"Los africanos perciben el tiempo bien diferente. Para ellos, es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye en la horma del tiempo y sobre su ritmo y su transcurso…El tiempo es algo que el hombre puede crear pues se manifiesta a través de los acontecimientos y el hecho de que un acontecimiento se produzca o no, no depende sino del hombre. Si dos ejércitos no libran batalla, esta batalla no habrá tenido lugar."
Quien escribía así era Ryszard Kapuciski, aquel polaco maestro de reporteros, muerto el pasado año, que describía esas primeras impresiones que cuajan en la retina del periodista cuando, en sus viajes, queda deslumbrado por las cosas más sencillas que ve al llegar a un nuevo paraje. Lo explicaba en las páginas de su libro Ébano, cuya lectura deja ver, con más claridad, la complejidad del Continente Negro.
Kapuscinski hacía aquella descripción de Ghana, en 1957, para explicar lo que llamaba la “inerte espera”, ese estado en que los nativos de las tribus ashanti se situaban, quietos en un lugar, tumbados o en cuclillas, enmudecidos, con la silueta de su cuerpo lacia, el cuello rígido y su cabeza inmóvil, sin mirar a ninguna cosa en concreto, hasta sumirse en una especie de sueño y sin tener necesidad de comer, beber u orinar. Como si la vida entrara en un paréntesis y el tiempo se parara.
El periodista polaco no supo, sin embargo, responderse a si mismo sobre lo que ocurría en las cabezas de aquellos hombres y mujeres que entraban en trance: si pensaban en algo, soñaban o se aletargaban del todo. O si, a lo mejor, estaban temporalmente en el más allá.
Cuando leí estas líneas imaginé que lo que le pasó al autor de Ébano fue una suerte de contagio del virus de “grandeza de lo sencillo”. Pensé hasta qué punto podemos hoy encontrar descubrimientos tan deslumbrantes como el que él describía y así observar que es posible descontar el tiempo inútil, en el que no hacemos nada y contabilizar sólo esos minutos, horas, días, meses, años, en los que realmente hemos vivido conscientes de haberlo hecho.
Aquello que vio el periodista polaco encuentra sus raíces en las tradiciones atávicas de los países que visitó y que sucumben, sin apenas defensas racionales, con la evidencia del ciclo biológico, con la demostrada rotación de la tierra sobre su eje y con el evidente envejecimiento de nuestras células con el paso de los años. Pero como planteamiento reflexivo me parece llamativo y con cierto fundamento, que muchas generaciones de africanos actuaran de acuerdo con esos principios y que , aunque residualmente, esas maneras de entender la vida sigan existiendo todavía hoy.
¿Imaginan una África que hubiera seguido su curso natural al margen de los modos y los intereses de los países colonizadores?.
Todo esto me lleva a centrar mis pensamientos en el reparto que hacemos de nuestro tiempo y de qué manera, en la sociedad de la competitividad en la que vivimos, nos hemos situado en el polo opuesto al de aquellos nativos tan trascendentales. Frente a su peculiar cultura de la “vida neta” , los habitantes del mundo moderno nos hemos dejado arrastrar por la de la ocupación imparable, por el “mira mi agenda, no tengo tiempo para nada” como signo de distinción social y vía de promoción en la lucha por llegar el primero.
Me contaba hace poco un vecino, que ha trabajado unos años en Nueva York que, en su empresa, las mujeres de la limpieza apagaban no pocas lámparas de mesa de despachos que habían permanecido encendidas hasta bien entrada la noche y que, en los respaldos de las sillas estaban estratégicamente colgadas –para que fueran vistas por quienes pasaran frente a la puerta abierta- las americanas de unos ejecutivos que en realidad hacía horas que habían cruzado en un “ferry” el río Hudson para reunirse con sus familias en sus coquetas casas de Nueva Jersey.
Son dos formas, las de aquellos nativos de 1957 y la del aguerrido ejecutivo de Manhattan, que nada tienen que ver entre si. Sobre todo por una razón, porque los nativos ashanti eran dueños de su tiempo, mientras que los reyes del stress y las victimas de la blackberry, viven bajo el yugo de unas agujas que se mueven amenazantes en la esfera de sus relojes.
Me decía también que, en más de una ocasión, le ha asaltado la sensación de que ha desperdiciado una buena parte de su vida. Vamos, como nos pasa a todos.
Me hablaba del "conformismo modorro", dar por sentado que lo que siempre ha sido de una manera, ya no puede cambiar ni ser cuestionado. "Nos pasamos la vida -decía- renunciando a la rebeldía personal, con la guardia baja".
Por ejemplo, en el trabajo, en donde hay que obedecer, seguir la hoja de ruta y no salirse del guión, o bien ser audaz y dar rienda suelta a la iniciativa. Los riesgos de esta ultima opción son altos ya que puedes dejar al descubierto alguna que otra incompetencia ajena, aunque, si la cosa marcha bien, el reconocimiento puede ser gratificante si has ido a parar a una empresa que cree de verdad -y predica sólo lo necesario-en ese abstracto concepto del capital humano.
Lo triste- me decía mi vecino- es que en ambos casos hay que dedicar un buen tiempo, otra vez el tiempo, a mirar y analizar la fauna profesional que te rodea, a estar alerta.
Y arremetió después contra el esnobismo social, eso de dejarse llevar por corrientes que, más que modas, parecen tomaduras de pelo. Es el consumo de élite diseñado por empresas, o listillos especializados en explotar la estupidez de los grandes rebaño humanos . Cuanto mas adinerados mucho mejor.
Cuando mi amigo acabo su ácida visión de la vida, le solté, confiado, lo de los nativos ashanti y su peculiar manera de separar, en el tiempo, el grano de la paja.
-Mira-me dijo- eso ocurrirá en la sabana africana, pero forma parte de las curiosidades que te muestran los guías turísticos para que saques un par de fotos digitales y luego incubes un brote de sarampión trascendental como el que ahora te afecta a ti.
Y yo prácticamente no había abierto la boca.
Callé mientras él me daba una cariñosa colleja y seguimos caminando hasta el green del ultimo hoyo mientras saludamos, agitando el brazo, a nuestras entrañables familias, que nos miraban desde la terraza del club de golf.
-Esto es lo que hay, colega- dijo el yuppie rebelde, antes hacer rodar la bola y ganarme la partida
Javier Zuloaga
martes, 22 de enero de 2008
jueves, 17 de enero de 2008
DELANTE O DETRÁS DE LOS CURAS
A Dios rogando y con el mazo dando…
Al que Dios se lo dio, San Pedro se lo bendiga…
Al que madruga Dios le ayuda…
Dios aprieta pero no ahoga…
Dios los crea y el diablo los junta…
No es lo mismo predicar que dar trigo…
Palo dado, ni Dios lo quita…
Cuando Dios no quiere, el médico no puede.
La historia del mundo está plagada de dichos en los que Dios es protagonista, ya sea en boca de creyentes, ateos e incluso de agnósticos, tal vez porque para estos últimos, aunque la existencia divina no pueda ser probada ni negada, eso no quiere decir que esté reñida con la prudencia frente a lo desconocido de lo que hay al otro lado de la línea en la que se acaba la vida. Por si las moscas.
El costumbrismo español, como sus tradiciones, sus fiestas más ancestrales, sus juergas multitudinarias, el deporte, las relaciones coloquiales y al final casi todo, están impregnadas de menciones a Dios, como expresión refleja, maldición o explosión de júbilo. Cuentan y algunos se lo adjudican al costumbrista navarro José María Iribarren, anécdotas ocurridas en su natal Tudela en las que se ve al arraigo, un tanto bronco, que Dios ha tenido siempre entre los hispanos.
Dicen que en un partido entre el Tudelano y el Calahorra, a falta de un minuto, un delantero del equipo de la Ribera tenía en su pie la victoria. Bastaba para ello que chutara de forma correcta un penalti que, finalmente, se perdió en el cielo del estadio. “Me cago en los zapaticos del Niño Jesús” cuentan que dijo, rabioso y hundido en una gran impotencia, aquel tudelano que privó a su ciudad de un triunfo tan importante.
Si aquello fue cierto, o no, debe ser parecido a lo que cabría preguntarse sobre aquel hortelano de la Mejana navarra que, dicen, se subió al tejado de su casa en pleno pedrisco para decirle a Dios que si tenía lo que debía tener un hombre, pues que bajara a vérselas con él, dispuesto por supuesto a ajustar cuentas por haber permitido, desde su designio divino, la ruina de su cosecha de verduras sin la que, aquel invierno, no andaría sobrado.
Hay muchísimas anécdotas, casi una enciclopedia, de quienes han dedicado su vida a perpetuar el recuerdo de todas esas pequeñas cosas que, en relación a Dios y otras cuestiones menos trascendentales, han inundado la vida de las personas, ya fueran cristianas o paganas.
Tal vez por ello uno no puede menos que mesarse los cabellos cuando ve como Dios se está convirtiendo en un problema por el mal uso que se hace de él. Basta con mirar lo que publicaban los diarios hace poco más de una semana en la que, como consecuencia de un acto en Madrid en defensa de la familia,se ha armado una gran marimorena.
Como ciudadano me he preguntado acerca de las razones que impulsaron a fijar, en fechas tan inconvenientes como las preelectorales, un acto que, perfectamente legítimo, habría sido menos controvertido en otro momento. De igual manera me dije si era necesaria la visión tan apocalíptica que un prelado hizo sobre los derechos humanos o la existencia misma de la democracia española, apuntando directamente a la yugular del gobierno actual, situando a los líderes socialistas en una suerte de tierra de paganos, sarracenos y además déspotas.
No tuve tiempo, cuando recordaba que soy cristiano al menos de educación, para mayores reflexiones, ya que al mejor estilo celtibérico, un destacado socialista español, con formas toscas, pedía explicaciones a Benedicto XVI para que le dijera, a él, a José Blanco, qué era lo que el Papa entendía por familia.
Fue entonces cuando entendí aquello que mi padre me decía sobre la frágil cuestión de la relación del clero hispano con el mundo de sus laicos, casi todos bautizados, lo cual sólo quiere decir eso, bautizados. Decía que los españoles o bien hemos huido temerosos delante de los curas, porque ellos nos perseguían con el misal y el hisopo, o nosotros detrás de ellos, para dar suelta a un anticlericalismo, a veces criminal, que siempre ha vivido soterrado en una parte de la sociedad española.
España es un país laico, porque lo dice su Constitución, mal le pese a quien le pese, pero tiene profundas raíces y tradiciones católicas y por ello no deberían las sotanas convertirse en símbolo de nadie, aunque se lo pida el cuerpo a quienes ven en ella el eje de su vida personal y quieren hacerla extensiva a todos los que les rodean.
De la misma manera no deben los políticos lenguaraces, con la calentura electoral, tratar de dirimir con el mismísimo Papa, como si fuera un tertulianpo de debate televisivo, al tiempo que se tiende públicamente la mano a civilizaciones que se fundamentan, casualmente, en la interpretación rigurosa e intransigente de una religión, a la que muchos creyentes, los que viven en sus países o los que emigraron a Europa, conceden más valor que a las mismas leyes.
Aquellas escandalosas reacciones de los puristas de la libertad cuando Oriana Fallaci advirtió, en su última obra antes de morir, “La Fuerza de la Razón”, sobre la ceguera europea ante la presencia creciente del Islam en el Viejo Continente, contrastan hoy con estos movimientos de pasarela de bondad y talantes extremos –en Madrid acabó uno hace pocos días- que deben ser seguidos con curiosidad no precisamente inocente por quienes extienden su implantación en el Magreb y registran como suyas mezquitas y madrasas en las principales capitales de la Unión Europea.
Aquella periodista irrepetible por su audacia se reconocía atea-cristiana y tal vez por ello padecía desvelos por la cultura religiosa en la que había decidido no creer. En su obra hay una frase que ilustra la contradicción de sus convicciones más personales. “Soy cristiana porque me gusta el discurso que está en la base del cristianismo. Me convence. Me seduce hasta tal punto de que no le encuentro contraste alguno con mi ateísmo y con mi laicismo. Hablo, obviamente, del discurso de Jesús de Nazaret, no de aquel elaborado o traicionado por la Iglesia católica e incluso por las iglesias protestantes”
Cuando leía el programa electoral del candidato Sarkozy - en el que tal vez algo tuvo que ver lo que pensaba y escribía la italiana- poniendo límites a la imparable balsa de aceite migratoria en la que se agazapa y confunde el fundamentalismo en Europa, pensé que a la genial periodista se le habrá dibujado una sonrisa de satisfacción allá donde esté y que, aunque atea confesa, puede que su alma no ande demasiado lejos de Dios.
Javier Zuloaga
Al que Dios se lo dio, San Pedro se lo bendiga…
Al que madruga Dios le ayuda…
Dios aprieta pero no ahoga…
Dios los crea y el diablo los junta…
No es lo mismo predicar que dar trigo…
Palo dado, ni Dios lo quita…
Cuando Dios no quiere, el médico no puede.
La historia del mundo está plagada de dichos en los que Dios es protagonista, ya sea en boca de creyentes, ateos e incluso de agnósticos, tal vez porque para estos últimos, aunque la existencia divina no pueda ser probada ni negada, eso no quiere decir que esté reñida con la prudencia frente a lo desconocido de lo que hay al otro lado de la línea en la que se acaba la vida. Por si las moscas.
El costumbrismo español, como sus tradiciones, sus fiestas más ancestrales, sus juergas multitudinarias, el deporte, las relaciones coloquiales y al final casi todo, están impregnadas de menciones a Dios, como expresión refleja, maldición o explosión de júbilo. Cuentan y algunos se lo adjudican al costumbrista navarro José María Iribarren, anécdotas ocurridas en su natal Tudela en las que se ve al arraigo, un tanto bronco, que Dios ha tenido siempre entre los hispanos.
Dicen que en un partido entre el Tudelano y el Calahorra, a falta de un minuto, un delantero del equipo de la Ribera tenía en su pie la victoria. Bastaba para ello que chutara de forma correcta un penalti que, finalmente, se perdió en el cielo del estadio. “Me cago en los zapaticos del Niño Jesús” cuentan que dijo, rabioso y hundido en una gran impotencia, aquel tudelano que privó a su ciudad de un triunfo tan importante.
Si aquello fue cierto, o no, debe ser parecido a lo que cabría preguntarse sobre aquel hortelano de la Mejana navarra que, dicen, se subió al tejado de su casa en pleno pedrisco para decirle a Dios que si tenía lo que debía tener un hombre, pues que bajara a vérselas con él, dispuesto por supuesto a ajustar cuentas por haber permitido, desde su designio divino, la ruina de su cosecha de verduras sin la que, aquel invierno, no andaría sobrado.
Hay muchísimas anécdotas, casi una enciclopedia, de quienes han dedicado su vida a perpetuar el recuerdo de todas esas pequeñas cosas que, en relación a Dios y otras cuestiones menos trascendentales, han inundado la vida de las personas, ya fueran cristianas o paganas.
Tal vez por ello uno no puede menos que mesarse los cabellos cuando ve como Dios se está convirtiendo en un problema por el mal uso que se hace de él. Basta con mirar lo que publicaban los diarios hace poco más de una semana en la que, como consecuencia de un acto en Madrid en defensa de la familia,se ha armado una gran marimorena.
Como ciudadano me he preguntado acerca de las razones que impulsaron a fijar, en fechas tan inconvenientes como las preelectorales, un acto que, perfectamente legítimo, habría sido menos controvertido en otro momento. De igual manera me dije si era necesaria la visión tan apocalíptica que un prelado hizo sobre los derechos humanos o la existencia misma de la democracia española, apuntando directamente a la yugular del gobierno actual, situando a los líderes socialistas en una suerte de tierra de paganos, sarracenos y además déspotas.
No tuve tiempo, cuando recordaba que soy cristiano al menos de educación, para mayores reflexiones, ya que al mejor estilo celtibérico, un destacado socialista español, con formas toscas, pedía explicaciones a Benedicto XVI para que le dijera, a él, a José Blanco, qué era lo que el Papa entendía por familia.
Fue entonces cuando entendí aquello que mi padre me decía sobre la frágil cuestión de la relación del clero hispano con el mundo de sus laicos, casi todos bautizados, lo cual sólo quiere decir eso, bautizados. Decía que los españoles o bien hemos huido temerosos delante de los curas, porque ellos nos perseguían con el misal y el hisopo, o nosotros detrás de ellos, para dar suelta a un anticlericalismo, a veces criminal, que siempre ha vivido soterrado en una parte de la sociedad española.
España es un país laico, porque lo dice su Constitución, mal le pese a quien le pese, pero tiene profundas raíces y tradiciones católicas y por ello no deberían las sotanas convertirse en símbolo de nadie, aunque se lo pida el cuerpo a quienes ven en ella el eje de su vida personal y quieren hacerla extensiva a todos los que les rodean.
De la misma manera no deben los políticos lenguaraces, con la calentura electoral, tratar de dirimir con el mismísimo Papa, como si fuera un tertulianpo de debate televisivo, al tiempo que se tiende públicamente la mano a civilizaciones que se fundamentan, casualmente, en la interpretación rigurosa e intransigente de una religión, a la que muchos creyentes, los que viven en sus países o los que emigraron a Europa, conceden más valor que a las mismas leyes.
Aquellas escandalosas reacciones de los puristas de la libertad cuando Oriana Fallaci advirtió, en su última obra antes de morir, “La Fuerza de la Razón”, sobre la ceguera europea ante la presencia creciente del Islam en el Viejo Continente, contrastan hoy con estos movimientos de pasarela de bondad y talantes extremos –en Madrid acabó uno hace pocos días- que deben ser seguidos con curiosidad no precisamente inocente por quienes extienden su implantación en el Magreb y registran como suyas mezquitas y madrasas en las principales capitales de la Unión Europea.
Aquella periodista irrepetible por su audacia se reconocía atea-cristiana y tal vez por ello padecía desvelos por la cultura religiosa en la que había decidido no creer. En su obra hay una frase que ilustra la contradicción de sus convicciones más personales. “Soy cristiana porque me gusta el discurso que está en la base del cristianismo. Me convence. Me seduce hasta tal punto de que no le encuentro contraste alguno con mi ateísmo y con mi laicismo. Hablo, obviamente, del discurso de Jesús de Nazaret, no de aquel elaborado o traicionado por la Iglesia católica e incluso por las iglesias protestantes”
Cuando leía el programa electoral del candidato Sarkozy - en el que tal vez algo tuvo que ver lo que pensaba y escribía la italiana- poniendo límites a la imparable balsa de aceite migratoria en la que se agazapa y confunde el fundamentalismo en Europa, pensé que a la genial periodista se le habrá dibujado una sonrisa de satisfacción allá donde esté y que, aunque atea confesa, puede que su alma no ande demasiado lejos de Dios.
Javier Zuloaga
viernes, 11 de enero de 2008
VIVIR A LA CARTA
Un 60,8% de los españoles leen al menos un libro al año, según el balance que anualmente hace el Ministerio de Cultura a través de su Plan de Fomento de la Lectura. En términos más abstractos nos dicen que un 55,5% de los españoles son considerados población lectora, de un libro o parte de él, porcentaje que es superior entre las mujeres, un 59,6%, frente al 51,4% de los hombres.
Estas mismas fuentes reparten el abanico de quienes leen, entre un 28% que dicen haberlo hecho entre uno y cuatro libros al año y un 21,7% entre 5 y 12. Para mayor consuelo, se afirma que uno de cada dos españoles compra al menos un libro por temporada, lo cual no quiere decir, evidentemente, que todos lo hayan leído.
Entre tanta maraña de indicadores, las cifras que ofrece la Federación de Gremios de Editores de España hace descender hasta 41,1% el porcentaje de españoles que pueden ser considerados lectores frecuentes, un 16% ocasionales y un 42,9% no lectores, con cálculos referidos a 2005.
Los catálogos editoriales mantenían vivos 325.000 títulos distintos en 2005, casi 16.000 más que un año antes y las librerías y demás puntos de venta, hipermercados, gasolineras, quioscos, tiendas “on line”… etc, recibieron una buena parte de los 321 millones de ejemplares editados, de los que fueron vendidos 230 millones. El valor de las ventas de libros en España rozó los 3.000 millones de euros, mientras que las exportaciones superaron, en poco, los 450 millones de euros.
Ante todas estas cifras, me he sentido parte diminuta de lo que ocurrió en el mundo del libro en 2005, cuando publiqué mi primera novela y me pregunto cuántas otras historias nacidas de mentes más brillantes y mejores plumas que la mía han quedado en el camino de la otra literatura, la que nunca ocupó un espacio, aunque fuera pequeño, en los estantes de una librería.
No puedo evitar pensar que una buena parte de estas ventas son libros de los llamados de “autoestima”, salud, viajes y otras ediciones muy dignas, aunque de rasgos bien diferentes a los literarios, cuyas tiradas superan en muchas ocasiones a las de la narrativa, simplemente porque a la gente le atrae más un buen consejo para sobrellevar mejor sus problemas en casa o en el trabajo, o el culto al ocio del turismo exótico, que sumergirse en historias que sólo han existido en la mente de personajes que dedican su vida a imaginar y escribir.
Que no se espante el lector, porque no seguiré por los fatigosos caminos del mundo del porcentaje y los ratios sobre libros, ya que el mercado editorial es una excusa para entrar a navegar en el también incierto mundo de la lectura menuda, la del artículo y la crónica periodística, sensible, tal vez más que ninguna otra industria cultural, a las nuevas tecnologías.
Los diarios hace tiempo que dejaron de entender sus ediciones “on line” simplemente como un clon de lo que cada mañana se ponía a la venta en los quioscos. La ilimitada extensión del espacio virtual alberga ahora contenidos de todo tipo que ni el lector más ávido llega a acabarse y lo virtual compite con el papel en el mercado publicitario, que además ofrece a los anunciantes la ventaja de identificar el camino que ha seguido el lector que finalmente llega a su dirección electrónica, gracias a huella que dejan, en los servidores informáticos, los “clic” de los botones del ratón del ordenador.
¿Alguien podía imaginar, hace diez años, el alcance que tendría Internet?. No preveía nadie el impulso de las inquietudes de los investigadores del nuevo conocimiento global y virtual, rompiendo de un plumazo fronteras y desarbolando los proyectos futuristas de los gobiernos más audaces pero modorros.
¿Qué nuevas herramientas y desarrollos telemáticos están ahora desarrollando los pupilos de Steve Jobs, Bill Gates y las mentes más brillantes del software libre?
Todo es cada día más distinto, velozmente cambiante, a veces parece efímero y “pronto” el papel digital, por hablar de nuevo de libros, irá compartiendo espacios culturales con la oferta de las estanterías de las librerías.
Julio Verne, cuyos libros nunca han sido ni serán descatalogados, fue capaz de imaginar cómo serían los grandes sumergibles que mucho después navegarían bajo los cascos polares y el alunizaje del hombre en nuestro satélite, pero no llegó a soñar que llegaría un día en que las páginas de un libro, o de un periódico, se podrían leer sin necesidad de cortar un solo árbol.
Tengo un amigo que entienden sobre esta materia y que cree que finalmente la cultura acabará colándose por los resquicios que la electrónica ha dejado libres tras inundar nuestras vidas de interactividad vertiginosa, con videoconsolas que reproducen, a capricho de los dedos y los reflejos, historias de muñecos diabólicos que matan a cuanto se encuentran en el camino y que repostan maldad en puntos estratégicos, sin necesidad de que el paisano se exprima el cerebro pensando.
Si mi amigo Ramón tienen razón, resultará que Poe, Chejov, Wilde o Saint Exupery llegarán finalmente a manos de los niños de hoy y hombres y mujeres de mañana, que entienden sobradamente de nuevas tecnologías, gracias al papel digital, sistema con el que Amazón ya ha abierto fuego y al que seguirán competidores japoneses y europeos, que harán descender vertiginosamente los precios del artilugio para hacerse rápidamente con una buena cuota del mercado del interés virtual por leer, o de leer en virtual, tanto monta, ya sea libros, cuentos, o diarios de los lugares más remotos del planeta.
La nuevas tecnologías, que aplastan casi siempre la imaginación de los más audaces, ya ofrece en los usuarios de los grandes buscadores de Internet, la posibilidad de crearse el mosaico de informaciones que quieren ver cuando se conectan a la Red. El tiempo, un reloj, los diarios favoritos, el buscador de imágenes, mercados de valores…etc. Google
Ofrecen un amplio abanico de lo que se quiere y por ello la posibilidad también de descartar lo que no se quiere. Me explico. Imagínense levantándose una mañana, seguramente no lejana, y abren su ordenador, que le presenta la página de su diario preferido tal y como usted lo predefinió, días atrás, de acuerdo con sus gustos e inquietudes. Allí está el partido del Barça con el Sevilla, los últimos chafardeos sobre las creencias o inclinaciones personales de Tom Cruise, el sudoku del día y la selección de programas deportivos que usted podrá ver desde la butaca de su salón apretando el mando a distancia.
Usted, no se lo tome a mal porque me refiero a usted sólo a modo de ejemplo, habrá decidido que ya tiene bastante Bush después de siete largos años de presidencia y que no quiere saber nada de su viaje a Palestina, que lo de los hombres bomba de Pakistán, Irak y otros vecinos es más de lo mismo, o que a saber si las imágenes de los cayucos son siempre las mismas, o si lo de África únicamente es cosa de los documentales. En definitiva, que usted acabará decidiendo lo que es noticia o no.
Esta fantasía me inquieta por la posibilidad de que acabemos viviendo en un mundo en el que las personas se alejen de lo que pasa a su alrededor, porque les baste con lo más cercano, encerradas en un paranoico círculo de cosas vacías, sin sustancia ni trascendencia, porque lo frívolo molesta menos y el morbo despierta audiencia fácil entre una buena parte de la población.
Aunque pienso que ese trasiego de compraventa de un diario o un libro, entre un quiosquero y un librero y un viandante curioso, seguirá existiendo siempre, aunque con un tamiz cada vez más tradicional, un poco pintoresco para los habitantes del siglo XXI, como si fuera una estampa de época.
Javier Zuloaga
Estas mismas fuentes reparten el abanico de quienes leen, entre un 28% que dicen haberlo hecho entre uno y cuatro libros al año y un 21,7% entre 5 y 12. Para mayor consuelo, se afirma que uno de cada dos españoles compra al menos un libro por temporada, lo cual no quiere decir, evidentemente, que todos lo hayan leído.
Entre tanta maraña de indicadores, las cifras que ofrece la Federación de Gremios de Editores de España hace descender hasta 41,1% el porcentaje de españoles que pueden ser considerados lectores frecuentes, un 16% ocasionales y un 42,9% no lectores, con cálculos referidos a 2005.
Los catálogos editoriales mantenían vivos 325.000 títulos distintos en 2005, casi 16.000 más que un año antes y las librerías y demás puntos de venta, hipermercados, gasolineras, quioscos, tiendas “on line”… etc, recibieron una buena parte de los 321 millones de ejemplares editados, de los que fueron vendidos 230 millones. El valor de las ventas de libros en España rozó los 3.000 millones de euros, mientras que las exportaciones superaron, en poco, los 450 millones de euros.
Ante todas estas cifras, me he sentido parte diminuta de lo que ocurrió en el mundo del libro en 2005, cuando publiqué mi primera novela y me pregunto cuántas otras historias nacidas de mentes más brillantes y mejores plumas que la mía han quedado en el camino de la otra literatura, la que nunca ocupó un espacio, aunque fuera pequeño, en los estantes de una librería.
No puedo evitar pensar que una buena parte de estas ventas son libros de los llamados de “autoestima”, salud, viajes y otras ediciones muy dignas, aunque de rasgos bien diferentes a los literarios, cuyas tiradas superan en muchas ocasiones a las de la narrativa, simplemente porque a la gente le atrae más un buen consejo para sobrellevar mejor sus problemas en casa o en el trabajo, o el culto al ocio del turismo exótico, que sumergirse en historias que sólo han existido en la mente de personajes que dedican su vida a imaginar y escribir.
Que no se espante el lector, porque no seguiré por los fatigosos caminos del mundo del porcentaje y los ratios sobre libros, ya que el mercado editorial es una excusa para entrar a navegar en el también incierto mundo de la lectura menuda, la del artículo y la crónica periodística, sensible, tal vez más que ninguna otra industria cultural, a las nuevas tecnologías.
Los diarios hace tiempo que dejaron de entender sus ediciones “on line” simplemente como un clon de lo que cada mañana se ponía a la venta en los quioscos. La ilimitada extensión del espacio virtual alberga ahora contenidos de todo tipo que ni el lector más ávido llega a acabarse y lo virtual compite con el papel en el mercado publicitario, que además ofrece a los anunciantes la ventaja de identificar el camino que ha seguido el lector que finalmente llega a su dirección electrónica, gracias a huella que dejan, en los servidores informáticos, los “clic” de los botones del ratón del ordenador.
¿Alguien podía imaginar, hace diez años, el alcance que tendría Internet?. No preveía nadie el impulso de las inquietudes de los investigadores del nuevo conocimiento global y virtual, rompiendo de un plumazo fronteras y desarbolando los proyectos futuristas de los gobiernos más audaces pero modorros.
¿Qué nuevas herramientas y desarrollos telemáticos están ahora desarrollando los pupilos de Steve Jobs, Bill Gates y las mentes más brillantes del software libre?
Todo es cada día más distinto, velozmente cambiante, a veces parece efímero y “pronto” el papel digital, por hablar de nuevo de libros, irá compartiendo espacios culturales con la oferta de las estanterías de las librerías.
Julio Verne, cuyos libros nunca han sido ni serán descatalogados, fue capaz de imaginar cómo serían los grandes sumergibles que mucho después navegarían bajo los cascos polares y el alunizaje del hombre en nuestro satélite, pero no llegó a soñar que llegaría un día en que las páginas de un libro, o de un periódico, se podrían leer sin necesidad de cortar un solo árbol.
Tengo un amigo que entienden sobre esta materia y que cree que finalmente la cultura acabará colándose por los resquicios que la electrónica ha dejado libres tras inundar nuestras vidas de interactividad vertiginosa, con videoconsolas que reproducen, a capricho de los dedos y los reflejos, historias de muñecos diabólicos que matan a cuanto se encuentran en el camino y que repostan maldad en puntos estratégicos, sin necesidad de que el paisano se exprima el cerebro pensando.
Si mi amigo Ramón tienen razón, resultará que Poe, Chejov, Wilde o Saint Exupery llegarán finalmente a manos de los niños de hoy y hombres y mujeres de mañana, que entienden sobradamente de nuevas tecnologías, gracias al papel digital, sistema con el que Amazón ya ha abierto fuego y al que seguirán competidores japoneses y europeos, que harán descender vertiginosamente los precios del artilugio para hacerse rápidamente con una buena cuota del mercado del interés virtual por leer, o de leer en virtual, tanto monta, ya sea libros, cuentos, o diarios de los lugares más remotos del planeta.
La nuevas tecnologías, que aplastan casi siempre la imaginación de los más audaces, ya ofrece en los usuarios de los grandes buscadores de Internet, la posibilidad de crearse el mosaico de informaciones que quieren ver cuando se conectan a la Red. El tiempo, un reloj, los diarios favoritos, el buscador de imágenes, mercados de valores…etc. Google
Ofrecen un amplio abanico de lo que se quiere y por ello la posibilidad también de descartar lo que no se quiere. Me explico. Imagínense levantándose una mañana, seguramente no lejana, y abren su ordenador, que le presenta la página de su diario preferido tal y como usted lo predefinió, días atrás, de acuerdo con sus gustos e inquietudes. Allí está el partido del Barça con el Sevilla, los últimos chafardeos sobre las creencias o inclinaciones personales de Tom Cruise, el sudoku del día y la selección de programas deportivos que usted podrá ver desde la butaca de su salón apretando el mando a distancia.
Usted, no se lo tome a mal porque me refiero a usted sólo a modo de ejemplo, habrá decidido que ya tiene bastante Bush después de siete largos años de presidencia y que no quiere saber nada de su viaje a Palestina, que lo de los hombres bomba de Pakistán, Irak y otros vecinos es más de lo mismo, o que a saber si las imágenes de los cayucos son siempre las mismas, o si lo de África únicamente es cosa de los documentales. En definitiva, que usted acabará decidiendo lo que es noticia o no.
Esta fantasía me inquieta por la posibilidad de que acabemos viviendo en un mundo en el que las personas se alejen de lo que pasa a su alrededor, porque les baste con lo más cercano, encerradas en un paranoico círculo de cosas vacías, sin sustancia ni trascendencia, porque lo frívolo molesta menos y el morbo despierta audiencia fácil entre una buena parte de la población.
Aunque pienso que ese trasiego de compraventa de un diario o un libro, entre un quiosquero y un librero y un viandante curioso, seguirá existiendo siempre, aunque con un tamiz cada vez más tradicional, un poco pintoresco para los habitantes del siglo XXI, como si fuera una estampa de época.
Javier Zuloaga
viernes, 4 de enero de 2008
UN MUNDO DE CINE
“El hombre más rico es el que tiene los amigos más poderosos”. La frase, cinematográfica, la pronunciaba Michael Corleone (Al Pacino) y la escuchaba su sobrino Vincent Manzini-Corleone (Andy García). Era en “El Padrino III”, película en la que, como ocurre en la vida, el poder acaba siendo más apetecible que el dinero.
He vuelto a ver esta película y gracias a hacerlo en mi casa, he podido apuntar algunas frases que, escritas en un pedazo de papel, han roto esa tendencia natural al conformismo modorro que produce la butaca de una multisala.
“Necesito el poder para preservar a la familia” se te anuda en la garganta como ejemplo de esa sumisión indecente de lo individual a lo gregario. Ha pasado menos inadvertida para mi esa lapidaria expresión de Corleone “Cuanto más alto subo, más podrido está el ambiente” o aquello tan relativo a la somatización de los males espirituales cuando el jefe de la familia mafiosa afirma aquello de “La mente sufre y el cuerpo pide ayuda”.
Pero menos mal que todo esto es una película, porque, si no, la vida sería realmente dura.¿O tal vez no lo es?
Lo del cine en casa, con lapiz y papel en mano, te permite lo que la oscuridad de las salas de proyección deja expuesto a fragilidad de la memoria. Comienzas entonces a pensar en aquel corte cinematográfico y llegas a plantearte que la realidad supera en no pocas ocasiones a la ficción. Basta con leer los diarios.
Es cuando piensas que, de la misma manera que los escritores deslizan momentos de su propia vida en argumentos que, sin embargo, nacen y mueren en su imaginación, en el guión cinematográfico seguro que ocurre otro tanto… pero que a veces, tanto en la novela como en largometraje, ocurre también lo contrario y las personas llegan a convencerse que son Rambo, Indiana Jones o Jennifer López.
¿Cuál es la película de de hoy?
Tal vez Oliver Stone, otro de los nombres míticos del celuloide, tenga una definición acertada tras haber compartido unas horas con el presidente de Venezuela, Hugo Chavez, en la fracasada liberación de tres rehenes de las FARC colombianas, Consuelo González, Clara Rojas y su pequeño hijo Emmanuel. Stone se encontraba por aquellos parajes cuando el controvertido y locuaz mandatario del petróleo caribeño lo llevó consigo para inmortalizar ante sus ojos y sus objetivos, lo que la varita mágica bolivariana, apoyada en la inmensidad del petróleo, iba a llevar a cabo ante la dignísima impotencia del presidente Uribe, el jefe de estado de ese país que, desde hace muchísimos años, viene padeciendo el chantaje, la amenaza y el miedo.
Cuando leía las crónicas sobre las artimañas propagandistas de un presidente que se vistió de campaña, dando así rango militar indirecto a los guerrilleros de las FARC, pensé que no había sido baldío haber leído “Noticia de un secuestro” una gran novela del Nobel García Márquez, amigo de Fidel Castro y por ello sin manías antirrevolucionarias, en la que el lector no puede más que estremecerse ante la crueldad de quienes en Colombia manipulan a su antojo y sin escrúpulos la libertad de los demás.
Toda aquella historia acabó mal, para sufrimiento de quienes esperaban reencontrarse con sus familiares tras cuatro, cinco, seis años…. de revoluciones en uno de los países con mayor vocación democrática de Latinoamérica, que elige a sus propios mandatarios de forma puntual, a pesar de esa confusa y amenazante mezcla de revoluciones y tráfico de droga.
Estaban allí Oliver Stone, y Nestor Kichner, estómago agradecido por la ayuda venezolana para diluir el peso de la deuda externa de su presidencia argentina, embajadores, representantes de la Cruz Roja, el comisionado de la paz de Colombia, Luiz Carlos Restrepo y por supuesto cámaras de televisión de medio mundo que creaban un clima de “inminencia” con la imagen, siempre, del presidente venezolano como obsesivo telón de fondo.
Su vecino, Alvaro Uribe, esperaba silenciosamente atrapado entre los dramas familiares de los secuestrados y algo tan intangible pero cierto que llaman dignidad nacional.
No salió bien y el mundo civilizado asistió, todavía sorprendido pese a tantas genialidades, a la audacia del personaje que se ha propuesto salir cada día en las pantallas de televisión de su país, los domingos en Aló Presidente y ahora con incontinencia verbal bajo cualquier pretexto, desde que alguien le dijo en Santiago de Chile que se callara.
Chávez acusó al Jefe del Estado de Colombia de haber reventado la liberación. Directamente, vomitando demagogia populista y sin conseguir una respuesta equivalente de su par de Bogotá, un político que mantiene una gran sensatez, pese a sumar, a los problemas de Colombia, los que le llegan con presión desde los populismos de diferente grado que le rodean, principalmente el venezolano.
¿Se imaginan a un político argentino haciendo de su intermediación fracasada en un problema de Chile un arma arrojadiza contra el jede del estado de este país?
¿Se imaginan a Sarkozy con traje de campaña en Sant Jean Pie de Port, dirigiendo, acompañado por Spielberg, las negociaciones con un comando terrorista vasco que tiene secuestrados a varios empresarios españoles y después atacar a Zapatero si las cosas le salen mal?.
Es cierto, la realidad supera en ocasiones a la ficción. El problema es que, como todo lo que vemos y leemos sobre estas historias es una verdad cruda, tal vez debamos comenzar a soñar que un día, como ocurre en las pesadillas, despertemos y todo vuelva a ser un poco más normal.
Javier Zuloaga
He vuelto a ver esta película y gracias a hacerlo en mi casa, he podido apuntar algunas frases que, escritas en un pedazo de papel, han roto esa tendencia natural al conformismo modorro que produce la butaca de una multisala.
“Necesito el poder para preservar a la familia” se te anuda en la garganta como ejemplo de esa sumisión indecente de lo individual a lo gregario. Ha pasado menos inadvertida para mi esa lapidaria expresión de Corleone “Cuanto más alto subo, más podrido está el ambiente” o aquello tan relativo a la somatización de los males espirituales cuando el jefe de la familia mafiosa afirma aquello de “La mente sufre y el cuerpo pide ayuda”.
Pero menos mal que todo esto es una película, porque, si no, la vida sería realmente dura.¿O tal vez no lo es?
Lo del cine en casa, con lapiz y papel en mano, te permite lo que la oscuridad de las salas de proyección deja expuesto a fragilidad de la memoria. Comienzas entonces a pensar en aquel corte cinematográfico y llegas a plantearte que la realidad supera en no pocas ocasiones a la ficción. Basta con leer los diarios.
Es cuando piensas que, de la misma manera que los escritores deslizan momentos de su propia vida en argumentos que, sin embargo, nacen y mueren en su imaginación, en el guión cinematográfico seguro que ocurre otro tanto… pero que a veces, tanto en la novela como en largometraje, ocurre también lo contrario y las personas llegan a convencerse que son Rambo, Indiana Jones o Jennifer López.
¿Cuál es la película de de hoy?
Tal vez Oliver Stone, otro de los nombres míticos del celuloide, tenga una definición acertada tras haber compartido unas horas con el presidente de Venezuela, Hugo Chavez, en la fracasada liberación de tres rehenes de las FARC colombianas, Consuelo González, Clara Rojas y su pequeño hijo Emmanuel. Stone se encontraba por aquellos parajes cuando el controvertido y locuaz mandatario del petróleo caribeño lo llevó consigo para inmortalizar ante sus ojos y sus objetivos, lo que la varita mágica bolivariana, apoyada en la inmensidad del petróleo, iba a llevar a cabo ante la dignísima impotencia del presidente Uribe, el jefe de estado de ese país que, desde hace muchísimos años, viene padeciendo el chantaje, la amenaza y el miedo.
Cuando leía las crónicas sobre las artimañas propagandistas de un presidente que se vistió de campaña, dando así rango militar indirecto a los guerrilleros de las FARC, pensé que no había sido baldío haber leído “Noticia de un secuestro” una gran novela del Nobel García Márquez, amigo de Fidel Castro y por ello sin manías antirrevolucionarias, en la que el lector no puede más que estremecerse ante la crueldad de quienes en Colombia manipulan a su antojo y sin escrúpulos la libertad de los demás.
Toda aquella historia acabó mal, para sufrimiento de quienes esperaban reencontrarse con sus familiares tras cuatro, cinco, seis años…. de revoluciones en uno de los países con mayor vocación democrática de Latinoamérica, que elige a sus propios mandatarios de forma puntual, a pesar de esa confusa y amenazante mezcla de revoluciones y tráfico de droga.
Estaban allí Oliver Stone, y Nestor Kichner, estómago agradecido por la ayuda venezolana para diluir el peso de la deuda externa de su presidencia argentina, embajadores, representantes de la Cruz Roja, el comisionado de la paz de Colombia, Luiz Carlos Restrepo y por supuesto cámaras de televisión de medio mundo que creaban un clima de “inminencia” con la imagen, siempre, del presidente venezolano como obsesivo telón de fondo.
Su vecino, Alvaro Uribe, esperaba silenciosamente atrapado entre los dramas familiares de los secuestrados y algo tan intangible pero cierto que llaman dignidad nacional.
No salió bien y el mundo civilizado asistió, todavía sorprendido pese a tantas genialidades, a la audacia del personaje que se ha propuesto salir cada día en las pantallas de televisión de su país, los domingos en Aló Presidente y ahora con incontinencia verbal bajo cualquier pretexto, desde que alguien le dijo en Santiago de Chile que se callara.
Chávez acusó al Jefe del Estado de Colombia de haber reventado la liberación. Directamente, vomitando demagogia populista y sin conseguir una respuesta equivalente de su par de Bogotá, un político que mantiene una gran sensatez, pese a sumar, a los problemas de Colombia, los que le llegan con presión desde los populismos de diferente grado que le rodean, principalmente el venezolano.
¿Se imaginan a un político argentino haciendo de su intermediación fracasada en un problema de Chile un arma arrojadiza contra el jede del estado de este país?
¿Se imaginan a Sarkozy con traje de campaña en Sant Jean Pie de Port, dirigiendo, acompañado por Spielberg, las negociaciones con un comando terrorista vasco que tiene secuestrados a varios empresarios españoles y después atacar a Zapatero si las cosas le salen mal?.
Es cierto, la realidad supera en ocasiones a la ficción. El problema es que, como todo lo que vemos y leemos sobre estas historias es una verdad cruda, tal vez debamos comenzar a soñar que un día, como ocurre en las pesadillas, despertemos y todo vuelva a ser un poco más normal.
Javier Zuloaga
viernes, 28 de diciembre de 2007
ESPEJISMOS POLITICOS
A mi me parece bastante aceptable decir que el mundo de la política vive bastantes veces lejano de la vida real y que, por ello, en los meses o semanas preelectorales esa lejanía se convierte en algo parecido a un espejismo. Es cuando la imaginación portentosa de quienes quieren llegar al poder decide romper barreras y cabalga desbocada.
Pero parece que todo esto del surrealismo de los hombres públicos es cosa vieja y ya sabida. De hecho, buscando en Internet, he encontrado que se adjudica a Santiago Carrillo lo que mi padre me contó, en más de una ocasión, refiriéndose a un candidato de la CEDA a las elecciones de 1936, las últimas de la II República española.
Cuentan que, uno u otro, que más da, agotaban su gira por los pueblos rascando votos, más o menos como ahora hacen los candidatos pactando veinte segundos en los últimos telediarios de la campaña y repitiendo la misma frase una y otra vez - aunque los asistentes al mitin lleguen a pensar que su líder comienza a padecer repetición senil- para que los millones de telespectadores reciban ese y no otro mensaje.
Dicen que el de la CEDA, o Santiago Carrillo, prometieron en un pueblo de Castilla, en el éxtasis de su arenga, la construcción de un puente y que, tras unos segundos de silencio, un paisano preguntó ¿Para qué queremos un puente si no tenemos un río?, a lo que el orador, sin dudarlo, sentenció ¡Pues también os traeremos un río!.
El tiempo ha pasado y las herramientas de la propaganda son distintas, pero pienso que el trasfondo del espejismo político sigue siendo sustancialmente el mismo. He llegado a esta conclusión con ocasión de tener que estudiar algo de Derecho, en un master que estoy cursando en la UOC (Universitat Oberta de Catalunya), sobre la Sociedad de la Información. Hace pocos días acabé mi trabajo sobre la Ley 11/2007 de Acceso Electrónico de los Ciudadanos a los Servicios Públicos
De acuerdo con los legisladores, en este caso Gobierno y Oposición estuvieron de acuerdo en el texto final aprobado el pasado mes de junio, esta ley no obliga al ciudadano, sino al Estado, a las Comunidades Autónomas y a las Administraciones Locales. Es decir, que la nueva norma no se basa, como bastantes otras, en obligaciones de los individuos, sino en sus derechos, entre los que se incluye el de usar, o no, los servicios públicos electrónicos. Auténticamente innovador, ya que hablamos de una ley de compromisos públicos según la cual, a partir del 31 de diciembre 2009, los ciudadanos podrían comenzar a pedir que se les atendiera telemáticamente.
No hay maldad en el uso del condicional anterior ni en lo que voy a escribir, pero al seguir leyendo el texto del BOE he visto que para tan noble objetivo la ley guarda prudentemente las espaldas administrativas al decir que el Consejo de Ministros deberá aprobar un calendario de “adaptación gradual” y que, en el caso de las administraciones autonómicas y locales, se hace la salvedad de condicionar el arranque a que exista disponibilidad presupuestaria, lo que en principio aleja el proyecto de los concejos con menor poder recaudatorio, los de la España más pobre.
Recurro al buscador virtual y comparo los triunfalismos del ministro Jordi Sevilla de hace seis meses con la letra del Diario Oficial y no puedo evitar pensar que todo esto, cargado hoy de buenas intenciones, no rebasa de momento la línea del espejismo con que en tantas ocasiones los hombres públicos intentan dibujarnos su horizonte político. Da igual de lo que se trate, el mandatario, cuando quiere serlo y lo llega a ser, puede caer en el alejamiento de la realidad en su discurso y empezar a desdibujar las cosas para que dejen de parecer lo que realmente son.
“El Mundo” publicaba ayer jueves una entrevista con un Sarkozy rendido a los encantos femeninos casi adolescentes a orillas del Nilo, en la que afirmaba que la clave de su victoria electoral se había debido a que los franceses agradecieron que les hubiera hablado en el lenguaje de la verdad.
Pero no nos deslumbremos con tanto éxito y volvamos de nuevo al espejismo. Existe una Ley. Ya es algo más que un proyecto o un anuncio electrizante como aquel de nuestra Ministra de Fomento de que tendremos la mejor red de trenes rápidos del mundo, pronunciado días antes de que comenzaran a funcionar, sin pruebas previas y con fallos vergonzosos, dos nuevas líneas del Ave de las discordias hispanas.
A partir de diciembre de 2009 arrancará, esperemos que con pruebas previas, una administración on line. Y los que no quieran rendirse a las tecnologías, podrán seguir tomando su número, como en la pescadería, y esperar a que les atienda alguien que, entonces si, sentirá en su cuello el aliento de la competencia de las máquinas millonarias en bytes y con 20 megas de banda ancha y se prodigará, a lo mejor, en amabilidades, tal vez lo único que la pantalla será incapaz de hacer.
Internet, teléfono móvil, TDT, o bis a bis, sin número de copias de instancias, ya que el texto legal dice que el ciudadano podrá invocar en el Ministerio de Sanidad que la partida de nacimiento que le piden ya la entregó –y está digitalizada- en el Ministerio de Interior.
Tras leer el texto de la nueva ley, accedí al de la recomendación que la Comisión Europea ha hecho, sobre la extensión de la administración electrónica, al Consejo de Europa, al Parlamento Europeo, al Comité Económico y Social y al Comité de las Regiones de la UE, para que no se entienda erróneamente que de lo que no se trata es de hacer lo mismo que ahora, pero a través de las nuevas tecnologías, sino que se ha de combinar con drásticos cambios organizativos.
Aquí está el trasfondo de este espejismo. Si seremos capaces de formar y transformar a la inmensa familia funcionarial y hacerla cambiar hacia nuevos hábitos que hasta ahora –y salvo excepciones - han parecido casi exclusivos del sector privado. La ley establece, además, que las administraciones deberán cooperar mediante la interconexión de sus sistemas de información, lo que convierte el objetivo en algo todavía más retador y difícil, aunque no imposible.
Nace la sede electrónica y por ello una página web será jurídicamente lo mismo que una oficina física. Se extiende el uso del e-DNI, sin duda una oportunidad de gran valor ya que todos los ciudadanos, en renovaciones y solicitudes, tendrán un contacto directo con la Administración, que podrá sacar provecho de ese contacto personal para convertirlo en una vía de información y convencimiento al ciudadano acerca de las oportunidades que los nuevos servicios le brindan.
Y para que esos derechos de nuevo cuño sean cumplidos, nace también la figura del Defensor del Usuario de la Administración Electrónica y se da elección al software que cada individuo quiera, ya sea de marca o del llamado libre.
Me hago dos preguntas, ya que este texto, al haber sido aprobado por PSOE Y PP, obliga por igual a los dos principales partidos y uno de los dos habrá de gobernar tras el 9 de marzo.
¿Será necesario crear en la Administración una red de mandos profesionalizada en la gestión moderna de las cosas?
¿Se imaginan –dada la tendencia hispana a la escandalera- las reacciones ante unos primeros años con un alto grado de incidencias y anomalías?. Los del Ave será un recuerdo lejano e intrascendente.
Para acabar. Mi desencanto personal ante los triunfalismos oficiales ha aumentado cuando ayer, a rebufo del anuncio en la televisión pública de que los españoles ya podíamos pedir el DNI electrónico, he acudido a la oficina principal de la Policía para estas cuestiones, en la calle Balmes de Barcelona, para renovar el mío. Tras esperar mi turno no demasiado tiempo - estamos en Navidad- el funcionario me ha dicho que no, que en principio los primeros DNI electrónicos comenzarán a emitirse en Barcelona a partir de febrero, sin saberme decir que significa más en concreto “a partir”.
Feliz año nuevo
Javier Zuloaga
Pero parece que todo esto del surrealismo de los hombres públicos es cosa vieja y ya sabida. De hecho, buscando en Internet, he encontrado que se adjudica a Santiago Carrillo lo que mi padre me contó, en más de una ocasión, refiriéndose a un candidato de la CEDA a las elecciones de 1936, las últimas de la II República española.
Cuentan que, uno u otro, que más da, agotaban su gira por los pueblos rascando votos, más o menos como ahora hacen los candidatos pactando veinte segundos en los últimos telediarios de la campaña y repitiendo la misma frase una y otra vez - aunque los asistentes al mitin lleguen a pensar que su líder comienza a padecer repetición senil- para que los millones de telespectadores reciban ese y no otro mensaje.
Dicen que el de la CEDA, o Santiago Carrillo, prometieron en un pueblo de Castilla, en el éxtasis de su arenga, la construcción de un puente y que, tras unos segundos de silencio, un paisano preguntó ¿Para qué queremos un puente si no tenemos un río?, a lo que el orador, sin dudarlo, sentenció ¡Pues también os traeremos un río!.
El tiempo ha pasado y las herramientas de la propaganda son distintas, pero pienso que el trasfondo del espejismo político sigue siendo sustancialmente el mismo. He llegado a esta conclusión con ocasión de tener que estudiar algo de Derecho, en un master que estoy cursando en la UOC (Universitat Oberta de Catalunya), sobre la Sociedad de la Información. Hace pocos días acabé mi trabajo sobre la Ley 11/2007 de Acceso Electrónico de los Ciudadanos a los Servicios Públicos
De acuerdo con los legisladores, en este caso Gobierno y Oposición estuvieron de acuerdo en el texto final aprobado el pasado mes de junio, esta ley no obliga al ciudadano, sino al Estado, a las Comunidades Autónomas y a las Administraciones Locales. Es decir, que la nueva norma no se basa, como bastantes otras, en obligaciones de los individuos, sino en sus derechos, entre los que se incluye el de usar, o no, los servicios públicos electrónicos. Auténticamente innovador, ya que hablamos de una ley de compromisos públicos según la cual, a partir del 31 de diciembre 2009, los ciudadanos podrían comenzar a pedir que se les atendiera telemáticamente.
No hay maldad en el uso del condicional anterior ni en lo que voy a escribir, pero al seguir leyendo el texto del BOE he visto que para tan noble objetivo la ley guarda prudentemente las espaldas administrativas al decir que el Consejo de Ministros deberá aprobar un calendario de “adaptación gradual” y que, en el caso de las administraciones autonómicas y locales, se hace la salvedad de condicionar el arranque a que exista disponibilidad presupuestaria, lo que en principio aleja el proyecto de los concejos con menor poder recaudatorio, los de la España más pobre.
Recurro al buscador virtual y comparo los triunfalismos del ministro Jordi Sevilla de hace seis meses con la letra del Diario Oficial y no puedo evitar pensar que todo esto, cargado hoy de buenas intenciones, no rebasa de momento la línea del espejismo con que en tantas ocasiones los hombres públicos intentan dibujarnos su horizonte político. Da igual de lo que se trate, el mandatario, cuando quiere serlo y lo llega a ser, puede caer en el alejamiento de la realidad en su discurso y empezar a desdibujar las cosas para que dejen de parecer lo que realmente son.
“El Mundo” publicaba ayer jueves una entrevista con un Sarkozy rendido a los encantos femeninos casi adolescentes a orillas del Nilo, en la que afirmaba que la clave de su victoria electoral se había debido a que los franceses agradecieron que les hubiera hablado en el lenguaje de la verdad.
Pero no nos deslumbremos con tanto éxito y volvamos de nuevo al espejismo. Existe una Ley. Ya es algo más que un proyecto o un anuncio electrizante como aquel de nuestra Ministra de Fomento de que tendremos la mejor red de trenes rápidos del mundo, pronunciado días antes de que comenzaran a funcionar, sin pruebas previas y con fallos vergonzosos, dos nuevas líneas del Ave de las discordias hispanas.
A partir de diciembre de 2009 arrancará, esperemos que con pruebas previas, una administración on line. Y los que no quieran rendirse a las tecnologías, podrán seguir tomando su número, como en la pescadería, y esperar a que les atienda alguien que, entonces si, sentirá en su cuello el aliento de la competencia de las máquinas millonarias en bytes y con 20 megas de banda ancha y se prodigará, a lo mejor, en amabilidades, tal vez lo único que la pantalla será incapaz de hacer.
Internet, teléfono móvil, TDT, o bis a bis, sin número de copias de instancias, ya que el texto legal dice que el ciudadano podrá invocar en el Ministerio de Sanidad que la partida de nacimiento que le piden ya la entregó –y está digitalizada- en el Ministerio de Interior.
Tras leer el texto de la nueva ley, accedí al de la recomendación que la Comisión Europea ha hecho, sobre la extensión de la administración electrónica, al Consejo de Europa, al Parlamento Europeo, al Comité Económico y Social y al Comité de las Regiones de la UE, para que no se entienda erróneamente que de lo que no se trata es de hacer lo mismo que ahora, pero a través de las nuevas tecnologías, sino que se ha de combinar con drásticos cambios organizativos.
Aquí está el trasfondo de este espejismo. Si seremos capaces de formar y transformar a la inmensa familia funcionarial y hacerla cambiar hacia nuevos hábitos que hasta ahora –y salvo excepciones - han parecido casi exclusivos del sector privado. La ley establece, además, que las administraciones deberán cooperar mediante la interconexión de sus sistemas de información, lo que convierte el objetivo en algo todavía más retador y difícil, aunque no imposible.
Nace la sede electrónica y por ello una página web será jurídicamente lo mismo que una oficina física. Se extiende el uso del e-DNI, sin duda una oportunidad de gran valor ya que todos los ciudadanos, en renovaciones y solicitudes, tendrán un contacto directo con la Administración, que podrá sacar provecho de ese contacto personal para convertirlo en una vía de información y convencimiento al ciudadano acerca de las oportunidades que los nuevos servicios le brindan.
Y para que esos derechos de nuevo cuño sean cumplidos, nace también la figura del Defensor del Usuario de la Administración Electrónica y se da elección al software que cada individuo quiera, ya sea de marca o del llamado libre.
Me hago dos preguntas, ya que este texto, al haber sido aprobado por PSOE Y PP, obliga por igual a los dos principales partidos y uno de los dos habrá de gobernar tras el 9 de marzo.
¿Será necesario crear en la Administración una red de mandos profesionalizada en la gestión moderna de las cosas?
¿Se imaginan –dada la tendencia hispana a la escandalera- las reacciones ante unos primeros años con un alto grado de incidencias y anomalías?. Los del Ave será un recuerdo lejano e intrascendente.
Para acabar. Mi desencanto personal ante los triunfalismos oficiales ha aumentado cuando ayer, a rebufo del anuncio en la televisión pública de que los españoles ya podíamos pedir el DNI electrónico, he acudido a la oficina principal de la Policía para estas cuestiones, en la calle Balmes de Barcelona, para renovar el mío. Tras esperar mi turno no demasiado tiempo - estamos en Navidad- el funcionario me ha dicho que no, que en principio los primeros DNI electrónicos comenzarán a emitirse en Barcelona a partir de febrero, sin saberme decir que significa más en concreto “a partir”.
Feliz año nuevo
Javier Zuloaga
jueves, 20 de diciembre de 2007
EL SHOW DE TRUMAN
Cuando, poco antes de las noticias del mediodía, conecto el televisor y miro a la pantalla para tratar de saber de qué va el asunto que se emite en ese momento, me asalta una sensación extraña. En las últimas ocasiones en que he llegado a este punto de desconcierto, he acabado recordando aquella película magistral en la que Jim Carrey interpreta El Show de Truman.
Truman Burbank , actor de un gran reality show televisivo que lleva su nombre, vive en una ciudad artificial Seaheaven (Paraiso del Mar). Él no es consciente de que es protagonista principal de una historia creada para entretenimiento de millones de personas que le observan desde el exterior. Todo está envuelto en marketing publicitario por la audiencia que su vida privada provoca entre los espectadores y todos, menos él, incluso los artistas figurantes que le acompañan en el reparto, saben que nada de lo que ven es real.
Pero Truman comienza a sospechar y decide escapar de los ojos de las cámaras y se lanza a navegar en un mar que no es tal, pero en el que los productores del Show deciden desatar una gran tormenta para evitar que el protagonista se salga de su vida, que ya tiene un guión escrito.
Aquella película obtuvo tres nominaciones a los Oscars en 1998 y fue un precedente digno de los indignos Grandes Hermanos de las televisiones europeas, ejemplos casi insuperables de telebasura, pero todos ellos de gran rentabilidad comercial, tanto, que han acabado consolidándose en las parrillas de audiencias, como algunos otros modelos de estilo parecido.
Esa pasarela de personajes hispanos sin oficio ni beneficio, por ejemplo, tras los que los cámaras de los canales del televisión corren alocadamente cuando salen de la peluquería o del fitness -¿Quién fue el soplón que dijo que el hijo de la Pantoja estaba allí poniendo a punto sus músculos o Belén Esteban tapándose sus primeras canas?. Para que toda aquella escenificación parezca cierta, aceleran el paso ante los objetivos y quede así claro de que ni ellos, ni sus intermediarios, tienen nada que ver con aquella coincidencia callejera.
Para hacer una relación de quienes son los primeros en este ranking de vulgaridad de famosos, he tenido que acudir al Google, porque mi peluquero, poco dado al chafardeo superficial, sólo tiene revistas que se refieren a la sostenibilidad, además de “La Vanguardia” y el “Avui”. En la pantalla han aparecido Antonio David, Alessandro Lecquio, Ricardo Bofill, Rociíto, Yolanda Berrocal, Chabeli, Mar Flores, la Mazagatos y Feliciano López (es el novio reconciliado de la modelo Maria José Suarez, a la que tengo el gusto de haber conocido virtualmente hace un momento). Son algunos de los nombres que han ido apareciendo en mi pantalla buscando entre las publicaciones más populares y que me han permitido saber también que los que fotografiaron a Buenafuente con el trasero al aire deberán pagar 100.000 euros, o que una revista se ha permitido crear una sección llamada ”Marichaladas” para torturar más todavía al Duque de Lugo y regocijar a quienes no saben vivir sin saber que hacen toda esta retahíla de insustanciales personajes del papel rosa.
Es algo parecido a lo del Show de Truman pero sin guión, ni imaginación, con tipejos y tipejas que no saben que han hecho en la vida además de ser hijo de un notable arquitecto, de una reconocida tonadillera o haberse pegado unos cuantos revolcones con una modelo que no sonríe demasiado, no vaya a ser que el botox le haga una mala jugada.
Es una de las otras historias, las que nos alejan aún más de los temas importantes, una burbuja que nos atrapa en la peluquería y en esos diez minutos que preceden al informativo del mediodía, en el que los locutores no andan a la zaga en altura personal y hablan de forma rara, gangosa, como si tuvieran las fosas nasales plenas de mocos y relataran sus historias sin respetar la lógica fonética que se deriva de una lectura correcta de un texto con buena sintaxis.
Creo, sinceramente, que debería existir la posibilidad de darle cambios al diccionario de la lengua y adjudicar a todo este circo de apariencias y oquedad de ideas y pensamientos, el uso exclusivo de la palabra “hortera”. Creo que lo son mucho más que los que visten estridentemente contraviniendo las normas del buen gusto o circulan por las calles en coches con altavoces más grandes que sus ruedas y que, como decía aquella canción de Mocedades, tienen dos escapes y más luces que un belén.
Escribo todo esto porque pienso que es lo único que podemos hacer frente a un fenómeno imparable, que llena bolsillos editoriales y seguramente los de los propios protagonistas, porque, si no, la cosa no marcha y se rompe el círculo virtuoso del negocio de la fama de artificio.
Ahora se estarán muñendo los contenidos de lo que esas revistas de tiradas millonarias publicarán dentro de una semana, se estarán concertando las coincidencias con las cámaras de los “paparazzi” y preparando los maquillajes para que la foto sea impecable. Todos, hasta el nuevo novio de Sara Montiel, deben estar en el ajo del correveydile periodístico navideño.
A todo ello, añadan ustedes esas impudorosas exhibiciónes de historias personales de problemas de pareja, que nunca debieran salir de la privacidad de sus protagonistas y cercanías sociales y que desembocan, en ocasiones, en homicidios que finalmente alimentan, como no, a quienes comenzaron a contar la historia.
Lo encontraremos todo en los quioscos, junto a las revistas de viajes, de decoración y de montañas de periódicos que regalan películas y libros de las grandes plumas de la literatura universal, que acaban olvidados en cualquier esquina, porque ese tipo de cosas, tan serias, la gente –siempre hay excepciones aunque son las menos- no las quieren ni regaladas.
Feliz Navidad
Javier Zuloaga
Truman Burbank , actor de un gran reality show televisivo que lleva su nombre, vive en una ciudad artificial Seaheaven (Paraiso del Mar). Él no es consciente de que es protagonista principal de una historia creada para entretenimiento de millones de personas que le observan desde el exterior. Todo está envuelto en marketing publicitario por la audiencia que su vida privada provoca entre los espectadores y todos, menos él, incluso los artistas figurantes que le acompañan en el reparto, saben que nada de lo que ven es real.
Pero Truman comienza a sospechar y decide escapar de los ojos de las cámaras y se lanza a navegar en un mar que no es tal, pero en el que los productores del Show deciden desatar una gran tormenta para evitar que el protagonista se salga de su vida, que ya tiene un guión escrito.
Aquella película obtuvo tres nominaciones a los Oscars en 1998 y fue un precedente digno de los indignos Grandes Hermanos de las televisiones europeas, ejemplos casi insuperables de telebasura, pero todos ellos de gran rentabilidad comercial, tanto, que han acabado consolidándose en las parrillas de audiencias, como algunos otros modelos de estilo parecido.
Esa pasarela de personajes hispanos sin oficio ni beneficio, por ejemplo, tras los que los cámaras de los canales del televisión corren alocadamente cuando salen de la peluquería o del fitness -¿Quién fue el soplón que dijo que el hijo de la Pantoja estaba allí poniendo a punto sus músculos o Belén Esteban tapándose sus primeras canas?. Para que toda aquella escenificación parezca cierta, aceleran el paso ante los objetivos y quede así claro de que ni ellos, ni sus intermediarios, tienen nada que ver con aquella coincidencia callejera.
Para hacer una relación de quienes son los primeros en este ranking de vulgaridad de famosos, he tenido que acudir al Google, porque mi peluquero, poco dado al chafardeo superficial, sólo tiene revistas que se refieren a la sostenibilidad, además de “La Vanguardia” y el “Avui”. En la pantalla han aparecido Antonio David, Alessandro Lecquio, Ricardo Bofill, Rociíto, Yolanda Berrocal, Chabeli, Mar Flores, la Mazagatos y Feliciano López (es el novio reconciliado de la modelo Maria José Suarez, a la que tengo el gusto de haber conocido virtualmente hace un momento). Son algunos de los nombres que han ido apareciendo en mi pantalla buscando entre las publicaciones más populares y que me han permitido saber también que los que fotografiaron a Buenafuente con el trasero al aire deberán pagar 100.000 euros, o que una revista se ha permitido crear una sección llamada ”Marichaladas” para torturar más todavía al Duque de Lugo y regocijar a quienes no saben vivir sin saber que hacen toda esta retahíla de insustanciales personajes del papel rosa.
Es algo parecido a lo del Show de Truman pero sin guión, ni imaginación, con tipejos y tipejas que no saben que han hecho en la vida además de ser hijo de un notable arquitecto, de una reconocida tonadillera o haberse pegado unos cuantos revolcones con una modelo que no sonríe demasiado, no vaya a ser que el botox le haga una mala jugada.
Es una de las otras historias, las que nos alejan aún más de los temas importantes, una burbuja que nos atrapa en la peluquería y en esos diez minutos que preceden al informativo del mediodía, en el que los locutores no andan a la zaga en altura personal y hablan de forma rara, gangosa, como si tuvieran las fosas nasales plenas de mocos y relataran sus historias sin respetar la lógica fonética que se deriva de una lectura correcta de un texto con buena sintaxis.
Creo, sinceramente, que debería existir la posibilidad de darle cambios al diccionario de la lengua y adjudicar a todo este circo de apariencias y oquedad de ideas y pensamientos, el uso exclusivo de la palabra “hortera”. Creo que lo son mucho más que los que visten estridentemente contraviniendo las normas del buen gusto o circulan por las calles en coches con altavoces más grandes que sus ruedas y que, como decía aquella canción de Mocedades, tienen dos escapes y más luces que un belén.
Escribo todo esto porque pienso que es lo único que podemos hacer frente a un fenómeno imparable, que llena bolsillos editoriales y seguramente los de los propios protagonistas, porque, si no, la cosa no marcha y se rompe el círculo virtuoso del negocio de la fama de artificio.
Ahora se estarán muñendo los contenidos de lo que esas revistas de tiradas millonarias publicarán dentro de una semana, se estarán concertando las coincidencias con las cámaras de los “paparazzi” y preparando los maquillajes para que la foto sea impecable. Todos, hasta el nuevo novio de Sara Montiel, deben estar en el ajo del correveydile periodístico navideño.
A todo ello, añadan ustedes esas impudorosas exhibiciónes de historias personales de problemas de pareja, que nunca debieran salir de la privacidad de sus protagonistas y cercanías sociales y que desembocan, en ocasiones, en homicidios que finalmente alimentan, como no, a quienes comenzaron a contar la historia.
Lo encontraremos todo en los quioscos, junto a las revistas de viajes, de decoración y de montañas de periódicos que regalan películas y libros de las grandes plumas de la literatura universal, que acaban olvidados en cualquier esquina, porque ese tipo de cosas, tan serias, la gente –siempre hay excepciones aunque son las menos- no las quieren ni regaladas.
Feliz Navidad
Javier Zuloaga
sábado, 15 de diciembre de 2007
¿EXISTE AFRICA?
"La historia de África fue perturbada por los cazadores de esclavos, tanto árabes como europeos, que destruyeron cuanto había. Luego vinieron los imperios extranjeros a explotar nuestras riquezas y, cuando se fueron, se sucedieron los conflictos que provocaron para seguir conservando su dominio".
"Por cada cayuco que llega a Europa con 100 africanos que arriesgan su vida por buscar una vida mejor, debería salir otra embarcación en sentido contrario que llevara europeos emprendedores a África. No tienen que mandarnos a sus criminales, sino a aventureros que busquen nuevas oportunidades. Les aseguro que si se instalan en Lagos, ya no querrán salir de allí".
Las dos frases pertenecen a una entrevista publicada en El País con el Premio Nobel de Literatura 1986, el nigeriano Wole Soyinka, autor de teatro que ha vivido como alma errante en su Lagos natal , Estados Unidos e Inglaterra. Soyinka volvió a su país en plena guerra civil y acabó en la cárcel. Hace pocas semanas estuvo en España y ofreció esa lectura de Africa que muy pocos se atreven a hacer.
http://www.elpais.com/articulo/cultura/Soyinka/Enviemos/cayucos/Africa/europeos/emprendedores/elpepicul/20070930elpepicul_8/Tes
Hay una observación de este Nobel africano que hace pensar: “La situación de las mujeres es distinta en el norte que en el sur. La cultura de las viudas de Kenia es diferente que en otros países. En Liberia han elegido a una presidenta y hay zonas donde las mujeres tienen que seguir cubriéndose con un velo.”
Este es el continente africano visto por alguien que tiene autoridad, origen y reconocimiento internacional. Es de allí y no tiene que esforzarse demasiado para describir la miseria de la que pocos países de ese continente se salvan. Su propio esfuerzo personal le aupó a la cumbre de la literatura desde un lugar en el que narrativa, el teatro o la poesía son cosas sin importancia general, o casi exóticas, para la gente corriente. Todo un contraste en un continente en el que el exotismo es precisamente el foco de atracción de millones de visitantes europeos que nunca llegan a conocer la realidad que se esconde tras las imágenes fotográficas que toman cuando viajan de la mano de las grandes agencias de viajes que retornan a Occidente buenos beneficios de los espejismos de lo primitivo y lo salvaje.
Hablamos de un continente en el que también los españoles, tuvimos algo que ver, aunque menos incluso que los norteamericanos que, aún adolescentes como país emancipado, tuvieron ya la visión económica, tal vez mejor llamarlo audacia, de poner un pie en el país del que procedían sus esclavos y enviar a uno de ellos, Lott Carry - una vez reciclado- a una Liberia, “Tierra de Libertades”, para que aplicara sobre los nativos que allí seguían, las mismas distancias y crueldades que ellos padecieron en las plantaciones de Alabama.
Hace apenas una semana que, tras ocho años de diferencias aún insalvables entre el Reino Unido y Zimbabwe (Rodesia), se celebró una “cumbre” euroafricana en Lisboa (27 países europeos y 53 africanos) en la que se dilucidaba, finalmente, la asunción, por parte de África, de una propuesta europea liberalizadora de sus relaciones comerciales con el Continente Negro.
Los países africanos asistentes, entre los que tristemente han destacado, por su desmedido protagonismo mediático, los líderes más déspotas y tiranos, han dicho que no, que no quieren bajar sus barreras y que tienen alternativas de intercambio, las chinas, sin tantas condiciones ni preámbulos.
La cumbre, si así se la pudiera llamar, acabó con la espadas en alto y con el anuncio de que la UE negociará unilateralmente con cada protagonista, es decir, con mayor presión europea y mayor debilidad africana. Incluso alguno de los jefes de estado asistentes, Gadafi, ya ha puesto el listón de los 1.000 millones de euros para poner orden en sus pateras hacia Malta e Italia.
Africa ha comenzado a sacar las uñas. Esa es la impresión que se deduce de las crónicas de los enviados especiales y corresponsales y como buen ejemplo valga la descripción que el presidente de Senegal hacía al decir que por el precio de un coche europeo se consiguen dos chinos, que los de Pekín ya compran un tercio de su petróleo en África y –esto ya es más grave- que cuando Europa anuncia que está dispuesta a construir cinco kilómetros de carretera, “Nos pasamos un año hablando, otro estudiándolo, otro viendo cómo pagarlo…y cuando se lo pedimos a los chinos está hecho en dos o tres días”.
Frente a esas denuncias no faltaron voces de la UE, con cierto aire amenazante, que apuntaban a que, en el caso de que los países africanos no acepten el proceso liberalizador propuesto (EPA), las fronteras arancelarias europeas le costarán a Costa de Marfil –por poner un ejemplo cruel- un país pobre entre los pobres, más de 700 millones de euros en aranceles para poder vender en la Unión Europea.
Lo de Lisboa son números, euros, dólares de difícil digestión para esos países africanos que no tienen con que comprar bienestar o armas para mantener su estatus. Lo de Mugabe en Zimbabwe y Omar al Baschir en Sudan, el genocida de Darfur, son perlas cultivadas sobre los derechos humanos que malesconden el drama de mayor calado de un continente que aunque crece en su PIB entre el 5 y el 6% cada año, ve como el descontrol demográfico se come ese incremento y dispara sus diferencias de bienestar respecto a otros parajes del mundo.
Con ocasión del Foro Social de Nairobi, celebrado en la capital de Kenia en enero pasado, salieron esas paradojas numéricas que despiertan –sólo temporalmente- las conciencias del mundo desarrollado. África tiene el 10,3% de la población mundial y sólo el 2,2% de la renta de toda la Tierra.
El diario La Vanguardia reproducía las declaraciones de Aminata Traeré, escritora y exministra en Mali “Arrebatar la riqueza a la gente –decía- y después fingir que le quieren ayudar. Nos roban por un lado, nos devuelven unas migajas y lo llaman cooperación”. La activista africana recordaba los planes que Toni Blair proclamó para solucionar los grandes problemas africanos al comenzar la cumbre del G-8 en 2005. En aquella ocasión, el grupo de los países más industrializados se comprometieron inicialmente a aportar 100 millardos de dólares en los siguientes diez años, cantidad que se redujo a la mitad al acabar el encuentro y se aplazó en cinco años –hasta 2010- el inicio de su pago.
El economista norteamericano y profesor en Harvard, Jeffrey Sachs, autor de El fin de la Pobreza, (*) explica que un tercio de la ayuda que su país dedica al Tercer Mundo lo es en forma de alimentos ya cultivados o elaborados, lo que supone un freno para las agriculturas locales y que la mitad del valor de esas ayudas alimenticias se lo come el transporte de las mismas. Un tercio de la generosidad total norteamericana, señala Sachs, se dedica a los sueldos de los asesores norteamericanos que administran toda esta solidaridad. Deslumbrante e incoherente, tanto como evidentes y escandalosas las denuncias de los ministros de economía de los países africanos que en 2007 se reunieron en Addis Abeba en presencia del director de la Organización Mundial de Comercio.
Tal vez como preludio de lo que ahora ha ocurrido en Lisboa, los ministros reunidos en la capital etiope pidieron entonces la renegociación de los acuerdos comerciales con la Unión Europea y Estados Unidos y apuntaron algo que no debe pasar inadvertido, que los agricultores de la UE y EE.UU. reciben subvenciones, lo que les convierte en competidores todavía más gigantes e insalvable para las diminutas agriculturas africanas, a las que además se penaliza en las aduanas del mundo más desarrollado.
Por ello, hoy no podemos más que mirar con escepticismo lo que nos han contado desde Lisboa, de la misma manera que no debe sorprendernos ese talante silencioso, de los seguidores de Confucio y Mao Tse Tung, que avanzan silenciosamente mientras Europa da largas a su propia conciencia africana, si es que alguna vez la tuvo de verdad.
(*) El Fin de la pobreza:
http://www.cincodias.com/articulo/opinion/fin/pobreza/cdsopiE00/20051217cdscdiopi_2/Tes/
Javier Zuloaga
"Por cada cayuco que llega a Europa con 100 africanos que arriesgan su vida por buscar una vida mejor, debería salir otra embarcación en sentido contrario que llevara europeos emprendedores a África. No tienen que mandarnos a sus criminales, sino a aventureros que busquen nuevas oportunidades. Les aseguro que si se instalan en Lagos, ya no querrán salir de allí".
Las dos frases pertenecen a una entrevista publicada en El País con el Premio Nobel de Literatura 1986, el nigeriano Wole Soyinka, autor de teatro que ha vivido como alma errante en su Lagos natal , Estados Unidos e Inglaterra. Soyinka volvió a su país en plena guerra civil y acabó en la cárcel. Hace pocas semanas estuvo en España y ofreció esa lectura de Africa que muy pocos se atreven a hacer.
http://www.elpais.com/articulo/cultura/Soyinka/Enviemos/cayucos/Africa/europeos/emprendedores/elpepicul/20070930elpepicul_8/Tes
Hay una observación de este Nobel africano que hace pensar: “La situación de las mujeres es distinta en el norte que en el sur. La cultura de las viudas de Kenia es diferente que en otros países. En Liberia han elegido a una presidenta y hay zonas donde las mujeres tienen que seguir cubriéndose con un velo.”
Este es el continente africano visto por alguien que tiene autoridad, origen y reconocimiento internacional. Es de allí y no tiene que esforzarse demasiado para describir la miseria de la que pocos países de ese continente se salvan. Su propio esfuerzo personal le aupó a la cumbre de la literatura desde un lugar en el que narrativa, el teatro o la poesía son cosas sin importancia general, o casi exóticas, para la gente corriente. Todo un contraste en un continente en el que el exotismo es precisamente el foco de atracción de millones de visitantes europeos que nunca llegan a conocer la realidad que se esconde tras las imágenes fotográficas que toman cuando viajan de la mano de las grandes agencias de viajes que retornan a Occidente buenos beneficios de los espejismos de lo primitivo y lo salvaje.
Hablamos de un continente en el que también los españoles, tuvimos algo que ver, aunque menos incluso que los norteamericanos que, aún adolescentes como país emancipado, tuvieron ya la visión económica, tal vez mejor llamarlo audacia, de poner un pie en el país del que procedían sus esclavos y enviar a uno de ellos, Lott Carry - una vez reciclado- a una Liberia, “Tierra de Libertades”, para que aplicara sobre los nativos que allí seguían, las mismas distancias y crueldades que ellos padecieron en las plantaciones de Alabama.
Hace apenas una semana que, tras ocho años de diferencias aún insalvables entre el Reino Unido y Zimbabwe (Rodesia), se celebró una “cumbre” euroafricana en Lisboa (27 países europeos y 53 africanos) en la que se dilucidaba, finalmente, la asunción, por parte de África, de una propuesta europea liberalizadora de sus relaciones comerciales con el Continente Negro.
Los países africanos asistentes, entre los que tristemente han destacado, por su desmedido protagonismo mediático, los líderes más déspotas y tiranos, han dicho que no, que no quieren bajar sus barreras y que tienen alternativas de intercambio, las chinas, sin tantas condiciones ni preámbulos.
La cumbre, si así se la pudiera llamar, acabó con la espadas en alto y con el anuncio de que la UE negociará unilateralmente con cada protagonista, es decir, con mayor presión europea y mayor debilidad africana. Incluso alguno de los jefes de estado asistentes, Gadafi, ya ha puesto el listón de los 1.000 millones de euros para poner orden en sus pateras hacia Malta e Italia.
Africa ha comenzado a sacar las uñas. Esa es la impresión que se deduce de las crónicas de los enviados especiales y corresponsales y como buen ejemplo valga la descripción que el presidente de Senegal hacía al decir que por el precio de un coche europeo se consiguen dos chinos, que los de Pekín ya compran un tercio de su petróleo en África y –esto ya es más grave- que cuando Europa anuncia que está dispuesta a construir cinco kilómetros de carretera, “Nos pasamos un año hablando, otro estudiándolo, otro viendo cómo pagarlo…y cuando se lo pedimos a los chinos está hecho en dos o tres días”.
Frente a esas denuncias no faltaron voces de la UE, con cierto aire amenazante, que apuntaban a que, en el caso de que los países africanos no acepten el proceso liberalizador propuesto (EPA), las fronteras arancelarias europeas le costarán a Costa de Marfil –por poner un ejemplo cruel- un país pobre entre los pobres, más de 700 millones de euros en aranceles para poder vender en la Unión Europea.
Lo de Lisboa son números, euros, dólares de difícil digestión para esos países africanos que no tienen con que comprar bienestar o armas para mantener su estatus. Lo de Mugabe en Zimbabwe y Omar al Baschir en Sudan, el genocida de Darfur, son perlas cultivadas sobre los derechos humanos que malesconden el drama de mayor calado de un continente que aunque crece en su PIB entre el 5 y el 6% cada año, ve como el descontrol demográfico se come ese incremento y dispara sus diferencias de bienestar respecto a otros parajes del mundo.
Con ocasión del Foro Social de Nairobi, celebrado en la capital de Kenia en enero pasado, salieron esas paradojas numéricas que despiertan –sólo temporalmente- las conciencias del mundo desarrollado. África tiene el 10,3% de la población mundial y sólo el 2,2% de la renta de toda la Tierra.
El diario La Vanguardia reproducía las declaraciones de Aminata Traeré, escritora y exministra en Mali “Arrebatar la riqueza a la gente –decía- y después fingir que le quieren ayudar. Nos roban por un lado, nos devuelven unas migajas y lo llaman cooperación”. La activista africana recordaba los planes que Toni Blair proclamó para solucionar los grandes problemas africanos al comenzar la cumbre del G-8 en 2005. En aquella ocasión, el grupo de los países más industrializados se comprometieron inicialmente a aportar 100 millardos de dólares en los siguientes diez años, cantidad que se redujo a la mitad al acabar el encuentro y se aplazó en cinco años –hasta 2010- el inicio de su pago.
El economista norteamericano y profesor en Harvard, Jeffrey Sachs, autor de El fin de la Pobreza, (*) explica que un tercio de la ayuda que su país dedica al Tercer Mundo lo es en forma de alimentos ya cultivados o elaborados, lo que supone un freno para las agriculturas locales y que la mitad del valor de esas ayudas alimenticias se lo come el transporte de las mismas. Un tercio de la generosidad total norteamericana, señala Sachs, se dedica a los sueldos de los asesores norteamericanos que administran toda esta solidaridad. Deslumbrante e incoherente, tanto como evidentes y escandalosas las denuncias de los ministros de economía de los países africanos que en 2007 se reunieron en Addis Abeba en presencia del director de la Organización Mundial de Comercio.
Tal vez como preludio de lo que ahora ha ocurrido en Lisboa, los ministros reunidos en la capital etiope pidieron entonces la renegociación de los acuerdos comerciales con la Unión Europea y Estados Unidos y apuntaron algo que no debe pasar inadvertido, que los agricultores de la UE y EE.UU. reciben subvenciones, lo que les convierte en competidores todavía más gigantes e insalvable para las diminutas agriculturas africanas, a las que además se penaliza en las aduanas del mundo más desarrollado.
Por ello, hoy no podemos más que mirar con escepticismo lo que nos han contado desde Lisboa, de la misma manera que no debe sorprendernos ese talante silencioso, de los seguidores de Confucio y Mao Tse Tung, que avanzan silenciosamente mientras Europa da largas a su propia conciencia africana, si es que alguna vez la tuvo de verdad.
(*) El Fin de la pobreza:
http://www.cincodias.com/articulo/opinion/fin/pobreza/cdsopiE00/20051217cdscdiopi_2/Tes/
Javier Zuloaga
domingo, 9 de diciembre de 2007
EL GATILLO
"No creo que sea bueno diluir en la confusión del terrorismo-negociación-paz-diálogo....etc, el hecho de que hoy alguien ha apretado el gatillo.Igual que en los años 70, cuando muchas personas buscaban la oportunidad para mirar qué había a sus espaldas, o si el aliento de la muerte estaba más cerca de lo que imaginaban.El pasado día 1 de diciembre fueron dos chavales del Servicio de Información de la Guardia Civil, que vigilaban en Francia los pasos de los pistoleros de ETA. Les han esperado a la salida de un café y les han descerrajado unas balas con el dedo índice.Tienen, por lo menos, 90 pistolas y sobre todo han perdido los complejos que les habían llevado al zoco en el que, sin éxito hasta ahora, se intenta cambiar vidas por claudicaciones.Veremos que pasa."
De aquellas líneas, publicadas en esta misma página, escritas horas después de conocer lo ocurrido en la Landas francesas, han pasado ya ocho días de reacciones que ponían difícil la serenidad necesaria para reflexionar. Ha habido una conmoción unánime entre el pueblo sensible y decente, silencios cómplices y oportunistas ya esperados y nada más, porque es difícil aceptar la indiferencia de alguien tras lo ocurrido en Capbreton.
Lo de la semana pasada tiene, sin embargo, aspectos calculadamente siniestros, minucias demoledoras por su crueldad.
No es igual matar dejando un temporizador conectado a una bomba, llamar a un diario y anunciar el momento de la explosión, que caminar tras el objetivo, meter la mano en el bolsillo, poner el cañón en la cabeza del objetivo y apretar mientras la víctima cae como un saco al suelo con el cráneo reventado. Esta forma de terror, la más antigua desde que la pistola se unió a la navaja, es la más sencilla de las existentes. No exige mayor preparación que la de dar rienda suelta al fanatismo acumulado desde que, por el resquicio de las ideas de un radical, se coló un odio que ellos ven como un acto heroico.
Por eso es difícil escuchar en la Audiencia Nacional palabras de arrepentimiento cuando etarras confesos se sientan en el banquillo. No son pocas las ocasiones en que estos mismos gudaris amenazan de muerte a quienes los juzgan o ríen entre ellos tras la pecera que les separa de la gente de paz.
Matar con pistola puede tener el mismo resultado que hacerlo con un bombazo pero no tiene más intermediario que la cabeza y el dedo de uno mismo, sin la impersonalidad de la electrónica que actúa mientras los que matan se acuartelan y esperan escuchar las primeras declaraciones políticas de condena.
Pero en terrorismo no hay puntada sin hilo, nada es casual. Hace un año, un día después de que el Presidente del Gobierno dijera en clave política la frase cursi de algunos enamorados el día de San Valentín, “ Estamos mejor que hace un año y dentro de un año estaremos mejor que ahora”, ETA dio un toque de aviso en Barajas, con el explosivo más potente que tuvo a su alcance.
Fue el primer “accidente” del proceso de paz de la primera legislatura del socialismo. Atras quedan los dos gobiernos de Aznar, sin duda los años en los que la violencia callejera, el radicalismo y el terrorismo mismo han estado más arrinconados, tras haber intentado en Ginebra, como hiciera también Felipe González en Argel, llegar a un acuerdo para la entrega de las armas a cambio de la generosidad futura de una sociedad que ha visto morir asesinados a casi mil de sus ciudadanos a lo largo de 40 años.
Tras lo de Barajas hubo reacciones contundentes, pero la retórica de la paz como valor supremo fue llevándonos, en labios presidenciales, a la incertidumbre y a la desconfianza. “Paz con diálogo” tardó poco en instalarse en el escenario que tuvo tras la declaración de la última tregua de ETA, con rango superior a la libertad que siguen si alcanzar los que viven en las cercanías del radicalismo y en buena medida todos los españoles.
Ha habido muchas banderas en las calles, tal vez demasiadas, frente a la tibieza de las palabras y los bandazos gubernamentales de una política que divide a España en la cuestión terrorista y territorial más que en ninguna otra época anterior.
Por eso cabe preguntarse por donde irán las cosas cuando el dolor, la indignación y el “no pasarán” de estos dos últimos asesinatos, pasen al último lugar de la larga fila de muertos por ETA y comiencen a caer en el olvido de lo menos reciente. Me pregunto si los disparos que acabaron con los agentes de la Guardia Civil serán un ¡basta ya!, o se convertirán en un calcetín vuelto al revés. Es decir, si algún día escucharemos que todo vale, incluso sentarse y condescender, para buscar la paz y que casos como el de Raúl Centeno y Fernando Trapero no se vuelvan a repetir. Lo sabremos después de las elecciones.
Javier Zuloaga
De aquellas líneas, publicadas en esta misma página, escritas horas después de conocer lo ocurrido en la Landas francesas, han pasado ya ocho días de reacciones que ponían difícil la serenidad necesaria para reflexionar. Ha habido una conmoción unánime entre el pueblo sensible y decente, silencios cómplices y oportunistas ya esperados y nada más, porque es difícil aceptar la indiferencia de alguien tras lo ocurrido en Capbreton.
Lo de la semana pasada tiene, sin embargo, aspectos calculadamente siniestros, minucias demoledoras por su crueldad.
No es igual matar dejando un temporizador conectado a una bomba, llamar a un diario y anunciar el momento de la explosión, que caminar tras el objetivo, meter la mano en el bolsillo, poner el cañón en la cabeza del objetivo y apretar mientras la víctima cae como un saco al suelo con el cráneo reventado. Esta forma de terror, la más antigua desde que la pistola se unió a la navaja, es la más sencilla de las existentes. No exige mayor preparación que la de dar rienda suelta al fanatismo acumulado desde que, por el resquicio de las ideas de un radical, se coló un odio que ellos ven como un acto heroico.
Por eso es difícil escuchar en la Audiencia Nacional palabras de arrepentimiento cuando etarras confesos se sientan en el banquillo. No son pocas las ocasiones en que estos mismos gudaris amenazan de muerte a quienes los juzgan o ríen entre ellos tras la pecera que les separa de la gente de paz.
Matar con pistola puede tener el mismo resultado que hacerlo con un bombazo pero no tiene más intermediario que la cabeza y el dedo de uno mismo, sin la impersonalidad de la electrónica que actúa mientras los que matan se acuartelan y esperan escuchar las primeras declaraciones políticas de condena.
Pero en terrorismo no hay puntada sin hilo, nada es casual. Hace un año, un día después de que el Presidente del Gobierno dijera en clave política la frase cursi de algunos enamorados el día de San Valentín, “ Estamos mejor que hace un año y dentro de un año estaremos mejor que ahora”, ETA dio un toque de aviso en Barajas, con el explosivo más potente que tuvo a su alcance.
Fue el primer “accidente” del proceso de paz de la primera legislatura del socialismo. Atras quedan los dos gobiernos de Aznar, sin duda los años en los que la violencia callejera, el radicalismo y el terrorismo mismo han estado más arrinconados, tras haber intentado en Ginebra, como hiciera también Felipe González en Argel, llegar a un acuerdo para la entrega de las armas a cambio de la generosidad futura de una sociedad que ha visto morir asesinados a casi mil de sus ciudadanos a lo largo de 40 años.
Tras lo de Barajas hubo reacciones contundentes, pero la retórica de la paz como valor supremo fue llevándonos, en labios presidenciales, a la incertidumbre y a la desconfianza. “Paz con diálogo” tardó poco en instalarse en el escenario que tuvo tras la declaración de la última tregua de ETA, con rango superior a la libertad que siguen si alcanzar los que viven en las cercanías del radicalismo y en buena medida todos los españoles.
Ha habido muchas banderas en las calles, tal vez demasiadas, frente a la tibieza de las palabras y los bandazos gubernamentales de una política que divide a España en la cuestión terrorista y territorial más que en ninguna otra época anterior.
Por eso cabe preguntarse por donde irán las cosas cuando el dolor, la indignación y el “no pasarán” de estos dos últimos asesinatos, pasen al último lugar de la larga fila de muertos por ETA y comiencen a caer en el olvido de lo menos reciente. Me pregunto si los disparos que acabaron con los agentes de la Guardia Civil serán un ¡basta ya!, o se convertirán en un calcetín vuelto al revés. Es decir, si algún día escucharemos que todo vale, incluso sentarse y condescender, para buscar la paz y que casos como el de Raúl Centeno y Fernando Trapero no se vuelvan a repetir. Lo sabremos después de las elecciones.
Javier Zuloaga
viernes, 30 de noviembre de 2007
¿LADRONES DE PALABRAS?
No se trata de un interrogante esnob, ni mucho menos. La duda me ha asaltado cuando he visto el rifirrafe que se traen entre manos los chinos y los mejicanos a cuenta del nopal, un cactus emblemático para los segundos, casi un símbolo nacional mejicano, que los primeros tratan de registrar como marca china en las altísimas instancias internacionales que regulan la propiedad intelectual.
Comenté el asunto en una clase del master de comunicación de EAE en Barcelona, en el que estoy colaborando y en la que, entre quienes me escuchaban, existe una nutrida representación de graduados mejicanos. Vi que el asunto no es una cuestión menor, que irrita profundamente y comprobé, al navegar por Internet horas después, que en Méjico la cosa está que arde.
Resulta que chinos y japoneses, pero especialmente los primeros, han decidido competir en el mercado de los productos derivados del nopal (textiles, alimenticios y medicinales) y que tienen ya más de 5.000 hectáreas en producción dirigida a la posterior exportación al mismo Méjico y el vecino Estados Unidos.
El asunto no tendría mayor trascendencia –no olvidemos que cultivos tan universales como la patata o el maíz tienen su origen en América- a no ser por la decisión de los empresarios chinos de registrar, en la oficina de patentes y marcas de la Unión Europea, la marca “Nopal” como de propiedad y derecho chinos. Dicho de otra manera, es como si algún espabilado hispano, cuando los barcos españoles trajeron a Europa el tubérculo de la patata o la mazorca de maíz, se hubiera hecho propios los nombres con que, en las lenguas indígenas americanas y en las diferentes acepciones hispanas, se conoce a esta materia prima alimenticia tan universal.
Por ello parece razonable que los mejicanos, con lo del nopal, sientan que el zorro se les ha colado en el corral y se ha ido llevando las gallinas delante de sus mismas narices. Tal vez por ello arrecian las críticas contra el gobierno de Felipe Calderón y en los comentarios que los lectores envían a las ediciones “on line” de los diarios, se le acusa de pasividad y no haber evitado que los audaces empresarios chinos se hayan llevado a su país incluso la tierra necesaria para que el nopal arraigue sin problemas en el lejano Oriente.
En esas líneas de espontaneidad de los lectores se leen cosas que, si son ciertas producen algo de espanto, como por ejemplo que la imagen de la Virgen de Guadalupe está patentada por un chino, aunque no faltan tampoco desparpajo y humor en otros lectores que proponen contraatacar y patentar, como productos mejicanos, los palillos chinos o el ginseng.
Hace días leí en “El País” un interesante artículo sobre este tipo de conflictos de propiedad intelectual, que lamentablemente no son nuevos. El Neem es un arbol originario de Birmania y la India que, entre otras virtudes, tiene la de actuar como insecticida biológico. Pues bien, la Oficina Europea de Patentes, (EPO) concedió en 1994 la exclusividad de un derivado del Neem al Departamento de Agricultura de los Estados Unidos y a la multinacional WR Grace, decisión que tuvo que se anulada siete años más tarde por las presiones de organizaciones sociales, que consiguieron poner fin a uno de los casos más emblemáticos de lo que bien podríamos llamar “biopiratería”.
Hay más casos. El Hoodia es una planta utilizada como adelgazante porque inhibe el apetito. Su uso es centenario entre el pueblo San, que habita en el desierto del Kalahari. Fue tratado por los laboratorios del Consejo Surafricano para la Investigación Científica y los derechos vendidos posteriormente en Pfizzer. La presión internacional obligó al Consejo Surafricano a ceder parte de los beneficios de la venta de la patente al pueblo San, pero El País estima que sólo el 0,003% ha retornado a los descendientes de quienes, mucho tiempo atrás, descubrieron las propiedades del Hoodia.
La información dice que estos casos son la parte visible del iceberg de un negocio basado en el desarrollo de fármacos desde plantas originarias de una parte concreta de la tierra y que los investigadores occidentales han desarrollado desde la constancia de unos poderes curativos tan reales, como de antigua y demostrada tradición.
Información de “El País”:
http://www.comfia.info/noticias/38192.html
El aprovechamiento de las riquezas naturales propias de zonas concretas del mundo ha ido despertado las conciencias aunque al parecer con escaso éxito. Así, en 1992, un total de 187 países firmaron el Convenio sobre la Biodiversidad Biológica, que no es más, para organizaciones como Greenpeace, que una pantalla de la falta de interés de las multinacionales para actuar con justicia y equidad. Pura galería.
Pero hay quienes andan más despiertos. Brasil ha publicado y enviado a la WIPO (Organización Mundial de la Propiedad Intelectual) una lista de 5000 términos generales referidos a plantas con posibles efectos y aprovechamiento medicinales. Se intenta evitar lo que ahora puede afectar a México, conocido en la jerga de las patentes como “lingo-privacy”, el aprovechamiento y uso como marca de las palabras usadas popularmente para referirse a plantas o remedios.
La cuestión, pese a parecer formal, no logra esconder un problema de mucho mayor calado, el de la compensación a los países subdesarrollados o menos desarrollados, por los beneficios que sus materias primas vegetales y sus tradiciones generan, una vez son procesadas por las empresas de los países avanzados.
En 1971, el economista James Tobin, premio Nobel de Economía en 1981, propuso una suerte de tasa o impuesto, que lleva su nombre y que proponía que pesara sobre el flujo de capitales en el mundo a favor de la reducción de la pobreza. Muchos movimientos antisistema hicieron suya la idea y -tal vez por ello- no prosperó entre quienes regulan y deciden en el mundo las cosas importantes.
Al leer lo de Nopal mejicano he pensado, tal vez con simpleza, que sería una buena vía para reducir las distancias económicas en el mundo aplicar algo parecido, una suerte de royalty por el origen de las cosas que acaban generando grandes beneficios.
Dejaría así de ser tan chocante que en países tan paupérrimos como Sierra Leona no haya que rascar mucho en el suelo para que aparezcan diamantes o que el Congo de Joseph Conrad, el 90% de los beneficios del petróleo, las piedras preciosas, el cobre, el estaño, el zinc o el coltán (materia básica en la aeronaútica, la telefonía móvil y la física nuclear) se vaya a otros continentes sin dejar apenas rasgo fiscal, mientras el 60% de la población está mal alimentada, vive con menos de un dólar al día y con una esperanza de vida de apenas 43 años.
El relato sería tan interminable como decepcionantes las expectativas de solución, tal y como escribí en este mismo blog al hablar de los biocombustibles y la oportunidad que su desarrollo suponía para paliar la miseria mundial. Para el que quiera recordar, basta con pinchar en la siguiente línea.
http://javierzuloaga.blogspot.com/2007/09/el-oro-verde.html
Javier Zuloaga
Comenté el asunto en una clase del master de comunicación de EAE en Barcelona, en el que estoy colaborando y en la que, entre quienes me escuchaban, existe una nutrida representación de graduados mejicanos. Vi que el asunto no es una cuestión menor, que irrita profundamente y comprobé, al navegar por Internet horas después, que en Méjico la cosa está que arde.
Resulta que chinos y japoneses, pero especialmente los primeros, han decidido competir en el mercado de los productos derivados del nopal (textiles, alimenticios y medicinales) y que tienen ya más de 5.000 hectáreas en producción dirigida a la posterior exportación al mismo Méjico y el vecino Estados Unidos.
El asunto no tendría mayor trascendencia –no olvidemos que cultivos tan universales como la patata o el maíz tienen su origen en América- a no ser por la decisión de los empresarios chinos de registrar, en la oficina de patentes y marcas de la Unión Europea, la marca “Nopal” como de propiedad y derecho chinos. Dicho de otra manera, es como si algún espabilado hispano, cuando los barcos españoles trajeron a Europa el tubérculo de la patata o la mazorca de maíz, se hubiera hecho propios los nombres con que, en las lenguas indígenas americanas y en las diferentes acepciones hispanas, se conoce a esta materia prima alimenticia tan universal.
Por ello parece razonable que los mejicanos, con lo del nopal, sientan que el zorro se les ha colado en el corral y se ha ido llevando las gallinas delante de sus mismas narices. Tal vez por ello arrecian las críticas contra el gobierno de Felipe Calderón y en los comentarios que los lectores envían a las ediciones “on line” de los diarios, se le acusa de pasividad y no haber evitado que los audaces empresarios chinos se hayan llevado a su país incluso la tierra necesaria para que el nopal arraigue sin problemas en el lejano Oriente.
En esas líneas de espontaneidad de los lectores se leen cosas que, si son ciertas producen algo de espanto, como por ejemplo que la imagen de la Virgen de Guadalupe está patentada por un chino, aunque no faltan tampoco desparpajo y humor en otros lectores que proponen contraatacar y patentar, como productos mejicanos, los palillos chinos o el ginseng.
Hace días leí en “El País” un interesante artículo sobre este tipo de conflictos de propiedad intelectual, que lamentablemente no son nuevos. El Neem es un arbol originario de Birmania y la India que, entre otras virtudes, tiene la de actuar como insecticida biológico. Pues bien, la Oficina Europea de Patentes, (EPO) concedió en 1994 la exclusividad de un derivado del Neem al Departamento de Agricultura de los Estados Unidos y a la multinacional WR Grace, decisión que tuvo que se anulada siete años más tarde por las presiones de organizaciones sociales, que consiguieron poner fin a uno de los casos más emblemáticos de lo que bien podríamos llamar “biopiratería”.
Hay más casos. El Hoodia es una planta utilizada como adelgazante porque inhibe el apetito. Su uso es centenario entre el pueblo San, que habita en el desierto del Kalahari. Fue tratado por los laboratorios del Consejo Surafricano para la Investigación Científica y los derechos vendidos posteriormente en Pfizzer. La presión internacional obligó al Consejo Surafricano a ceder parte de los beneficios de la venta de la patente al pueblo San, pero El País estima que sólo el 0,003% ha retornado a los descendientes de quienes, mucho tiempo atrás, descubrieron las propiedades del Hoodia.
La información dice que estos casos son la parte visible del iceberg de un negocio basado en el desarrollo de fármacos desde plantas originarias de una parte concreta de la tierra y que los investigadores occidentales han desarrollado desde la constancia de unos poderes curativos tan reales, como de antigua y demostrada tradición.
Información de “El País”:
http://www.comfia.info/noticias/38192.html
El aprovechamiento de las riquezas naturales propias de zonas concretas del mundo ha ido despertado las conciencias aunque al parecer con escaso éxito. Así, en 1992, un total de 187 países firmaron el Convenio sobre la Biodiversidad Biológica, que no es más, para organizaciones como Greenpeace, que una pantalla de la falta de interés de las multinacionales para actuar con justicia y equidad. Pura galería.
Pero hay quienes andan más despiertos. Brasil ha publicado y enviado a la WIPO (Organización Mundial de la Propiedad Intelectual) una lista de 5000 términos generales referidos a plantas con posibles efectos y aprovechamiento medicinales. Se intenta evitar lo que ahora puede afectar a México, conocido en la jerga de las patentes como “lingo-privacy”, el aprovechamiento y uso como marca de las palabras usadas popularmente para referirse a plantas o remedios.
La cuestión, pese a parecer formal, no logra esconder un problema de mucho mayor calado, el de la compensación a los países subdesarrollados o menos desarrollados, por los beneficios que sus materias primas vegetales y sus tradiciones generan, una vez son procesadas por las empresas de los países avanzados.
En 1971, el economista James Tobin, premio Nobel de Economía en 1981, propuso una suerte de tasa o impuesto, que lleva su nombre y que proponía que pesara sobre el flujo de capitales en el mundo a favor de la reducción de la pobreza. Muchos movimientos antisistema hicieron suya la idea y -tal vez por ello- no prosperó entre quienes regulan y deciden en el mundo las cosas importantes.
Al leer lo de Nopal mejicano he pensado, tal vez con simpleza, que sería una buena vía para reducir las distancias económicas en el mundo aplicar algo parecido, una suerte de royalty por el origen de las cosas que acaban generando grandes beneficios.
Dejaría así de ser tan chocante que en países tan paupérrimos como Sierra Leona no haya que rascar mucho en el suelo para que aparezcan diamantes o que el Congo de Joseph Conrad, el 90% de los beneficios del petróleo, las piedras preciosas, el cobre, el estaño, el zinc o el coltán (materia básica en la aeronaútica, la telefonía móvil y la física nuclear) se vaya a otros continentes sin dejar apenas rasgo fiscal, mientras el 60% de la población está mal alimentada, vive con menos de un dólar al día y con una esperanza de vida de apenas 43 años.
El relato sería tan interminable como decepcionantes las expectativas de solución, tal y como escribí en este mismo blog al hablar de los biocombustibles y la oportunidad que su desarrollo suponía para paliar la miseria mundial. Para el que quiera recordar, basta con pinchar en la siguiente línea.
http://javierzuloaga.blogspot.com/2007/09/el-oro-verde.html
Javier Zuloaga
viernes, 23 de noviembre de 2007
LAS LEYENDAS PELIGROSAS
Muchas veces he pensado que la tabla de multiplicar la inventaron, de forma compinche, la imaginación y el calendario. Sólo así se explica que, en la madurez de la vida, se descubra, al encontrar una foto olvidada, que aquella bella niña que imaginabas flotando entre gasas y tules era, realmente, una fondoncilla quinceañera asediada por el acné. Los recuerdos, especialmente los gratos, crecen a lo largo del tiempo, mientras que los malos tragos van difuminándose o quedan cada día más agazapados, según el talante de la persona, en los rincones de la memoria
A mi me ha ocurrido , en mis incursiones en escenarios del pasado, que no coincidían las dimensiones de la plaza de aquel pueblo del verano; o que los caudales de agua en los que creía haber visto cascadas, apenas había un arroyo cantarín; o que aquel colega monaguillo de mi infancia, que repicaba las campanas con gran destreza, dejó, hace ya muchos años, de convocar a los creyentes para que adoraran a Dios, y decidió buscarse una válvula de escape, hacia una paz imposible, con una jeringa con heroína pinchada en el antebrazo.
Los pensamientos no tienen registro digital y la memoria “ram” o los “gigas” nunca podrán con esa gran corriente de ideas que fluye entre las personas, cada minuto, en los lugares más comunes y lejanos del planeta. Todo eso se escapa del Gran Hermano de las nuevas tecnologías, de los grandes buscadores de Internet y seguirá vivo mientras el conjunto de la humanidad no saque una bandera blanca de rendición. Mientras haya tres o cuatro individuos o individuas que decidan contarse las cosas, como en “El Planeta de los Simios”, las “Tic” (Nuevas Tecnologías), no podrán con las cosas que mi abuelo le decía a mi padre y que mi padre nos contó a sus cinco hijos.
Era frecuente que le pidiéramos que nos volviera a relatar la historia del desembarco de Carlos V en España. Nos decía mi padre –y yo lo he repetido en múltiples ocasiones a lo largo de cuarenta años- que cuando Carlos V fue llamado a gobernar España tras la muerte de su abuela Isabel la Católica y su padre, Felipe el Hermoso, la nave en la que el nuevo monarca venía desde Flandes, intentó desembarcar en la guipuzcoana Zarauz y que unos hombres medio vestidos, o tal vez medio desnudos, bajaban emitiendo gritos desde las montañas cercanas, “¡era el euskera hijos, era el euskera!”, nos decía nuestro padre, que ilustraba la escena con detalles del espanto que aquellos lugareños causaron en quienes se acercaban a la playa en las barcazas, hasta el punto de que decidieron volver a la nave y poner rumbo a Santander, hoy Cantabria.
La anécdota causaba jolgorio cuando mi padre, vasco de nacimiento, tradición y apariencia inconfundible, lo contaba de forma desgarrada e irónica. Pero parece que no fue así y que lo que pasó en realidad fue que una galerna cantábrica hizo que el barco se desviara desde Laredo, punto de destino previsto y no Zarauz, a la asturiana de Tazones, cerca de Villaviciosa.
Google me ha llevado a las fuentes de estas puntualizaciones más rigurosas acerca de la llegada del único emperador que ha tenido España.
El asunto me ha llevado a preguntarme donde está la frontera entre el mito –incluso de la leyenda- y la intencionada manipulación de la historia. Y parece que hay motivos para preocuparse, especialmente con el auge de los nacionalismos, que idealizan los perfiles de sus personajes, cuando no los inventan directamente, como hizo Sabino Arana, fundador del PNV, al crear a su propia Juana de Arco, la mítica Libe.
No estoy muy seguro, pero no creo que lo de Carlos V de mi padre y mi abuelo, que se lo contó a él, venga de la misma cosecha creativa y nacionalista, sino que es simplemente una cuestión de exceso de imaginación, o lo que ahora los sicólogos llaman “orgullo de pertenencia”, en el caso que me ocupa de carácter tribal.
El suplemento El Cultural de “El Mundo” publicó en marzo pasado una entrevista con el historiador británico Eric Hobsbawm. Miembro de la British Academy y la American Academy of Arts and Sciences, enseñó en el Birkbeck College de la Universidad de Londres y desde su jubilación dicta clases en la New School for Social Research en Nueva York. Vivió en Viena tras la I Guerra Mundial, en el Berlín prehitleriano y su juventud en Londres y Cambridge.
“Vivimos –afirmaba Hobsbawn en la entrevista- en una época dorada de creación de mitos históricos, diseñada para reforzar identidades de grupo de toda índole, en especial en una gran cantidad de nuevas naciones y movimientos regionales y étnicos”
http://www.elcultural.es/historico_articulo.asp?c=19995
En la misma línea y refiriédose al nacionalismo vasco, Fernando García Cortazar decía, al presentar su libro “Los mitos de la Historia” (Planeta), que la capacidad de persuasión de un mito es muy fuerte, sobre todo en las gentes más ingenuas y poco críticas y que muchas naciones “penden” de ficciones históricas creadas principalmente en el siglo XIX y que basan su aceptación en la felicidad que estos mitos producen en las gentes.
No puedo evitar la oportunidad de mirarme en el espejo que Sabino Arana, el caudillo del nacionalismo de los vizcainos, creó para que nos miráramos en él los que allí habíamos nacido. Yo lo hice en Bilbao en 1952 y no me reconozco, aunque lo cierto es que, desde los autocomplacientes enunciados de Arana hasta ahora, ha pasado ya un siglo.
Por fisonomía –postulaba Arana- los vascos somos inteligentes, nobles, apuestos, varoniles, sabemos andar mejor que los españoles, emprendedores, no valemos para servir sino para ser servidos, somos capaces de morir antes que pedir limosna, bailamos mejor que los maketos (españoles), éramos, ¿somos?, más aseados porque nos cambiábamos de muda una vez a la semana, mientras que el maketos lo hacían una vez al año; no éramos adúlteros y solo cinco de cada cien crímenes que se tenían lugar en la Vizcaya de Arana, los cometían vascos descarriados. El restante 95% eran obra, evidentemente, de los maketos.
Son anécdotas, algo más que chascarrillos, pero en todo caso menores en importancia que la animadversión hacia España que aquel político, hijo de carlistas, consideraba necesaria, por encima de cualquier otra cuestión, en un buen vizcaino. Puede que esa sea la raíz del carácter introspectivo que ha acompañado al nacionalismo vasco desde su creación, lo que le hace muy diferente al talante abierto de otros, como el catalán, cuyos seguidores defienden sus ideas sobre la identidad buscada mirando hacia fuera sin manías. Hablo en términos generales.
Sé que el PNV de hoy no tiene nada que ver con estas cosas que decía el fundador del partido y que entre sus filas tiene, aunque agazapado y añorado sobre todo por los no nacionalistas, a personajes de gran talla humana y política, como Josu Jon Imaz. Pero los orígenes están ahí escritos, no se ha hecho una revisión pública de los errores del fundador del PNV, que es intocable y lo cierto es que sus ideas germinaron entre las clases rurales y capas sociales menos y más adineradas, aunque sus descendientes, afortunadamente, no deben pensar así, porque sería horroroso que más que piezas de historia, esos planteamientos estuvieran simplemente aletargados.
Les recomiendo que lean el siguiente artículo de Antonio Elorza, Catedrático de Historia del Pensamiento Político, de la Facultad de Ciencias Políticas de Madrid, “Sabino Arana: Cien Años de Euzkadi”, “El País”, 23/11/2003
http://www.elpais.com/articulo/reportajes/Sabino/Arana/cien/anos/Euzkadi/elpepusocdmg/20031123elpdmgrep_5/Tes
Javier Zuloaga
A mi me ha ocurrido , en mis incursiones en escenarios del pasado, que no coincidían las dimensiones de la plaza de aquel pueblo del verano; o que los caudales de agua en los que creía haber visto cascadas, apenas había un arroyo cantarín; o que aquel colega monaguillo de mi infancia, que repicaba las campanas con gran destreza, dejó, hace ya muchos años, de convocar a los creyentes para que adoraran a Dios, y decidió buscarse una válvula de escape, hacia una paz imposible, con una jeringa con heroína pinchada en el antebrazo.
Los pensamientos no tienen registro digital y la memoria “ram” o los “gigas” nunca podrán con esa gran corriente de ideas que fluye entre las personas, cada minuto, en los lugares más comunes y lejanos del planeta. Todo eso se escapa del Gran Hermano de las nuevas tecnologías, de los grandes buscadores de Internet y seguirá vivo mientras el conjunto de la humanidad no saque una bandera blanca de rendición. Mientras haya tres o cuatro individuos o individuas que decidan contarse las cosas, como en “El Planeta de los Simios”, las “Tic” (Nuevas Tecnologías), no podrán con las cosas que mi abuelo le decía a mi padre y que mi padre nos contó a sus cinco hijos.
Era frecuente que le pidiéramos que nos volviera a relatar la historia del desembarco de Carlos V en España. Nos decía mi padre –y yo lo he repetido en múltiples ocasiones a lo largo de cuarenta años- que cuando Carlos V fue llamado a gobernar España tras la muerte de su abuela Isabel la Católica y su padre, Felipe el Hermoso, la nave en la que el nuevo monarca venía desde Flandes, intentó desembarcar en la guipuzcoana Zarauz y que unos hombres medio vestidos, o tal vez medio desnudos, bajaban emitiendo gritos desde las montañas cercanas, “¡era el euskera hijos, era el euskera!”, nos decía nuestro padre, que ilustraba la escena con detalles del espanto que aquellos lugareños causaron en quienes se acercaban a la playa en las barcazas, hasta el punto de que decidieron volver a la nave y poner rumbo a Santander, hoy Cantabria.
La anécdota causaba jolgorio cuando mi padre, vasco de nacimiento, tradición y apariencia inconfundible, lo contaba de forma desgarrada e irónica. Pero parece que no fue así y que lo que pasó en realidad fue que una galerna cantábrica hizo que el barco se desviara desde Laredo, punto de destino previsto y no Zarauz, a la asturiana de Tazones, cerca de Villaviciosa.
Google me ha llevado a las fuentes de estas puntualizaciones más rigurosas acerca de la llegada del único emperador que ha tenido España.
El asunto me ha llevado a preguntarme donde está la frontera entre el mito –incluso de la leyenda- y la intencionada manipulación de la historia. Y parece que hay motivos para preocuparse, especialmente con el auge de los nacionalismos, que idealizan los perfiles de sus personajes, cuando no los inventan directamente, como hizo Sabino Arana, fundador del PNV, al crear a su propia Juana de Arco, la mítica Libe.
No estoy muy seguro, pero no creo que lo de Carlos V de mi padre y mi abuelo, que se lo contó a él, venga de la misma cosecha creativa y nacionalista, sino que es simplemente una cuestión de exceso de imaginación, o lo que ahora los sicólogos llaman “orgullo de pertenencia”, en el caso que me ocupa de carácter tribal.
El suplemento El Cultural de “El Mundo” publicó en marzo pasado una entrevista con el historiador británico Eric Hobsbawm. Miembro de la British Academy y la American Academy of Arts and Sciences, enseñó en el Birkbeck College de la Universidad de Londres y desde su jubilación dicta clases en la New School for Social Research en Nueva York. Vivió en Viena tras la I Guerra Mundial, en el Berlín prehitleriano y su juventud en Londres y Cambridge.
“Vivimos –afirmaba Hobsbawn en la entrevista- en una época dorada de creación de mitos históricos, diseñada para reforzar identidades de grupo de toda índole, en especial en una gran cantidad de nuevas naciones y movimientos regionales y étnicos”
http://www.elcultural.es/historico_articulo.asp?c=19995
En la misma línea y refiriédose al nacionalismo vasco, Fernando García Cortazar decía, al presentar su libro “Los mitos de la Historia” (Planeta), que la capacidad de persuasión de un mito es muy fuerte, sobre todo en las gentes más ingenuas y poco críticas y que muchas naciones “penden” de ficciones históricas creadas principalmente en el siglo XIX y que basan su aceptación en la felicidad que estos mitos producen en las gentes.
No puedo evitar la oportunidad de mirarme en el espejo que Sabino Arana, el caudillo del nacionalismo de los vizcainos, creó para que nos miráramos en él los que allí habíamos nacido. Yo lo hice en Bilbao en 1952 y no me reconozco, aunque lo cierto es que, desde los autocomplacientes enunciados de Arana hasta ahora, ha pasado ya un siglo.
Por fisonomía –postulaba Arana- los vascos somos inteligentes, nobles, apuestos, varoniles, sabemos andar mejor que los españoles, emprendedores, no valemos para servir sino para ser servidos, somos capaces de morir antes que pedir limosna, bailamos mejor que los maketos (españoles), éramos, ¿somos?, más aseados porque nos cambiábamos de muda una vez a la semana, mientras que el maketos lo hacían una vez al año; no éramos adúlteros y solo cinco de cada cien crímenes que se tenían lugar en la Vizcaya de Arana, los cometían vascos descarriados. El restante 95% eran obra, evidentemente, de los maketos.
Son anécdotas, algo más que chascarrillos, pero en todo caso menores en importancia que la animadversión hacia España que aquel político, hijo de carlistas, consideraba necesaria, por encima de cualquier otra cuestión, en un buen vizcaino. Puede que esa sea la raíz del carácter introspectivo que ha acompañado al nacionalismo vasco desde su creación, lo que le hace muy diferente al talante abierto de otros, como el catalán, cuyos seguidores defienden sus ideas sobre la identidad buscada mirando hacia fuera sin manías. Hablo en términos generales.
Sé que el PNV de hoy no tiene nada que ver con estas cosas que decía el fundador del partido y que entre sus filas tiene, aunque agazapado y añorado sobre todo por los no nacionalistas, a personajes de gran talla humana y política, como Josu Jon Imaz. Pero los orígenes están ahí escritos, no se ha hecho una revisión pública de los errores del fundador del PNV, que es intocable y lo cierto es que sus ideas germinaron entre las clases rurales y capas sociales menos y más adineradas, aunque sus descendientes, afortunadamente, no deben pensar así, porque sería horroroso que más que piezas de historia, esos planteamientos estuvieran simplemente aletargados.
Les recomiendo que lean el siguiente artículo de Antonio Elorza, Catedrático de Historia del Pensamiento Político, de la Facultad de Ciencias Políticas de Madrid, “Sabino Arana: Cien Años de Euzkadi”, “El País”, 23/11/2003
http://www.elpais.com/articulo/reportajes/Sabino/Arana/cien/anos/Euzkadi/elpepusocdmg/20031123elpdmgrep_5/Tes
Javier Zuloaga
viernes, 16 de noviembre de 2007
SARKOZY Y EL ESPEJO DE LA THATCHER
De Francia nos llegaba casi todo en 1968, aunque aquel año ocurrieron multitud de cosas más. Los estudiantes parisinos pusieron en jaque a la V República y el héroe nacional De Gaulle quedaba tocado y dimitía tras un rechazo en las urnas, que un año más tarde le llevó a la tumba. Aquel año los tanques rusos aplastaron la libertad de los checos de Dubcek; los norteamericanos bombardearon por primera vez Hanoi; un blanco mató a tiros a Martin Luther King; España echó el cerrojo a la verja de Gibraltar; el Vaticano condenaba el uso de anticonceptivos en la encíclica Humanae Vital; nació el Príncipe Felipe; Serrat hizo una butifarra al Festival Eurovisión que luego ganó Massiel; el Real Madrid ganó la Liga; el Barça la Copa del Generalísmo y muchas minucias más, entre ellas la llegada a Mallorca del turista 19 millones.
Pero los jóvenes de entonces, que hoy tenemos dificultades para reconocernos en la calle, mirábamos sobre todo a Francia y a Praga, aunque la fuerza parisina y el auge contestatario de las izquierdas, dejaron a los de la capital checa en un segundo plano. Tal vez, pienso casi cuarenta años después, la aceptación casi obligada de que más allá de Berlín Este la libertad se podía interpretar de otra manera, hizo que la contundencia con la que los estudiantes del Barrio Latino de París derrumbaron la “grandeur” de uno de los grandes símbolos de la Francia de la postguerra mundial pareciera mayor. Y posiblemente también porque a Europa Occidental no pudieron llegar, desde una Praga amordazada y silenciosa, los mismos ecos gráficos y crónicas que se generaban en una París, a cuyo carácter nunca nadie le ha podido tapar la boca, salvo los alemanes del III Reich.
Y puede que también pesara esa evidencia de que París es París, la cuna del Estado Moderno, la nación en la que una burguesía cada día más poderosa plantó cara a la aristocracia y el totalitarismo, dándole el poder al pueblo y aupando al rango de emperador a un general corso que quiso crear una gran Europa por la vía de las grandes decisiones militares. Francia es uno de los países del mundo con una historia más rica y sobre todo más trascendente.
Que no se inquiete el lector porque no iremos recorriendo los grandes capítulos de nuestros vecinos del norte y seguro que acierta si piensa que todo este preámbulo viene a cuento de Nicolás Sarkozy, ese hijo de emigrantes que llegó al Elíseo a pesar de su mentor Chirac, tras anunciar las líneas de un programa que rompía con los sobrentendidos estilos de hacer política de los Presidentes de V República, fundada por De Gaulle tras la independencia de Argelia.
Acabar con el desencanto y los malos presagios de los galos que no quisieron votar, o que dijeron que “no” a la constitución europea, e inyectar un nuevo estilo basado en la ausencia de complejos, podrían valer –aunque su programa es mucho más extenso- para definir rápidamente la forma de hacer política del Presidente Sarkozy. Para ello, propuso medidas liberales desde el punto de vista económico –flexibilidad laboral, menores impuestos y regulación del derecho a la huelga- un control estrecho de la migración por la vía del ADN para el reagrupamiento y rechazo a las regularizaciones de ilegales; penalización de la reincidencia delictiva; imposición de un documento “Light” que sustituya a la fracasada constitución de la UE; creación de un estatuto de la Oposición y sobre todo recortes en el lastre de los gastos públicos de un país que dedica el 40% de su presupuesto a dar de comer a los trabajadores públicos y mantener “status” especiales en determinados colectivos.
Nicolás Sarkozy ha dicho estos días que está llevando la política que anunció en su campaña, lo que es cierto, pero mirando la historia reciente de su país vemos que antes hubo otros que creyeron hacer lo mismo y que los conflictos del ferrocarril y el de los estudiantes universitarios, son el primer “test” de resistencia que se le presenta para medir su audacia política. De momento ha conseguido que los sindicatos del rail se sienten a hablar con empresas y el Estado para hablar de los cortes de las pensiones propuestos, en lo que, a la vista de lo que ocurrió en 1995 cuando Chirac tuvo que cesar a Juppé, puede entenderse como cierta debilidad de los poderosos sindicatos franceses.
Y en las universidades los estudiantes levantiscos se miden con los otros, los que piden que se vote en secreto la adhesión, o no, a la huelga contra la ley que aumenta la autonomía de las universidades y que se acabe con el movimiento asambleario, que hoy ya se puede denostar sin miedo a que a uno le tilden de retrógrado o fascista.
Recuerdo, de mis tiempos de estudiante debutante, que coincidieron con el primer consejo de guerra de Burgos, cómo la asamblea de Periodismo que decidió finalmente nuestro paro académico estaba presidida por unos señores de verbo fácil, buena parte de los cuales no volví a ver durante el resto de la carrera.
Éstos son los dos primeros pulsos que mantiene el presidente francés y al menos de momento, ofrecen mejor aspecto que los que se llevaron por delante a de De Gaulle y en menor medida a Jacques Chirac.
Cuando Margaret Thatcher llegó al gobierno británico y se encaró con los poderosos sindicatos mineros, no faltaron cronistas que dijeron que la primera ministra había “roto el espinazo” de los “trade unions”. Aquella victoria social y la manera con que se impuso poco después a los argentinos en las islas Malvinas en 1982, la convirtieron, con Winston Churchill, en la pareja de ases más inolvidable de la historia reciente del Reino Unido.
Me parece que Sarkozy se está mirando en el espejo la Dama de Hierro y respondiendo políticamente a lo que la mayoría de los franceses venían reclamando desde mucho tiempo atrás, todo ello sin abandonar nunca esa necesaria y envidiable dosis de orgullo nacional que los franceses, sea cual sea su tendencia ideológica, llevarán siempre e su corazón.
Tal vez la sociedad, como la vida misma, no para de cambiar y es muy posible que el marketing político sea hoy uno de los ejes para triunfar en el ejercicio del poder. Dicho de otra manera, ya no corren aquellos aires paternalistas que envolvían a los líderes carismáticos como si fueran una suerte de regalo con que Dios nos obsequiaba a los ciudadanos, sino que éstos últimos esperan a que alguien solucione sus problemas con algo más que palabras, largas y buenas intenciones.
Creo que Sarkozy ha llegado a la Presidencia de Francia en tiempos de hartazgo pesimista, el mejor campo abonado para el pragmatismo y las ideas claras. Pero esperemos y veamos. Todo es cuestión de una o dos semanas que podrán indicarnos que es lo que va a pasar en Francia, y en el fondo en toda la Unión Europea, en los próximos años.
Javier Zuloaga
Pero los jóvenes de entonces, que hoy tenemos dificultades para reconocernos en la calle, mirábamos sobre todo a Francia y a Praga, aunque la fuerza parisina y el auge contestatario de las izquierdas, dejaron a los de la capital checa en un segundo plano. Tal vez, pienso casi cuarenta años después, la aceptación casi obligada de que más allá de Berlín Este la libertad se podía interpretar de otra manera, hizo que la contundencia con la que los estudiantes del Barrio Latino de París derrumbaron la “grandeur” de uno de los grandes símbolos de la Francia de la postguerra mundial pareciera mayor. Y posiblemente también porque a Europa Occidental no pudieron llegar, desde una Praga amordazada y silenciosa, los mismos ecos gráficos y crónicas que se generaban en una París, a cuyo carácter nunca nadie le ha podido tapar la boca, salvo los alemanes del III Reich.
Y puede que también pesara esa evidencia de que París es París, la cuna del Estado Moderno, la nación en la que una burguesía cada día más poderosa plantó cara a la aristocracia y el totalitarismo, dándole el poder al pueblo y aupando al rango de emperador a un general corso que quiso crear una gran Europa por la vía de las grandes decisiones militares. Francia es uno de los países del mundo con una historia más rica y sobre todo más trascendente.
Que no se inquiete el lector porque no iremos recorriendo los grandes capítulos de nuestros vecinos del norte y seguro que acierta si piensa que todo este preámbulo viene a cuento de Nicolás Sarkozy, ese hijo de emigrantes que llegó al Elíseo a pesar de su mentor Chirac, tras anunciar las líneas de un programa que rompía con los sobrentendidos estilos de hacer política de los Presidentes de V República, fundada por De Gaulle tras la independencia de Argelia.
Acabar con el desencanto y los malos presagios de los galos que no quisieron votar, o que dijeron que “no” a la constitución europea, e inyectar un nuevo estilo basado en la ausencia de complejos, podrían valer –aunque su programa es mucho más extenso- para definir rápidamente la forma de hacer política del Presidente Sarkozy. Para ello, propuso medidas liberales desde el punto de vista económico –flexibilidad laboral, menores impuestos y regulación del derecho a la huelga- un control estrecho de la migración por la vía del ADN para el reagrupamiento y rechazo a las regularizaciones de ilegales; penalización de la reincidencia delictiva; imposición de un documento “Light” que sustituya a la fracasada constitución de la UE; creación de un estatuto de la Oposición y sobre todo recortes en el lastre de los gastos públicos de un país que dedica el 40% de su presupuesto a dar de comer a los trabajadores públicos y mantener “status” especiales en determinados colectivos.
Nicolás Sarkozy ha dicho estos días que está llevando la política que anunció en su campaña, lo que es cierto, pero mirando la historia reciente de su país vemos que antes hubo otros que creyeron hacer lo mismo y que los conflictos del ferrocarril y el de los estudiantes universitarios, son el primer “test” de resistencia que se le presenta para medir su audacia política. De momento ha conseguido que los sindicatos del rail se sienten a hablar con empresas y el Estado para hablar de los cortes de las pensiones propuestos, en lo que, a la vista de lo que ocurrió en 1995 cuando Chirac tuvo que cesar a Juppé, puede entenderse como cierta debilidad de los poderosos sindicatos franceses.
Y en las universidades los estudiantes levantiscos se miden con los otros, los que piden que se vote en secreto la adhesión, o no, a la huelga contra la ley que aumenta la autonomía de las universidades y que se acabe con el movimiento asambleario, que hoy ya se puede denostar sin miedo a que a uno le tilden de retrógrado o fascista.
Recuerdo, de mis tiempos de estudiante debutante, que coincidieron con el primer consejo de guerra de Burgos, cómo la asamblea de Periodismo que decidió finalmente nuestro paro académico estaba presidida por unos señores de verbo fácil, buena parte de los cuales no volví a ver durante el resto de la carrera.
Éstos son los dos primeros pulsos que mantiene el presidente francés y al menos de momento, ofrecen mejor aspecto que los que se llevaron por delante a de De Gaulle y en menor medida a Jacques Chirac.
Cuando Margaret Thatcher llegó al gobierno británico y se encaró con los poderosos sindicatos mineros, no faltaron cronistas que dijeron que la primera ministra había “roto el espinazo” de los “trade unions”. Aquella victoria social y la manera con que se impuso poco después a los argentinos en las islas Malvinas en 1982, la convirtieron, con Winston Churchill, en la pareja de ases más inolvidable de la historia reciente del Reino Unido.
Me parece que Sarkozy se está mirando en el espejo la Dama de Hierro y respondiendo políticamente a lo que la mayoría de los franceses venían reclamando desde mucho tiempo atrás, todo ello sin abandonar nunca esa necesaria y envidiable dosis de orgullo nacional que los franceses, sea cual sea su tendencia ideológica, llevarán siempre e su corazón.
Tal vez la sociedad, como la vida misma, no para de cambiar y es muy posible que el marketing político sea hoy uno de los ejes para triunfar en el ejercicio del poder. Dicho de otra manera, ya no corren aquellos aires paternalistas que envolvían a los líderes carismáticos como si fueran una suerte de regalo con que Dios nos obsequiaba a los ciudadanos, sino que éstos últimos esperan a que alguien solucione sus problemas con algo más que palabras, largas y buenas intenciones.
Creo que Sarkozy ha llegado a la Presidencia de Francia en tiempos de hartazgo pesimista, el mejor campo abonado para el pragmatismo y las ideas claras. Pero esperemos y veamos. Todo es cuestión de una o dos semanas que podrán indicarnos que es lo que va a pasar en Francia, y en el fondo en toda la Unión Europea, en los próximos años.
Javier Zuloaga
viernes, 9 de noviembre de 2007
¡SI CERDÁ LEVANTARA LA CABEZA!
Cuando la audacia de quien escribe decide hacer una incursión en el pasado para encontrar soluciones a problemas de hoy, se corre el peligro de herir susceptibilidades, levantar ampollas emocionales y caer en la desfachatez. Pero de la misma manera que pienso lo arriba escrito, tengo la convicción de que la historia no tiene dueños ni puertas, que cierren o abran el paso según quien llame y que debe ser, por ello, un lugar de libre tránsito con la condición de que quienes circulen por ella la traten con cariño, cosa que yo me cuidaré mucho de hacer.
¡Caray!, pues si que mi artículo de hoy tiene un comienzo trascendental.
Viene esta reflexión a cuento de una comida que ayer compartí con un colega inconformista, en un sabroso restaurante familiar de la calle Cerdeña de Barcelona. En el encuentro, además de buenos guisos y caldos acordes, salió la salsa de lo que pasa en el mundo oficial, ese que ocupa tantos espacios mediáticos como rangos inferiores entre la gente corriente, más ocupada en la solución de sus problemas más inmediatos.
Pero pese a las lecturas más generosas de lo que ocurre en la cosa pública, no quita que sea cada vez más preocupante el descontrol dialéctico de nuestros dirigentes, cosa que si para los estrategas de la política es algo lógico en el engranaje del tiempo prelectoral, a los más paganos en marketing político nos acaba sobrecogiendo porque la brida y la fusta, si se usan al tiempo, acaban descabalgando al jinete y desbocando al caballo. Me refiero a la convivencia.
A mi, lo del “alejamiento irreversible” o el “adeu a España” en boca del Presidente de la Generalitat me produjo desasosiego. Es más, creo que va a traer mal fario. Mi compañero de mesa me decía que soy alarmista y que la cosa iba de órdago para conseguir meter presión a la olla del Gobierno, que todo esto de las declaraciones forma parte del juego y que de aquí a pocas semanas sólo se acodarán los estudiosos.
Puede que mi amigo tenga razón y tendré que aceptar, además de su buena capacidad de análisis, que el significado de lo que se dice públicamente es una cuestión menor y que está en muchas ocasiones supeditada a las triquiñuelas de la lucha por ganar o mantener el poder.
De vuelta a casa pensé que todo esto viene abonado por los desastres infraestructurales que se dan, desde el pasado verano, en la ciudad de Barcelona, especialmente los últimos de las comunicaciones ferroviarias de cercanías. También me dije que tal vez los políticos no estén comportándose a la altura de los ciudadanos que van y vienen de mala manera a Barcelona y que están dando un ejemplo de civismo tal vez inimaginable en otros parajes y paisanajes. En un informativo de televisión catalán, un conductor de autobús, venido desde Andalucía a la Ciudad Condal cuando los de Fomento tocaron a rebato, explicaba hace pocos días cómo sus pasajeros se volcaron en su trato amable y ayuda cuando andaba perdido en la jungla urbana Barcelona.
Y fue entonces cuando pensé en IldefonsoCerdá, el padre del Ensanche, aquel ingeniero de caminos que diseñó la extensión de una ciudad más allá de sus murallas y que todavía hoy, cuando casi se han cumplido doscientos años de su nacimiento, es objeto de exposiciones, ensayos y conferencias. ¿Qué hubiera hecho él?.
Pensé entonces que si Cerdá hubiera vivido dos siglos se habría echado las manos a la cabeza al ver que su ciudad se ahoga cada día más entre el mar y la montaña y que de la misma manera que Gracia y Sarriá acabaron integrándose en la capital catalana, este prohombre habría propuesto, tal vez, comunicarla con el Vallés por algo más que un embudo de pago a tocateja y descentralizar de verdad la vida administrativa de Barcelona.
Aquel urbanista que murió de viejo en Santander y cuyo proyecto fue una imposición de Gobierno de Madrid al ayuntamiento de Barcelona, que había elegido la opción del arquitecto Rovira y Trías–así lo cuenta la página “web” municipal- hubiera mirado a cincuenta, cien o más años vista, como cuando pensó en el paseo de Gracia, en tiempos en los que sólo circulaban, por las calles de la ciudad, algunos carros de tiro.
Lo de 1992 y los JJ.OO. fue un golpe de aire fresco que se ha quedado ahí, como muestra de lo que fue y no siguió y en la Cataluña de después del hito olímpico tenemos, como inaudito, haber inaugurado, en los tiempos de las autopistas de seis carriles, el único un eje viario a la vieja usanza, de dos direcciones, para que adelantar a un camión haya vuelto a ser una operación sesuda y emocionante.
¿Hay alguien que esté pensando en la Barcelona de 2100?, ¿tenemos soñadores que se rijan por espacios de tiempo superiores a los cuatrienios electorales?. Si los hay y no son escuchados deben sentir una gran frustración al ver de qué manera y con qué cerrilidad caminamos hacia lo más difícil todavía.
Y si no los hay, pues tenemos tiempo más que sobrado para preguntarnos cada mañana sobre nuestra propia identidad, para mirarnos en el espejo de un centralismo buscando culpables a quienes apuntar nuestras desgracias, para fijar fechas quiméricas y para pensar, cada vez menos, en los rincones más olvidados de Cataluña.
Javier Zuloaga
¡Caray!, pues si que mi artículo de hoy tiene un comienzo trascendental.
Viene esta reflexión a cuento de una comida que ayer compartí con un colega inconformista, en un sabroso restaurante familiar de la calle Cerdeña de Barcelona. En el encuentro, además de buenos guisos y caldos acordes, salió la salsa de lo que pasa en el mundo oficial, ese que ocupa tantos espacios mediáticos como rangos inferiores entre la gente corriente, más ocupada en la solución de sus problemas más inmediatos.
Pero pese a las lecturas más generosas de lo que ocurre en la cosa pública, no quita que sea cada vez más preocupante el descontrol dialéctico de nuestros dirigentes, cosa que si para los estrategas de la política es algo lógico en el engranaje del tiempo prelectoral, a los más paganos en marketing político nos acaba sobrecogiendo porque la brida y la fusta, si se usan al tiempo, acaban descabalgando al jinete y desbocando al caballo. Me refiero a la convivencia.
A mi, lo del “alejamiento irreversible” o el “adeu a España” en boca del Presidente de la Generalitat me produjo desasosiego. Es más, creo que va a traer mal fario. Mi compañero de mesa me decía que soy alarmista y que la cosa iba de órdago para conseguir meter presión a la olla del Gobierno, que todo esto de las declaraciones forma parte del juego y que de aquí a pocas semanas sólo se acodarán los estudiosos.
Puede que mi amigo tenga razón y tendré que aceptar, además de su buena capacidad de análisis, que el significado de lo que se dice públicamente es una cuestión menor y que está en muchas ocasiones supeditada a las triquiñuelas de la lucha por ganar o mantener el poder.
De vuelta a casa pensé que todo esto viene abonado por los desastres infraestructurales que se dan, desde el pasado verano, en la ciudad de Barcelona, especialmente los últimos de las comunicaciones ferroviarias de cercanías. También me dije que tal vez los políticos no estén comportándose a la altura de los ciudadanos que van y vienen de mala manera a Barcelona y que están dando un ejemplo de civismo tal vez inimaginable en otros parajes y paisanajes. En un informativo de televisión catalán, un conductor de autobús, venido desde Andalucía a la Ciudad Condal cuando los de Fomento tocaron a rebato, explicaba hace pocos días cómo sus pasajeros se volcaron en su trato amable y ayuda cuando andaba perdido en la jungla urbana Barcelona.
Y fue entonces cuando pensé en IldefonsoCerdá, el padre del Ensanche, aquel ingeniero de caminos que diseñó la extensión de una ciudad más allá de sus murallas y que todavía hoy, cuando casi se han cumplido doscientos años de su nacimiento, es objeto de exposiciones, ensayos y conferencias. ¿Qué hubiera hecho él?.
Pensé entonces que si Cerdá hubiera vivido dos siglos se habría echado las manos a la cabeza al ver que su ciudad se ahoga cada día más entre el mar y la montaña y que de la misma manera que Gracia y Sarriá acabaron integrándose en la capital catalana, este prohombre habría propuesto, tal vez, comunicarla con el Vallés por algo más que un embudo de pago a tocateja y descentralizar de verdad la vida administrativa de Barcelona.
Aquel urbanista que murió de viejo en Santander y cuyo proyecto fue una imposición de Gobierno de Madrid al ayuntamiento de Barcelona, que había elegido la opción del arquitecto Rovira y Trías–así lo cuenta la página “web” municipal- hubiera mirado a cincuenta, cien o más años vista, como cuando pensó en el paseo de Gracia, en tiempos en los que sólo circulaban, por las calles de la ciudad, algunos carros de tiro.
Lo de 1992 y los JJ.OO. fue un golpe de aire fresco que se ha quedado ahí, como muestra de lo que fue y no siguió y en la Cataluña de después del hito olímpico tenemos, como inaudito, haber inaugurado, en los tiempos de las autopistas de seis carriles, el único un eje viario a la vieja usanza, de dos direcciones, para que adelantar a un camión haya vuelto a ser una operación sesuda y emocionante.
¿Hay alguien que esté pensando en la Barcelona de 2100?, ¿tenemos soñadores que se rijan por espacios de tiempo superiores a los cuatrienios electorales?. Si los hay y no son escuchados deben sentir una gran frustración al ver de qué manera y con qué cerrilidad caminamos hacia lo más difícil todavía.
Y si no los hay, pues tenemos tiempo más que sobrado para preguntarnos cada mañana sobre nuestra propia identidad, para mirarnos en el espejo de un centralismo buscando culpables a quienes apuntar nuestras desgracias, para fijar fechas quiméricas y para pensar, cada vez menos, en los rincones más olvidados de Cataluña.
Javier Zuloaga
viernes, 2 de noviembre de 2007
NUESTROS VECINOS DEL SUR
Cuando he leído, a lo largo de la semana que ahora acaba, las informaciones acerca de Marruecos que interesan a España, he buscado en mis propios recuerdos de corresponsal de Efe en Rabat, 1982-84. Llegué al Magreb desde Buenos Aires, en un auténtico choque cultural dentro de mí y de alguna manera alarde de vocación de diversidad que para si mismo quisiera nuestro Presidente del Gobierno.
Creo, lo digo hoy sinceramente, que además de la curiosidad de periodista, no llevaba mayor bagaje para un cargo como aquel, del que tuve que documentarme urgentemente en los archivos de mi empresa en Madrid para poder empezar a escribir, como un entendido, acerca de lo que me encontraría a mi llegada a Rabat. Y como casi todos los corresponsales, me integré en “el otro Marruecos”, ese mundo en francés, desde el que conseguía saber muy poco acerca de lo que ocurría en la vida del reino y absolutamente nada de las inquietudes que se vivían, en lengua árabe, en las medinas y en los barrios populares.
La actualidad hispano-marroquí de los últimos días me ha parecido una reencarnación de lo mismo que viví aquellos dos años cortos. Creo que los editoriales, los titulares y las encendidas tertulias de hace 25 años sería prácticamente válidas para todo lo que envuelve a la estelar acción judicial de Baltasar Garzón para investigar desaparecidos en aquel Sahara que los españoles nos quitamos de encima con uno de los mayores alardes de irresponsabilidad que se recuerdan en la historia colonial y el próximo viaje de los Reyes de España a Ceuta y Melilla, esas ciudades de las que exministra Ana Palacio dijo que son tan españolas como Huesca, pocos días después de que lo hicieran a Marraquech los Principes de Asturias.
Puede que el viaje real a “las plazas españolas en el norte de Africa” tense más de lo ya tradicional la frágil cuerda política que une geográficamente a España y Marruecos y que la iniciativa del magistrado de la Audiencia Nacional irrite a un gobierno de Rabat que no acaba de entender que un juez pueda andar hurgando en los trapos sucios ocurridos en unos territorios, los del Sahara, sobre los que recientemente Zapatero se manifestó - con consecuencias económicas negativas en las relaciones de España con Argelia- a favor de las tesis autonomistas de Rabat y en contra del derecho de autodeterminación de los Saharauis, que la ONU marcó para 1992 y que fue aceptado sin fisuras desde Adolfo Suárez hasta el mismo Aznar, el defensor de la españolidad de la isla Perejil.
Lo fácil, es dejarse llevar por el gen patriótico y soberanista que suele llevar a la confrontación. Lo inteligente, mantener la cabeza fría y dar un paso atrás para mirar qué es lo que se cuece al otro lado del Estrecho y, sobre todo, preguntarse si la tensión que puede generar el viaje de los Reyes es tan aparente en las calles y electrizante en boca de los nacionalistas del Partido Istiqlal, el que “gobierna” en la actualidad, como inexistente en los pasillos del Palacio Real, que es donde se decide todo en Marruecos.
Marruecos obtuvo su independencia en 1956 de la mano de Mohamed V, miembro de la dinastía alaui y por ello descendiente del Profeta. Hablamos, por lo tanto, de una monarquía tocada por el dedo de Dios, que genera devociones y temor – ¿no nos decían también a los cristianos que había que ser temerosos de Dios? – y que ha articulado un sistema político fuertemente autoritario, pese a que algunos en Marruecos, con bastante audacia, lo comparen con la monarquía parlamentaria española.
Este reino y los tres reyes que ha tenido, nunca ha reconocido como héroe propio a Abdel Krim, al látigo de la batalla de Anual, humillante para España y que murió en el olvido y en el desagradecimiento de los suyos en el Cairo en 1963.
Nuestro Rey se parece a Mohamed VI lo que el “premier” Abbas el Fasi a José Luis Rodríguez Zapatero. Es decir, en nada. Y así es evidente que nuestro primer ministro lleva sobre sus espaldas unas responsabilidades que en Marruecos recaen en el monarca, que disuelve el parlamento y convoca elecciones, que nombra al jefe de gobierno que no tiene que ser necesariamente el líder del partido más votado, que elige a todos los ministros y que, por supuesto, dirige personalmente la política exterior y manda operativamente en el ejército.
Y los marroquíes lo aceptan y juegan la partida electoral sin distinciones, desde los nacionalistas hasta los comunistas. Nadie discute ni cuestiona a un rey que, como ya hacía su padre Hassan II proclama públicamente que Juan Carlos de Borbón es su hermano y que castiga con una añeja indiferencia y algo de desprecio a la clase política española cuando, en los viajes oficiales, la recepción en el despacho real es incógnita hasta el último momento.
Recuerdo que, en 1983, Marruecos se sacó de la manga una resolución de una unión interparlamentaria árabe que pedía que nos fuéramos de Ceuta y Melilla. Se armó el alboroto, en los periódicos nacionalistas marroquíes, en Al Alam, L´Opinion y en el oficialista Le Matin, al tiempo que al norte de Gibraltar la sangre hervía en las venas de los patriotas españoles y los periódicos y las ondas lanzaban vitriolo contra el rey moro.
¿Qué pasó?. Pues absolutamente nada, porque al cabo de unas semanas habían ocurrido cosas más importantes y en Marruecos andaban con ocupaciones menos trascendentales. Cuando esto pasaba era cuando los periodistas que allí estábamos, no muchos, veíamos que desde el Palacio Real se decidía el tempo del irredentismo con una óptica propagandística que rozaba la dieta “goebelsiana”.
Y en estas artes, desde que Hassan II invadió y ocupó el Sahara Occidental cuando Franco agonizaba, los dirigentes marroquíes son unos auténticos maestros. Cuando tocan la corneta desde cualquiera de los palacios reales, el pueblo se pone emocionalmente en marcha. Pasó con lo de Perejil y pasará durante unas semanas con el viaje de los Reyes a Ceuta y Melilla.
Pero toda esta perpleja manera de gobernar un país, que a veces parece detenida en tiempos rancios europeos, es la que hay. Y es además la que más conviene a los intereses del mundo libre. Sí, como suena. Por eso en París se libran mucho de desairar al Rey de Marruecos, aunque en la ciudad del Sena den cobijo a disidentes –lo cual en el fondo es más un favor que un agravio- en Washington respaldan económica y militarmente al régimen de Rabat y en España nuestros gobernantes, lo primero que hacen tras ser elegidos, es viajar a Rabat para brindar, con té verde, por las tradicionales relaciones de hermandad que existen entre los dos reinos.
Esto lo saben ellos y lo sabemos nosotros, ya que la alternativa sería mucho peor y para imaginarla basta con mirar a los regímenes teocráticos que quitan el sueño a Occidente.
Javier Zuloaga
Creo, lo digo hoy sinceramente, que además de la curiosidad de periodista, no llevaba mayor bagaje para un cargo como aquel, del que tuve que documentarme urgentemente en los archivos de mi empresa en Madrid para poder empezar a escribir, como un entendido, acerca de lo que me encontraría a mi llegada a Rabat. Y como casi todos los corresponsales, me integré en “el otro Marruecos”, ese mundo en francés, desde el que conseguía saber muy poco acerca de lo que ocurría en la vida del reino y absolutamente nada de las inquietudes que se vivían, en lengua árabe, en las medinas y en los barrios populares.
La actualidad hispano-marroquí de los últimos días me ha parecido una reencarnación de lo mismo que viví aquellos dos años cortos. Creo que los editoriales, los titulares y las encendidas tertulias de hace 25 años sería prácticamente válidas para todo lo que envuelve a la estelar acción judicial de Baltasar Garzón para investigar desaparecidos en aquel Sahara que los españoles nos quitamos de encima con uno de los mayores alardes de irresponsabilidad que se recuerdan en la historia colonial y el próximo viaje de los Reyes de España a Ceuta y Melilla, esas ciudades de las que exministra Ana Palacio dijo que son tan españolas como Huesca, pocos días después de que lo hicieran a Marraquech los Principes de Asturias.
Puede que el viaje real a “las plazas españolas en el norte de Africa” tense más de lo ya tradicional la frágil cuerda política que une geográficamente a España y Marruecos y que la iniciativa del magistrado de la Audiencia Nacional irrite a un gobierno de Rabat que no acaba de entender que un juez pueda andar hurgando en los trapos sucios ocurridos en unos territorios, los del Sahara, sobre los que recientemente Zapatero se manifestó - con consecuencias económicas negativas en las relaciones de España con Argelia- a favor de las tesis autonomistas de Rabat y en contra del derecho de autodeterminación de los Saharauis, que la ONU marcó para 1992 y que fue aceptado sin fisuras desde Adolfo Suárez hasta el mismo Aznar, el defensor de la españolidad de la isla Perejil.
Lo fácil, es dejarse llevar por el gen patriótico y soberanista que suele llevar a la confrontación. Lo inteligente, mantener la cabeza fría y dar un paso atrás para mirar qué es lo que se cuece al otro lado del Estrecho y, sobre todo, preguntarse si la tensión que puede generar el viaje de los Reyes es tan aparente en las calles y electrizante en boca de los nacionalistas del Partido Istiqlal, el que “gobierna” en la actualidad, como inexistente en los pasillos del Palacio Real, que es donde se decide todo en Marruecos.
Marruecos obtuvo su independencia en 1956 de la mano de Mohamed V, miembro de la dinastía alaui y por ello descendiente del Profeta. Hablamos, por lo tanto, de una monarquía tocada por el dedo de Dios, que genera devociones y temor – ¿no nos decían también a los cristianos que había que ser temerosos de Dios? – y que ha articulado un sistema político fuertemente autoritario, pese a que algunos en Marruecos, con bastante audacia, lo comparen con la monarquía parlamentaria española.
Este reino y los tres reyes que ha tenido, nunca ha reconocido como héroe propio a Abdel Krim, al látigo de la batalla de Anual, humillante para España y que murió en el olvido y en el desagradecimiento de los suyos en el Cairo en 1963.
Nuestro Rey se parece a Mohamed VI lo que el “premier” Abbas el Fasi a José Luis Rodríguez Zapatero. Es decir, en nada. Y así es evidente que nuestro primer ministro lleva sobre sus espaldas unas responsabilidades que en Marruecos recaen en el monarca, que disuelve el parlamento y convoca elecciones, que nombra al jefe de gobierno que no tiene que ser necesariamente el líder del partido más votado, que elige a todos los ministros y que, por supuesto, dirige personalmente la política exterior y manda operativamente en el ejército.
Y los marroquíes lo aceptan y juegan la partida electoral sin distinciones, desde los nacionalistas hasta los comunistas. Nadie discute ni cuestiona a un rey que, como ya hacía su padre Hassan II proclama públicamente que Juan Carlos de Borbón es su hermano y que castiga con una añeja indiferencia y algo de desprecio a la clase política española cuando, en los viajes oficiales, la recepción en el despacho real es incógnita hasta el último momento.
Recuerdo que, en 1983, Marruecos se sacó de la manga una resolución de una unión interparlamentaria árabe que pedía que nos fuéramos de Ceuta y Melilla. Se armó el alboroto, en los periódicos nacionalistas marroquíes, en Al Alam, L´Opinion y en el oficialista Le Matin, al tiempo que al norte de Gibraltar la sangre hervía en las venas de los patriotas españoles y los periódicos y las ondas lanzaban vitriolo contra el rey moro.
¿Qué pasó?. Pues absolutamente nada, porque al cabo de unas semanas habían ocurrido cosas más importantes y en Marruecos andaban con ocupaciones menos trascendentales. Cuando esto pasaba era cuando los periodistas que allí estábamos, no muchos, veíamos que desde el Palacio Real se decidía el tempo del irredentismo con una óptica propagandística que rozaba la dieta “goebelsiana”.
Y en estas artes, desde que Hassan II invadió y ocupó el Sahara Occidental cuando Franco agonizaba, los dirigentes marroquíes son unos auténticos maestros. Cuando tocan la corneta desde cualquiera de los palacios reales, el pueblo se pone emocionalmente en marcha. Pasó con lo de Perejil y pasará durante unas semanas con el viaje de los Reyes a Ceuta y Melilla.
Pero toda esta perpleja manera de gobernar un país, que a veces parece detenida en tiempos rancios europeos, es la que hay. Y es además la que más conviene a los intereses del mundo libre. Sí, como suena. Por eso en París se libran mucho de desairar al Rey de Marruecos, aunque en la ciudad del Sena den cobijo a disidentes –lo cual en el fondo es más un favor que un agravio- en Washington respaldan económica y militarmente al régimen de Rabat y en España nuestros gobernantes, lo primero que hacen tras ser elegidos, es viajar a Rabat para brindar, con té verde, por las tradicionales relaciones de hermandad que existen entre los dos reinos.
Esto lo saben ellos y lo sabemos nosotros, ya que la alternativa sería mucho peor y para imaginarla basta con mirar a los regímenes teocráticos que quitan el sueño a Occidente.
Javier Zuloaga
sábado, 27 de octubre de 2007
LA MODERNIDAD
Disponer de tiempo para uno mismo puede que sea una de las mayores fortunas que una persona puede llegar a alcanzar. ¿Qué haré mañana? resulta un privilegio, de la misma manera que lo es mirar a la mesa de trabajo, en tu casa y ver que han ido cayendo, una detrás de otra, esas lecturas que te habías propuesto hacer. Y de ellas, en mi caso, las de los diarios son siempre las primeras y más importantes, ya que consigo, con perspectiva y sin la presión de otros tiempos, ver algunos rasgos de cosas inquietantes que ocurren a nuestro alrededor.
Cuando comencé a escribir este artículo, ayer viernes, la justicia seguía siendo titular común de los periódicos. Dos noticias: la puesta en libertad, con restricciones mediante control policial, del joven catalán agresor de una ecuatoriana y el pulso que libran el partido del Gobierno y el del principal partido de la oposición por conservar o conseguir mayorías en una justicia que nos enseñaron que debía ser independiente de los poderes ejecutivo y legislativo, ocupaban lugares destacados. Como complemento, la rebelión de los jueces decanos que defienden una justicia profesional regulada desde el CGPJ y los ecos de la propuesta del Ministro de Justicia para que la judicatura se nutra de los licenciados en derecho con mejor nota.
Me parece que es difícil encontrar, en los tiempos recientes, momentos en los que la justicia haya ocupado, por si misma y como institución, espacios de tanto relumbrón en los medios de comunicación.
Todo este alboroto me ha llevado a buscar, en Internet, un artículo que escribió el magistrado mallorquín Guillem Vidal, encuadrado en lo que se dio por llamar ala progresista de los jueces. Su título es “Jueces sobradamente preparados” y fue publicado en El País, 16 de enero de 2006, un año antes de que el autor muriera. Para el lector interesado, en las líneas siguientes transcribo las direcciones digitales del artículo y de la información que “La Vanguardia” publicó con motivo de la desaparición de Vidal.
http://www.elpais.com/articulo/cataluna/Jueces/sobradamente/preparados/elpepuespcat/20060116elpcat_8/Tes
http://www.lavanguardia.es/lv24h/20070323/51315868750.html
Vidal situaba al lector en los diferentes sistemas de acceso a la judicatura en Europa: el británico, condicionado al ejercicio previo de 25 años de la abogacía; el francés, en donde ni siquiera es necesario ser abogado para opositar al acceso a la Escuela Nacional de la Magistratura; el holandés, que prima el estudio sicológico y nivel intelectual del candidato; o el italiano, del mismo corte que el español.
En estos dos últimos, el opositor “lucha contra el coaspirante y contra si mismo”, escribía Guillem Vidal, que en su artículo citaba también a un compañero suyo y antiguo director de la Escuela Judicial de Barcelona, Carlos Gómez: “Los aspirantes acceden a la carrera judicial con un déficit del conocimiento de la realidad, derivado de su juventud y de la intensa dedicación a la preparación judicial”.
He rescatado estas frases del artículo del mallorquín, al que conocí en 1987 cuando presidía la Audiencia Provincial de Baleares, cuando leí el pasado martes que el Ministro de Justicia proyecta paliar el creciente desinterés para ejercer en la judicatura, reclutando en las facultades de Derecho a los licenciados académicamente más brillantes. Lo cierto es que torcí el gesto y no pude evitar pensar que Guillem Vidal, progresista pero hombre de leyes potente, seguramente se hubiera echado las manos a la cabeza imaginando a “sus señorías” aún más jóvenes y por ello menos rodados en la vida que los que hoy salen de la Escuela Judicial y sin el importante bagaje, además, que supone haber dedicado tres o cuatro años al estudio minucioso de las leyes.
Para interesados: noticia sobre la iniciativa de Fernández Bermejo:
http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idnoticia_PK=452376&idseccio_PK=1021
Mis reflexiones, como ciudadano, que no abogado, sobre la polémica iniciativa de Fernández Bermejo y mis artículos rescatados, me han sugerido bajar a la tierra de los contribuyentes de a pie y hacerme, una vez más, alguna preguntas simples.
¿Tenemos una justicia moderna?, ¿Es verdad que vivimos en la Sociedad de la Información?, ¿No es cierto que el Ministerio de Hacienda ya nos dice cuanto hemos ganado el año anterior antes de hacer la declaración del IRPF?, ¿No hay miles de ayuntamientos que han sido capaces de sacudirse la modorra de la burocracia mediante la ventanilla virtual?, ¿Cuántos equipos de investigadores trabajan en red en el mundo?...
Hay muchas más, que el lector puede añadir. Lo que yo me pregunto es si, con criterios de mayor modernidad, habría tenido solución el calvario que pasó un buen amigo mío que presentó, cuando comenzaba el curso escolar, una demanda ejecutiva por incumplimiento de régimen de visitas, que finalmente ganó, pero cuando ya era demasiado tarde porque la compleja mecánica del exhorto y el cumplimiento pulcro de lo que está reglamentado desde tiempos inmemoriales, zanjó el asunto cuando el curso había acabado y su hijo comenzaba ya a verle como un ser cada vez más lejano.
En tiempos en los que se perfeccionan los sistemas de encriptación para el envió de documentos por Internet, cuando la firma digital ya funciona, o con herramientas de gestión que se aplican con éxito en el mundo de la empresa, ¿no deberíamos modernizar la organización de nuestra justicia para salvarla de sus problemas crónicos?. Y con ello, no sugiero cambiar sus cimientos, esas leyes que nos hemos dado a nosotros mismos y que son una garantía para todos frente a todos, sino de mirar si su maquinaria necesita una puesta a punto, por lo menos.
Javier Zuloaga
Cuando comencé a escribir este artículo, ayer viernes, la justicia seguía siendo titular común de los periódicos. Dos noticias: la puesta en libertad, con restricciones mediante control policial, del joven catalán agresor de una ecuatoriana y el pulso que libran el partido del Gobierno y el del principal partido de la oposición por conservar o conseguir mayorías en una justicia que nos enseñaron que debía ser independiente de los poderes ejecutivo y legislativo, ocupaban lugares destacados. Como complemento, la rebelión de los jueces decanos que defienden una justicia profesional regulada desde el CGPJ y los ecos de la propuesta del Ministro de Justicia para que la judicatura se nutra de los licenciados en derecho con mejor nota.
Me parece que es difícil encontrar, en los tiempos recientes, momentos en los que la justicia haya ocupado, por si misma y como institución, espacios de tanto relumbrón en los medios de comunicación.
Todo este alboroto me ha llevado a buscar, en Internet, un artículo que escribió el magistrado mallorquín Guillem Vidal, encuadrado en lo que se dio por llamar ala progresista de los jueces. Su título es “Jueces sobradamente preparados” y fue publicado en El País, 16 de enero de 2006, un año antes de que el autor muriera. Para el lector interesado, en las líneas siguientes transcribo las direcciones digitales del artículo y de la información que “La Vanguardia” publicó con motivo de la desaparición de Vidal.
http://www.elpais.com/articulo/cataluna/Jueces/sobradamente/preparados/elpepuespcat/20060116elpcat_8/Tes
http://www.lavanguardia.es/lv24h/20070323/51315868750.html
Vidal situaba al lector en los diferentes sistemas de acceso a la judicatura en Europa: el británico, condicionado al ejercicio previo de 25 años de la abogacía; el francés, en donde ni siquiera es necesario ser abogado para opositar al acceso a la Escuela Nacional de la Magistratura; el holandés, que prima el estudio sicológico y nivel intelectual del candidato; o el italiano, del mismo corte que el español.
En estos dos últimos, el opositor “lucha contra el coaspirante y contra si mismo”, escribía Guillem Vidal, que en su artículo citaba también a un compañero suyo y antiguo director de la Escuela Judicial de Barcelona, Carlos Gómez: “Los aspirantes acceden a la carrera judicial con un déficit del conocimiento de la realidad, derivado de su juventud y de la intensa dedicación a la preparación judicial”.
He rescatado estas frases del artículo del mallorquín, al que conocí en 1987 cuando presidía la Audiencia Provincial de Baleares, cuando leí el pasado martes que el Ministro de Justicia proyecta paliar el creciente desinterés para ejercer en la judicatura, reclutando en las facultades de Derecho a los licenciados académicamente más brillantes. Lo cierto es que torcí el gesto y no pude evitar pensar que Guillem Vidal, progresista pero hombre de leyes potente, seguramente se hubiera echado las manos a la cabeza imaginando a “sus señorías” aún más jóvenes y por ello menos rodados en la vida que los que hoy salen de la Escuela Judicial y sin el importante bagaje, además, que supone haber dedicado tres o cuatro años al estudio minucioso de las leyes.
Para interesados: noticia sobre la iniciativa de Fernández Bermejo:
http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idnoticia_PK=452376&idseccio_PK=1021
Mis reflexiones, como ciudadano, que no abogado, sobre la polémica iniciativa de Fernández Bermejo y mis artículos rescatados, me han sugerido bajar a la tierra de los contribuyentes de a pie y hacerme, una vez más, alguna preguntas simples.
¿Tenemos una justicia moderna?, ¿Es verdad que vivimos en la Sociedad de la Información?, ¿No es cierto que el Ministerio de Hacienda ya nos dice cuanto hemos ganado el año anterior antes de hacer la declaración del IRPF?, ¿No hay miles de ayuntamientos que han sido capaces de sacudirse la modorra de la burocracia mediante la ventanilla virtual?, ¿Cuántos equipos de investigadores trabajan en red en el mundo?...
Hay muchas más, que el lector puede añadir. Lo que yo me pregunto es si, con criterios de mayor modernidad, habría tenido solución el calvario que pasó un buen amigo mío que presentó, cuando comenzaba el curso escolar, una demanda ejecutiva por incumplimiento de régimen de visitas, que finalmente ganó, pero cuando ya era demasiado tarde porque la compleja mecánica del exhorto y el cumplimiento pulcro de lo que está reglamentado desde tiempos inmemoriales, zanjó el asunto cuando el curso había acabado y su hijo comenzaba ya a verle como un ser cada vez más lejano.
En tiempos en los que se perfeccionan los sistemas de encriptación para el envió de documentos por Internet, cuando la firma digital ya funciona, o con herramientas de gestión que se aplican con éxito en el mundo de la empresa, ¿no deberíamos modernizar la organización de nuestra justicia para salvarla de sus problemas crónicos?. Y con ello, no sugiero cambiar sus cimientos, esas leyes que nos hemos dado a nosotros mismos y que son una garantía para todos frente a todos, sino de mirar si su maquinaria necesita una puesta a punto, por lo menos.
Javier Zuloaga
sábado, 20 de octubre de 2007
PAYASOS PELIGROSOS
Las crónicas de los corresponsales periodísticos que llegan a publicarse son sólo una pequeña parte de las cosas realmente interesantes que ocurren en el mundo que les rodea. Trabajé como periodista unos años fuera de España y resultaba desalentador, a menudo, ver la escasa o diminuta relevancia que tenía lo que habías escrito el día anterior y de qué manera mis líneas se habían diluido en esa inmensidad de informaciones radiadas, televisadas o escritas, que iban y venían desde -y -a todas las esquinas del mundo.
Sin embargo pienso que los corresponsales de hoy, o tal vez el mundo en el que viven, se han espabilado mucho más que aquellos que trabajábamos lejos de España hace 25 o 30 años. Y debe ser así porque la competencia es hoy mayor y la menudencia informativa interesa mucho más que el gran evento a un lector que puede llegar a la información casi al tiempo en que ésta se produce. La curiosidad ha ganado así terreno, aunque a veces esconda, como comentaré más adelante, buena sustancia para reflexionar.
Antes, ¡yo que sé cuanto tiempo ha pasado!, los peatones reconocían al quiosquero como uno de los personajes de su entorno más inmediatos, junto con el farmacéutico, el panadero, el practicante o el fontanero que también hacía las veces de electricista. El diario era su producto estrella, deportivo o no, y los que leían periódicos tenían parada obligada antes de enfilar a la entrada del metro o la parada del autobús. Hoy, en ese bárbaro adelanto de los tiempos que vivimos, los “Smint” o las “chuches” –y hasta hace poco el tabaco- han superado con mucho a los cromos y acaban dejando ganancias nada despreciables a estos personajes tan emblemátios de la vida urbana española.
¿Lo compro o no lo compro?, piensan no pocos urbanitas cuando pasan por el quiosco viendo que, unos metros más adelante, hay un/a chval/a que, con atuendos de McDonalds que te regalan píldoras de actualidad local, nacional, internacional…incluso de deportes, en apenas 24 o 32 páginas, gracias a las cuales ya no tienes que poner cara de póker si no has tenido tiempo para escuchar a los predicadores radiofónicos al despertar.
Pero este artículo viene a cuento de las menudencias informativas que nos han llegado de Italia acerca de Beppe Grillo, (Pepito Grillo), un personaje de biografía peculiar, cuya historia ha circulado con vértigo por los “blogs” desde que, lo que era ya sabido en Italia, se ha convertido en universal.
B.P. llamémosle así sin que se ofenda Bristish Petroleum, acaba de vender su Ferrari y su yate para desprenderse de las últimas señas de identidad que le vinculaban con el mundo del que ha sido cómplice toda su vida. Pidió el voto para Berlusconi en 1994, pero ha articulado un slogan político que todos entienden y que le ha llevado a los tabloides de medio mundo, “Vaffanculo day” (El día de a tomar por el culo), que ofrece un mensaje elocuente a quienes dicen estar desencantados con todo o casi todo, porque nada merece la pena, o que simplemente esconden su ignorancia en el escepticismo drástico.
B.P. convocó un mitin en Bolonia al que acudieron 50.000 personas y otras 300.000 plasmaron su firma en un documento de apoyo a sus iniciativas, con las que propone limitar los mandatos de los legisladores, imponer las listas abiertas y la inhabilitación de imputados en causas judiciales. Cada día 100.000 cibernautas pasan por su “blog”, infinitamente más que el que usted está leyendo en este momento, para compartir con Beppe Grillo su simpleza de que todo es una mierda.
En el currículum del personaje figuran hitos hilarantes pero peligrosos, tales como haber sacado los colores a Mássimo D,Alema, ministro italiano de Asuntos Exteriores, en una fiesta del diario L´Unita, organo periodístico del Partido Comunista, ante 9.000 conmilitones que acabaron riendo las gracias en las que BP ponía en ridículo al anfitrión; o la de haber contado un chiste en la RAI, tiempo atrás, en el que él mismo encarnaba a un ministro de Bettino Craxi que le preguntaba, al desaparecido jefe de gobierno de PSI, que si en China todos eran socialistas, ¿a quiénes podrían robar?.
Beppe Grillo es conocido en la plaza italiana pero parece que ahora, con el poderío de las nuevas tecnologías y el desgaste del sistema político, sube como la espuma. Y esto es preocupante por la tendencia al mimetismo y porque hay que aceptar que es de humanos ir al derrotismo y refugiarse en la reducción al absurdo, cuando aparecen problemas de difícil solución. Pero hacerlo dejándose llevar por las habilidades del oportunista es algo muy distinto y a veces peligroso y de ello hay precedentes dramáticos , no muy lejanos, en la historia del mundo.
Yo, cuando era chico, decidí no volver al circo cuando mi madre me llevó al Price de Madrid, porque me parecía contradictorio que hubiera personas que tuvieran que pintarse la cara con trazos de maquillaje tristes y deshumanizarse para hacer sonreír a la gente. Hoy, que ya podría ser abuelo y tras haber vivido, leído y estudiado algo, estos otros histriones que reúnen a multitudes para decirles que el sistema no vale un euro, no me hacen la menor gracia y me producen cierto escalofrío, porque no sé que es lo que esconden tras esa apariencia tan divertida.
Javier Zuloaga
Sin embargo pienso que los corresponsales de hoy, o tal vez el mundo en el que viven, se han espabilado mucho más que aquellos que trabajábamos lejos de España hace 25 o 30 años. Y debe ser así porque la competencia es hoy mayor y la menudencia informativa interesa mucho más que el gran evento a un lector que puede llegar a la información casi al tiempo en que ésta se produce. La curiosidad ha ganado así terreno, aunque a veces esconda, como comentaré más adelante, buena sustancia para reflexionar.
Antes, ¡yo que sé cuanto tiempo ha pasado!, los peatones reconocían al quiosquero como uno de los personajes de su entorno más inmediatos, junto con el farmacéutico, el panadero, el practicante o el fontanero que también hacía las veces de electricista. El diario era su producto estrella, deportivo o no, y los que leían periódicos tenían parada obligada antes de enfilar a la entrada del metro o la parada del autobús. Hoy, en ese bárbaro adelanto de los tiempos que vivimos, los “Smint” o las “chuches” –y hasta hace poco el tabaco- han superado con mucho a los cromos y acaban dejando ganancias nada despreciables a estos personajes tan emblemátios de la vida urbana española.
¿Lo compro o no lo compro?, piensan no pocos urbanitas cuando pasan por el quiosco viendo que, unos metros más adelante, hay un/a chval/a que, con atuendos de McDonalds que te regalan píldoras de actualidad local, nacional, internacional…incluso de deportes, en apenas 24 o 32 páginas, gracias a las cuales ya no tienes que poner cara de póker si no has tenido tiempo para escuchar a los predicadores radiofónicos al despertar.
Pero este artículo viene a cuento de las menudencias informativas que nos han llegado de Italia acerca de Beppe Grillo, (Pepito Grillo), un personaje de biografía peculiar, cuya historia ha circulado con vértigo por los “blogs” desde que, lo que era ya sabido en Italia, se ha convertido en universal.
B.P. llamémosle así sin que se ofenda Bristish Petroleum, acaba de vender su Ferrari y su yate para desprenderse de las últimas señas de identidad que le vinculaban con el mundo del que ha sido cómplice toda su vida. Pidió el voto para Berlusconi en 1994, pero ha articulado un slogan político que todos entienden y que le ha llevado a los tabloides de medio mundo, “Vaffanculo day” (El día de a tomar por el culo), que ofrece un mensaje elocuente a quienes dicen estar desencantados con todo o casi todo, porque nada merece la pena, o que simplemente esconden su ignorancia en el escepticismo drástico.
B.P. convocó un mitin en Bolonia al que acudieron 50.000 personas y otras 300.000 plasmaron su firma en un documento de apoyo a sus iniciativas, con las que propone limitar los mandatos de los legisladores, imponer las listas abiertas y la inhabilitación de imputados en causas judiciales. Cada día 100.000 cibernautas pasan por su “blog”, infinitamente más que el que usted está leyendo en este momento, para compartir con Beppe Grillo su simpleza de que todo es una mierda.
En el currículum del personaje figuran hitos hilarantes pero peligrosos, tales como haber sacado los colores a Mássimo D,Alema, ministro italiano de Asuntos Exteriores, en una fiesta del diario L´Unita, organo periodístico del Partido Comunista, ante 9.000 conmilitones que acabaron riendo las gracias en las que BP ponía en ridículo al anfitrión; o la de haber contado un chiste en la RAI, tiempo atrás, en el que él mismo encarnaba a un ministro de Bettino Craxi que le preguntaba, al desaparecido jefe de gobierno de PSI, que si en China todos eran socialistas, ¿a quiénes podrían robar?.
Beppe Grillo es conocido en la plaza italiana pero parece que ahora, con el poderío de las nuevas tecnologías y el desgaste del sistema político, sube como la espuma. Y esto es preocupante por la tendencia al mimetismo y porque hay que aceptar que es de humanos ir al derrotismo y refugiarse en la reducción al absurdo, cuando aparecen problemas de difícil solución. Pero hacerlo dejándose llevar por las habilidades del oportunista es algo muy distinto y a veces peligroso y de ello hay precedentes dramáticos , no muy lejanos, en la historia del mundo.
Yo, cuando era chico, decidí no volver al circo cuando mi madre me llevó al Price de Madrid, porque me parecía contradictorio que hubiera personas que tuvieran que pintarse la cara con trazos de maquillaje tristes y deshumanizarse para hacer sonreír a la gente. Hoy, que ya podría ser abuelo y tras haber vivido, leído y estudiado algo, estos otros histriones que reúnen a multitudes para decirles que el sistema no vale un euro, no me hacen la menor gracia y me producen cierto escalofrío, porque no sé que es lo que esconden tras esa apariencia tan divertida.
Javier Zuloaga
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