sábado, 6 de octubre de 2007

HABLAR EN "SUCEDÁNEO"

Seguramente todos guardamos, en la recámara de nuestra memoria, recuerdos de palabras descubiertas que deslumbraron nuestra ignorancia acerca de alguna cuestión. He de reconocer mi vulgaridad, pero lo cierto es que nunca he podido olvidar cuando, recién comenzados los años sesenta, mis padres recibían a unos invitados a cenar y la empleada doméstica, una segoviana que casi me vio nacer, me dijo que aquellos canapés cuadrados, con bolitas negras deslumbrantes y un pequeño ornamento de pulpa de limón encima, no era caviar ruso, las famosas huevas de esturión.

-No Javi, no. Esto es sólo un sucedáneo.

-¡Ah!- respondí con aplomo propio de señorito de la casa, al tiempo que me iba hasta las estanterías del pasillo, en donde mi padre había situado lo más granado de lo que había leído en su vida, con la segura intención de que, al ser de paso obligado, aquel lugar se convirtiera en recordatorio permanente a sus hijos de la gran importancia de la lectura.

Junto al teléfono estaban los diccionarios y, en el Larousse, encontré la definición de sucedáneo “ Dícese de una sustancia que puede reemplazar o sustituir a otra y que generalmente es de menor calidad”.

A raiz de aquel descubrimiento pasé una buena temporada buscando, en torno a mí, productos que fueran- pero que no fueran- lo que nos decían en las letras grandes de las etiquetas. Un día, Adela, que así se llamaba aquella segoviana, amplió mis conocimientos en la materia mostrándome una bolsa al tiempo que decía “Javi, esto es achicoria, no café” y mi madre, ante mi creciente curiosidad por el asunto, me dijo que el Pelargón de mi hermana la menor era también un sucedáneo de la leche de la madre, aunque, en aquel caso, se recomendaba su uso cuando la original no alcanzaba la calidad nutritiva necesaria, lo que no me extrañó ya que se trataba de la quinta y última en nacer.

Vienen al caso mis descubrimientos de la vida compleja que me rodeaba, porque creo que los sucedáneos de lo material pueden ser también extensibles a lo inmaterial e, incluso más, a las actitudes de las personas y sobre todo a sus palabras y sus silencios. Me refiero a lo fácil que resulta no decir nada comprometedor mediante el uso de palabras calculadamente escogidas y así “no mojarse” en temas en los que, precisamente, todos deberíamos hacerlo.

Y no es por presión, ni porque nadie nos persiga para que seamos ambiguos, sino porque se ha instalado entre nosotros, de forma desbocada, la cultura de lo políticamente correcto y no resulta fácil saber hasta qué punto hay que serlo, o cuando hemos de cerrar bajo llave esos modos cortesanos de hablar y comenzar a llamar a las cosas por su nombre. Y por ello, para darme ejemplo a mi mismo, voy a dejar de serlo en alguna cuestión frágil, aunque lo haré con cuidado.

Los ataques a la figura del Jefe del Estado, el Rey, a través de la quema de imágenes suyas, han generado reacciones preocupantemente ambiguas, auténticos sucedáneos. Se ha dicho que lo mejor ante estas situaciones, es entenderlas como casos aislados, lo cual podemos aceptar por pura obviedad y porque las turbas, a Dios gracias, todavía no van por las calles catalanas quemando millones de estampitas reales.

Pero creo que resulta tanto o más preocupante que la quema misma – al fin y al cabo los informativos de televisión nos ofrecen frecuentemente imágenes de muñecos en llamas en manifestaciones de fanáticos fundamentalistas- la tibieza y la ausencia de concreción en las reacciones políticas. En el Parlamento de Cataluña, el Presidente Montilla invocó la conveniencia de que se actúe con respeto a las ”instituciones”. Al referirse al tema, no se habló en detalle de lo ocurrido, sino de forma etérea, impersonal, para no ofender. Y desde los restantes partidos de coalición gubernamental catalana se le quitó hierro al asunto situándolo en una interpretación excelsa de lo que es la libertad de expresión. De igual manera, algún destacado dirigente socialista, para arreglarlo, ha llegado diluir al Rey en la gloria compartida de “los hombres que hicieron posible la transición democrática en España”. Así, sin matices ni galones.

¿Es esto lo que esperaban oir los ciudadanos? o simplemente no se podía hablar de otra manera porque el confuso diccionario de lo políticamente correcto no lo permite. La verdad es que sé lo que yo esperaba, pero no me atrevo a hacérselo extensivo a nadie.

Hablar en “sucedáneo”, escuchar a los que se refugian en esta manera de comunicarse, resulta desalentador, tanto en el caso de las fotos reales, como en la antagónica costumbre, desde algunos sectores de la derecha mesetaria, de situar a todos los nacionalistas en una misma bolsa de “basura política”, sin distingos . Llevo en Barcelona 18 años, he conocido a sus gentes y he seguido, como ciudadano, el comportamiento de aquellos para los que ser de aquí, sentirse catalán, es lo más importante de sus vidas y además lo defienden sin hostilidad hacia nadie. Están en su derecho.

Tengo la impresión –o tal vez sea consecuencia de la humana idealización del pasado- de que las cosas van a peor en este terreno político y para ello y porque son buenos ejemplos, remito al lector a dos excelentes artículos publicados en Barcelona.

El primero es de Juan José López Burniol, “Rectificación de Manuel Azaña” en El Periódico del martes 2 de octubre, http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idnoticia_PK=446464&idseccio_PK=1006

El segundo, “Agáchate hijo, que viene la patria” del periodista Lluis Foix. http://foixblog.blogspot.com/


Javier Zuloaga

sábado, 29 de septiembre de 2007

LOS CAMARADAS DEL MIEDO

“Para que las verdaderas ideas se conviertan en fuerzas históricas capaces de influir a las masas en general, se han de simplificar primero hasta el punto de que las pueda comprender un niño”. Subrayé esta frase poco después de comenzar la lectura de “Historia de un Alemán”, tal vez la obra más conocida de Sebastián Haffner, publicada en 1999, sesenta años después de ser escrita por aquel abogado y periodista berlinés que huyó a tiempo de la locura nazi y que, ya en Londres, fue biógrafo de Churchill y autor de la obra “De Bismarck a Hitler”.

Un hombre de leyes y articulista periodístico bien reconocido, me recomendó, hace poco en Barcelona, a este autor y este libro en particular, cuando hablábamos de las cosas que pasan en política y nos detuvimos en la pérdida de libertades. Pienso que sugirió su lectura cuando no le oculté mis temores por lo que, esta cuestión, ocurre en mi tierra, el País Vasco.

Cuando acabé de leer “Historia de un alemán” había subrayado algunas ideas más de Haffner en las que explica qué era lo que estaba pasando en Alemania cuando Hitler se aproximaba y tomaba finalmente el poder. La narración es muy viva; no en balde su autor escribió su propia historia nada más salir de Alemania, aunque parece que decidió dejarla para siempre en un cajón, seguramente porque ya tenía suficiente con no poder olvidar el horror de aquellos años.

“La gente comenzó a participar, primero sólo por miedo. Si embargo, tras haber tomado parte una primera vez, ya no quisieron hacerlo por miedo, así que acabaron incorporando el convencimiento político necesario. Este es el mecanismo emocional básico del triunfo de la revolución nacionalsocialsta (….) bastaba un pequeño pacto con el diablo para dejar de pertenecer al equipo de prisioneros y perseguidos y pasar a formar parte del grupo de los vencedores y perseguidores (….) más adelante se puso de manifiesto que gran parte de ellos había subestimado el precio de su alma y no estaba a la altura de lo que suponía ser un verdadero nazi. Hoy son miles los que pululan por Alemania, los nazis con mala conciencia”

Recomiendo al lector de mi artículo que compre el libro y lo lea de principio a fin, ya que es estremecedor por muchos más detalles y por la fuerza y finura descriptiva que puede llegar a provocar el horror sobre la pluma de una persona como Haffner, que en su obra sentenció –esta es la penúltima cita- que “el gran señuelo, el gran cebo de los nazis fue atragantar a los alemanes con el alcohol de la camaradería.”

El asunto es delicado, frágil. Pero yo me pregunto de qué manera se dan, no lejos de nosotros, situaciones parecidas que, casi seguro, no nos llevarán nunca a la locura colectiva de los nazis y alemanes en los años 40. Y no me refiero a las bárbaras masacres de Centroáfrica o Etiopía, a las luchas interétnicas, o al crónico fanatismo religioso.

Hablo de lo más cercano, de una sociedad equivalente a aquella Alemania industrial, hablo de la Vieja Europa y, claro está, de España. Me refiero a las personas y al miedo que, como ocurrió en 1934 en la Alemania de Haffner, padecen los individuos y las individuas que guardan silencio para sobrevivir en un entorno en el que pensar de forma distinta es sencillamente peligroso e incluso letal. Aquellos que están cada día más solos, porque la claudicación de los que antes eran como ellos, o incluso amigos, se ha ido extendiendo hasta creer que los que se mantienen firmes a los principios con los que crecieron, lo que tiene que hacer es callar o marcharse. Y para que así sea, siempre están, silenciosos pero atentos, los guardianes de la intolerancia violenta, nazi o de cualquier otro signo.

Y estos pensamientos me han llevado a otro libro, “Los peces de la amargura”, del donostiarra Fernando Aramburu, profesor de español en la universidad de Lippstadt, Alemania. Es un conjunto de relatos que encojen el corazón de quienes los leen y tienen un concepto sano de lo que es la libertad de las personas. Todas sus historias se refieren a familias vascas que se han visto acorraladas por la intolerancia y cuyos dramas son desconocidos, porque no son gente de relumbrón, sino personas corrientes y sus historias muy parecidas a las que, desde hace ya treinta o cuarenta años se repiten especial y silenciosamente en las localidades de dimensión mediana del País Vasco.

Vale cualquiera de ellas, pero me he detenido en una titulada “Madres”, en la que Aramburu cuenta la lucha de Toñi, la mujer de un policía municipal, vasco él y gallega ella, al que mataron de un disparo en la nuca en un pueblo inconcreto de la costa vasca.

Hacía pocos días había muerto un radical en un forcejeo con la Guardia Civil y el ayuntamiento había decidido que ninguna bandera ondeara en los mástiles de la casa consistorial durante las fiestas locales, decisión que aquel policía local cumplió al retirar la solitaria ikurriña frente a la algarabía, los insultos y las pedradas de buena parte de los vecinos, a muchos de los cuales conocía y servía desde siempre. Aquella ola de ira acabó sobrecogiendo al agente cuando, de vuelta a casa, un compañero de trabajo , policía como él, se le encaró de forma inquietante.

Toñi, la mujer del protagonista de esta historia, le propuso que pidiera la excedencia para irse a vivir a Galicia, cuando su nombre apareció en la lista de un comando de ETA. Accedió, pero ya era demasiado tarde, porque el mismo día, cuando volvía hacia su casa, descerrajaron una bala en su cabeza.

Lo que Aramburu relata a continuación es, en cierta manera, más estremecedor, terrorífico y socialmente repulsivo. El Ayuntamiento no declaró ningún tipo de duelo por la muerte de su agente, los de las pedradas y los humanos ladridos debieron “mojar” con unos buenos vinos la muerte de aquel “españolista” y los más cercanos a la viuda se excusaron de no organizar ningún tipo de manifestación porque aquel pueblo era demasiado pequeño y quedarían marcados. Una mesa, un tapete negro y un libro de firmas en el portal, fue la única expresión solidaria, aunque alguien, aún no contento con el drama, escribió en una de sus páginas de pésame: “Un enemigo menos de Euskal Herria ke se joda”.

El aislamiento posterior fue matando día a día a aquella mujer, hasta que decidió ir a Corcubión con sus padres, no sin antes sufrir los reproches de su hijo de once años, que ya estaba dentro del sistema y que le dijo que él no se iba y reprochó a su madre que no le quería porque era de allí, porque era un vasco.

Es real como la vida misma y forma parte de la rutina de la vida de muchas familias de pequeños y no tan pequeños pueblos vascos, que se cruzan con el terror cada día en la calle. En las ciudades más grandes todo se diluye un poco, aunque la extorsión sustituye a la amenaza verbal, pero no siempre y uno contempla cómo en las tabernas de los cascos antiguos se habla de futbol y poco más.

En una de las reflexiones de “Historia de un alemán”, Haffner interpretaba los pensamientos de los alemanes de los años 30 que eran incapaces de reaccionar frente a lo que estaba pasando. “Pero, ¿cómo evitar el odio y el sufrimiento si un día tras otro nos acosa constantemente una fuente de odio y sufrimiento?. La única solución es ignorarla, desviar la mirada, taparse los oídos y aislarse”.

No he querido hablar ni de nacionalismos, ni de separatismos ni de españolismos, porque las ideologías –sentimientos al fin y al cabo- no son ni buenas ni malas por si mismas, al margen de las excepciones que aparecen en estas historias que pasaron en Alemania y aún pasan en el País Vasco. Los patriotas de estas últimas no dejarán pasar por alto la oportunidad de “legitimación” institucional que les ha brindado, hace sólo dos días, la peligrosa “hoja de ruta” del lehendakari Ibarretxe.

A partir de ahora, la soledad será aún mayor.


Javier Zuloaga

domingo, 23 de septiembre de 2007

EL LABERINTO INQUIETANTE

He rescatado un artículo de Carlos Solchaga, publicado hace poco más de un año en el diario “Cinco Días”, acerca de las migraciones. Decía el político navarro que ese principio de la Teoría del Comercio Internacional que sienta que los intercambios de un país rico y uno pobre llevan obligadamente a la convergencia económica de ambos con el transcurso de los años, tiene ya poco fundamento en los tiempos que corren.

Sin negar que así haya sido entre países poco distantes en su nivel de vida, el autor decía, líneas abajo, que la paciencia no suele acompañar, ni a las personas ni a los pueblos, cuando se demuestra que la teórica convergencia económica no es más que una utopía por los frenos reales al intercambio comercial, a través del proteccionismo arancelario de los más fuertes frente a los más débiles.

La vieja teoría, recordaba Solchaga, yace por lo tanto oculta bajo la evidencia de que han sido los movimientos migratorios los que finalmente han mejorado el nivel de vida, tanto en los países de destino, por la mejora de su economía, como en los de origen, por el retorno del ahorro en forma de divisa.

La transmisión oral de los esplendores de “Eldorado”, que llevó a tantos españoles de los siglos XV y XVI a hacer las Américas, ha sido sustituido hoy por la difusión mágica del progreso y mayor calidad de vida que las parabólicas llevan desde los estudios de la CNN en Atlanta a la vecina y hambrienta Méjico, o desde Madrid a Tánger y Dakar. Abierta la puerta de la comunicación y elevadas cada día más las diferencias sociales entre el Tercer Mundo y los países más avanzados, no ha hecho falta que nadie empuje a millones de personas a intentarlo, sabiendo que, en algunos casos como el español, el Estado del Bienestar (educación, asistencia sanitaria, subsidio de desempleo) les hará sentirse más personas casi el mismo día de su llegada.

En torno a esta realidad han corrido muchas líneas de información y opinión, algunas de ellas especialmente espinosas, me refiero a la desaparecida Oriana Fallaci, que en sus escritos antes de su muerte radicalizó aún más su discurso ante lo que consideraba sordera y la ceguera de Occidente frente a la extensión desbocada, por la vía de la inmigración, de la balsa de aceite fundamentalista y teocrática.

El aire apocalíptico de la italiana - en algún artículo se la llegó a comparar con Bertol Brecht y sus prédicas en el desierto de las conciencias alemanas al comienzo de los años 30- provocó más desacuerdos que adhesiones, no tanto por la evidencia de que Europa no es capaz de distinguir cómo piensan y qué intenciones traen los que entran por sus puertas traseras, sino por la peligrosa generalización de la sospecha.

Con las cartas de la inmigración sobre la mesa, he dedicado los últimos días a leer informaciones que, directa o tangencialmente, tienen que ver con el asunto y he llegado a la conclusión de que una suerte de laberinto inquietante, no sólo social y económico, sino también político, rodea al problema, incluso he pensado que casi todo lo que ocurre o pueda ocurrir en el futuro se proyectará con gravedad en la cuestión migratoria.

Europa estornuda económicamente por el gripazo hipotecario-inmobiliario de los Estados Unidos, debido a que hoy el mundo está globalizado, tanto para lo bueno como para lo malo y si son ciertos los presagios, la clase pasiva y subsidiada de la economía europea, la española especialmente, se verá incrementada en la misma medida que se destruya empleo, tanto en la construcción misma como en las industrias que de ella dependen.

Desaparecerán entonces las alegrías del gasto y el consumo se volverá prudente. Todo ello ocurrirá, casualmente, en un escenario en el que el mundo occidental examina, en el espejo de las economías del Este asiático, su propia competitividad. Hay que ser mejores en calidad y reducir gastos para poder estar en el mercado.

Las crónicas de los corresponsales comunitarios han informado de un reciente estudio de la Unión Europea sobre la necesidad de una inmigración cualificada. La población de la Unión de hoy, de 490 millones de ciudadanos –de ellos 18 millones inmigrantes-comenzará a descender a partir del año 2025. Hoy, uno de de cada cinco europeos tiene más de sesenta años y en el año 2050, uno de cada tres, Es decir, cada día más viejos y fuera del circuito laboral productivo.

La economía alemana buscaba el año pasado a más de 23.000 ingenieros para situarlos en su motor económico y el conjunto de la UE necesita hoy a más de 300.000 expertos en nuevas tecnologías. Por ello se trabaja en Bruselas en la creación de una suerte de inmigración de primera división, hablan de una “tarjeta azul”, para atraer a trabajadores especializados que disfrutarían de un tratamiento exclusivo en relación a los demás. Objetivo: 20 millones de inmigrantes “vip” durante los próximos 20 años, un millón por año..

Pero las proyecciones a largo plazo son simples remaches en los engranajes de la maquinaria del mundo, de sus países y de sus gobiernos. La Asamblea Francesa aprobó la semana pasada la iniciativa de Sarkozy de exigir pruebas de ADN para el reagrupamiento familiar de los inmigrantes en situación legal. “Fui elegido para encontrar soluciones a los problemas de Francia, no para comentarlos”, ha dicho el político en una frase que, seguramente, pasará al glosario de la transparencia política por su sencillez y elocuencia.

En Francia, además de lo del código genético, se apretará a quienes quieran trabajar y vivir allí, para que el inmigrante hable suficientemente el francés y demuestre que cuenta con medios suficientes para mantener a la familia que espera tras el estrecho de Gibraltar o en la lejana China, si no es que ya está, ilegalmente, en las “banlieu” de las viejas Galias. Sarkozy se propone, además, establecer unos topes anuales según profesión y zona de origen, adaptando así a los inmigrantes a las necesidades de Francia y no al contrario.

La vecina Inglaterra, con un primer ministro nuevo, ha enseñado ya las uñas y anunciado que tendrán prioridad en el empleo los parados que sean ciudadanos del Reino Unido, aunque los sindicatos ingleses no han tardado en decir que la burbuja del desempleo nativo, de carácter crónico, se debe fundamentalmente a la falta de una buena formación profesional.

Da la impresión de que ya es políticamente correcto, o no es incorrecto, decir aquello de “primero nosotros” y que en Europa son cada vez menos aquellos a quienes se les caen los anillos al ver los mayores niveles de exigencia que Estados Unidos impone a quienes quieren vivir allí. Justo ahora arranca el complejo sistema electoral norteamericano y, cuentan los cronistas, que las propuestas de Hillary Clinton, Barak Obama y John Edwards sobre la inmigración ilegal, tendrán un peso importante en los resultados de los Caucus de Iowa, el primer test del Partido Demócrata para buscar un candidato que intente ser el sucesor/a de George Bush. El próximo presidente deberá decidir sobre ese muro de 1.500 kilometros que la administración y el congreso norteamericano han decidido construir en su frontera con México, medida sobre la que los tribunales internacionales deberán pronunciarse, con inciertas garantías cumplimiento si el veredicto es contrario a Washington.

Pero este laberinto tiene rincones oscuros, hablo de hace uno, dos o tres días, que sobrecogen y que, mucho me temo, tendrán su resonancia en la cuestión de la inmigración. Suiza, que no es miembro de la UE pero sí el corazón de Europa, elegirá a los miembros de su cámara baja el próximo 21 de octubre y el Partido Popular de Suiza, liderado por Christoph Blocher, un magnate de Zürich, aparece como favorito en unas encuestas que parecen no reflejar el previsible rechazo de los suizos a una campaña basada en una historia en la que unas ovejas blancas, echan a patadas de su territorio –marcado con la cruz blanca de la bandera suiza- a una oveja negra que personaliza, así lo reconocen sus líderes, a los “delincuentes extranjeros”.

El caso estremece por los recuerdos que nos ofrece la historia reciente de Europa, de la misma manera que ocurrirá si damos carta de crédito a la última intervención pública del número dos de Bin Laden, Ayman Al Zawahiri, en el que se llama a sus seguidores a “limpiar el Magreb islámico de los hijos de España y Francia”.

¿Sabremos salir del laberinto?

domingo, 16 de septiembre de 2007

INVESTIGAR POR PLACER

“Yo soy de letras”, me decía cuando, al acabar cuarto de bachillerato y su reválida, me daba una y otra vez de bruces con los senos y los cosenos, los principios físicos de Gay Lussac y Boyle Mariot y era incapaz de explicarme el porqué del teorema de matemático suizo Euler, que demostraba que, en un poliedro, sus caras y sus vértices suman lo mismo que sus aristas más dos. Aquel teorema fue una de las pocas cosas que las ciencias colegiales dejaron en mi talego cultural y he de reconocer que, pese a no haber olvidado aquella equivalencia, acababa con el pulso acelerado y una gran desesperación cuando intentaba ver si aquello era cierto o sólo un farol y contaba los vértices y los planos de un dodecaedro. Definitivamente, yo era de letras.

Pero la vida da muchas vueltas y la mía me ha llevado, en mi madurez cincuentona, a verme rodeado de gentes de ciencias. Mi mujer, química, mis cuñados, médicos, telecos e informáticos, si bien, como ocurre estadísticamente en casi todas las familias españolas, tengo también un hermano político que decidió ejercer la abogacía.

Pero todos ellos, unos más que otros, llevan el marchamo del ejemplo de su padre, un gran hombre de ciencia, un investigador infatigable, que fue nominado repetidas veces al Nobel y que recibió, en 1982, el Premio Príncipe de Asturias a la Investigación Científica y Técnica. Hablo de Manel Ballester Boix, aquel maestro de la investigación química que descubrió los radicales libres inertes, de gran trascendencia posterior en la industria química y farmacéutica. Tuve el privilegio de conocerle y escucharle, aunque mucho menos de lo que hubiera deseado.

Ballester, que murió hace ya dos años, era además un sabio en el sentido más amplio y extenso de la palabra y su afán por el conocimiento no distinguía, como nos ocurría a las personas más vulgares, entre ciencias y letras y era, fuera del laboratorio y las tesis que dirigía, un conversador sólido sobre la mitología griega o las indefinidas fronteras que sepan las matemáticas de la filosofía pura, por acudir sólo a dos cuestiones lejanas a su especialidad.

Vienen estas líneas al caso cuando aún son recientes las declaraciones del Presidente del Gobierno español acerca de nuestra situación económica, lo de la “champions” y la cascada de informaciones que han provocado apuntando casi todas a que la competitividad económica, especialmente la derivada de la innovación, está en nuestro país muy lejos de ser notable, tanto, que ninguna de nuestras universidades, públicas o privadas, se encuentran entre las 200 mejores del mundo, aunque, eso sí, nos situamos por encima de Polonia, Chequia, Grecia y Hungria.

Los datos pertenecen a un estudio de la Unión Europea, basado en un ranking elaborado por la Universidad de Sanghai, en el que se evaluaba a las universidades del mundo en función de las citas de cada una de ellas en las principales revistas científico-académicas y del número de premios Nobel obtenidos por miembros de sus claustros.

Los autores del trabajo de la UE destacan un hecho importante, que la Europa de los 25 destina un 1,3% -es la media- de su PIB a la investigación y enseñanza superior; en EE.UU. un 3% y que la media del gasto por estudiante es, en la primera, de 8.700 euros anuales, mientras en Norteamérica la “inversión” en talento universitario llega a los 36.500 euros. Pero, bajando a lo casero, a lo español, los diarios han recordado también lo que ocurre con nuestro país, en los llamados objetivos de la Agenda de Lisboa, que marcaron, como meta para el año 2010, la de que los estados de la Unión llegaran a invertir en Investigación y Desarrollo (I+D) el 3% de su PIB .

Hace pocos días la Ministra de Educación, Mercedes Cabrera, presentaba, en Santander, el nuevo plan gubernamental en esta materia tan trascendental cuyo nombre ha crecido (I+D+i) –la “i” pequeña significa innovación- que se propone pasar del 1,2% actual al 2,2% en el año 2011. De cumplirse lo anunciado, supondría duplicar en cuatro años la inversión en innovación y el número de investigadores por habitante, por citar sólo dos de sus difíciles metas, saltos que, muy posiblemente, no se dieron con tanto impulso en el famoso “Milagro alemán”.

Al reflexionar sobre todas esta jerga de modernos conceptos y porcentajes, me he preguntando donde puede estar el fondo del problema y si realmente lo que está en debate es una cuestión de inversión a corto plazo, una suerte de toreo de salón y si la clave está más bien en una endémica falta de cultura investigadora en nuestro país, con el mayor respeto a las grandes excepciones. No se puede crear investigadores por decreto, eso es de cajón, pero sí inculcar en los bachilleres primero y después a los universitarios, la importancia de crear cosas nuevas a través de un conocimiento más profundo de lo que tienen delante. Y con ello me refiero tanto a un filólogo como a químico orgánico.

Cuando lees acerca del fenómeno de Silicon Valley, en donde en torno a la universidad californiana de Stanford, un profesor llamado Terman puso, hace más de cincuenta años, las condiciones para crear una auténtica Meca de la investigación, no puedes evitar mirar a lo más cercano y ver como realmente nos separan muchos años –pese a planes cuatrienales triunfalistas- para ser más investigadores e innovadores y, por ello, más competitivos.

En los colegios, en donde ahora se podrá pasar de curso con cuatro suspensos, no se estudia historia de la investigación, ni en las facultades la forma de gestionarla profesionalmente. No creo que me equivoque si digo que, ni en los primeros, ni en las segundas, se provoca la materia prima de la curiosidad . Todo eso hay que aprenderlo fuera de las aulas, cerca de un sabio, si es que alguno de ellos te deja oir, mirar y poco a poco participar en el disfrute del apetito del conocimiento profundo de las cosas.

Manel Ballester Boix dijo en más de una ocasión que investigar es un placer y para ello citaba lo que escribió Henri Moissan, descubridor del Fluor a finales del siglo XIX. “Lo que no puedo transmitir a ustedes es el placer extremo que he experimentado en la búsqueda del descubrimiento. Arar un campo nuevo,tener libertad plena de seguir nuestras propias inclinaciones; ver por doquier nuevos objetos de estudio abriéndose ante mi…despierta una verdadera alegría, que sólo quienes prueban las delicias de la investigación pueden experimentar”.

A renglón seguido, el químico catalán afirmaba que “la finalidad de nuestra existencia es no sólo disfrutar contemplando el verdor brillante y perfumado de los prados, la frondosidad sobrecogedora de los bosques, la claridad de las aguas cantarinas, el vuelo y el trino de los pájaros, o nuestro humano ombligo, sino luchar por nuestro propio progreso, por superar nuestras limitaciones, por corregir nuestros errores y nuestras desviaciones, poniendo en juego dones tan singulares y misteriosos como son los poderes de nuestro intelecto”.

¿Estaba hablando de I+D+i ?

domingo, 9 de septiembre de 2007

EL ORO VERDE

Ha pasado poco más de un siglo desde que los beduinos de Arabia, los kurdos de la actual Irak y los indígenas que habitaban en torno al Orinoco vieron como su vida se veía definitivamente alterada con la aparición de bosques de torres metálicas, chimeneas de inmensas plantas de refino y la aparición de agentes comerciales multinacionales que convertían todo lo que salía de las entrañas de sus tierras, el oro negro, en oro auténtico, en petrodólares.

Aquello fue el lanzamiento definitivo de la revolución industrial, el salvavidas del carbón y el nacimiento de una sociedad que, en muchos más aspectos de aquellos que podemos imaginar, gira en torno al petróleo. No fue necesario que pasaran muchos años para que esta materia prima dejara atrás a otras alternativas y el mundo quedó dividido por la simple pero evidente condición de ser, o no, país productor de petróleo.

El lector estará, con toda seguridad, bien documentado sobre la historia de esta sustancia orgánica que durmió millones de años bajo la corteza terrestre, que ha provocado guerras y cuyo control está entre los objetivos de magnates, emperadores de diminutos reinos en el desierto, populistas poco inquietos por las libertades y, finalmente, de los países más poderosos del mundo.

Pero el petróleo es una materia prima cada vez más escasa y tiene, como ha ocurrido con el carbón, fecha de caducidad, aunque ninguno de nosotros lleguemos a vivir ese momento.

En 1994, la Academia Sueca concedió el Premio Nóbel de Química al húngaro, nacionalizado norteamericano, George A. Olah, por su contribución al descubrimiento de vías alternativas a la energía proveniente del petróleo. Este profesor de la Universidad del Sur de California, ha dirigido recientemente la publicación de un estudio titulado “Más allá de la gasolina y el gas: La economía del metanol”, en el que concreta y avanza sobre los estudios que le valieron su galardón.

El ritmo de consumo y la mayor demanda de las economías del Este, China y la India, sitúan el horizonte del agotamiento del petróleo, según el investigador, no más allá del año 2080 y otro tanto ocurrirá con el gas cuando esté arrancando el siglo XXII.El uso de energías alternativas de todo orden, solar, eólica, la proveniente de las olas y las mareas, actuarán como dilatador de la agonía petrolífera y por ello el Nóbel defiende y propone, como solución a largo plazo, el desarrollo de la economía del metanol.

Olah apunta sus bondades, partiendo de los cultivos, si se aplica una economía de escala, pero pone encima de la mesa una gran dificultad. Para producir 1,5 millones de toneladas de metanol al año, sería necesario recolectar, cada día 2.500 toneladas de biomasa, a cuyos costos de producción habría que añadir los de su transporte hasta las plantas transformadoras.

Aquellas inquietudes de hace ya 13 años se han visto hoy superadas positivamente por la vía de los hechos y vemos como los biocombustibles han dejado de ser una materia exclusiva de sesudos estudiosos, para convertirse en objeto de debate, en inductores de inflación por el aumento del precio de los cereales para el consumo por su desvío a la industria energética e, incluso, en herramienta de contrincantes políticos en la geoestrategia internacional.

En México, uno de los países, junto con Brasil, con mayor esfuerzo en el desarrollo de alternativas al petróleo, el precio del maíz ha subido un 70% en dos años y en Europa la barra de pan, la del bocata, va ganando dignidad económica a pasos agigantados, para desgracia de los bolsillos e indicadores económicos.

No han pasado muchos meses desde que Lula da Silva y Chávez competían en giras simultáneas por Centroamérica y Suramérica, ofreciendo a los gobiernos de la zona acuerdos bioenergéticos, en el caso del primero, o , en el del totalitario venezolano, petróleo a precios de derribo. Tan lejos se ha llegado en este pulso entre el oro negro y el oro verde, que Lula - cuya elección como presidente de Brasil hizo saltar las alarmas del mundo capitalista y estremeció a las bolsas occidentales- cuenta hoy con el apoyo y la amistad coyuntural de Estados Unidos y Rusia, con cuya petrolera Galp, ha firmado recientemente un acuerdo para la producción de 600.000 toneladas de biocombustible al año.

La paradoja política de esta carrera puede ilustrarse con la compra y renovación de deuda externa argentina por parte de Chávez, ¿qué pensarán los venezolanos menos adinerados y más endeudados? y la firma de un acuerdo de Caracas, con el ayuntamiento de Londres para la compra de gasolinas un 20% por debajo de los precios del mercado, ¿acción social bolivariana en el “paupérrimo “ Imperio Británico?.

Pero en este panorama, ya hay quien ha puesto sobre la mesa la cuestión social. Si realmente estamos ante el desarrollo futuro de una industria energética basada en la biomasa vegetal, ¿no nos encontraremos ante la oportunidad histórica para corregir los grandes desequilibrios económicos mundiales?

Jacques Diouf, Director General de Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación (FAO), publicaba hace unos días en “El País” que los biocombustibles, si se planifican de forma adecuada, permitirían acelerar el crecimiento de muchos de los países más pobres del mundo, posibilitar el renacimiento de la agricultura y suministrar energía moderna a un tercio de la población mundial . Para ello propone que una parte importante de la bioenergía mundial, sea generada por los trabajadores agrícolas del mundo en desarrollo, que representan el 70% de los pobres del planeta.

Pide que se levanten las barreras aduaneras de los países de la OCDE a las importaciones de etanol y se enseñe a los campesinos del Tercer Mundo no solo a producir adecuadamente biomasa, sino también a organizarse en cooperativas. Diouf defiende su propuesta en una evidencia indiscutibles: la de que los ecosistemas más adecuados y las grandes reservas de tierra se encuentran en los países en desarrollo y no en las naciones industrializadas.

El debate parece haber comenzado, el que leeremos en los diarios y el que, sin trascender, se estará produciendo ya en esos despachos en donde lo primero y lo último que se mira es la cuenta de resultados y el logro o el mantenimiento, simple pero deslumbrante, del poder.

domingo, 2 de septiembre de 2007

¿SOY ANTIAMERICANO?

Las piscinas, además de punto de encuentro de padres incrédulos al comprobar que dos hijos más dos hijos son cuatro y lo largo que puede llegar a ser el tiempo en vacaciones, suelen sorprender, a los atentos, con anécdotas jugosas. No hace mucho una paisana vasca me comentaba, sorprendida, cómo su hijo mayor, cinco años, había reaccionado de forma sorpresiva ante el ataque verbal de un chaval de su generación.

-Cochino, marrano, cerdo americano- le dijo
-¡Americano no!- respondió el pequeño Pablo.

No pude evitarlo y al amparo de una sombrilla, me pregunté sobre el sentido que puede tener una defensa tan numantina frente al americanismo en quien, por no saber, no sabe siquiera los nombres de los ríos que le son más cercanos y te responde son un rictus de “tú ¿de que vas?” si le preguntas qué hay al otro lado del Atlántico, e incluso no tiene conciencia clara de quienes son esos enemigos que su nobleza infantil tiene inconcretamente identificados.

¿Qué ha pasado entre aquellos antiamericanismos que recuerdo de mi juventud y el que ahora expresa este pequeño que casi podría ser mi nieto?-me dije.

Recuerdo cuando comencé a oir hablar de la Guerra Fría, de la bota de Nikita Kuchev en Naciones Unidas y de aquellos alemanes orientales que se dejaban la vida entre el alambre de espinos del muro que separaba las dos alemanias. Estaba claro entonces que uno no podía ser pro-ruso y que los americanos, en cualquier caso, no ponían barreras, aunque poco difundía el aparato mediático occidental, acerca de las maldades sociales de quienes mataron a Lincoln y Kennedy. El celuloide, Rintintin, Bonanza y los Intocables nos remataban un horizonte que concluía en la similitud de lo perfecto con aquello de ”Hacer las américas”. No había vuelta de hoja.

Tal vez por ello lo de Nixon y el Vietnam, aunque sangriento y socialmente catastrófico, acabó archivándose en aquel dilema capital-comunista que nos impusieron a todos, al margen de que también existieran los africanos, la islas Fidji y la Polinesia. El mundo se jugaba su futuro mirando qué pasaba entre aquellos dos colosos de Washington y Moscú.

Lo de Ronald Reagan, que en “Regreso al Futuro” hizo saltar de su asiento al doctor Emmet Brown cuando Marty McFly le dijo que aquel “cow boy” sería, en el futuro, presidente de los Estados Unidos, desencadenó lo que me parece fue primer brote de antiamericanismo visceral, un tanto epidérmico, entre los europeos.

Recuerdo la visita de Reagan a España, en 1983, poco después de que Felipe González llegara al poder y antes de que los socialistas dieran una lección, de lo que era saber envainársela, en el referéndum que nos integró en la OTAN. Yo vivía en Mallorca y por aquella isla pasó el vicepresidente Alfonso Guerra que, a los periodistas que allí trabajábamos, nos dijo que no se había quedado en Madrid para saludar al mandatario estadounidense porque tenía un compromiso previo para visitar a su amigo Nicolai Causecu.

Poco después cayó el Muro de Berlín, se desmoronó el puzzle comunista de la mano de la Perestroika y la Glasnot de Gorbachov y Causescu fue fusilado por tirano. Reagan arrasaba en el 84 tras humillar a los radicales iraníes desocupando, de un gorrazo y sin moverse del despacho, la embajada americana en Teherán –lo que Carter no supo como encarar- y abrió los caminos a un nuevo orden mundial que, todavía hoy, está aún por definirse.

Norteamérica –que me perdonen los canadienses por incluirles en el tópico- necesita siempre un enemigo y, por ello, no podía quedar huérfana de su principal razón de ser internacional. De esa manera fue haciéndose presente en diferentes frentes, con una decreciente comprensión de quienes nos conformábamos con aquello de los bloques y que no acabábamos de entender qué criterios se seguían a la hora de decidir desembarcar en Panamá en lugar de hacerlo en Sierra Leona o de decidir no formar parte de las fuerzas de intervención en Oriente Medio y sí hacerlo en Kuwait.

Sin ser experto, creo que fue en aquellos años cuando muchos ciudadanos occidentales comenzaron a preguntarse si lo que se decide en el Despacho Oval era realmente incuestionable o los mandatarios de la Unión estaban comenzando a perder los papeles en tiempos en los que la palabra libertad cobraba mayor valor en los países occidentales, más incluso que los Estados Unidos.

Del 11 de septiembre, Afganistán y del Irak de las inexistentes o desaparecidas armas de destrucción masiva, todo tan reciente, el lector tiene formadas sus propias opiniones. Yo, en este artículo, tras haber viajado hacia el pasado de mis recuerdos, me pregunto:

Y los americanos, ¿qué?

Hace pocos días leí las diferentes maneras con que Barack Obama y Hillary Clinton enfocaban las cuestiones internacionales del país que aspiran a presidir como candidatos del Partido Demócrata. La mujer de Bill Clinton, tal vez el más “humano” de los jefes de estado norteamericanos, se parecía más a Bush que a su marido, mientras el candidato de color, no hacía ascos a entrevistarse con Castro, o su hermano, tanto monta, ofreciendo una cara amable, tal vez demasiado cándida para los poderes reales de los Estados Unidos.

¿A quien elegiran los americanos?, ¿Se repetirán los apoyos masivos de los votantes a quien, como ocurrió con Reagan en 1984 y Bush en 2005, les dijo que América, por encima de cualquier otra consideración no será nunca débil?.

domingo, 26 de agosto de 2007

CAMBIAR LA HISTORIA

Este verano he dedicado mi tiempo de lectura a la narrativa. Quería empaparme en la buena escritura y me dejé llevar hasta las estanterías de los libros de bolsillo de Fnac, para ir llenando esos vacíos que aún mantengo desde los tiempos en los que no tenía tanto tiempo para leer.

Pese a la angustia que destilan sus páginas, acabé “Islas a la Deriva” de Hemingway, disfrute de la sobriedad de Ignacio Aldecoa en “Gran Sol” y de su viuda, Josefina, en “Mujeres de Negro”; avancé un poco más en esas cimas magistrales de lectura compleja y argumentos casi imposibles de García Márquez en “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada” y gocé, como barceloní de adopción y consorte que soy, en “El Amante bilingüe” y “Ultimas tardes con Teresa”, del nervio literario de Juan Marsé.

Mi hambruna literaria me llevó también a dos títulos que, cuando decidí comprarlos, no imaginaba que iban a dejar tanta huella ni provocar tanta inquietud en mí. Cayeron en mis manos “El corazón de las tinieblas”de Joseph Conrard e “Inés del Alma Mía” de Isabel Allende.

En el primero, el prólogo de Mario Vargas Llosa sitúa en lector en las monstruosidades de los belgas cuando hicieron del Congo una finca privada del Rey Leopoldo II “una indecencia humana” según el maestro peruano, que no duda en situar a aquel monarca en los niveles de inhumanidad de Stalin y Hitler, pese a que la vida oficial de su tiempo le catapultó y condecoró como gran benefactor de los negros, al tiempo que eran exterminados entre cinco y ocho millones de nativos. Cuando uno lee el prólogo de Vargas entiende las dificultades que Conrard hubo de sortear para que su libro viera la luz y que su lectura, a pelo, no sitúa el lector en la auténtica dimensión de una tragedia que aún no ha acabado en aquella antigua colonia, por el conjunto de sátrapas que la han gobernado desde su independencia.

Cuando acabé de leer la última página sentí una gran desazón mientras pensaba que toda aquella tragedia no figura en los anales de la crueldad humana y me pregunté cuantas otras parecidas se habrán perdido en le memoria de los tiempos por la confabulación económica de la depredación occidental de África y porque nadie se propuso escribirlo como lo hizo este polaco, que acabó siendo inglés universal.

No tuve tiempo para recuperarme cuando ya corría por la historia de la conquista de Chile a través de las páginas de “Inés del alma mía”, de Isabel Allende, que, con las licencias literarias necesarias, lleva al lector a volandas hasta los orígenes de ese gran país transandino como parte del Reino de España. Las crueldades cometidas bajo la solapa de una política de mestizaje obligado -porque los varones nativos desaparecían de forma cruel – y el fariseísmo de justificar todo aquello en la extensión de la fe cristiana hasta los confines de la tierra, producen una cierta desazón por pertenecer a ese país que en la enseñanza de su historia sólo ha asumido, con la boca pequeña, algunos excesos de la colonización.

Entendí mejor, al cerrar las tapas del libro, la petición de perdón público de algunos presidentes suramericanos con ocasión del reciente viaje de Benedicto XVI y el reconocimiento final del Vaticano de que lo que pasó en aquellas tierras no pertenece, precisamente, a lo más granado de la historia de la Iglesia Católica.

¿Por qué no se habla claro?, ¿por qué no se ponen encima de la mesa las vesanias y miserias de los países del Viejo Continente en su extensión colonial?. No, no se trata sólo de reconocer que se nos fue la mano al mirar sólo cuanta caoba, marfil, oro o piedras preciosas podían llegar hasta las metrópoli utilizando como alforjas a los habitantes del lugar. Se trata de reescribir la historia hasta donde se pueda, ya que también es cierta la dificultad de documentar las monstruosidades.

Si así fuera entenderíamos un poco mejor el último capítulo del desastre africano, en el que no parece existir urgencia en la búsqueda de soluciones definitivas, tal vez porque aquellos depredadores belgas que Conrard describió, tienen hoy importantes sucesores en la sombra. Y también se aplacarían y volverían al sentido común, esos movimientos indigenistas americanos que están llevando a algunos países de tradición democrática al miedo y la pérdida de libertad de los ciudadanos por la fuerza aplastante del populismo.

lunes, 13 de agosto de 2007

A pesar de nosotros

No debe ser casualidad que sea en verano cuando se producen las reacciones ciudadanas por el mal funcionamiento de los servicios. Durante el resto del año, abstraídos en la rutina del trabajo y el fin de semana, en la búsqueda de las soluciones a los problemas diarios, el nivel de indignación y reacción es menor, a veces inapreciable, o bien se camufla. Pero en vacaciones, cuando todo el tiempo es nuestro, la epidermis del ciudadano- hablemos mejor del contribuyente- se vuelve más sensible.

“Vamos a ver como funciona este país al que contribuyo con mi retención salarial, ¡uno de cada tres días de mi trabajo se lo lleva Hacienda!”. Seguro que este pensamiento ha pasado por más de una cabeza también este año.

Y cuando España entera se echa a las calle, se pone al volante y sueña con llegar a ese apartamento en el que algún día pasará la mitad del año, aparecen los problemas que levantan las ampollas ciudadanas. Las de los que se van y también las de los que se quedan, que comienzan a rumiar y después a proclamar que éste es un país chapucero.

Barcelona se queda sin luz, las autopistas de la costa mediterránea acaban convirtiéndose en ratonera y las obras de infraestructuras desbaratan el encanto de esos días soñados. El drama de la realidad ahoga la ilusión, la adrenalina desborda la paciencia de los ciudadanos y el desastre ciudadano acaba alimentando portadas de diarios y sumarios de radio y televisión. Nace entonces el país auténtico, aquel que no hemos podido percibir por la vida vertiginosa y oficial del otoño, el verano y la primavera.

Pero es sólo por unos instantes, porque no hay sueño que se resista a la pesadilla y no podemos escapar del avasallamiento de nuestros padres políticos. Vuelven urgente y efímeramente de sus playas y acuñan una frase o venden una foto para que quede claro que están ahí, a pie de cañón. “Esta es una demostración más de la forma de gestionar que ya es tradicional del partido del Gobierno”, o “ Estos retrasos son la consecuencia de aquellos ocho años de falta de inversiones de aquel gobierno” aparecen obligadamente en los medios, cuando no una todavía más lapidaria alusión al sabotaje.

Y es en esos momentos, al menos a mí, cuando me asalta la alegría por la existencia de la comparación y la grandeza de poder viajar, cuando comparo mi país con esos en los que parece que las cosas van a su aire, siguen su camino, porque precisamente los políticos no pasan de pensar en las líneas maestras y dejan que una Administración profesional garantice que el país funciones…pese a los políticos.

Aquí, en España, todo vale para ganar o destruir votos del contrario, para convertir nuestros ciclos vitales en cuatrienios electorales y para que nos veamos obligados a soportar, cada cuatro años, al anuncio oficial de que se ha descubierto un nuevo bachillerato, un nuevo calendario para el desarrollo de las comunicaciones o las maravillas fiscales que le separan a un catalán de un madrileño si, a la hora de donar a su hijo, hubiera nacido en Alpedrete en lugar de Manresa.

¿Somos un estado de verdad?. Pues, yo al menos, no entiendo como aún no hemos llegado a ese punto en el que las cuestiones más necesarias de la vida de los ciudadanos no se apartan, con responsabilidad, del debate de los partidos, ni se dejan de usar como falsa demostración de que todos somos iguales, como dice la Constitución, o para desunir y crear agravios de bolsillos y, finalmente, de corazón.

Y esas diferencias se solapan, y aquí acabo, con cuestiones lingüísticas sobredimensionadas y el fomento de sentimientos sobrentendidos que fomentan la desconfianza entre vecinos. Yo, que no soy de donde escribo, Barcelona, ni vivo en donde nací, Bilbao, me pregunto cada vez más a menudo por qué no nos miramos en el espejo de nuestros vecinos europeos, con más historia en democracia y dejamos, como ellos hacen, que una administración profesional haga que todo funcione mínimamente bien, a pesar de nosotros mismos.

Javier Zuloaga

Escritor y periodista

viernes, 3 de agosto de 2007

Mi móvil suena menos BLOG 03/08/2007

Puede que no sea demasiado original escribir que la modernidad ha ido aislando a las personas y que ese vacío ha sido un campo abonado para que el ingenio y la inventiva hayan ido creando interlocutores electrónicos frente a los que los humanos miran y callan, o diferentes artilugios interactivos en cuyas pantallas competimos con nuestro nivel de incapacidad. A esos compañeros de viaje electrónicos, de los que ya pocos se escapan, se ha unido la extensión del uso de aquel aparato con el que Graham Bell convirtió, cuando acababa el siglo XIX, los impulsos eléctricos en sonidos.

Sí. El teléfono, sin postes de madera, aislantes de porcelana ni hilo de cobre, ocupa un espacio en millones de bolsillos en el mundo más o menos civilizado y no es una fantasía imaginar ese día en el que desde los lugares más recónditos todos puedan hablar con todos marcando solamente unas teclas. Lo del móvil, lo observo cada vez con mayor interés, nos tiene enganchados a casi todos, hasta el punto de que su pérdida o extravío llega a producir una nueva sensación de orfandad, de desconexión con el mundo de los demás.

“He perdido el móvil” es hoy un drama y, en cierta medida que deje de sonar o que lo haga menos que un tiempo atrás, es para algunos la señal de algo no va bien o que ya no cuentan contigo, cuando lo que ocurre es que estás volviendo a vivir la vida más libremente.

Que nadie se enfade conmigo, porque yo no estoy en contra de las telecomunicaciones, sino que simplemente apunto a que hay “tics” que sorprenden en torno a ellas. Resulta así curioso, por ejemplo, ver como hay quien hace del móvil una suerte de pregón público de su condición profesional relevante en la una sala “vip” de un aeropuerto, o cómo algunos individuos o individuas le sueltan al pariente o a la parienta un verdadero chorreo que pueden oir y ver los viandantes con los que se cruzan por la calle.

Quienes nos educamos en los tiempos de El Florido Pensil llegamos a dominar con mayor o menor destreza los mandos de un futbolín, algunos nos deslumbraban pegándole a la bola de billar deslizando el taco entre los dedos tras sus espaldas, en auténtica contorsión lumbar y las maquinas flipper, manejadas por quienes se habían dejado atrás muchísimas monedas, hacían que la bola no bajara nunca hasta la tronera y rebotara de forma alocada en los muelles con luces que sumaban puntos y puntos para intentar llegar al horizonte del record que un día alguien consiguió en aquella maquina fabricada en los Estados Unidos.

Jugábamos a las canicas en la modalidad gua ; a las chapas –en Bilbao las llamaban iturris- bailábamos la peonza o trompo y saltábamos como felinos sobre los lomos del equipo contrario en el Churro media manga mangotero . Cambiábamos cromos, mientras nuestras hermanas y nuestras amigas hacían bailar el diábolo sobre un hilo fino, saltaban a la comba y competían en la goma que estiraban cada vez a mayor altura.
Todos juntos corríamos en el tula y reñíamos en el balón prisionero.

No van estas líneas de canto nostálgico a los juegos de antaño, sino de su derivada de convivencia. Toda aquella inventiva de ocio para la chiquillería tenía en común que reunía a vecinos de barrio, compañeros de colegio o amigos de los veraneos de toda la vida. Cuando tocaba el gua todos miraban quien iba por delante y se armaba la marimorena cuando alguien hacía trampa; en el Churro mediamanga mangotero mancomunábamos nuestra perversidad para sumar más kilos a la hora de formar los equipos y vencer por una cuestión de peso y las niñas hacían cola al saltar la comba mientras cantaban juntas canciones que a los chicos nos parecían una cursilada.

Todo aquello, pienso ahora, comenzó a matarlo la televisión de Rintintín y Bonanza. Los parques públicos, los patios de manzana e incluso los de los colegios, en donde al menos aún sobrevive la patada al balón, dejaron en el recuerdo todo aquel jolgorio que tantas horas nos mantuvo ocupados en aquellos años en los que, en las excursiones con el colegio, nunca perdonábamos los cantos del Carrascal y Ahora que vamos despacio.

No, todo esto no es, repito, un arrebato de nostalgia, sino la reflexión de que con aquellas maneras de jugar, la chiquillada se reunía y compartía su tiempo. Casi lo contrario de lo que ocurre ahora, en que buena parte de los niños y adolescentes juegan solos con las cada día más sofisticadas maquinas electrónicas, incluidos los teléfonos, que también enganchan en sus menús de navegación con opciones de juegos.

Pueden pasar muchas horas, tal vez días, en los que un chico no aparta su mirada de la pantalla mientras sus dedos responden a las órdenes de su cabeza y avanzan, poco a poco, por las secuencias de un CD dentro de una consola de videojuegos en la que, para llegar a la victoria final, hay que degollar a bastantes enemigos que acechan en las esquinas, o atropellar a cuantos más peatones mejor. Y lo hacen de miedo y se lo pasan pipa, porque se les nota en la satisfacción de sus caras. El tiempo es lo de menos ya que lo único importante son ellos dos, mi maquina y yo .

Y el móvil es el hermano mayor del que casi nadie se va a escapar si los gurús de la modernidad electrónica siguen inventando aparatos como el ipod una suerte de totem que además de permitir hablar desde la distancia, cosa ya casi vulgar, te deja entrar en Internet, recibir publicidad,ver la televisión o comprar lo último en música en una tienda virtual, además de hacer fotos o grabar imágenes. Todo eso y seguramente más cosas en un futuro, lo podremos hacer solos frente a la maquina, una suerte de amigo electrónico que conocerá nuestros secretos más íntimos, mucho más que las personas que están más cerca de nosotros.


La gente va a donde el móvil le lleva. Nos ha invadido del todo, puede que tal vez más que las consolas de videojuegos de la infancia y la juventud de nuestros hijos. El móvil manda. Yo mismo, a veces, lo saco del bolsillo y lo observo, no para mirar la hora, sino para ver si está bien, si no le pasa nada y aún respira, porque si no fuera así, no podría vivir sin él, aunque siga sin saber como se llama el vecino que desde hace veinte años aparca su coche en el parking junto al mío y que cuando se cruza conmigo me saluda guturalmente y haciendo un gesto mudo con su cabeza porque, como yo, está hablando por el móvil.

Javier Zuloaga

Periodista y escritor

Cortársela a quien asome, BLOG 3/08/2007

A lo largo de mi vida profesional, salvo pequeños paréntesis en los que fui corresponsal, he tenido la suerte de trabajar en equipo, en compañía de muy buenos profesionales con los que he compartido ilusiones, diseñado proyectos más o menos acertados y repartido protagonismos. Como director de modestos diarios locales, en delegaciones de la agencia Efe en el extranjero y en “la Caixa” como responsable de su comunicación, he valorado el valor de la iniciativa personal, la audacia prudente y la profesionalidad. Por eso, casi siempre me he sentido acompañado de personas que, pensaba, podían ocupar mi lugar sin problemas cuando se cumpliera mi tiempo en esa etapa.

Cuando estudié en IESE, ratifiqué, en los casos que se tratan en esa gran escuela de negocios, la importancia que tiene crear esa estructura de buen nivel que hace posible finalmente eso que llaman la alta dirección, el ya universal management.

La observación de la vida pública desde la distancia, me lleva, estos días, a la conclusión de que los españoles tenemos una tendencia, puede que atávica, al caudillismo. Tal vez sea herencia de esa suerte de pastoreo que, en grandes dosis, ha regido nuestra forma de entender la vida. La historia está plagada de ejemplos en los que la inteligencia y el talento humanos se rinden ante los símbolos, aunque sean perversos y la incondicionalidad obtiene buena recompensa, al tiempo que las ideas propias son interpretadas en clave de traición.

No es exclusivo de España, pero sí que se da aquí marcadamente, como también ocurre en algunos países hispanoamericanos. Cuando el líder consigue serlo se produce un abismo entre él y quienes la secundan y, esto ya es peor, son estos últimos quienes no dudan en cortar la cabeza a quien, con su brillo personal, resta algo de monopolio al fulgor del jefe.

En la vida pública, en la política, se premia la paciencia silenciosa y se penaliza el talento, especialmente si además es buen parlanchín. No siempre, claro está, pero sí frecuentemente.

Hace pocas semanas hemos visto como en Francia afloraba un nuevo presidente, Sarkozy, que es público que no contaba con todas las simpatías del Jacques Chirac, Jefe de Estado saliente, que solo en última instancia y con la boca pequeña, pidió el voto para quien su partido había elegido como candidato. El caso del nuevo presidente francés es un ejemplo de excepción y de éxito, que evidencia más crudamente el mayor uso que tiene la tendencia al pastoreo al que al comienzo de este artículo de me refería.

La empatía del jefe con sus colaboradores sustituye en ocasiones a la objetividad y el realismo político. El premio no siempre resulta ser el reconocimiento a la preparación, sino la compensación al silencio.

Cuando el mundo de la empresa funciona así, los resultados no salen, esto también lo estudiamos en los casos del IESE y por ello los errores acaban pasando la factura cuando llegan los auditores o los mercados castigan el valor, ante el conocimiento público de gestiones poco consistentes.

Pero en política no se audita, y la única cotización posible es la de la propia historia al cabo de los años. Es entonces cuando se ven claros los errores garrafales de la retirada de la primera línea de esos talentos políticos, que tenían ideas propias y que hablaban sin amordazar su propia personalidad, hasta que un día dijeron basta y decidieron vivir la vida fuera del escenario público.

De este despilfarro no se ha librado casi nadie, porque sobrevuela sobre todas las tendencias políticas y es casi visto como moneda corriente por una sociedad que, ahí están las abstenciones, quieren saber cada vez menos de los protagonistas de la vida pública.

Miremos a la Francia de Sarkozy o de qué manera se producen los relevos en los partidos británicos. Luego, hagamos otro tanto frente al espejo español y veamos como funcionan aquí las cosas.

Si, señor lector, es lo que supone. Estoy pensando en los sangrantes casos de Alberto Ruiz Gallardón o Josep Piqué.

Javier Zuloaga

Escritor y periodista