viernes, 27 de julio de 2012

LAS VACACIONES DE JORGE MANRIQUE



Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiere tiempo passado
fue mejor.


Puede que no sea ningún disparate escribir que en las vacaciones de verano muchas personas, tal vez la mayoría, se rencuentran con la vida real que les rodea. O dicho de otra manera, que el resto del año se vive en la superficie, en la epidermis de todo, sin aliento ni apenas tiempo para reflexionar y llegar al fondo de las cosas.

¿Quién de los dos “yos” es más auténtico?, ¿el currante?, ¿el veraneante?, ¿vivimos para trabajar?, ¿trabajamos para sobrevivir?. Seguramente Jorge Manrique, en el lejano siglo XV, lo tenía mucho más claro y se despachaba con unas coplas que, los nacidos antes de los años 60 tuvimos que recitar en clase sin medir el auténtico alcance de su significado.

Puede ser que Manrique, que además de poemas dedicó su tiempo a hurgar en las intrigas palaciegas entre Isabel I de Castilla y Juana la Beltraneja, no hubiera sabido expresarse tan claramente como lo hizo sobre el carácter efímero de la vida si le hubiéramos pedido, ahora en 2012, que fuera tan rotundo sobre la vida en el verano más incierto de los últimos decenios.

Seguramente hubiera vuelto a insistir en que cualquier tiempo pasado fue mejor, lo cuál tampoco nos habría sorprendido porque es más que evidente en los indicadores que nos apuntan a cómo va “la cosa”, buena parte de ellos reflejo de conceptos económicos y sociales bastante incomprensible para el ciudadano de a pie.

 Pero lo de que recuerde el alma dormida tendría más enjundia en su viaje desde el siglo XV al XXI, lo mismo  que aquello de que avive el seso y despierte y la rapidez con que se va el placer y lo que duele recordarlo pasado el tiempo. No es que Manrique tuviera ideas claras, que las tenía, sino que se detuvo a mirar todo lo que le rodeaba, muy posiblemente porque estaba o se iba de vacaciones.

Ahora nos toca hacerlo a una buena parte de la población española. ¡Hasta la vuelta colegas! Debe ser una de las frases más escuchadas en los lugares de trabajo. Viajando o quedándonos en casa, vamos a tener el tiempo de vacaciones que, de forma audaz, he adjudicado a Jorge Manrique cuando escribió sus Coplas a la muerte de su padre. 

No, no deseo que nadie reflexione con pluma funeraria, basta con que lo haga sobre muchas otras cuestiones que nos preocupan pero que no lo hagan de forma exhaustiva, ya que los ánimos están bastante zurrados y hay que ir poniendo, aunque sea muy poco a poco, los cimientos del optimismo.

¡Hasta septiembre!

Javier ZULOAGA

domingo, 8 de julio de 2012

LA “COSA NOSTRA”

No se alarme lector, no me voy a meter por los peligrosos caminos de  Vito Corleone,  "El Padrino", aquel siciliano inmortalizado por Mario Puzo, el mismo que no tuvo pelos en la lengua al describir la historia oscura del Papa Borgia, singular excepción hispana en la dinastía vaticana . No, hoy me voy a ceñir a la etimología de las lenguas romanas, a aquellas que se fueron alejando por invasiones y guerras de sucesión.

¿La Cosa Nostra?. No, no va de mafias  sino de lo que tenemos más al alcance de la mano. Sí, lo nuestro, nosotros, aquello que prevalece ante los cataclismos políticos, sociales o de cualquier otra clase. Aquello que sobrevive frente a la impericia, la inmundicia y la irresponsabilidad de quienes, uno tras otro, u otro tras uno, tienen en su mano algo muy simple: mirarse en el ombligo, o generosamente un poco más allá… hacia donde las siguientes generaciones agradecerán o renegarán de nuestras decisiones.

Si, “La Cosa Nostra” de este artículo pretende ponerme a salvo de las tormentas de ideas, soflamas, teorías infudamentadas  o, como un día me mijo C.J.Cela en las fiestas de San Juan en Soria, de los “Cipotillos de solapa”, que era como llamaba a las genialidades humanas sin la menor trascendencia.

He tirado de mi biblioteca más querida : “Él era como Perú, Zavalita se había jodido en algún momento. Piensa: ¿en cuál?. Frente al hotel Crillón un perro viene a lamerle los pies: no vayas a estar rabioso, fuera de aquí. El Perú jodido, piensa, Carlitos jodido, todos jodidos. Piensa: no hay solución”

Son algunas de las primeras líneas de que “Conversación en la catedral”, la novela cuyo autor, Mario Vargas Llosa dice que sería la primera, incluso la única si no pudiera más, que salvaría si su barco estuviera naufragando.

Para muchos es una de sus obras maestras y si en “La fiesta del Chivo”, engancha al lector en todo lo que rodeó el final del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo (1961), en “Conversación en la Catedral”, el Nóbel peruano conduce los diálogos de Zavalita y el Zambo Ambrosio sobre la libertad, durante los ocho años, (1948-1956) en los que Perú fue gobernada con mano de hierro por el general Manuel Apolinario Odria. “La podredumbre moral de Perú” fue, según el autor, buena parte de la materia prima de esta obra.

No es comparable, pero es inevitable si has leído al peruano y estás vivo ahora,  mirarte en el espejo y preguntarte si nosotros, en España, con todas las distancias  debidas, vivimos ahora en momentos parecidos a los de muy baja autoestima y cierto derrotismo, como los que el escritor de Arequipa describe en sus obras de forma tan certera.

Desde que decidí escribir este artículo, he ido tomando el pulso a la calle, prestando mayor atención, a través de conversaciones con amigos y conocidos, leyendo periódicos, oyendo emisoras de radio y viendo informativos de televisión, sin recurrir a estadísticas ni encuestas… a pelo. ¿Qué está pasando?

Siempre, al agotarme frente a las reflexiones, macro o microeconómicas de todo tipo, después de mirar escépticamente debajo de nuestras alfombras sociales buscando culpables pasados y presentes, de comprobar que en España dos y dos no son cuatro si “los mercados” no coinciden en ello, he acabado concluyendo en algo que, bien escrito, todo el mundo comprende: La gente, además de muy desorientada, está cabreada, muy cabreada.

Es el común denominador del desaliento, de la desmoralización, de la desorientación, de la depresión, de la desesperanza, de desquiciamiento, del desequilibrio o del sentimiento de derrota, por acudir sólo a algunos de esos momentos que empiezan con “de” que cada día se extienden más entre la sociedad española.

Se vive en el sobresalto, el miedo, la indignación y la incredulidad frente a lo que se anunció ayer y hoy se ha diluido como un azucarillo. En la paradoja permanente al comprobar que aquello de la Gran Europa no ha sido posible en lo político y camina a no serlo tampoco en lo económico.

Todo se ha evaporado porque no era real, ¿o sí?, porque no podía ser que el más pillo fuera el que más medraba,  y que el que movía más audazmente sus opciones en el Monopoly recibía el reconocimiento público, mientras que no se ha acertado, o no se ha querido, divulgar de forma convincente la cultura del esfuerzo, del ahorro y de saber sortear lo superfluo. Y creo que en el olvido de esa palabra, o en su desprecio, radican buena parte de nuestros males.

Y no me refiero a lo superfluo de cada uno, aunque también, sino a todo aquello de la “Cosa Nostra”, la vida pública, en la que nuestros dineros no han sido gestionados de forma prudente, sino con alegría frívola, pensando que eran para siempre. “Por la gracia de Dios”.

Se ha hecho –hablo en impersonal porque no quiero adjudicar a nadie en concreto lo que es responsabilidad de toda la sociedad- justo lo contrario de lo que han hecho los países que ahora viven sin la soga al cuello. Aquí se ha ostentado de lo innecesario y hemos hinchado de forma grosera un aparato administrativo de dimensiones que escandalizan en nuestros sobrios vecinos del norte. Se le ha dado capacidad y poder millonario –letalmente para el endeudamiento- a muchos que no tienen preparación y en ocasiones ni ética para ello, aunque hayan sido electos, y hemos dejado que se hinche un globo que finalmente ha estallado. ¡Aquí hay muchos responsables!. ¡Todos hemos sido unos irresponsables porque estaba pasando y no veíamos a un palmo de nuestras narices, o callábamos!

Nos lo hemos ganado a pulso y ahora no hay gobernante ni organización supranacional que nos libre de la que nos está cayendo encima, ni de la que se avecina, a pesar de la carrera contrarreloj de reformas administrativas, ni de anuncios como el de quitarles el bocata a los reclusos que resultan insultantes para la inteligencia.

Lo aguantaremos todo porque no tenemos más remedio y nos conformaremos, ¿ilusos?,  con que la amnesia no vuelva a apoderarse de nosotros y que, mientras, se comience a mirar a la raíz de los problemas. No a los síntomas, sino a las causas de lo que hoy nos está ocurriendo.

Javier ZULOAGA

miércoles, 27 de junio de 2012

ATENDER AL CLIENTE

“Servicio de atención al cliente de ……si desea ser atendido en castellano, pulse 1, en catalán, 2…
Si desea contactar con el departamento comercial, pulse 1, si se trata de una avería, pulse 2, si es por alguna otro motivo, permanezca a la espera….” (pulso 1)

-Buenos días, le habla  Vanessa, ¿puede darme el número de su DNI?..... buenos días don Francisco, ¿en qué le puedo ayudar?

-Mire, se trata de la última factura de electricidad, que es el resultado de dos lecturas “estimadas” del contador…

-Imposible don Francisco, su factura, que la tengo en pantalla, tiene una última lectura “real”, así que su factura es errónea.

-Perdone. Pero es que la factura no es mía, sino de ustedes.

-Un momento por favor, que transfiero la llamada a uno de nuestros asesores, no cuelgue don Francisco…

-Buenos días, le habla Luis Miguel,  ¿me puede facilita su DNI por favor

-Pero si ya se lo he dado a su compañera.

-Señor Francisco, si no me da el DNI no podré asesorarle

-….

-¿En qué puedo ayudarle?

- Pues que mi última factura eléctrica se ha hecho sobre dos lecturas estimadas y….

-Imposible, la última real, su factura no es correcta

-¡Que caray!, pero si la factura no es mía, es de ustedes. Yo soy el que paga la factura y la llamada al 902….

-Un momento que transfiero la llamada al departamento de incidencias…. (fin de la conversación por desesperación de don Francisco)

Real como la vida misma. Hace dos días, el lunes 25 de junio de 22012, ciento setenta y nueve años después de que Mariano José Larra publicara en su revista “El pobrecito hablador” el mítico artículo “Vuelva usted mañana”, cuatro o cinco generaciones después, he querido leerlo para consolarme y llorar mis penas de consumidor tratado de forma implacable, como cualquier otro, por un sistema que te hace identificarte una y otra vez –de momento no exige el santo y seña-  y en el que tu problema es como una pelota de ping pong que  no para de botar hasta que, con la tensión un poco más alta, acabas hundido en la frustraciones y decides olvidarte de ella.

Si, es verdad que hay de todo, incluso una compañía energética de Barcelona que ha hecho del teléfono una herramienta eficiente, pero lo cierto es que en este invento de los “call center” de empresas de servicios, predominan los clientes desesperados, muy desesperados y los preocupantemente desesperados  y aunque no existen estadísticas sobre el nivel de irritación que provocan, basta con que le cuentes a un conocido la historia del señor Francisco y su factura con la que he comenzado este artículo, para que él te responda con algo, tan o más disparatado, que le ha ocurrido cuando ha marcado algún 902…..

Yo me pregunto que habría escrito Larra si en lugar de darse de bruces con un sistema desesperante  pero que al menos tenía cara y ojos, lo hubiera hecho planteando su problema a señoritas o caballeros que cuando hablan a saber desde donde, tienen una gran chuleta en la que están todas las respuestas posibles a todas las preguntas posibles…o la indicación de a quien le pueden dar el pase del asunto, si es mínimamente peliagudo.
Nada más, qué les voy a contar que ustedes no sepan. Por ello déjenme que les regale unos párrafos de Larra sobre la burocracia administrativa del siglo XIX español. Era muy posiblemente más dramática, pero al menos inspiraba a los grandes articulistas.

“A los cuatro días volvimos a saber el éxito de nuestra pretensión.  Vuelva usted mañana, nos dijo el portero. El oficial de la mesa no ha venido hoy. “Gran causa le habrá detenido» dije yo entre mí. Fuímonos a dar un paseo, y nos encontramos, ¡qué casualidad!, al oficial de la mesa en el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al hermoso sol de los inviernos claros de Madrid.
Martes era al día siguiente, y nos dijo elportero: Vuelva usted mañana, porque el señor oficial de la mesa no da audiencia hoy. “Grandes negocios habrán cargado sobre él», dije yo.
Como soy el diablo y aún he sido duende, busqué ocasión de echar una ojeada por el agujero de una cerradura. Su señoría estaba echando un cigarrito al  brasero, y con una charada del Correo entre manos que le debía costar trabajo el  acertar. «Es imposible verle hoy, le dije a mi compañero; su señoría está en efecto ocupadísimo.» 

Javier ZULOAGA

martes, 19 de junio de 2012

SABER LO QUE ESTÁ PASANDO

Que no se espante el lector, porque este artículo no pretende  sentar afirmaciones sobre lo que le pasa a nuestra economía. No soy quien para hacerlo y he pactado conmigo mismo no calentarme la cabeza en la jungla de términos  y afirmaciones categóricas, con que cada mañana nos desayunamos, y que ha convertido a muchos españoles en economistas de salón que se dejan la piel sobre asuntos muy peliagudos para los que ni siquiera los más formados ven explicaciones claras.

“La gente quiere saber lo que pasa, que alguien nos lo explique”, me decía hace pocos días una comerciante del Vallés, después de insistir en que no vengan de nuevo con lo de la burbuja, ni le hablen de Grecia, ni del interés de los bonos, ni de la prima de riesgo, que se ha colado incluso en el obsesivo parloteo de los locutores de Tele5 que, en el España-Croacia de ayer lunes, celebraban la asfixiante victoria española invocando el negro futuro de ese índice, tras el gol del sevillano Navas. La furia hispana, ahí estaba la solución.

Ese comerciante, que no sé si vio el partido, me estaba diciendo que lo que quiere es entender el porqué de la que nos está cayendo encima para poder llevarlo mejor y quitarse de encima una parte de la incertidumbre que no le deja vivir tranquilo.

El sábado, como suelo hacer cada mañana, me duché y como siempre, lo hice acompañado del transistor. El invento, que no todos adjudican a Marconi, es el único medio de comunicación que ha sobrevivido a las sucesivas revoluciones tecnológicas, seguramente porque su uso es posible y compatible en cualquier situación y momentos.

Escuché una magnífica entrevista que los tertulianos en de "A vivir que son dos días", de la cadena Ser  hicieron a Manuel Marín , exvicepresidente de la Unión Europea y expresidente de las Cortes durante la primera legislatura socialista de la era Zapatero (Entrevista)  


Me quedé parado “No puede ser, ¡se le entiende!, ¡habla claro!” y decidí, por ello, prolongar aquella ducha todo el tiempo que hiciera falta, por lo que finalmente consumí más agua de la que habría sido necesaria para llenar la bañera. Les recomiendo que la escuchen pinchando con su ratón en el enlace de arriba o que acudan, si no tienen media hora, a un artículo de contenido similar que publicó, días atrás, en el diario digital Huffington Post

El político, que ahora trabaja en la Fundación Iberdrola, dijo muchas cosas de sustancia: que se ha exagerado deliberadamente en los discursos públicos, que no es serio decir que al Euro le quedan como máximo tres meses y recordó que a Berlusconi (con quien marcó muchas distancias) no le sacaron de su despacho los votos sino los mercados. ¿Era un aviso?

Pero fue más a fondo al decir que en la Unión Europea, se ha perdido el espíritu de familia, lo cual no deja de ser grave en una institución que nació para sumar y acercar a los países del Contiente desde la firma del Tratado de Roma en 1957.

Y apuntó a nuestro país al afirmar, con la libertad que tienen quienes ya están de vuelta de largos e intensos viajes, que España asiste impasible al deterioro de sus instituciones. No salvó a ninguna, pese a que recordó que él mismo en 2008, puso a salvo del peor de los escenarios al Banco de España y la Monarquía.

Fue enumerando a todas y fue contundente al apuntar que ya ni siquiera nuestra estadística oficial tiene credibilidad en Europa, porque nos la devuelven corregida. Manuel Marín reconoció que su paso por la Presidencia de las Cortes le produjo amargura y frustración y fue gráfico al decir, palabra más-palabra menos, que le habían hecho sentirse medio tonto por haberse creído que el cambio que le dibujaban en el horizonte era cierto.

No voy a transcribir más detalles del contenido de la entrevista, que el lector disfrutará al escuchar, aunque sí mencionaré lo que Marín dijo en torno a los valores de la austeridad y el ahorro, que en España han sido aplastados por los del nuevo rico.

He decidido que iré a ver a mi amigo el comerciante y le daré los enlaces a la entrevista y el artículo, porque lo cierto es que el sábado oí hablar muy claro y…me sorprendí.

Javier ZULOAGA   

martes, 22 de mayo de 2012

EL HUERTO Y EL CERDO

En Cataluña se suele evocar a l´hortet i el porc (el huertecillo y el cerdo), para ilustrar de qué manera se puede sobrevivir en los tiempos de gran escasez. Es un recuerdo de lo que realmente ocurría en no pocos pueblos durante la postguerra civil española, en la que la autarquía del Régimen daba para inflar los pulmones de los políticos frente al desprecio del Plan Marshall pero comer, lo que se dice comer, era un problema de cada uno.

Durante mi infancia alcancé a ver, muy de cerca, aquella manera de sobrevivir. En Riaza, un pueblo de Segovia que hoy es zona residencial de madrileños y gentes llegadas desde más lejos, los pequeños veraneantes competíamos por subir al rastrillo que, tirado por un par de bueyes, iba girando sobre las mieses de trigo hasta dejarlas tan trituradas, que sólo quedaba pasarlo todo por la criba y volcar el grano en las sacas. En aquel deslumbrante espectáculo, los imberbes de los años 60 nos hicimos también diestros en poner un cubo para que cualquiera de las dos bestias que tiraban del yugo defecaran sin manchar lo que tanto había costado cosechar.

Todo aquello no sobrevive más que en el celuloide y la mayoría de los paisanos de aquella Castilla que inmortalizaron Miguel Delibes y Camilo José Cela forman parte de la España urbana. Tienen ya muy poco de rurales, mientras en sus pueblos los tejados han vencido a las vigas que los sostenían y las campanas de sus iglesias ya no tienen quien las haga sonar.

De este asunto se ocupó, hace ya tres años, la Obra Social de “la Caixa” en un estudio que se titulaba La población rural de España. De los desequilibrios a la sostenibilidad, en el que se ofrecía una radiografía elocuente. A saber:

  1. Sólo el 38% de las personas entre los 30 y los 49 años de España viven en el municipio en el que vinieron al mundo
  2.   Las mujeres  han sido más decididas al emigrar a las ciudades, hasta ser 80 por cada 100 hombres en la población de quienes se quedaron y seguramente esa ha sido la razón de un menor nivel de emparejamiento y reproducción, ya que sólo el 50% de los hombres han acabado encontrando a una compañera entre sus vecinas. El resto, de acuerdo con los autores del estudio, viven apalancados en casa de sus padres y solo una pequeña parte son lobos solitarios.La tasa de los de mayor edad, más de 70 años, se acercaba al 20%.
  3.  Los llamados neorrurales, personas que deciden y pueden decir adiós a la gran ciudad, no son más que el 17% de la población y los extranjeros el 6,7%.

Si el asunto les produce curiosidad, no dejen de leerse la buena síntesis de la Nota de prensa  que la Fundación “la Caixa” distribuyó en la presentación del estudio, o bien bájense el trabajo íntegro La población rural de España. De los desequilibrios a la sostenibilidad en soporte pdf.

Hay mucha literatura periodística sobre los devastadores efectos del éxodo rural. El diario Público ofreció a sus lectores, antes de desaparecer de los quioscos, un buen reportaje sobre lo que ocurre con los recursos naturales cuando el hombre desaparece y la semana pasada pude asistir, en la librería Cucut, en Torroealla de Montgri (Girona), a la presentación de un libro de Narcis Arbusé, experto local en cuestiones de la naturaleza de las montañas del Montgri, en el que salió a relucir la trascendencia de la marcha de las cabras y otros herbívoros. Los pinos, sin cabras que no dejaban crecer la hierba, pudieron sobre la encina y el roble y los incendios hicieron el resto hasta arrasar este macizo que separa  Torroella de la Escala.

¿Por qué hoy escribo sobre algo que ya está perfectamente descubierto?

Cuando la radio me ha despertado esta mañana, me ha sorprendido la noticia de que el pueblo segoviano de  Navares de las Cuevas ha decidido regalar un cochinillo a cada ciudadano que decida empadronarse en el municipio. Y he pensado: ¡olé! por ahí se empieza, algo es algo.

Media Europa y España de una forma bastante grave, malvive agrupada en torno a los centros urbanos, en donde la gente no tiene l´hortet i el porc, sino una agónica tomatera en la terraza, un par de jilgueros  y una tortuga que siempre está en la mitad del pasillo.

Y me he preguntado, desde la deformada realidad que suele acompañar al escritor, si no será éste el momento para que quienes deciden cómo será la sociedad del próximo siglo, vuelvan a mirar, no como si fueran una película de Berlanga sino con interés e imaginación, a esos pueblos en los que ya no suenas los campanarios pero que, en la Sociedad de la Información, podrían ser una parte de la solución a nuestros problemas más importantes.

Javier Zuloaga

lunes, 7 de mayo de 2012

DOS Y DOS NO SON CUATRO


Conformarse con la superficialidad y la apariencia de las cosas realmente difíciles; sentar cátedra y doctrina sobre hechos irrelevantes; atrapar cualquier oportunidad, no dar respiro y zumbar al contrario que ocupa la poltrona que tú mismo dejaste ayer caliente. Son tres de las patas, seguro que hay más, sobre las que se sostiene el ejercicio irresponsable de la política. Me refiero, claro está, al ejercicio de la función pública en su más amplio sentido cronológico: la de hoy, la de hace cuatro años y la que en un futuro seguirá marcando el paso.

Y debe ser así porque dos y dos no son cuatro, de la misma manera que la traslación a la vida política de los más importantes teoremas y principios de la geometría o la física tendrían una validez relativa, una vez sucumbieran a la demagogia y el oportunismo.

No se asuste el lector, ya que estas líneas no son una soflama escéptica sino la compensación que me he concedido al ver algunos pequeños detalles de las cosas más próximas que nos rodean.  En este caso, se trata del disparatado desajuste que existe entre las radiografías universitaria y económica de España, que ayer domingo era tratado por algunos medios a raíz de un estudio realizado por el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas  y la Fundación BBVA.

Algunas de sus conclusiones hacen pensar: España es el país europeo con más población universitaria en empleos que requieren menos cualificación y está a la cola en el porcentaje de ocupaciones cualificadas.
Nuestro país ha perdido universitarios de forma ininterrumpida desde 2008, al tiempo que crecía el número de universidades públicas y titulaciones: en las 79 universidades existentes se imparten 2.413 estudios de grado. En el primer año de 500 de esos estudios de grado, se han matriculado menos de 50 alumnos, en 228 estudios  los candidatos no llegaban a 30 y en 117 los jóvenes que comenzaban no llegaban a la veintena.

El informe no descubre nada sobre una de las evidencias tradicionales de la demanda universitaria española. Hay más candidatos que plazas para quienes quieren ser médico, arquitecto o ingeniero, aunque el nivel de desencanto de quienes quedan fuera no es homogéneo, sino que depende de que universidad estemos hablando.

“El mundo de la empresa –dice el estudio- debe orientarse”. Y aquí es donde he sentido que aumentaba mi perplejidad. Pertenezco a una generación en la que no superar la licenciatura tenía mala venta, en la que un médico, un arquitecto o un ingeniero tenían mucho más “caché” y en la que optar por materias poco prácticas como la Filología, las Ciencias Políticas o el Periodismo era considerado como una formación insuficiente.

Pero todos, ya fuéramos de ciencias o letras, sabíamos que, con el título en la mano, tendríamos que buscarnos un lugar en el que trabajar y lo conseguíamos, más o menos, en una proporción que hoy parecería un milagro. El abogado podía acabar en el departamento de contabilidad de una empresa, el químico en un colegio o el ingeniero naval en una empresa de materiales. Pasados tantos años, aquello podríamos encuadrarlo en lo que hoy se conoce como “sostenible”. La cosa iba tirando.

Pero volviendo a ese giro que debe dar la empresa, ¿no debería ser al revés y que el gobernante y el legislador estuvieran siempre atentos a las tendencias de oferta de empleo  (público y privado) al diseñar una política universitaria válida para el medio plazo?

Alemania está importando mano de obra cualificada, buena parte de ella española y ya comienza a ser normal que en nuestras familias uno, o más de uno de sus miembros, estén construyendo su futuro en países a los que España les está regalando el valor añadido de una formación universitaria.

Somos un país generoso, rumboso, en el que de la misma manera que discutimos para pagar una ronda en la barra de un bar, ofrecemos asistencia quirúrgica de alto standing a británicos que planifican magistralmente sus baños de sol y las operaciones que en su país demorarían demasiado para su paciencia. O las facturas que pagamos a Rumania –ahí es nada- por la asistencia a nacidos en aquel país, que un día emigraron a España de cualquier manera, obtuvieron una tarjeta sanitaria  tras empadronarse y regresaron a Transilvania con el carnet de desplazado “español”.

Y además exportamos alto talento a bajo costo para quien lo pone en valor.

Quijotes…

Javier ZULOAGA

jueves, 12 de abril de 2012

POR LA PUERTA DE ATRÁS DE LA VIDA

Cuando un buen libro cae en tus manos y decides, casi por encima de cualquier otra cosa, rendirte a su argumento hasta llegar a la última página, suele deberse a que has encontrado algo diferente. Son esas historias que mantienes en el recuerdo y que, más adelante, te llevan a la reflexión.

Hace casi cinco años, cuando arranqué con este blog, colgué un artículo "Los camaradas del miedo" tras haber leido dos historias como las que, líneas arriba, me refería. Pinche el enlace y léalo. Merece la pena.

Trata de Historia de un Alemán, de Sebastián Haffner y de Los peces de la amargura de Fernando Aramburu. El primero, alemán huido a tiempo de los horrores del nazismo, se hizo viejo y murió en Londres, tras escribir una reconocida biografía de Churchil, mientras que el segundo es profesor de español en la universidad alemana de Lippstadt y prolífico autor de relatos y novelas.

El pasado verano leí El Trompetista del Utopia, en la que el autor se deja llevar, con buena pluma, imaginación, humor y gran sensibilidad, para describir el rencuentro de Benito Lacunza con sus orígenes en Estella.

Era la segunda ocasión en la que, como lector, me encontraba con Fernando Aramburu, al que hace pocas semanas le dediqué de nuevo las horas necesarias para saber que nos quiere contar en su última obra, Los años lentos  (Tusquets Editores).

Para no apagar el interés que la obra despierta por si misma, sí les diré que Aramburu, como hizo en “Los peces de la amargura”, entra sin complejos y gran libertad, en el gran drama que aún esconde el terrorismo y –no sé si a la larga es aún peor- la enquistada intolerancia con la que los vascos se han acostumbrado a vivir porque no han podido acabar con ella.

En sus dos obras, el autor entra por la puerta de atrás del asunto, ésa que da acceso a las minucias de las cosas aparentemente menos importantes. No, no escribe sobre los trascendentales problemas con que nos bombardean los  grandilocuentes ni lleva al lector de paseo por la trascendental superficialidad del “conflicto” o el “problema” vasco. No, Aramburu se detiene, en Los años lentos, en la vida de una familia que vive en el barrio de El Antiguo de San Sebastián, a la que va a parar un sobrino de ocho años venido de Navarra porque en su casa no había pan para todos y que le cuenta al autor lo que va viendo en su nueva vida.

Con una ágil estructura literaria, Aramburu describe el drama de unas gentes en las que el radicalismo se les ha colado en casa a través de captación del joven Julen como activista de ETA. Pero esa circunstancia no es lo más importante, ya que lo que sobrecoge es el drama de las personas que le rodean. Al acabar de leer Aramburu me ha llevado de nuevo a la reflexión que me hice hace cinco años.

¿Qué es lo importante?, ¿Lo formalmente importante no será simplemente algo aparente?

Vivimos momentos de tensión, que serán analizados con algo de serenidad una vez el paso del tiempo haya actuado como bálsamo y queden al descubierto las evidencias de problemas que hoy somos incapaces de resolver.

Uno de los tópicos más socorridos en este país al referirse a los ciudadanos en su conjunto, ha sido el de “la mayoría silenciosa”. De esta manera se venía a decir que no es malo hurgar en la realidad de la vida de las personas corrientes antes de decidir cómo éstas deben de ser por lo que han establecido los dogmas ideológicos o las conquistas sociales intocables.

Pero a veces, cuando miro por la ventana de los medios o hablo y discuto con quienes conozco sobre cuestiones complejas, acabo sintiendo que también nosotros, los que formamos esa mayoría silenciosa y no nos jugamos más que la supervivencia, nos estamos dejando pastorear por el dirigismo intelectual de las verdades inamovibles.

Por eso, al leer de nuevo a Fernando Aramburu en Los años lentos, he pensado lo importante que es saber encontrar esa puerta de atrás de la vida para conocer lo que, de verdad, está ocurriendo dentro.

Javier Zuloaga

lunes, 19 de marzo de 2012

RIESGO Y SU PRIMA

La velocidad con la que corre la vida y la sucesión de cosas relevantes que solapan a otras previas no menos trascendentales, provocan que las personas tiendan a quedarse solamente con los hitos y no puedan reflexionar demasiado sobre las consecuencias que éstos tienen. No me refiero a gestas deportivas ni a éxitos musicales que acaban alimentando sanamente nostalgias o desempolvando orgullos de pertenencia, sino a aquellos asuntos que nos acaban afectando individualmente aunque a veces no nos demos cuenta de que así está ocurriendo.

Uno de los momentos que mayores emociones ha despertado en los tiempos modernos ha sido la caída del Muro de Berlín, en 1989. Todo lo que ocurrió después, el final del Pacto de Varsovia, la reunificación de Alemania y el renacimiento de países que, aunque existían, nunca habíamos estudiado cuando en el colegio nos explicaban la división geográfica de la Tierra, nos parecía suficiente para pensar sobre lo que estaba ocurriendo, aunque no tardaron en aparecer conclusiones más rotundas.

“Ha fracasado el modelo comunista” fue una afirmación muy extendida, que obtuvo  el convencimiento de millones de personas cuando leían o escuchaban lo que iba ocurriendo en Moscú y en Rusia. Casi de un plumazo se guardaron en el armario las banderas rojas y se desempolvaron las de los zares. Todo lo de antes desapareció y nacieron con velocidad pasmosa bastantes ricachones rusos, millonarios de toda la vida, sobre los que no pocos se preguntan si no serán, en buena parte, los mismos que manejaron la maquinaria del dinero en el esplendor y desastroso final de la URSS. ¿Se acuerdan de "¡Good Bye Lenin!" ?.

Aquella película, cargada de ironía, explicaba de qué manera un joven alemán de la RDA se las veía y se las deseaba, para ocultar a su madre los cambios que se habían producido en la apariencia de un Berlín-Este invadido por los signos del consumo capitalista al tiempo que las enseñas bolcheviques eran retiradas de la vía pública. La madre de aquel joven  había pasado varios años en coma y con el Muro aún entero, fue una dirigente comunista muy comprometida. Su hijo quería evitar que sufriera un sofocón letal al conocer la verdad sobre lo ocurrido.

Era el final de los Bloques, nacidos tras el final de la II Guerra Mundial. Y todo lo que pasaba en el comunista, que económicamente se estaba haciendo migas, nos llegó durante mucho tiempo en clave de éxito del otro, del capitalista.

Más de 20 años después, todo es distinto, tanto en apariencia como en trasfondo. Rusia no está en la ruina y la diferencia entre sus clases sociales es abismal, tanto que harían morir de horror a los padres del marxismo si pudieran asomarse y mirar. Y nosotros, los del otro bloque, nos levantamos cada mañana  pensando qué dirán de nosotros los mercados y como se comportará con nuestra deuda el señor Riesgo y su prima. Grecia languidece, Portugal sufre y nosotros, los españoles, con estos pelos.

¿Ha fracasado el capitalismo?, se podrían estar preguntando ahora aquellos comunistas que en 1989 vieron como se les venían abajo unos principios que parecían tan sólidos e intocables como aquellos del liberalismo económico con los que se llenaban los pulmones en lo que se consideraba  “mundo libre”.

En 1980 llegué a Argentina para vivir dos años y trabajar en la Delegación de EFE. Fue un tiempo intenso e interesante en el que tuve la oportunidad de empezar a comprender que todo esto de la economía es una cuestión muy compleja. Bastantes años después he logrado comprender algunas de las barbaridades que entonces nos hacían enmudecer a los venidos de fuera. Se lo contaré muy gráficamente.

Yo tenía entonces dos hijos y solíamos coincidir con otros españoles, también con descendencia y de parecido destino profesional. Nos veíamos en los jardines de Palermo o en la plaza de la Recoleta de Buenos Aires. Nos sentábamos bajo la sombra de un ombú (ficus gigante) y pasábamos bastante tiempo mejorando nuestra técnica para empujar el columpio mientras mirábamos las terrazas de las cafeterías que estaban a pocos metros. Todos teníamos unos sueldos dignos en España, pero que apenas daban para lo justo en aquella Navidad de 1980. Aquellas terrazas eran un horizonte inalcanzable.

Un año después todo había cambiado y éramos nosotros los pocos clientes, muy pocos, que se sentaban en aquellas mismas terrazas del Buenos Aires más elegante. ¿Qué había ocurrido?. No nos habían subido el sueldo y lo único que pasaba era que se había acabado el espejismo que en Argentina produjo la política monetarista inspirada en la llamada Escuela de Chicago, pionera de la liberalización de los mercados financieros. Su prócer fue el premio Nobel de Economía del año 1976, Milton Friedman.

En 1980, Un dólar tenía una equivalencia de 2.000 pesos mediante la aplicación de la llamada “tablita” de cambios oficiales decida por el Gobierno militar. Un año después, con el virus de la desconfianza extendido tanto  en los mercados internacionales, como entre los propios argentinos, cada uno de nuestros dólares se pagaba, en el mercado negro, a más de 30.000 pesos.

Era cuando comenzaba a hablarse ya entonces del “riesgo país”, seguramente familiar lejano de esa prima que mide la sensación de peligro que italianos y españoles provocamos en los mercados inversores y que, pese al parentesco, nos quita el sueño más de un día.

Javier Zuloaga
   

jueves, 23 de febrero de 2012

MI HIJO RYAN

Hace ahora un año me saqué un hijo de la manga. No sabía que había nacido en  Atienza (Guadalajara), crecido en una familia de panaderos y que había tenido una vida agitada: montador de retrovisores en la fábrica de la Vespa, traficante de alijos de haschisch, recluso y que tras salir de la prisión anda por el Raval de Barcelona repartiendo su tiempo entre el oficio de mimo y dándole algún que otro pase a pequeños paquetes de “maría” desde una mesa de un bar de la calle del Carmen.

Honorio Vallformosa Negrín, de sobrenombre “Ryan” por decisión propia,  es uno de los personajes de mi última novela, "Librería Libertad" . Cuando escribía esta historia y perfilaba la personalidad de sus protagonistas, decidí que Ryan pasaría buena parte del día como las estatuas vivientes del comienzo de Las Ramblas. Y lo decidí así porque la aparición de estos elementos de la decoración urbana del corazón de Barcelona arrancó al comienzo de los 90, cuando hacía muy poco que yo había comenzado a vivir en la ciudad.“Tenía que ser aquí”, pensé al ver aquellas primeras figuras inmóviles, que aguantaban sin rascarse y que no pestañeaban a la vista de los paseantes.

Siempre he creído que la inquietud y  la cultura han caminado de la mano en esta ciudad y que este rasgo es visible tanto en sus instituciones culturales más tradicionales como en las avanzadillas de lo último. Picasso, Miró, Tapies, El Gran Teatro del Liceo, el Palau de la Música, el MACBA, CaixaForum… conforman unos cimientos culturales construidos muy poco a poco que hoy causan admiración - seguro que también alguna sana envidia- en quienes deciden conocer a fondo Barcelona. Y todo ello en la caja mágica en la que, hace ya mucho tiempo, los barceloneses fueron capaces de mirar urbanísticamente en el túnel del tiempo y   en la que sus calles más singulares fueron convertidas en arte gracias a los maestros del Modernismo.

En ese escenario y con tantos antecedentes, resulta lógico explicarse la aparición de expresiones culturales espontáneas, como la de las estatuas humanas, los mimos, que además de no molestar a nadie, se han acabo convirtiendo en estampa y rasgo de la personalidad de Las Ramblas.

Son personajes que cada mañana, al montar su parada, miran de reojo hacia los colegas que están a unos metros y que saben que tienen que ser mejores si lo que quieren es  que el platillo les suene más veces. Compiten para provocar la admiración, se someten al veredicto de los paseantes, sin jurados ni galardones oficiales.

Pero no, ni mi hijo Ryan, que en mi novela se disfraza de Discóbolo de Mirón, ni  todos sus colegas, contaban con lo que dicen las normativas municipales, unas reglas de juego sin duda necesarias para la convivencia pero que acostumbran a cerrar el paso a la espontaneidad de algunas iniciativas pacíficas de las gentes.

Limitar el número de mimos parece razonable, porque tampoco se trata de que la necesidad o la euforia conviertan a la pasarela barcelonesa en un lugar intransitable. Así lo vieron  estos artistas de lo inmóvil que han entendido que repartir no es perverso sino necesario, pero andan revueltos con el proyecto municipal de acotar su lugar de trabajo en la Rambla de Santa Mónica, un espacio bien distinto en todos los órdenes, tanto en lo que se refiere al tránsito de paseantes, como por la mayor degradación de una zona que no pocos evitan.

Recuerdo que uno de los primeros tópicos en los que caí cuando comencé a escribir, fue aquel de llamar “servidores públicos” a los funcionarios. No entendía que un poderoso/a señor/a que estaba detrás de una mesa en una dependencia municipal, autonómica o de la Administración Central acogotara tanto al ciudadano que iba a resolver un asunto de papeles.

¡Alto!, que no se ofenda nadie porque ya sé que los funcionarios son, por lo general, gente eficaz y animosa, pese a que ahora están viendo, impotentes, cómo su sueldo va cayendo por los efectos de la crisis. Ayer, sin ir más lejos, resolví por teléfono un asunto de tributos cuando aún tenía el pijama puesto. No, mi confusión frente al tópico del “servidor público” hay que buscarla mucho más arriba, en quienes se sienten en la necesidad de tomar decisiones sobre problemas que no existen más que en su imaginación.

Como barcelonés de adopción pienso que si el Ayuntamiento acaba arrinconando a los mimos en Santa Mónica, le habrá quitado aún más encanto a Las Ramblas, en las que ya no se venden  pajarillos ni mascotas que antes se regalaban a los niños, pero en donde, otros pájaros o pájaras hacen que vayamos con las manos en los bolsillo, agarrando bien la cartera o colgando el bolso en bandolera de forma casi rabiosa.

Para acabar: ¡amnistía para Ryan!

Javier Zuloaga

miércoles, 8 de febrero de 2012

LA CAMARA OCULTA Y EL PERIODISMO

Carl Bernstein y Bob Woodward, periodistas del Washington Post, entraron en la mitología del periodismo cuando el 8 de agosto de 1978 el Presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, presentaba su dimisión ante el alud de evidencias de su juego sucio en la campaña electoral que, dos años antes, le dieron la victoria sobre el candidato del Partido Demócrata, George Mc Govern.

El proceso Watergate infló los pulmones de quienes entonces estudiábamos periodismo y fue contrapunto de ese antiamericanismo que debíamos interpretar como casi obligatorio en cualquier joven que se considerara libre. En los EE.UU. de Vietnam, del asesinato de Kennedy y Martín Luther King, de John Edgard Hoover y su siniestro perfil, era posible que dos periodistas y una editora valiente, Katharine Meyes Graham, le ganaran el pulso al despacho más poderoso.

Treinta y dos años después, el periodismo de todo el mundo se estremeció con el asesinato de Anna Politkoskaya, periodista del bisemanario “Novaya Gazeta”, cuando trabajaba en un reportaje sobre torturas en Chechenia. Politkoskaya tenía su agenda plena de enemigos, tan numerosos como los amigos que Bernstein y Woodward fueron encontrando en sus investigaciones sobre las responsabilidades de Richard Nixon.

Son dos hitos de la épica periodística tradicional, de final bien diferente, pero con el común denominador del  temor que pueden llegar a provocar, entre los más poderosos, que los profesionales del periodismo decidan hurgar y abrir las ventanas para que se ventilen las cloacas.

Estas dos historias han venido hoy a mi cabeza tras leer el amplio eco que ha tenido en los medios españoles la sentencia del Tribunal Constitucional en la que se declara ilegítimo el uso de la cámara oculta en el oficio periodístico ("El País" y "El Mundo"). Sobre este asunto, que a nadie le quepa la menor duda, correrán ríos de tinta y volverá a invocarse la fragilidad de la libertad de información frente a la discrecionalidad del poder.

Desde que comencé a trabajar como periodista, hace ahora cuarenta años, han sido más poderosos aquellos que no querían piedras en la camino de la libertad para contar o informar de lo que ocurría, que quienes veían –veíamos- que precisamente por la trascendencia del periodismo, no estaban de más los códigos éticos, tanto para los informadores, como para los editores. Recuerdo que el hasta hace poco Presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid, Fernando González Urbaneja, me dijo en una ocasión que se debería comenzar por el de los segundos, los editores, porque la asunción de la ética profesional por parte de los empresarios de la información, arrastraría obligadamente a los periodistas que trabajan para ellos.

Frente a quienes piensan que el Tribunal Constitucional ha puesto, con su sentencia sobre las cámaras ocultas, un corsé a nuestro oficio, yo quiero decir sin ambages que no y que además la trascendencia de la sentencia no afecta al periodismo. Creo que periodismo es lo de Politkoskaya, Bernstein y Woodward y muchos miles de profesionales que nunca han recibido laureles ni apoyos universales pero que, cada día cuentan lo que pasa sin la necesidad de recurrir a colarse de rondón en el vida de una persona, sea o no sospechosa de algo.

El uso de estos artilugios mágicos está regulado en la vida judicial y sus imágenes son aceptadas, o no, por los jueces cuando les son presentadas como pruebas. Pero utilizarlos para echar carnaza impune a las audiencias invocando la libertad de información, es cosa bien distinta.

Algo debe estar moviéndose en el mundo de la comunicación cuando nuestro oficio es protagonista con mayor frecuencia. Carolina de Mónaco –tal vez una de las personas vivas más fotografiadas- ha fracasado en su intento de que condenaran a un medio alemán por sacar imágenes de sus vacaciones familiares. Esta es la otra cara de la moneda, la evidencia de que no puede pretender quien ha alcanzado notoriedad pública gracias a los medios, poner puertas al campo de la vía pública para cerrarles el paso.

O la ley promulgada por el presidente de Ecuador, el populista Rafael Correa, prohibiendo a los medios de comunicación tomar partido por los candidatos electorales. Es decir, declarando “mudos” a periódicos, canales de televisión, emisoras de radio o medios digitales.

No puedo evitar dejar en la pantalla de quien me haya leido una reflexión que me asalta con cierta frecuencia, cuando recuerdo lo que un veterano periodista me dijo no hace mucho. “La mejor manera de que un escándalo político se diluya, es crear una comisión mixta y la seguridad de que un asunto judicial sea bien conocido es que decreten el secreto sumarial”.

A lo mejor no es para tanto.

Javier Zuloaga 

jueves, 12 de enero de 2012

THATCHER Y LAS MALVINAS

Nunca había recuperado, con tanta claridad, detalles perdidos en mi memoria desde hace treinta años. Ocurrió el pasado sábado, cuando fui a ver “La Dama de Hierro”, una película en la que uno acaba dudando sobre qué pesa más en la decisión de pagar los seis euros largos de la entrada: si la recreación de una de las figuras políticas más controvertidas de la Europa de los últimos treinta años, o el papelón de la actriz que la encarna,  la magnífica Meryl Streep.

Dejando constancia de mi admiración por la protagonista de Kramer contra Kramer, Memorias de África, La Decisión de Sophie, o Los Puentes de Madison, entre otras muchas, he de reconocer que fui al cine empujado por la relación a la que mi profesión me había llevado a mantener, a 10.000 kilómetros de distancia y hace tres decenios, con Margaret Thatcher.

En los últimos meses de 1981, los periodistas extranjeros que ejercíamos como corresponsales en Buenos Aires –yo lo hacía en la Agencia Efe- veíamos como el entonces Ministro de Asuntos Exteriores de Argentina, Nicanor Costa Mendez,comenzaba a reclamar en foros internacionales una rápida solución para acordar, con el Reino Unido, la recuperación de la soberanía sobre el archipiélago de las Malvinas. En Londres no sabían ni respondían.

En los dos años anteriores en los que los medios habíamos seguido la actualidad del país, esta cuestión nunca había aparecido en el guión de las cosas importantes y en los últimos seis u ocho meses, la cuestión capital, casi el monotema, era la desconfianza en la situación económica, su efecto devastador en la moneda nacional y la aparición de un mercado negro de cambio de divisas que dejaba al país al pie de los caballos de la inestabilidad.

El 2 de abril de 1982, los periodistas de Efe despertamos las alarmas internacionales con un breve cable que decía “Tropas argentinas ocupan las islas Malvinas”. Y se armó el gran espectáculo. Downing Street negaba la mayor y pocas horas después, tras la dimisión de Lord Carrington como Secretario del Foreign Office, no sólo deba crédito a lo que oficialmente había confirmado el Gobierno argentino, sino que Thatcher anunciaba la salida inminente de la Task Force para poner orden en las islas Falkland (nombre inglés del archipiélago en disputa).

Desde la central de Efe en Madrid nos mandaron refuerzos y Antonio Caño, hoy corresponsal de “El País” en Washington y Juan Carlos Muñoz, se sumaban al reducido equipo que formábamos Enrique Merino y yo mismo. Días después los enviados especiales de grandes medios aterrizaban en Buenos Aires. Lluis Foix (Vanguardia), Juan González Yuste (El País), José Vicente Colchero (Ya) nos convirtieron en portada casi obliga durante unos meses, sobre un conflicto del que el desaparecido expresidente español Leopoldo Calvo Sotelo dijo, al ser preguntado sobre un posible parecido de aquel caso con el de Gibraltar, aquello tan épico de que lo de las Malvinas era “distinto y distante”.

Fueron cuatro meses  periodísticamente diabólicos, en los que los periodistas extranjeros no fuimos autorizados a movernos de Buenos Aires, desde donde, entre buenos solomillos y excelentes vinos de Mendoza, sufrimos las penurias de una guerra en la que unos soldados-reclutas no pudieron aguantar el primer empuje de la infantería de Marina Británica. 

El final de la historia la conoce o la puede conocer perfectamente el  lector  si es que el asunto le resulta lejano por su juventud. Tiren de buscador.

En abril de 1982 comenzaba el invierno austral, que en las Malvinas no lo soportan siquiera las ovejas. En las aguas que rodeaban aquel territorio  se concentraban y se concentran los mayores bancos que se conocen de kril, una pequeña gamba que alimenta a las ballenas y del que los japoneses obtienen una harina de pescado de gran valor nutritivo. En las Malvinas hay petróleo  y las Malvinas, ahí es nada, están situadas geográficamente  debajo del paralelo a partir del cual se pueden ejercer derechos territoriales sobre la Antártida.

En “La Dama de Hierro”, Margaret Thatcher reune a su plana mayor para decidir sobre la respuesta a la invasión argentina. Hace una gran pregunta “¿Cómo es posible que no tuviéramos ninguna guarnición en las Falkland?” y toma la decisión de ordenar la marcha de su flota pese a que las inclemencias del invierno iban a endurecer la acción militar.

El Gobierno de Ronald Reagan –Vernon Walters y Alexander Haigh eran los expertos y cerebros de su política exterior- guardaba un estricto silencio y la mayor de las confidencias a los medios norteamericanos era que EE.UU. se matendría al margen del conflicto, como así hizo literalmente poniendo su intendencia al servicio de su aliado natural británico, eso sí, fuera de la denominada Zona de Exclusión geográfica.


Cuando salí del cine, volvieron a mi cabeza aquellas dudas que los periodistas que vivimos la historia tuvimos cuando todo había acabado. El 14 de junio Argentina se rindió. Siempre nos pareció que en todo aquello nosotros habíamos sido comparsas y hoy, a la vista de la inamovible tutela que el Reino Unido ejercerá sobre las Malvinas, aumenta esa sensación.

En Puerto Stanley, capital del archipiélago, no había un fusil y la ocupación argentina no llevó más esfuerzo que la sustitución de la Union Jack por la albiceleste del General San Martín. Parece  como si les estuvieran esperando porque el Gobernador de aquellas islas sabía, mal que bien, que todo acabaría en poco tiempo.

Realmente Leopoldo Calvo Sotelo tenía razón. Todo aquello que ocurría en las puertas de la Antártida era distinto y distante de nuestra querida Gibraltar, cuya soberanía británica ha acabado por integrarse tanto en el paisaje, que cuesta imaginarla de otra manera, pese a que los políticos quieran dejar constancia, muy de vez en cuando, de  su irrenunciable españolidad.
Javier Zuloaga

domingo, 18 de diciembre de 2011

DE LA BARRA LIBRE AL LOW COST

El anterior titular puede resultar válido para ilustrar la diferencia de cómo fue la vida para los jóvenes de los años setenta y los que ahora empiezan a afeitarse. Los de entonces, yo estoy entre ellos, acabábamos mirándonos  casi siempre en el espejo de lo que nos llegaba del norte de Europa y América, y arrastrábamos –porque así lo escuchábamos en casa- cierto complejo de inferioridad. Era cuando no alcanzábamos a comprender por qué, si la autarquía llenaba nuestros pulmones patrióticos, no hacía otro tanto con los bolsillos de nuestra economía.

Todo lo que venía del otro lado de los Pirineos y del Atlántico era indiscutiblemente mejor, incluso las mujeres de aquellos parajes, suecas, francesas, italianas -¡las rusas no! porque el Muro estaba todavía en pie-  eran infinitamente más atractivas que nuestras pechugonas hispanas.

Se sobrentendía que todo lo demás era mejor y no éramos, o no teníamos perspectiva temporal  suficiente, para darnos cuenta de que este era un país que vivía a un ritmo nada despreciable que, muchos años después, ahora, cuando deberíamos  haber escalado muchos ochomiles más en  el progreso y en creación de  riqueza, recordamos con cierta nostalgia. Hablando con un buen amigo, me propuso que podríamos llamar “barra libre” a aquel despegue económico y social español.

Le dije que estaba de acuerdo con él y le compre la idea para pensar este artículo. En aquella barra libre, los nacidos entre los años 50 y los 80, hemos tenido a nuestro alcance lo que ahora no acaban de encontrar los que vinieron al mundo después. Nosotros somos de la era de “barra libre” y ellos pertenecen a la del “low cost”. Nosotros, trabajando duro, llegábamos finalmente a una oportunidad para salir adelante. Ellos, trabajando también duro, o incluso más, se las ven y se las desean para meter la nariz en algún lugar que tenga que ver con lo que han estudiado… o en cualquier otra cosa.

No hace muchas semanas, el Presidente de la Generalitat de Cataluña, Artur Mas, decía en un acto público, que abramos bien los ojos, porque ya nada volverá a ser igual que antes. No era el primero en hacer esta profecía pero esas palabras, viniendo de él, toman un carácter trascendente. Hablaba el político que ha tomado, hasta ahora, las riendas de los recortes sociales más duros que se recuerdan en Cataluña y al que Mariano Rajoy ponía como ejemplo del nivel de dureza que podrían alcanzar las que su gobierno comenzará a aplicar la próxima semana.

El “low cost” se va a instalar en nuestra manera de vivir y no referido sólo a las oportunidades para volar o alojarse a un precio de derribo, sino también en los restantes componentes de nuestro balance económico, en el conjunto y también, por extensión, en el individual. “Ahora si que vamos a saber lo que vale un peine”, oía hace poco en una tertulia radiofónica.

Todo pasará, las cosas nunca están quietas y el ciclo más largo de crisis económica que se recuerda –llegado después del más largo de bonanza- nos llevará a aires de mayor sosiego. Creo que de esto estamos todos convencidos, aunque otra cosa es acertar en el precio de lo ocurrido.

-¿Y qué se puede hacer?

Por deformación profesional  pienso que hoy, más que en ningún otro momento de nuestra historia reciente, es importante que la sociedad, especialmente los más jóvenes, sepan qué está pasando, que adquieran una buena cultura del conocimiento de las cosas más próximas,  para entender la vorágine de noticias que cada día nos llegan a través de los medios.

La curiosidad por leer o mirar en las fuentes más fiables, frente a la indolencia comodona de conformarse con lo que sale de un buscador de Internet. Profundizar, hay que animar a la generación del “low cost” a saber más que nadie qué es lo que está pasando.

En mi penúltimo artículo en este blog “El inquietante valor de la palabra”, dirigía al lector a un buen reportaje de “El País” "Lo probamos todo...¿sin comprender nada?", en el que se describe acertadamente la dispersión existente en nuestra sociedad a la hora de buscar cosas creibles, con fundamento.

Estos días nuestros futuros gobernantes dibujan en el horizonte su gran proyecto. Siempre se ha dicho que la educación es el gran reto pendiente de España  y sin embargo hasta ahora no ha sido posible un acuerdo para sentar las bases de esa sociedad mejor preparada. Por ello, y sin ninguna ambición, déjenme que haga un brindis virtual proponiendo una nueva asignatura, que se llame “¿Qué está pasando?”.

En mi experiencia como Director de Comunicación de la Fundación “la Caixa”, tuve la oportunidad de provocar un acuerdo con el Decano del Colegio de Periodistas de Cataluña, Josep Carles Rius y el Presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid,  Fernando González Urbaneja para llevar a los periodistas a los colegios para que contaran qué es lo que estaba pasando. Desde aquel acuerdo han pasado más de tres años y los resultados son, a decir de los profesionales que han ido a hablar con los adolescentes que pronto entrarían en la universidad, auténticamente excitantes.

A lo mejor lo que pasa es que a la gente lo que le gusta es que le enseñen a mirar.

Javier Zuloaga 

viernes, 25 de noviembre de 2011

LO CATALÁN Y LO ESPAÑOL

Mis padres pertenecían a aquella generación que no tiraba un papel, que cada cosa que pasaba por sus manos, pensaban, podría recobrar su interés  en cualquier momento futuro. Y de aquella actitud, extremadamente prudente, fueron creciendo decenas de carpetas que escondían y acababan en el olvido. Cartas, recortes de diarios o facturas y recibos cuya única utilidad era la de comprobar que la vida había subido una barbaridad.

Debía ser un hábito generacional, porque mi mujer y sus hermanos están poniendo orden y separando el grano de la paja de miles de miles de papeles que mi suegro fue acumulando a lo largo de toda su vida. Era un químico que se dedicó íntegramente  a la investigación, pero que supo no caer en la especialización devoradora y se abrió al mundo del saber, ya fuera del científico, de las humanidades o de todo aquello interesante que le rodeaba .

Fue un químico catalán universal que se educó, en los años previos a la Guerra Civil, en el Institut Escola, aquella avanzadilla de la enseñanza moderna  promovida por la Institución Libre de Enseñanza,  que en Barcelona  estaba situada en el parque de la Ciutadella. Manel Ballester tuvo la mente abierta a todo lo que iba y venía del resto de España y del resto del Mundo,  una voracidad insaciable por el conocimiento y parece que dejaba en su recámara de papeles las cosas que más le preocupaban.

Así lo deduzco de uno de los papeles que no quiso tirar y que  ha venido a parar a mis manos. Es  un artículo del periodista José María Carrascal, corresponsal y maestro de corresponsales para quienes hemos estudiado y ejercido el periodismo en los últimos decenios. Fue corresponsal en Alemania de Diari de Barcelona y Pueblo y  de ABC en Nueva York desde 1957 a 1990.

Ya en España, se incorporó al proyecto televisivo de Antena 3, donde pudo volcar todo lo que había aprendido, visto y oído en su larga vida americana. Fue  conductor de un informativo de medianoche que rompió, en España, los moldes bustoparlantes en los que estaba –y en buena medida está todavia- encorsetada nuestra televisión. Algo debió tener que ver su proximidad en Nueva York con Walter Cronkite, aquel maestro norteamericano que durante casi 20 años años fue seguido incondicionalmente por millones de norteamericanos que cada noche se iban a la cama después de que aquel veterano dijera, en la CBS,   aquello de «And that's the way it is» .(Y ésto es lo que hay) en traducción libre.

Carrascal publicó en ABC, en 1978, un artículo al que se puede llegar a través de la hemeroteca del diario decano de Madrid, cuyo título es "Catalanizar España". Lo he leído y he comprendido por qué Ballester no quiso desprenderse de él, seguramente porque le produjo una sensación a mitad de camino entre la incredulidad y la esperanza. Cuando hace pocos días compartía este hallazgo con su hijo el mayor, me dijo lacónicamente “Interesante, pero las cosas han tomado la dirección contraria”.

El todavía articulista de ABC volvió a España después de haberlas visto de todos los colores, de haber asistido a la vida americana que creó el Kukusklan, a la muerte de los Kennedy, a la humillación de Vietnam y la Bahía de Cochinos, pero antes, al tiempo que cubría la actualidad del país más poderoso del mundo, sacó tiempo para escribir sobre algo que le preocupaba en España. Como muestra, les transcribo dos botones de ese artículo que ustedes pueden leer íntegramente pinchando en  el enlace del párrafo anterior. Fue escrito y publicado pocos meses antes de que fuera aprobada la Constitución.

“Una de las mayores desgracias  que ha sufrido nuestro país es que lo que ha venido presentándose como “espíritu español”, apenas está impregnado de catalanismo, cuando debería haber sido uno de sus ingredientes principales. Bien distinto nos hubiera ido, muchas desventuras nos hubiéramos ahorrado de haber ocurrido así”

“Sólo los que por razones de la vida, hemos tenido la suerte de que nuestras familias fueran a residir allí, pudimos darnos cuenta de las enormes diferencias que hay entre lo que se cree en el resto de España que son los catalanes y lo que son en realidad…Y no me refiero solo a la laboriosidad, al sentido organizador y de empresa, a la iniciativa. Me refiero a algo más valioso y raro: a la mezcla de tradición y modernidad que hace a los países a la vez estables y dinámicos…”

No, no voy a entrar en honduras. Así que no se preocupen  mis buenos amigos y las personas que me quieren, porque soy consciente de que aquellos temores de Carrascal en 1978 han derivado a que el suelo social sea hoy muy resbaladizo. Pero déjenme que les diga, en la línea de lo que escribió el articulista, que sí que me preocupa ese gran desconocimiento que existe sobre Cataluña en el resto de España y que para los que sin ser nacidos aquí nos sentimos arraigados –llegué a Barcelona hace 22 años- llega a resultarnos muy difícil de soportar. De forma distinta, pero incluso más ácidamente y con cierto sentimiento de orfandad, cosa esta última que los catalanes de toda la vida no tienen que padecer en la tierra que les vio nacer.

El asunto es y será de tesis, cuando el paso del tiempo permita ver las cosas desde la distancia.

Javier Zuloaga

viernes, 4 de noviembre de 2011

EL INQUIETANTE VALOR DE LA PALABRA

El asunto:

Alguna relación debe guardar la creciente preocupación de articulistas y periodistas por el valor de la palabra, con los momentos que vivimos. De forma más cercana puede que las elecciones generales abren los ojos y el apetito de quienes se detienen a comparar el parecido entre lo que se dice y se pregona, con lo que después se practica. Y más sesuda y lejanamente –casi para expertos- se vuelve una y otra vez a tocar el fondo de la cuestión, el uso premeditado y malsano de la palabra y el lenguaje  en diferentes niveles de pobreza y perversión.

“El País” publica hoy un potente artículo de Lluis Duch y Albert Chillón, "La corrupción del discurso", en el que apuntan que políticos, periodistas, profesores, financieros y empresarios , consumen una suerte de neolengua que ha acabado por reducir el polifacetismo y la complejidad del mundo , en el fondo la riqueza de su variedad, a “una jerga tecnocrática y opaca”.

Bajo la sombra de lo que llaman pujante corrupción del discurso de hoy, distinguen, para el lector, entre los peligros de la negligencia expresiva y el fraude voluntario. Y ambos, dicen los autores,  acaban pasando inadvertidos y son aceptados como válidos en los tiempos de crisis global como los que vivimos.

Se “empalabra” la realidad -dicen, en una retórica muy gráfica- dentro de un marco de depauperación lingüística , que puede llegar a poner en jaque a la convivencia y a la democracia misma. Es un escalón previo al de la perversión del discurso, que puede que esté acercándose a la pandemia . La “anemia léxica”,  la “dejadez sintáctica”, el desprecio al matiz y la saturación de tópicos y muletillas, hermanas menores de la tergiversación de la certeza y la conversión de una burda mentira  en cosa hecha, suelen ser síntomas para hacer un diagnóstico certero.

El asunto preocupa, yo ya dije algo en mi anterior artículo “El error y la verdad” y tal vez ese sea uno de los atractivos del sexto seminario sobre lengua y periodismo, organizado en octubre  por la Fundación BBVA y la Fundación San Millán, en las tierras en las que nació el castellano en la que periodistas y profesores  sesudos apuntaron a los peligros de lo políticamente correcto. Alex Grijelmo, Presidente de Efe, la profesora Martínez Lagunilla, de la Universidad Autónoma de Madrid, Ernesto Ekaizer, Pío Cabanillas y Borja Puig de la Bellacasa, hurgaron, entre otros,  un poco en este asunto.

De lo que la crónica de “La Vanguardia” publicó el 3 de octubre sobre lo que allí se dijo:  "El lenguaje. ¿Herramienta o arma?" , me quedo con la frase lapidaria del último de los mencionados, veterano director de Bassat Ogilvy, no porque la comparta en su totalidad, pero sí porque apunta a los mismos peligros del artículo de Ducho y Chillón que he comentado al comienzo de este artículo. “Lo políticamente correcto se ha convertido –dijo Puig de la Bellacasa- en una perversión del propio lenguaje y distorsiona la realidad. La soberanía popular está cada vez más alejada del poder clásico, cada vez hay más ciudadanos desconectados de la realidad”

Como anillo al dedo viene esa última afirmación con la magnífica descripción que el periodista Benjamín Prado hizo en “El País” el pasado 27 de octubre, con una gran pieza: "Lo probamos todo...¿sin comprender nada?", en la que le hinca el diente a las consecuencias perversas  de echarse en los  brazos de la Sociedad de la Información desde el “picoteo”, esa vía de adquirir conocimientos por la vía de la curiosidad framentaria.

"Es cierto que en Internet ya no se navega, solo se surfea –el periodista cita al director de cine Fernando León de Aranoa- porque el usuario se ha vuelto promiscuo: al menor indicio de decepción, cambia de ola. Hay menos compromiso, menos fidelidad y por añadidura una mayor pasividad, porque ahora son los contenidos los que salen en tu busca, y no al revés. Eso lo cambia todo, empezando por el periodismo, porque como la volubilidad es una amenaza continua, los titulares de los periódicos se vuelven promesas, ganchos, son un ejercicio de seducción que busca más atraer al lector que enunciar la noticia. ¿Afectará esto también a la música, al cine? ¿Se convertirán los primeros actos de las películas en imanes que garanticen la descarga completa del producto? ¿Empezarán un día las canciones por el estribillo?”

“La cultura del picoteo – escribe después Benjamín Prado- del querer meter la cuchara en todos los platos del restaurante para hacerse una idea de su sabor, tiene aquí su máxima expresión y ha transformado por completo a los aficionados, que si antes seguían a un artista en particular o un género específico, ahora lo degustan todo, para hacerse una idea y porque, al fin y al cabo, no hay que pagarlo”



Al margen.-

Hace un par de semanas me encontré con un compañero de trabajo al que hacía tiempo no veía. Habíamos quedado para nada en concreto y era, por ello, un encuentro de aquellos que no tienen mayor trastienda que el interés mutuo por saber cómo iba la vida del otro. Una vez sentados, sólo no separaban unos platos, unos cubiertos, una sabrosa carne de cordero a la brasa y un buen vino.

Es un ampurdanés nacido en Albons – entre la Escala y Torroella de Montgri-  que a fuerza de pasar bajo el aro de la complejidad de las letras de las leyes que estudió  en la Facultad de Derecho, decidió refugiarse finalmente en la Filología catalana y castellana de Pompeu Fabra y María Moliner.

No había guión ni orden del día, pero el peso de los años vividos  y la reiteración de los recuerdos, nos llevó a la  nostalgia por lo fascinante, por la magia de esas cosas que han sido, o hemos convertido,  en maravillas que hemos conocido y que ya no lo son tanto. No hablamos ni de los grandes problemas del mundo, ni de la crisis, ni de las elecciones…ni de futbol.

Le pregunté sobre la vida que lleva, qué había hecho aquella mañana. “Pregúntaselo a mi nieto- dijo- que esta mañana me ha sacado de la cama a las ocho y me ha tenido rondando por el parque hasta las diez… ¡en ayunas!”

Javier Zuloaga