largo plazo.
Se dice al ciudadano que consuma menos y se le regala, con el dominical del diario que lee, un filtro para que el chorro del agua de su cocina o de su lavabo arroje la mitad de agua que la habitual y se llega a aconsejar que no se vacíe la cisterna del inodoro más que una vez cada noche si su uso es únicamente para atender a necesidades menores. Se mentaliza al contribuyente o, dicho de otra manera, se le traslada una responsabilidad que no es suya precisamente porque es el pagano de los impuestos que alimentan la gran maquinaria administrativa de la que ya debían haber salido soluciones a la escasez o el despilfarro del agua porque se nos pierde por el camino.
Se apaga el fuego dirigiendo la manguera a la llamas y no a su raiz. ¿Por qué lo sencillo es tan complejo?, me preguntaba cuando, regresando a Barcelona, pasaba bajo uno de los puentes por los que circulará el Ave cuando comunique a la capital catalana con la frontera francesa. “Zuloaga, mira que maravilla de la ingeniería, ¡que progreso!” pensaba sin quitarme de la cabeza que lo técnicamente más complejo, la alta velocidad, la banca “on line”, la administración electrónica, el ocio de las consolas electrónicas, hacen que lo que apenas tiene meses haya sido superado por nuevos avances… en casi todo, pero no en lo del agua, cuyo aprovechamiento ha dado solo tímidos pasos desde que la noria comenzara a girar o los árabes nos dejaran sus maravillosas acequias, muchas de ellas en mejor estado de conservación que las de los tiempos recientes.
No me atrevo a entrar en disyuntivas de transvases que no valen para el Ebro y sí para el Segre o si hay más soberanía que pragmatismo en comprar el agua del Ródano a los franceses. Me quedo con la evidencia de que no se ha hecho nada y de que, cuando no llueve, la incompetencia pública queda al descubierto, como la emergida parroquia de Sau.
Y mientras, las preguntas parlamentarias sacan a flote “goteos” de subvenciones a actividades cuya existencia no pongo en duda, aunque sí su necesidad y urgencia real. Cuando vivía en Mallorca, el Consell Insular era conocido como “la repartidora” por prodigarse en la generosidad a iniciativas particulares, tirando para ello de los cuartos de los presupuestos que llegaban de los dineros ciudadanos.
http://www.abc.es/20080327/nacional-nacional/tripartito-encargo-informes-personas_200803270256.html
Nos escandalizamos de lo que leemos y oímos, con razón, sobre la discrecionalidad del gobernante que no sabe distinguir el límite de lo razonable. De cómo se convocan concursos de agencias de imagen para mejorar la percepción pública de una institución o un departamento concreto, de la chirriante coincidencia de una edil de un ayuntamiento a la que se le encarga un informe sobre el patrimonio del municipio o de un candidato de una lista que recibe dineros para un proyecto, que si es realmente bueno, debería contar con una buena financiación bancaria, como hacen la mayoría de las personas emprendedoras de este país.
¿Se gastan bien los dineros públicos?. Pues yo creo que no, pero seguramente el asunto, por ser tan evidentemente sencillo, es complejo.
Javier Zuloaga
Como son de allí, dedican una buena parte de su terreno a la huerta y el corral, en donde los abuelos pasan muchas horas trabajando. Pero lo hacen no como se enseña en los coleccionables editados para hacer de un urbanita un hortelano de fin de semana que quiere descubrir la grandiosidad de una cebolla o de un rábano, sino como les enseñaron sus antepasados.
Y miran al agua como lo que realmente es: lo más valioso para casi todas las modalidades de agricultura y por ello han construido un aljibe de aguas pluviales y guardan en otros situados en la cota más alta del lugar, el agua que, gota a gota, hará que la zanahoria sea igual que si se hubiera tragado cientos de litros en el riego por inundación.
¡Pero mira que es sencillo! me dije al volver a casa y pensar si lo de nuestra pertinaz sequía no pasaría a mejor vida si lo visto en Santa Coloma fuera común a la agricultura de toda España. Si a la lógica de las cosas simples se le pudiera aplicar aquello de la masa crítica o de la economía de escala y lo del huerto y el hortelano valiera para los grandes prohombres y mujeres que llegan a ser ministros de Agricultura, Fomento o Medio Ambiente.
Si así fuera –si los gobernantes bajaran a la evidencia de las cosas más pequeñas- el Tribunal de las Aguas de Valencia, caso de no desaparecer, dirimiría únicamente la picaresca del hortelano que habría sustraído al vecino 200 gotas más de lo que le correspondería en ese reparto racional de un bien escaso y en algunos lugares inexistente.
Tal vez esta forma de hacer las cosas serviría para paliar la gran chapuza que hace poco publicaba la prensa catalana, que explicaba como cada día se pierden 11 millones de litros de agua en al acueducto de Cardedeu, al norte de Barelona. En total, 4.000 millones de litros al año. Esa pérdida, junto con otras menos espectaculares, equivalen al consumo que realizan, como media, 2.000 habitantes de la zona
http://www.lavanguardia.es/lv24h/20080228/53440643054.html
El recuerdo de la crónica anterior me ha llevado a pensar que asistimos a una mezcla de inoperancia, impericia y falta de profesionalidad de nuestros administradores públicos. Y no me refiero sólo a los del caso de Cardedeu, sino en general a todos quienes han tenido la oportunidad de llevar a cabo –y no lo han hecho- una política hídrica consistente y con miras al largo plazo.
Se dice al ciudadano que consuma menos y se le regala, con el dominical del diario que lee, un filtro para que el chorro del agua de su cocina o de su lavabo arroje la mitad de agua que la habitual y se llega a aconsejar que no se vacíe la cisterna del inodoro más que una vez cada noche si su uso es únicamente para atender a necesidades menores. Se mentaliza al contribuyente o, dicho de otra manera, se le traslada una responsabilidad que no es suya precisamente porque es el pagano de los impuestos que alimentan la gran maquinaria administrativa de la que ya debían haber salido soluciones a la escasez o el despilfarro del agua porque se nos pierde por el camino.
Se apaga el fuego dirigiendo la manguera a la llamas y no a su raiz. ¿Por qué lo sencillo es tan complejo?, me preguntaba cuando, regresando a Barcelona, pasaba bajo uno de los puentes por los que circulará el Ave cuando comunique a la capital catalana con la frontera francesa. “Zuloaga, mira que maravilla de la ingeniería, ¡que progreso!” pensaba sin quitarme de la cabeza que lo técnicamente más complejo, la alta velocidad, la banca “on line”, la administración electrónica, el ocio de las consolas electrónicas, hacen que lo que apenas tiene meses haya sido superado por nuevos avances… en casi todo, pero no en lo del agua, cuyo aprovechamiento ha dado solo tímidos pasos desde que la noria comenzara a girar o los árabes nos dejaran sus maravillosas acequias, muchas de ellas en mejor estado de conservación que las de los tiempos recientes.
No me atrevo a entrar en disyuntivas de transvases que no valen para el Ebro y sí para el Segre o si hay más soberanía que pragmatismo en comprar el agua del Ródano a los franceses. Me quedo con la evidencia de que no se ha hecho nada y de que, cuando no llueve, la incompetencia pública queda al descubierto, como la emergida parroquia de Sau.
Y mientras, las preguntas parlamentarias sacan a flote “goteos” de subvenciones a actividades cuya existencia no pongo en duda, aunque sí su necesidad y urgencia real. Cuando vivía en Mallorca, el Consell Insular era conocido como “la repartidora” por prodigarse en la generosidad a iniciativas particulares, tirando para ello de los cuartos de los presupuestos que llegaban de los dineros ciudadanos.
http://www.abc.es/20080327/nacional-nacional/tripartito-encargo-informes-personas_200803270256.html
Nos escandalizamos de lo que leemos y oímos, con razón, sobre la discrecionalidad del gobernante que no sabe distinguir el límite de lo razonable. De cómo se convocan concursos de agencias de imagen para mejorar la percepción pública de una institución o un departamento concreto, de la chirriante coincidencia de una edil de un ayuntamiento a la que se le encarga un informe sobre el patrimonio del municipio o de un candidato de una lista que recibe dineros para un proyecto, que si es realmente bueno, debería contar con una buena financiación bancaria, como hacen la mayoría de las personas emprendedoras de este país.
¿Se gastan bien los dineros públicos?. Pues yo creo que no, pero seguramente el asunto, por ser tan evidentemente sencillo, es complejo.
Javier Zuloaga
miércoles, 19 de marzo de 2008
LA CURIOSIDAD Y LOS CONFLICTOS
Nos lo decían nuestras abuelas, que nunca es tarde para aprender. Me refiero, con este recuerdo, al descubrimiento de cosas nuevas, a alimentar la curiosidad personal a través de lectura o el estudio de asuntos desconocidos que están esperando en las estanterías de las bibliotecas o en los lugares de Internet en los que se acumulan incontables historias, brillantes ensayos o lecciones magistrales de profesores.
Hace un año di unas charlas a bisoños estudiantes de periodismo y les hablaba de la importancia de abrirse a todas las materias del conocimiento que estén al alcance de la formación básica de cada uno y les insistía machaconamente en la importancia de ejercer la curiosidad. Todos los grandes hombres de la ciencia, los historiadores, los buenos políticos, los grandes viajeros y por supuesto los buenos periodistas han sido siempre curiosos. Y si no lo han sido, pues carecían de esa condición profesional o aventurera que tuvieron Marco Polo, Colón, Menéndez Pidal, Kennedy o Woodward y Bernstein, los reporteros que tumbaron al presidente Nixon, por hablar solo de unos pocos casos ejemplares.
Me miraban perplejos, posiblemente porque en su programa académico no figuraba ninguna asignatura con ese nombre, Curiosidad y si abundantes y aburridas materias sobre el camino que recorre de forma intangible el mensaje periodístico desde el emisor hasta quien lo recibe, lo que yo me he atrevido a llamar metafísica periodística. En los planes de estudio no se incluye la lectura diaria de periódicos y dudo que muchos de los profesores que acuden a las facultades de periodismo hayan comprobado en los diarios qué ocurre por el mundo, antes de empezar sus clases.
La curiosidad –discúlpenme la audacia- es una parte muy importante de la conciencia humana. ¿Se puede ser un buen padre sin sentir curiosa preocupación por saber lo que hacen los hijos?; ¿Es un buen ejecutivo aquel que no toma el pulso a las inquietudes de sus empleados?; ¿Qué no conoce de que pie cojea su organización?; ¿No hay desamor cuando, en una pareja, una de las partes, o las dos, dejan de sentir curiosidad por lo que piensa o siente la otra sobre las cosas más corrientes o las más trascendentales?.
Si me apuran y tuviéramos que elegir sólo entre extremos, creo que es mejor ser cotilla que pasota, porque al fin y al cabo los primeros meten sus narices en algún sitio, aunque nadie les haya llamado a hacerlo, mientras que los segundos son las amebas de nuestra sociedad, los del yo paso, tronco o a mi eso me la suda, no pasan de ser parte de inventario o del paisaje, como el mobiliario urbano al que muchas veces agraden con sus sprays porque las farolas y los bancos de la calle no se pueden defender.
Lo dicho, hay que ser curioso, porque si no es así será como si nos estuviéramos alejando cada vez más de la vida real.
Y si no que se lo digan a Nicolás Sarkozy, aún con resaca por la derrota en las municipales francesas, debido, según sentir general de los especialistas en cuestiones galas, a su errático e impopular protagonismo personal, que ha decidido bajar del pedestal de la grandeur al Presidente de Francia para llevarlo a las revistas de las salas de espera de las peluquerías y los dentistas.
http://www.abc.es/20080318/internacional-europa/sarkozy-ficha-ciberespia_200803182246.html
Sarkozy, buscando culpables, ha decidido contratar a un experto para que busque en Internet todo aquello que se refiera a él, especialmente si tiene tintes críticos. Dice la crónica de ABC que el detonante, la raiz de la incursión presidencial en la Red, está en la difusión que Youtube hizo de aquel “pobre idiota” que el Presidente dedicó a un ciudadano que no quiso corresponder a su saludo.
Y como la curiosidad también abunda en Francia, la iniciativa presidencial está dando de comer a los amigos de la información con cierto picante, la que sin duda gusta más a los lectores hartos de escuchar cada mañana y cada noche las mismas noticias en todos los medios. “Le Figaro”, nada sospechoso por su orientación derechista, no puede ser más irónico al afirmar que Nicolás Sarkozy puede acabar en millones de blogs y que su iniciativa, más que ser bálsamo de su impopularidad, puede convertirle en estrella de la Red.
Lo ocurrido me permite traer a este espacio algunos comentarios que me he hecho tras “descubrir” que existían materias de estudio que desconocía. Estudiante tardío o reciclado, el hecho es que tengo entre mis manos el libro “Conflictología” de Eduard Vinyamata, del que soy alumno en el master Sociedad de la Información y el Conocimiento de la UOC (Universitat Oberta de Catalunya). Son poco más 200 páginas que les recomiendo y que pueden encontrar en las librerías. Editorial Ariel.
Vinyamata señala que las sociedades dedican tanto tiempo a producir y crear riqueza como a encontrar respuestas a los conflictos, aunque éstas no sean siempre las más adecuadas e incluso, contraproducentes. Resolver un conflicto –dice- es encontrar soluciones a las causas que lo motivaron, no la represión, el camuflaje o el retraso en su aparición.
Y se lamenta el autor sobre la paradoja de que la política se haya convertido en un lugar de discordia y no de concordia, que los ejércitos no evitan las guerras sino que las provocan, que la justicia puede acabar imponiendo la injusticia social “El conflicto en su sentido más amplio –dice-es aquel que engloba guerras, disputas, y crisis” y considera una “falacia y un engaño” la aplicación tanto de que el fin justifica los medios, como la de que éstos justifican los fines.
Es brillante todo lo que dice en torno a la violencia. No siempre se ejerce violencia a través de la fuerza. La denegación de auxilio a un accidentado; el protagonismo, discreto pero efectivo, de la mujer -¡Ay Sarkozy!- en la historia de las guerras;la mentira, el engaño, la falacia y la tergiversación, que pueden llegar a destruir a una persona tanto física como psicológicamente; los enfrentamientos familiares o entre compañeros de trabajo; el estrés continuado como generador de violencia final…etc.
“Las pequeñas pero crueles guerras cotidianas entre familiares, compañeros de trabajo o de ideología…..no son tan diferentes de las guerras nacionales”, sentencia Vinyamata que evoca a Darwin cuando en "El origen de las especies" justificó la violencia como parte de la lucha para la supervivencia.
El miedo, en un sentido amplio, es un protagonista de primera línea para el autor. Miedo a los otros en la lucha para sobrevivir, a no cubrir las necesidades, a perder lo que tenemos, tanto física como emocionalmente. “El miedo a perder el poder –dice- contribuye a desarrollar una agresividad sin límites. Veamos, si no, los comportamientos tremendamente violentos que se ejercen desde las cimas del poder. Las guerras las hacen los estados poderosos, no los débiles”
El estrés está en el centro del problema de los conflictos personales, por las formas de vida que la sociedad ha impuesto, por los valores que rigen los comportamientos, por la exigencia profesional y por las dificultades para adaptarse al cambio permanente, entre otras razones. El estrés, si no se controla –dice Vinyamata- lleva a la destrucción. Tanto es así que tres premios Nóbel, Guillemin, Krebs y Pauling, fueron premiados por sus esfuerzos en el estudio de este gran problema..
El profesor catalán define la verdad como la suma de todas las percepciones que intervienen en un determinado momento y adjudica, al miedo a ser dominados por otros, buena parte de las controversias y conflictos y disiente acerca de ese sobrentendido de que en todo conflicto siempre hay alguien que tiene que perder. “Los problemas pueden resolverse mejor compartiendo que repartiendo”.
Los conflictos, dice, duermen en la naturaleza de las personas. A nivel individual cuando nos enfrentamos al infortunio o la enfermedad; en pareja en los largos periodos de sufrimiento durante procesos de divorcio, que al autor apunta que se deben, entre otras razones, a conflictos pasados que han sido mal resueltos y que transforman los lazos afectivos en odio.
Resolución de conflictos, nos cuenta Vinyamata, es ya una asignatura en las escuelas norteamericanas y su razonamiento en la misma vida escolar, facilita la comprensión de los conflictos con que estos estudiantes se encontrarán al integrarse en la sociedad adulta. “Aprender como la tolerancia no es un concepto teórico, sino que se basa en la apreciación de la diferencia como algo positivo y enriquecedor”.
Decía Einstein que un problema sin solución es un problema mal planteado. Aplica el autor este axioma proponiendo un cambio en el ángulo de percepción y “consultar con la almohada” , sin duda uno de los mejores ejemplos de la lengua castellana para ilustrar y animar a recapacitar a quienes dudan sobre algo. “Después de unas horas de sueño reparador –dice Vinyamata- los problemas continuarán exactamente donde los hemos dejado, sin embargo nuestra manera de observarlos, de comprenderlos y de imaginar soluciones puede ser totalmente distinta y decididamente positiva e imaginativa.”. Lástima que no se edite esta obra en francés. Yo se la enviaría a Sarkozy.
Buenas vacaciones
Javier Zuloaga
Hace un año di unas charlas a bisoños estudiantes de periodismo y les hablaba de la importancia de abrirse a todas las materias del conocimiento que estén al alcance de la formación básica de cada uno y les insistía machaconamente en la importancia de ejercer la curiosidad. Todos los grandes hombres de la ciencia, los historiadores, los buenos políticos, los grandes viajeros y por supuesto los buenos periodistas han sido siempre curiosos. Y si no lo han sido, pues carecían de esa condición profesional o aventurera que tuvieron Marco Polo, Colón, Menéndez Pidal, Kennedy o Woodward y Bernstein, los reporteros que tumbaron al presidente Nixon, por hablar solo de unos pocos casos ejemplares.
Me miraban perplejos, posiblemente porque en su programa académico no figuraba ninguna asignatura con ese nombre, Curiosidad y si abundantes y aburridas materias sobre el camino que recorre de forma intangible el mensaje periodístico desde el emisor hasta quien lo recibe, lo que yo me he atrevido a llamar metafísica periodística. En los planes de estudio no se incluye la lectura diaria de periódicos y dudo que muchos de los profesores que acuden a las facultades de periodismo hayan comprobado en los diarios qué ocurre por el mundo, antes de empezar sus clases.
La curiosidad –discúlpenme la audacia- es una parte muy importante de la conciencia humana. ¿Se puede ser un buen padre sin sentir curiosa preocupación por saber lo que hacen los hijos?; ¿Es un buen ejecutivo aquel que no toma el pulso a las inquietudes de sus empleados?; ¿Qué no conoce de que pie cojea su organización?; ¿No hay desamor cuando, en una pareja, una de las partes, o las dos, dejan de sentir curiosidad por lo que piensa o siente la otra sobre las cosas más corrientes o las más trascendentales?.
Si me apuran y tuviéramos que elegir sólo entre extremos, creo que es mejor ser cotilla que pasota, porque al fin y al cabo los primeros meten sus narices en algún sitio, aunque nadie les haya llamado a hacerlo, mientras que los segundos son las amebas de nuestra sociedad, los del yo paso, tronco o a mi eso me la suda, no pasan de ser parte de inventario o del paisaje, como el mobiliario urbano al que muchas veces agraden con sus sprays porque las farolas y los bancos de la calle no se pueden defender.
Lo dicho, hay que ser curioso, porque si no es así será como si nos estuviéramos alejando cada vez más de la vida real.
Y si no que se lo digan a Nicolás Sarkozy, aún con resaca por la derrota en las municipales francesas, debido, según sentir general de los especialistas en cuestiones galas, a su errático e impopular protagonismo personal, que ha decidido bajar del pedestal de la grandeur al Presidente de Francia para llevarlo a las revistas de las salas de espera de las peluquerías y los dentistas.
http://www.abc.es/20080318/internacional-europa/sarkozy-ficha-ciberespia_200803182246.html
Sarkozy, buscando culpables, ha decidido contratar a un experto para que busque en Internet todo aquello que se refiera a él, especialmente si tiene tintes críticos. Dice la crónica de ABC que el detonante, la raiz de la incursión presidencial en la Red, está en la difusión que Youtube hizo de aquel “pobre idiota” que el Presidente dedicó a un ciudadano que no quiso corresponder a su saludo.
Y como la curiosidad también abunda en Francia, la iniciativa presidencial está dando de comer a los amigos de la información con cierto picante, la que sin duda gusta más a los lectores hartos de escuchar cada mañana y cada noche las mismas noticias en todos los medios. “Le Figaro”, nada sospechoso por su orientación derechista, no puede ser más irónico al afirmar que Nicolás Sarkozy puede acabar en millones de blogs y que su iniciativa, más que ser bálsamo de su impopularidad, puede convertirle en estrella de la Red.
Lo ocurrido me permite traer a este espacio algunos comentarios que me he hecho tras “descubrir” que existían materias de estudio que desconocía. Estudiante tardío o reciclado, el hecho es que tengo entre mis manos el libro “Conflictología” de Eduard Vinyamata, del que soy alumno en el master Sociedad de la Información y el Conocimiento de la UOC (Universitat Oberta de Catalunya). Son poco más 200 páginas que les recomiendo y que pueden encontrar en las librerías. Editorial Ariel.
Vinyamata señala que las sociedades dedican tanto tiempo a producir y crear riqueza como a encontrar respuestas a los conflictos, aunque éstas no sean siempre las más adecuadas e incluso, contraproducentes. Resolver un conflicto –dice- es encontrar soluciones a las causas que lo motivaron, no la represión, el camuflaje o el retraso en su aparición.
Y se lamenta el autor sobre la paradoja de que la política se haya convertido en un lugar de discordia y no de concordia, que los ejércitos no evitan las guerras sino que las provocan, que la justicia puede acabar imponiendo la injusticia social “El conflicto en su sentido más amplio –dice-es aquel que engloba guerras, disputas, y crisis” y considera una “falacia y un engaño” la aplicación tanto de que el fin justifica los medios, como la de que éstos justifican los fines.
Es brillante todo lo que dice en torno a la violencia. No siempre se ejerce violencia a través de la fuerza. La denegación de auxilio a un accidentado; el protagonismo, discreto pero efectivo, de la mujer -¡Ay Sarkozy!- en la historia de las guerras;la mentira, el engaño, la falacia y la tergiversación, que pueden llegar a destruir a una persona tanto física como psicológicamente; los enfrentamientos familiares o entre compañeros de trabajo; el estrés continuado como generador de violencia final…etc.
“Las pequeñas pero crueles guerras cotidianas entre familiares, compañeros de trabajo o de ideología…..no son tan diferentes de las guerras nacionales”, sentencia Vinyamata que evoca a Darwin cuando en "El origen de las especies" justificó la violencia como parte de la lucha para la supervivencia.
El miedo, en un sentido amplio, es un protagonista de primera línea para el autor. Miedo a los otros en la lucha para sobrevivir, a no cubrir las necesidades, a perder lo que tenemos, tanto física como emocionalmente. “El miedo a perder el poder –dice- contribuye a desarrollar una agresividad sin límites. Veamos, si no, los comportamientos tremendamente violentos que se ejercen desde las cimas del poder. Las guerras las hacen los estados poderosos, no los débiles”
El estrés está en el centro del problema de los conflictos personales, por las formas de vida que la sociedad ha impuesto, por los valores que rigen los comportamientos, por la exigencia profesional y por las dificultades para adaptarse al cambio permanente, entre otras razones. El estrés, si no se controla –dice Vinyamata- lleva a la destrucción. Tanto es así que tres premios Nóbel, Guillemin, Krebs y Pauling, fueron premiados por sus esfuerzos en el estudio de este gran problema..
El profesor catalán define la verdad como la suma de todas las percepciones que intervienen en un determinado momento y adjudica, al miedo a ser dominados por otros, buena parte de las controversias y conflictos y disiente acerca de ese sobrentendido de que en todo conflicto siempre hay alguien que tiene que perder. “Los problemas pueden resolverse mejor compartiendo que repartiendo”.
Los conflictos, dice, duermen en la naturaleza de las personas. A nivel individual cuando nos enfrentamos al infortunio o la enfermedad; en pareja en los largos periodos de sufrimiento durante procesos de divorcio, que al autor apunta que se deben, entre otras razones, a conflictos pasados que han sido mal resueltos y que transforman los lazos afectivos en odio.
Resolución de conflictos, nos cuenta Vinyamata, es ya una asignatura en las escuelas norteamericanas y su razonamiento en la misma vida escolar, facilita la comprensión de los conflictos con que estos estudiantes se encontrarán al integrarse en la sociedad adulta. “Aprender como la tolerancia no es un concepto teórico, sino que se basa en la apreciación de la diferencia como algo positivo y enriquecedor”.
Decía Einstein que un problema sin solución es un problema mal planteado. Aplica el autor este axioma proponiendo un cambio en el ángulo de percepción y “consultar con la almohada” , sin duda uno de los mejores ejemplos de la lengua castellana para ilustrar y animar a recapacitar a quienes dudan sobre algo. “Después de unas horas de sueño reparador –dice Vinyamata- los problemas continuarán exactamente donde los hemos dejado, sin embargo nuestra manera de observarlos, de comprenderlos y de imaginar soluciones puede ser totalmente distinta y decididamente positiva e imaginativa.”. Lástima que no se edite esta obra en francés. Yo se la enviaría a Sarkozy.
Buenas vacaciones
Javier Zuloaga
miércoles, 12 de marzo de 2008
KIKI´S CORNER
En plena resaca política hay noticias que son como un soplo de aire fresco. Es como si la vida volviera a las cosas comunes y los diarios se quitaran el corsé de hablar de la campaña todos los días, de buscar la frase contradictoria o aquella foto en la que el líder apenas sujeta los ojos en sus órbitas y parece más un pájaro, un búho, que una persona.
Es cuando las cosas vuelven a su ser, cuando toma relevancia que el gasoil cueste más que la gasolina, los informativos se rinden ante la altura de las olas que destrozan la barandas del paseo marítimo de la Concha, en San Sebastián o seguimos empeñados en no querer ver que si el aeropuerto de Barcelona tiene cada vez menos vuelos internacionales es sobre todo porque las cuentas no salen en quienes pagan los derechos de aterrizaje, estancia y un combustible que vale ya más que le leche pasteurizada.
Y además la actualidad nos sorprende con noticias sabrosas para el comentario, como la que ayer publicaba “El País” sobre la decisión del ayuntamiento de Amsterdam de permitir las relaciones sexuales en sus jardines más populares cuando la noche se echa encima.
Noticia:
http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Sexo/libre/parque/elpepisoc/20080312elpepisoc_8/Tes
Los holandeses fueron pioneros en legalizar los porros, en sacar a las prostitutas de las esquinas para meterlas dentro de los escaparates y ahora se proponen –la iniciativa es de un edil de un partido ecologista- convertir los recovecos del parque Vondel en lugares de retoce y esparcimiento sexual nocturno de vecinos y visitantes. Lo quieren todo dentro de un orden, en lugares alejados del mobiliario infantil, con aseo y con el aviso de que a los más ruidosos se les podrá echar. “No se trata sólo de sexo –dice el consitorio-las normas afectarán a todos los usuarios del Vondel. Los que dejen al perro suelto molestando a los ciclistas o a los niños, tendrán que atenerse a las sanciones pertinentes”.
Así que yo lo saben los dueños de perros y aquellas parejas, sea cual sea su condición o modalidad: de ruidos nada.
La capital quiere regularizar los kikis on the grass, los mismos que, de acuerdo con las ordenanzas de las mayoría de los municipios españoles, puede acarrear multas a los desfogados infractores si son pillados in fraganti por un agente del orden.
Será como fumar -¿se puede fumar en los parques holandeses?- como pasear al perro o ir al tobogán con tu hijo para agarrarle del brazo antes de que se estampe contra el suelo. En el parque, menos agredir y robar, se podrá hacer casi todo, aunque en franjas horarias limitadas dentro de un auténtico alarde de optimización de los espacios públicos por parte de los inventores del queso de bola.
De lo que sí que estoy seguro es de que la experiencia ultraliberal de Holanda, el país en el que combatieron los españoles, el de la rendición de Breda inmortalizada por Velázquez, generará mimetismos en otros lugares, de la misma manera que ocurrió con el cannabis , que en algunas ocasiones se nos ha presentado como gran remedio para algunas enfermedades.
No creo que la excusa valga para el caso que hoy nos ocupa, pero lo de Holanda es una buena bandera para elevar aún más el nivel de ostentación pública que, por lo que a sexo se refiere, vivimos en los últimos años en cualquiera de las calles de nuestras ciudades.
Hace una treintena de años se oía en las emisoras musicales aquella canción que decía lo de “Qué bonito es hacer el amor en un Simca 1000” y algunas marcas de coches anunciaban un nuevo modelo poniendo a prueba los amortiguadores con movimientos rítmicos que hacían imaginar los contoneos pélvicos de sus ocupantes. Todo aquello, folklórico o sutil, resultaba impropio para los padres de los que nacimos en los años 50 y que ahora, simplemente, no acabarían de creerse que en los parques holandeses, como en los españoles ocurre con los espacios pipi-can , se acotarían, allá por el año 2008, los kiki corners.
¿Quién dijo que ya lo habíamos visto todo?
Javier Zuloaga
Es cuando las cosas vuelven a su ser, cuando toma relevancia que el gasoil cueste más que la gasolina, los informativos se rinden ante la altura de las olas que destrozan la barandas del paseo marítimo de la Concha, en San Sebastián o seguimos empeñados en no querer ver que si el aeropuerto de Barcelona tiene cada vez menos vuelos internacionales es sobre todo porque las cuentas no salen en quienes pagan los derechos de aterrizaje, estancia y un combustible que vale ya más que le leche pasteurizada.
Y además la actualidad nos sorprende con noticias sabrosas para el comentario, como la que ayer publicaba “El País” sobre la decisión del ayuntamiento de Amsterdam de permitir las relaciones sexuales en sus jardines más populares cuando la noche se echa encima.
Noticia:
http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Sexo/libre/parque/elpepisoc/20080312elpepisoc_8/Tes
Los holandeses fueron pioneros en legalizar los porros, en sacar a las prostitutas de las esquinas para meterlas dentro de los escaparates y ahora se proponen –la iniciativa es de un edil de un partido ecologista- convertir los recovecos del parque Vondel en lugares de retoce y esparcimiento sexual nocturno de vecinos y visitantes. Lo quieren todo dentro de un orden, en lugares alejados del mobiliario infantil, con aseo y con el aviso de que a los más ruidosos se les podrá echar. “No se trata sólo de sexo –dice el consitorio-las normas afectarán a todos los usuarios del Vondel. Los que dejen al perro suelto molestando a los ciclistas o a los niños, tendrán que atenerse a las sanciones pertinentes”.
Así que yo lo saben los dueños de perros y aquellas parejas, sea cual sea su condición o modalidad: de ruidos nada.
La capital quiere regularizar los kikis on the grass, los mismos que, de acuerdo con las ordenanzas de las mayoría de los municipios españoles, puede acarrear multas a los desfogados infractores si son pillados in fraganti por un agente del orden.
Será como fumar -¿se puede fumar en los parques holandeses?- como pasear al perro o ir al tobogán con tu hijo para agarrarle del brazo antes de que se estampe contra el suelo. En el parque, menos agredir y robar, se podrá hacer casi todo, aunque en franjas horarias limitadas dentro de un auténtico alarde de optimización de los espacios públicos por parte de los inventores del queso de bola.
De lo que sí que estoy seguro es de que la experiencia ultraliberal de Holanda, el país en el que combatieron los españoles, el de la rendición de Breda inmortalizada por Velázquez, generará mimetismos en otros lugares, de la misma manera que ocurrió con el cannabis , que en algunas ocasiones se nos ha presentado como gran remedio para algunas enfermedades.
No creo que la excusa valga para el caso que hoy nos ocupa, pero lo de Holanda es una buena bandera para elevar aún más el nivel de ostentación pública que, por lo que a sexo se refiere, vivimos en los últimos años en cualquiera de las calles de nuestras ciudades.
Hace una treintena de años se oía en las emisoras musicales aquella canción que decía lo de “Qué bonito es hacer el amor en un Simca 1000” y algunas marcas de coches anunciaban un nuevo modelo poniendo a prueba los amortiguadores con movimientos rítmicos que hacían imaginar los contoneos pélvicos de sus ocupantes. Todo aquello, folklórico o sutil, resultaba impropio para los padres de los que nacimos en los años 50 y que ahora, simplemente, no acabarían de creerse que en los parques holandeses, como en los españoles ocurre con los espacios pipi-can , se acotarían, allá por el año 2008, los kiki corners.
¿Quién dijo que ya lo habíamos visto todo?
Javier Zuloaga
jueves, 6 de marzo de 2008
CAMBALACHE
Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor!...
¡Ignorante, sabio o chorro,
generoso o estafador!
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
¡Lo mismo un burro
que un gran profesor!
No hay aplazaos
ni escalafón,
los inmorales
nos han igualao.
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
¡da lo mismo que sea cura,
colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón!...
Es muy posible que la visión desgarrada de la vida, sea uno de los mayores atractivos del tango, ese tesoro que los argentinos supieron crear mirando lo que ocurría alrededor y que, sumando letras de intención y buen manejo de bandoneón, metía vía venosa emociones de nostalgia y drama.
Tal es el caso de Cambalache, todo un emblema porque, además, fue prohibido por todas las dictaduras militares que hubo en Argentina desde los años cuarenta hasta la que acabó en 1982, tras la Guerra de las Malvinas y la elección de Ricardo Alfonsín como presidente. El mítico tango describía un escenario de corruptelas del Partido Radical, pero la universalidad de su letra levantó muchas ampollas durante más de setenta años, incluso después de la muerte de su autor, Enrique Santos Discépolo, en 1951.
Puede que Cambalache haya sido el poema o la canción –Discépolo fue siempre venerado por Camilo José Cela y Ernesto Sábato- que peores conciencias haya despertado en la historia argentina. De ahí, posiblemente, su persecución.
Pero, ¿por qué hablo hoy de Cambalache?
Estamos en vísperas de la llamada jornada de reflexión, previa a las elecciones del próximo domingo y he de reconocer que me siento preso de un desencanto que no me hará desistir, sin embargo, de ejercer mi derecho al voto.
Todo es igual/Nada es mejor , esas dos líneas de la letra de Santos Discépolo, se han quedado clavadas en mis pensamientos cuando asisto, con perplejidad galopante, a los últimos coletazos de este gran espectáculo de la campaña electoral. ¿Todo esto es cierto?, ¿Es así el mundo real, el que interesa a los ciudadanos?, ¿Están las respuestas a las inquietudes ciudadanas en esos grandes cartones de barras estadísticas que los grandes líderes usan en los debates para escupir al contrario?...
¿Tanto cuesta decir –los votantes siempre acaban premiando la verdad- que aquello de Irak, decidido por un político que ya no podía perder porque había anunciado que se marchaba, fue una pifia garrafal?, ¿Y reconocer que se ha mentido –con candor irresponsable-pero mentido al fin y al cabo, cuando decía que ya no negociaba con quienes querían réditos políticos a cambio de no matar?.
¿Hemos visto unos debates o –como decía anteanoche la quijotesca Rosa Diez en una entrevista en CNN+- podíamos habernos ahorrado 200 millones de euros de atrezzo enviando las intervenciones enlatadas desde las sedes de los partidos?. ¿No sería mejor hablar de pelea de gallos?, ¿O tal vez basta hablar de muñecos teledirigidos con mercadotecnia desde los mandos de la play-station política?
¿Es todo esto auténtico?, ¿Y libre?
¿Cómo se pueden suspender gubernativamente actos de campaña invocando razones de seguridad para un político que sólo quiere explicar su programa?, ¿Cómo los partidos y los gobernantes guardan silencio cómplice cuando se arremete contra políticos estigmatizados, acorralados y privados de su pedigree de pertenencia a la tierra en la que nacieron?, ¿A cuántos extremistas se ha detenido y al menos multado por interrumpir o intentar agredir a candidatos durante la campaña?, ¿Por qué llama la atención escuchar que alguien haga alarde de sinceridad y diga que se siente español sin complejos?
Creo, como decimos aquí en Cataluña, que después de las elecciones nos lo tendríamos que hacer mirar, reflexionar no sobre nuestro voto, sino acerca de nuestro nivel de tolerancia, de responsabilidad y del grado de ciudadanía de este país. Porque la rivalidad política, sana, no debería eclipsar la responsabilidad que todos tenemos de dejar a nuestros hijos un país mejor que el que recibimos y que no pertenece a quien gobierna sino a los gobernados.
Porque eso de que aquí vale todo con tal de ganar, el anuncio irritante, el escarnio fácil del histrión vulgar sin mayores recursos, o la dialéctica del degüello, acaban formando un caldo de cultivo que sólo sirve para deshacer la convivencia de vecinos, compañeros, amigos y si me apuran de familiares.
Hasta hace poco, América nos llegaba a los españoles a través del cine pero hoy la tenemos en directo a diario gracias al satélite o a Internet. No hace muchos días pudimos ver a Obama y Hillary Clinton en Austin, Tejas, frente a cuatro pesos pesados del periodismo que sin cronómetros ni tanto ceremonial, preguntaban lo que creían interesante a los dos precandidatos demócratas, que estaban sentados codo con codo, con sonrisas y sin interrumpirse ni embestirse.
Más o menos lo mismo que aquí, en donde falta naturalidad, todo se ensaya, no hay cosas nuevas que ilusionen. Nuestra política es aburrida y bastante desesperante y debe ser cosa de ciclos históricos y puede que el paso del tiempo haga cambiar las cosas, una vez surjan nuevas caras y el vitriolo se guarde con un buen cerrojo.
¡Siglo veinte, cambalache
problemático y febril!...
El que no llora no mama
y el que no afana es un gil!
¡Dale nomás!
¡Dale que va!
¡Que allá en el horno
nos vamo a encontrar!
¡No pienses más,
sentate a un lao,
que a nadie importa
si naciste honrao!
Es lo mismo el que labura
noche y día como un buey,
que el que vive de los otros,
que el que mata, que el que cura
o está fuera de la ley...
Así acaba Cambalache cuya letra puede el lector encontrar en la línea inferior y con un enlace para poder escuchar, si quiere, aquel inolvidable tango.
Que ustedes reflexionen bien
http://www.todotango.com/spanish/biblioteca/letras/letra.asp?idletra=154
Javier Zuloaga
ser derecho que traidor!...
¡Ignorante, sabio o chorro,
generoso o estafador!
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
¡Lo mismo un burro
que un gran profesor!
No hay aplazaos
ni escalafón,
los inmorales
nos han igualao.
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
¡da lo mismo que sea cura,
colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón!...
Es muy posible que la visión desgarrada de la vida, sea uno de los mayores atractivos del tango, ese tesoro que los argentinos supieron crear mirando lo que ocurría alrededor y que, sumando letras de intención y buen manejo de bandoneón, metía vía venosa emociones de nostalgia y drama.
Tal es el caso de Cambalache, todo un emblema porque, además, fue prohibido por todas las dictaduras militares que hubo en Argentina desde los años cuarenta hasta la que acabó en 1982, tras la Guerra de las Malvinas y la elección de Ricardo Alfonsín como presidente. El mítico tango describía un escenario de corruptelas del Partido Radical, pero la universalidad de su letra levantó muchas ampollas durante más de setenta años, incluso después de la muerte de su autor, Enrique Santos Discépolo, en 1951.
Puede que Cambalache haya sido el poema o la canción –Discépolo fue siempre venerado por Camilo José Cela y Ernesto Sábato- que peores conciencias haya despertado en la historia argentina. De ahí, posiblemente, su persecución.
Pero, ¿por qué hablo hoy de Cambalache?
Estamos en vísperas de la llamada jornada de reflexión, previa a las elecciones del próximo domingo y he de reconocer que me siento preso de un desencanto que no me hará desistir, sin embargo, de ejercer mi derecho al voto.
Todo es igual/Nada es mejor , esas dos líneas de la letra de Santos Discépolo, se han quedado clavadas en mis pensamientos cuando asisto, con perplejidad galopante, a los últimos coletazos de este gran espectáculo de la campaña electoral. ¿Todo esto es cierto?, ¿Es así el mundo real, el que interesa a los ciudadanos?, ¿Están las respuestas a las inquietudes ciudadanas en esos grandes cartones de barras estadísticas que los grandes líderes usan en los debates para escupir al contrario?...
¿Tanto cuesta decir –los votantes siempre acaban premiando la verdad- que aquello de Irak, decidido por un político que ya no podía perder porque había anunciado que se marchaba, fue una pifia garrafal?, ¿Y reconocer que se ha mentido –con candor irresponsable-pero mentido al fin y al cabo, cuando decía que ya no negociaba con quienes querían réditos políticos a cambio de no matar?.
¿Hemos visto unos debates o –como decía anteanoche la quijotesca Rosa Diez en una entrevista en CNN+- podíamos habernos ahorrado 200 millones de euros de atrezzo enviando las intervenciones enlatadas desde las sedes de los partidos?. ¿No sería mejor hablar de pelea de gallos?, ¿O tal vez basta hablar de muñecos teledirigidos con mercadotecnia desde los mandos de la play-station política?
¿Es todo esto auténtico?, ¿Y libre?
¿Cómo se pueden suspender gubernativamente actos de campaña invocando razones de seguridad para un político que sólo quiere explicar su programa?, ¿Cómo los partidos y los gobernantes guardan silencio cómplice cuando se arremete contra políticos estigmatizados, acorralados y privados de su pedigree de pertenencia a la tierra en la que nacieron?, ¿A cuántos extremistas se ha detenido y al menos multado por interrumpir o intentar agredir a candidatos durante la campaña?, ¿Por qué llama la atención escuchar que alguien haga alarde de sinceridad y diga que se siente español sin complejos?
Creo, como decimos aquí en Cataluña, que después de las elecciones nos lo tendríamos que hacer mirar, reflexionar no sobre nuestro voto, sino acerca de nuestro nivel de tolerancia, de responsabilidad y del grado de ciudadanía de este país. Porque la rivalidad política, sana, no debería eclipsar la responsabilidad que todos tenemos de dejar a nuestros hijos un país mejor que el que recibimos y que no pertenece a quien gobierna sino a los gobernados.
Porque eso de que aquí vale todo con tal de ganar, el anuncio irritante, el escarnio fácil del histrión vulgar sin mayores recursos, o la dialéctica del degüello, acaban formando un caldo de cultivo que sólo sirve para deshacer la convivencia de vecinos, compañeros, amigos y si me apuran de familiares.
Hasta hace poco, América nos llegaba a los españoles a través del cine pero hoy la tenemos en directo a diario gracias al satélite o a Internet. No hace muchos días pudimos ver a Obama y Hillary Clinton en Austin, Tejas, frente a cuatro pesos pesados del periodismo que sin cronómetros ni tanto ceremonial, preguntaban lo que creían interesante a los dos precandidatos demócratas, que estaban sentados codo con codo, con sonrisas y sin interrumpirse ni embestirse.
Más o menos lo mismo que aquí, en donde falta naturalidad, todo se ensaya, no hay cosas nuevas que ilusionen. Nuestra política es aburrida y bastante desesperante y debe ser cosa de ciclos históricos y puede que el paso del tiempo haga cambiar las cosas, una vez surjan nuevas caras y el vitriolo se guarde con un buen cerrojo.
¡Siglo veinte, cambalache
problemático y febril!...
El que no llora no mama
y el que no afana es un gil!
¡Dale nomás!
¡Dale que va!
¡Que allá en el horno
nos vamo a encontrar!
¡No pienses más,
sentate a un lao,
que a nadie importa
si naciste honrao!
Es lo mismo el que labura
noche y día como un buey,
que el que vive de los otros,
que el que mata, que el que cura
o está fuera de la ley...
Así acaba Cambalache cuya letra puede el lector encontrar en la línea inferior y con un enlace para poder escuchar, si quiere, aquel inolvidable tango.
Que ustedes reflexionen bien
http://www.todotango.com/spanish/biblioteca/letras/letra.asp?idletra=154
Javier Zuloaga
miércoles, 27 de febrero de 2008
CASTRO Y LOS ESPAÑOLES
Alguna vez he pensado que, para los españoles, Cuba es más un sentimiento que propiamente un país. Sólo así he conseguido acercarme a la comprensión de las actitudes tan especiales que siempre nos han unido con la tierra y las gentes de aquella isla en la que abandonamos, definitivamente, nuestra condición de colonizadores de América, iniciada cuatro siglos antes.
Cuba obtuvo su legítima independencia en París en 1898, en un tratado en el que los Estados Unidos se quedaron con los retales que nos quedaban: Filipinas y Puerto Rico. El entonces presidente Theodore Roosevelt fue una pieza clave en aquella emancipación y actuó como gran muñidor del levantamiento cubano, para el que no regateó acusaciones a los españoles de ataques a sus barcos anclados en el puerto de la Habana, que fueron aireados de forma entusiasta por la propaganda desplegada por William Randolph Hearst, “Ciudadano Kane”, cruel pero merecidamente inmortalizado por Orson Welles.
Cuba tenía que ser algo más que un país cuando su pérdida llevó a Miguel de Unamuno, Valle-Inclán, Pío Baroja, Azorín y Antonio Machado, junto con otros, a formar una generación inquieta que creó un imperio literario para llenar un gran vacío político en el que ya no había más que recuerdos nostálgicos. Cuba es en gran medida la suma de emigrantes de toda nuestra geografía, muchos de ellos catalanes, que volvieron contando las bondades de aquella tierra y Cuba está en las habaneras que nunca morirán y que cada año, en la Costa Brava, reúne a quienes quieren soñar con aquel ultramar, que les llegó por tradición oral, oyendo las letras de Allá en la Habana, El meu avi, Lola la Tabernera o Mi madre fue una mulata.
Y es que la independencia de Cuba, aunque nos parezca algo lejana en el tiempo, ocurrió hace 110 años, casi nada, sólo tres o cuatro generaciones atrás.
Estos días Cuba ha compartido espacio con los debates electorales de los líderes de los principales partidos y las plumas de los articulistas de postín han andado ocupadas con lo político, tal vez demasiado como para preguntarse por qué desde Franco hasta Zapatero, con el paréntesis de la crisis desatada durante la presidencia de Aznar, a Castro siempre se le ha tratado, dentro de la dureza que merece un dictador, con condescendencia y, si me apuran, hasta con cierto calor.
No recuerdo haber sentido, ni en mi infancia ni en mi juventud, un clima de hostilidad hacia la Cuba de Castro. Y me crié en una familia de periodistas, en la que lo que dirían la mañana siguiente el diario o las portadas de las revistas que dirigía mi padre, un viejo carlistón, formaba parte del menú que mi madre preparaba.
Castro, el de los misiles, el de la bahía de Cochinos, el que peleó para que Elían González, El Niño Balsero, volviera con su padre revolucionario, el de los compañeros que fueron a hacer la guerra Angola y que no podían regresar por nuevas y desconocidas enfermedades, el exportador de conocimiento universitario y la revolución a los países hispanoparlantes de Suramérica, superó al mismísimo Franco en permanencia en el poder. Porque la salud le ha acompañado hasta ahora y “por bemoles”
Y tal vez por ello, porque en eso se parecían, hoy pueden encontrarse con los buscadores de Internet declaraciones del octogenario líder en las que, al tiempo que bautizaba a José María Aznar como “fürhercito del bigotito” elogiaba al Caudillo –Castro era originario de la lucense Láncara y Franco de Ferrol- diciendo que, aunque fascista, el anterior jefe del Estado era “un asombroso nivel de tenacidad en las relaciones con Cuba. Era un fascista que tenía sentido nacional, sentido de la dignidad y talento”.
Parece claro que, aunque distantes, en algo debían coincidir y, tal vez por ello, algunos prohombres de nuestra vida democrática, no han dejado –después de 1975- de hacerse guiños de complicidad con el revolucionario detenido en el Cuartel de Montcada y victorioso tras la revolución de Sierra Maestra.
En 1978, el mismo Compañero Fidel esperó aplaudiendo, al pie de la escalerilla del avión que llevó hasta la Habana, a Adolfo Suárez, segundo Presidente del Gobierno tras Arias Navarro después de la muerte de Franco y abrió las puertas del Tropicana a Felipe González, aunque después le retirara casi el saludo cuando el líder socialista afirmara que Fidel no era ya un peligro. ¡Imprudente el español! . Lo de Aznar en sus postrimerías hay que encajarlo en los planos, salvando las distancias que existen entre quienes representan a países con democracia o sin ella, de los rasgos de la personalidad de cada uno.
Cuando se tensaba la cuerda hispano-cubana con los gobiernos del PP, no habían pasado muchos años de las pescas submarinas de Manuel Fraga y Fidel Castro y de los estériles consejos que el de Perbes le daba a su anfitrión en Cuba para que hiciera una transición a la española y no a la nicaragüense. No hay que desdeñar la ideas de que el galleguismo militante del fundador del PP rompiera las barreras ideológicas entre la derecha española y los “soviets” caribeños, tal vez lo mismo que ocurriría si se vieran ahora las caras Castro y el pontevedrés Rajoy, o no.
Y deambulo por estas ideas porque creo que lo de los emigrantes funciona. Lo he visto en mis años en Argentina, cuando comprobaba con que facilidad se desempolvan las emocines, los sentimientos y los recuerdos oídos a los padres. o a los abuelos, cuando se juntaban en torno a una mesa cuarenta o cincuenta venidos desde la Costa da Morte.
Hace muy pocos días que Raúl Castro ha sido nombrado sucesor de su hermano, en una decisión colegiada que tiene poco de relevo generacional. Los politólogos, ¿existen los cubanólogos? tendrán opiniones bien autorizadas por su conocimiento de este país -que yo aún no he visitado- y de sus líderes, pero creo que esa cierta desilusión que se ha producido al ver que no se optaba por alternativas más jóvenes es un tanto epidérmica y puede que bastante provisional. Me explico.
En España, la primera propuesta que el Rey hizo al Consejo del Reino para nombrar a un presidente del Gobierno fue la de Carlos Arias Navarro, un hombre que aguantó los primeros envites de quienes llamaban a la puerta de la normalización política. Pocos meses después Don Juan Carlos aceptaba una renuncia que, para los entendidos de la época, estaba ya sobrentendida desde su nombramiento.
Luego vino todo lo demás, lo que todos recordamos porque es nuestra historia reciente. Las cosas se hicieron así, a la española, en conciliábulos de amiguetes o bienavenidos hechos sobre la marcha y se condujo a toda nuestra sociedad hacia lo que era normal en los sistemas democráticos. ¿Será de esta manera en Cuba?
Si es así, ¿cómo se llama el sucesor de Raul Castro?.
Cuando escribo estas líneas, el hermano del mítico revolucionario, el que supo aguantar cincuenta años de presión norteamericana, el dictador y represor, el orador infatigable, el admirador de Franco, de Fraga, el que aplaudió a Suárez y rodeó a González de sabrosonas mulatas en el Tropicana, recibe en la Habana al brazo derecho del Papa.
Muchas casualidades.
Javier Zuloaga
Cuba obtuvo su legítima independencia en París en 1898, en un tratado en el que los Estados Unidos se quedaron con los retales que nos quedaban: Filipinas y Puerto Rico. El entonces presidente Theodore Roosevelt fue una pieza clave en aquella emancipación y actuó como gran muñidor del levantamiento cubano, para el que no regateó acusaciones a los españoles de ataques a sus barcos anclados en el puerto de la Habana, que fueron aireados de forma entusiasta por la propaganda desplegada por William Randolph Hearst, “Ciudadano Kane”, cruel pero merecidamente inmortalizado por Orson Welles.
Cuba tenía que ser algo más que un país cuando su pérdida llevó a Miguel de Unamuno, Valle-Inclán, Pío Baroja, Azorín y Antonio Machado, junto con otros, a formar una generación inquieta que creó un imperio literario para llenar un gran vacío político en el que ya no había más que recuerdos nostálgicos. Cuba es en gran medida la suma de emigrantes de toda nuestra geografía, muchos de ellos catalanes, que volvieron contando las bondades de aquella tierra y Cuba está en las habaneras que nunca morirán y que cada año, en la Costa Brava, reúne a quienes quieren soñar con aquel ultramar, que les llegó por tradición oral, oyendo las letras de Allá en la Habana, El meu avi, Lola la Tabernera o Mi madre fue una mulata.
Y es que la independencia de Cuba, aunque nos parezca algo lejana en el tiempo, ocurrió hace 110 años, casi nada, sólo tres o cuatro generaciones atrás.
Estos días Cuba ha compartido espacio con los debates electorales de los líderes de los principales partidos y las plumas de los articulistas de postín han andado ocupadas con lo político, tal vez demasiado como para preguntarse por qué desde Franco hasta Zapatero, con el paréntesis de la crisis desatada durante la presidencia de Aznar, a Castro siempre se le ha tratado, dentro de la dureza que merece un dictador, con condescendencia y, si me apuran, hasta con cierto calor.
No recuerdo haber sentido, ni en mi infancia ni en mi juventud, un clima de hostilidad hacia la Cuba de Castro. Y me crié en una familia de periodistas, en la que lo que dirían la mañana siguiente el diario o las portadas de las revistas que dirigía mi padre, un viejo carlistón, formaba parte del menú que mi madre preparaba.
Castro, el de los misiles, el de la bahía de Cochinos, el que peleó para que Elían González, El Niño Balsero, volviera con su padre revolucionario, el de los compañeros que fueron a hacer la guerra Angola y que no podían regresar por nuevas y desconocidas enfermedades, el exportador de conocimiento universitario y la revolución a los países hispanoparlantes de Suramérica, superó al mismísimo Franco en permanencia en el poder. Porque la salud le ha acompañado hasta ahora y “por bemoles”
Y tal vez por ello, porque en eso se parecían, hoy pueden encontrarse con los buscadores de Internet declaraciones del octogenario líder en las que, al tiempo que bautizaba a José María Aznar como “fürhercito del bigotito” elogiaba al Caudillo –Castro era originario de la lucense Láncara y Franco de Ferrol- diciendo que, aunque fascista, el anterior jefe del Estado era “un asombroso nivel de tenacidad en las relaciones con Cuba. Era un fascista que tenía sentido nacional, sentido de la dignidad y talento”.
Parece claro que, aunque distantes, en algo debían coincidir y, tal vez por ello, algunos prohombres de nuestra vida democrática, no han dejado –después de 1975- de hacerse guiños de complicidad con el revolucionario detenido en el Cuartel de Montcada y victorioso tras la revolución de Sierra Maestra.
En 1978, el mismo Compañero Fidel esperó aplaudiendo, al pie de la escalerilla del avión que llevó hasta la Habana, a Adolfo Suárez, segundo Presidente del Gobierno tras Arias Navarro después de la muerte de Franco y abrió las puertas del Tropicana a Felipe González, aunque después le retirara casi el saludo cuando el líder socialista afirmara que Fidel no era ya un peligro. ¡Imprudente el español! . Lo de Aznar en sus postrimerías hay que encajarlo en los planos, salvando las distancias que existen entre quienes representan a países con democracia o sin ella, de los rasgos de la personalidad de cada uno.
Cuando se tensaba la cuerda hispano-cubana con los gobiernos del PP, no habían pasado muchos años de las pescas submarinas de Manuel Fraga y Fidel Castro y de los estériles consejos que el de Perbes le daba a su anfitrión en Cuba para que hiciera una transición a la española y no a la nicaragüense. No hay que desdeñar la ideas de que el galleguismo militante del fundador del PP rompiera las barreras ideológicas entre la derecha española y los “soviets” caribeños, tal vez lo mismo que ocurriría si se vieran ahora las caras Castro y el pontevedrés Rajoy, o no.
Y deambulo por estas ideas porque creo que lo de los emigrantes funciona. Lo he visto en mis años en Argentina, cuando comprobaba con que facilidad se desempolvan las emocines, los sentimientos y los recuerdos oídos a los padres. o a los abuelos, cuando se juntaban en torno a una mesa cuarenta o cincuenta venidos desde la Costa da Morte.
Hace muy pocos días que Raúl Castro ha sido nombrado sucesor de su hermano, en una decisión colegiada que tiene poco de relevo generacional. Los politólogos, ¿existen los cubanólogos? tendrán opiniones bien autorizadas por su conocimiento de este país -que yo aún no he visitado- y de sus líderes, pero creo que esa cierta desilusión que se ha producido al ver que no se optaba por alternativas más jóvenes es un tanto epidérmica y puede que bastante provisional. Me explico.
En España, la primera propuesta que el Rey hizo al Consejo del Reino para nombrar a un presidente del Gobierno fue la de Carlos Arias Navarro, un hombre que aguantó los primeros envites de quienes llamaban a la puerta de la normalización política. Pocos meses después Don Juan Carlos aceptaba una renuncia que, para los entendidos de la época, estaba ya sobrentendida desde su nombramiento.
Luego vino todo lo demás, lo que todos recordamos porque es nuestra historia reciente. Las cosas se hicieron así, a la española, en conciliábulos de amiguetes o bienavenidos hechos sobre la marcha y se condujo a toda nuestra sociedad hacia lo que era normal en los sistemas democráticos. ¿Será de esta manera en Cuba?
Si es así, ¿cómo se llama el sucesor de Raul Castro?.
Cuando escribo estas líneas, el hermano del mítico revolucionario, el que supo aguantar cincuenta años de presión norteamericana, el dictador y represor, el orador infatigable, el admirador de Franco, de Fraga, el que aplaudió a Suárez y rodeó a González de sabrosonas mulatas en el Tropicana, recibe en la Habana al brazo derecho del Papa.
Muchas casualidades.
Javier Zuloaga
jueves, 21 de febrero de 2008
¿ES DIFERENTE KOSOVO?
La semana que acaba, plena de noticias de precampaña, ha dejado buenos espacios a uno de los capítulos más controvertidos de los últimos tiempos en el escenario internacional: la proclamación de independencia del enclave de Kosovo. Es un territorio ubicado en los Balcanes, con una superficie algo mayor a los 10.000 km² y habitado por cerca de 2,2 millones de personas, de los que un 90% son de origen albanés.
Para muchos historiadores, Kosovo es el “corazón” de la Gran Serbia, tanto históricamente como por los símbolos cristiano-ortodoxos que siguen en pie en aquel territorio y sitúan en el siglo X el comienzo de una inmigración albanesa que, por el efecto generoso del crecimiento demográfico, hizo que, por lo que a sus habitantes se refiere, lo serbio acabara siendo minoritario
Lo del puente de Mitrovica, ciudad kosovar que divide a las comunidades serbia y albanesa, es el relato de la incertidumbre que planea ahora sobre una comunidad minoritaria –hay 100.000 serbios en Kosovo- en que ahora teme la llegada del frío plato de la venganza albano-kosovar.
Crónica sobre Mitrovica:
http://www.elpais.com/articulo/internacional/puente/divide/mundos/elpepiint/20080217elpepiint_3/Tes
La independencia de Kosovo guarda una relación directa con el genocidio que el gobierno de Slobodan Milosevic llevó a cabo para corregir la minoría demográfica serbia por la vía del asesinato indiscriminado y que desembocó con la intervención de la OTAN en 1999 para frenar los enfrentamientos y desmanes entre serbios y guerrilleros separatistas. Desde entonces, tropas internacionales, entre ellas las españolas, se mantienen atentas ante posibles estallidos de violencia.
Se ha escrito mucho estos días sobre el futuro de Kosovo, tanto en lo que se refiere a su viabilidad sin el apoyo serbio, de la que depende económicamente, como del reconocimiento internacional del nuevo estado.
España, paradójicamente, se ha visto colocada en el mismo bando que Moscú y frente a los principales países de de la Unión Europea, aunque las razones de Rusia sean bien distintas a las esgrimidas en Madrid, ya que mientras en el Kremlin se intenta evitar que los norteamericanos - ¡vitoreados! en Kosovo el día de la proclamación- acaben instalando una nueva base militar en el histórico radio geoestratégico soviético, en España preocupa el asunto por las distintas lecturas que de lo de Kosovo puedan hacer los diferentes nacionalismos ibéricos.
Y –como ocurre en botica- ha habido de todo. El Gobierno, en esta ocasión con el apoyo del Partido Popular, sostiene que España no pueda reconocer una declaración unilateral de independencia que no sea el resultado de un acuerdo entre dos partes y que no tenga el soporte de una resolución de las Naciones Unidas. Moratinos, en una de sus intervenciones menos criticadas, ha colocado la decisión española en el tejado de Naciones Unidas, en donde el veto ruso, bien lo saben todos, haría inviable una resolución que abriera las puertas de la independencia de Kosovo.
Y aquí, en España, hemos asistido a declaraciones de todo tono. Desde las peculiares conclusiones de la ejecutiva de ERC, que ha aplaudido festivamente lo ocurrido en Pristina, capital de Kosovo y ha lamentado que España no se haya alineado con los principales países del mundo ¡ERC aplaudiendo a los Estados Unidos de Bush! y la acusa de haber hecho alarde de un espíritu jacobino, imagino que refiriéndose a la concepción centralista de la democracia que tenía aquella sociedad que presidió y decidió sobre las cosas más importantes de la Francia revolucionaria, hasta que murió su principal presidente, Maximilien Robespierre.
Carod y su plana mayor se apuntan a un bombardeo, da igual que sea en Flandes, Escocia, Québec y ahora Kosovo. No se puede desperdiciar ningún tipo de carnaza, cuando se circula por la vida como si ésta fuera un pasillo y sólo se quiere ver el final del camino.
Artur Mas, presidente de CiU, marcó diferencias entre lo catalán y lo kosovar y dijo que lo ocurrido en el país de los Balcanes no es exportable a España, pero sembró la semilla de la discordia al tildar de poco democrático y sintomático de “mieditis” que Rodríguez Zapatero haya desperdiciado una ocasión para reconocer el “derecho a decidir”.
Pero yo me he quedado con las declaraciones tensas, con su ¡Por Dios! como expresión tensa, que pronunció Ramón Jáuregui, cabeza de lista del los socialistas vascos por Alava.
“Euskadi –dijo- nunca será como Kosovo, los vascos nunca querremos ser como Kosovo porque nunca querremos ser una nación étnica”. El histórico, que no viejo, socialista vasco lo decía con vehemencia, invocando a Dios, en unas palabras que eran respuesta a la declaración de la portavoz del Gobierno vasco, Miren Azkarate, que afirmó antes que lo de Kosovo supone una "lección sobre el modo de resolver de manera pacífica y democrática conflictos de identidad y pertenencia".
Ramón Jáuregui tiene un blog en el que el lector curioso puede empaparse de sus potentes argumentos y convicciones personales, que yo comparto en buena parte.
http://elblogdejauregui.blogspot.es/i2008-02/
Dedica dos artículos a Kosovo, pero han llamado mi atención las dudas, ¿no serán temores?, que Jáuregui expresa en el titulado “Kosovo y Nosotros”
¿Qué pasará con la minoría serbia en Kosovo, cuando se declare la independencia? Recuérdese que son 350.000 personas aproximadamente y que casi doscientas mil han abandonado sus hogares y no parecen dispuestos a volver. ¿Qué harán los cien mil serbios que todavía viven allí?
¿Es que hay que hacer un estado en cada una de las comunidades étnicas o lingüísticas del mundo? ¿Es que no podemos convivir los diferentes en estructuras políticas más amplias?
El político vasco conoce bien su tierra, ha sido Vicelehendakari con José Antonio Ardanza y llegó a tener la mayor representación en el parlamento de Vitoria aunque no pudo formar mayoría y presidir el Gobierno. Próximo a los 60 años, pocos más que yo, es uno de los vascos más respetados por su dedicación íntegra a la política y conoce bien, por ello, el carácter étnico del nacionalismo de Sabino Arana. Por ello, pienso, su horror ante la comparación con Kosovo le delata.
Seguro que ha leído el libro de su paisano donostiarra Fernando Aramburu “Los peces de la amargura” sobre el que pude escribir, en septiembre en este mismo blog, algunos comentarios encadenándolos con las reflexiones que me produjo la lectura de “Historia de un alemán”, de Sebastián Haffner.
http://javierzuloaga.blogspot.com/2007/09/los-camaradas-del-miedo.htmlç
Es cierto que por historia y evolución, Kosovo es diferente al País Vasco o Cataluña, pero no lo es menos que el miedo, el amedrentamiento general, la indiferencia insolidaria y la tolerancia frente a lo inaceptable hacen que, como bien explicaba Haffner y fantásticamente lo narra Aramburu en sus historias, quienes mantienen su dignidad frente a los violentos, acaben cada día más solos y arrinconados, precisamente, por sus propios compañeros de viaje, cansados ya de luchas estériles por defender sus principios.
Por eso, cuando he leído lo que pasaba en Kosovo y lo que ha dicho Jáuregui, no he podido evitar reflexionar sobre nosotros mismos, en esas ciudades y pueblos vascos en los que sólo hay una manera de pensar políticamente y no se puede hablar libremente; en esas universidades de Madrid o Barcelona en donde la intolerancia extremista impide que las aulas mantengan su espíritu de espacio abierto a las ideas de todas las tendencias; en esas ciudades en las que las turbas deciden si una reunión o conferencia es o no posible; o en esos acuerdos políticos cuya principal sustancia es que los abajo firmantes se comprometen a no pactar jamás con un determinado partido.
De acuerdo Jáuregui, lo de Kosovo es diferente, pero todo tiene su germen.
Javier Zuloaga
Para muchos historiadores, Kosovo es el “corazón” de la Gran Serbia, tanto históricamente como por los símbolos cristiano-ortodoxos que siguen en pie en aquel territorio y sitúan en el siglo X el comienzo de una inmigración albanesa que, por el efecto generoso del crecimiento demográfico, hizo que, por lo que a sus habitantes se refiere, lo serbio acabara siendo minoritario
Lo del puente de Mitrovica, ciudad kosovar que divide a las comunidades serbia y albanesa, es el relato de la incertidumbre que planea ahora sobre una comunidad minoritaria –hay 100.000 serbios en Kosovo- en que ahora teme la llegada del frío plato de la venganza albano-kosovar.
Crónica sobre Mitrovica:
http://www.elpais.com/articulo/internacional/puente/divide/mundos/elpepiint/20080217elpepiint_3/Tes
La independencia de Kosovo guarda una relación directa con el genocidio que el gobierno de Slobodan Milosevic llevó a cabo para corregir la minoría demográfica serbia por la vía del asesinato indiscriminado y que desembocó con la intervención de la OTAN en 1999 para frenar los enfrentamientos y desmanes entre serbios y guerrilleros separatistas. Desde entonces, tropas internacionales, entre ellas las españolas, se mantienen atentas ante posibles estallidos de violencia.
Se ha escrito mucho estos días sobre el futuro de Kosovo, tanto en lo que se refiere a su viabilidad sin el apoyo serbio, de la que depende económicamente, como del reconocimiento internacional del nuevo estado.
España, paradójicamente, se ha visto colocada en el mismo bando que Moscú y frente a los principales países de de la Unión Europea, aunque las razones de Rusia sean bien distintas a las esgrimidas en Madrid, ya que mientras en el Kremlin se intenta evitar que los norteamericanos - ¡vitoreados! en Kosovo el día de la proclamación- acaben instalando una nueva base militar en el histórico radio geoestratégico soviético, en España preocupa el asunto por las distintas lecturas que de lo de Kosovo puedan hacer los diferentes nacionalismos ibéricos.
Y –como ocurre en botica- ha habido de todo. El Gobierno, en esta ocasión con el apoyo del Partido Popular, sostiene que España no pueda reconocer una declaración unilateral de independencia que no sea el resultado de un acuerdo entre dos partes y que no tenga el soporte de una resolución de las Naciones Unidas. Moratinos, en una de sus intervenciones menos criticadas, ha colocado la decisión española en el tejado de Naciones Unidas, en donde el veto ruso, bien lo saben todos, haría inviable una resolución que abriera las puertas de la independencia de Kosovo.
Y aquí, en España, hemos asistido a declaraciones de todo tono. Desde las peculiares conclusiones de la ejecutiva de ERC, que ha aplaudido festivamente lo ocurrido en Pristina, capital de Kosovo y ha lamentado que España no se haya alineado con los principales países del mundo ¡ERC aplaudiendo a los Estados Unidos de Bush! y la acusa de haber hecho alarde de un espíritu jacobino, imagino que refiriéndose a la concepción centralista de la democracia que tenía aquella sociedad que presidió y decidió sobre las cosas más importantes de la Francia revolucionaria, hasta que murió su principal presidente, Maximilien Robespierre.
Carod y su plana mayor se apuntan a un bombardeo, da igual que sea en Flandes, Escocia, Québec y ahora Kosovo. No se puede desperdiciar ningún tipo de carnaza, cuando se circula por la vida como si ésta fuera un pasillo y sólo se quiere ver el final del camino.
Artur Mas, presidente de CiU, marcó diferencias entre lo catalán y lo kosovar y dijo que lo ocurrido en el país de los Balcanes no es exportable a España, pero sembró la semilla de la discordia al tildar de poco democrático y sintomático de “mieditis” que Rodríguez Zapatero haya desperdiciado una ocasión para reconocer el “derecho a decidir”.
Pero yo me he quedado con las declaraciones tensas, con su ¡Por Dios! como expresión tensa, que pronunció Ramón Jáuregui, cabeza de lista del los socialistas vascos por Alava.
“Euskadi –dijo- nunca será como Kosovo, los vascos nunca querremos ser como Kosovo porque nunca querremos ser una nación étnica”. El histórico, que no viejo, socialista vasco lo decía con vehemencia, invocando a Dios, en unas palabras que eran respuesta a la declaración de la portavoz del Gobierno vasco, Miren Azkarate, que afirmó antes que lo de Kosovo supone una "lección sobre el modo de resolver de manera pacífica y democrática conflictos de identidad y pertenencia".
Ramón Jáuregui tiene un blog en el que el lector curioso puede empaparse de sus potentes argumentos y convicciones personales, que yo comparto en buena parte.
http://elblogdejauregui.blogspot.es/i2008-02/
Dedica dos artículos a Kosovo, pero han llamado mi atención las dudas, ¿no serán temores?, que Jáuregui expresa en el titulado “Kosovo y Nosotros”
¿Qué pasará con la minoría serbia en Kosovo, cuando se declare la independencia? Recuérdese que son 350.000 personas aproximadamente y que casi doscientas mil han abandonado sus hogares y no parecen dispuestos a volver. ¿Qué harán los cien mil serbios que todavía viven allí?
¿Es que hay que hacer un estado en cada una de las comunidades étnicas o lingüísticas del mundo? ¿Es que no podemos convivir los diferentes en estructuras políticas más amplias?
El político vasco conoce bien su tierra, ha sido Vicelehendakari con José Antonio Ardanza y llegó a tener la mayor representación en el parlamento de Vitoria aunque no pudo formar mayoría y presidir el Gobierno. Próximo a los 60 años, pocos más que yo, es uno de los vascos más respetados por su dedicación íntegra a la política y conoce bien, por ello, el carácter étnico del nacionalismo de Sabino Arana. Por ello, pienso, su horror ante la comparación con Kosovo le delata.
Seguro que ha leído el libro de su paisano donostiarra Fernando Aramburu “Los peces de la amargura” sobre el que pude escribir, en septiembre en este mismo blog, algunos comentarios encadenándolos con las reflexiones que me produjo la lectura de “Historia de un alemán”, de Sebastián Haffner.
http://javierzuloaga.blogspot.com/2007/09/los-camaradas-del-miedo.htmlç
Es cierto que por historia y evolución, Kosovo es diferente al País Vasco o Cataluña, pero no lo es menos que el miedo, el amedrentamiento general, la indiferencia insolidaria y la tolerancia frente a lo inaceptable hacen que, como bien explicaba Haffner y fantásticamente lo narra Aramburu en sus historias, quienes mantienen su dignidad frente a los violentos, acaben cada día más solos y arrinconados, precisamente, por sus propios compañeros de viaje, cansados ya de luchas estériles por defender sus principios.
Por eso, cuando he leído lo que pasaba en Kosovo y lo que ha dicho Jáuregui, no he podido evitar reflexionar sobre nosotros mismos, en esas ciudades y pueblos vascos en los que sólo hay una manera de pensar políticamente y no se puede hablar libremente; en esas universidades de Madrid o Barcelona en donde la intolerancia extremista impide que las aulas mantengan su espíritu de espacio abierto a las ideas de todas las tendencias; en esas ciudades en las que las turbas deciden si una reunión o conferencia es o no posible; o en esos acuerdos políticos cuya principal sustancia es que los abajo firmantes se comprometen a no pactar jamás con un determinado partido.
De acuerdo Jáuregui, lo de Kosovo es diferente, pero todo tiene su germen.
Javier Zuloaga
viernes, 15 de febrero de 2008
EL "BLACK POWER"
Todos los que recordamos, como si fuera hoy mismo, la convulsión que causó en el mundo la muerte del presidente Kennedy, en 1963, tenemos también fresco en la memoria aquel racismo que no escandalizaba más que a algunos en aquella América que hacía poco había liberado a Europa de la tortura nazi y que iniciaba, sin miramientos, el bloqueo económico a Cuba, que finalmente pasará a la historia más por la resistencia del comunismo castrista, que por la genialidad y eficacia de las medidas decididas en Washington e impuestas incluso al resto del mundo, como aquella Ley Helms-Burton, que sancionaba a los países que invirtieran en bienes confiscados por el régimen de Castro.
La América mágica de Kennedy era la ilusión que camuflaba a otra, mucho más dura, la racista, comparable en algunos estados, especialmente en los sureños que perdieron la Guerra Civil, al régimen surafricano. En Montgomery, Alabama, la negativa de una dama negra frente a las ordenanzas locales que obligaban a los negros a ceder los asientos a los blancos en los autobuses, había encendido, poco antes del magnicidio de Dallas, la inquietud de los negros, hoy llamados afroamericanos para tapar la mala conciencia y la tolerancia, de no pocos, ante el racismo.
Casi al tiempo que Oswald atravesaba con una bala la cabeza de John Kennedy, el pastor Martin Luther King pronunciaba, ante 200.000 personas que le escuchaban en Washington, su frase ya mitológica "Sueño con el día en que esta nación se levante para vivir de acuerdo con su creencia en la verdad evidente de que todos los hombres son creados iguales (...) Sueño con el día en que mis cuatro hijos vivan en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por la integridad de su carácter".
Cinco años después, un disparo se lo llevó por el mismo camino de Kennedy y desaparecía así un líder que removía las entrañas y la rebeldía de los nietos de quienes habían sido cazados en tierras africanas por sus espaldas anchas y buenos brazos, como si fueran ganado para acarrear agua haciendo girar una noria, cortar y acarrear caña o clavar bien el arado en los campos de las plantaciones.
Aunque es sólo un vestigio, el Ku Klus Klan sigue existiendo y Alabama trajo al mundo a un político que quería ser presidente de los Estados Unidos, George Wallace, proponiendo el segregacionismo puro y duro, pero que se quedó a mitad de camino cuando un hombre blanco le dejó paralítico, también de un disparo. El pistolero, Arthur Bremen, salió el pasado noviembre de la cárcel de Maryland, diez años después de que Wallace falleciera en la cama, no sin antes perdonar públicamente a quien arruinó su vida.
Lo negro, los negros, tienen su propia historia dentro de la de los Estados Unidos, con momentos de cierta épica y con próximos capítulos que se presentan apasionantes.
Cuentan que Adolf Hitler se retiró de la tribuna del Estadio Olímpico de Berlín en 1936, cuando vió como un negro, Jesse Owens cruzaba la meta de los cien metros lisos, por delante de sus arios teutones. Si el Fürher hubiera mirado por el túnel del tiempo, habría muerto de sobresalto emocional.
El mundo ha cambiado, especialmente en los Estados Unidos y en esa apertura han tenido algo que ver los gestos públicos. Antes de que Tiger Woods se enfundara la chaqueta verde del Open de golf de Atlanta, Michael Jordan se había convertido en el deportista mejor pagado del mundo y los juegos olímpicos habían impuesto en el atletismo, en el que el hombre lucha contra su propio límite, la superioridad negra.
En los archivos periodísticos son auténticos tesoros aquellas fotografías de Smith, Carlos y Evans, ocupando el podio de los 100 metros en Méjico y levantando un puño enfundado en un guante negro. Nacía el “black power”. Era la primera gran respuesta a una discriminación que se mantenía todavía en los Estados Unidos y que hacía que el ídolo del rugby, Jackie Robinson, tuviera que comer separado de sus compañeros de equipo del Brooklyn Dodgers o que los primeros encestadores de color de la NBA, Chuck Cooper, Earl Llyd y Nat Clifton, fueran escupidos por espectadores racistas cuando saltaban a la cancha.
No puedo evitar pensar en Pau Gasol, la peca blanca española en el vestuario de los Angeles Lakers, ante el que el público, blanco, negro o amarillo, se ha rendido incondicionalmente por su genialidad.
Y es que todo ha cambiado y puede hacerlo aún más si el profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Chicago y senador por Illinois, Barack Obama, consigue la nominación demócrata para las elecciones presidenciales del próximo noviembre.
Será de momento sólo eso, la nominación, pero sin duda un hito en la historia de un país que durante mucho tiempo encadenó a los negros, los arrinconó en barrios alejados y sobre todo, que hasta hace poco no les ofrecían las mismas oportunidades que al resto de los ciudadanos, lo que, en plena modernidad, viene a ser una sutil segregación.
A Obama le quedará la gran prueba, su enfrentamiento contra MCain, que hereda una deteriorada administración de George Bush, pero que en cualquier caso representa al sector más conservador de la sociedad norteamericana, la misma que aupó a Reagan y al actual presidente y que encaja difícilmente imaginar a un negro en la Casa Blanca.
Dicen quienes siguen al senador de Illinois que Obama ha roto los corsés étnicos y que el gran cambio es posible, tanto por los vientos de ilusión y novedad que provoca su candidatura, como por el desgaste y decepción que ha padecido la primera potencia del mundo como consecuencia de los errores geoestratégicos de la actual administración, parecidos a los que los norteamericanos sintieron cuando vieron, humillados, cómo sus tropas salían de Saigón en 1975, dejándose en el camino la vida de 52.000 soldados.
¿Y si Obama ganara a MCain?, ¿Cuál sería su reflejo en la vida de los norteamericanos?. ¿Cómo se mirarán al cruzarse en la calle los ejecutivos blancos con los barrenderos venidos de madrugada desde Harlem?
La respuesta es de nota. Para sociólogos y autores de ficción. Puede que valga decir que ya nada será igual... o que no pasará nada... lo cual en el fondo es aún mejor y que los propios americanos irán adaptando su vida personal y eliminando esas aristas rancias en sus relaciones con el vecino de color, porque eso es también lo que habrán decidido los votantes.
Javier Zuloaga
La América mágica de Kennedy era la ilusión que camuflaba a otra, mucho más dura, la racista, comparable en algunos estados, especialmente en los sureños que perdieron la Guerra Civil, al régimen surafricano. En Montgomery, Alabama, la negativa de una dama negra frente a las ordenanzas locales que obligaban a los negros a ceder los asientos a los blancos en los autobuses, había encendido, poco antes del magnicidio de Dallas, la inquietud de los negros, hoy llamados afroamericanos para tapar la mala conciencia y la tolerancia, de no pocos, ante el racismo.
Casi al tiempo que Oswald atravesaba con una bala la cabeza de John Kennedy, el pastor Martin Luther King pronunciaba, ante 200.000 personas que le escuchaban en Washington, su frase ya mitológica "Sueño con el día en que esta nación se levante para vivir de acuerdo con su creencia en la verdad evidente de que todos los hombres son creados iguales (...) Sueño con el día en que mis cuatro hijos vivan en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por la integridad de su carácter".
Cinco años después, un disparo se lo llevó por el mismo camino de Kennedy y desaparecía así un líder que removía las entrañas y la rebeldía de los nietos de quienes habían sido cazados en tierras africanas por sus espaldas anchas y buenos brazos, como si fueran ganado para acarrear agua haciendo girar una noria, cortar y acarrear caña o clavar bien el arado en los campos de las plantaciones.
Aunque es sólo un vestigio, el Ku Klus Klan sigue existiendo y Alabama trajo al mundo a un político que quería ser presidente de los Estados Unidos, George Wallace, proponiendo el segregacionismo puro y duro, pero que se quedó a mitad de camino cuando un hombre blanco le dejó paralítico, también de un disparo. El pistolero, Arthur Bremen, salió el pasado noviembre de la cárcel de Maryland, diez años después de que Wallace falleciera en la cama, no sin antes perdonar públicamente a quien arruinó su vida.
Lo negro, los negros, tienen su propia historia dentro de la de los Estados Unidos, con momentos de cierta épica y con próximos capítulos que se presentan apasionantes.
Cuentan que Adolf Hitler se retiró de la tribuna del Estadio Olímpico de Berlín en 1936, cuando vió como un negro, Jesse Owens cruzaba la meta de los cien metros lisos, por delante de sus arios teutones. Si el Fürher hubiera mirado por el túnel del tiempo, habría muerto de sobresalto emocional.
El mundo ha cambiado, especialmente en los Estados Unidos y en esa apertura han tenido algo que ver los gestos públicos. Antes de que Tiger Woods se enfundara la chaqueta verde del Open de golf de Atlanta, Michael Jordan se había convertido en el deportista mejor pagado del mundo y los juegos olímpicos habían impuesto en el atletismo, en el que el hombre lucha contra su propio límite, la superioridad negra.
En los archivos periodísticos son auténticos tesoros aquellas fotografías de Smith, Carlos y Evans, ocupando el podio de los 100 metros en Méjico y levantando un puño enfundado en un guante negro. Nacía el “black power”. Era la primera gran respuesta a una discriminación que se mantenía todavía en los Estados Unidos y que hacía que el ídolo del rugby, Jackie Robinson, tuviera que comer separado de sus compañeros de equipo del Brooklyn Dodgers o que los primeros encestadores de color de la NBA, Chuck Cooper, Earl Llyd y Nat Clifton, fueran escupidos por espectadores racistas cuando saltaban a la cancha.
No puedo evitar pensar en Pau Gasol, la peca blanca española en el vestuario de los Angeles Lakers, ante el que el público, blanco, negro o amarillo, se ha rendido incondicionalmente por su genialidad.
Y es que todo ha cambiado y puede hacerlo aún más si el profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Chicago y senador por Illinois, Barack Obama, consigue la nominación demócrata para las elecciones presidenciales del próximo noviembre.
Será de momento sólo eso, la nominación, pero sin duda un hito en la historia de un país que durante mucho tiempo encadenó a los negros, los arrinconó en barrios alejados y sobre todo, que hasta hace poco no les ofrecían las mismas oportunidades que al resto de los ciudadanos, lo que, en plena modernidad, viene a ser una sutil segregación.
A Obama le quedará la gran prueba, su enfrentamiento contra MCain, que hereda una deteriorada administración de George Bush, pero que en cualquier caso representa al sector más conservador de la sociedad norteamericana, la misma que aupó a Reagan y al actual presidente y que encaja difícilmente imaginar a un negro en la Casa Blanca.
Dicen quienes siguen al senador de Illinois que Obama ha roto los corsés étnicos y que el gran cambio es posible, tanto por los vientos de ilusión y novedad que provoca su candidatura, como por el desgaste y decepción que ha padecido la primera potencia del mundo como consecuencia de los errores geoestratégicos de la actual administración, parecidos a los que los norteamericanos sintieron cuando vieron, humillados, cómo sus tropas salían de Saigón en 1975, dejándose en el camino la vida de 52.000 soldados.
¿Y si Obama ganara a MCain?, ¿Cuál sería su reflejo en la vida de los norteamericanos?. ¿Cómo se mirarán al cruzarse en la calle los ejecutivos blancos con los barrenderos venidos de madrugada desde Harlem?
La respuesta es de nota. Para sociólogos y autores de ficción. Puede que valga decir que ya nada será igual... o que no pasará nada... lo cual en el fondo es aún mejor y que los propios americanos irán adaptando su vida personal y eliminando esas aristas rancias en sus relaciones con el vecino de color, porque eso es también lo que habrán decidido los votantes.
Javier Zuloaga
viernes, 8 de febrero de 2008
LA BOTELLA DE COCA-COLA
Hace tiempo vi una película que, pese a su apariencia cómica, tenía su miga. “Los dioses se han vuelto locos” gira en torno a una botella de Coca Cola que cae desde un avión en la selva africana y que, como si fuera un tótem llegado del cielo, deslumbra a un nativo honrado, que decide correr en la misma dirección de aquel avión que perdió, en su trayecto, aquella piedra preciosa jamás vista.
En este mismo blog hice hace unos meses una incursión en el complejo mundo de la migración. Citaba unas reflexiones de Carlos Solchaga, que se manifestaba sobre las políticas de apoyo de Occidente al Tercer Mundo y la escasa influencia que hasta ahora han tenido en el freno de los aludes migratorios.
Venía a decir este navarro que el problema no está en el origen, sino en el destino y que la popularización de las telecomunicaciones había roto las barreras de la ignorancia, al sur de Europa, sobre lo que se podía encontrar más allá de aquella misma costa de la que los antepasados de esos desesperados aventureros de ahora, salían encadenados, hace tres siglos, rumbo a América.
La aparición en las pantallas de sus televisores del bienestar ajeno y evidencia de la propia escasez, han actuado como gran detonante en las decisiones de miles de emigrantes, de los que una buena parte circulan por las ciudades españolas y trabajan como mano de obra barata sin cualificar, o hacen de eslabón en negocios ilegales. No me tomen por frívolo, pero me parece que la señal de televisión vía satélite ha acabado siendo como aquella botella de Coca-Cola, seguida en este caso de forma incontrolada por millones de personas y generando el que, con toda seguridad, es el principal problema social de la historia de Europa.
Una buena parte de ellos han acabado legalizando su situación en los procesos de regularización y se han apiñado en guetos sociales que han convertido a no pocos barrios históricos y antiguos de las ciudades españolas, en lugares por los que los nacidos en ellas prefieren ya no pasar.
Ocurre en Madrid y Barcelona, de la misma manera que en Marsella, en los banlieu de Paris y en las principales ciudades de la Unión Europea. Son los otros emigrantes, los que no se han integrado y que dan mayor rango a lo que sus propias normas dicen sobre derechos cuya vulneración está penada en los países democráticos europeos. En ese círculo cerrado, dentro de su endogamia religiosa, las mujeres se ven abocadas a asentir y defender, temerosas de Alá y de sus hombres, la bondad de no ser, vestir y vivir como las mujeres naturales de los países que les han acogido.
En mayo se cumplirá un año de la elección de Nicolás Sarkozy como presidente de Francia. Decían entonces los cronistas que el deseo de cambio había pesado en la contundente victoria con más de un 53% de los votos emitidos y que la claridad respecto al problema migratorio había sido, junto con la decisión del nuevo mandatario de acabar con privilegios gremiales ofensivos, la clave de un apoyo popular, ahora en parte enturbiado por la ventilación mediática de su vida sentimental.
El arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, primado de la Iglesia Anglicana en el Reino Unido –recordemos que la reina de Inglaterra es su jefa espiritual- se ha visto en los últimos días en un pequeño callejón sin salida, tras decir que "parece inevitable" la introducción, en el marco legal británico, de algunos aspectos de la "sharia", leyes coránicas, para favorecer la cohesión social. El primer ministro Brown, tardó sólo unas horas en recordar al presbítero que «las leyes británicas tienen que basarse en valores británicos» y que la Sharía nunca puede usarse como justificación para vulnerar la ley del país, ni siquiera en casos de derecho civil.
Y en España el toro migratorio ha salido al ruedo del debate político cuando tenía que salir, antes de que los votantes decidan la opción que prefieren para los próximos cuatro años. La iniciativa ha partido de Mariano Rajoy, que en la misma línea de las limitaciones y mayor exigencia aplicadas en Francia y Alemania y el rigor británico, ha anunciado que si gobierna aplicará normas para exigir la integración, la aceptación de nuestras leyes y el respeto de igualdad entre hombre y mujer, nada clara en los códigos de conducta de una parte de los que han venido para quedarse.
Al anunciar sus medidas era obvio que denunciaba “agujeros negros” que el Gobierno, ¿qué otra cosa podía hacer?, ha dicho que no existen invocando cantos a la libertad de los pueblos y llamando rancios, excluyentes y xenófobos a los populares. Rodríguez Zapatero, ha hecho un paréntesis en su generosa campaña política, para pedir perdón a los emigrantes “en nombre de todos los españoles”, incluido en el mío y algunos cuantos más que, a lo mejor en estas cuestiones, coincidimos con lo que dice el político de Pontevedra que quiere llevar al PP a La Moncloa.
¿Se imaginan a Segolene Royal pidiendo perdón a los emigrantes por las medidas de mayor control propuestas por el candidato Sarkozy?. ¿Haría otro tanto David Cameron, candidato conservador británico sumándose al patinazo de Arzobispo de Canterbury?.
Estoy seguro de que no. Que en esas democracias maduras de la Vieja Europa, los partidos, aunque sean de diferente signo ideológico, comparten y apartan del debate un activo que cuesta mucho tiempo construir, pero que puede desaparecer muy rápidamente si no se cuida. Me refiero a un profundo sentido de estado
¿Y aquí, qué?. Pues aquí creo que el sentido de Estado pertenece cada día más a la teoría política y menos a la praxis del ejercicio del poder y la oposición. Y tal vez por eso los españoles somos diferentes, como ya se decía en los carteles turísticos de los años setenta y confundimos ese envidiable orgullo de pertenencia de galos, teutones, ingleses y vikingos, con la lucha obsesiva por el poder.
Javier Zuloaga
En este mismo blog hice hace unos meses una incursión en el complejo mundo de la migración. Citaba unas reflexiones de Carlos Solchaga, que se manifestaba sobre las políticas de apoyo de Occidente al Tercer Mundo y la escasa influencia que hasta ahora han tenido en el freno de los aludes migratorios.
Venía a decir este navarro que el problema no está en el origen, sino en el destino y que la popularización de las telecomunicaciones había roto las barreras de la ignorancia, al sur de Europa, sobre lo que se podía encontrar más allá de aquella misma costa de la que los antepasados de esos desesperados aventureros de ahora, salían encadenados, hace tres siglos, rumbo a América.
La aparición en las pantallas de sus televisores del bienestar ajeno y evidencia de la propia escasez, han actuado como gran detonante en las decisiones de miles de emigrantes, de los que una buena parte circulan por las ciudades españolas y trabajan como mano de obra barata sin cualificar, o hacen de eslabón en negocios ilegales. No me tomen por frívolo, pero me parece que la señal de televisión vía satélite ha acabado siendo como aquella botella de Coca-Cola, seguida en este caso de forma incontrolada por millones de personas y generando el que, con toda seguridad, es el principal problema social de la historia de Europa.
Una buena parte de ellos han acabado legalizando su situación en los procesos de regularización y se han apiñado en guetos sociales que han convertido a no pocos barrios históricos y antiguos de las ciudades españolas, en lugares por los que los nacidos en ellas prefieren ya no pasar.
Ocurre en Madrid y Barcelona, de la misma manera que en Marsella, en los banlieu de Paris y en las principales ciudades de la Unión Europea. Son los otros emigrantes, los que no se han integrado y que dan mayor rango a lo que sus propias normas dicen sobre derechos cuya vulneración está penada en los países democráticos europeos. En ese círculo cerrado, dentro de su endogamia religiosa, las mujeres se ven abocadas a asentir y defender, temerosas de Alá y de sus hombres, la bondad de no ser, vestir y vivir como las mujeres naturales de los países que les han acogido.
En mayo se cumplirá un año de la elección de Nicolás Sarkozy como presidente de Francia. Decían entonces los cronistas que el deseo de cambio había pesado en la contundente victoria con más de un 53% de los votos emitidos y que la claridad respecto al problema migratorio había sido, junto con la decisión del nuevo mandatario de acabar con privilegios gremiales ofensivos, la clave de un apoyo popular, ahora en parte enturbiado por la ventilación mediática de su vida sentimental.
El arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, primado de la Iglesia Anglicana en el Reino Unido –recordemos que la reina de Inglaterra es su jefa espiritual- se ha visto en los últimos días en un pequeño callejón sin salida, tras decir que "parece inevitable" la introducción, en el marco legal británico, de algunos aspectos de la "sharia", leyes coránicas, para favorecer la cohesión social. El primer ministro Brown, tardó sólo unas horas en recordar al presbítero que «las leyes británicas tienen que basarse en valores británicos» y que la Sharía nunca puede usarse como justificación para vulnerar la ley del país, ni siquiera en casos de derecho civil.
Y en España el toro migratorio ha salido al ruedo del debate político cuando tenía que salir, antes de que los votantes decidan la opción que prefieren para los próximos cuatro años. La iniciativa ha partido de Mariano Rajoy, que en la misma línea de las limitaciones y mayor exigencia aplicadas en Francia y Alemania y el rigor británico, ha anunciado que si gobierna aplicará normas para exigir la integración, la aceptación de nuestras leyes y el respeto de igualdad entre hombre y mujer, nada clara en los códigos de conducta de una parte de los que han venido para quedarse.
Al anunciar sus medidas era obvio que denunciaba “agujeros negros” que el Gobierno, ¿qué otra cosa podía hacer?, ha dicho que no existen invocando cantos a la libertad de los pueblos y llamando rancios, excluyentes y xenófobos a los populares. Rodríguez Zapatero, ha hecho un paréntesis en su generosa campaña política, para pedir perdón a los emigrantes “en nombre de todos los españoles”, incluido en el mío y algunos cuantos más que, a lo mejor en estas cuestiones, coincidimos con lo que dice el político de Pontevedra que quiere llevar al PP a La Moncloa.
¿Se imaginan a Segolene Royal pidiendo perdón a los emigrantes por las medidas de mayor control propuestas por el candidato Sarkozy?. ¿Haría otro tanto David Cameron, candidato conservador británico sumándose al patinazo de Arzobispo de Canterbury?.
Estoy seguro de que no. Que en esas democracias maduras de la Vieja Europa, los partidos, aunque sean de diferente signo ideológico, comparten y apartan del debate un activo que cuesta mucho tiempo construir, pero que puede desaparecer muy rápidamente si no se cuida. Me refiero a un profundo sentido de estado
¿Y aquí, qué?. Pues aquí creo que el sentido de Estado pertenece cada día más a la teoría política y menos a la praxis del ejercicio del poder y la oposición. Y tal vez por eso los españoles somos diferentes, como ya se decía en los carteles turísticos de los años setenta y confundimos ese envidiable orgullo de pertenencia de galos, teutones, ingleses y vikingos, con la lucha obsesiva por el poder.
Javier Zuloaga
jueves, 31 de enero de 2008
LA MAGIA DE LOS MERCADOS
El mundo de la comunicación periodística funciona, en buena medida, a golpe de campana. Lo saben bien los jefes de redacción de los medios, escritos y audiovisuales, que se ven abrumados por una agenda en la que, en bastantes ocasiones, ellos no han hecho más que anotar convocatorias. No trato, al decir esto, más que decir que es así y que la las iniciativas de lo que podríamos llamar “agentes de la actualidad” (políticos, empresarios, faranduleros, futbolistas, gurús de la ciencia y la cultura..etc) apenas dejan espacio a la ocurrencia o la libre curiosidad de los profesionales del periodismo.
Lo he vivido por activa y por pasiva, desde el papel de informador y director de diarios y desde el de comunicador empresarial. La presión de las agendas abona la cultura del conformismo y, como si del principio de Pavlov se tratara, hacen que los periodistas acudan en tropel a las citas informativas, en donde, al entrar, reciben una nota informativa de la que finalmente salen no pocas de las preguntas que se plantean a los protagonistas.
Siempre ha sido así, de la misma manera que he de decir que en el periodismo español existen grandes profesionales que pueden dirigir sus pasos hacia donde creen que deben hacerlo para escribir finalmente una gran crónica.
Por esta razón admiro a quienes hacen del ingenio una obligación y saben apartarse, incluso en las grandes citas de las agendas, de la mansedumbre y el conformismo oficialistas. Lo he comprobado en la lectura de las crónicas sobre la reciente reunión de Davos, esa cumbre en la que los poderosos se ponen delante del escaparate económico del mundo. He guardado varios recortes, uno con especial cariño, de un periodista con el que coincidí hace unos años en Barcelona. Me refiero a Walter Oppenheimer, corresponsal de “El País” en Londres, que viajó hasta una ciudad que es hoy más famosa por los postulados que en ella se sientan que por las pistas de esquí que la rodean.
George Soros, opulento por mérito y oportunidad y filántropo como consecuencia de lo anterior, explicaba- según Oppenheimer- que la actual crisis es el big-bang de 60 años de magia de los mercados, que el multimillonario prefiere llamar fundamentalismo, en el que la sofisticación de los productos que salían de forma continuada a los mercados desbordaron a quienes, desde las administraciones y las agencias de calificación de solvencia, habían sido hasta entonces capaces de calcular los riesgos, pero que decidieron echarse finalmente en los brazos de los modernos métodos de gestión.
Soros, con los bolsillos bien llenos, habló en Davos de dejación de responsabilidades. Muy duro.
De aquella crónica del enviado especial de “El País” no he podido resistirme a recoger las palabras del Vicepresidente de la Asamblea Popular de China, Cheng Siwei sobre la economía de su país “Hay cuatro etapas: primero exportamos bienes, luego manufacturas, luego capital y finalmente conocimiento” para luego pronunciar una frase que deslumbra por su sencillez y profundidad “Los chinos ahorran hoy el gasto de mañana y los americanos gastan hoy los ahorros del mañana”
Crónica completa:
http://www.elpais.com/articulo/economia/Crisis/recesion/cambio/cetro/elpepieco/20080127elpepieco_3/Tes
Lo de la reunión de Davos ha generado ríos de tinta, en crónicas y artículos, que no podían dejar escapar la oportunidad. El economista, profesor y articulista británico Timothy Garton, se preguntaba por qué el G-8 no se multiplica por 1,7 y se convierte en el G-14, para aplicar, en la práctica, la globalización de la economía.
No entiende el autor que este tipo de conciliábulos tengan sitio para Italia y no para China y apostaba por la presencia en el encuentro, como protagonistas, de países como –además de China- India, Brasil, México, Surafrica e Indonesia. “No tiene ningún sentido abordar un asunto como el cambio climático sin que estén en la mesa los dos mayores emisores de carbono”, decía el estudioso, que se mostraba sin embargo escéptico sobre si alguno de los ocho miembros del sanedrín del poder económico correrá su poltrona hacia un lado para dejar espacio a las de los nuevos.
Artículo completo de T. Garton:
http://www.elpais.com/articulo/panorama/Convertir/G-8/G-14/elpepusocdgm/20080127elpdmgpan_2/Tes
Pero en Davos se cocían, intramuros, cuestiones más peliagudas. Los Fondos Soberanos, esas ingentes cantidades de dinero líquido propiedad de los gobiernos de países ricos, un 2% se los activos que circulan por el mundo según The Economist, que son invertidos en empresas, principalmente bancos, de países que atraviesan momentos de crisis. En la cita suiza hubo quien acusó a esos inversores estatales, de ser poco transparentes, aunque la respuesta defensiva fue que resultaba ilógico pedir a países que acuden a tapar los agujeros de la coyuntura, o la mala gestión, más controles que a los fondos privados y los bancos de inversión.
Gordon Brown, Premier británico pedía que el Fondo Monetario Internacional supervise los grandes flujos financieros que se producen, cada día, en el mundo. Los controladores nacionales, explicaba el sucesor de Blair, no son suficientes y es necesario saber qué pasa con el dinero que se mueve vertiginosamente con la pulsación de una sola tecla. Para el británico, el FMI debería desarrollar un sistema de alerta temprana capaz de enfrentarse a las crisis. ¿Se refería a poner filtros a la globalización?
Hay miedo, temor o impotencia ante lo que excede a las soberanías de los estados y a la interrelación de todo con todo. Lo mismo da que hablemos de revoluciones igualitarias, delincuencia virtual o, como en este caso, a esas corrientes inversoras y desinversoras que se dan cada segundo en los mercados.
La posible candidata demócrata a la presidencia de los EE.UU. Hillay Clinton decía el pasado 15 de enero “Necesitamos tener mucho más control sobre lo que los fondos soberanos hacen y como lo hacen”. Sus palabras eran el renglón seguido de las inversiones para recapitalizar las pérdidas, entre otros, de City Group y Merry Linch, en crisis por la sobrevaloración de las tasaciones hipotecarias norteamericanas, que fueron la raíz de que los gobiernos de Singapur, Kuwait y Corea del Sur, inyectaran 21 billones de dólares.
“¿Salvarán los pobres la economía mundial?”, era el titular de una crónica periodística sobre esta suerte de reversión del curso natural del dinero, de Occidente hacia el Este antes y ahora crecientemente en sentido contrario. El periodista, Moisés Naim, trataba de encontrar, en el dinamismo interno de las economías emergentes y sus beneficios, el chaleco salvavidas para que Estados Unidos y todos los que recibimos sus estornudos, no acabemos hundidos en la temida recesión.
http://www.elpais.com/articulo/internacional/Salvaran/pobres/economia/mundial/elpepiint/20080120elpepiint_8/Tes
Como soy de Humanidades, no puedo evitar que mi imaginación vuele y pensar en dos personajes de nuestra historia que vivieron en tiempos y lugares muy distintos, pero que guardan relación con todo lo que he escrito.
¿Se espantaría Marco Polo si le hubieran dicho en el siglo XIII, cuando iba y venía por la Ruta de la Seda, que aquellos mercaderes de Oriente convertirían sus tesoros en títulos de propiedad de los símbolos del poder económico de los países de Occidente?
¿Cabría en la cabeza de Thomas Edgard Lawrence, Lawrence de Arabia, tal vez el europeo que mejor entendió la complejidad de mundo árabe, que aquellas tribus que se repartían entre dunas, oasis y bosques de torres metálicas, acabarían siendo la salvación de los portaviones financieros de los Estados Unidos?
Javier Zuloaga
Lo he vivido por activa y por pasiva, desde el papel de informador y director de diarios y desde el de comunicador empresarial. La presión de las agendas abona la cultura del conformismo y, como si del principio de Pavlov se tratara, hacen que los periodistas acudan en tropel a las citas informativas, en donde, al entrar, reciben una nota informativa de la que finalmente salen no pocas de las preguntas que se plantean a los protagonistas.
Siempre ha sido así, de la misma manera que he de decir que en el periodismo español existen grandes profesionales que pueden dirigir sus pasos hacia donde creen que deben hacerlo para escribir finalmente una gran crónica.
Por esta razón admiro a quienes hacen del ingenio una obligación y saben apartarse, incluso en las grandes citas de las agendas, de la mansedumbre y el conformismo oficialistas. Lo he comprobado en la lectura de las crónicas sobre la reciente reunión de Davos, esa cumbre en la que los poderosos se ponen delante del escaparate económico del mundo. He guardado varios recortes, uno con especial cariño, de un periodista con el que coincidí hace unos años en Barcelona. Me refiero a Walter Oppenheimer, corresponsal de “El País” en Londres, que viajó hasta una ciudad que es hoy más famosa por los postulados que en ella se sientan que por las pistas de esquí que la rodean.
George Soros, opulento por mérito y oportunidad y filántropo como consecuencia de lo anterior, explicaba- según Oppenheimer- que la actual crisis es el big-bang de 60 años de magia de los mercados, que el multimillonario prefiere llamar fundamentalismo, en el que la sofisticación de los productos que salían de forma continuada a los mercados desbordaron a quienes, desde las administraciones y las agencias de calificación de solvencia, habían sido hasta entonces capaces de calcular los riesgos, pero que decidieron echarse finalmente en los brazos de los modernos métodos de gestión.
Soros, con los bolsillos bien llenos, habló en Davos de dejación de responsabilidades. Muy duro.
De aquella crónica del enviado especial de “El País” no he podido resistirme a recoger las palabras del Vicepresidente de la Asamblea Popular de China, Cheng Siwei sobre la economía de su país “Hay cuatro etapas: primero exportamos bienes, luego manufacturas, luego capital y finalmente conocimiento” para luego pronunciar una frase que deslumbra por su sencillez y profundidad “Los chinos ahorran hoy el gasto de mañana y los americanos gastan hoy los ahorros del mañana”
Crónica completa:
http://www.elpais.com/articulo/economia/Crisis/recesion/cambio/cetro/elpepieco/20080127elpepieco_3/Tes
Lo de la reunión de Davos ha generado ríos de tinta, en crónicas y artículos, que no podían dejar escapar la oportunidad. El economista, profesor y articulista británico Timothy Garton, se preguntaba por qué el G-8 no se multiplica por 1,7 y se convierte en el G-14, para aplicar, en la práctica, la globalización de la economía.
No entiende el autor que este tipo de conciliábulos tengan sitio para Italia y no para China y apostaba por la presencia en el encuentro, como protagonistas, de países como –además de China- India, Brasil, México, Surafrica e Indonesia. “No tiene ningún sentido abordar un asunto como el cambio climático sin que estén en la mesa los dos mayores emisores de carbono”, decía el estudioso, que se mostraba sin embargo escéptico sobre si alguno de los ocho miembros del sanedrín del poder económico correrá su poltrona hacia un lado para dejar espacio a las de los nuevos.
Artículo completo de T. Garton:
http://www.elpais.com/articulo/panorama/Convertir/G-8/G-14/elpepusocdgm/20080127elpdmgpan_2/Tes
Pero en Davos se cocían, intramuros, cuestiones más peliagudas. Los Fondos Soberanos, esas ingentes cantidades de dinero líquido propiedad de los gobiernos de países ricos, un 2% se los activos que circulan por el mundo según The Economist, que son invertidos en empresas, principalmente bancos, de países que atraviesan momentos de crisis. En la cita suiza hubo quien acusó a esos inversores estatales, de ser poco transparentes, aunque la respuesta defensiva fue que resultaba ilógico pedir a países que acuden a tapar los agujeros de la coyuntura, o la mala gestión, más controles que a los fondos privados y los bancos de inversión.
Gordon Brown, Premier británico pedía que el Fondo Monetario Internacional supervise los grandes flujos financieros que se producen, cada día, en el mundo. Los controladores nacionales, explicaba el sucesor de Blair, no son suficientes y es necesario saber qué pasa con el dinero que se mueve vertiginosamente con la pulsación de una sola tecla. Para el británico, el FMI debería desarrollar un sistema de alerta temprana capaz de enfrentarse a las crisis. ¿Se refería a poner filtros a la globalización?
Hay miedo, temor o impotencia ante lo que excede a las soberanías de los estados y a la interrelación de todo con todo. Lo mismo da que hablemos de revoluciones igualitarias, delincuencia virtual o, como en este caso, a esas corrientes inversoras y desinversoras que se dan cada segundo en los mercados.
La posible candidata demócrata a la presidencia de los EE.UU. Hillay Clinton decía el pasado 15 de enero “Necesitamos tener mucho más control sobre lo que los fondos soberanos hacen y como lo hacen”. Sus palabras eran el renglón seguido de las inversiones para recapitalizar las pérdidas, entre otros, de City Group y Merry Linch, en crisis por la sobrevaloración de las tasaciones hipotecarias norteamericanas, que fueron la raíz de que los gobiernos de Singapur, Kuwait y Corea del Sur, inyectaran 21 billones de dólares.
“¿Salvarán los pobres la economía mundial?”, era el titular de una crónica periodística sobre esta suerte de reversión del curso natural del dinero, de Occidente hacia el Este antes y ahora crecientemente en sentido contrario. El periodista, Moisés Naim, trataba de encontrar, en el dinamismo interno de las economías emergentes y sus beneficios, el chaleco salvavidas para que Estados Unidos y todos los que recibimos sus estornudos, no acabemos hundidos en la temida recesión.
http://www.elpais.com/articulo/internacional/Salvaran/pobres/economia/mundial/elpepiint/20080120elpepiint_8/Tes
Como soy de Humanidades, no puedo evitar que mi imaginación vuele y pensar en dos personajes de nuestra historia que vivieron en tiempos y lugares muy distintos, pero que guardan relación con todo lo que he escrito.
¿Se espantaría Marco Polo si le hubieran dicho en el siglo XIII, cuando iba y venía por la Ruta de la Seda, que aquellos mercaderes de Oriente convertirían sus tesoros en títulos de propiedad de los símbolos del poder económico de los países de Occidente?
¿Cabría en la cabeza de Thomas Edgard Lawrence, Lawrence de Arabia, tal vez el europeo que mejor entendió la complejidad de mundo árabe, que aquellas tribus que se repartían entre dunas, oasis y bosques de torres metálicas, acabarían siendo la salvación de los portaviones financieros de los Estados Unidos?
Javier Zuloaga
martes, 22 de enero de 2008
EL RESPALDO DE LA SILLA
"Los africanos perciben el tiempo bien diferente. Para ellos, es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye en la horma del tiempo y sobre su ritmo y su transcurso…El tiempo es algo que el hombre puede crear pues se manifiesta a través de los acontecimientos y el hecho de que un acontecimiento se produzca o no, no depende sino del hombre. Si dos ejércitos no libran batalla, esta batalla no habrá tenido lugar."
Quien escribía así era Ryszard Kapuciski, aquel polaco maestro de reporteros, muerto el pasado año, que describía esas primeras impresiones que cuajan en la retina del periodista cuando, en sus viajes, queda deslumbrado por las cosas más sencillas que ve al llegar a un nuevo paraje. Lo explicaba en las páginas de su libro Ébano, cuya lectura deja ver, con más claridad, la complejidad del Continente Negro.
Kapuscinski hacía aquella descripción de Ghana, en 1957, para explicar lo que llamaba la “inerte espera”, ese estado en que los nativos de las tribus ashanti se situaban, quietos en un lugar, tumbados o en cuclillas, enmudecidos, con la silueta de su cuerpo lacia, el cuello rígido y su cabeza inmóvil, sin mirar a ninguna cosa en concreto, hasta sumirse en una especie de sueño y sin tener necesidad de comer, beber u orinar. Como si la vida entrara en un paréntesis y el tiempo se parara.
El periodista polaco no supo, sin embargo, responderse a si mismo sobre lo que ocurría en las cabezas de aquellos hombres y mujeres que entraban en trance: si pensaban en algo, soñaban o se aletargaban del todo. O si, a lo mejor, estaban temporalmente en el más allá.
Cuando leí estas líneas imaginé que lo que le pasó al autor de Ébano fue una suerte de contagio del virus de “grandeza de lo sencillo”. Pensé hasta qué punto podemos hoy encontrar descubrimientos tan deslumbrantes como el que él describía y así observar que es posible descontar el tiempo inútil, en el que no hacemos nada y contabilizar sólo esos minutos, horas, días, meses, años, en los que realmente hemos vivido conscientes de haberlo hecho.
Aquello que vio el periodista polaco encuentra sus raíces en las tradiciones atávicas de los países que visitó y que sucumben, sin apenas defensas racionales, con la evidencia del ciclo biológico, con la demostrada rotación de la tierra sobre su eje y con el evidente envejecimiento de nuestras células con el paso de los años. Pero como planteamiento reflexivo me parece llamativo y con cierto fundamento, que muchas generaciones de africanos actuaran de acuerdo con esos principios y que , aunque residualmente, esas maneras de entender la vida sigan existiendo todavía hoy.
¿Imaginan una África que hubiera seguido su curso natural al margen de los modos y los intereses de los países colonizadores?.
Todo esto me lleva a centrar mis pensamientos en el reparto que hacemos de nuestro tiempo y de qué manera, en la sociedad de la competitividad en la que vivimos, nos hemos situado en el polo opuesto al de aquellos nativos tan trascendentales. Frente a su peculiar cultura de la “vida neta” , los habitantes del mundo moderno nos hemos dejado arrastrar por la de la ocupación imparable, por el “mira mi agenda, no tengo tiempo para nada” como signo de distinción social y vía de promoción en la lucha por llegar el primero.
Me contaba hace poco un vecino, que ha trabajado unos años en Nueva York que, en su empresa, las mujeres de la limpieza apagaban no pocas lámparas de mesa de despachos que habían permanecido encendidas hasta bien entrada la noche y que, en los respaldos de las sillas estaban estratégicamente colgadas –para que fueran vistas por quienes pasaran frente a la puerta abierta- las americanas de unos ejecutivos que en realidad hacía horas que habían cruzado en un “ferry” el río Hudson para reunirse con sus familias en sus coquetas casas de Nueva Jersey.
Son dos formas, las de aquellos nativos de 1957 y la del aguerrido ejecutivo de Manhattan, que nada tienen que ver entre si. Sobre todo por una razón, porque los nativos ashanti eran dueños de su tiempo, mientras que los reyes del stress y las victimas de la blackberry, viven bajo el yugo de unas agujas que se mueven amenazantes en la esfera de sus relojes.
Me decía también que, en más de una ocasión, le ha asaltado la sensación de que ha desperdiciado una buena parte de su vida. Vamos, como nos pasa a todos.
Me hablaba del "conformismo modorro", dar por sentado que lo que siempre ha sido de una manera, ya no puede cambiar ni ser cuestionado. "Nos pasamos la vida -decía- renunciando a la rebeldía personal, con la guardia baja".
Por ejemplo, en el trabajo, en donde hay que obedecer, seguir la hoja de ruta y no salirse del guión, o bien ser audaz y dar rienda suelta a la iniciativa. Los riesgos de esta ultima opción son altos ya que puedes dejar al descubierto alguna que otra incompetencia ajena, aunque, si la cosa marcha bien, el reconocimiento puede ser gratificante si has ido a parar a una empresa que cree de verdad -y predica sólo lo necesario-en ese abstracto concepto del capital humano.
Lo triste- me decía mi vecino- es que en ambos casos hay que dedicar un buen tiempo, otra vez el tiempo, a mirar y analizar la fauna profesional que te rodea, a estar alerta.
Y arremetió después contra el esnobismo social, eso de dejarse llevar por corrientes que, más que modas, parecen tomaduras de pelo. Es el consumo de élite diseñado por empresas, o listillos especializados en explotar la estupidez de los grandes rebaño humanos . Cuanto mas adinerados mucho mejor.
Cuando mi amigo acabo su ácida visión de la vida, le solté, confiado, lo de los nativos ashanti y su peculiar manera de separar, en el tiempo, el grano de la paja.
-Mira-me dijo- eso ocurrirá en la sabana africana, pero forma parte de las curiosidades que te muestran los guías turísticos para que saques un par de fotos digitales y luego incubes un brote de sarampión trascendental como el que ahora te afecta a ti.
Y yo prácticamente no había abierto la boca.
Callé mientras él me daba una cariñosa colleja y seguimos caminando hasta el green del ultimo hoyo mientras saludamos, agitando el brazo, a nuestras entrañables familias, que nos miraban desde la terraza del club de golf.
-Esto es lo que hay, colega- dijo el yuppie rebelde, antes hacer rodar la bola y ganarme la partida
Javier Zuloaga
Quien escribía así era Ryszard Kapuciski, aquel polaco maestro de reporteros, muerto el pasado año, que describía esas primeras impresiones que cuajan en la retina del periodista cuando, en sus viajes, queda deslumbrado por las cosas más sencillas que ve al llegar a un nuevo paraje. Lo explicaba en las páginas de su libro Ébano, cuya lectura deja ver, con más claridad, la complejidad del Continente Negro.
Kapuscinski hacía aquella descripción de Ghana, en 1957, para explicar lo que llamaba la “inerte espera”, ese estado en que los nativos de las tribus ashanti se situaban, quietos en un lugar, tumbados o en cuclillas, enmudecidos, con la silueta de su cuerpo lacia, el cuello rígido y su cabeza inmóvil, sin mirar a ninguna cosa en concreto, hasta sumirse en una especie de sueño y sin tener necesidad de comer, beber u orinar. Como si la vida entrara en un paréntesis y el tiempo se parara.
El periodista polaco no supo, sin embargo, responderse a si mismo sobre lo que ocurría en las cabezas de aquellos hombres y mujeres que entraban en trance: si pensaban en algo, soñaban o se aletargaban del todo. O si, a lo mejor, estaban temporalmente en el más allá.
Cuando leí estas líneas imaginé que lo que le pasó al autor de Ébano fue una suerte de contagio del virus de “grandeza de lo sencillo”. Pensé hasta qué punto podemos hoy encontrar descubrimientos tan deslumbrantes como el que él describía y así observar que es posible descontar el tiempo inútil, en el que no hacemos nada y contabilizar sólo esos minutos, horas, días, meses, años, en los que realmente hemos vivido conscientes de haberlo hecho.
Aquello que vio el periodista polaco encuentra sus raíces en las tradiciones atávicas de los países que visitó y que sucumben, sin apenas defensas racionales, con la evidencia del ciclo biológico, con la demostrada rotación de la tierra sobre su eje y con el evidente envejecimiento de nuestras células con el paso de los años. Pero como planteamiento reflexivo me parece llamativo y con cierto fundamento, que muchas generaciones de africanos actuaran de acuerdo con esos principios y que , aunque residualmente, esas maneras de entender la vida sigan existiendo todavía hoy.
¿Imaginan una África que hubiera seguido su curso natural al margen de los modos y los intereses de los países colonizadores?.
Todo esto me lleva a centrar mis pensamientos en el reparto que hacemos de nuestro tiempo y de qué manera, en la sociedad de la competitividad en la que vivimos, nos hemos situado en el polo opuesto al de aquellos nativos tan trascendentales. Frente a su peculiar cultura de la “vida neta” , los habitantes del mundo moderno nos hemos dejado arrastrar por la de la ocupación imparable, por el “mira mi agenda, no tengo tiempo para nada” como signo de distinción social y vía de promoción en la lucha por llegar el primero.
Me contaba hace poco un vecino, que ha trabajado unos años en Nueva York que, en su empresa, las mujeres de la limpieza apagaban no pocas lámparas de mesa de despachos que habían permanecido encendidas hasta bien entrada la noche y que, en los respaldos de las sillas estaban estratégicamente colgadas –para que fueran vistas por quienes pasaran frente a la puerta abierta- las americanas de unos ejecutivos que en realidad hacía horas que habían cruzado en un “ferry” el río Hudson para reunirse con sus familias en sus coquetas casas de Nueva Jersey.
Son dos formas, las de aquellos nativos de 1957 y la del aguerrido ejecutivo de Manhattan, que nada tienen que ver entre si. Sobre todo por una razón, porque los nativos ashanti eran dueños de su tiempo, mientras que los reyes del stress y las victimas de la blackberry, viven bajo el yugo de unas agujas que se mueven amenazantes en la esfera de sus relojes.
Me decía también que, en más de una ocasión, le ha asaltado la sensación de que ha desperdiciado una buena parte de su vida. Vamos, como nos pasa a todos.
Me hablaba del "conformismo modorro", dar por sentado que lo que siempre ha sido de una manera, ya no puede cambiar ni ser cuestionado. "Nos pasamos la vida -decía- renunciando a la rebeldía personal, con la guardia baja".
Por ejemplo, en el trabajo, en donde hay que obedecer, seguir la hoja de ruta y no salirse del guión, o bien ser audaz y dar rienda suelta a la iniciativa. Los riesgos de esta ultima opción son altos ya que puedes dejar al descubierto alguna que otra incompetencia ajena, aunque, si la cosa marcha bien, el reconocimiento puede ser gratificante si has ido a parar a una empresa que cree de verdad -y predica sólo lo necesario-en ese abstracto concepto del capital humano.
Lo triste- me decía mi vecino- es que en ambos casos hay que dedicar un buen tiempo, otra vez el tiempo, a mirar y analizar la fauna profesional que te rodea, a estar alerta.
Y arremetió después contra el esnobismo social, eso de dejarse llevar por corrientes que, más que modas, parecen tomaduras de pelo. Es el consumo de élite diseñado por empresas, o listillos especializados en explotar la estupidez de los grandes rebaño humanos . Cuanto mas adinerados mucho mejor.
Cuando mi amigo acabo su ácida visión de la vida, le solté, confiado, lo de los nativos ashanti y su peculiar manera de separar, en el tiempo, el grano de la paja.
-Mira-me dijo- eso ocurrirá en la sabana africana, pero forma parte de las curiosidades que te muestran los guías turísticos para que saques un par de fotos digitales y luego incubes un brote de sarampión trascendental como el que ahora te afecta a ti.
Y yo prácticamente no había abierto la boca.
Callé mientras él me daba una cariñosa colleja y seguimos caminando hasta el green del ultimo hoyo mientras saludamos, agitando el brazo, a nuestras entrañables familias, que nos miraban desde la terraza del club de golf.
-Esto es lo que hay, colega- dijo el yuppie rebelde, antes hacer rodar la bola y ganarme la partida
Javier Zuloaga
jueves, 17 de enero de 2008
DELANTE O DETRÁS DE LOS CURAS
A Dios rogando y con el mazo dando…
Al que Dios se lo dio, San Pedro se lo bendiga…
Al que madruga Dios le ayuda…
Dios aprieta pero no ahoga…
Dios los crea y el diablo los junta…
No es lo mismo predicar que dar trigo…
Palo dado, ni Dios lo quita…
Cuando Dios no quiere, el médico no puede.
La historia del mundo está plagada de dichos en los que Dios es protagonista, ya sea en boca de creyentes, ateos e incluso de agnósticos, tal vez porque para estos últimos, aunque la existencia divina no pueda ser probada ni negada, eso no quiere decir que esté reñida con la prudencia frente a lo desconocido de lo que hay al otro lado de la línea en la que se acaba la vida. Por si las moscas.
El costumbrismo español, como sus tradiciones, sus fiestas más ancestrales, sus juergas multitudinarias, el deporte, las relaciones coloquiales y al final casi todo, están impregnadas de menciones a Dios, como expresión refleja, maldición o explosión de júbilo. Cuentan y algunos se lo adjudican al costumbrista navarro José María Iribarren, anécdotas ocurridas en su natal Tudela en las que se ve al arraigo, un tanto bronco, que Dios ha tenido siempre entre los hispanos.
Dicen que en un partido entre el Tudelano y el Calahorra, a falta de un minuto, un delantero del equipo de la Ribera tenía en su pie la victoria. Bastaba para ello que chutara de forma correcta un penalti que, finalmente, se perdió en el cielo del estadio. “Me cago en los zapaticos del Niño Jesús” cuentan que dijo, rabioso y hundido en una gran impotencia, aquel tudelano que privó a su ciudad de un triunfo tan importante.
Si aquello fue cierto, o no, debe ser parecido a lo que cabría preguntarse sobre aquel hortelano de la Mejana navarra que, dicen, se subió al tejado de su casa en pleno pedrisco para decirle a Dios que si tenía lo que debía tener un hombre, pues que bajara a vérselas con él, dispuesto por supuesto a ajustar cuentas por haber permitido, desde su designio divino, la ruina de su cosecha de verduras sin la que, aquel invierno, no andaría sobrado.
Hay muchísimas anécdotas, casi una enciclopedia, de quienes han dedicado su vida a perpetuar el recuerdo de todas esas pequeñas cosas que, en relación a Dios y otras cuestiones menos trascendentales, han inundado la vida de las personas, ya fueran cristianas o paganas.
Tal vez por ello uno no puede menos que mesarse los cabellos cuando ve como Dios se está convirtiendo en un problema por el mal uso que se hace de él. Basta con mirar lo que publicaban los diarios hace poco más de una semana en la que, como consecuencia de un acto en Madrid en defensa de la familia,se ha armado una gran marimorena.
Como ciudadano me he preguntado acerca de las razones que impulsaron a fijar, en fechas tan inconvenientes como las preelectorales, un acto que, perfectamente legítimo, habría sido menos controvertido en otro momento. De igual manera me dije si era necesaria la visión tan apocalíptica que un prelado hizo sobre los derechos humanos o la existencia misma de la democracia española, apuntando directamente a la yugular del gobierno actual, situando a los líderes socialistas en una suerte de tierra de paganos, sarracenos y además déspotas.
No tuve tiempo, cuando recordaba que soy cristiano al menos de educación, para mayores reflexiones, ya que al mejor estilo celtibérico, un destacado socialista español, con formas toscas, pedía explicaciones a Benedicto XVI para que le dijera, a él, a José Blanco, qué era lo que el Papa entendía por familia.
Fue entonces cuando entendí aquello que mi padre me decía sobre la frágil cuestión de la relación del clero hispano con el mundo de sus laicos, casi todos bautizados, lo cual sólo quiere decir eso, bautizados. Decía que los españoles o bien hemos huido temerosos delante de los curas, porque ellos nos perseguían con el misal y el hisopo, o nosotros detrás de ellos, para dar suelta a un anticlericalismo, a veces criminal, que siempre ha vivido soterrado en una parte de la sociedad española.
España es un país laico, porque lo dice su Constitución, mal le pese a quien le pese, pero tiene profundas raíces y tradiciones católicas y por ello no deberían las sotanas convertirse en símbolo de nadie, aunque se lo pida el cuerpo a quienes ven en ella el eje de su vida personal y quieren hacerla extensiva a todos los que les rodean.
De la misma manera no deben los políticos lenguaraces, con la calentura electoral, tratar de dirimir con el mismísimo Papa, como si fuera un tertulianpo de debate televisivo, al tiempo que se tiende públicamente la mano a civilizaciones que se fundamentan, casualmente, en la interpretación rigurosa e intransigente de una religión, a la que muchos creyentes, los que viven en sus países o los que emigraron a Europa, conceden más valor que a las mismas leyes.
Aquellas escandalosas reacciones de los puristas de la libertad cuando Oriana Fallaci advirtió, en su última obra antes de morir, “La Fuerza de la Razón”, sobre la ceguera europea ante la presencia creciente del Islam en el Viejo Continente, contrastan hoy con estos movimientos de pasarela de bondad y talantes extremos –en Madrid acabó uno hace pocos días- que deben ser seguidos con curiosidad no precisamente inocente por quienes extienden su implantación en el Magreb y registran como suyas mezquitas y madrasas en las principales capitales de la Unión Europea.
Aquella periodista irrepetible por su audacia se reconocía atea-cristiana y tal vez por ello padecía desvelos por la cultura religiosa en la que había decidido no creer. En su obra hay una frase que ilustra la contradicción de sus convicciones más personales. “Soy cristiana porque me gusta el discurso que está en la base del cristianismo. Me convence. Me seduce hasta tal punto de que no le encuentro contraste alguno con mi ateísmo y con mi laicismo. Hablo, obviamente, del discurso de Jesús de Nazaret, no de aquel elaborado o traicionado por la Iglesia católica e incluso por las iglesias protestantes”
Cuando leía el programa electoral del candidato Sarkozy - en el que tal vez algo tuvo que ver lo que pensaba y escribía la italiana- poniendo límites a la imparable balsa de aceite migratoria en la que se agazapa y confunde el fundamentalismo en Europa, pensé que a la genial periodista se le habrá dibujado una sonrisa de satisfacción allá donde esté y que, aunque atea confesa, puede que su alma no ande demasiado lejos de Dios.
Javier Zuloaga
Al que Dios se lo dio, San Pedro se lo bendiga…
Al que madruga Dios le ayuda…
Dios aprieta pero no ahoga…
Dios los crea y el diablo los junta…
No es lo mismo predicar que dar trigo…
Palo dado, ni Dios lo quita…
Cuando Dios no quiere, el médico no puede.
La historia del mundo está plagada de dichos en los que Dios es protagonista, ya sea en boca de creyentes, ateos e incluso de agnósticos, tal vez porque para estos últimos, aunque la existencia divina no pueda ser probada ni negada, eso no quiere decir que esté reñida con la prudencia frente a lo desconocido de lo que hay al otro lado de la línea en la que se acaba la vida. Por si las moscas.
El costumbrismo español, como sus tradiciones, sus fiestas más ancestrales, sus juergas multitudinarias, el deporte, las relaciones coloquiales y al final casi todo, están impregnadas de menciones a Dios, como expresión refleja, maldición o explosión de júbilo. Cuentan y algunos se lo adjudican al costumbrista navarro José María Iribarren, anécdotas ocurridas en su natal Tudela en las que se ve al arraigo, un tanto bronco, que Dios ha tenido siempre entre los hispanos.
Dicen que en un partido entre el Tudelano y el Calahorra, a falta de un minuto, un delantero del equipo de la Ribera tenía en su pie la victoria. Bastaba para ello que chutara de forma correcta un penalti que, finalmente, se perdió en el cielo del estadio. “Me cago en los zapaticos del Niño Jesús” cuentan que dijo, rabioso y hundido en una gran impotencia, aquel tudelano que privó a su ciudad de un triunfo tan importante.
Si aquello fue cierto, o no, debe ser parecido a lo que cabría preguntarse sobre aquel hortelano de la Mejana navarra que, dicen, se subió al tejado de su casa en pleno pedrisco para decirle a Dios que si tenía lo que debía tener un hombre, pues que bajara a vérselas con él, dispuesto por supuesto a ajustar cuentas por haber permitido, desde su designio divino, la ruina de su cosecha de verduras sin la que, aquel invierno, no andaría sobrado.
Hay muchísimas anécdotas, casi una enciclopedia, de quienes han dedicado su vida a perpetuar el recuerdo de todas esas pequeñas cosas que, en relación a Dios y otras cuestiones menos trascendentales, han inundado la vida de las personas, ya fueran cristianas o paganas.
Tal vez por ello uno no puede menos que mesarse los cabellos cuando ve como Dios se está convirtiendo en un problema por el mal uso que se hace de él. Basta con mirar lo que publicaban los diarios hace poco más de una semana en la que, como consecuencia de un acto en Madrid en defensa de la familia,se ha armado una gran marimorena.
Como ciudadano me he preguntado acerca de las razones que impulsaron a fijar, en fechas tan inconvenientes como las preelectorales, un acto que, perfectamente legítimo, habría sido menos controvertido en otro momento. De igual manera me dije si era necesaria la visión tan apocalíptica que un prelado hizo sobre los derechos humanos o la existencia misma de la democracia española, apuntando directamente a la yugular del gobierno actual, situando a los líderes socialistas en una suerte de tierra de paganos, sarracenos y además déspotas.
No tuve tiempo, cuando recordaba que soy cristiano al menos de educación, para mayores reflexiones, ya que al mejor estilo celtibérico, un destacado socialista español, con formas toscas, pedía explicaciones a Benedicto XVI para que le dijera, a él, a José Blanco, qué era lo que el Papa entendía por familia.
Fue entonces cuando entendí aquello que mi padre me decía sobre la frágil cuestión de la relación del clero hispano con el mundo de sus laicos, casi todos bautizados, lo cual sólo quiere decir eso, bautizados. Decía que los españoles o bien hemos huido temerosos delante de los curas, porque ellos nos perseguían con el misal y el hisopo, o nosotros detrás de ellos, para dar suelta a un anticlericalismo, a veces criminal, que siempre ha vivido soterrado en una parte de la sociedad española.
España es un país laico, porque lo dice su Constitución, mal le pese a quien le pese, pero tiene profundas raíces y tradiciones católicas y por ello no deberían las sotanas convertirse en símbolo de nadie, aunque se lo pida el cuerpo a quienes ven en ella el eje de su vida personal y quieren hacerla extensiva a todos los que les rodean.
De la misma manera no deben los políticos lenguaraces, con la calentura electoral, tratar de dirimir con el mismísimo Papa, como si fuera un tertulianpo de debate televisivo, al tiempo que se tiende públicamente la mano a civilizaciones que se fundamentan, casualmente, en la interpretación rigurosa e intransigente de una religión, a la que muchos creyentes, los que viven en sus países o los que emigraron a Europa, conceden más valor que a las mismas leyes.
Aquellas escandalosas reacciones de los puristas de la libertad cuando Oriana Fallaci advirtió, en su última obra antes de morir, “La Fuerza de la Razón”, sobre la ceguera europea ante la presencia creciente del Islam en el Viejo Continente, contrastan hoy con estos movimientos de pasarela de bondad y talantes extremos –en Madrid acabó uno hace pocos días- que deben ser seguidos con curiosidad no precisamente inocente por quienes extienden su implantación en el Magreb y registran como suyas mezquitas y madrasas en las principales capitales de la Unión Europea.
Aquella periodista irrepetible por su audacia se reconocía atea-cristiana y tal vez por ello padecía desvelos por la cultura religiosa en la que había decidido no creer. En su obra hay una frase que ilustra la contradicción de sus convicciones más personales. “Soy cristiana porque me gusta el discurso que está en la base del cristianismo. Me convence. Me seduce hasta tal punto de que no le encuentro contraste alguno con mi ateísmo y con mi laicismo. Hablo, obviamente, del discurso de Jesús de Nazaret, no de aquel elaborado o traicionado por la Iglesia católica e incluso por las iglesias protestantes”
Cuando leía el programa electoral del candidato Sarkozy - en el que tal vez algo tuvo que ver lo que pensaba y escribía la italiana- poniendo límites a la imparable balsa de aceite migratoria en la que se agazapa y confunde el fundamentalismo en Europa, pensé que a la genial periodista se le habrá dibujado una sonrisa de satisfacción allá donde esté y que, aunque atea confesa, puede que su alma no ande demasiado lejos de Dios.
Javier Zuloaga
viernes, 11 de enero de 2008
VIVIR A LA CARTA
Un 60,8% de los españoles leen al menos un libro al año, según el balance que anualmente hace el Ministerio de Cultura a través de su Plan de Fomento de la Lectura. En términos más abstractos nos dicen que un 55,5% de los españoles son considerados población lectora, de un libro o parte de él, porcentaje que es superior entre las mujeres, un 59,6%, frente al 51,4% de los hombres.
Estas mismas fuentes reparten el abanico de quienes leen, entre un 28% que dicen haberlo hecho entre uno y cuatro libros al año y un 21,7% entre 5 y 12. Para mayor consuelo, se afirma que uno de cada dos españoles compra al menos un libro por temporada, lo cual no quiere decir, evidentemente, que todos lo hayan leído.
Entre tanta maraña de indicadores, las cifras que ofrece la Federación de Gremios de Editores de España hace descender hasta 41,1% el porcentaje de españoles que pueden ser considerados lectores frecuentes, un 16% ocasionales y un 42,9% no lectores, con cálculos referidos a 2005.
Los catálogos editoriales mantenían vivos 325.000 títulos distintos en 2005, casi 16.000 más que un año antes y las librerías y demás puntos de venta, hipermercados, gasolineras, quioscos, tiendas “on line”… etc, recibieron una buena parte de los 321 millones de ejemplares editados, de los que fueron vendidos 230 millones. El valor de las ventas de libros en España rozó los 3.000 millones de euros, mientras que las exportaciones superaron, en poco, los 450 millones de euros.
Ante todas estas cifras, me he sentido parte diminuta de lo que ocurrió en el mundo del libro en 2005, cuando publiqué mi primera novela y me pregunto cuántas otras historias nacidas de mentes más brillantes y mejores plumas que la mía han quedado en el camino de la otra literatura, la que nunca ocupó un espacio, aunque fuera pequeño, en los estantes de una librería.
No puedo evitar pensar que una buena parte de estas ventas son libros de los llamados de “autoestima”, salud, viajes y otras ediciones muy dignas, aunque de rasgos bien diferentes a los literarios, cuyas tiradas superan en muchas ocasiones a las de la narrativa, simplemente porque a la gente le atrae más un buen consejo para sobrellevar mejor sus problemas en casa o en el trabajo, o el culto al ocio del turismo exótico, que sumergirse en historias que sólo han existido en la mente de personajes que dedican su vida a imaginar y escribir.
Que no se espante el lector, porque no seguiré por los fatigosos caminos del mundo del porcentaje y los ratios sobre libros, ya que el mercado editorial es una excusa para entrar a navegar en el también incierto mundo de la lectura menuda, la del artículo y la crónica periodística, sensible, tal vez más que ninguna otra industria cultural, a las nuevas tecnologías.
Los diarios hace tiempo que dejaron de entender sus ediciones “on line” simplemente como un clon de lo que cada mañana se ponía a la venta en los quioscos. La ilimitada extensión del espacio virtual alberga ahora contenidos de todo tipo que ni el lector más ávido llega a acabarse y lo virtual compite con el papel en el mercado publicitario, que además ofrece a los anunciantes la ventaja de identificar el camino que ha seguido el lector que finalmente llega a su dirección electrónica, gracias a huella que dejan, en los servidores informáticos, los “clic” de los botones del ratón del ordenador.
¿Alguien podía imaginar, hace diez años, el alcance que tendría Internet?. No preveía nadie el impulso de las inquietudes de los investigadores del nuevo conocimiento global y virtual, rompiendo de un plumazo fronteras y desarbolando los proyectos futuristas de los gobiernos más audaces pero modorros.
¿Qué nuevas herramientas y desarrollos telemáticos están ahora desarrollando los pupilos de Steve Jobs, Bill Gates y las mentes más brillantes del software libre?
Todo es cada día más distinto, velozmente cambiante, a veces parece efímero y “pronto” el papel digital, por hablar de nuevo de libros, irá compartiendo espacios culturales con la oferta de las estanterías de las librerías.
Julio Verne, cuyos libros nunca han sido ni serán descatalogados, fue capaz de imaginar cómo serían los grandes sumergibles que mucho después navegarían bajo los cascos polares y el alunizaje del hombre en nuestro satélite, pero no llegó a soñar que llegaría un día en que las páginas de un libro, o de un periódico, se podrían leer sin necesidad de cortar un solo árbol.
Tengo un amigo que entienden sobre esta materia y que cree que finalmente la cultura acabará colándose por los resquicios que la electrónica ha dejado libres tras inundar nuestras vidas de interactividad vertiginosa, con videoconsolas que reproducen, a capricho de los dedos y los reflejos, historias de muñecos diabólicos que matan a cuanto se encuentran en el camino y que repostan maldad en puntos estratégicos, sin necesidad de que el paisano se exprima el cerebro pensando.
Si mi amigo Ramón tienen razón, resultará que Poe, Chejov, Wilde o Saint Exupery llegarán finalmente a manos de los niños de hoy y hombres y mujeres de mañana, que entienden sobradamente de nuevas tecnologías, gracias al papel digital, sistema con el que Amazón ya ha abierto fuego y al que seguirán competidores japoneses y europeos, que harán descender vertiginosamente los precios del artilugio para hacerse rápidamente con una buena cuota del mercado del interés virtual por leer, o de leer en virtual, tanto monta, ya sea libros, cuentos, o diarios de los lugares más remotos del planeta.
La nuevas tecnologías, que aplastan casi siempre la imaginación de los más audaces, ya ofrece en los usuarios de los grandes buscadores de Internet, la posibilidad de crearse el mosaico de informaciones que quieren ver cuando se conectan a la Red. El tiempo, un reloj, los diarios favoritos, el buscador de imágenes, mercados de valores…etc. Google
Ofrecen un amplio abanico de lo que se quiere y por ello la posibilidad también de descartar lo que no se quiere. Me explico. Imagínense levantándose una mañana, seguramente no lejana, y abren su ordenador, que le presenta la página de su diario preferido tal y como usted lo predefinió, días atrás, de acuerdo con sus gustos e inquietudes. Allí está el partido del Barça con el Sevilla, los últimos chafardeos sobre las creencias o inclinaciones personales de Tom Cruise, el sudoku del día y la selección de programas deportivos que usted podrá ver desde la butaca de su salón apretando el mando a distancia.
Usted, no se lo tome a mal porque me refiero a usted sólo a modo de ejemplo, habrá decidido que ya tiene bastante Bush después de siete largos años de presidencia y que no quiere saber nada de su viaje a Palestina, que lo de los hombres bomba de Pakistán, Irak y otros vecinos es más de lo mismo, o que a saber si las imágenes de los cayucos son siempre las mismas, o si lo de África únicamente es cosa de los documentales. En definitiva, que usted acabará decidiendo lo que es noticia o no.
Esta fantasía me inquieta por la posibilidad de que acabemos viviendo en un mundo en el que las personas se alejen de lo que pasa a su alrededor, porque les baste con lo más cercano, encerradas en un paranoico círculo de cosas vacías, sin sustancia ni trascendencia, porque lo frívolo molesta menos y el morbo despierta audiencia fácil entre una buena parte de la población.
Aunque pienso que ese trasiego de compraventa de un diario o un libro, entre un quiosquero y un librero y un viandante curioso, seguirá existiendo siempre, aunque con un tamiz cada vez más tradicional, un poco pintoresco para los habitantes del siglo XXI, como si fuera una estampa de época.
Javier Zuloaga
Estas mismas fuentes reparten el abanico de quienes leen, entre un 28% que dicen haberlo hecho entre uno y cuatro libros al año y un 21,7% entre 5 y 12. Para mayor consuelo, se afirma que uno de cada dos españoles compra al menos un libro por temporada, lo cual no quiere decir, evidentemente, que todos lo hayan leído.
Entre tanta maraña de indicadores, las cifras que ofrece la Federación de Gremios de Editores de España hace descender hasta 41,1% el porcentaje de españoles que pueden ser considerados lectores frecuentes, un 16% ocasionales y un 42,9% no lectores, con cálculos referidos a 2005.
Los catálogos editoriales mantenían vivos 325.000 títulos distintos en 2005, casi 16.000 más que un año antes y las librerías y demás puntos de venta, hipermercados, gasolineras, quioscos, tiendas “on line”… etc, recibieron una buena parte de los 321 millones de ejemplares editados, de los que fueron vendidos 230 millones. El valor de las ventas de libros en España rozó los 3.000 millones de euros, mientras que las exportaciones superaron, en poco, los 450 millones de euros.
Ante todas estas cifras, me he sentido parte diminuta de lo que ocurrió en el mundo del libro en 2005, cuando publiqué mi primera novela y me pregunto cuántas otras historias nacidas de mentes más brillantes y mejores plumas que la mía han quedado en el camino de la otra literatura, la que nunca ocupó un espacio, aunque fuera pequeño, en los estantes de una librería.
No puedo evitar pensar que una buena parte de estas ventas son libros de los llamados de “autoestima”, salud, viajes y otras ediciones muy dignas, aunque de rasgos bien diferentes a los literarios, cuyas tiradas superan en muchas ocasiones a las de la narrativa, simplemente porque a la gente le atrae más un buen consejo para sobrellevar mejor sus problemas en casa o en el trabajo, o el culto al ocio del turismo exótico, que sumergirse en historias que sólo han existido en la mente de personajes que dedican su vida a imaginar y escribir.
Que no se espante el lector, porque no seguiré por los fatigosos caminos del mundo del porcentaje y los ratios sobre libros, ya que el mercado editorial es una excusa para entrar a navegar en el también incierto mundo de la lectura menuda, la del artículo y la crónica periodística, sensible, tal vez más que ninguna otra industria cultural, a las nuevas tecnologías.
Los diarios hace tiempo que dejaron de entender sus ediciones “on line” simplemente como un clon de lo que cada mañana se ponía a la venta en los quioscos. La ilimitada extensión del espacio virtual alberga ahora contenidos de todo tipo que ni el lector más ávido llega a acabarse y lo virtual compite con el papel en el mercado publicitario, que además ofrece a los anunciantes la ventaja de identificar el camino que ha seguido el lector que finalmente llega a su dirección electrónica, gracias a huella que dejan, en los servidores informáticos, los “clic” de los botones del ratón del ordenador.
¿Alguien podía imaginar, hace diez años, el alcance que tendría Internet?. No preveía nadie el impulso de las inquietudes de los investigadores del nuevo conocimiento global y virtual, rompiendo de un plumazo fronteras y desarbolando los proyectos futuristas de los gobiernos más audaces pero modorros.
¿Qué nuevas herramientas y desarrollos telemáticos están ahora desarrollando los pupilos de Steve Jobs, Bill Gates y las mentes más brillantes del software libre?
Todo es cada día más distinto, velozmente cambiante, a veces parece efímero y “pronto” el papel digital, por hablar de nuevo de libros, irá compartiendo espacios culturales con la oferta de las estanterías de las librerías.
Julio Verne, cuyos libros nunca han sido ni serán descatalogados, fue capaz de imaginar cómo serían los grandes sumergibles que mucho después navegarían bajo los cascos polares y el alunizaje del hombre en nuestro satélite, pero no llegó a soñar que llegaría un día en que las páginas de un libro, o de un periódico, se podrían leer sin necesidad de cortar un solo árbol.
Tengo un amigo que entienden sobre esta materia y que cree que finalmente la cultura acabará colándose por los resquicios que la electrónica ha dejado libres tras inundar nuestras vidas de interactividad vertiginosa, con videoconsolas que reproducen, a capricho de los dedos y los reflejos, historias de muñecos diabólicos que matan a cuanto se encuentran en el camino y que repostan maldad en puntos estratégicos, sin necesidad de que el paisano se exprima el cerebro pensando.
Si mi amigo Ramón tienen razón, resultará que Poe, Chejov, Wilde o Saint Exupery llegarán finalmente a manos de los niños de hoy y hombres y mujeres de mañana, que entienden sobradamente de nuevas tecnologías, gracias al papel digital, sistema con el que Amazón ya ha abierto fuego y al que seguirán competidores japoneses y europeos, que harán descender vertiginosamente los precios del artilugio para hacerse rápidamente con una buena cuota del mercado del interés virtual por leer, o de leer en virtual, tanto monta, ya sea libros, cuentos, o diarios de los lugares más remotos del planeta.
La nuevas tecnologías, que aplastan casi siempre la imaginación de los más audaces, ya ofrece en los usuarios de los grandes buscadores de Internet, la posibilidad de crearse el mosaico de informaciones que quieren ver cuando se conectan a la Red. El tiempo, un reloj, los diarios favoritos, el buscador de imágenes, mercados de valores…etc. Google
Ofrecen un amplio abanico de lo que se quiere y por ello la posibilidad también de descartar lo que no se quiere. Me explico. Imagínense levantándose una mañana, seguramente no lejana, y abren su ordenador, que le presenta la página de su diario preferido tal y como usted lo predefinió, días atrás, de acuerdo con sus gustos e inquietudes. Allí está el partido del Barça con el Sevilla, los últimos chafardeos sobre las creencias o inclinaciones personales de Tom Cruise, el sudoku del día y la selección de programas deportivos que usted podrá ver desde la butaca de su salón apretando el mando a distancia.
Usted, no se lo tome a mal porque me refiero a usted sólo a modo de ejemplo, habrá decidido que ya tiene bastante Bush después de siete largos años de presidencia y que no quiere saber nada de su viaje a Palestina, que lo de los hombres bomba de Pakistán, Irak y otros vecinos es más de lo mismo, o que a saber si las imágenes de los cayucos son siempre las mismas, o si lo de África únicamente es cosa de los documentales. En definitiva, que usted acabará decidiendo lo que es noticia o no.
Esta fantasía me inquieta por la posibilidad de que acabemos viviendo en un mundo en el que las personas se alejen de lo que pasa a su alrededor, porque les baste con lo más cercano, encerradas en un paranoico círculo de cosas vacías, sin sustancia ni trascendencia, porque lo frívolo molesta menos y el morbo despierta audiencia fácil entre una buena parte de la población.
Aunque pienso que ese trasiego de compraventa de un diario o un libro, entre un quiosquero y un librero y un viandante curioso, seguirá existiendo siempre, aunque con un tamiz cada vez más tradicional, un poco pintoresco para los habitantes del siglo XXI, como si fuera una estampa de época.
Javier Zuloaga
viernes, 4 de enero de 2008
UN MUNDO DE CINE
“El hombre más rico es el que tiene los amigos más poderosos”. La frase, cinematográfica, la pronunciaba Michael Corleone (Al Pacino) y la escuchaba su sobrino Vincent Manzini-Corleone (Andy García). Era en “El Padrino III”, película en la que, como ocurre en la vida, el poder acaba siendo más apetecible que el dinero.
He vuelto a ver esta película y gracias a hacerlo en mi casa, he podido apuntar algunas frases que, escritas en un pedazo de papel, han roto esa tendencia natural al conformismo modorro que produce la butaca de una multisala.
“Necesito el poder para preservar a la familia” se te anuda en la garganta como ejemplo de esa sumisión indecente de lo individual a lo gregario. Ha pasado menos inadvertida para mi esa lapidaria expresión de Corleone “Cuanto más alto subo, más podrido está el ambiente” o aquello tan relativo a la somatización de los males espirituales cuando el jefe de la familia mafiosa afirma aquello de “La mente sufre y el cuerpo pide ayuda”.
Pero menos mal que todo esto es una película, porque, si no, la vida sería realmente dura.¿O tal vez no lo es?
Lo del cine en casa, con lapiz y papel en mano, te permite lo que la oscuridad de las salas de proyección deja expuesto a fragilidad de la memoria. Comienzas entonces a pensar en aquel corte cinematográfico y llegas a plantearte que la realidad supera en no pocas ocasiones a la ficción. Basta con leer los diarios.
Es cuando piensas que, de la misma manera que los escritores deslizan momentos de su propia vida en argumentos que, sin embargo, nacen y mueren en su imaginación, en el guión cinematográfico seguro que ocurre otro tanto… pero que a veces, tanto en la novela como en largometraje, ocurre también lo contrario y las personas llegan a convencerse que son Rambo, Indiana Jones o Jennifer López.
¿Cuál es la película de de hoy?
Tal vez Oliver Stone, otro de los nombres míticos del celuloide, tenga una definición acertada tras haber compartido unas horas con el presidente de Venezuela, Hugo Chavez, en la fracasada liberación de tres rehenes de las FARC colombianas, Consuelo González, Clara Rojas y su pequeño hijo Emmanuel. Stone se encontraba por aquellos parajes cuando el controvertido y locuaz mandatario del petróleo caribeño lo llevó consigo para inmortalizar ante sus ojos y sus objetivos, lo que la varita mágica bolivariana, apoyada en la inmensidad del petróleo, iba a llevar a cabo ante la dignísima impotencia del presidente Uribe, el jefe de estado de ese país que, desde hace muchísimos años, viene padeciendo el chantaje, la amenaza y el miedo.
Cuando leía las crónicas sobre las artimañas propagandistas de un presidente que se vistió de campaña, dando así rango militar indirecto a los guerrilleros de las FARC, pensé que no había sido baldío haber leído “Noticia de un secuestro” una gran novela del Nobel García Márquez, amigo de Fidel Castro y por ello sin manías antirrevolucionarias, en la que el lector no puede más que estremecerse ante la crueldad de quienes en Colombia manipulan a su antojo y sin escrúpulos la libertad de los demás.
Toda aquella historia acabó mal, para sufrimiento de quienes esperaban reencontrarse con sus familiares tras cuatro, cinco, seis años…. de revoluciones en uno de los países con mayor vocación democrática de Latinoamérica, que elige a sus propios mandatarios de forma puntual, a pesar de esa confusa y amenazante mezcla de revoluciones y tráfico de droga.
Estaban allí Oliver Stone, y Nestor Kichner, estómago agradecido por la ayuda venezolana para diluir el peso de la deuda externa de su presidencia argentina, embajadores, representantes de la Cruz Roja, el comisionado de la paz de Colombia, Luiz Carlos Restrepo y por supuesto cámaras de televisión de medio mundo que creaban un clima de “inminencia” con la imagen, siempre, del presidente venezolano como obsesivo telón de fondo.
Su vecino, Alvaro Uribe, esperaba silenciosamente atrapado entre los dramas familiares de los secuestrados y algo tan intangible pero cierto que llaman dignidad nacional.
No salió bien y el mundo civilizado asistió, todavía sorprendido pese a tantas genialidades, a la audacia del personaje que se ha propuesto salir cada día en las pantallas de televisión de su país, los domingos en Aló Presidente y ahora con incontinencia verbal bajo cualquier pretexto, desde que alguien le dijo en Santiago de Chile que se callara.
Chávez acusó al Jefe del Estado de Colombia de haber reventado la liberación. Directamente, vomitando demagogia populista y sin conseguir una respuesta equivalente de su par de Bogotá, un político que mantiene una gran sensatez, pese a sumar, a los problemas de Colombia, los que le llegan con presión desde los populismos de diferente grado que le rodean, principalmente el venezolano.
¿Se imaginan a un político argentino haciendo de su intermediación fracasada en un problema de Chile un arma arrojadiza contra el jede del estado de este país?
¿Se imaginan a Sarkozy con traje de campaña en Sant Jean Pie de Port, dirigiendo, acompañado por Spielberg, las negociaciones con un comando terrorista vasco que tiene secuestrados a varios empresarios españoles y después atacar a Zapatero si las cosas le salen mal?.
Es cierto, la realidad supera en ocasiones a la ficción. El problema es que, como todo lo que vemos y leemos sobre estas historias es una verdad cruda, tal vez debamos comenzar a soñar que un día, como ocurre en las pesadillas, despertemos y todo vuelva a ser un poco más normal.
Javier Zuloaga
He vuelto a ver esta película y gracias a hacerlo en mi casa, he podido apuntar algunas frases que, escritas en un pedazo de papel, han roto esa tendencia natural al conformismo modorro que produce la butaca de una multisala.
“Necesito el poder para preservar a la familia” se te anuda en la garganta como ejemplo de esa sumisión indecente de lo individual a lo gregario. Ha pasado menos inadvertida para mi esa lapidaria expresión de Corleone “Cuanto más alto subo, más podrido está el ambiente” o aquello tan relativo a la somatización de los males espirituales cuando el jefe de la familia mafiosa afirma aquello de “La mente sufre y el cuerpo pide ayuda”.
Pero menos mal que todo esto es una película, porque, si no, la vida sería realmente dura.¿O tal vez no lo es?
Lo del cine en casa, con lapiz y papel en mano, te permite lo que la oscuridad de las salas de proyección deja expuesto a fragilidad de la memoria. Comienzas entonces a pensar en aquel corte cinematográfico y llegas a plantearte que la realidad supera en no pocas ocasiones a la ficción. Basta con leer los diarios.
Es cuando piensas que, de la misma manera que los escritores deslizan momentos de su propia vida en argumentos que, sin embargo, nacen y mueren en su imaginación, en el guión cinematográfico seguro que ocurre otro tanto… pero que a veces, tanto en la novela como en largometraje, ocurre también lo contrario y las personas llegan a convencerse que son Rambo, Indiana Jones o Jennifer López.
¿Cuál es la película de de hoy?
Tal vez Oliver Stone, otro de los nombres míticos del celuloide, tenga una definición acertada tras haber compartido unas horas con el presidente de Venezuela, Hugo Chavez, en la fracasada liberación de tres rehenes de las FARC colombianas, Consuelo González, Clara Rojas y su pequeño hijo Emmanuel. Stone se encontraba por aquellos parajes cuando el controvertido y locuaz mandatario del petróleo caribeño lo llevó consigo para inmortalizar ante sus ojos y sus objetivos, lo que la varita mágica bolivariana, apoyada en la inmensidad del petróleo, iba a llevar a cabo ante la dignísima impotencia del presidente Uribe, el jefe de estado de ese país que, desde hace muchísimos años, viene padeciendo el chantaje, la amenaza y el miedo.
Cuando leía las crónicas sobre las artimañas propagandistas de un presidente que se vistió de campaña, dando así rango militar indirecto a los guerrilleros de las FARC, pensé que no había sido baldío haber leído “Noticia de un secuestro” una gran novela del Nobel García Márquez, amigo de Fidel Castro y por ello sin manías antirrevolucionarias, en la que el lector no puede más que estremecerse ante la crueldad de quienes en Colombia manipulan a su antojo y sin escrúpulos la libertad de los demás.
Toda aquella historia acabó mal, para sufrimiento de quienes esperaban reencontrarse con sus familiares tras cuatro, cinco, seis años…. de revoluciones en uno de los países con mayor vocación democrática de Latinoamérica, que elige a sus propios mandatarios de forma puntual, a pesar de esa confusa y amenazante mezcla de revoluciones y tráfico de droga.
Estaban allí Oliver Stone, y Nestor Kichner, estómago agradecido por la ayuda venezolana para diluir el peso de la deuda externa de su presidencia argentina, embajadores, representantes de la Cruz Roja, el comisionado de la paz de Colombia, Luiz Carlos Restrepo y por supuesto cámaras de televisión de medio mundo que creaban un clima de “inminencia” con la imagen, siempre, del presidente venezolano como obsesivo telón de fondo.
Su vecino, Alvaro Uribe, esperaba silenciosamente atrapado entre los dramas familiares de los secuestrados y algo tan intangible pero cierto que llaman dignidad nacional.
No salió bien y el mundo civilizado asistió, todavía sorprendido pese a tantas genialidades, a la audacia del personaje que se ha propuesto salir cada día en las pantallas de televisión de su país, los domingos en Aló Presidente y ahora con incontinencia verbal bajo cualquier pretexto, desde que alguien le dijo en Santiago de Chile que se callara.
Chávez acusó al Jefe del Estado de Colombia de haber reventado la liberación. Directamente, vomitando demagogia populista y sin conseguir una respuesta equivalente de su par de Bogotá, un político que mantiene una gran sensatez, pese a sumar, a los problemas de Colombia, los que le llegan con presión desde los populismos de diferente grado que le rodean, principalmente el venezolano.
¿Se imaginan a un político argentino haciendo de su intermediación fracasada en un problema de Chile un arma arrojadiza contra el jede del estado de este país?
¿Se imaginan a Sarkozy con traje de campaña en Sant Jean Pie de Port, dirigiendo, acompañado por Spielberg, las negociaciones con un comando terrorista vasco que tiene secuestrados a varios empresarios españoles y después atacar a Zapatero si las cosas le salen mal?.
Es cierto, la realidad supera en ocasiones a la ficción. El problema es que, como todo lo que vemos y leemos sobre estas historias es una verdad cruda, tal vez debamos comenzar a soñar que un día, como ocurre en las pesadillas, despertemos y todo vuelva a ser un poco más normal.
Javier Zuloaga
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