sábado, 19 de marzo de 2016

Y A USTED…¿PARA QUÉ LE PAGAN?


“Mientras millones de ciudadanos miran incrédulos, perplejos, escépticos, a remolque de su escasa autoestima…preguntándose qué carajo han hecho para merecer tanta tozudez, tan poca claridad de ideas y una ausencia tan clamorosa de madurez política, los padres y madres de la patria, ¿servidores públicos? siguen sin ventilar sus inamovibles principios ideológicos al tiempo que remachan sus líneas rojas del “por aquí no pasarán.”

No busquen en su memoria, ni remuevan en la antología inacabable de frases para la posteridad, porque las líneas de arriba son mías, de la misma manera que podrían haber nacido en la cabeza de cualquiera que anoche o anteanoche apagara el televisor tras ver que la desorientación ha acabado instalándose también en la cabeza de buena parte de los brillantes opinadores que sentencian, para todos los gustos, sobre lo que está ocurriendo en España.

Esta mañana he decidido descomprimir mi desazón, mirar a nuestra tropa política y sin hacer demasiadas distinciones decir: “Y a ustedes…¿para qué les pagan?”, recuperando así aquella pregunta que, en el lenguaje más coloquial, se les hacía a los que de forma descarada no daban un palo al agua y el jefe les llamaba la atención.

No se espanten porque no quiero adjudicar de forma general a nuestros políticos la condición de vagos, aunque de todo habrá, sino simplemente tratar de ordenar mis propias ideas y, creo que también la de muchos ciudadanos, que no alcanzan a entender por qué aquí no son válidas las grandes verdades de la teoría política ni resultan extrapolables los buenos ejemplos de responsabilidad que se dan más allá de nuestras fronteras.

Cameron en 2010 uniendo a sus conservadores con los liberal demócratas y Merckel en 2005 haciendo otro tanto entre sus democristianos y los socialdemócratas alemanes, son las estampas más socorridas para invocar al sentido de estado. “Mira, así de fácil, con los tuyos y los míos salimos adelante” se dice reduciéndolo todo  a una cuestión aritmética, al tiempo que se pone en la picota al que no quiere sumar sus votos, o su abstención para que todo sea fácil.

Pues lo cierto es que a nuestros tribunos no les eligen simplemente para que sumen, que también, sino para que conjuntamente y de acuerdo con el reparto que hayan realizado el conjunto de los ciudadanos que han votado, las cosas sigan funcionando y si es posible mejorando. Les eligen para esto y por ello les pagan un sueldo digno. Y no les eligen para que devuelvan la pelota a los votantes diciéndonos, más o menos, que nos hemos equivocado y volvamos a poner la papeleta a la urna con un poco más de cabeza.

Nos lo dicen ellos, los padres de la patria, los servidores públicos, aunque sería injusto meter en el mismo saco a todos, si los juzgamos por sus actitudes públicas.

Porque si esos salarios pudieran fragmentarse y el plus más importante fuera el de la capacidad  y  la disposición para el acuerdo, posiblemente nuestra clase política comenzaría a parecerse un poco más a la de los británicos o los alemanes. Ellos, individual y colectivamente, han vivido y crecido en la cultura del entendimiento, seguramente porque les han explicado que su tierra y su país no son patrimonio de nadie en particular y por ello quien gana unas elecciones  no pueden hacer y deshacer a su antojo ideológico, echar abajo o levantar nuevos modelos de estado. Pienso que ellos lo tienen muy interiorizado y por ello los resultados electorales, cuando no arrojan mayorías, no son un obstáculo para que el país siga adelante.

Pero aquí seguimos sin llegar al fondo de nuestras carencias, no renunciamos a nuestros principios más electrizantes o nos llenamos los pulmones de furia revolucionaria tratando de convencer a todo el personal que lo importante es el cambio…y punto


Javier ZULOAGA   

sábado, 27 de febrero de 2016

UNA VIDA DE PELÍCULA……Y TELEVISADA


Los de mi generación y otras próximas a los años cincuenta, escuchábamos que algo era o había salido “de película” cuando se rozaba la perfección. Valía lo mismo para expresar que la chavala a la que habías conocido no tenía defectos –era guapa, iba sobrada de talento, era muy lista y además no se le notaba porque era discreta- o cuando en aquel proyecto de viaje que habías organizados con unos buenos amigos se habían confabulado el buen tiempo, la gastronomía y la noche de copas con gente del lugar.

Vivir de película valía también para explicar que no te faltaba nada en el orden material, o para describir que flotabas de felicidad con la persona a la que habías rendido tu corazón. Y como no eran películas, aquellos momentos mágicos se iban desdibujando porque las cosas comenzaban a complicarse o también porque la prolongación de tu éxtasis en el tiempo desinflaba el encanto del arranque, del relumbrón y del descubrimiento.

En alguna ocasión me he preguntado de donde venía aquello de adjudicar la categoría “de película” a una persona, cosa o proyecto perfecto, cuando la historias que se podían ver en los cines tras pasar por taquilla no siempre tenían un final feliz, sus personajes eran en ocasiones  perversos y la película resultaba alguna vez insufrible.

De mis años adolescentes y juveniles vienen a mi cabeza “El Golpe”, “Papillón”, “Kramer contra Kramer”, “El último tango en París”, “Cabaret”, “Sérpico”, “Annie Hall”, “Los hombres del Presidente”…y pienso entonces que lo de colgar la etiqueta “de película” a algo perfecto viene de la magia del séptimo arte, de todo aquello que envolvía  a los buenos guiones, a los artistas iconos, a aquella música que te removía en la butaca y de un bien estudiado final que no te dejara indiferente al salir del cine.

Aquello nos llevaba a idealizar nuestras historias felices y a compartirlas con las personas que teníamos más cerca, como si de una película se tratara.

Pero ya no es igual porque el cine, aunque está ahí y goza de buena salud, ha sido arrinconado por las audiencias televisivas que, sin pagar en taquilla, te ponen en el mando a distancia del televisor una oferta muy variada en la que también está el cine, pero que ha dejado que se cuelen de rondón malvado e interesado, contenidos de muy distinta especie, con mayor éxito y audiencia para aquellos que nos dicen que todo es un desastre, que no hay nada decente en lo que nos rodea y que usan los planteamientos destructivos y los tonos corrosivos para contar algo que, en aquel periodismo clásico, más pausado y constructivo, se trataba de una manera más tranquila…o así lo he idealizado yo, como si se tratara de una película.

Arrinconar a un hombre público presentándolo como un histrión mediante el uso de lenguajes zafios y enervar la salud y el equilibrio emocional de quienes miran la pantalla es muchas veces el arranque, sólo el arranque, de un frenesí en el que los contenidos se miden por los trending topics, las tertulias desbocadas y los presentadores con ademanes de pistoleros que apuntan con su dedo índice a la cámara diciendo a los espectadores –con rictus malvado- que se preparen, porque lo que van a saber en pocos segundos va a ser muy muy escandaloso. Sí, el escándalo vende y además no hay que pasar por taquilla para saborearlo. Existe, claro está, pero ya no es sólo una materia informativa que habría que tratar con especial cuidado, sino que es más provechoso ventilarla con intención para ganar audiencia y que la publicidad arrope después la cuenta de resultados.

Sí, la vida ha cambiado una barbaridad y si yo fuera un náufrago que hubiera vivido aislado quince o veinte años, tendrían que reciclarme antes de andar solo por la calle. Ir en contra de lo que está pasando, además de absurdo, es poco inteligente. Vivimos abrumados por una suerte de ciclón que no tiene vuelta atrás, aunque tal vez algún día se imponga, poco a poco una forma más plácida de informar.

Mientras tanto y para sumergirme en aquella magia del cine, he comprado, en la televisión de pago, “Truman”, porque ya ha sido retirada de las pantallas de cine de Sant Cugat, donde yo vivo.


Javier ZULOAGA   

martes, 12 de enero de 2016

¡ME MUERO POR TUS HUESOS!

No se asusten, no me estoy muriendo, ni piensen tampoco que me están asaltando instintos devoradores peligrosos. El titular de este artículo es un piropo que, hace ya muchos años, escuche o leí en Madrid. Un diario había convocado entre sus lectores un concurso para recopilar buenos ejemplos de ese género de dichos populares en los que el hombre se rinde, a pecho descubierto, ante la belleza y la clase de una mujer con la que se cruza en la calle.

Y ha sido ese el que ha venido a mi memoria cuando hace unos días pasaba, al volante de mi coche, por una de las rotondas cercanas a Sant Cugat, donde vivo. En un rápido reojo, para no hacer dejadez de mi responsabilidad como conductor, pude ver la pintada que ilustra lo que ahora les estoy contando.

“Algún día te escribiré un mensaje de amor en esta pared… para que mi pequeña recuerde siempre que sin ella no puedo vivir…”

Di tres o cuatro giros más para verlo mejor y el día siguiente le pedí a mi mujer, que no conducía, que con la cámara de su teléfono sacara una buena imagen de aquel ¿piropo?, o tal vez apasionada y anónima declaración de amor. “Zuloaga –me dije- ¿te das cuenta lo que has visto?”, dejándome llevar a continuación por las reflexiones que ahora comparto con ustedes.

Aquella misma mañana me había dado un paseo digital por esa imparable resaca que las cosas que están pasando proyectan a través de las redes sociales. Pensé también en esos curiosos reportajes que hemos visto tras las últimas elecciones generales, en las que nos explicaban cómo los community managers van pisando los talones de sus líderes multiplicando sus mensajes entre sus seguidores. Sí… y también pensé en los trending topics, esa suerte de medalla que la autocomplacencia de algunos comunicadores se cuelga para decir que son los más oídos o vistos del mundo mundial.

“Que sepa usted que yo estoy en Twitter desde el año de la Chelito y que, para su información, tengo….miles de followers”, le decía hace unos días un político a otro durante un debate trascendental.

Que en los tiempos de esta nueva pero imparable jerga de la comunicación digital, haya alguien que con decisión y sobre todo por pasión, se compre un buen spray de tinta negra y se vaya a la curva por donde cada día pasa, al volante de su coche, la mujer a la que quiere con toda su alma y escriba ese mensaje en el que no aparecen ni el nombre de ella, ni tampoco el suyo propio es emocionante. Bueno, o lo es, o yo me estoy volviendo mayor.

Es una historia secreta, que no sé desde cuando está en esa pared, pero que, fíjense ustedes bien, los graffiteros han respetado pese a que sus trazos y su mensaje no tienen nada que ver con los que ellos rellenan los pocos espacios que quedan libres  en las vallas de las carreteras o en las paredes que se pueden ver cuando viajas al centro de Barcelona desde el Vallés Occidental.

Me pregunto si este artículo no será contraproducente y despertará el arraigado sentido del deber de los funcionarios municipales de Sant Cugat o de los responsables de carreteras de la Generalitat y cualquier día veremos que lo han borrado todo sin piedad, con la excusa de que los conductores no se distraigan con cosas tan inusuales.

Yo…y ustedes también, tenemos por lo menos la foto.


Javier ZULOAGA

viernes, 11 de diciembre de 2015

LEER...ESCUCHAR

Hace un par de semanas repetí una comida con un buen amigo de Valldoreix. Fue en un restaurante bien llevado por una pareja joven que se multiplica a si misma por dos o por tres para que les salga la cuenta de resultados. Evocamos capítulos inolvidables –los dos hemos andado ya un buen camino- y nos detuvimos en las contradicciones que nos salen al paso en la vida. Al acabar quedamos en repetir para darle higiene al cerebro.

Salimos a la calle Mayor de Sant Cugat y bajamos hacia la Plaza del Monasterio y nos fijamos en una librería de  segunda mano, no hablo de una librería “de viejo”, en donde puedes vender ese libro que no sabes ya donde colocar, o comprar una novela por tres o cuatro euros. “No está mal –pensé- es una forma de evitar que los libros mueran despedazados en un Punt Verd o pasto de la llamas ante alguien que tenga frío o no soporte la cultura…que seguro que alguno queda”.

Nos despedimos y le di un par de vueltas al asunto. Se lee poco, me dije y si no que se lo digan a los editores o a los escritores de batalla cuando nos asaltan las lágrimas de la emoción al encontrarnos con alguien que, sin conocerte, te dice que ha leído una de tus novelas. ¡Que alegría tan inmensa!.

Se lee poco y tampoco escuchamos leer, una práctica que ha caído en desuso y que, aunque parezca carrinclona, tendría un valor inmenso para despertar el apetito por las historias escritas. Recuerdo que cuando era bachiller y mediopensionista en un colegio de Madrid, cada día, mientras comíamos, uno de los que allí estábamos, elegido al azar o por el dedo perverso del profesor que nos vigilaba, teníamos que leer un fragmento de algún clásico, de Quevedo, o Cervantes, de Pio Baroja, Larra y otros más. Aún recuerdo cómo sufría hasta ver que yo no era el elegido pero hoy, cincuenta años después, pienso que aquella fue una buena cosa.

Ahora tenemos demasiadas tentaciones a nuestro alrededor para buscar en una biblioteca –o en internet- alguno de aquellos textos de mi bachillerato. La Sociedad de la Información, las redes sociales, las herramientas de intercomunicación instantánea, los mandos de la consola de video juegos…ufff, ¡muy difícil!

Pero casi todos tenemos oídos y tal vez a alguien se le pueda ocurrir producir y poner a la venta CD,s o listas  de Spotify con cuentos o novelas bien leídas. Así podríamos  escuchar las buenas descripciones de Eduardo Mendoza sobre las andanzas de Onofre Bouvila en La Ciudad de los Prodigios mientras hacemos spinning, o la deriva de Pijoaparte en Últimas Tardes con Teresa, cuando recogemos los platos del comedor o nos damos un revolcón con nuestra chica…o mientras viajamos en el metro o esperamos en un aeropuerto a que salga nuestro avión…sí, con los auriculares puestos pero escuchando, vía wifi,  historias bien escritas, no música ni noticias. ¿Se imaginan?.

Sí, ya sé que estoy un tanto socarrón pero no es una mala idea. Piénsenlo. Basta con que alguna escuela de negocios lo incluya como ejemplo de business plan y ya verán como al emprendedor que lo haga le dan un premio.

Y además, ¡que caray! También valdría para despertar el ánimo de la gente que apenas habla,  o de serenar el de los que hablan demasiado, o el de los que pontifican por lo que creen que saben y apenas conocen. Si escucharan las historias que se esconden en los libros, los salvapatrias, los de todos lados, verían que el mundo es más grande que su ombligo y que en la vida se puede ser uno mismo sin ser de los tuyos o de los míos.

No propongo que abjuremos de nuestras identidades, sino de que cuidemos un poco más nuestra condición de ciudadanos del mundo, mamíferos, bípedos y además racionales. Y para conseguirlo, una historia, leída o escuchada, puede tener efectos milagrosos. Estoy seguro.


Javier ZULOAGA

jueves, 3 de diciembre de 2015

LOS CORSÉS DEL PERIODISMO

Han pasado tan sólo unos días del primer gran debate político en la edición digital de un gran diario, “El País”, en el que los candidatos a relevar al Partido Popular en el gobierno de España, mostraron sus ideas. Fue un gran éxito. Y no sólo por su repercusión, sino también por lo que aquellas dos horas tuvieron de saludable ruptura de los corsés que han marcado las líneas del mundo del periodismo. No ha sido la primera vez, ya lo sé, pero su oportunidad lo ha convertido en el comienzo de algo importante. Al tiempo.

Sí, aquello de las fronteras entre  los periódicos, las radios y las Tv,s está comenzando a saltar a pedazos, de la misma manera que las emisiones codificadas de televisión ya no tienen casi que ver con las antenas parabólicas.

Sí, la Sociedad de la Información se los ha comido a todos casi de un bocado y aunque puedan seguir llegando a sus lectores/oyentes/televidentes a través de los canales tradicionales, el futuro va a ser muy distinto. Todo llega ya a todos a través de los artilugios con los que podemos conectarnos a internet. No hay vuelta de hoja y aunque no se trata de un tsunami, si se parece a una duna que, muy poco a poco, está enterrando al actual modelo de la información en el penúltimo capítulo de la historia del periodismo.

Hace casi diez años me matriculé en un master de la Universitat Oberta de Catalunya, UOC, sobre la Sociedad de la Información, que no llegué a acabar por falta de tiempo, pero en el que  pude percibir la que se nos venía encima. Todo aquello parecía tan futurista como  teórico, pero lo cierto es que me abrió los ojos por dos razones principales: porque ya existía y porque lo único que faltaba era su extensión a los hábitos de las personas. Y a eso, ya hemos llegado.

Poco después me hice cargo de elaborar un plan de comunicación para una gran institución. Eran momentos de cambios tecnológicos y de una dura crisis económica que acogotaba los presupuestos de los medios, principalmente los audiovisuales. Había mucha crisis y muy poco dinero para enviar a un cámara a cubrir un evento. Se trataba, pensamos, de echarles una mano y conseguir al mismo tiempo que contaran nuestras historias bien ilustradas.

Cuando diseñé con mi equipo las líneas de lo que nos proponíamos hacer y me preparaba para explicárselo a la alta dirección, la profesional que sabía más que todos los demás de qué iba aquello de las TIC,s  – una canaria de curiosidad inacabable- me sugirió que no me entretuviera demasiado en explicar a mis jefes los detalles de lo que era un “streaming”, ya que la única diferencia entre esa maravilla y el directo-directo eran tan sólo unos cuantos segundos. Le hice caso a medias, ya que quería cubrirme las espaldas en un asunto tan peliagudo no fuera a ser que alguien nos descubriera al ver que no coincidían las señales al televisar un concierto en Navidad: la nuestra en “streaming” y la directa-directa de un canal de televisión que decidiera ofrecer a sus espectadores el concierto íntegro o un corte de él. Ocurría hace siete años.

Sin ceremonias y bis a bis, fui explicando a aquellos directivos de que iba aquella novedosa manera de retransmitir las cosas, “es ahora, pero fue hace unos instantes”, “ocurrió hace unos segundos pero es como si fuera ahora”. Recuerdo que alguno me miraba extrañado y me decía que no me preocupara tanto en explicar algo que había salido tan bien. Y le hice caso.

Hoy ya no es novedoso, sino auténticamente real y  habitual. Y para muestra, el botón trascendental de “El País” el pasado 30 de noviembre. Aquella noche tuve la impresión de que los moldes ya se han roto y de que el papel impreso parece cada día más mustio y que el poderío político que supone conceder frecuencias de radio y  televisión será menor en un futuro. Y me alegré mucho.

Y como ya tengo algunos años, mi memoria ha volado a los problemones que teníamos en mi periódico en Burgos cuando perdíamos el correo de Miranda de Ebro a las cuatro de la madrugada. Y a las perforadoras de la cinta del teletipo. Y a aquellas ampliadoras Durst con las que mejorábamos el encuadre de las fotografías y a la irrupción del offset tras la muerte sin piedad de la tipografía y al entierro de las moviolas de 16 milímetros con las que trabajé en TVE.

Todo ha cambiado en un suspiro, sin que nos demos cuenta. Y tenemos la suerte de haberlo visto.

Javier ZULOAGA             


jueves, 13 de agosto de 2015

¡TIERRA, TRÁGAME!


Creo que fue el 4 de agosto, cuando extendía mi silla sobre la arena de la playa de Estartit. Lo llevaba todo, el protector solar, las gafas de sol, mi libro y sobre todo esa sensación de confort que te invade al echarle una ojeada a la línea del horizonte del mar y mirar el reloj para pensar que ese momento y los que vendrán después son realmente tuyos.

 Me siento, respiro una bocanada de tranquilidad y miro a mi alrededor para ver si hay algo que se salga de la rutina, pero veo que no, que los hombres son más iguales cuando están en bañador… aunque algunos tienen más barriga cervecera que otros y seguramente los que lucen un tatuaje, un “tatu”, no deben ser consejeros delegados, ni directores generales…aunque tampoco pondría la mano en el fuego porque las cosas están cambiando una barbaridad.

Como muchos otros días, hay señoras que pasean en pareja, como si fueran de la Guardia Civil y que tras sus gafas de sol  pasan revista a los que nos curtimos al sol mientras se confiesan sus grandes problemas, que lo de su marido siempre en el chiringuito pegándole tragos a la birra y repasos a los culos de esas nenas que bien podrían ser sus hijas ella ya no lo aguanta más…”…que no Churri, que no, que yo le pido la separación cuando vuelva a Barcelona” .

O que va a pedir al traslado de departamento cuando vuelva a trabajar  porque al americano que fichó la compañía para que todos fueran más eficientes, lo va a aguantar su tía la de Illinois, porque ella ya no está para cambiar pañales.

Todo era, más o menos, como un año atrás, pero ese día, ese 4 de agosto, me sorprende la estampa que ilustra este artículo. Sí, fíjense bien y verán que no tiene desperdicio. No, no es un niño que ha escarbado en la arena para construir un castillo o ver cómo se filtra el agua de mar; es un chaval de unos diez años que ha hundido el culo en una suerte de butaca a la medida para refugiarse a leer su libro, “Donald Duck”. Sí, un comic como aquellos que nosotros suplicábamos a nuestros padres cuando les acompañábamos al quiosco al comprar el periódico del domingo.

Los padres son british  y están acomodados en dos butacas impecables, colocadas en simetría perfecta cara al mar, bajo dos sombrillas de última generación, de esas que te permiten subir o bajar a placer el parasol, como si se tratara de un periscopio. Él leía un libro digital y  ella ojeaba una revista de modas. Junto con el niño al que medio se había tragado la tierra, formaban una estampa de postal.

Pasé un buen rato comparándolos con los grupos que se van creando en las playas a medida se acerca el mediodía y vi que no, que no había diarios. Palas, cubos, rastrillos, raquetas playeras, incluso libros -sobre todo en manos de mujeres- y pensé que la ausencia de diarios en manos de los y las bañistas podría significar que existen personas que pueden dar vacaciones a las  pesadillas que, en buena medida, nos ofrecen los medios de comunicación. Ojo, esto no va por mis colegas periodistas, hablo del escenario público, ese de “cuanto peor, mejor”.

Y al volver a casa desde la playa rescaté mi último artículo en Diari de Sant Cugat, el periódico del pueblo en el que vivo, Un verano inquietante. Y pensé que ójala yo no tuviera razón, aunque al conectar los informativos de la televisión me digo que sí, que lo de la playa es sólo una postal. Aquí les dejo unos párrafos, por si les interesa.

“Sí, nunca podré olvidar este verano porque va a ser muy muy inquietante. Cuando escribo este artículo y leo las noticias, se me enarcan aún más mis cejas: cada día el enconamiento es mayor, las grandilocuencias innecesarias más frecuentes y la sensación de estar próximos a algo malo para todos, más arraigada.

La sensibilidad se entiende ahora de forma especialmente agresiva, para ver de qué manera se puede tocar la fibra de quien no está de acuerdo con lo que cada uno defiende y ya es prácticamente imposible pensar que aquello del diálogo es la vía adecuada, aunque en teoría lo sea.

Si, el examen es el 27 de septiembre y sus vísperas van a ser convulsas, de crispación creciente, de disparates, de tensiones que no llevan a ninguna parte y que únicamente crean barreras en las relaciones de las personas.

Sí, pónganle ustedes los nombres que quieran, aunque yo, soy vasco, tengo evidentemente los míos y lo cierto es que no veo en el horizonte catalán la reedición del Abrazo de Vergara, el que el general Espartero y el carlista Maroto, se dieron tras el acuerdo firmado en Oñate para acabar con la Primera Guerra Carlista en 1839. Y aquí, aunque no hay batallas en las calles, la tensión es tan espesa, que se puede cortar”.

Javier ZULOAGA
 


martes, 16 de junio de 2015

LAS COSAS PEQUEÑAS


En un mundo tan trascendental, complejo, contradictorio, injusto, duro e implacable (añadan ustedes sus propios calificativos) como el que vivimos, las cosas menudas y las pequeñas historias cobran a veces una dimensión más justa. Así, dos películas sobre lo que pasó en dos restaurantes, uno americano y otro francés, o dos libros  que relatan las desventuras de unos jóvenes alemanes y una francesa ciega durante los años treinta en el arranque de la Alemania nazi y la segunda gran guerra, pueden ocupar, en nuestra atención, el espacio que solemos reservar para las grandes producciones cinematográficas y los títulos de mayor difusión de la industria editorial.

A mí me ha pasado al ver las comedias estadounidenses Chef  y Un viaje de diez metros, que cuentan las desventuras de un ambicioso cocinero norteamericano que cae en desgracia y descubre la grandeza de lo más sencillo, hablo de la primera, mientras que la segunda, que ocurre en Francia, sitúa al espectador en un plano bastante surrealista en el que una familia llegada de Bombay decide salir adelante abriendo un restaurante hindú situado -así lo ha querido el guionista- frente a un elitista establecimiento galo que espera que su segunda estrella Michelín le llegue como caída del cielo.

Al apagar el televisor me fui a la cama con sensaciones diferentes a las que acostumbro a tener cuando acaban las películas más taquilleras y disfrutas con los papelones de las grandes estrellas cinematográficas. Ni mejores ni peores, sino simplemente distintas, bastante más serenas, sin entusiasmos, pero con mis pensamientos diciéndome  que esas historias de segunda división comercial merecen mucho la pena. Pocos platós, contados efectos especiales por no decir ninguno y bastante, mucho talento de quienes han trabajado en la película. Y al día siguiente, como ahora hago, comienzo a recomendar lo que he visto a quienes están cerca de mí hasta que alguien me dice que ya se lo había comentado el día anterior.

Con los libros, aunque bastante distinto, me ha pasado otro tanto en los últimos meses al leer La luz que no puedes ver , del norteamericano Anthony Doerr, Pulitzer 2015, que cuenta los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial a través de dos protagonistas muy secundarios en el conflicto, una joven ciega refugiada en la bretona Saint Maló y un adolescente alemán al que los nazis sacan de un orfanato para sumergirle, sin éxito,  en la locura colectiva de aquel momento.

En Hermanos de sangre de Ernst Haffner se detalla la vida trágica de unos jóvenes alemanes que sobrevivían en el Berlín entre las dos grandes guerras. La obra, que ha estado encerrada en un cajón desde que los nazis impidieron su publicación tras hacer desaparecer al autor, es un canto a la amistad en un entorno de miseria. Grandeza humana en un mundo de desastre.

Estas dos obras, junto con Nos vemos allá arriba , del francés Pierre Lemaitre, premio Goncourt 2014, me han regalado una visión de las guerras europeas que en parte ya tenía, pero que no había tenido ocasión de ver desde la gran sensibilidad de estos escritores.

Por ello creo, tras darle esta pensada a lo de mis películas y a lo de los libros que he leído, que no está nada mal que haya quien se detenga y convierta en grandes esas pequeñas historias sobre personajes que podemos encontrar en la calle cada día, o desentrañe, al escribir sobre ellos, los últimos capilares de los grandes desastres de la humanidad y podamos así tomarles  la auténtica medida, más allá de lo que cuentan los libros de historia, que apenas se detienen en las minucias más interesantes.

Javier ZULOAGA


jueves, 7 de mayo de 2015

LAS VERGÜENZAS EUROPEAS EN AFRICA


Han pasado ya algunos meses desde que tomé un café en Barcelona con la periodista Gemma Parellada , un buen referente para quienes estén realmente interesados en hurgar en la realidad africana. La conocí en una cena en mi casa, hace siete u ocho años, cuando acababa sus estudios de periodismo en la Universidad Ramón Llull. Cuando decía lo que pensaba  destilaba tanto ímpetu como curiosidad por sumergirse en ese inmenso mar de la actualidad africana, de la que los lectores nos enteramos únicamente cuando la tragedia de la que nos hablan es inmensa. Pinchen y lean aquí algunas de sus crónicas

Durante el café de hace poco tiempo, hablamos precisamente de eso, de la falta de rango que la actualidad africana tiene en los medios de comunicación, en los que Africa pasa a un segundo, tercer, cuarto plano con gran facilidad… o bien desaparece  como por ensalmo, como si en realidad lo ocurrido fuera una simple anécdota, para dejar paso a otros problemas más cercanos geográficamente, de mayor interés económico y menos incómodos, además, para la mala conciencia colectiva que los europeos llevamos agazapada.

 Animé a Gemma, como experta en cuestiones africanas que es, a que peregrinara por los medios hasta encontrar alguno que viera en unas páginas periódicas, ¿porque no semanales?, la oportunidad para dar a los lectores una visión actualizada y regular de un continente  del que apenas sabemos nada hasta que ha ocurrido algo espeluznante.

Nos despedimos, ella volvió a África y últimamente escribe desde Madagascar, desde donde –entre otros temas- ha ido cubriendo las matanzas radicales contra cristianos en Kenia. Yo seguí en mi despacho de Sant Cugat, mirando lo que pasa en el mundo a través de la ventana de los medios de comunicación y enriqueciéndolo con lecturas de buena narrativa sobre cosas que pasaron o pudieron ocurrir.

Hace siete u ocho años y tras conocer a esta corresponsal,  se despertó mi curiosidad por África. Leí y escribí sobre Ébano, de Kapucinski y descubrí lo que podía dar de si este blog para volcar mis reflexiones. Poco después, en diciembre de 2007, colgué  ¿Existe Africa? que ahora he desenterrado al ver el marasmo de inmigrantes que, dia a día, se ahogan o sobreviven frente a las islas de Italia.

¿Existe África?, me repito ahora y vuelvo a leer aquel artículo, del que sin querer evitarlo, copio y pego alguna de sus líneas, ya que al fin y al cabo las he escrito yo mismo. Recuerden que han pasado más de siete años:

“Con ocasión del Foro Social de Nairobi, celebrado en la capital de Kenia en enero pasado, salieron esas paradojas numéricas que despiertan –sólo temporalmente- las conciencias del mundo desarrollado. África tiene el 10,3% de la población mundial y sólo el 2,2% de la renta de toda la Tierra.

El diario La Vanguardia reproducía las declaraciones de Aminata Traeré, escritora y exministra en Mali “Arrebatar la riqueza a la gente –decía- y después fingir que le quieren ayudar. Nos roban por un lado, nos devuelven unas migajas y lo llaman cooperación”. La activista africana recordaba los planes que Toni Blair proclamó para solucionar los grandes problemas africanos al comenzar la cumbre del G-8 en 2005. En aquella ocasión, el grupo de los países más industrializados se comprometieron inicialmente a aportar 100 millardos de dólares en los siguientes diez años, cantidad que se redujo a la mitad al acabar el encuentro y se aplazó en cinco años –hasta 2010- el inicio de su pago.”

Cuando publiqué este artículo, las avalanchas migratorias  hacia Lampedusa ya existían, aunque eran bastante menores, por dos razones: porque en Libia existía un régimen –ahora no hay ninguno- que controlaba los movimientos y maltrataba las libertades de las personas y porque los flujos de terceros países, centroafricanos y de Oriente Medio, principalmente Siria, estaban todavía en el horizonte.

Kapucinski me llevó a Joseph Conrard y El corazón de las tinieblas, en una edición prologada por Mario Vargas Llosa, que años después navegaría sobre el mismo asunto del Congo en el El sueño del celta. Menos mal que la inquietud literaria nos ha situado en lo que allí pasó, para que la historia no lo entierre.

Y escribí: “el prólogo de Mario Vargas Llosa sitúa al lector en las monstruosidades de los belgas cuando hicieron del Congo una finca privada del Rey Leopoldo II “una indecencia humana” según el maestro peruano, que no duda en situar a aquel monarca en los niveles de inhumanidad de Stalin y Hitler, pese a que la vida oficial de su tiempo le catapultó y condecoró como gran benefactor de los negros, al tiempo que eran exterminados entre cinco y ocho millones de nativos. Cuando uno lee el prólogo de Vargas entiende las dificultades que Conrard hubo de sortear para que su libro viera la luz y que su lectura, a pelo, no sitúa el lector en la auténtica dimensión de una tragedia que aún no ha acabado en aquella antigua colonia, por el conjunto de sátrapas que la han gobernado desde su independencia.

No han pasado muchas semanas desde que el primer ministro italiano, Matteo Renzi, clamó en Bruselas, capital del país en el que reinó Leopoldo II, para que la Unión Europea arrimara el hombro para detener la marea humana que busca sobrevivir. Dicen que en las costas libias hay más de un millón de personas esperando.

No he leído que se hayan tomado grandes decisiones, además de reforzar la vigilancia costera italiana con unidades de otros países. Por ello vuelvo la vista atrás en este blog y encuentro dos buenos párrafos  de  entrevista publicada en El País con el Premio Nobel de Literatura 1986, el nigeriano Wole Soyinka.

"La historia de África fue perturbada por los cazadores de esclavos, tanto árabes como europeos, que destruyeron cuanto había. Luego vinieron los imperios extranjeros a explotar nuestras riquezas y, cuando se fueron, se sucedieron los conflictos que provocaron para seguir conservando su dominio".

"Por cada cayuco que llega a Europa con 100 africanos que arriesgan su vida por buscar una vida mejor, debería salir otra embarcación en sentido contrario que llevara europeos emprendedores a África. No tienen que mandarnos a sus criminales, sino a aventureros que busquen nuevas oportunidades. Les aseguro que si se instalan en Lagos, ya no querrán salir de allí".

Pues eso.


Javier ZULOAGA

martes, 7 de abril de 2015

LA IMAGEN Y LAS PALABRAS



Los periódicos acostumbran a publicar fotografías que sus lectores envían porque les parecen curiosas. Las hay de todos los colores, un coche mal aparcado, una acera intransitable porque una farola la parte por la mitad, lo que queda de una bicicleta que su dueño ató con una cadena y un candado, evidencias caninas de dueños que viven solos en su mundo interior, un hombre a punto de ser devorado por contenedor de basuras…y muchas otras que ustedes habrán visto al pasear por las calles.

Desde que los móviles compiten con la fotografía profesional y la Sociedad de la Información crece imparablemente hasta hacer imposible que un ciudadano que quiera vivir como tal casi no es nadie si no chatea en WhatsApp, tiene una cuenta de correo, amigos en Facebook, colegas en Linkedin o seguidores en Twitter, millones de imágenes vuelan cada segundo perdiéndose en el inacabable universo de Internet.

Un vecino mío, en el Ampurdán, un norteamericano que se llama Dave, me ha hecho llegar la imagen que hoy pueden ver junto a estas líneas. Iba en bicicleta con su mujer cuando llegaron a las proximidades del aeródromo próximo a la playa de Estartit, junto a la desembocadura del Ter y decidieron detenerse porque comprobaron que a veces es verdad aquello de que una imagen vale más que mil palabras.

Para el automovilista –y también para el ciclista prudente- es más evidente y claro el mensaje del cartel artesano, el que está en el plano inferior, en el que te dicen que mires a tu izquierda y a tu derecha cuando pases por allí porque, si no lo haces,  una avioneta te puede dar un susto o un disgusto. Resulta más elocuente que la señal superior, la oficial, que es la que se puede ver en todas las carreteras que pasan junto a aeropuertos.

La primera es algo más que una información, es un aviso de que como no te andes con ojo, te la puedes jugar.

La imagen me ha invitado a pensar en lo importante que es que las cosas, sobre todo las más trascendentales, sean explícitas. Pero me he dicho, casi al tiempo, que vivimos en un mundo donde las afirmaciones ambiguas, ya lo sean espontánea o calculadamente, tienen una presencia considerable y en ocasiones abrumadora en el paisaje que nos rodea. Y he llegado a la conclusión de que  en este dilema no se salva nadie, sea cual sea nuestro oficio y que tal vez por ello todos somos también  un tanto incrédulos y no reparamos a veces en que lo que estamos escuchando es auténtico.

Vamos, que  nos lo digan además ahora, cuando resulta difícil escaparse de grandes sueños de igualdad social, de electrizantes emociones gregarias o de la creación, casi por arte de magia, de millones de puestos de trabajo.

Faltan carteles explícitos y auténticos –como el de la fotografía- pero esos, al menos durante unos meses, no interesan.

Javier ZULOAGA



sábado, 28 de febrero de 2015

¿SOMOS BIPOLARES?


Arrinconarme los domingos en mi butaca y poner los pies, con calcetines claro está, sobre un cojín que previamente he colocado en la mesa del salón, es uno de los placeres que pienso resistirme a perder.  No es ningún lujo asiático y me permite, además, buscar en los diarios aquellas cosas diferentes a las que, más o menos, ya sé desde la noche anterior, cuando he repasado las ediciones digitales y hemos apagado el televisor después de ver las portadas de los diarios del día siguiente.

Deseas que llegue esa pieza periodística imprevisible, la que es distinta a las demás. A mí me salió al paso, el domingo pasado, una auténtica perla al leer “El País”. Era una entrevista con el psicoanalista y ensayista británico Darian Leader, que acaba de publicar Estrictamente bipolar, un análisis sobre este trastorno, que el entrevistado da a entender que es la última generación de la manía depresiva.

Dudé unos instantes en continuar leyendo o dejar de hacerlo, pero me incliné por lo primero cuando en su primera respuesta, Darian Leader explica que el trastorno bipolar afecta a entre un 10 y un 15% de la población, porque su definición actual es, en buena medida, el reflejo de algunas características de la vida moderna y por ello son cada vez más los que la padecen, incluso no pocos sin saberlo.

El trastorno bipolar es un reflejo de la vida moderna  era el título de la edición en papel, aunque en la digital se optó por Hay que eliminar la distinción entre salud y enfermedad mental. Lean la pieza, porque merece la pena.

El ensayista británico explica que la crisis económica ha traído, entre otras cosas, los contratos laborales cortos y el aumento de la inseguridad laboral. “Y estamos obligados a mostrar – dice-  un entusiasmo extraordinario por cada trabajo. Incluso si vas a una clase de yoga, se te exige una entrega de cuerpo y alma. Debes afrontar cada proyecto con un entusiasmo desaforado. Eso significa que habrá un ritmo natural de agitación, seguido de agotamiento, lo que puede llevar a un poco científico diagnóstico de bipolaridad”…

Y extiende sus dudas cuando recuerda que hace tiempo se entendía, como muy preocupante, el deseo compulsivo que algunas personas tenían de comunicarse con los demás. Parlanchines, cotorras y palizas. “Eso, que se percibía tradicionalmente  como el rasgo principal del maniaco, es hoy una obligación social. Hay que estar en Facebook, en Twitter”. Me vi retratado, a veces me extiendo demasiado al hablar y he sucumbido al Twitter…como muchos otros/as.

Darian Leader se pasea detalladamente sobre el papel que las farmacéuticas  han jugado y jugarán en la aparición o metamorfosis de enfermedades –afirma que en los próximos años asistiremos a un crecimiento espectacular en la venta de ansiolíticos- que el lector puede leer con detalle si pincha el enlace de líneas arriba.

Y se queja amargamente de que hayamos abolido la dimensión narrativa de la vida humana al recordar que en Inglaterra los médicos dedican una media de seis minutos a cada paciente. “¿Qué puedes aprender de la historia de alguien en seis minutos?”.

Al acabar de leer, me pregunté si todo esto, que a primera vista va más de psicoanálisis y psiquiatría, tiene más enjundia. Y me he dicho que sí, que pocas personas se escapan de los entusiasmos profesionales –de forma sincera o forzada porque no tienen otra opción- y cuántos acaban desalentados o agotados al acabar esa lucha personal contra el pesimismo o la realidad.

“Hay mucha gente – dice el psicólogo de la entrevista – que a los pocos minutos de conocerte, te dice que es bipolar, sin embargo nadie te dice en una fiesta: soy esquizofrénico “

Reconozco que al acabar de leer estaba confuso. ¿No estaremos todos un poco tocados?, me dije al tiempo que pensaba que tal vez salgamos de dudas cuando vayamos a parar a un diván y alguien nos diga que una multinacional farmacéutica está punto de sacar un remedio de última generación, maravilloso,  para solucionar nuestro problema, que es también una enfermedad de nueva generación. De momento ya nos anuncian que en los próximos diez años consumiremos muchos más ansiolíticos. Algo es algo.


Javier ZULOAGA

martes, 3 de febrero de 2015

LAS MISERIAS NO CAMBIAN


“Maldigo a nuestros enemigos, a todos aquellos cuya terquedad les impide escuchar la voz de la razón pidiendo un gobierno justo, denunciando los abusos de los Grandes y el expolio de Castilla, a los que niegan la palabra al pueblo y se arrogan el derecho divino de dar a uno lo que a mil corresponde. Maldigo a los cobardes traidores de pensamiento y de hecho; a los que alientan la esperanza de un futuro mejor en los corazones humildes y les vuelven la espalda por miedo o provecho y también a los ricos comerciantes cuyas bolsas se llenan con el hambre de los pobres. No hubo entre todos estos avariciosos, mezquinos, egoístas, ni uno solo que defendiese el bien de esta tierra antes que el suyo propio. Amagaron sin golpear, ladraron pero no mordieron y escondieron la cabeza bajo el ala cuando vieron sus privilegios en peligro”

Este párrafo llamó mi atención –y me llevó a subrayarlo- cuando estaba acabando las últimas páginas de “La Comunera-María Pacheco, una mujer rebelde”, novela histórica de la alavesa Toti Martínez de Lezea (Maeva). Era la tercera vez que leía su obra, tras “La Abadesa” y”La sombra del templo”. La escritora sitúa muy bien al lector en la trascendencia del testamento de la persona más perseguida en España durante el reinado de Carlos I.

El hijo de Juana la Loca y nieto de los Reyes Católicos,  no pudo añadir la cabeza de María Pacheco  a la de los generales comuneros Padilla (su esposo), Bravo y Maldonado, que fueron decapitados tras perder  la batalla deVillalar. Lejos de amilanarse, se hizo fuerte en Toledo hasta que tuvo que huir a Oporto, en donde murió en la cama gracias a la protección del obispado de la ciudad. Puede, según cuenta la novelista, que aquella fuera la simbólica derrota del Emperador en su sangriento enfrentamiento con los castellanos que se creyeron que eran realmente libres.

Cada vez que acabo un libro, sus personajes, sus historias y sus sueños, se pierden en los recovecos de mis propios pensamientos, en donde se confunden con otros que he ido conociendo, página tras página, en las horas que he disfrutado leyendo. Forman una suerte de patrimonio cuyo valor es difícil de establecer pero que, en todo caso, no tienen quienes no disponen de tiempo, no pueden o no quieren leer.

Y además caes en la tentación de trasladar lo que lees al mundo que te ha tocado vivir y preguntarte si lo de María Pacheco escrito por Martínez de Lezea valdría para describir cosas que están ocurriendo ahora.

¿No sobra terquedad y sordera en el mundo en el que vivimos?, ¿Existe la traición de pensamiento… y la discrecionalidad a la hora de repartir?, ¿No se alienta la esperanza en los corazones más humildes… o se llenan bolsas con el hambre de los más pobres?, ¿Tienen la avaricia, la mezquindad y el egoísmo mayor peso que el bien general?.

Las respuestas a estos interrogantes, que María Pacheco sabría responder sin dudar, las tenemos a nuestro alcance, a poco que pensemos y conectemos la ventana del televisor para ver qué es lo que pasa por las calles del mundo.

No hay más que abrir los ojos para ver que, también ahora, la amenaza es moneda corriente y que se esparce el miedo entre las personas para conseguir que no se alejen demasiado o no vaya a ser que tengan ideas propias.  Que se ladra demasiado, tanto,  que incluso ya existen profesionales bien pagados para levantar  la voz en las tertulias  y sembrar la inquietud. Y, sobre todo, que en lo de esconder la cabeza bajo el ala cuando vienen mal dadas, los humanos nos hemos ido sofisticando de una forma prodigiosa jugando, eso si, con el olvido y la generosa amnesia de los ciudadanos.

Más o menos parecido a los Comuneros, aunque, claro está,  ahora no se cortan cabezas… aquí.


Javier ZULOAGA 

lunes, 5 de enero de 2015

LOS PATRIOTAS

Los malo –o lo bueno- de leer novelas imaginadas que ocurren en sitios y tiempos reales, es que conducen el lector  a buscar situaciones parecidas en su entorno. A mí me ha ocurrido al cumplir con la asignatura pendiente de acabar “Las cenizas de Ángela”, del norteamericano de origen irlandés Frank McCourt, en la que narra con buenas dosis de crudeza, ironía y bastante buen humor, su propia infancia en Irlanda, a donde su familia retornó desde Nueva York huyendo de las penurias de la Gran Depresión norteamericana.

McCourt, profesor y novelista, fue galardonado con el Premio Pulitzer 1997 por esta obra.

Es una escenificación despiadadamente real, en la que se siente y casi se ve lo que es la miseria,  Malachy McCourt, padre del protagonista, es un borracho que gasta en pintas de cerveza su escaso sueldo o subsidio de desempleo y que cuando llega a su casa desde las tabernas, despierta a su hijos para que, bien estirados, le prometan que están dispuestos a dar su vida por Irlanda. Con aquel arrebato de patriotismo, Malachy cree que ha exculpado sus pecados alcohólicos y sus hijos se sumergen poco a poco en la sima de las contradicciones.

“Han muerto hombres por Irlanda desde los tiempos más remotos y hay que ver cómo está el país”, es algo que Frank, el hijo mayor, escucha un día y que le abre los ojos frente al inmovilismo del credo patriótico. Un profesor, Thomas L. O’Halloran le regala, un día en clase, unos buenos fundamentos sobre la cuestión, “Tenéis que estudiar y aprender para poder llegar a vuestras propias conclusiones sobre la historia y sobre todo lo demás, pero no podéis llegar a conclusiones si tenéis la mente vacía. Amueblaos la mente, amueblaos la mente. Es vuestro tesoro y nadie en el mundo puede entrometerse en ella”  

Después de acabar esta novela he pensado que, además de un argumento potente, contiene unas buenas dosis de antídoto para defenderse de la manipulación de las emociones colectivas, que es el semillero, al fin y al cabo, del patriotismo mal entendido.

No me refiero, ahora de momento no, al sentido de pertenencia sano, al que no excluye a los que piensan y sienten diferente, aquel que no se sustenta únicamente en los sentimientos, sino que suma sentido común, toda la inteligencia que cada uno tiene y evita la tentación de caer en la burbuja de la endogamia y el repaso constante del ombligo emocional. Es aquel que no anima a la animadversión hacia quienes no comulgan con el credo patriótico de turno, convirtiendo la animosidad, además, en un mérito.

El patriotismo mal entendido, ahora  aquí sí, es casi siempre  manipulador, alimenta la electrización emocional de sus seguidores e intenta extenderla implacablemente a sus “enemigos”. “Si no estás convencido de lo que te estamos diciendo, eres un mal ciudadano, no mereces ser…”. O bien lo contrario, “Si realmente eres como nosotros, eres un buen…”. Ellos son los que reparten, finalmente, la carta de naturaleza de los ciudadanos-patriotas y pasan de largo de quienes entienden que no lo son. Afortunadamente, son minoría aunque hagan, a veces, mucho ruido.

Los patriotismos constructivos, no necesariamente beligerantes, son aquellos que saben dibujar en el suelo de la convivencia y con trazo fino, las líneas rojas que no han de sobrepasar los comportamientos. Este patriotismo, una aleación equilibrada de cultura y emociones, cuenta con quienes no comulgan con los dogmas y no por ello se les ataca ni se les ignora. Si, me repito un poco, pero lo hago para que no pase desapercibido.

La Unión Europea, la que trata de poner de acuerdo a sus países miembros, está trufada de nacionalismos. Desde el mismo que se da en Bélgica con las marcadas aspiraciones de mayor autogobierno de los flamencos, se repite con matices distintos en Córcega respecto a París y en Sicilia y Padania en relación a Roma. Alsacia, Escocia… y más y más ejemplos.

Sí y aquí, en España, que les voy a contar que no sepan ustedes. Pienso que nos sobran quienes se han instalado en la verdad absoluta, en el inmovilismo intelectual y piensan que es una traición, una gran claudicación, ceder un ápice en sus principios. Ocurre en todas las esquinas, en las de Madrid, ciudad en la que crecí, y en las Barcelona, a la que llegué hace ya más de 25 años.

Y es preocupante, porque el calendario avanza y el problema se está pudriendo, lo que al final nos puede llevarar a que unos u otros y muy especialmente los que no somos ni patriotas españoles, en el mal sentido de la palabra, ni patriotas catalanes, también en el mal sentido de la palabra, acabemos muy escaldados.

Ojalá que no sea así.


Javier ZULOAGA 

domingo, 14 de diciembre de 2014

¿SE VIVE MEJOR EN UN MUNDO IRREAL?


Nunca me había ocurrido. Hace tres días, acabé de leer “El impostor”, de Javier Cercás y anoche me acosté con el propósito de escribir el artículo mensual para mi blog sobre esta  obra del autor de “Soldados de Salamina” y “Las Leyes de la Frontera”, los escenarios de Rafael Sánchez Mazas y su buena suerte cuando la Guerra Civil se acababa y de Zarco (El Vaquilla), por los parajes de la delincuencia de Gerona.

El viernes publiqué unas pocas líneas sobre este asunto en Diari de Sant Cugat, el semanario del pueblo-ciudad en donde vivo.

“En las reflexiones de Cercás –publicaba- hay perlas cultivadas, frases que hacen pensar y que han hecho que me sienta aludido como autor de cuatro obras imaginadas, “el novelista sabe que la ficción pura no existe y que, si existiera, no tendría el menor interés, ni nadie se la creería, porque la realidad es la base y el carburante de la ficción” o esta otra “el novelista sabe que hay que mentir con fundamento y por eso se documenta a fondo, para poder reinventarse a fondo la realidad”. 

Cercás concede al novelista la legitimidad y la obligación de mentir, aunque no se se lo perdona a quien lo hace en la vida real, “es un vicio maldito”, dice el escritor.

Seguramente el lector sabe, y si no es así, puede que hoy  vea aumentada su curiosidad, que el libro de Javier Cercás trata de Enric Marco, aquel anarquista de la CNT y preso de los campos de concentración alemanes que sólo existió en su imaginación.  Cercás es duro con él, tanto que traslada al lector sus dudas sobre si realmente debería haber escrito, o no, este libro, pero creo que también es algo justo cuando encuentra la explicación de las mentiras o fantasías de Marco al recordar las de Alonso Quijano antes de convertirse en don Quijote de la Mancha.

Pero nunca me había ocurrido, como decía en la primera línea, descubrir que sobre el asunto que proponía escribir, trataba el mismo día, precisamente hoy, su artículo dominical de “El País”, Mario Vargas Llosa. Se titula "La era de los impostores" y pueden leerlo si pinchan en este enlace, aunque sí que les pido que vuelvan a estas líneas, aunque para ello deban descender de las alturas literarias y profundidad de los pensamientos del maestro peruano.

A Vargas Llosa no se le rasgan las vestiduras por lo que ha leído en el libro de Cercás, muy posiblemente porque tiene las emociones bien curtidas con historias imaginadas y vividas y tal vez por ello le dice al lector que “en la era del espectáculo que vivimos, el histrión es el rey de la fiesta”.

Se pregunta el Nobel sobre las razones que pueden invitar a realizar una  pesquisa rigurosa como la que Cercás  ha llevado a cabo para desenmascarar a Enric Marco y sentencia con toda la razón que todos los seres humanos soñamos con ser otros, “con  escapar de las estrechas fronteras dentro de las que discurre nuestra vida” . Esa ansiedad por soñar que somos otros y que vivimos una vida más atractiva es para Vargas una de las claves de la literatura, del cine y todos los géneros que nos convierten en pasivos espectadores.

El articulista de “El País” rompe una lanza por el audaz y soñador protagonista de “El impostor” y le suelta una pequeña colleja a Cercás, cargada de cariño, cuando dice que no ha querido que el impostor le resultara simpático y que por ello le abruma a epítetos condenatorios a cada paso, olvidándose que las buenas novelas convierten finalmente a los malos en buenos al “despertar en el lector (y aunque no lo quiera en el propio narrador), un atractivo irresistible que vence y destruye sus reservas o principios éticos o políticos y los transforma en empatía”

Confieso que he tenido dudas durante la lectura de “El impostor”, tal vez influido por las que el propio autor proyecta sobre el lector, pero les digo que, tras leer a Vargas Llosa, creo que he utilizado muy bien mi tiempo en seguir la historia de Javier Cercás. De verdad que me alegro.

Y les dejo aquí uno de los rasgos del artículo de “El País” de hoy, cuando el autor describe al fabulador Enric Marco, “Su enfermedad es una enfermedad de nuestro tiempo, la de una cultura en la que la verdad es menos importante que la apariencia, en la que representar es la mejor, (acaso la única) manera de ser y vivir”

Javier ZULOAGA

domingo, 16 de noviembre de 2014

ABSOLUTISMO INTELECTUAL


A veces pienso que vivimos sin aliento, casi en el resuello y me pregunto si realmente hay motivos para que así lo hagamos, o si lo que nos pasa es que estamos siendo arrastrados por un cauce que tira de nosotros en su camino de evidencias de lo que pasa en la calle, según una estrategia que se sostiene principalmente sobre el desastre.

No hay que detenerse en casos concretos, ni siglas, ni nombres propios. Basta con ponerse los dedos bajo los ojos, sobre la nariz, y mirar sólo al horizonte, para intuir que lo que tenemos más cerca, a nuestros pies, y que hemos renunciado a ver, contiene una suerte de fórmula perversa que lleva a pensar que todo lo que nos rodea  se está resquebrajando, que se está yendo  a pique.

Esta idea se está volviendo en recurrente cuando, a lo largo de las últimas semanas, he hecho un uso frecuente del mando a distancia  para huir de lo que me llegaba a través de la pantalla del televisor de mi casa.  Lo hacía tras preguntarme si todo aquello es bueno para la sociedad que, de forma mayoritaria, se sienta y “zapea” para ver qué le ofrecen los canales de mayor audiencia.

Y he sentido una gran soledad. Cambiaba de canal a canal y me iba encontrando con diferentes muestras de lo que hoy quiero llamar “absolutismo intelectual”, una suerte  de situaciones esperpénticas que no serían de recibo  en una sociedad que pudiera vivir con un poco más de sosiego -y que hoy no lo puede hacer- porque importa más lo que dicen las encuestas de intención de voto que el conocimiento real de lo que nos está pasando.

El periodismo español tiene plumas que comunican y analizan de forma certera y brillante, pero sus líneas llegan a unos lectores que cada día son menos, a través de unos diarios que padecen  los efectos de una crisis por la caída de la publicidad y el descenso de la venta de ejemplares. Han recortado gastos y en esas estrecheces  el valor de la experiencia ha acabado bien escaldado.

Pero al tiempo de esa crisis, con triste reflejo en los quioscos, la comunicación con las grandes masas de población, la lucha por la “share”, la cuota de pantalla, nos está llevando a situaciones que se alejan bastante de lo que realmente necesitamos. “Lo que quiere el público es más guerra, más leña. Al fin y al cabo lo que necesita es identificar la desilusión propia con el corrosivo panorama que se destila de las auténticas peleas de perros que les llegan a través de la pantalla del televisor”, me decía hace unos días un amigo que mira el asunto desde la distancia.

Hasta hace uno o dos años, el molde de la locura televisiva valía para lo más insustancial de los personajes que nos rodeaban. Se gritaban, se decían de todo. Era lo que vociferaban la ex de un torero o el sabelotodo de la prensa de corazón. El que no entendía de aquellos asuntos, apenas se detenía al barrer los canales porque no sabía casi quienes eran aquellos personajes y prefería subir al formato más serio, al de los más sesudos.

Pero parece que el molde perverso, por aquello de luchar por la “share”, se ha extendido. Al fin y al cabo es una cuestión de marketing, ya que tras las audiencias viene la publicidad y ésta arrastra al dinero.

Fíjense si será así, que Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, le decía hace unas semanas a Jordi Évole,  en la Sexta, que este canal no le había hecho  ningún favor, sino que había sido al revés, ya que él había arrastrado a los espectadores. Cuando lo escuché , pensé que todo esto es una perversión del sistema y me pregunté si no acabaremos en una vorágine bastante ingobernable.

Los que vivimos en Cataluña solemos decir “A ver quien la hace más gorda” para ilustrar esos vértigos del descontrol. Y parece que los escándalos, cuanto más grandes son, más venden. Y tal vez por eso en algunas tertulias se coloca a los que hablan unos frente a otros, en el sentido físico e ideológico de la palabra, para que así puedan los espectadores ver cómo se atacan, gritan y señalan con el dedo amenazadoramente y ver que, efectivamente, todo es un desastre.

La última, la que más me ha hecho saltar de la butaca, han sido las palabras de un economista que enseña en los Estados Unidos, que para ilustrar su convicción de que los hispanos somos un tanto golfos se refugió en las influencias que el estudio y lectura de la picaresca en nuestro bachiller, la del Buscón y el Lazarillo de Tormes, hayan podido tener en nuestro comportamiento.

¿Se acuerdan ustedes de “La Clave”, de José Luis Balbín?. Aquella sí era otra historia.


Javier ZULOAGA

martes, 14 de octubre de 2014

DOGMÁTICOS, DERROTISTAS Y CAINITAS


Recuerdo que una de las cosas que más me costaba soportar en mi adolescencia eran las frases dogmáticas, esa especie de las tomas o las dejas, con las que nos educamos los escolares de los años 60. “Es así y punto, porque lo digo yo” solía ser la última frase, la que precedía al silencio que se nos imponía en la mesa familiar, e incluso en la calle, cuando tratábamos de divertirnos y algún chaval más alto, más fuerte y más chulo que tú, zanjaba una discusión de forma definitiva.

Seguramente es así en casi todos los rincones de la tierra, pero soy de los que cree que la superioridad impostada y la arrogancia son una parte importante del perfil de nuestra personalidad. Vascos, gallegos, catalanes, andaluces, madrileños, murcianos…. en diferente medida, tenemos un ramalazo de cierta chulería, aunque seguramente algún sicólogo muy avanzado lo llamaría “autoestima arraigada”.

Esa superioridad y esa tendencia al dogmatismo es confundida a veces con la fuerte personalidad. “Oye, tu hijo sí que tiene ideas claras” he oído alguna vez después de que un joven licenciado sentara una verdad dogmática con un vozarrón contundente y una buena palmada sobre la mesa.

Si, es verdad y puede que la mayoría de nosotros hayamos caído en el poderío de tener toda la razón en más de una ocasión, de la misma manera que hemos ido a parar al otro extremo cuando las cosas nos han ido mal paradas. Es el bandazo hacia el derrotismo, ese momento en que uno llega a la conclusión de que no vale para nada, o para casi nada, y desaparecen de tu memoria aquellas cosas que durante tu vida te hicieron sentirte realmente grande.

Todo lo que he escrito hasta ahora es de cajón y común en las personas y no me produce mayor inquietud si no lo miro desde la perspectiva del rebaño, porque entonces la cosa se puede complicar. La historia del mundo está plena de las consecuencias de enfrentamientos entre naciones y hay muy buenos libros acerca de ellos.

He leído “Nos vemos allí arriba”, de Pierre Lemaitre, último premio Goncourt y lo he hecho casi de corrido mientras no dormía, ni comía, ni estaba bajo la ducha. Porque describe con un realismo admirable la descomposición humana y social que suceden en el tiempo a un conflicto bélico, en este caso la Primera Guerra Mundial. Viajas a través de sus páginas hasta los capilares del desastre, esos que desaparecen en el olvido cuando se firma la paz, en este caso el Tratado de Versalles. Los soldados Albert Maillard y Édouard Pericout protagonizan una trama casi detectivesca pese al drama que esconde y en la que el perverso D’Aulnay-Pradelle sitúa al lector en la realidad de que si la guerra es un negocio de no pocos, ocurre otro tanto con la postguerra.

Al pasar la última página me quedé con la idea de que en las historias que no acaban impresas y encuadernadas, puede que existan también personajes parecidos a los creados por este escritor francés. Son esos  que se meten en el saco de los efectos colaterales que los grandes errores tienen en los rebaños humanos a los que me refería líneas arriba.

Y tiro aquí del cainismo, la tercera idea de mi titular de hoy, demasiado presente en la sociedad que ahora vivimos. Es cierto que no nos levantamos una sola mañana sin algo más por  lo que preocuparnos…y la verdad es que los asuntos que escuchamos en la radio o leemos en los diarios, son de gran pelaje: económicos, políticos, éticos o de simple y rotunda irresponsabilidad. Le dejo a usted, lector, que busque  los ejemplos para cada uno de ellos.

A mi cabeza le preocupa más que nada el talante radicalmente hostil que a veces percibo en la defensa encendida de las posiciones propias, muy legítimas, o en las críticas despiadadas, a degüello, de quienes defienden otras ideas, también muy legítimas. Creo que así no vamos a ninguna parte.

No sé si me entienden.


Javier ZULOAGA  

viernes, 19 de septiembre de 2014

NOVELAR LA HISTORIA


Durante el verano que ahora acaba, he repartido mi tiempo entre la búsqueda del sosiego frente al mar, en ver y hablar con buenos amigos, en tratar de llevar una vida sana,  en tomar notas de ideas para una próxima historia que he de escribir y en la lectura.

Han ido pasando por mis manos Las tres bodas de Manolita , de Almudena Grandes; La Pirámide Inmortal de Javier Sierra y me he puesto al día con Ken Follet tras leer Un lugar llamado Libertad (2006) y he comprado  El Umbral de la eternidad, la última pieza de la trilogía The Century de este gran narrador galés.

Y para tomar mayor conciencia de mi condición de escritor tengo sobre la mesa –y voy leyendo sin prisas pero con feliz detenimiento- Aquellos años del boom, del periodista de “la Vanguardia”  y reciente Premio Gaziel, Xavier Ayen, en el que desentraña aquella eclosión de ingenio literario hispanoamericano que desembarcó en Barcelona en el último decenio del franquismo de la mano la superagente literaria Carmen Balcells, tal y como se la nombra en algunos momentos de la obra. Se la recomiendo a aquellos que no pueden resistirse al empuje de la curiosidad y quieren hurgar en las biografías de García Márquez o Vargas Llosa, entre otros. Es un gran libro.

Cuando repaso el conjunto veo que voy bien servido. Pero me detengo especialmente en La Pirámide Inmortal, en la que Javier Sierra nos hace viajar por lo más profundo de las divinidades y espiritualidades del Viejo Egipto, de la mano de un Napoleón Bonaparte que además de su afán por construir un imperio francés en el mundo, escondía sueños de inmortalidad. Sierra ofrece al lector los paralelismos de la muerte y resurrección –a los tres días- de Osiris y Jesucristo, siendo la de este último muy posterior a la del marido de Isis y padre de Horus.

Napoleón se aproximó a esa inmortalidad que buscaba tras una noche de éxtasis erótico que formaba parte de un ritual para caminar hacia la muerte y la eternidad….no les contaré más porque la obra acaba de llegar a las librerías, pero sí quiero compartir con ustedes mi convicción de que el libro de Sierra, que de alguna manera coloca al  cristianismo bajo la sombra de los faraones –Jesús vivió casi treinta años en Egipto- no hubiera pasado el Nihil Obstat de la censura eclesiástica de la postguerra española y posiblemente hubiera llevado al autor a la pira de Santo Oficio hace cuatro o cinco siglos.  

Es también un buen libro que también les recomiendo porque tiene miga y te acerca, desde el formato de la novela histórica, a realidades que poco tienen que ver las de los moldes educativos  con los que crecimos los que nacimos y crecimos desde los años cincuenta. Lo pensaba a medida avanzaba: ¿Hasta qué punto los colegiales de antes y buena parte de los actuales dejan espacio y dan por sentados hitos de la historia  que no lo son?

Esta misma duda vino a mi cabeza hace años cuando leí Inés del alma mía de Isabel Allende. Aquel gran libro me animó a escribir, hace ya siete años Cambiar la historia. Pinchen si les interesan estos asuntos.

“Corría por la historia de la conquista de Chile –escribí en agosto de 2007- a través de las páginas de “Inés del alma mía”, de Isabel Allende, que, con las licencias literarias necesarias, lleva al lector a volandas hasta los orígenes de ese gran país transandino como parte del Reino de España. Las crueldades cometidas bajo la solapa de una política de mestizaje obligado -porque los varones nativos desaparecían de forma cruel – y el fariseísmo de justificar todo aquello en la extensión de la fe cristiana hasta los confines de la tierra, producen una cierta desazón por pertenecer a ese país que en la enseñanza de su historia sólo ha asumido, con la boca pequeña, algunos excesos de la colonización.

Entendí mejor, al cerrar las tapas del libro, la petición de perdón público de algunos presidentes suramericanos con ocasión del reciente viaje de Benedicto XVI y el reconocimiento final del Vaticano de que lo que pasó en aquellas tierras no pertenece, precisamente, a lo más granado de la historia de la Iglesia Católica”
.

Está claro  que lo de Javier Sierra y su inmersión en la magia egipcia, no tienen nada que ver argumental e históricamente con la obra de la escritora chilena afincada en California, pero sí que invita a pensar que habría que cambiar los moldes de lo que se enseña e introducir los elementos de lo que se va sabiendo gracias a quienes rebuscan en la historia con mayor curiosidad. De la misma manera que habría que corregir los capítulos electrizantes de la colonización americana, tampoco estaría mal que se enseñara, desde una cierta distancia, sin manías y descabalgados de los lomos dogmáticos, la historia de las religiones.


Javier ZULOAGA

domingo, 3 de agosto de 2014

CAMBALACHE

Este artículo lo escribí en octubre de 2008. Faltaba poco para que fuéramos a votar y, aunque muchos no se acuerden, el escándalo y la inmundicia hacían también campaña. He pensado que a lo mejor les interesa leerlo, como yo he hecho esta mañana.

Y además, escuchen el tango. Es genial

Buenas vacaciones


Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor!...
¡Ignorante, sabio o chorro,
generoso o estafador!
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
¡Lo mismo un burro
que un gran profesor!
No hay aplazaos
ni escalafón,
los inmorales
nos han igualao.
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
¡da lo mismo que sea cura,
colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón!...

Es muy posible que la visión desgarrada de la vida, sea uno de los mayores atractivos del tango, ese tesoro que los argentinos supieron crear mirando lo que ocurría alrededor y que, sumando letras de intención y buen manejo de bandoneón, metía vía venosa emociones de nostalgia y drama.

Tal es el caso de Cambalache, todo un emblema porque, además, fue prohibido por todas las dictaduras militares que hubo en Argentina desde los años cuarenta hasta la que acabó en 1982, tras la Guerra de las Malvinas y la elección de Ricardo Alfonsín como presidente. El mítico tango describía un escenario de corruptelas del Partido Radical, pero la universalidad de su letra levantó muchas ampollas durante más de setenta años, incluso después de la muerte de su autor, Enrique Santos Discépolo, en 1951.

Puede que Cambalache haya sido el poema o la canción –Discépolo fue siempre venerado por Camilo José Cela y Ernesto Sábato- que peores conciencias haya despertado en la historia argentina. De ahí, posiblemente, su persecución.

Pero, ¿por qué hablo hoy de Cambalache?

Estamos en vísperas de la llamada jornada de reflexión, previa a las elecciones del próximo domingo y he de reconocer que me siento preso de un desencanto que no me hará desistir, sin embargo, de ejercer mi derecho al voto.

Todo es igual/Nada es mejor , esas dos líneas de la letra de Santos Discépolo, se han quedado clavadas en mis pensamientos cuando asisto, con perplejidad galopante, a los últimos coletazos de este gran espectáculo de la campaña electoral. ¿Todo esto es cierto?, ¿Es así el mundo real, el que interesa a los ciudadanos?, ¿Están las respuestas a las inquietudes ciudadanas en esos grandes cartones de barras estadísticas que los grandes líderes usan en los debates para escupir al contrario?...

¿Tanto cuesta decir –los votantes siempre acaban premiando la verdad- que aquello de Irak, decidido por un político que ya no podía perder porque había anunciado que se marchaba, fue una pifia garrafal?, ¿Y reconocer que se ha mentido –con candor irresponsable-pero mentido al fin y al cabo, cuando decía que ya no negociaba con quienes querían réditos políticos a cambio de no matar?.

¿Hemos visto unos debates o –como decía anteanoche la quijotesca Rosa Diez en una entrevista en CNN+- podíamos habernos ahorrado 200 millones de euros de atrezzo enviando las intervenciones enlatadas desde las sedes de los partidos?. ¿No sería mejor hablar de pelea de gallos?, ¿O tal vez basta hablar de muñecos teledirigidos con mercadotecnia desde los mandos de la play-station política?

¿Es todo esto auténtico?, ¿Y libre?

¿Cómo se pueden suspender gubernativamente actos de campaña invocando razones de seguridad para un político que sólo quiere explicar su programa?, ¿Cómo los partidos y los gobernantes guardan silencio cómplice cuando se arremete contra políticos estigmatizados, acorralados y privados de su pedigree de pertenencia a la tierra en la que nacieron?, ¿A cuántos extremistas se ha detenido y al menos multado por interrumpir o intentar agredir a candidatos durante la campaña?, ¿Por qué llama la atención escuchar que alguien haga alarde de sinceridad y diga que se siente español sin complejos?

Creo, como decimos aquí en Cataluña, que después de las elecciones nos lo tendríamos que hacer mirar, reflexionar no sobre nuestro voto, sino acerca de nuestro nivel de tolerancia, de responsabilidad y del grado de ciudadanía de este país. Porque la rivalidad política, sana, no debería eclipsar la responsabilidad que todos tenemos de dejar a nuestros hijos un país mejor que el que recibimos y que no pertenece a quien gobierna sino a los gobernados.

Porque eso de que aquí vale todo con tal de ganar, el anuncio irritante, el escarnio fácil del histrión vulgar sin mayores recursos, o la dialéctica del degüello, acaban formando un caldo de cultivo que sólo sirve para deshacer la convivencia de vecinos, compañeros, amigos y si me apuran de familiares.

Hasta hace poco, América nos llegaba a los españoles a través del cine pero hoy la tenemos en directo a diario gracias al satélite o a Internet. No hace muchos días pudimos ver a Obama y Hillary Clinton en Austin, Tejas, frente a cuatro pesos pesados del periodismo que sin cronómetros ni tanto ceremonial, preguntaban lo que creían interesante a los dos precandidatos demócratas, que estaban sentados codo con codo, con sonrisas y sin interrumpirse ni embestirse.

Más o menos lo mismo que aquí, en donde falta naturalidad, todo se ensaya, no hay cosas nuevas que ilusionen. Nuestra política es aburrida y bastante desesperante y debe ser cosa de ciclos históricos y puede que el paso del tiempo haga cambiar las cosas, una vez surjan nuevas caras y el vitriolo se guarde con un buen cerrojo.


¡Siglo veinte, cambalache
problemático y febril!...
El que no llora no mama
y el que no afana es un gil!
¡Dale nomás!
¡Dale que va!
¡Que allá en el horno
nos vamo a encontrar!
¡No pienses más,
sentate a un lao,
que a nadie importa
si naciste honrao!
Es lo mismo el que labura
noche y día como un buey,
que el que vive de los otros,
que el que mata, que el que cura
o está fuera de la ley...
Así acaba Cambalache cuya letra puede el lector encontrar en la línea inferior y con un enlace para poder escuchar, si quiere, aquel inolvidable tango.

Que ustedes reflexionen bien




Javier Zuloaga


domingo, 13 de julio de 2014

OTRAS FORMAS DE VER LA VIDA


“Un médico clínico es básicamente una persona que escucha historias de pacientes. Y esta actividad es una fuente inagotable de experiencias vitales y de preguntas sobre la vida misma.

Formo parte de una familia de 6 hermanos que tuvimos la suerte de tener un padre que era un gran científico: Premio Príncipe de Asturias de Química, nominado en diversas ocasiones a Premio Nobel por su descripción de los radicales libres inertes. Persona  siempre abierta a la observación, a una visión crítica de lo que está aparentemente consolidado, a lo que no encaja con los paradigmas establecidos, a las ranuras por donde se pueden entrever nuevos mundos…

…Me formé en la medicina hospitalaria. En el Hospital Vall de Hebrón durante 4 años, en Londres durante otros 4 como director de una departamento de Ecocardiografia, en el Hospital de Sant Pau 18 años como director médico del Programa de Trasplante Cardíaco y como Jefe de Servicio de Cardiologia de Lleida y catedrático de Cardiologia de la UdL.

En éste ámbito hospitalario, el diagnóstico y reparación del cuerpo físico es lo urgente: un by-pass coronario, un recambio de válvulas, un trasplante, una trasfusión, la recuperación de un paro cardíaco, el tratamiento de una insuficiencia cardíaca, etc..

 Ello requiere un conocimiento preciso de la anatomía, fisiología, bioquímica, biología molecular.. para entender los mecanismos por los cuales el cuerpo orgánico enferma. Conocimientos que han sido el resultado de desmenuzar el cuerpo: los órganos, tejidos, células, hasta sus últimas ramificaciones, los genes. Hace 14 años pusimos en marcha un grupo de investigación en Biologia Molecular en Lleida dedicada a la muerte celular programada, la denominada apoptosis, que consiste en la muerte silenciosa de las células que ya no sirven para que las células que proliferan las reemplacen. Es un estado de regeneración constante, precisa e impresionante del cuerpo físico...

Los genes mueven toda esta maquinaria del cuerpo humano. Y lo hacen a base de sintetizar proteínas, que es básicamente su función. En la Facultad de Medicina, cuando nos formábamos, el brillante profesor de genética nos advertía que una vez supiésemos todo el genoma, las enfermedades ya se podrían resolver con facilidad.

Ahora ya se ha descrito el genoma. Sin embargo, éste conocimiento no nos ha permitido ni entender ni solucionar los problemas de nuestros pacientes. Resolvemos las urgencias, cuando el cuerpo físico se desmorona, cuando el edificio de nuestro cuerpo se ha derrumbado, e ingresamos en el hospital. Allí apuntalamos al paciente, pero no entendemos profundamente por qué el edificio se ha caído. Donde estaban las grietas que han provocado la debacle. 

 Este estado de cosas se me hizo evidente cuando hace 14 años dejé la medicina hospitalaria para dedicarme a la consulta externa de cardiologia. Y de forma sorprendente, observé que prácticamente la totalidad de los pacientes a los cuales atendía por primera vez como cardiólogo, y que venían por palpitaciones, dolor torácico, arritmias, ahogo, mareos, síncope ... no tenían enfermedad cardíaca orgánica; el electrocardiograma y el ecocardiograma llevados a cabo en aquel momento eran normales. De hecho esos mismos pacientes sospechaban que todas aquellas manifestaciones eran debidas al estrés, a la angustia...

  Y además estaban acompañadas de otras signos y sintomas que así lo indicaban: cervicalgias, lumbalgias, insomnio, dolores articulares, irritabilidad, desinterés por el trabajo y familia, problemas de conducta, crisis de angustia, depresión etc... a menudo resultado final de tensiones acumuladas crónicamente y precipitadas por un último acontecimiento.

Yo no estaba preparado para ésta situación. Porque además, éstos pacientes eran trabajadores autónomos, y lo primero que me advertían era que no querían tomar pastillas...Que hago yo sin la farmacología, pensé? Y a pesar que las buenas palabras servían para mejorar las situaciones, no resolvía el problema por el cual venían a pedirme ayuda. Los libros de Medicina tampoco ayudaban: La angustia como tal prácticamente no existe; como máximo se describe la crisis de angustia en el apartado de enfermedades psiquiátrica.”

Esta fue una parte de la presentación que el doctor Manel Ballester, cardiólogo y profesor de su materia, al que conozco muy bien, pronunció cuando presentó, en la Casa del Libro del Paseo de Gracia,  el libro  "Lo que tu luz dice", de Ana Maria Oliva, http://www.anamariaoliva.es/.

El asunto se me escapa de las manos, por ignorancia sobre el asunto, pero me atrapa por la curiosidad. La energía, eso que no se crea ni se destruye, aparece ahí como un elemento que existe desde que el mundo es mundo y lo hace con incursión insolente dentro de la ortodoxia de la salud. Como lo hicieron, en sus comienzos, las soluciones a enfermedades en las que nadie, o casi nadie, se había detenido.

La contraportadas de importantes diarios reciben, para que el lector se entere, lo que Ana María Oliva –y su presentador Manel Ballester, cardiólogo catalán- dicen sobre dolencias milenarias. Y en las librerías, la narrativa, la novela histórica o el ensayo sucumben ante el interés del lector frente a lo más apremiante. A la gente le gusta leer lo que otros sueñan pero se mete la mano en el bolsillo cuando la tapa de un libro le dice que aquellas páginas le pueden abrir los ojos en su problema, en el de su padre, su cónyuge o uno de sus hijos.

El asunto va de medicina, eso está claro, pero hace pensar, por su gran sentido común, que tal vez pudiera ser provechoso para otras cuestiones. Sí, que en el fondo lo que dijo el cardiólogo Ballester, cambiándole mínimamente el formato, se podría aplicar a problemas de la vida cotidiana, los más peliagudos.

He pensado –y no me extenderé mucho más porque no hay mayor elocuencia que la claridad de lo que se dice con convencimiento y conocimiento- que no estaría mal que cada uno en su oficio y su responsabilidad, reflexionara de esta manera. Ya fuera en economía, en la vida pública o en aquellas cosas que, por su ejemplaridad, son observadas por los ojos de los ciudadanos, muchos de ellos bastante desesperados.

Sí, ya lo sé que son cuestiones distintas, pero las actitudes reflexivas y mínimamente autocríticas son polivalentes, por no decir universales.

No sé casi nada de la física cuántica o medicina energética, ni las cosas que no se estudian en la facultades de medicina, ni las que sí se estudian, pero me digo si puede ser un síntoma, ójala, que se remuevan o ventilen los cimientos de todas las piezas que componen  el mosaico en el que vivimos.

Javier ZULOAGA